lunes, 11 de noviembre de 2019

Antología de inventos inventados: A. I. La cartelera celeste

Una característica constante que suelen tener los cuentos que hablan sobre inventos maravillosos es el tono de anuncio o comercial que toman. Se nos presenta la innovación en cuestión alabando sus ventajas; señalando la marcada diferencia entre el antes y el después de su existencia. Si el autor es visionario (como Villers de L'Isle-Adam) no sólo se limitará a enumerar sus utilidades próximas, sino que podrá especular más allá de lo que el propio invento implica.
A veces el inventor es aludido, y cuando es así, hay siempre loas hacia su persona. Pero el inventor es su invento y toda su biografía —si se toca el tema— importa por los hechos que le permitieron dar a luz su revolución tecnológica.
Siempre se habla en un tono que excluye las supersticiones; el progreso no tiene espacio para esos obstáculos mentales. Así, arcaísmos religiosos, el pasado y el romanticismo son vistos como bacterias en la sociedad, con urgencia por la desinfección.
Estas innovaciones nacen de la necesidad (las más de las veces mezquina y superficial) de aprovechar un bien potencial, algo que parece no servir para nada. El molino usando la corriente del río, las turbinas eólicas, los paneles solares y todos las tecnologías que aprovechan la despropocitada fuerza de la naturaleza tienen un valor similar, pero aceptable. Pero a estas tecnologías negligentes descritas en la literatura, las inspiran fantasías ambiciosas de dinero y de prestigio.
Con todo, son capaces de mostrar el materialismo más patético del hombre, sirven de radiografía de las motivaciones que estimulan la vida de una sociedad. Hablame de tu tecnología y describiré tu alma, es lo que pienso.


Al señor Henry Ghys (1)

Eritis sicut dii.
Antiguo testamento. (2)


Cosa extraña y capaz de despertar La sonrisa de un financiero: ¡se trata del Cielo! Pero entendámonos: del cielo considerado desde el punto de vista industrial y serio.
     Ciertos acontecimientos históricos, hoy en día científicamente confirmados y explicados (o algo parecido), por ejemplo: Laborum de Constantino (3), las cruces reflejadas en las nubes por unas llanuras nevadas, los fenómenos de refracción del monte Brocken (4) y ciertos espejismos en las regiones boreales, intrigaron notablemente y, por así decirlo, picaron la curiosidad, de un sabio ingeniero meridional, el señor Grave, que concibió, hace ya algunos años, el luminoso proyecto de utilizar las anchas extensiones de la noche, y elevar, en una palabra, el cielo a la altura de la época.
     En efecto, ¿para qué esas azuladas bóvedas que no sirven sino para desbocar las imaginaciones enfermizas de los últimos visionarios? ¿No se obtendrá un legítimo derecho al reconocimiento público, y, digámoslo (¿por qué no?, a la admiración de la Posteridad, al convertir esos estériles espacios en espectáculos real y fructíferamente instructivos, al utilizar las inmensas llanuras y obtener, al fin, un buen rendimiento a esos Solognes (4bis) indefinidas y transparentes?
     No se trata aquí de sentimentalismos. Los negocios son los negocios. Es preciso pedir colaboración, y también, sí fuese necesario, la energía de la gente seria sobre el valor y los resultados pecuniarios del inesperado descubrimiento del que hablamos.
     En un principio, el fondo mismo del asunto parece prácticamente Imposible y linda casi con la Locura. Roturar el azul, acotar el astro, explotar los dos crepúsculos, organizar la noche, disfrutar del cielo hasta ahora improductivo, ¡qué sueño!, ¡qué espinosa aplicación, erizada de dificultades! Pero, movido por el espíritu del progreso, ¿de qué problema no hallará el hombre solución?
     Imbuido en esta idea y convencido de que si Franklin, Benjamin Franklin, el impresor, había arrancado el rayo del cielo, debía ser posible, a fortiori, emplear este último con fines humanitarios; el señor Grave estudios, viajó, comparó, gastó, forjó, y, a la larga, tras haber perfeccionado las enormes lentes y los gigantescos reflectores de los ingenieros americanos, sobre todo los aparatos de Filadelfia y Quebec (que cayeron, por falta de un talento tenaz, en el dominio del Cant y del Puff (5)), el señor Grave, decimos, se propone (provisto de las patentes necesarias) ofrecer, a nuestras grandes industrias de manufacturas e incluso a los pequeños comerciantes, la ayuda de una Publicidad absoluta.
     Cualquier competencia sería imposible ante el sistema del gran divulgador. Podemos imaginarnos alguno de nuestros grandes centros comerciales, con sus agitadas poblaciones, como Lyon, Burdeos, etc., en el crepúsculo. Desde aquí vemos ese movimiento, esa vida, esa extraordinaria animación que sólo los intereses financieros son capaces de dar, hoy en día, a ciudades serias. De repente, unos potentes haces de magnesio o de luz eléctrica, cien mil veces aumentados, surgen de la cima de alguna florecida colina, encanto de las jóvenes parejas —de una colina semejante, por ejemplo, a nuestro querido Montmartre—; esos rayos de luz, mantenidos por inmensos reflectores multicolores, envían bruscamente al cielo, entre Sirio y Aldebarán, al Ojo del Toro o bien justo en medio de las Híadas, la graciosa imagen de ese joven adolescente que sostiene un echarpe en el que leemos todos los días, con un renovado placer, estas bellas palabras: ¡Se restituye el oro de cualquier objeto que haya dejado de gustar! ¿Puede uno imaginarse las diferentes expresiones que tendrían, entonces, todos los rostros de la multitud, esas iluminaciones, esos bravos, esa alegría? Tras el primer movimiento de sorpresa, muy perdonable, los antiguos enemigos se abrazan, los más amargos resentimientos domésticos son olvidados: se sientan bajo el emparrado para mejor degustar el espectáculo a la vez magnífico e interactivo, y el nombre del señor Grave, llevado por las alas de los vientos, vuela hacia la Inmortalidad.
     Basta reflexionar un poco para comprender los resultados de tan ingeniosa invención. ¿No debería extrañarse la Osa Mayor si entre sus patas, repentinamente, surgiera, este inquietante anuncio: ¿Son necesarios los corsés?, ¿sí o no? O mejor aún: ¿no sería un espectáculo capaz de alarmar las conciencias melindrosas y de llamar la atención de los clérigos el ver aparecer, en el mismo disco de nuestro satélite, en la alegre cara de la Luna, ese maravilloso anuncio que todos nosotros hemos admirado en los bulevares y que tiene como lema: Para el Hirsuto? (6) ¡Qué genialidad si en uno de los segmentos trazados entre la v del Taller del Escultor (7), se leyera: Venus, reducción Kaulla! (8) ¡Qué emoción si, en relación con esos licores de postre cuyo uso se recomienda por más de una razón, se percibiera, hacia el sur de Regulus, la capital de León, en la punta misma de la Espiga de la Virgen (9), un Ángel, sosteniendo un frasco en la mano, mientras que de su boca salía era un papel en el que se leyeran estas palabras: ¡Dios, qué bueno!...
     Se entiende que aquí se trata de una empresa de anuncios sin precedentes, de responsabilidad ilimitada, con material infinito: hasta el Gobierno podría garantizarla por primera vez en su vida (10).
      Sería ocioso insistir en los servicios verdaderamente eminentes que tal descubrimiento está llamado a rendir a la Sociedad y al Progreso. ¿Se imaginan, por ejemplo la fotografía sobre vidrio y el procedimiento Lampascope (11) aplicados de esta manera —es decir, aumentado cien mil veces— bien para la captura de los banqueros en fuga, bien para la de los malhechores famosos? En lo sucesivo, el culpable fácil de seguir, como dice la canción, no podría sumarse a la ventana de su vagón sin ver a las nubes su denunciadora imagen.
     ¡Y en la política!, ¡en materia de elecciones, por ejemplo! ¡Qué preponderancia! ¡Qué supremacía! ¡Qué increíble simplificación de los medios de propaganda, siempre tan onerosos! ¡Ya no habría más papeles azules, amarillos, tricolores, que llenan los muros y nos repiten sin cesar el mismo nombre, con la obsesión de un mareo! ¡Ninguna más de esas fotografías tan caras (y a menudo imperfectas) y que no consiguen su objetivo, es decir, que no exitan en absoluto la simpatía de los electores, ya por el aire de majestuosidad del conjunto! Porque, al fin y al cabo, el valor de un hombre es peligroso, perjudicial y más que secundario, en política; lo esencial es que tenga un aire «digno» a los ojos de sus electores.
     Supongamos que en las últimas elecciones, por ejemplo, los retratos de los señores B... y A... (*)(12) hubieran aparecido todas las noches, en tamaño natural, justo bajo la estrella B de la Lira. ¡Estarán de acuerdo en que ése era su lugar! puesto que esos hombres de Estado cabalgaron antaño a lomos de Pegaso, si damos crédito a la Fama. Los dos habrían sido expuestos allí, durante la noche que precedió al escrutinio; ambos ligeramente sonrientes, la frente velada por una conveniente inquietud, y sin embargo de aspecto tranquilo. El procedimiento del Lampascope podría incluso, con la ayuda de un ruedecita, modificar al instante la expresión de las dos fisonomías. Se hubiese podido hacerles sonreír al Futuro, llorar por nuestros desengañados, abrir la boca, arrugar la frente, hinchar la cólera de las aletas de la nariz, tomar un aire digno, en fin, todo cuanto concierne a la tribuna y da tanto valor al pensamiento de un verdadero orador. Cada votante habría hecho su elección, habría podido darse cuenta de antemano, habría podido hacerse una idea de su diputado, y no se le habría dado, como vulgarmente se dice, gato por liebre. Incluso se puede añadir que, sin el descubrimiento del señor Grave, el sufragio universal es una especie de burla.
     En consecuencia, esperemos que uno de estos amaneceres, o mejor, una de estas noches, el señor Grave, con el apoyo y la ayuda de un Gobierno iluminado, comience sus importantes experimentos. Hasta entonces los incrédulos podrán reírse. Como cuando Lasseps habla de unir los Océanos (13) (lo que ha hecho, a pesar de los incrédulos). La Ciencia tendrá, ahora, la última palabra y el señor Excesivamente Grave dejará de reír. Gracias a él, el Cielo acabará sirviendo para algo y adquiriendo, al fin un valor intrínseco.


*Los señores a los que el autor parece referirse han muerto mientras el texto estaba en imprenta [Nota del editor.]


1. Músico y compositor (1839 - 1908), asiduo del salón de Nina de Villard que también era frecuentado por Villiers, que le pidió una obertura para su obra teatral Le Nouveau Monde.
2. «Seréis semejantes a los dioses.» Frase de la serpiente para tentar a Adán y Eva (Génesis, III, 5).
3. Estandarte de Constantino en el que mandó sustituir el águila tradicional por la cruz que vio en el cielo cuando se dirigía a luchar contra Magencio. En la época de Villiers había variadas interpretaciones sobre éste y otros fenómenos parecidos. Tossenel explicó la visión de Constantino por el vuelo de un flamenco rosa.
4. Montaña alemana en la que, según la leyenda, las brujas celebraban el Sabbat y donde ocurrían fenómenos inexplicables.
4bis. «Solognes»: gran meseta situada en la parte central de Francia ejemplo de recuperación de áreas estériles.
5. «Afectación» y «Engolamiento». Palabras muy usadas en Francia en la época romántica.
6. En el primer texto de este cuento aparecía «A l'Herissé», eslogan de un sombrerero real del bulevar Sebastopol. Según la descripción aportada por Brismontier, en su Dictionnaire des Enseignes, editado por Balzac, representaba «a un hombre con una cabellera de puercoespín que se elevaba medio metro por encima de su cabeza, y difícil de arreglar para cualquier otro que no fuese el ingenioso industrial que la enarbolaba encima de su comercio».
7. Villers hace un juego de palabras entre los modelos de escultor y la letra griega v (leída en francés «nu» que significa «desnudo»).
8. La frase alude del proceso de reducción Collas para la reproducción de estatuas, y a Lucía de Kaulla, esposa del subjefe de gabinete en el Ministerio de la Guerra, e implicada en 1880 en el asunto de espionaje. Era además, según todas las crónicas, una mujer de pequeña estatura.
9. Regulus es la más brillante de las estrellas de la constelación del León, y la Espiga lo es la constelación de la Virgen. Para Pierre Citron, Villiers se divierte haciendo juegos de palabras porque una estrella no puede tener punta. Para Pierre Castex, Villiers transforma toda la constelación en el ángel que sirve de reclamo a los destiladores, ya que, según algunas representaciones astronómicas, la constelación representa un querubín con una espiga en la mano.
10. En el texto original, el gobierno no garantizaba el invento.
11. Especie de linterna mágica en forma circular, en la que la luz emana de un núcleo central.
12. Quizá habría que considerar esta nota como falsa. En su primera versión Villers nombraba a los políticos Barodet y Rémusat explícitamente, mientras que en la versión definitiva sólo lo hace con sus iniciales. París se apasionó con la lucha de estos dos hombres, candidato radical el primero, y gubernamental el segundo, a la sazón, ministro de Asuntos Exteriores; la victoria del primero provocó la caída del gobierno Thiers.
     De nuevo Villers práctica juegos de palabras, ya que la suma de las iniciales de ambos candidatos, tal como están en el texto definitivo, sería «B... et A...» o lo que es lo mismo Beta, y en francés bête significa tonto, con lo que Villiers nos da la opinión que ambos le merecían.

13. Ferdinand de Lesseps fue un renombrado empresario francés, su compañía se encargó de la constitución del canal de Suez en Egipto y en la década de 1880 se encontraba en plena edificación del canal de Panamá. La empresa fracasó y en 1889 Lasseps se declaró en bancarrota. Para cuando se publica la versión definitiva de este texto (1881) Lasseps aún no recibía el duro golpe económico y poseía aún poseía una buena reputación como el hombre que estaba conectando los océanos.

viernes, 8 de noviembre de 2019

Estética de la (in)utilidad o antología de inventos inventados. Índice Temático

Progreso y desmitificación

La historia del hombre puede entenderse desde su progreso tecnológico y científico; cada nueva tecnología modifica la vida física y abstracta de las sociedades y civilizaciones. Estos cambios rara vez pueden juzgarse en el momento en que suceden, pues independientemente de si son sutiles y periódicos o abruptos e inmediatos, su verdadera naturaleza se aprecia desde la retrospectiva y el ajuste de cuentas. 
Nos dice Auden, en su ensayo Iconografía romántica del mar, que en la literatura se sintió el efecto de la revolución industrial cuando la percepción que se tenía del mar cambió: de ser un lugar temido y respetado, el mar pasó a ser un lugar que podría proveer aventura y poder al ser humano. En efecto, la literatura pre-revolución industrial suele retratar al mar como fuente de peligros y un sitio a donde se iba cuando no quedaba más opción; las máquinas de vapor, los barcos más resistentes y la eficiencia mecánica de la industrialización le dieron al hombre la ilusión de que podía controlar las fuerzas de la naturaleza para su beneficio material, el respeto a dichas fuerzas desciende a un nivel donde el hombre las contempla como vírgenes territorios inconquistados.
El corolario de esto es que lentamente se desmitifica al mar, a sus dioses y monstruos, se desentrañan sus misterios y se unen al orden que la mente le impone a las cosas para comprenderlas. Pero hay uno más, uno un tanto desagradable: este espíritu otrora de conquista y emoción febril desecha la superstición cuya función positiva es proteger de la mezquindad al mundo. El mar se vuelve materia, algo para ser utilizado; el efecto nocivo del progreso es la degradación de las cosas; hoy día lo podemos ver en cómo el hombre se ha vuelto también materia de sí mismo, ya no el hombre por el hombre, sino por su utilidad.

Interioridad y exterioridad

Y es que las ciencias, importándonos tanto y siendo indispensables para nuestra vida y nuestro pensamiento, no son, en cierto sentido, más extrañas que la filosofía. Cumplen un fin más objetivo, es decir, más fuera de nosotros. Son, en el fondo, cosa de economía. Un nuevo descubrimiento científico, de los que llamamos teóricos, es como un descubrimiento mecánico; el de la máquina de vapor, el teléfono, el fonógrafo, el aeroplano, una cosa que sirve para algo. Así, el teléfono puede servirnos para comunicarnos a distancia con la mujer amada. ¿Pero ésta para qué nos sirve? Toma uno el tranvía eléctrico para ir a oír una ópera; y se pregunta; ¿cuál es, en este caso, más útil, el tranvía o la ópera?” nos dice don Miguel de Unamuno en las primeras páginas de su opus magna Del sentimiento trágico de la vida, con esto plantea dos conceptos para entender la relación entre ciencia y filosofía, que además permiten ir deduciendo cómo ésta última se ha ido inmiscuyendo en ámbitos de la primera. La ciencia opera en la exterioridad; es de carácter práctico: desplazamientos vectoriales entre A y B; aceramiento de cosas lejanas o diminutas; simplificación de procesos mecánicos, etc... no plantea preguntas, más bien las anula. Hace bien Unamuno al preguntarse: ¿la amada para qué? la ciencia acaso diría que para la reproducción y preservación de la especie, anularía el concepto de amor. En este afán simplificador, lentamente, la tecnología y el progreso se volcan a resolver problemas de interioridad: ¿miedo a la muerte? hay que buscar la inmortalidad; ¿dolor emocional? algún químico podrá calmarlo; ¿inconformidad con lo que se es? toda una disciplina a cambiar el aspecto físico. Entonces —me repito—, la pregunta no se resuelve, se anula. Será importante notar cómo muchos de los cuentos de esta antología tendrán en su argumento esa ingerencia científica en cosas de la interioridad. Basta cómo ejemplo, la propuesta de Villiers de L'Isle-Adam en La Máquina de Gloria sobre cómo un aparato mecánico puede producir un resultado abstracto; o en Bajo el agua de Bioy Casares; el trabajo médico contra el fin natural de la vida.


El progreso como enfermedad y la grosera materia de la ciencia

Se pregunta Unamuno: “Y acaso, la enfermedad misma sea la condición esencial de lo que llamamos progreso, y el progreso mismo una enfermedad.” Podría citar hasta el hartazgo todo el segundo capítulo de este ensayo del pensador español, pero no es el propósito; traigo sus palabras para ilustrar un punto; ¿qué más dice de ésta temeraria afirmación? que el progreso —si atendemos al mito— comenzó con el pecado original porque, al comer el fruto del árbol prohibido: “Quedaron [los hombres, no sólo Adán y Eva] sujetos a las enfermedades todas y a la que es corona y acabamiento de ellas, la muerte, y al trabajo y al progreso.” Por otro lado, si no hay mito, entonces el progreso arranca con la enfermedad que supuso para el hombre iniciar su evolución: “Un mono antropoide tuvo una vez un hijo enfermo, desde el punto de vista estrictamente animal o zoológico, [...] y esa enfermedad resultó, además de una flaqueza, una ventaja para la lucha por la persistencia. Acabó por ponerse derecho el único mamífero vertical.” En cualquier caso, la inconsciencia de la vida y su resultado: la muerte, fue para el hombre primitivo (y Adán con Eva) su paraíso; muchas veces se ha dicho que la ignorancia es un estado excento de ciertos rigores y sufrimientos —ojos que no ven, corazón que no siente / mente que no piensa, no sufre—, pero al abandonar esta situación privilegio, al nacer la consciencia, nace también el dolor que ella misma genera. Además, la conciencia impone el pensamiento de vivir, de procurarse el sustento; los sentidos, la percepción, para Unamuno, son en los seres vivos a la medida de sus necesidades: “Los seres que parecen dotados de percepción, perciben para poder vivir, y sólo en cuanto para vivir lo necesitan, perciben
 
El conocimiento está al servicio de la necesidad de vivir.”,
  

 
Ficción científica y espíritu de la ciencia ficción: especulación y anticipación

La literatura no se bastó con ser reflejo del progreso humano y dió un pasó, un salto y más, hacia delante. Ha sido de toda la vida, pero principalmente al abrigo de la modernidad tecnológica cuando se vió surgir una literatura que jugando a la especulación trataba de anticiparse al futuro: máquinas voladoras, robots, viajes en el tiempo y todas las delicias de la ciencia ficción fueron el resultado. Claro que todo tiene su lado positivo y negativo: utopías y distopías, el cómo las ciencias sometían o hacían libres a los hombres.
El sueño de la razón produce monstruos: las herramientas que el hombre inventa para mejorar y simplificar la vida son usadas indebidamente. La especulación científica tiene excelentes ejemplos de estulticia: el Congreso de futurología de Lem con sus químicos; Farenheit 451 de Bradbury y sus persecuciones intelectuales; 1984 de Orwell y las políticas de control absoluto... cuadros abundan. El común denominador es la dicotomía Progreso científico - decadencia. Claro que éstas obras se enmarcan en ese género literario, pero hay otras que sin buscar la etiqueta, conservan el espíritu, el espíritu especular y en menor medida son excelentes ejemplos (y hasta advertencias en contra) del progreso y la mezquindad. ¿Cuál es ese espíritu, esa tónica? Los inventos, las tecnologías —no necesariamente lejanas en el futuro— que buscan A) Sacar provecho de algo virgen; B) Reemplazar algo para obtener mejor rendimiento de; C) Resolver algo para hacer la vida más eficiente. Ideas que plantean ese escencia especular.


Estética de la (in)utilidad y economía mezquina

Todo lo anterior va revelando una historia secreta de cierta estética: una de la utilidad, de la economía y de la practicidad. Si lo bello útil, dos veces bello. Vamos encontrando que la mentalidad humana aprecia las cosas por el provecho y el beneficio que puede recibir de ellas. Aunque sutilmente, esto destruye los sentimientos románticos hacia las cosas; la música ya no es bella per se sino por la utilidad comercial o panfletaría que podría tener, lo mismo podremos ir diciendo de cualquier arte: si no hay provecho económico no sirve. Todo es materia prima. En la literatura hay cuentos que permiten explorar a detalle esos sentimientos de mezquindad, inventos que no son necesarios pero sí son útiles. Eventualmente ese sentimiento de utilidad en las cosas las vuelve indispensables, pasan a formar parte de la vida cotidiana. Ya no es lo que hacemos con la tecnología, sino lo que ella hace con nosotros. En esto consiste esta antología: una exploración de cómo la superficialidad del hombre aplasta lo abstracto e impone su estética de la utilidad.

A) Aprovechar: cuentos que muestran al hombre explotando un recurso vírgen de la naturaleza.
I. La cartelera celeste / Villiers de L'Isle-Adam
II. Baby H. P. / Juan José Arreola

B) Resolver: cuentos que muestran al hombre inventando algo que simplifique o solucione un problema (que en ocasiones no es un problema en sí) valiéndose de la tecnología. 
II. El tratamiento del doctor Tristán / Villiers de L'Isle-Adam
III. Memoria y olvido / Adela Fernández
IV. Bajo el agua / Adolfo Bioy Casares

C) Reemplazar: cuentos que muestran una innovación tecnológica que hace más eficiente un trabajo.
I. La máquina de Gloria S. G. D. G. / Villiers de L'Isle-Adam

Antología de inventos inventados: C. I. La máquina de Gloria S. G. D. G.

Este cuento de Villers de L'Isle-Adam es la culminación de su imaginación anticipadora. Aunque de marcado tono irónico, termina más bien...