sábado, 29 de diciembre de 2018

Antología de cuentos sobre antropofagia: BIII. 1. Sesión Secreta

Este cuento pertenece a la rama de lo cocido. Encontramos un canibalismo sistemático; diseñado y estandarizado incluso justificado por una tradición cultural. Entonces entra en la categoría de banquetes.
En el ámbito literario, pretende ser la traducción del texto de una sesión llevada a cabo en algún país africano; pertenece al libro Historias de Mala Muerte.

INFORME DEL EXCELENTÍSIMO SEÑOR HAMAMI NUMARUH ACERCA DE LA AYUDA A LOS PUEBLOS SUBDESARROLLADOS, PRONUNCIADO ANTE EL PARLAMENTO DE SU PAÍS EL 28 DE SEPTIEMBRE DE 1962

Traducido del francés por Max Aub

(Nos ha parecido mejor dar el texto taquigráfico —corregido— de la sesión celebrada en Turandú, el 28 de septiembre de 1962, que no las resoluciones públicas que, al fin y al cabo, no reflejaron exactamente el sentir de la mayoría, de acuerdo con la tesis de Hamami Numaruh; se impuso la experiencia del presidente M'kru Doval.)

   A las 18.45 p.m. O. C. T., frente al gobierno en pleno, presidido por M'Kru Doval, las comisiones de Presupuesto, Finanzas, Ejército y Relaciones Exteriores, representadas por Mokhtar Diori Sedar, Jonathan David Trimor, Segor Maga y Huberto Murgonot O'Sheara Dako, empezó a hablar François Hamamí Numaruh.¹

   Honorable Gobierno, Honorables Representantes:
   La misión que me fue encargada ha sido cumplida en la medida de mis débiles fuerzas. Hice lo que pude, pido perdón si no llegué a más. Seguramente otro lo hubiera hecho mejor. Ahora bien, puedo aseguraros que dediqué todas mis horas a la resolución de nuestros problemas fundamentales. Ojalá que lo que vengo a proponer demuestre que no he perdido el tiempo. Por otra parte, sabéis que la oratoria no es mi fuerte.
   La primera dificultad con la que tropecé, al llegar a París, con ocasión de la reunión del Consejo Ejecutivo de la UNESCO, fue que el honorable representante de un país suramericano que no hay para qué nombrar quiso convencerme de que no hay problemas sin solución. No me parece extemporáneo empezar por empezar su teoría que, menos clara y resumida, es la de muchos políticos del mundo blanco, Occidental u Oriental, aun no siendo —como es de suponer— la oficial de sus gobiernos. Es normal que su concepto, digamos helénico, de la vida, les lleve a estos extremos.
   En las escuelas —me vino a decir, con cierto aire protector, el diplomático suramericano— nos enseñan que cualquier problema (matemático, físico, químico, histórico o de gramática) tiene solución. Para esto los plantean.  El estudiante tiene que dar con ella —con la solución—. Según su aproximación a la verdad impresa en el "Libro del maestro" obtiene un diez, un siete, un ocho, un nueve y medio, o es suspendido, o reprobado como dicen los americanos. Esta manera de enfocar la educación, y, por ende, la vida, hace que los hombres ilustrados —cualquiera o vaya a la escuela primaria que sea— suponga que todos los problemas pueden resolverse de manera adecuada; que cualquier incógnita tiene y debe hallar su solución correcta. Y no es así. Hay problemas que no la tienen, que no la pueden tener más que con el tiempo, si es que lo ofrece, o, más sencillamente, caen en el olvido, que no tiene vuelta de hoja.
   Honorables Representantes: esta teoría me impresionó desfavorablemente pensando que, tal vez, no fuera sino el esbozo de la opinión mayoritaria, a la que tuviera que recurrir, ahora, frente a sus señorías. No hay tal y me felicito de ello. Lo cual no quiere decir que la afirmación del honorable suramericano de base desde su equivocado ángulo de visión. Pero su concepto de los países subdesarrollados es muy distinto del nuestro, por muchas razones, de tipo geográfico, demográfico, histórico, económico y social que —con vuestro permiso— pasaré a examinar.
   No quiero dejar pasar la ocasión de hacer constar mi agradecimiento al reverendo padre Tomás Gilliard, bien conocido por algunos de vosotros, por la ayuda que me prestó. No se le oculta que los buenos tiempos de su iglesia, a las orillas de nuestros lagos, pasaron para siempre, pero, de todos modos, conserva nuestros paisajes en su corazón. No se hace ilusiones, lo que facilita —y facilitó— las cosas. Quiero repetirle, desde aquí, las gracias que, adelantándome a vuestro sano espíritu de comprensión, le hice patentes lo mismo en París que en Nueva York.
   De algún tiempo a esta parte, la vida de los pueblos subdesarrollados es uno de los temas preferidos en las reuniones internacionales; uno de los pretextos de las reflexiones de los actuales conductores de los pueblos más importantes del mundo. Nuestra existencia les da ocasión de hacer resaltar sus buenas intenciones, despiertan enternecimientos, principalmente de las solteronas y de las sociedades protectoras de animales.
El presidente M'kru Doval: (interrumpe al orador). No necesita el honorable Hamamí Numaruh hacer gala de su ingenio. Lo conocemos y apreciamos
Hamamí Numaruh: Agradezco al señor Presidente del Consejo su llamada al orden. Procuraré ceñirme a los hechos sin perderme —que no me perdía— en divagaciones. No hay duda —ni pudo haberla— para quien viaja al mundo blanco de la enorme equivocación de su punto de vista para con nosotros —y supongo que para los asiáticos—. Para ellos, aun sin colonialismo, somos un mercado —lo mismo para el Oriente que para el Occidente—, lo que es normal tratándose de una civilización que tiene por objeto de desarrollar sus industrias. Ahora bien, este hecho debe ser examinado y hacer que la ayuda que buscamos no sea una ayuda —aun en el sentido más peyorativo de la palabra— (Rumores)..., sino el convertirnos nosotros también en país industrial y no solamente industrializado.
   Honorables Representantes: siempre hubo, hay y habrá pueblos subdesarrollados, como hay y habrá hombres más altos y más bajos, más inteligentes y más tontos. Siempre se es el subdesarrollado de alguien (Rumores). Veamos las razones que han llevado a las potencias solventes a ocuparse con tanta insistencia de nuestro bienestar. No voy a hablar del hecho de que no haya ni se vislumbre guerras altamente destructoras. Es un problema que el señor Ministro de la Guerra podría explicar mejor que nadie: la fisión del átomo, el terror engendrado por una cierta paz, etc. Gracias le sean dadas a los hombres de ciencia que tal lograron.
   Pero antes de seguir o mejor dicho de volver al tema quiero dejar patente otro agradecimiento —aunque corte el hilo de mi discurso—: me refiero al señor profesor Rougier, de las Universidades del Cairo y de Caen, sin cuyas ideas básicas no hubiera podido construir con tanta claridad el informe que tengo el honor de presentaros. El hecho de que sea un sabio francés refuerza nuestro agradecimiento. Señores...
El Presidente de la Cámara: Honorables Representantes...
Hamamí Numaruh: Honorables Representantes: La primera razón que aducen los países superdesarrollaros referente a su interés hacia nosotros es de orden demográfico. Aseguran —tienen datos además de razones— que durante milenios la tasa de crecimiento de las sociedades humanas ha sido apenas un cero, coma, uno por ciento (0,1%) por año; que ha pasado, casi de repente hoy a uno, coma, siete por ciento (1,7%) para el conjunto de la humanidad, lo que supone, si se mantiene el crecimiento actual, un aumento de cuatrocientos sesenta y tres millones (463,000,000) en los diez (10) próximos años por alcanzar, al comienzo del siglo XXI, la cifra de cinco, coma, seis miles de millones (5, 6000,000,000).
   Según las autoridades de los que más pueden, esta súbita explosión demográfica se debe a la difusión de la medicina entre nuestras poblaciones; "demasiado atrasadas —aseguran— para limitar voluntariamente el número de nacimientos, de tal modo que, en ellas, la mortalidad ha adoptado el porte occidental en tanto que la natalidad ha conservado el tipo primitivo de la fecundidad natural".²
   Honorables Representantes, quiero que comprendan mi natural (Risas) indignación ante aseveraciones tan primitivas. Les voy a leer una frase del informe de una de las eminencias nada grises de un país, cuyos nombres, por agradecimiento y respeto, callaré: "En estos países (los nuestros, el nuestro), el crecimiento de las subsistencias no ha podido seguir el ritmo de la población, porque el costo de los servicios médicos suficientes para contener las grandes epidemias, que hasta entonces mantenían la proporción entre la población y los recursos alimenticios, es insignificante comparado con el costo de las inversiones necesarias para mantener el nivel de la vida de una población rápidamente ascendente. De ahí resulta una distorsión trágica entre la tasa de crecimiento demográfico y la tasa de desarrollo económico en los pueblos subdesarrollados." Es decir que, al fin y al cabo, somos los responsables de nuestro subdesarrollo por el hecho mismo de nuestro desarrollo. (Aplausos.)
   La segunda razón que esgrimen los expertos blancos es de orden geográfico, sin tener en cuenta que la tierra es, más o menos, la misma desde que los hombres tienen uso de razón, o, por lo menos, memoria. Aducen que debido a las restricciones inmigratorias, la gente no puede emigrar como antes. Achacan a la geografía el mal de la historia, como a nosotros los males producidos precisamente por ellos. (Aplausos.) Evidentemente, sí los países ricos no protegieran tan celosamente sus fronteras, los salarios elevados, el estilo de vida del que tanto presumen estarían al alcance de nuestra mano de obra. Pero se defienden con sus famosas "visas" o "cuotas" contra lo que llaman sin buscar paliativos, el "rush de los miserables".
   La tercera razón con la que procuran explicar —y nunca remediar— el problema de los pueblos subdesarrollados, es de orden psicológico. Han descubierto, con cierto asombro —inexplicable, para mí por lo menos— que los pueblos comienzan a sentirse impacientes de su miseria y que los responsables de este hecho son los medios de información y las becas. Notan que nos vamos dando cuenta de la distancia que media entre nuestra indigencia y su opulencia. Y de que si no hallan un remedio la distancia que nos separa crecerá sin cesar. La disparidad de ingreso medio per cápita entre un habitante de la India y un norteamericano ha pasado de la relación de uno a cinco, en 1938, a la relación de uno a treinta y cinco, en 1959. Se extrañan de que nuestros pueblos se sientan frustrados de los actuales métodos que emplean para resolver este problema. A veces me pregunto si, por un azar inexplicable, los subdesarrollados no son ellos. (Aplausos.)
   Todos sabemos que la economía de nuestros países descansa sobre las exportaciones de materias primas que nos permiten comprar, a cambio de ellas, bienes de producción hechos con los productos básicos que proporcionamos. Ahora bien, desde 1956, las materias primas bajaron de precio en más de un veinte por ciento (20%) lo cual, naturalmente, ha hecho que la balanza de pagos de los países no industrializados —como el nuestro— se haya saldado con un déficit creciente que ha absorbido totalmente nuestras reservas. Por si fuera poco, Honorables Representantes, se añade el desarrollo de los productos sintéticos inventados por el ingenio de algunos blancos, que mejor harían en dedicarse a otra cosa, y que compiten en el mercado de tal manera que nuestros países —que se hartan de llamar subdesarrollados— suministran hoy apenas el 56% de los productos básicos utilizados por los grandes países industrializados.
   Esta improrrogable situación ha impulsado a éstos a querernos ayudar, por tres razones:
   En primer término, para tener la conciencia tranquila; es decir, por lo que a ellos llaman una razón de orden moral. No les parece justo —pero se aguantan— que una quinta parte de la población mundial absorba dos tercios del ingreso de toda la tierra. Les parece moralmente —he dicho moralmente— intolerable que, por ejemplo, los Estados Unidos consuma casi la mitad de las materias primas del mundo, cuando nosotros estamos como estamos.
   Existe, en segundo lugar, una razón de orden político. Consideran que nuestra pobreza nos convierte en una presa fácil para lo que, unos y otros, llaman propagandas subversivas. Tienen miedo de que la guerra fría favorezca una puja constante y tienen interés en ponerle fin sin darse cuenta de que nosotros vemos el problema de manera muy distinta.
   Existe, por último, una razón de orden económico, fuera de nuestros alcances: el crecimiento de la producción en los países superdesarrollaros conduce a la saturación de sus mercados, a la existencia de excedentes que necesitan vender. Por esto la ayuda a nuestra pobreza se ha convertido en una idea fija de los grandes próceres que rigen hoy la humanidad sea al Este, sea al Oeste, sea al Oeste, sea al Este, según dónde y cómo nos coloquemos.
   Mientras los peligros de una guerra general y no atómica han persistido, la ayuda a "los países subdesarrollados" ha tenido una importancia mediocre. Formosa, Corea del Sur, Vietnam del Sur han recibido enormes cantidades de toda clase de implementos al mismo tiempo que China, Corea del Norte y Vietnam del Norte recibían tanto o más. Pero, desde el momento en que una guerra general se hace más problemática, es evidente que la ayuda a los países subdesarrollados amenaza con ampliar y acrecentarse.
   La idea de la ayuda a los países "subdesarrollados" se basa en la idea, llamémosla europea, del trabajo. Idea retardataria, idea oscurantista, idea que nada tiene que ver con el hecho mismo de ser hombre. Tomemos por ejemplo la Oficina de Nigeria, establecida en 1932 para incrementar cultivos de arroz, algodón, etc., en millares de hectáreas. Estas gentes, diremos de mentes obtusas para que nadie se moleste ni llame a engaño, creían que podrían "utilizar" millón y medio de indígenas. Tuvieron que contentarse con ocho mil en 1937 y, a pesar de todos sus doctores Schweitzer, diez años más tarde, es decir en 1947, no llegaban a treinta mil. Igual sucedió en Tangañica, bajo el dulce yugo de los ingleses. De hecho, Honorables Representantes, las ayudas no han hecho sino agravar la situación.
El Ministro de Hacienda: me parece que el Honorable Hamamí Numaruh exagera...
Hama Numaruh: Tomemos como ejemplo la famosa UNICEF, es decir, el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia. Bien está proteger a los niños, ¿pero no sería mejor asegurar la subsistencia de los adolescentes o aún mejor la de los adultos? De ello se confiesa totalmente incapaz la propia organización. Tomemos otro ejemplo: la no menos famosa OMS, la Organización Mundial de la Salud, que consiguió, con muy reducidos gastos, suprimir la malaria en Ceilán. ¿Qué ha sucedido según ellos? Que la isla, hasta hace poco exportadora de arroz, desde la supresión del paludismo no produce el suficiente para nutrir a la población. A esto llaman los superdesarrollaros, los industrializados, una catástrofe.
   Honorable Asamblea: Seguramente hablamos un idioma distinto, porque por muchas vueltas que le dé, el hecho de que una isla como Ceilán haya pasado en doce años de seis a nueve millones de habitantes podrá serlo todo, todo, todo, menos una catástrofe.
   De acuerdo con los cálculos del profesor Tabah se necesitaría de cincuenta a sesenta mil millones de dólares —a partir del primer año— para duplicar en treinta y cinco el nivel de vida de 1,600 millones de seres humanos que disponen de menos de 100 dólares por año. Este gasto se elevaría después progresivamente hasta 200 y 300 mil millones. Ahora bien, tened en cuenta que, hoy por hoy, la totalidad de ayuda a los países subdesarrollados no llega a tres mil quinientos millones de dólares anuales, o sea alrededor de la sexta parte de las necesidades mínimas calculadas.
   Honorables Representantes: Si se consiguiera el desarme, si el dinero que se gasta en armamentos se diese, se nos diese, las sumas que he citado como necesarias, según los cálculos del profesor Tabah, no serían imposibles de obtener. Si los gobiernos escogieran la mantequilla en vez de los cañones —para seguir un símil si no muy afortunado, muy popular— tal vez llegarámos con el tiempo a resultados apreciables, aunque, por mi parte, lo dudo.
   Honorables Representantes: Los no menos honorables representantes de los países usufructuarios de la riqueza han empezado a preguntarse si nuestras reivindicaciones están justificadas, lo cual equivale a dudar de que el estado de estancamiento de nuestros pueblos se deba exclusivamente a su explotación. El profesor Rougier, de quien, como les he dicho, sigo los grandes lineamientos, encuentra justificada esta idea aunque admite que hubo "pueblos rapaces que han exterminado sistemáticamente las poblaciones subyugadas, como las hordas de Gengis Khan o los Conquistadores españoles."³ Ahora bien, reconoce, por lo menos, nuestra antigüedad. Mas no halla salida viable. Honorables Representantes: El problema aparece mal planteado y por eso no le hallan solución: no son los países adelantados los que deben ayudar a los subdesarrollados sino al revés.
   Los sociólogos norteamericanos han buscado en la influencia de la raza y el medio una explicación de nuestras diferentes maneras de ser. No se dan cuenta de que lo que caracteriza al occidental, a los hijos de Grecia y de Roma, ya que ninguno de ellos deja de serlo, es una voluntad constante de contestar a los desafíos de la existencia, a no aceptar ninguna fatalidad que se presume natural, ninguna injusticia que se repute estatuida, lo que les ha hecho pensar —infelices— que la condición humana es perfectible por el conocimiento de las leyes de la naturaleza y la utilización de sus fuerzas. Si esto fuera verdad podemos ver el hermoso resultado a que han llegado. (Risas)
   Llaman a nuestra manera de considerar el mundo, a nuestra seguridad, fatalismo. Desprecian nuestra idea de la intemporalidad. "Toda innovación —llegan a decir refiriéndose a nuestras costumbres— se condena en nombre de la costumbre de los antepasados." Como si no fuese lo único que nos lega la historia. Sálense de sí si un jefe marroquí admite que la cultura introducida por Francia es, quizá, útil pero que no sirve para nada a los musulmanes puesto que les basta el Corán. Naturalmente, estos hijos de Prometeo, estos trabajadores infatigables, estos seres que se matan por producir no se dan cuenta de su equivocación. Se empeñan en hacernos creer que están en lo cierto. No creo que nos convenga, en ningún momento, sacarles de su error. Si la razón es blanca —vamos a concedérselo— el sentimiento es negro. (Larga y prolongada ovación.) Creen que el sentido del trabajo es lo único que vale la pena, sin darse cuenta que nuestra vida, la vida africana, la vida negra, está exclusivamente dedicada al goce de la vida. Es cierto que, como lo señala el profesor Jacobo Bergue, la palabra, la noción "empresa", no tiene el menor sentido ni para nosotros ni para los orientales, islamizados o no. En contraste, la civilización blanca es el resultado de una acumulación inaudita de iniciativas individuales, de investigaciones metódicas, de rigor, de trabajo obstinado, de disciplina terrible de las cuales no somos capaces, gracias le sean dadas al cielo. (Varias voces: ¡Al grano!) No tenemos ninguna razón de avergonzarnos de nuestra superioridad. Pero tampoco veo el motivo por el cual no saquemos el provecho posible de la misma. Tristes los que piensan que el rocío no es un don de Alá.
   Tampoco podemos suponer y mucho menos exigir un cambio radical de mentalidad de los blancos. Implicaría una mutación psicológica que no tiene precedente. Entonces, Honorables Representantes, voy a exponer las proporciones que considero pertinentes. (Una voz: ¡Ya era hora!)
   El problema se plantea de la siguiente manera: aunar nuestro gusto por la vida con la industrialización. Esto, Honorables Representantes, lo tenemos en las manos. Lo único que teníamos que hacer para dar con la solución era, como lo mandan nuestros cánones, volver la vista atrás, bucear en nuestro pasado, dar con la lección secular de nuestro pueblo.
   Según las cifras que he puesto en vuestro conocimiento, demográficamente aumentamos a una velocidad increíble. Cada día nacen un enorme número de elementos innecesarios y que producen, a la larga, disturbios y depauperación. (Fuertes rumores.) Honorables Representantes, estén o no de acuerdo con mi teoría les pido que me dejen exponer mis soluciones.
   Los blancos y su enorme y natural influencia han hecho que gran parte de la humanidad se nutra hoy de productos enlatados. Honorables Representantes: enlatemos nuestros sobrantes. Vendámoslos, cambiémoslos por lo que necesitamos. (Enorme revuelo. El presidente de la Cámara golpea repentinamente su mesa. La calma se restablece lentamente.) El establecimiento de la industria en sí no presenta ningún problema: la Machinery Corporation of America tiene todo lo necesario, desde el punto de vista técnico, y está dispuesto a proporcionarlo, de acuerdo con el Banco Mundial Internacional. Lo único que habrá que resolver sobre la marcha será que las fábricas de hojalata del Dahomey estén dispuestas a surtir las laminas necesarias para la latería. Las etiquetas pueden hacerse en Francia, por el procedimiento de huecograbado, que dará al género una presentación adecuada y atractiva.
   Desde el punto de vista de las asociaciones protectoras de todas las clases, que no dejarán de poner el grito en el cielo, si mi proposición es aceptada, podemos presentar diversas proposiciones tendientes a tranquilizar sus "buenas" conciencias.
Una voz: ¡Hable más claro!
Hamamí Numaruh: Lo está más que el agua. Es cuestión de vista. Por primera vez en la historia los propios elementos —y alimentos— servirán para resolver los problemas que plantea su carencia o su abundancia.
   Aquí es donde quiero especificar las gracias que le debemos al padre Tomás Gilliard por haberme insinuado el enlatar los sobrantes antes de ser bautizados y no tener así problemas con los otros mundos.
   No creo que este hecho tenga influencia en la calidad del género, ya que hace tiempo no hay paladares acostumbrados a tal manjar. Al principio, por lo menos, podríamos limitarnos a los menores de seis meses. Además de ser justo, y justa correspondencia a las atenciones médicas, los actuales medios suprimen todo dolor y como, por la edad, el elemento primario no puede darse cuenta de su fin, no hay pecado posible.
   No olvidemos, Honorables Representantes, que estamos intentando resolver un problema que los blancos tienen por insoluble —uno más de los que, según mi colega suramericano, les ofrecemos—. Es una salida natural, con poco daño y excelentes beneficios, en la que, quiérase o no, como en cualquier empresa humana, existirán fallas, trances amargos, decisiones duras; pero dado el estado de la cuestión que he tenido el honor de exponer, la solución que propongo me parece —y perdonen— no sólo excelente sino única. Sucede, como en todo, que había que haber pensado en ello.
Una voz aguda: Podría aderezarse para todos los gustos: con dulce, con pimiento o pimientos, con azúcar, piloncillo o azafrán... (Rumores).
Hamamí Numaruh: Son problemas secundarios. Por otra parte, no me atribuiré, ni mucho menos, la gloria del hallazgo. Bastaría para volverme despiadadamente a la modestia, la grandeza de nuestro pasado. A nuestros héroes epónimos, a una tradición tan gloriosa como la que más es a la que debemos rendir homenaje. La antropofagia, Honorables Representantes, fue un signo de cultura tan glorioso como el que más. (Grandes aplausos.)
   Antes de terminar quiero presentar dos aspectos particulares del problema. Discutí largamente con mi colega katangués acerca de la posibilidad de usar voluntarios para la producción; sostenía el profesor Fulbert Lumbé que la autosugestión, la seguridad de saber estar cumpliendo un deber en bien de la colectividad, serían suficientes para que toda clase de personas, vistos los evidentes beneficios otorgados durante su engorda, harían que se abastecieran sin dificultad algunas empacadoras. Siento diferir de tan ilustre e ilustradora opinión.
   No rebato la posibilidad de la existencia de unas comunidades decididas a ofrecerse gustosamente al bien público,  pero lo considero inadecuado por el momento y —desde el ángulo político— no exento de peligros. En cambio, el enlatado de recién nacidos no ofrece peligro ni dificultades sin contar que el costo —aun comparado al peso—  será infinitamente más bajo, redundando en beneficio del Ministerio de Hacienda y Crédito Público.
Una voz joven: ¡Moción de orden!
El Presidente de la Cámara: No hay desorden.
Una voz joven: Es de prioridad. No estoy de acuerdo —en parte— con las proposiciones del honorable Hamamí Numaruh, por la cuestión de orden... en el tiempo. Propongo una modificación escencial a su proyecto: que se enlate a los viejos (Escándalo). Lo demás es ir en contra del progreso de la nación. (Continúa el escándalo).
Voces: ¡No! ¡No! ¡No!
Una voz joven: El objeto de la inteligente operación propuesta es preservar el porvenir del país. Esto sólo lo conseguiremos con elementos nuevos y jóvenes (Protestas). ¡Claro, a ustedes no les conviene! (Escándalo).
El Presidente de la Cámara: ¡Orden! ¡Orden! Ruego al fogoso representante de Oubanga-Oldia que guarde sus fuerzas y sus argumentos para cuando se discuta el articulado del proyecto, si éste se aprueba en lo general.
Una voz joven: No tengo inconveniente en esperar. Yo puedo hacerlo (Rumores).
El Presidente de la Cámara: sigue nuestro honorable representante ante la ONU en el uso de la palabra.
Hamamí Numaruh: Ya serán muy pocas. Queda un punto por tratar y no el menos importante: la carne enlatada —en condiciones tan higiénicas que nada dejen de desear al más exigente—, presentada elegantemente según las maquetas parisinas de las que hablé, ¿será consumida en los estados unidos? Demos por sentado —a mí no me cabe la menor duda— que la ONU apruebe nuestra proposición como la única apta para detener el catastrófico aumento demográfico llamado a promover, si no se ataja, las más sangrientas revoluciones; a pesar de ello, ¿no tendrán los norteamericanos —tan afectos a lo enlatado— reparo en comer carne que, en su origen y en su tiempo, fue de epidermis negra? Éste es el peligro que representan de nuevo los blancos para nosotros. Dejo a la superior opinión del gobierno el resolverlo. He dicho. (Aplausos.)
El Presidente del Consejo: El Gobierno y Parlamento dan las gracias a su excelencia Hamamí Numaruh por su informe. El Gobierno que me honro en presidir toma buena nota de la sugestión de nuestro honorable representante ante la ONU. La proposición me parece de tal interés que el menor soplo que acerca de ello pudiera tener cualquier país de raíz helénica sería funesto. ¡Y no digamos sí llegarán a enterarse algunos de nuestros países vecinos! El Gobierno que me honro en presidir, exige a los presentes la mayor discreción, el total silencio. Si no fuera así, el o los culpables y sus familias podrían servir para surtir los primeros pedidos (Sensación). Referente a los escrúpulos de nuestro compañero en lo que se refiere a ciertas prevenciones —que soy el primero en lamentar— de algunos pueblos blancos, no creo que sean ni mucho menos insalvables, en cuestión de propaganda sin contar que, no tratándose de derechos y sí de buenos alimentos, nuestros actuales favorecedores nunca han puesto inconveniente alguno a aprovecharse de nuestro trabajo. Desde ahora puedo asegurar que la propuesta de nuestro ilustre compañero abre horizontes absolutamente insospechados para toda la humanidad. Gracias le sean dadas. (Grandes aplausos. Bravos.)
El Presidente de la Cámara: Se levanta la sesión.

NOTA POSTERIOR
El 23 de octubre de 1964, estalló la rebelión —vencida mes y medio después— de las tribus Mau-Kona. Hamamí Numaruh fue el primer elemento utilizado en la Fábrica número 1, inaugurada oficialmente por él quince días antes, pero que no pudo ponerse en marcha por la falta de una pieza mecánica. Esta falla, debido a otra de un avión Convair, le costó posiblemente la vida.

¹ Nacido en 1919, se dedicó primero al comercio y no inició su carrera política hasta 1947. Fue uno de los fundadores del Partido Democrático Progresista (P. D. P.)
   Es elegido miembro de la Asamblea Territorial, en 1953, fue reelegido en 1958. Diputado de la primera Asamblea Legislativa de la nueva República, el año siguiente fue nombrado representante ante la ONU, puesto que acaba de dejar para hacerse cargo del Ministerio de Educación Pública (enero, 1963). Soltero.
  
   ² Hemos podido comprobar la perfecta exactitud de lo asegurado por el orador, ya que existe una traducción española de un texto del profesor Rougier que trata estos problemas. Temas contemporáneos, México, 1963 (N. del T.)

   ³ Es curioso cómo la leyenda negra española puede llegar hasta los pueblos más oscuros. Efectivamente en el ensayo citado por el autor, el eminente pensador francés, que fue profesor de Filosofía en la Facultad de Letras de Bensaçon, y autor de libros muy apreciados compara, con la mayor naturalidad, a las "hordas de Gengis Khan con los Conquistadores españoles". Es verdaderamente inaudito cómo se escribe la historia y se reproduce en Venezuela sin protesta. (N. del T.)

Antología de cuentos sobre antropofagia: BI. 1. Sandwichs

Ahora un bocadillo, un tentempié antes del banquete humano; este extraño cuento de Salvador Humberto, obra conciente de su naturaleza ficticia, obra de cocina sencilla. Acompáñese con café...

   Recuerdo que le conocí en mi infancia.
   Me sorprendío su figura extraña. Era un hombre alto, que podía tener más o menos veinte y ocho años.
   Intensamente pálido. Vestía de negro, sin duda porque no tenía otro vestido que aquel que siempre llevaba. Traje verdoso, sucio, raído.
   Su mirada comprimía profundo dolor. Tenía una sonrisa superficial que desgarraba los labios tristemente.
   Usaba un enorme sombrero que debía tener su misma edad.
   Pero lo que más me llamó la atención fue  su melena. Le caía hasta los  hombros. El pelo castaño y ligeramente ondulado, partido en la mitad, le daba apariencia de colegiala.
   Ingenuamente, le quedé mirando largo rato. Él me sonrió, quiso insinuarse, se acercó a mí, pero yo me alejé de él apresuradamente.
   Para que mi cuento resulte completo, me asaltaba la idea de su nombre.
   ¿Cómo pudo llamarse? Sí, yo sé su nombre. Lo conozco quizá demasiado. Pero su nombre no debe ser dicho.
   ¿Qué importancia tiene su nombre en la vida?
   Existen hombres anónimos; anónimos aunque en realidad son grandes. Este fue un hombre anónimo, aunque no aseguro, precisamente, que haya sido grande.
   Volví a verlo con frecuencia.
   Siempre cruelmente sólo.
   Meditando siempre.
   Para mí llegó a tener un aspecto aterrante este hombre solo con su melena hasta los hombros.
   A veces, pensativo en un banco del parque central de la noble ciudad de Quito, lo divisaba a mediodía. Mientras todos se dirigían a sus casas, el continuaba inmóvil. Me asaltaba la idea de que este vagabundo no tenía casa.
   ... Y en ocasiones, al volver después del almuerzo al parque, lo encontraba taciturno en el sitio donde lo había dejado. Suponía entonces que acaso no tenía qué comer.
   Siento no haber dicho hasta ahora nada interesante. ¿Qué importa que un hombre no tenga qué comer?
   Cuántos hay que no lo tienen. Si posible fuera reunir a los hambrientos de todo el mundo y luego salir al balcón para verlos desfilar, nos aburriríamos extraordinariamente. Serían innumerables, grises, eternas horas de ver pasar hombres, hombres...
   Hombres leprosos y sifilíticos; cojos y ciegos; epilépticos y esquizoides; deformes o geniales; atacados de reuma o tuberculosis... Hombres, hombres...
   ¡Qué monótono sería el desfile, qué macabro!
   Así pues, el que un hombre se muera de hambre, es cosa que choca por vulgar.
   Mis hipótesis me habían llevado a la conclusión de que el vagabundo de melena, era un hombre pobremente insignificante. Pero luego tuve la evidencia de otra cosa que era en extremo ridícula.
   ¡Él era poeta!
   Sí, poeta. Con todo, puede terminarse el cuento, a pesar de la sonrisa irónica que brota en los labios cuando aparece el personaje atacado con versomanía.
   ... Y como no quiero decir su nombre, simplemente le llamaré "poeta."

   Perfectamente.
   Localizado ya en abstracto, lo sugeriré a través de mis encuentros ocasionales con él o de las frases que oí sobre su persona.
   Sus poemas fueron escritos en una antigua métrica. Aparecía en ellos la novia blanca. La luna. La pena. Se esbozaba una lágrima.
   Luego, esas canciones aparecían alguna vez en una revistade tercer orden o en un periódico de barrio. Se publicaban huérfanas, pobres y desnudas.
   No faltó un músico callejero que pusiera música a sus estrofas.
   ... Y los poemas se transformaron en "pasillos."
   Las diez de la noche.
   Vuelve usted a su casa
   Piensa en lo que se puede pensar a las diez. En la muchacha con quien ha estado. En el cine del cual acaba de salir o en lo que hará al día siguiente.
   Pero bruscamente es usted arrancado del ánfora de su meditación.
   Llegan a los oídos fragmentos de voz humana.
   Un grupo de gente. Al centro, un hombre harapiento, rasga la guitarra acompañando su canción.
   ... Ahí está estilizada la melancolía de esa noble ciudad abandonada entre los Andes. Ahí palpita el dolor del indio, aplastado por la civilización de occidente.
   A través de la voz inarmónica elaborada con andrajos de entrañas, aparece trémula la mujer a la que se ama dolorosamente.
   Después, con monedas pequeñas, se paga la canción de que ambula por la ciudad como un pájaro perdido.
   Del pecho de los hombres se escapa un suspiro que puede ser ridículo y por las mejillas de las mujeres rueda una lágrima que puede ser falsa.
   Más tarde, también sale por el agujero de la taberna la misma canción, tanto más ahorcada por los sollozos cuanto más borracho está el que canta.
   ... Y las canciones huyen, acarician, se ocultan cruzan la ciudad retorciéndose por el asfalto.

   Para estos cantores callejeros escribía sus poemas.
   Pero los suspiros de los hombres o las lágrimas de las mujeres, no dan para vivir.
   Por eso, él conoció profundamente a la miseria.
   No se trata de una hipótesis, porque aquello que fue sugerencia, se confirmó después.
   Padecía hambre. Hambre tremenda, de esa que paraliza los huesos.
   Ahora sí, puede ser más o menos está realidad:
   Atrasado, fue romántico.
   El romanticismo le volvió ridículo.
   Nunca fue amado por una mujer.
   Qué le parece a usted más trágico: ¿ser ridículo?; ¿morirse de hambre?; ¿no haber tenido una mujer?

   Su cuerpo sugería un saco de mendigo. Debía haber devorado los piojos de su cuerpo, como devoraron los versos su cerebro.
   Brotaba en él un instinto primitivo. Versomanía rutinaria, dulzona, mueca de payaso de feria.
   Este payaso puso el alma en las estrofas. Palpitaban en la vulgaridad de sus concepciones, las entrañas de un vagabundo que las escribió.
   (Una acotación indiscreta: ¿cómo satisfacería este pobre diablo sus instintos sexuales?).
   Su vida fue un claroscuro, manchado por la mano leprosos de la realidad...
   Miseria, miseria...
   Canciones...
   Mujeres...
   Pan...
   ¡Alto! Vagabundo mordiendo el pan que le disputaron los perros.
   (¿A quienes podía él disputar la hembra?)
   Pero recordará usted que estuvimos de acuerdo en que era muy vulgar la tontería aquella de morirse de hambre.
  
   Toda su alma en los versos.
   También hay gente que le pone en un pergamino viejo o en investigar la ilusoria nobleza de sus antepasados. Así es como existe aún en los espíritus mezquinos, esa manía despreciable llamada aristocracia.
   Vagabundo debía ser muy amigo de las arañas. Tal vez éstas le enseñaron a tejer versos.
   Acaso cuando los gatos rasguñaban los vidrios de las ventanas, él sentía cómo el aniquilamiento rasguñaba sus huesos.
   La vida es alegría. El sol maravilloso. La mañana tempestad de luz. El placer estremecimiento supradinámico. Las mujeres...
   Pero, ¿sí no hay dinero?
   (Silencio)
   Muy fácil.
   Se lo remplaza con el arte.
   Por eso él dedicó su vida a un esbozo de arte primitivo.
   Callejero. En la calle había roto su alma y en la calle debía diluirse sabiamente.  Despedazarse, dejando un trozo de su cuerpo aquí y otro allá, como había dejado retazos de su alma inyectados en sus pobres canciones.
 
   Suponga usted que han pasado algunos años como en las novelas de folletín.
   Pasaron en verdad.
   Poeta desapareció de la ciudad, extraña, misteriosamente, sin que nadie supiera a dónde había ido.
   (No puedo en este momento inventar algo acerca de a dónde habría podido ir el vagabundo, porque he mirado a una mujer)
   Únicamente sus canciones continuaron rodando por la ciudad.
   Alguna vez en la noche perdida, la gente lo recordaba al oír que una voz decía sus versos en la taberna, al son de la guitarra. Seguía en la imaginación su figura haraposa y grotesca, con larga melena, enorme sombrero, ojeras profundas...
   ¡Quién pudiera transfigurarse en el viento para encontrar al vagabundo!

   —¡Sandwichs! ¡Sandwich! ¡A cinco y diez centavos!
   Era l novedad de la gente humilde. No sé había visto nada más barato. Un pan tostado y fresco; un trozo de carne; un fragmento de lechuga; a veces, algo de cebolla, ¡todo por cinco centavos!
   Los que constaban diez, eran magníficos. Podían reemplazar al desayuno.
   Los sandwiches se vendían fabulosamente.
   En las galerías de cines y teatros;
   en el tendido de sol de la plaza de toros;
   en el hipódromo;
   en los desafíos de fútbol y pelota de guante;
   en las fiestas populares; y,
   en todas las calles de la ciudad.
   Los llevaban en canastos una colección de muchachos equívocos. Al venderlos, brillaban sus ojos.
   Los sandwichs fueron introduciéndose en las casas, ¡y qué sabrosos los encontró la gente!
   ¡Macabro, macabro!
   Fue un escándalo endemoniado, que puso los cabellos de punta.

   Al principio se habló con de aquello, alucinada, silenciosamente...
   —La policía ha descubierto...
   Se evitaba decir una palabra del asunto, delante de señoritas y personas nerviosas.
   Después, se aclaró apenas la cuestión. Los diarios dieron noticias vagas, sugerentes.
   Cuando se supo todo, la gente se estremeció.

   Anduve curioso por saber de qué se trataba.
   Fragmentariamente, reconstruí los hechos.
   Me dijo una vieja:
   —¡El día del juicio está cerca! Figúrese usted que un sepulturero y un encargado de conducir muertos desconocidos, han estado desde hace tiempo, escondiendo cadáveres...!
   —...Y robándolos—, interrumpío su hija, chica picaresca y voluptuosa.
   La vieja añadió:
   —Luego... después... ¡anda afuera, hijita, las niñas no pueden oír estas cosas!

   Pero la muchacha no se fue.
   Me devoraba la curiosidad.
   —Luego... después...

   Por fin un estudiante de medicina aclaró para mí el misterio.
   —¿Qué hay de los cadáveres?
   El otro rió ruidosamente.
   —Nada, —me dijo—. Una cosa sencilla y ridícula. Ya sabrá usted que el viejo panteonero y sus cómplices robaban los cadáveres.
   —¿Después...?

   Volvío a reírse:
   —¡Después los preparaban y hacían sandwichs con ellos!
   ¿Recuerda usted los sandwichs que se vendían a cinco y diez centavos? ¡Eran sandwich de muerto! En uno de ellos se encontró un pedazo de oreja y por este dato se ha descubierto todo. ¿Los comió usted?
   —No sé... no sé...

   —Lo más curioso es —añadió—, que entre los cadáveres que se vendieron con lechugas y pan, se encontraba el de... ¡Adivine usted el de quién!
   —¿Que adivine yo?— (Asombro).
   —Hombre, ¡el del poeta vagabundo! ¡Ya ve usted para lo que sirven los poetas!
   Yo me dicía a mí mismo alucinado:
   —¡El poeta vagabundo! ¿Quién se habrá comido su corazón? ¡Un perro! ¿Quién sus mejillas? ¡Un borracho! ¿Quién sus orejas profundas? Una bella muchacha tal vez...
   ¡Sandwichs a cinco y a diez centavos!
   ¡Muy baratos y sabrosos!
   ¡Cómprelos usted!

Antología de cuentos sobre antropofagia: AI. 1. El antropófago

   Llegados a los diez textos en mi Antología de Cuentos Musicales me puse a ver la labor en retrospectiva. Es momento de dejar la colección en pausa, por dos razones: la primera, ya no tengo libros que contengan historias musicales, entonces voy a seguir leyendo, buscando y haciendo selección; la segunda, he decidido reunir una nueva antología con cuentos, pero ahora, sobre antropofagia. Este es otro de esos temas que me producen singular interés por toda su significación, y todas sus dimensiones psicológicas y culturales. Quizá después, con el contubernio de festines humanos, pueda hacer una fenomonología del canibalismo...
   El primero que he seleccionado es El antropófago de Pablo Palacio, una de las figuras clave de la narrativa vanguardista latinoamericana: una platillo servido crudo, con prisa...

   Allí está, en la Penitenciaría, asomado por entre las rejas su cabeza grande y oscilante, el antropófago.
   Todos lo conocen. Las gentes caen allí como llovidas por ver al antropófago. Dicen que en estos tiempos es un fenómeno. Le tienen recelo. Van de tres en tres, por lo menos, armados de cuchillas, y cuando divisan su cabeza grande se quedan temblando, estremeciéndose al sentir el imaginario mordisco que les hace poner carne de gallina. Después le van teniendo confianza; los más valientes han llegado hasta provocarle, introduciendo por un instante un dedo tembloroso por entre los hierros. Así repetidas veces como se hace con las aves enjauladas que dan picotazos.
   Pero el antropófago se está quieto, mirando con sus ojos vacíos.
   Algunos creen que se ha vuelto un perfecto idiota; que aquello fue sólo un momento de locura.
   Pero no les oiga; tenga mucho cuidado frente al antropófago: estará esperando un momento oportuno para saltar contra un curioso y arrebatarle la nariz de una sola dentellada.
   Medite Ud. en la figura que haría si el antropófago se almorzara su nariz.
   ¡Ya lo veo con su aspecto de calavera!
   ¡Ya lo veo con su miserable cara de Lázaro, de sifilítico o de canceroso! ¡Con el ungüis asomado por entre la mucosa amoratada! ¡Con pliegues de la boca hondos, cerrados como un ángulo!
   Va Ud. a dar un magnífico espectáculo.
   Vea que hasta los mismos carceleros, hombres siniestros, le tienen miedo.
   La comida se la arrojan desde lejos.
   El antropófago se inclina, husmea, escoge la carne —que se le dan cruda—, y la masca sabrosamente, lleno de placer, mientras la sanguaza le chorrea por los labios.
   Al principio le prescribieron dieta: legumbres y nada más que legumbres; pero había sido de ver la gresca armada. Los vigilantes creyeron que iba a romper los hierros y comérselos a toditos. ¡Y se lo merecían los muy crueles! ¡Ponérseles en la cabeza el martirizar de tal manera a un hombre habituado a servirse de viandas sabrosas! No, esto no le cabe a nadie. Carne habían de darle, sin remedio, y cruda.
   ¿No ha comido usted alguna vez carne cruda? ¿Por qué no ensayar?
   Pero no, que pudiera habituarse, y esto no estaría bien. No estaría bien porque los periódicos, cuando usted menos lo piense, le van a llamar fiera, y no teniendo nada de fiera, molesta.
   No comprenderían los pobres que el suyo sería un placer como cualquier otro; como comer la fruta en el mismo árbol, alargando los labios y mordiendo hasta que la miel corra por la barba.
   Pero ¡qué cosas! No creáis en la sinceridad de mis disquisiciones. No quiero que nadie se forme de mí un mal concepto; de mí, una persona tan inofensiva.
   Lo del antropófago sí es cierto, inevitablemente cierto.
   El lunes último estuvimos a verlo los estudiantes de Criminología.
   Lo tienen encerrado en una jaula como de guardar fieras.
   ¡Y qué cara de tipo! Bien me lo he dicho siempre: no hay como los pícaros para disfrazar lo que son.
   Los estudiantes reíamos de buena gana y nos acercamos mucho para mirarlo. Creo que ni yo ni ellos lo olvidaremos. Estábamos admirados, y ¡cómo gozábamos al mismo tiempo su aspecto casi infantil y del fracaso completo de las doctrinas de nuestro profesor!
   —Véanlo, véanlo como parece un niño —dijo uno.
   —Sí, un niño visto con una lente
   —Ha de tener las piernas llenas de roscas.
   —Y deberían ponerle talco en las axilas para evitar las escaldaduras.
   —Y lo bañarían con jabón de Reuter.
   —Ha de vomitar blanco.
   —Y ha de oler a senos.
   Así se burlaron los infantes de aquel pobre hombre que miraba vagamente y cuya gran cabeza oscilaba como una aguja imantada.
   Yo le tenía compasión. A la verdad, la culpa no era de él. ¡Qué culpa va a tener un antropófago! Menos si es hijo de un carnicero y una comadrona, como quien dice del escultor Sofronisco y la partera Fanareta. Eso de ser antropófago es como ser fumador, o pederasta, o sabio.
   Pero los jueces le van a condenar irremediablemente, sin hacerse estas consideraciones. Van a castigar una inclinación naturalísima: esto me rebela. Yo no quiero que se proceda de ninguna manera en mengua de la justicia. Por esto quiero dejar aquí constancia, en unas pocas líneas, de mi adhesión al antropófago. Y creo que sostengo una causa justa. Me refiero a la irresponsabilidad que existe de parte de un ciudadano cualquiera, al dar satisfacción a un deseo que desequilibra atormentadoramente su organismo.
   Hay que olvidar por completo toda palabra hiriente que yo haya escrito contra ese pobre irresponsable. Yo, arrepentido, le pido perdón.
   Sí, sí, creo sinceramente que el antropófago está en lo justo; que no hay razón para que los jueces, representantes de la vindicta pública...
   Pero qué trance tan duro... Bueno... lo que voy a hacer es referir con sencillez lo ocurrido... No quiero que ningún malintencionado diga después que soy yo pariente de mi defendido, como ya me lo dijo un Comisario a propósito de aquel asunto de Octavio Ramírez.
   Así sucedió la cosa, con antecedentes y todo:
   En un pequeño pueblo del Sur, hace más o menos treinta años, contrajeron matrimonio dos conocidos habitantes de la localidad:
   Nicanor Tiberio, dado al oficio de matarife, y Dolores Orellana, comadrona y abacera.
   A los once meses justos de casados les nació un muchacho, Nico, el pequeño Nico, que después se hizo grande y ha dado tanto que hacer.
   La señora de Tiberio tenía razones indiscutibles para creer que el niño era oncemesino, cosa rara y de peligros. De peligros porque quien se nutre por tanto tiempo de sustancias humanas es lógico que sienta más tarde la necesidad de ellas.
   Yo desearía que los lectores fijen bien su atención en este detalle, que es a mi ver justificativo para Nico Tiberio y para mí, que he tomado cartas en el asunto.
   Bien. La primera lucha que suscitó el chico en el seno del matrimonio fue a los cinco años, cuando ya vagabundeaba y comenzó a tomársele en serio. Era a propósito de la profesión. Una divergencia tan vulgar y usual entre los padres, que casi, al parecer, no vale la pena darle ningún valor. Sin embargo, para mí lo tiene.
   Nicanor quería que el muchacho fuera carnicero, como él. Dolores opinaba que debía seguir una carrera honrosa, la Medicina. Decía que Nico era inteligente y que no había que desperdiciarlo. Alegaba con lo de las aspiraciones —las mujeres son especialistas en lo de las aspiraciones.
   Discutieron el asunto tan acremente y tan largo que a los diez años no lo resolvían todavía. El uno: que carnicero ha de ser; la otra: que ha de llegar a médico. A los diez años Nico tenía el mismo aspecto de un niño; aspecto que creo olvide de describir. Tenía el pobre muchacho una carne tan suave que le daba ternura a su madre; carne de pan mojado en leche, como había pasado tanto tiempo curtiéndose en las entrañas de Dolores.
   Pero pasa que el infeliz había tomádole serias aficiones a la carne. Tan serias que ya no hubo qué discutir: era un excelente carnicero. Vendía y despostaba que era de admirarlo.
   Dolores, despechada, murió el 15 de mayo del 906 (¿Será también éste un dato esencial?) Tiberio, Nicanor Tiberio, creyó conveniente emborracharse seis días seguidos y el séptimo, que en rigor era de descanso, descansó eternamente. (Uf, esta va resultando tragedia de cepa)
   Tenemos, pues, al pequeño Nico en absoluta libertad para vivir a su manera, sólo a la edad de diez años.
   Aquí hay un lago en la vida de nuestro hombre.
   Por más que he hecho, no he podido recoger los datos suficientes para reconstruirla. Parece, sin embargo, que no sucedió en ella circunstancia alguna capaz de llamar la atención de sus compatriotas.
   Una que otra aventurilla y nada más.
   Lo que se sabe a punto fijo es que se casó, a los veinticinco, con una muchacha de regulares proporciones y medio simpática. Vivieron más o menos bien. A los dos años les nació un hijo, Nico, de nuevo Nico.
   De este niño se dice que creció tanto en saber y en virtudes, que a los tres años, por está época, leía y escribía, y era un tipo correcto: uno de esos niños seriotes y pálidos en cuyas caras aparece congelado el espanto.
   La señora de Nico Tiberio (del padre, no vaya a creerse que del niño) le había echado el ojo a la abogacía, carrera magnífica para el chiquitín. Y algunas veces había intentado decírselo a su marido. Pero éste no daba oídos, refunfuñando. ¡Esas mujeres que andan siempre metidas en lo que no les importa!
   Bueno, esto no le interesa a Ud.; sigamos con la historia:
   La noche del 23 de marzo, Nico Tiberio, que vino a establecerse en la capital tres años atrás con la mujer y el pequeño —dato que he olvidado de referir a su tiempo—, se quedó hasta bien tarde en un figón de San Roque, bebiendo y charlando.
   Estaba Daniel Cruz y Juan Albán, personas bastante conocidas que prestaron, con oportunidad, sus declaraciones ante el juez competente. Según ellos, el tantas veces nombrado Nico Tiberio no dio manifestaciones extraordinarias que pudieran hacer luz en su decisión. Se habló de mujeres y de platos sabrosos. Se jugó un poco a los dados. Cerca de la una de la mañana, cada cual la tomó por su lado.
   (Hasta aquí las declaraciones de los amigos  del criminal. Después viene su confesión, hecha impúdicamente para el público)
   Al encontrarse solo, sin saber cómo ni por qué, un penetrante olor a carne fresca empezó a obsesionárlo. El alcohol le calentaba el cuerpo y el recuerdo de la conversación le producía abundante saliveo. A pesar de lo primero, estaba en sus cabales.
   Según él, no llegó a precisar sus sensaciones. Sin embargo, aparece bien claro lo siguiente:
   Al principio le atacó un irresistible deseo de mujer. Después le dieron ganas de comer algo bien sazonado; pero duro, cosa de dar trabajo a las mandíbulas. Luego le agitaron temblores sádicos: pensaba en una rabiosa cópula, entre lamentos, sangre y heridas abiertas a cuchilladas.
   Se me figura que andaría tambaleando, congestionado.
   A un tipo que encontró en el camino casi le asalta a puñetazos, sin haber motivo.
   A su casa llegó furioso. Abrió la puerta de una patada. Su pobre mujercita despertó con sobresalto y se sentó en la cama. Después de encender la luz se quedó mirándolo temblorosa, como presintiendo algo en sus ojos colorados y saltones.
   Extrañada, le preguntó:
   —¿Pero qué te pasa, hombre?
   Y él, mucho más borracho de lo que debía estar, gritó:
   —Nada, animal; ¿a ti qué te importa? ¡A echarse!
   Mas, en vez de hacerlo, se levantó del lecho y fue a pararse en medio de la pieza. ¿Quién sabía qué le irían a mentir a ese bruto?
   La señora de Nico Tiberio, Natalia, es morena y delgada.
   Salido del amplio escote de la camisa de dormir, le colgaba un seno duro y grande. Tiberio, abrazándola furiosamente, se lo mordió con fuerza. Natalia lanzó un grito.
   Nico Tiberio, pasándose la lengua por los labios, advirtió que nunca había probado manjar tan sabroso.
   ¡Pero no haber reparado nunca en eso! ¡Qué estúpido!
   ¡Tenía que dejar a sus amigotes con la boca abierta!
   Estaba loco, sin saber lo que le pasaba y con un justificable deseo de seguir mordiendo.
   Por fortuna suya oyó los lamentos del chiquitín, de su hijo, que se frotaba los ojos con las dos manos.
   Se abalanzó gozoso sobre él; lo levantó en sus brazos, y, abriendo mucho la boca, empezó a morderle la cara, arrancándole regulares trozos a cada dentellada, riendo, bufando, entusiasmándose cada vez más.
   El niño se esquivaba y él se lo comía por el lado más cercano, sin dignarse a escoger.
   Los cartílagos sonaban dulcemente entre los molares del padre. Se chupaba los dientes y lamía los labios.
   ¡El placer que debió sentir Nico Tiberio!
   Y como no hay en la vida cosa cabal, vinieron los vecinos a arrancarle de su abstraído entretenimiento. Le atendieron a garrotazos, con una crueldad sin límites; le ataron, cuando le vieron tendido y sin conocimiento; le entregaron a la Policía...
   ¡Ahora se vengarán de él!
   Pero Tiberio (hijo), se quedó sin nariz, sin orejas, sin una ceja, sin una mejilla.
   Así con un sangriento y descabado aspecto, parecía llevar en la cara todas las ulceraciones de un Hospital.
   Si yo creyera a los imbéciles tendría que decir: Tiberio (padre) es como Quien se come lo que crea.

Eufoneología: diccionario de neologismos, palabrario literario y nonsense

[Guía de uso: las palabras nuevas aparecerán después de un en cursiva. Las que se han agregado desde antes aparecen después de un   en cursivas y negritas.]

Empiece ya
La farandolina en la lejantaña de la montanía
El horimen bajo firmazonte
[...]
Empiece ya
La faranmandó mandó liná
Con su musiquí con su musicá

La carabatina
La carabantú
La farandosilina
La Farandú
La Carabantantá
La Carabantantí
La farandosiá
La faransí

Tales son algunos versos del canto V de Altazor o el viaje en paracaídas de Vicente Huidobro; cargados de juegos de palabras, de invenciones agradables al paladarpronunciar. Luego en el canto VII:

Tralalí
Lali lalá
[...]
Monlutrella Monluztrella
[...]
Mitrapausa
[...]
Tralalá
ai mareciente y eternauta
[...]
Temporía
[...]
Lunatado
[...]
Plegasuena
Cantasorio [...]
[...]
Tempovío
Infilero e infinauta [...]
[...]
Lalalí

La algarabía; quizá la ebriedad de las sílabas: me fascina el nonsense, palabras despojadas de significado y resignificadas; rotas y rearmadas. Huidobro es uno entre mil de los que hablaron y escribieron hasta la glosalalia. Y como soy débil ante estos despliegues de ingenió —autores inventados, libros inventados, países inventados y palabras inventadas— y a la acumulación de miniaturas: recojo aquí un diccionario de neologismos y eufonías inventadas.

A

Apretujario. Cultura popular. Del futuro. [De Congreso de futurología de Stanislaw Lem]: Antro, discoteca.

B

Bañear. Verbo. Del futuro. [De Congreso de futurología de Stanislaw Lem]: Ahogar.

Benignativo. Química. Del futuro. [De Congreso de futurología de Stanislaw Lem]:  Grupo de elementos psicotrópicos que inclinan al bien. Podemos citar: El hedonidol, la benefactorina, la enfasiana, el euforiasol, el felicitol, el altruismol, la bonocaresina.

Benpas o BAP. Término químico-militar. Del Futuro. [De Congreso de futurología de Stanislaw Lem]: Bombas de Amor al Prójimo; armas químicas cargadas con psicotrópicos benigantivos.

Boquiarrugado. Medicina. Del futuro [De Congreso de futurología de Stanislaw Lem]: Resucitado, el que fue asesinado y luego han devuelto a la vida. También puede ser Zmarskacz.

Boquirrubio. Cibernética. Del futuro. [De Congreso de futurología de Stanislaw Lem]: Robot lubrificador.

C

Cazardor. Adjetivo. Del futuro. [De Congreso de futurología de Stanislaw Lem]: El que plagia las ideas ajenas.

Climenole. Laputa [De los viajes de Gulliver, de Jonathan Swift]: Sacudidor, persona encargada de sacar, valiéndose de una vejiga que contiene guijarros, de su intensos pensamientos a los sabios de este país. En las conversaciones un sacudidor golpea la boca de aquel que va a hablar y otro golpea la oreja del interpelado.

Cremocracia. Sociedad. Del futuro. [De Congreso de futurología de Stanislaw Lem]: Corrupción. Deriva del término cremocrata: sobornados; que trata de untarlo a uno con crema, metafóricamente hablando.

Criptoquímicodemocracia. Política. [Del futuro. [De Congreso de futurología de Stanislaw Lem]: Estrategia política de control que se probó en la nación de Costarricania. Consiste en la manipulación de las acciones de los ciudadanos a través de elementos psicotrópicos benigantivos colocados en el agua potable de manera secreta.

D

Desymulat. Sustantivo. Del futuro [De Congreso de futurología de Stanislaw Lem]: Objeto que finge existir, pero que no existe.

Drurr. Liliput [De los viajes de Gulliver, de Jonathan Swift]: unidad de medida aproximada a dos milímetros.

E

Espiroquetistas. Orantonia [De El gato con botas y Simbad el marino o Badsim el marrano (novela póstuma), de Vicente Huidobro]: partido político del país de Orantonia, se reconocen porque les tiembla la mano izquierda al llevarse la copa a los labios.

Experimentar. Verbo. Del futuro. [De Congreso de futurología de Stanislaw Lem]: Existir: puesto que es posible vivir varias veces en este mundo futuro.

F

Flandona Gagnole. Balnibarbi [De los viajes de Gulliver, de Jonathan Swift]: Cueva de los astrónomos. Edificación cúpular que se encuentra en el centro de la isla flotante de Laputa, cumple la función de observatorio.

Fluft drin Yalerick Dwuldum prastrad mirplush. Luggnagg [De los viajes de Gulliver, de Jonathan Swift]: "Mi lengua está en la boca de mi amigo." Expresión difícil de traducir que quiere decir que uno desea se le permita traer a un intérprete. Lemuel Gulliver la usa durante la entrevista con el rey de Luggnagg.

G

Glonglung. Brobdingrag [De los viajes de Gulliver, de Jonathan Swift]: Aprox. una milla inglesa.

Glumdalclitch. Brobdingrag [De los viajes de Gulliver, de Jonathan Swift]: Niñerita.

Glumgluff. Liliput [De los viajes de Gulliver, de Jonathan Swift]: unidad de medida que equivale aproximadamente a dos metros.

Gnnayh. Houyhnhnm [De los viajes de Gulliver, de Jonathan Swift]: Ave de rapiña.

Grildrig. Brobdingrag [De los viajes de Gulliver, de Jonathan Swift]: Aprox. Maniquí / Muñeco; supuestamente a las voces nanunculus del latín, homunceletino y mannikin del inglés; sólo la última palabra existe, las primeras dos son falsas.

Grulturd. Brobdingrag [De los viajes de Gulliver, de Jonathan Swift]: Pregonero.

H

Hlunnh. Houyhnhnm [De los viajes de Gulliver, de Jonathan Swift]: Avena.

Hnea-yahoo. Houyhnhnm [De los viajes de Gulliver]: Mal del Yahoo (humano).

Hnhsloayn. Houyhnhnm [De los viajes de Gulliver, de Jonathan Swift]: "Exhortación"; palabra de especial significado entre los habitantes de éste país, ya que, gobernados por la razón no conciben que un ser racional pueda ser obligado a realizar algo que a todas luces es lo más sensato.

I

Ickpling Gloffthrobb Squutserumm blhiop Mlashnat Zwin tnodbalkguffh Slhiophad Gurdlubh Asht. Luggnagg [De los viajes de Gulliver, de Jonathan Swift]: "Llegue su celeste Majestad a sobrevivir al sol once lunas y media"; fórmula establecida por las leyes de éste país para todas las personas recibidas en presencia del rey. Debido a su dificultad para traducir por separado, he optado dejarla tal y como está en el libro.

J

K

L

Lorbrulgrud. Brobdingnag [De los viajes de Gulliver, de Jonathan Swift]: Orgullo del universo.

Lumos Kelmin pesso desmar lon Emposo. Liliput [De los Viajes de Gulliver, de Jonathan Swift; como soy incapaz de determinar exactamente qué palabras corresponden a su traducción, coloco la cita completa.]: Jurar la paz con él y su reino.

M

Media-Madre. Medicina, término compuesto. Del futuro. [De Congreso de futurología de Stanislaw Lem]: Como media abuela, media oca. Una de entre dos mujeres que dieron a luz colectivamente a un niño.

N

Ñ

O

Ovífero. Medicina, anacronismo de cartero. [De Congreso de futurología de Stanislaw Lem]:  Euplanista que lleva los óvulos humanos legítimos a domicilio.

P

Palacear o apalaciar. Verbo. Del futuro. [De Congreso de futurología de Stanislaw Lem]: Ocupar o alquilar provisionalmente un palacio.

Permanecer. Verbo. Del futuro. [De Congreso de futurología de Stanislaw Lem]: Vivir. véase experimentar.

Psicivilización. Antropología. Del futuro  [De Congreso de futurología de Stanislaw Lem]: Forma de organización social del futuro fundamentada en la manipulación de las inclinaciones del hombre a partir de los químicos que impactan la psique. Utopía Psico-Química.

Q

Quimbus Flestrin. Liliput [De los viajes de Gulliver, de Jonathan Swift]: Hombre-Montaña.

Quimera. Onírico. Del futuro. [De Congreso de futurología de Stanislaw Lem]: Sueño teledirigido y por encargo, se pide a la computadora soñadora instalanda en la oficina de Suentesis, se suministra a través de pastillas llamadas sueñitas.

R

Replum Scalcath. Brobdingnag [De los viajes de Gulliver, de Jonathan Swift]: Lusus naturae; Monstruo.

S

Sanvitistas. Orantonia [De El gato con botas y Simbad el marino o Badsim el marrano (novela póstuma), de Vicente Huidobro]: partido político del país de Orantonia, se reconocen porque les tiembla la mano derecha al llevarse la copa a los labios.

Simulado. Adjetivo. Del futuro. [De Congreso de futurología de Stanislaw Lem]: objeto que no existe pero que parece existir.

Sincretino. Adjetivo. Del futuro. [De Congreso de futurología de Stanislaw Lem]: Cretino/Idiota sintético.

Slamecksan. Liliput [De los viajes de Gulliver, de Jonathan Swift]: Tacones Bajos; facción política en Liliput de corte vanguardista.

Slardral. Brobdingnag [De los viajes de Gulliver, de Jonathan Swift]: Caballero-ujier.

Snilpall. Liliput [De los viajes de Gulliver, de Jonathan Swift]: Hombre de Ley, título conferido a personas rectas. Se agrega a su nombre de pila y no puede ser heredado.

Splacknuck. Brobdingnag [De los viajes de Gulliver, de Jonathan Swift]: Animal de unos dos metros de largo. Lemuel Gulliver cuenta que es de bonita forma.

Struldbruggs. Luggnagg [De los viajes de Gulliver, de Jonathan Swift]: Inmortales. Habitantes de éste país que nacen un curioso lunar rojo sobre la ceja izquierda que, a medida que crecen, cambia de color. Es señal inequívoca de que dicha persona será inmortal. Quiénes nacen con está condición no pueden heredarla y es extremadamente rara.

T

Tetraomblipernalistas. Orantonia [De El gato con botas y Simbad el marino o Badsim el marrano (novela póstuma), de Vicente Huidobro]: partido político del país de Orantonia, se reconocen porque les tiembla las dos piernas y tienen el ombligo en relieve como escapulario. Al ser tan extenso el nombre, el pueblo los llama ponchistas, en referencia a un complot donde el diablo perdió el poncho.

Tramecksan. Liliput [De los viajes de Gulliver, de Jonathan Swift]: Tacones Altos; facción política en Liliput de corte conservador.

Z

Zmarskacz. Conotación jurídica. Del futuro. [De Congreso de futurología de Stanislaw Lem]:  Resucitado. véase Boquiarrugado

Zurralógico. Química. Del Futuro  [De Congreso de futurología de Stanislaw Lem]: Grupo psicotrópico de los que inclina al mal - que instan a zurrar y maltratar a todo ser, vivo o muerto, que se halla cerca de uno. Podemos citar: El furiasol, la lisina, la sadistinina, la flagelina, el agressium, el frustraciol, la amocolina, El zurrandol y el atacandol.

miércoles, 26 de diciembre de 2018

Antología de cuentos musicales: 9. Rito de Sikán y Ekué

   La mitología de todos los pueblos y naciones es rica en historias que aluden a la música, su origen, su significado y sus instrumentos; están por ejemplo el mito de La Lira de Orfeo, la cual le fue entregada por Apolo y que él modificó agregando dos cuerdas más a las 7 que ya tenía, para rendir homenaje a las Musas; o la leyenda de un enviado del emperador Hoang Ti, que en el siglo VI a. C. recibió del mítico Ave Fénix la revelación de los doce sonidos de la escala, y que, además le construyó 12 flautas, una para cada sonido.
   Este cuento (que en realidad es un mito) es el epígrafe del capítulo Seseribo (si se le puede llamar capítulo) de la novela Tres Tristes Tigres de Guillermo Cabrera Infante. Obra rebosante de música, por su puesto, y magia. En dicho capítulo, Cabrera Infante presenta a Eribo, un bongosero cubano convertido en agente de publicidad —dicho sea de pasó, el personaje que más simpatía me causa de la novela— que retoma su carrera de música al tiempo que cuenta su relación con la vedette que él mismo descubrió y bautizo: Cuba Venegas. Me gusta pensar que su nombre es una adaptación del nombre de mítico tambor seseribó, que ese nombre quiere decir: tambor que sí suena. En fin, entre que si es o no, lean este buen ritmo caribeño.

   Ekué era sagrado y vivía en un río sagrado. Un día vino Sikán al río. El nombre de Sikán podía querer decir mujer curiosa —o nada más que mujer. Sikán, como buena mujer, era no sólo curiosa, sino indiscreta. Pero ¿es que hay algún curioso discreto?
   Sikán vino al río y oyó el ruido sagrado que solamente conocían unos cuantos hombres de Efó (). Sikán oyó y oyó —y luego contó. Lo dijo todo a su padre, que no la creyó, porque Sikán contaba cuentos. Sikán volvió al río y oyó y ahora vio. Vio a Ekúe y oyó a Ekúe y contó a Ekúr. Para que su padre le creyera persiguió al sagrado Ekúe con su jícara (que era para tomar agua) y alcanzó a Ekúe, que no estaba hecho para huir. Sikán trajo a Ekúe al pueblo en su jícara de beber agua. Su padre le creyó.
   Cuando los pocos hombres de Efó (no hay que repetir sus nombres) vinieron al río a hablar con Ekúe no lo encontraron. Por los árboles supieron que lo hicieron huir, que lo habían perseguido, que Sikán lo atrapó y llevo a Efó en la jícara del agua. Esto era un crimen. Pero dejar que Ekúe hablara sin tapar los oídos profanos y contar su secreto y ser una mujer (¿pero quién si no podía hacer semejante cosa?) era más que un crimen. Era un sacrilegio.
   Sikán pagó con su pellejo la profanación. Pagó con su vida, pero también pagó con su pellejo. Ekúe murió, algunos dicen que de vergüenza por dejarse atrapar por una mujer o de mortificación al viajar dentro de una jícara. Otros dicen que murió sofocado, en la carrera —no estaba, definitivamente, hecho para correr. Pero no se perdió el secreto ni el hábito de reunión ni la alegría de saber que existe. Con su piel se encueró el ekúe (1), que habla ahora en las fiestas de iniciados y es mágico. La piel de Sikán la Indiscreta se uso en otro tambor, que no lleva clavos ni amarres y que no debe hablar, porque sufre todavía el castigo de los lenguas-largas. Tiene cuatro plumeros con las cuatro potencias más viejas en las cuatro esquinas. Como es una mujer hay que adornarlo lindo, con flores y collares cuaris. Pero sobre su parche lleva la lengua del gallo en señal eterna de silencio. Nadie lo toca y solo no puede hablar. Es secreto y tabú y se llama seseribó (2).

Notas

. Este mito es de origen africano, supongo que etíope, pues en dicho país hay una región llamada Efó. Estos pocos hombres de los que habla la leyenda son el culto secreto que rendía homenaje a Ekúe. Cuando los esclavos africanos fueron llevados a Cuba, estas tradiciones echaron raíces, dando origen a una serie de grupos secretos conocidos como los ñañigos o abakúa. Estos grupos impactaron no sólo a nivel social, sino moral y económico en la isla. Su agrupación está inspirada en el mito de Sikán, del que hay muchas versiones; pero, todas tienen el común denominador de Sikán revelando el secreto de haber oído a Ekúe.

Notas musicales

1. El Ekúe es un tambor de orden ritual, el más importante para los ñañigos. Lo usan para sus ceremonias de iniciación. Es el tambor fundamento y se toca por fricción, es considerado la vos sagrado del dios pez Abasi Tanze. Nunca aparece en público, y se coloca en una esquina o cuarto secreto, detrás de una cortina. Otros tambores de orden ritual son el Mpegó, que a diferencia del Ekúe, sí aparece en público; el Nkríkamo que es un tambor de menor que sirve para llamar a los espíritus y el Seseribó.

2. El Seseribó es el cuarto tambor que los ñañigos usan en sus rituales; consiste en una copa de madera forrada por láminas de plata en su interior y piel en el exterior. En el depositan los elementos que confirman la hermandad ñañiga; como se dice en el mito, no debe sonar.

domingo, 23 de diciembre de 2018

Antología de cuentos musicales: 6. Maese Pérez el Organista

Esta leyenda fue escrita por Bécquer cuando tenía 25 años. Es una completa invención de él, ya que antes de ella, no figura en ningún sitio referencia alguna a éste fantástico suceso. En esta prosa he leído algunos de los pasajes más bellos que alguien haya escrito para describir música. Está dividida en cuatro episodios de los cuales el tercero y el cuarto son mis preferidos. Resta decir: 4/4.

(Leyenda Sevillana)

   En Sevilla, en el mismo atrio de Santa Inés, y mientras esperaba que comenzase la misa del Gallo, oí esta tradición a una demandadera del convento.
   Como era natural, después de oírla aguardé impaciente que comenzara la ceremonia, ansioso de asistir a un prodigio.
   Nada menos prodigioso sin embargo, que el órgano de Santa Inés (1), ni nada más vulgar que los insulsos motetes (2) con que nos regaló su organista aquella noche.
   Al salir de la misa no pude por menos que decirle a la demandadera con aire de burla:
   —¿En qué consiste que el órgano de maese Pérez suena ahora tan mal?
   —¡Toma —me contestó la vieja—, en que ése no es el suyo!
   —¿No es el suyo? ¿Pues qué ha sido de él?
   —Se cayó a pedazos de puro viejo hace una porción de años.
   —¿Y el alma del organista?
   —No ha vuelto a aparecer desde que colocaron el que ahora lo sustituye.
   Si a alguno de mis lectores se le ocurriese hacerme la misma pregunta después de leer esta historia, ya sabe por qué no se ha continuado el milagroso portento hasta nuestros días.

I
   —¿Veis ese de la capa roja y la pluma blanca en el fieltro, que parece que trae sobre su justillo todo el oro y los galones de Indias; aquel que baja en este momento de su litera para dar la mano a ese señora que, después de dejar la suya, se adelanta hacia aquí, precedida de cuatro pajes con hachas? Pues ése es el marqués de Moscoso, galán de la condesa viuda de Villapineda. Se dice que antes de poner sus ojos sobre esa dama había pedido matrimonio a la hija de un opulento señor: mas el padre de la doncella, de quien se murmura que es un poco avaro... Pero, ¡calla!, en hablando del ruin de Roma, cátae aqui que asoma. ¿Veis aquel que viene por debajo del Arco de San Felipe, a pie, embozado en una capa oscura y precedido de un solo criado con una linterna? Ahora llega frente al retablo.
   "¿Reparasteis, al desembozarse para saludar a la imagen, en la encomienda que brilla en su pecho? A no ser por ese doble distintivo, cualquiera lo creería lonjista de la calle de Culebras... Pues éste es el padre en cuestión. Mirad cómo la gente del pueblo le abre paso y lo saluda. Él solo tiene más ducados de oro en sus arcas que soldados mantiene nuestro señor don Felipe, y con sus galeones podría formar una escuadra suficiente a resistir a la del Gran Turco... ()
   "Mirad, mirad ese grupo de señores graves, ésos son los caballeros veinticuatro (ʙ). ¡Hola, hola! También está aquí el flamencote, a quien se dice que no han echado ya el guante los señores de la Cruz Verde () merced a su influjo con los magnates de Madrid... Éste no viene a la iglesia más que a oír música... No, pues si maese Pérez no le arranca con su órgano lágrimas como puños, bien se puede asegurar que no tiene su alma en su almario, sino friéndose en las calderas de Pedro Botero... () ¡Ay, vecina! Malo..., malo... Presumo que vamos a tener jarana. Yo me refugio en la iglesia. Pues, por lo que veo, aquí van a andar más de sobra los cintarazos que los paternoster. Mirad, mirad: las gentes del duque de Alcalá doblan la esquina de la plaza de San Pedro, por el callejón de las Dueñas se me figura que he columbrado a las del de Medina Sidonia. ¿No os lo dije?
   "Ya se han visto, ya se detiene unos y otros, sin pasar de sus puestos... Los grupos se disuelven... Los ministriles, a quienes en estas ocasiones apalean amigos y enemigos, se retiran... Hasta el señor asistente, con su vara y todo, se refugia en el atrio... Y luego que hay justicia. Para los pobres.
   "Vamos, vamos, ya brillan los broqueles en la oscuridad... ¡Nuestro Señor del Gran Poder nos asista! Ya comienzan los golpes... ¡Vecina, vecina! Aquí... antes de que cierren las puertas. Pero ¡calle! ¿Qué es eso? Aún no han comenzado, cuando lo dejan... ¿Qué resplandor es aquél?... ¡Hachas encendidas! ¡Literas! Es el señor arzobispo.
   "La Virgen Santísima del Amparo, a quien invocaba ahora mismo con el pensamiento, lo trae en mi ayuda... ¡Ay! ¡Si nadie sabe lo que yo debo a esa Señora!... ¡Con cuánta usura me paga las candelillas que le enciendo los sábado!... Vedlo qué hermosote está con sus hábitos morados y su birrete rojo... Dios le conserv en su silla tantos siglos como deseo de vida para mí. Si no fuera por él, media Sevilla hubiera ya ardido con estas disensiones de los duques. Vedlos, vedlos, los hipocritones, cómo se acercan ambos a la litera del prelado para besarle el anillo... Cómo lo siguen y lo acompañan confundiéndose con sus familiares. Quién diría que esos dos que parecen tan amigos, si dentro de media hora se encuentran en una calle... Es decir, ¡ellos, ellos!... Líbrame Dios de creerlos cobardes. Buena muestra han dado de sí peleando en algunas ocasiones contra los enemigos de Nuestro Señor... Pero es la verdad que si se buscaran... Y si se buscaran con ganas de encontrarse, se encontrarían, poniendo fin de una vez a estas continuas reyertas, en las cuales los que verdaderamente baten el cobre de firme son sus deudos, sus allegados y su servidumbre.
   "Pero vamos, vecina, vamos a la iglesia antes que se ponga de bote en bote..., que algunas noches como ésta suele llenarse de modo que no cabe ni un grano de trigo... Buena ganga tienen las monjas con su organista... ¿Cuándo se ha visto el convento tan favorecido como ahora?... De las otras comunidades puedo decir que le han hecho a maese Pérez proposiciones magníficas. Verdad que nada tiene de extraño, pues hasta el señor arzobispo le ofreció montes de oro por llevarlo a la catedral... Pero él, nada... Primero dejaría la vida que abandonar su órgano favorito... ¿No conocéis a maese Pérez? Verdad es que sois nueva en el barrio... Pues es un santo varón; pobre, sí, pero limosnero cual no otro... Sin más pariente que su hija ni más amigos que su órgano, pasa su vida entera en velar por la inocencia de la una y componer los registros del otro... ¡Cuidado que el órgano es viejo!... Pues nada; él se da tal maña en arreglarlo y cuidarlo, que suena que es una maravilla... Como que le conoce de tal modo, que a tientas... Porque no sé si os lo he dicho, pero el pobre es ciego de nacimiento... ¡Y con qué paciencia lleva su desgracia!... Cuando le preguntan qué cuánto daría por ver, responde: "Mucho, pero no tanto como créeis, porque tengo esperanzas" "¿Esperanzas de ver?" "Sí, y muy pronto (añade, sonriendo como un ángel.) Ya cuento  setenta y seis años. Por muy larga que sea mi vida, pronto veré a Dios."
   >>¡Pobrecito! Y sí lo verá..., porque es humilde como las piedras de la calle, que se dejan pisar de todo mundo... Siempre dice que no es más que un pobre organista de convento, y puede dar lecciones de solfa al mismo maestro de capilla de la Primada (3). Como que echó los dientes en el oficio... Su padre tenía la misma profesión que él. Yo no lo conocí, pero mi señora madre, que santa gloria haya, dice que lo llevaba siempre al órgano consigo para darle a los fuelles. Luego, el muchacho mostró tales disposiciones, que, como era natural, a la muerte de su padre heredó el cargo... ¡Y qué manos tiene (4), Dios se las bendiga! Merecía que se las llevaran a la calle de Chicharreros y se las engarzasen en oro... Siempre toca bien, siempre; pero en semejante noche como ésta es un prodigio... Él tiene una gran devoción por esta ceremonia de la misa del Gallo, y cuando levantan la Sagrada Forma, al punto y hora de las doce, que es cuando vino al mundo Nuestro Señor Jesucristo..., las voces de su órgano son voces de ángeles...
   >>En fin, ¿Para qué tengo que ponderarle lo que esta noche oirá? Baste el ver cómo todo lo más florido de Sevilla, hasta el mismo señor arzobispo, vienen a un humilde convento para escucharlo. Y no se crea que sólo la gente sabida, y a la que se le alcanza esto de la solfa, conoce su mérito, sino hasta el populacho. Todas esas bandadas que veis llegar con teas encendidas, entonando villancicos (5) con gritos desaforados al compás de los panderos, las sonajas y las zambombas, contra sus costumbres que es la de alborotar en las iglesias, callan como muertos cuando pone maese Pérez las manos en el órgano...; y cuando alzan... cuando alzan no se siente ni una misa...: de todos los ojos caen lagrimones tamaños, y al concluir se oye como un suspiro inmenso, que no es otra cosa que la respiración de los circunsantes, contenida mientras dura la música... Pero vamos, vamos; ya han dejado de tocar las campanas, y van a comenzar la misa. Vamos adentro... Para todo el mundo es esta noche, Nochebuena, pero para nadie mejor que para nosotros.
   Esto diciendo, la buena mujer que había servido de cicerone a su vecina atravesó el atrio del convento de Santa Inés y, codazo en éste, empujón en aquel, se internó en el templo, perdiéndose entre la muchedumbre que se agolpaba en la puerta.

II
   La iglesia estaba iluminada con una profusión asombrosa. El torrente de luz que se desprendía de los altares para llenar sus ámbitos chispeaba en los ricos joyeles de las damas, que, arrollidándose sobre los cojines de terciopelo que tendían los pajes y tomando el libro de oraciones de manos de sus dueñas, vinieron a formar un brillante círculo alrededor de la verja del presbiterio.
   Junto a aquella verja, de pie, envueltos en sus capas color galoneadas de oro, dejando entrever con estudiado descuido las encomiendas rojas y verdes, en la una  mano el fieltro, cuyas plumas besaban los tapices: la otra sobre los bruñidos gavilanes del estoque a acariciando el pomo del cincelado puñal, los caballeros veinticuatro, con gran parte de lo mejor de la nobleza sevillana, parecían formar un muro destinado a defender a sus hijas y a sus esposas del contacto de la plebe. Esta, que se agitaba en el fondo de las naves con un rumor parecido al del mar cuando se alborota, prorrumpió en una aclamación de júbilo, acompañada del discordante sonido de las sonajas y los panderos, al mirar aparecer al arzobispo, el cual, después de sentarse junto al altar mayor, bajo un solio de grana que rodearon sus familiares, echó por tres veces la bendición al pueblo.
   Era hora de que comenzase la misa. Transcurrieron, sin embargo, algunos minutos sin que la celebración apareciese. La multitud comenzaba a rebullirse demostrando sus impaciencia; los caballeros cambiaban entre sí algunas palabras a media voz, y el arzobispo mandó a la sacristía a uno de sus familiares a inquirir por qué no comenzaba la ceremonia.
   —Maese Pérez se ha puesto malo, muy malo, y será imposible que asista esta noche a la misa de medianoche.
   Ésa fue la respuesta del familiar.
   La noticia cundió instantáneamente entre la muchedumbre. Pintar el efecto desagradable que causó en todo el mundo sería cosa bastante imposible. Baste decir que comenzó a notarse tal bullicio en el templo que el asistente se puso en pie y los alguaciles entraron a imponer silencio, confundiéndose entre las apiñadas olas de la multitud.
   En aquel momento, un hombre mal trazado, seco, huesudo y bisojo por añadidura, se adelantó hasta el sitio que ocupaba el prelado.
   —Maese Pérez está enfermo —dijo—. La ceremonia no puede empezar. Si queréis, yo tocaré el órgano en su ausencia, que ni maese Pérez es el primer organista del mundo, ni a su muerte dejará de usarse este instrumento por falta de inteligente.
   El arzobispo hizo una señal de asentimiento con la cabeza, y ya algunos de los fieles, que conocían a aquel personaje extraño por un organista envidioso, enemigo del de  Santa Inés, comenzaba a prorrumpir en exclamaciones de disgusto, cuando de improviso se oyó en el atrio un ruido espantoso.
   —¡Maese Pérez está aquí!... ¡Maese Pérez está aquí!...
   A estas voces de los que estaban apiñados en la puerta, todo el mundo volvió la cara.
   Maese Pérez, pálido y desencajado, entraba, en efecto, en la iglesia, conducido en un sillón que todos se disputaban el honor de llevar en sus hombros.
   Los preceptos de los doctores, las lágrimas de su hija, nada había sido bastante a deternerle en el lecho.
   —No —había dicho—. Ésta es la última, lo conozco. Lo conozco, y no quiero morir sin visitar mi órgano, y esta noche sobre todo, la Nochebuena. Vamos, lo quiero, lo mando. Vamos a la iglesia.
   Sus deseos se habían cumplido. Los concurrentes lo subieron en brazos a la tribuna y comenzó la misa. En aquel punto sonaban las doce en el reloj de la catedral.
   Pasó el Introito, y el Evangelio, y el Ofertorio, y llegó el instante solemne  en que el sacerdote, después de haberla consagrado, toma con la extremidad de sus dedos la Sagrada Forma y comienza a elevarla.
   Una nube de incienso que se desenvolvía en ondas azuladas llenó el ámbito de la iglesia. Las campanillas repicaron con un sonido vibrante y maese Pérez puso sus crispadas manos sobre las teclas del órgano.
   Las cien voces de sus tubos de metal resonaron en un acorde (6) majestuoso y prolongado, que se perdió poco a poco, como si una ráfaga de aire hubiese arrebatado sus últimos ecos.
   A este primer acorde, que parecía una voz que se elevaba desde la tierra al cielo, respondió (7) otro lejano y suave, que fue creciendo, creciendo hasta convertirse en un torrente de atronadora armonía. Era la voz de los ángeles que, atravesando los espacios, llegaba al mundo.
   Después comenzaron a oírse unos himnos distantes que entonaban las jerarquías de serafines. Mil himnos a la vez, que al confundirse formaban uno solo, que, no obstante, sólo era el acompañamiento de una de una extraña melodía, que parecía flotar sobre aquel océano de acordes misteriosos (8), como un jirón de niebla sobre las olas del mar.
   Luego fueron perdiéndose unos cuantos: después, otros. La combinación se simplificaba. Ya no eran más que dos voces, cuyos ecos se confundían entre sí: luego quedó una aislada, sostienendo una nota brillante como un hilo de luz. El sacerdote inclinó la frente y por encima de sus cabeza cana, y como a través de una gasa azul que fingía el humo del incienso, apareció la Hostia a los ojos de los fieles. En aquel instante, la nota que maese Pérez sostenía tremante se abrió y una explosión de armonía gigante estremeció la iglesia, en cuyo ángulo zumbaba el aire comprimido y cuyos vidrios de colores se estremecían en sus angostos ajimeces.
   De cada una de las notas que formaban aquel magnífico acorde se desarrolló un tema, y unos cerca, otros lejos, éstos brillantes, aquéllos sordos, diríase que las aguas y los pájaros, las brisas y las frondas, los hombres y los ángeles, la tierra y los cielos, cantaban, cada cual en su idioma, un himno al nacimiento del Salvador.
   La multitud escuchaba atónita ya suspendida. En todos los ojos había una lágrima: en todos los espíritus, un profundo recogimiento.
   El sacerdote que oficiaba sentía temblar sus manos, porque Aquel que levantaba en ellas. Aquel a quien saludaban hombres y arcángeles, era su Dios, era su Dios, y le parecía haber visto abrirse los cielos y transfigurarse la Hostia.
   El órgano proseguía sonando; pero sus voces se apagaban gradualmente, como una voz que se pierde de eco en eco y se aleja y se debilita al alejarse, cuando de pronto sonó un grito en la tribuna, un grito desgarrador, agudo, un grito de mujer.
   El órgano exhaló un sonido discordante y extraño (9), semejante a un sollozo, y quedó mudo.
   La multitud se agolpó a la escalera de la tribuna, hacia la que, arrancados de su éxtasis religioso, volvieron la mirada con ansiedad todos los fieles.
   —¿Qué ha sucedido? ¿Qué pasa? —se decían unos a otros y nadie sabía responder y todos se empeñaban en adivinarlo, y crecía la confusión, y el alboroto comenzaba a subir de punto, amenazando turbar el orden y el recogimiento propios de la iglesia.
   —¿Qué ha sido eso? —preguntaron las damas al asistente, que, precedido de los ministriles, fue uno de los primeros en subir a la tribuna, y que, pálido y con muestras de profundo pesar, se dirigía al puesto en donde lo esperaba el arzobispo, ansioso, como todos, por saber la causa de aquel desorden.
   —¿Qué hay?
   —Que maese Pérez acaba de morir. (10)
   En efecto, cuando los primeros fieles, después de atropellarse por la escalera, llegaron a la tribuna, vieron al pobre organista caído boca sobre las teclas de su viejo instrumento, que aún vibraba sordamente, mientras su hija arrodillada a sus pies, lo llamaba en vano entre suspiros y sollozos.

III

   —Buenas noches, mi señora doña Baltasara. ¿También usarced viene esta noche a la misa del Gallo? Por mi parte, tenía hecha intensión de ir a oírla a la parroquia; pero lo que sucede... ¿Dónde va Vicente? Donde va la gente. Y eso que, si he de decir la verdad, desde que murió maese Pérez parece que me echan una losa sobre el corazón cuando entro en Santa Inés... ¡Pobrecillo! ¡Era un santo!... Yo de mí sé decir que conservo un pedazo de su jubón como una reliquia, y lo merece... Pues en Dios y en mi ánima que si el señor arzobispo tomara mano en ello, es seguro que nuestros nietos lo verían en los altares... Mas ¡cómo ha de ser!... A muertos y a idos no hay amigos... Ahora lo que me priva es la novedad..., ya me entiende userced. ¡Qué¡ ¿No sabe usted nada de lo que pasa? Verdad que nosotros nos parecemos en eso: de nuestra casita a la iglesia y de la iglesia a nuestra casita, sin cuidarnos de lo que se dice o se deja de decir... Sólo que yo, así... al vuelo... una palabra de acá, otra acullá... sin ganas de enterarme siquiera, suelo estar al corriente de algunas novedades.
   >>Pues sí, señor. Parece cosa hecha que el organista de San Román, aquel bisojo que siempre está echando pestes de los otros organistas, perdulariote, que más parece jifero de la Puerta de la Carne que maestro de solfa, va a tocar está Nochebuena en lugar de maese Pérez. Ya sabrá usarced, porque esto lo ha sabido todo el mundo y es cosa pública en Sevilla, que nadie quería comprometerse a hacerlo. Ni aun su hija, que es profesora, y después de la muerte de su padre entró en el convento de novicia.
   >>Y era natural: acostumbrados a oír aquellas maravillas, cualquiera otra cosa había de parecernos mala, por más que quisieran evitarse las comparaciones. Pues cuando ya la comunidad había decidido que en honor del difunto, y como muestra de respeto a su memoria, permanecería callado el órgano en esta noche, hete aquí que se presenta nuestro hombre diciendo que él se atreve a tocarlo... No hay nada más atrevido que la ignorancia... Cierto que la culpa no es suya, sino de los que le consienten esta profanación. Pero así va el mundo... Y digo... No es cosa la gente que acude... Cualquiera diría que nada ha cambiado de un año a otro. Los mismos personajes, el mismo lujo, los mismos empellones en la puerta, la misma animación en el atrio, la misma multitud en el templo... ¡Ay, si levantara la cabeza el muerto! Se volvía a morir por no oír su órgano tocado por manos semejantes.
   >>Lo que tiene que, si es verdad lo que me han dicho, las gentes del barrio le preparan una buena al intruso. Cuando llegue el momento de poner la mano sobre las teclas, va a comenzar una algarabía de sonajas, panderos y zambombas que no hay más que oír... Pero, ¡calle!, Ya entra en la iglesia el héroe de la función. ¡Jesús, qué ropilla de colorines, qué gorguera de cañutos, qué aire de personaje! Vamos, vamos, que ya hace rato que llegó el arzobispo y va a comenzar la misa... Vamos, que me parece que esta noche va a darnos que contar para muchos días.
   Esto diciendo, la buena mujer, que ya conocen nuestros lectores por sus exabruptos de locuacidad, penetró en Santa Inés, abriéndose, según costumbre, un camino entra la multitud a fuerza de empellones y codazos.
   Ya se había dado principio a la ceremonia. El templo estaba tan brillante como el año anterior.
   El nuevo organista, después de atravesar por en medio de los fieles que ocupaban las naves para ir a besar el anillo del prelado, había subido a la tribuna, donde tocaba, unos tras otros, los registros del órgano con una gravedad tan afectada como ridícula.
   Entre la gente menuda que se apiñaba a los pies de la iglesia se oía un rumor sordo y confuso, cierto presagio de que la tempestad comenzaba a fraguarse y no tardaría mucho en dejarse sentir.
   —Es un truhán, que, por no hacer nada bien, ni aun mira a derechas —decían los unos.
   —Es un ignorantón, que, después de haber puesto el órgano de su parroquia peor que una carraca, viene a profanar el de maese Pérez —decían los otros.
   Y mientras éste se desembarazaba de capote para prepararse a darle de firme a su pandero, y aquél apercibía sus sonajas, y todos se disponían a hacer bulla a más y mejor, sólo alguno que otro se aventuraba a defender tibiamente al extraño personaje, cuyo porte orgulloso y pedantesco hacía tan notable contraposición con la modesta apariencia y la afable bondad del difunto maese Pérez.
   Al fin llegó el esperado momento, el momento solemne en que el sacerdote, después de inclinarse y murmurar algunas palabras santas, tomo la Hostia en sus manos... Las campanillas repicaron, asemejando su repique una lluvia de notas de cristal. Se elevaron las diáfanas ondas de incienso y sonó el órgano.
   Una estruendosa algarabía llenó los ámbitos de la iglesia en aquel instante y ahogó su primer acorde.
   Zampoñas, gaitas, sonajas, panderos, todos los instrumentos del populacho, alzaron sus discordantes voces a la vez; pero la confusión y el estrépito sólo duraron algunos segundos. Todos a la vez, como habían comenzado, enmudecieron de pronto.
   El segundo acorde, amplio, valiente magnífico, se sostenía aún, brotando de los tubos de metal del órgano como una cascada de armonía inagotable y sonora.
   Cantos celestes como los que acariciaban los oídos en los momentos de éxtasis, cantos que percibe el espíritu y no los puede repetir el labio, notas sueltas de una melodía lejana que suena a intervalos, traídas en las ráfagas del viento; rumor de hojas que se besan en los árboles con un murmullo semejante al de la lluvia, trinos de alondras que se levantan gorjeando de entre las flores como una saeta despedida a las nubes; estruendos sin nombre, imponentes como los rugidos de una tempestad; coros de serafines sin ritmo ni cadencia, ignota música del cielo que sólo la imaginación comprende, himnos alados que parecían remontarse al trono del Señor como una tromba de luz y de sonidos..., todo lo expresaban las cien voces del órgano con más pujanza, con más misteriosa poesía, con más fantástico color que lo habían expresado nunca.

   Cuando el organista bajó de la tribuna, la muchedumbre que se agolpó a la escalera fue tanta y tanto su afán por verlo y admirarlo, que el asistente, temiendo, no sin razón, que lo ahogaran entre todos, mandó a algunos de sus ministriles para que, vara en mano, le fueran abriendo camino hasta llegar al altar mayor, donde el prelado lo esperaba.
   —Ya veis —le dijo este último cuando lo trajeron a su presencia—. Vengo desde mi palacio aquí sólo para escucharos. ¿Seréis tan cruel como maese Pérez, que nunca quiso excusarme el viaje tocando la Nochebuena en la misa de la catedral?
   —El año que viene —respondio el organista— prometo daros gusto, pues por todo el oro de la tierra no volvería a tocar este órgano.
   —¿Y por qué? —interrumpío el prelado.
   —Porque... —añadío el organista procurando dominar la emoción que se revelaba en al palidez de su rostro—, porque es viejo y malo, y no pude expresar todo lo que se quiere.
   El arzobispo se retiró, seguido de sus familiares. Unas tras otras, la literas de los señores fueron desfilando y perdiéndose en las revueltas de las calles vecinas; los grupos del atrio se disolvieron, dispersándose los fieles en distintas direcciones y ya la demandadera se disponía a cerrar las puertas de la entrada del atrio, cuando se divisaban aún dos mujeres, que, después de persignarse y murmurar una oración ante el retablo del Arco de San Felipe, prosiguieron su camino, internándose en el callejón de las Dueñas.
   —¿Qué quiere usarced, mi señora doña Báltasara —decía la una—. Yo soy de este genial. Cada loco con su tema... Me lo habían de asegurar capuchinos descalzos y no lo creería del todo... Ese hombre no puede haber tocado lo que acabamos de escuchar... Si yo le he oído mil veces en San Bartolomé, que era su parroquia, y de donde tuvo que echarlo el señor cura por malo, y era cosa de taparse los oídos con algodones... Y luego, si no hay más que mirarlo al rostro, que, según dicen, es el espejo del alma... Yo me acuerdo, pobrecito, como si lo estuviera viendo, me acuerdo de la cara de maese Pérez cuando, en semejante noche como ésta, bajaba de la tribuna, después de haber suspendido al auditorio con sus primores... ¡Qué sonrisa tan bondadosa, qué color tan animado!... Era viejo y parecía un ángel... No qué éste, que ha bajado las escaleras a trompicones, como si le ladrase un perro en la meseta, y con un olor de difunto y unas... Vamos, mi señora doña Báltasara, créame usarced, y créame con todas las veras: yo sospecho que aquí hay busilis ()...
   Comentando las últimas palabras, las dos mujeres doblan la esquina del callejón y desaparecían.
   Creemos inútil decir a nuestros lectores quién era una de ellas.

IV

   Había transcurrido un año más. La abadesa del convento de Santa Inés y la hija de maese Pérez hablaban en voz baja, medio ocultas entre las sombras del coro de la iglesia. El esquilón llamaba a voz herida a los fieles desde la torre, y alguna que otra rara persona atravesaba el atrio, silencioso y desierto esta vez, después de tomar el agua bendita en la puerta, escogía un puesto en un rincón de las naves, donde unos cuantos vecinos del barrio esperaban tranquilamente a que comenzara las misa del Gallo.
   —Ya lo veis —decía la superiora—: vuestro temor es sobre manera pueril; nadie hay en el templo; toda Sevilla acude en tropel a la catedral esta noche. Tocad vos el órgano, tocadlo sin desconfianza de ninguna clase; estaremos en comunidad... Pero... proseguis callando, sin que cesen vuestros suspiros. ¿Qué os pasa? ¿Qué tenéis?
   —Tengo... miedo —exclamó la joven con un acento profundamente conmovido.
   —¡Miedo! ¿De qué?
   —No sé..., de una cosa sobrenatural... Anoche, mirad, yo la había oído decir que teníais empeño en que tocase el órgano en la misa, y, ufana con esta distinción, pensé en arreglar sus registros y templarlo, a fin de que hoy os sorprendiese... Vine al coro... sola... abrí la puerta que conduce a la tribuna... En el reloj de la catedral sonaba en aquel momento una hora..., no sé cuál..., pero las campanadas eran tristísimas y muchas..., muchas..., estuvieron sonando todo el tiempo que yo permanecí como clavada en el umbral, y aquel tiempo me pareció un siglo.
   >>La iglesia estaba desierta y oscura... Allá lejos, en el fondo, brillaba, como una estrella perdida en el cielo de la noche, una luz moribunda...; la luz de la lámpara que arde en el altar mayor... A sus reflejos debilísimos, que sólo contribuían a hacer más visible todo el profundo horror de las sombras, vi..., lo vi, madre, no lo dudéis; ví un hombre que, en silencio, y vuelto de espaldas hacia el sitio en que yo estaba, recorría con una mano las teclas del órgano, mientras tocaba con la otra sus registros..., y el órgano sonaba, pero sonaba de una manera indescriptible. Cada una de sus notas parecía un sollozo ahogado dentro del tubo de metal, que vibraba con el aire comprimido en su hueco y reproducía el tono sordo, casi imperceptible, pero justo.
   >>Y el reloj de la catedral continuaba dando la hora, y el hombre aquel proseguía recorriendo las teclas. Yo oía hasta su respiración.
   >>El horror había helando la sangre de mis venas; sentía mi cuerpo como un frío glacial, y en mis sientes fuego... Entonces quise gritar, quise gritar, pero no pude. El hombre aquel había vuelto la cara y me había mirado...; digo mal, no me había mirado, porque era ciego... ¡Era mi padre!
   —¡Bah! Hermana, desechad esas fantasías con que el enemigo malo procura turbar las imaginaciones débiles... Rezad un paternóster y un avemaría al arcángel San Miguel, jefe de las milicias celestiales, para que os asista contra los malos espíritus. Llevad al cuello un escapulario tocado en la reliquia de San Pacomio, abogado contra las tentaciones, y marchad, marchad a ocupar la tribuna del órgano; la misa va a comenzar, y ya esperan con impaciencia los fieles... Vuestro padre está en el cielo, y desde allí, antes de daros sustos, bajará a inspirar  a su hija en esta ceremonia solemne, para el objeto de tan especial devoción.
   La priora fue a ocupar su sillón en el coro en medio de la comunidad. La hija de maese Pérez abrió con la mano temblorosa la puerta de la tribuna para sentarse en el banquillo del órgano, y comenzó la misa.
   Comenzó la misa y prosiguió sin que ocurriese nada notable hasta que llegó la consagración. En aquel momento sonó el órgano, y al mismo tiempo que el órgano, un grito de la hija de maese Pérez. La superiora, las monjas y algunos fieles corrieron a la tribuna.
   —¡Miradlo! ¡Miradlo! —decía la joven, fijando sus desencajados ojos en el banquillo, de donde se había levantado, asombrada, para agarrarse con sus manos convulsas al barandal de la tribuna.
   Todo el mundo fijó sus miradas en aquel punto. El órgano estaba solo, y, no obstante, el órgano seguía sonando...; sonando como sólo los arcángeles podían imitarlo... en sus raptos de místico alborozo.

***

  —¿No os lo dije yo una y mil veces, mi señora Báltasara; no os lo dije yo? ¡Aquí hay busilis! Oídlo. ¡Qué!, ¿no estuvisteis anoche en la misa del Gallo? Pero, en fin, ya sabréis lo que pasó. En toda Sevilla no se habla de otra cosa... El señor arzobispo está hecho, y con razón, una furia... Haber dejado de asistir a Santa Inés, no haber podido presenciar el portento..., y ¿para qué?... Para oír una cencerrada, porque personas que lo oyeron dicen que lo que hizo el dichoso organista de San Bartolomé en la catedral no fue otra cosa... Si lo decía yo.  Eso no puede haberlo tocado el bisojo, mentira...; aquí hay busilis, y el busilis era, en efecto, el alma de maese Pérez.

Notas musicales

1. El órgano es un instrumento musical armónico de la familia de los aerófonos, es decir, que se vale del viento para producir sonido, aunque también hay órganos hidráulicos. Es uno de los intrumentos más difíciles de ejecutar ya que se toca con ambos pies y manos. Su invención se remonta a los griegos. Fue adoptado en el siglo VII para las ceremonias religiosas por su amplio registro (10 octavas aproximadamente) y gran volumen en la sonoridad. Alacanzó su apogeo en la época barroca, donde podemos hallar excelentes muestras de literatura organística, así como algunos de los intérpretes más solventes de este instrumento. Al menos desde el siglo X el órgano ha sido invariablemente asociado con la música sacra y con las iglesias y conventos.

2. El motete es una forma polifónica de música surgida hacia el siglo XIII, de carácter religioso. En estricto sentido sus melodías provienen de temas del folklore y sus textos son tomados de pasajes bíblicos, es decir que son poco originales en inventiva. La palabra deriva de mot, palabra en francés.

3. El título de maestro de capilla era altamente valorado en las épocas donde la música tuvo una gran vinculación con la iglesia y la religión. Muchos de los grandes músicos de la historia ostentaron este título, como Joan Sebastian Bach. Las actividades del maestro de capilla eran diversas, entre otras: dirigir coros vocales y grupos instrumentales, además de componer las obras para las ceremonias religiosas. Llama la atención que en este pasaje se dice que maese Pérez podría dar cátedra de solfa a un maestro de capilla; nunca hasta ahora había escuchado o leído nombrar así al solfeo, lo interesante es que se podría estar hablando en doble sentido ya que la voz solfa también puede entenderse como zurrar a golpes; o sea, no literalmente agredir, sino que maese Pérez era verdaderamente docto en su arte.

4. En otros momentos he aludido a la paradoja del comediante de Diderot para señalar la candidez con la que se habla del quehacer del artista. La obra es fruto del trabajo constante y del perfeccionamiento, sin embargo parece haber un mal espiritual que hace pensar a las personas que el arte proviene de una fuente divina, y que sólo unos cuantos tocados por la providencia son capaces de ofrecer muestras de belleza artística. El artista deja de sentir en vistas de controlar su arte y hacer sentir a los demás, he ahí la paradoja. En este pasaje una vez más se ve demostrado este mal espiritual que hace creer que son las manos y no la mente y el entendimiento lo que genera la obra de arte...

5. Composición popular religiosa que versa sobre el nacimiento de Jesús.

6. Un acorde es una construcción musical que se obtiene de la superposición de más de dos sonidos difentes: es piedra angular de la música desde el periodo Clásico, antes de esto la música se consideraba en un sentido Horizontal, donde las obras estaban constituidas por una serie de melodías que sonaban en consonancias, aunque en esencia conservaban su identidad e individualidad: es decir, una textura Polifónica. Con la llegada de la nueva concepción de la música, esta pasó a verse de manera Vertical, ahora una sola melodía reposaba sobre una base armónica que era capaz de resignificarla: o sea, una textura Homofónica. Todo esto por supuesto no es en absoluto algo estricto, ambas texturas coexisten hoy día.

7. Una de las premisas fundamentales de la música ha sido siempre la tesis y la antítesis (o al menos así fue hasta cierta época en la que se comenzaron a cuestionar y abandonar estos criterios), la pregunta y la respuesta, la tensión y la distensión. La obra de buena parte de los compositores de la historia ha buscado cumplir siempre con esto; basta oír atentamente una pieza musical y tratar de diferenciar las partes que la constituyen: no será una sorpresa si una serie de sonidos rápidos y agudos son seguidos por unos graves y sosegados, o, si una melodía oscura y triste desemboca en algo brillante y alegre... Para ilustrar esto, podemos incluso buscar en la música comercial, como los versos tranquilos contrastan con los coros más agitados, o viceversa. Siempre he creído que así como se puede hablar de un proceso de Materialismo histórico, podemos encontrar parangón en el proceso en el cual la música se desarrolló. La ciencia musical desde hace más de 1000 años siempre ha obedecido a formular de jerarquías; sólo en la reciente modernidad se ha buscado abolir estas relaciones y establecer nuevas relaciones, de igualdad entre las partes, ya no fundamentadas en centros y periferias; el futuro tiende al desorden y la anarquía controladas, la aleatoriedad (aunque parezca oximorón). Pero mientras tanto, casi todo cuanto suena no es más que un A seguido de un B.

8. Como decia en la nota 6, la armonía tiene la capacidad de modificar absolutamente a la melodía, a pesar de que esta es en escencia el rostro de la música, su carácter está subyugado a lo que la armonía le permite expresar. Cuando tomaba clases de armonía con el Maestro Pedro Ayala, él comentaba siempre el pensamiento de Arnold Schönberg, el adelantado compositor y teórico alemán, sobre que cada melodía nace con una armonía implícita; y creo que en rigor esto es parcialmente cierto: una melodía nace no sólo con una armonía potencial, sino con muchas. Así las melodías más simples, incluso hasta banales, puede ser realzadas con un ingenioso soporte armónico, tenemos un grandioso ejemplo en la Sonata número 14 para piano de Ludwig van Beethoven, donde la sencilla línea melódica de la exposición se ve embellecida y redimensionada totalmente por la armonía que la acompaña o en el Ein Ton de Peter Cornelius, una pieza vocal donde el cantante sólo entona la nota Si en toda la obra; la armonía transforma.

9. Retomando la idea de la nota 7, la música se forma por conjunciones duales; otra de estas dualidades es la de la Consonancia y la Disonancia. Estos conceptos son arbitrarios, pero han servido para definir el camino y los límites de la música, y aún hoy día (por más arcaicos que sean) se mantienen vigentes. Estos conceptos nos fueron legados por los antiguos teóricos y músicos; se basaron en la teoría de los armónicos para clasificar lo que era consonante y lo que no; primero prohibieron el uso de lo que consideraron disonante, con el paso del tiempo lo sacaron un poco de su marginación y limitaron su presencia, y desde entonces ha sufrido un proceso de revalorización. Retomando a Schönberg, de su tratado de armonía: La materia de la música es el sonido. Deberá por tanto ser considerado, en todas sus peculiaridades, y efectos, capaz de engendrar arte. Luego Arnold diserta sobre los conceptos de consonancia y disonancia dudando de la teoría de los armónicos; ¿La conclusión? Todo en el mundo sonoro es consonancia, unas más cercanas que otras.

10. Maese Pérez falleció tocando, lo más probable es que haya sido por su avanzada edad. Sin embargo no es descabellado pensar que al depositar tanta emoción en esa última ejecución en su amado órgano, pudo haberse llevado al grado de la muerte. Parece una peculiar constante que la muerte haya sorprendido a muchos artistas del sonido mientras desplegaban su arte, o al menos a mí me sorprende que se pueda perecer realizando una actividad tan poco riesgosa. Después de una búsqueda en internet y otros directorios, me topé con cientos de casos, sobre todo de directores y cantantes de ópera que mueren durante densos pasajes musicales. Incluso Beethoven parece tener una terrible reputación de mata directores, seguido de Mahler; como decía, la lista de músicos que caen es extensa y da para otra entrada y otras reflexiones.

Notas adicionales

. El gran Turco, Soliman I El Magnífico. Gobernó hasta 1566 un inmenso territorio en medio oriente. Junto con Carlos I de España fue el monarca más poderoso de su época.

ʙ. Cargo equivalente a regidor o concejal.

. Insignia de la Santa Inquisición, asociada especialmente con el auto de fe, un proceso público para la reconciliación de los herejes con la Iglesia.

. Eufemismo para referirse al diablo y al infierno.

. Busilis: punto en que estriba la dificultad del asunto de que se trata.

Antología de cuentos musicales: 7. La llama

Arborescencias: frutos simbólicos y raíces secretas de los árboles

Escribir es mi manera de ordenar el pensamiento. Publicar es a penas un capricho ajeno a todo lo que atañe escribir. Incluso, siendo extremi...