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jueves, 20 de octubre de 2022

Antología de cuentos sobre antropofagia: BR1. Dos diálogos sobre la incorporación y la transmudación

Es penoso extirpar estos fragmentos de la Historia cómica de los Estados e Imperios de la Luna y presentarlos sin el contexto que los significa en plenitud; por desgracia tampoco es viable transcribir el total de la novela de Cyrano de Bergerac sólo para fijarse en unas cuantas líneas. Por eso, ruego al eventual lector de este blog que, en la medida de lo posible, se proponga leer El otro mundo y apreciar la diversidad de matices y discursos que su autor sostiene: las críticas al geocentrismo, antropocentrismo y a la escolástica; el repaso de los progresos astronómicos de Copernico y Kepler; la extraña filiación a ideas de corte animista, esotérico y alquimista; el paradójico paganismo anacrónico del autor; y su atomismo, este último renovado por Pierre Gassendi. Pero no sólo eso, sino el argumento disparatado de un viajero sideral que se entrevista con una multitud de formas de vida; la desatada imaginación de un autor ecléctico y efusivo que dejaría una impronta notable en otras ficciones como Los viajes de Gulliver de Jonathan Swift¹ o Micromegas de Voltaire.
Ahora bien, a primera vista, la brevedad de estos pasajes debería ser razón suficiente para que en lugar de dedicarles una entrada individual, los colocara modestamente en aquel wunderkammer llamado Golosina Caníbal; pero el motivo de la antropofagia presentado por Bergerac es tan inconvencional que exige un tratamiento especial

***

Determinar si vivimos para comer o si comemos para vivir es una cuestión baladí porque finalmente vivimos y comemos; ambos actos son la cara de un disco de Odín. Hasta ahora, la mayoría de los antropófagos y caníbales que hemos encontrado, suelen tener el común denominador de que comen para vivir y viceversa. Por ejemplo, aquella nación que sesiona secretamente, dubitando en si enlatarán la carne de los viejos o de los infantes, piensa en un fin inmediato: alimentarse; es el caso, también, de Tombuctú, quien come prusianos a falta de otras alternativas de carne; y el de Margarita devorándose a su familia, presa de un apetito feroz. Todos ellos proceden bajo el sencillo principio de: comer para vivir, vivir para comer.
Pero comer para vivir no es la única razón que conduce a cometer antropofagia —como hemos podido comprobar a lo largo de esta antología—; si acaso, sólo es el motivo más convencional y lógico. Lo notable son los antropófagos que comen no para vivir, sino que en el acto de consumir materia humana tienen un fin posterior, incluso superior. Aunque no abundan los ejemplos, los cobradores de Eumolpo y todas las vendettas de la mitología griega son muestras de acciones que exceden la mera necesidad alimenticia; aunque, hay que decir que, sus motivaciones y finalidades son bastante vulgares y, no se comparan con la antropofagia imaginada por Bergerac.
El primero de los fragmentos es un coloquio donde el autor usa el discurso del selenita para atacar las tradiciones de la cristiana sepultura y la inmortalidad del alma, al tiempo que expone los fundamentos de lo que Sylvie Romanowski denomina cuerpo epistemológico.² Como comentaba al inicio, Cyrano sostenía, siguiendo a Gassendi, que la materia está compuesta por pequeños cuerpos llamados átomos; estas partículas se unen en el vacío para formar toda clase de estructuras complejas y diversas. El cuerpo, al ser el resultado de una combinación fortuita, no alberga un alma, podría decirse que es el alma en sí o que en realidad no hay alma; y que esta identidad está en constante tránsito y transmudación. Entonces, la antropofagia en la Luna no se comete para aprovechar la materia del cadáver, en realidad es una estrategia que propicia la trascendencia del ser que acaba de dejar su existencia. Estamos ante un ritual de caníbales donde materialismo y animismo se unen en la idea de que el cuerpo es información inmaterial que yace en partículas —válgame la redundancia— materiales; quien devora este cuerpo epistemológico, esta materia que es información, la incorpora a sí mismo y, después, en la orgía, hace transmudar esa esencia material garantizando, azarosamente, la vida después de la muerte. No hay un comer para vivir, a menos que sea vivir más allá de la vida.
El segundo fragmento es una embestida aún más vigorosa y abierta contra el cristianismo y la teología de la resurrección del alma. A propósito de este pasaje, Cătălin Avramescu nos dice que:
“Después de este discurso, al visitante de la tierra le parece que el “Anticristo” acaba de hablar. En estos pasajes, el propósito del caníbal no es solo confundir a los teólogos sino también adormecer a Dios. Simultáneamente al libertinaje y al radicalismo filosófico de la Ilustración, el caníbal se convierte, por difícil encarnación, en vehículo de una crítica de la religión cristiana. Puede jugar el mismo papel porque ya está asociado con el ateísmo más escandaloso. Transgresor de la ley natural enunciada por Dios, es en esencia un rebelde contra la Divinidad. Enemigo implacable del Cielo, encarna una monstruosa inversión de los principios cristianos. En la Edad Media, personifica los extremos del ateísmo y la herejía. Sin embargo, los escritores modernos secuestran este potencial para criticar el fanatismo religioso.”³
El argumento del atomismo se retoma pero ahora es contrastado con las ideas que Dyrcona trae de la tierra; ante semejante retórica, la mente de cualquier piadoso cristianito se escandalizaría; para Bergerac es la oportunidad de ridiculizar los absurdos de la escolástica. Por otro lado, una vez más, la antropofagia no es un simple comer para vivir.
Hay que destacar cómo los mundanos actos de comer y copular adquieren, en la obra de Cyrano de Bergerac, posibilidades trascendentales: la incorporación y la transmudación de la materia.
Los caníbales de la Luna encarnan a la perfección el arquetipo del bárbaro; aunque en muchos aspectos terminan siendo más sensatos y civilizados que los terrícolas. Su antropofagia está sistematizada y persigue un fin trascendental, por lo que enmarcan en la categoría de Lo exótico y la subcategoría de los Ritos. En el aspecto de cuánta y qué partes del cuerpo humano consumen, los selenitas están en el segundo grado de la antropofagia, los platillos.

³ An Intellectual History of Cannibalism. Cap. 5. C. Avramescu, 2011.

Rito funerario selenita

»Pero esa no es nuestra manera más hermosa de inhumar. Cuando uno de nuestros filósofos llega a una edad en la que siente debilitarse su espíritu, y el hielo de los años embotar los movimientos de su alma, reúne a sus amigos en un banquete suntuoso; luego de haber expuesto los motivos que lo han orillado a la decisión de despedirse de la naturaleza, y la poca esperanza que hay de añadir algo a sus bellas acciones, se le concede la gracia; es decir, se le ordena la muerte, o bien se le exige enérgicamente que viva. Así, cuando unánimemente se ha hecho depender su aliento de sus manos, a sus allegados se les notifica el día y el lugar; éstos se purgan y se abstienen de comer durante veinticuatro horas; después, cuando llegan a la morada del sabio, y luego de haber hecho sacrificios al sol, entran en la recámara en la que el generoso los espera sobre un lecho de gala.¹ Todos quieren abrazarlo; y, cuando es el turno de aquél al que más ama, después de haberlo besado tiernamente, lo apoya sobre su vientre y, uniendo su boca a la de él, con la mano derecha se encaja un puñal en el corazón. El amante no separa sus labios de los del amado hasta que no lo siente expirar, entonces retira el arma de su seno, y, tapando la herida con su boca, traga su sangre, que chupa hasta que un segundo lo sucede, luego un tercero, un cuarto, y finalmente todo el grupo, y cuatro o cinco horas después le presentan a cada uno una muchacha de dieciséis o diecisiete años, y, durante los tres o cuatro días que disfrutan el placer del amor, solo se alimentan con la carne del muerto que les hacen comer totalmente cruda, con el fin de que, si de cien abrazos puede nacer algo, tengan la seguridad de que es su amigo quien revive.
Interrumpí ese discurso para decir al que lo pronunciaba que esas costumbres tenían mucha semejanza con las de algún pueblo de nuestro mundo [la Tierra] [...].

¹ Esa visión de que la muerte del sabio debe ser una fiesta para sus amigos remonta a la Antigüedad: es frecuente entre los estoicos, en particular Séneca (Epístolas morales a Lucilio, XVII) y fue rescatada por Francis Godwin en El hombre en la luna.

Contra la inmortalidad del alma

—Pero —le dije— si nuestra alma muriera, como bien veo que quiere usted concluir, la resurrección que esperamos no sería pues más que una quimera, pues Dios tendría que volver a crearla, y eso no sería resurrección.
Me interrumpió con un cabeceo:
—¡Ay, a fe suya! —exclamó—, ¿quién lo ilusionó con ese cuento? ¡Cómo!, ¿usted? ¡Cómo!, ¿yo? ¡Cómo!, ¿mi sirvienta resucitar?
—No es —le respondí— un cuento inventado sin motivo; es una verdad indudable que voy a probarle.
—Y yo —dijo— le probaré lo contrario: Para empezar, pues, supongamos que se come a un mahometano; ¡usted lo convierte, por lo tanto, en su sustancia! ¿No es cierto que ese mahometano, una vez digerido, se vuelve en parte carne, en parte sangre, en parte esperma? Luego, usted abraza a su mujer, y del semen, sacado por completo del cadáver mahometano, usted da la vida a un hermoso cristianito. Yo le pregunto: ¿el mahometano tendrá su cuerpo? Si la tierra se lo devuelve, el cristianito no tendrá el suyo, puesto que sólo es por completo una parte del mahometano. Si me dice que el cristianito tendrá el suyo, Dios le arrebatará, pues, al mahometano lo que el cristianito sólo ha recibido del mahometano. Así, ¡es absolutamente necesario que el uno o el otro carezca de cuerpo! Tal vez me responda que Dios reproducirá la materia para proporcionársela a aquel que no tenga la suficiente. Si, pero otra dificultad nos sale al paso, y es que, al resucitar el mahometano condenado, y al proveerlo Dios de un cuerpo nuevecito, debido a que el cristiano le ha robado el suyo, como el cuerpo por sí solo, como el alma por sí sola no constituye al hombre, sino el uno y la otra unidos en un solo sujeto, y como el cuerpo y el alma son partes también integrantes del hombre tanto el uno como la otra, si Dios modela a ese mahometano otro cuerpo aparte del suyo, ya no es el mismo individuo. Así, Dios condena otro hombre diferente de aquel que ha merecido el infierno; así, ese cuerpo se ha entregado al libertinaje, ese cuerpo ha abusado criminalmente de todos sus sentidos, y Dios, para castigar a ese cuerpo, arroja a otro al fuego, otro que es virgen y puro, y que nunca ha prestado sus órganos a la ejecución del menor crimen. Y lo que sería aún más ridículo, es que ese cuerpo habría merecido el infierno y el paraíso a la vez, pues, como mahometano, debe ser condenado; como cristiano, debe ser salvado; de manera que Dios no podría ponerlo en el paraíso sin ser injusto, al recompensar con la muerte eterna la beatitud que había merecido como cristiano. Debe, pues, si quiere ser equitativo, condenar y salvar eternamente a ese hombre.

sábado, 22 de febrero de 2020

Antología de cuentos sobre antropofagia: CC2. Último capítulo conservado del Satiricón

El Satiricón es un libro clave para entender la mentalidad y variedad del pensamiento latino. Es considerado la primera novela occidental y fue escrito —básicamente— en tres lenguas: Latín culto, vulgar y griego; por ello se dice que es una pena leerlo traducido, en lo cual estoy espiritualmente de acuerdo. Narra las peripecias picarescas de Encolpio, su amante Gitón y su amigo Ascilo a través de tres partes más o menos bien definidas, de las cuales, la segunda es la más famosa: "La cena (o banquete) de Trimalción." De la obra sólo se conservan fragmentos y todos los estudiosos coinciden en que debió haber tenido una extensión considerable. Llegué a su lectura por la bella (y muy imaginaria) biografía que Marcel Schwob escribió de su autor, Petronio, en el libro Vidas imaginarias.
Enterando en materia antropófaga, he seleccionado el último capítulo conocido del libro, el 141, en él, después de eludir la persecución de Ascilo, Encolpio y Gitón, náufragos junto con el último compañero de aventuras que tienen hasta ese momento, Eumolpo, el poeta; llegan a Crotona, una ciudad de la ahora conocida geografía de Italia; allí, Eumolpo se hace pasar por un rico liberto, con la intención de embaucar a los embaucadores, pues el negocio corriente en Crotona son los préstamos a condición de hacer entrar a los prestamistas en los testamentos. Naturalmente que Eumolpo y Cía. no tienen dinero, así que ante el peligro de ser descubiertos y castigados por sus acreedores, a Eumolpo se le ocurre la astucia de incluir en su testamento una cláusula donde sus herederos deben devorarlo; para suavizar lo desagradable del asunto, cita algunos pasajes famosos de la historia donde hombres fueron orillados a la Antropofagia, comenta el arte de la cocina y su ingenio para engañar al paladar y habla de leyes exóticas que obligan a devorar a familiares recién fallecidos. Este texto entra en la categoría de lo Psiquiátrico, pues sus personajes están dispuestos a llevar a cabo la voluntad de Eumolpo por una cuestión de mera gula material, de avaricia. En ese sentido, la subcategoría es —a falta de un concepto mejor— consecuencialismo. No conocemos el desenlace del timo de Eumolpo, pero dado el contenido y carácter del resto del libro, es difícil imaginar que el episodio no termina de otra manera que con un festín funeral. De cualquier manera, esto no detiene al traductor Méndez Novella, que nos ofrece una posibilidad, un final suavizado (considerando la potencial antropofagia que sugiere Petronio). Incluyo en esta entrada cuatro traducciones diferentes del capítulo 141.
PD. Dejo solamente notas en la versión de Julio Picasso, pues son aplicables a todas las demás versiones (salvo por la del final licencioso de Méndez Novella, claro está).


Capítulo 141

(Encolpio a Eumolpo):
—El barco que debía venir del Africa con tus riquezas y familia no ha llegado como lo prometiste. Los captadores de herencias, empobrecidos, ya han empezado a disminuir su generosidad. Nuestra común Fortuna (1), si no me equivoco, comienza a arrepentirse de sus dádivas. [...]
(Testamento de Eumolpo):
—Todos los que en mi testamento, exceptuados mis libertos (2), tengan algún legado, heredarán lo estipulado sólo a condición de descuartizar mi cuerpo en pedazos y de comerlo delante de todo el pueblo. [...] En algunos países se practica la costumbre de comer los cadáveres de los parientes, a tal punto que los enfermos se ven insultados por malograr la carne que van a dejar (3). Advierto, por consiguiente, a mis amigos que no se nieguen a ejecutar lo mandado sino más bien que devoren mi cuerpo con el mismo coraje con que maldijeron mi alma. [...]
La gran fama de su riqueza enceguecía los ojos y el espíritu de estos desdichados. [...]
Gorgias estaba dispuesto a obedecer. [...]
(Eumolpo):
—No tengo razón en inquietarme de que tu estómago vomite. Al contrario él te obedecerá en todo si le prometes que, en compensación de una hora de asco, tendrá después muchos manjares. Cierra nada mas los ojos e imaginate estar comiendo no un cadáver sino diez millones de sestercios. Además nosotros nos encargaremos de buscar algunos condimentos para disimular el sabor, pues bien sabes que ninguna carne gusta por sí sóla sino que es a fuerza de artificios como se la transforma para que sea aceptada por los estómagos exigentes. Si quieres, ademas, ejemplos que corroboren lo dicho, los Saguntinos (4), cercados por Aníbal, se alimentaron de carne humana sin esperar por esto ninguna herencia. Los petelinos (5) hicieron lo mismo en una increíble carestía y, sin embargo, con este menú no captaban nada y sólo lo hicieron para sobrevivir. En la toma de Numancia por Escipión (6), se descubrieron cuerpos de mujeres que sujetaban en su regazo los cuerpos medio devorados de sus propios hijos. [...]

1. Fortuna es en Roma la diosa del destino. Hay que identificar la con la Tique griega, aunque también se asimiló con otras divinidades como Isis. Es representada siempre con el cuerno de la abundancia, ciega y con un timón de navío o una esfera, símbolo de la universalidad.
2. Esos libertos son, por supuesto, Encolpio y Gitón. Al llamarlos así se refiere a su condición de "esclavos liberados"; en la antigua Roma, los esclavos podían alcanzar su libertad por favor de sus amos o, incluso, hasta comprarla, y aunque no podían alcanzar todos los beneficios de ser un ciudadano romano, sí podían gozar de muchas otras cosas, hasta volverse inmensamente ricos.
3. No hay ninguna referencia clara sobre leyes o pueblos que devoraran a sus difuntos. Pienso que Petronio se burla de los judios, como en algunos pasajes de la cena de Trimalción; donde sugiere que el pueblo elegido por dios se comió a su mesías. 
4. En efecto, en el 219 a. C. el jóven general cartaginés Aníbal Barca, sitio la ciudad de Sagunto por 8 meses. Por supuesto se recogen testimonios sobre los métodos desperados a los que los Saguntinos recurrieron para sobrevivir, entre ellos antropofagia.
5. Petelinos: otros leen puteani , petavii o perusii.
6. Numancia fue sitiada durante 13 meses, por el general romano Escipión, conocido como el africano menor, quien estableció un cerco de 9 km al rededor de la ciudad; llenó de trampas la prefería y aún a la toma de ésta, sus habitantes resistieron hasta el final; la mayoria prefirió suicidarse antes de verse prisioneros del enemigo, motivo por el cual sea acuñó la expresión "resistencia numanita."

CAPÍTULO CXLI

—He ideado un medio para poner en gran aprieto a nuestros presuntos explotadores.— Y al mismo tiempo, sacando las tablas en que había escrito su testamento, leyó: «Todos los favorecidos por este mi testamento, decía, con excepción de mis libertos, no podrán percibir sus legados sino con la condición expresa de cortar mi cuerpo en pedazos y comérselo en presencia del pueblo congregado al efecto.  Esta cláusula no tiene nada que debe asustarles, pues hay una ley, vigente en varios pueblos de la tierra, qué obliga a los parientes de un difunto a comer su cuerpo: y es tan cierto esto, que en algunos de los países aludidos suele reprocharse a los moribundos el que dejen consumir su carne por la duración de una larga enfermedad. Este ejemplo debe excitar a mis amigos a devorar mi cuerpo con igual celo con que maldigan mi alma». Mientras leía las fórmulas y los primeros artículos entraron en la estancia algunos de nuestros herederos y los que antes habían salido de ella, y viéndole con el testamento en la mano pidieron oír su lectura, a lo que accedió Eumolpo, leyéndolo de punta a cabo. Mal gesto pusieron todos al oír la cláusula formal que les ordenaba comer su cuerpo; pero la gran riqueza que se suponía poseer Eumolpo, cegaba de tal modo a aquellos miserables y los tenía tan esclavizados, que no osaron protestar contra esa condición inaudita hasta entonces. Uno de ellos, llamado Gorgias, hasta declaró que se sometía a esa condición siempre que los legados no se hiciesen esperar mucho. —No tengo, por qué temer recusaciones de tu estómago, replicó Eumolpo; ya sé yo que si lo prometes lo cumplirás; tras una hora escasa de disgusto, recompensada con mucho oro, vienen las satisfacciones múltiples que, durante muchos años os proporcionará la riqueza. No hay más que cerrar los ojos para hacerse la ilusión de que no se come uno los hígados de un ser humano, sino un millón de sestercios. Añadid a esto, que ya encontraréis modo de sazonar bien mi cuerpo, pues no hay manjar que sin sazón despierte el apetito. La manera de prepararlos puede disfrazarlos hasta el punto de quitarles toda repugnancia. Para probaros la verdad de este aserto, puedo citaros el ejemplo de los saguntinos que, sitiados por Aníbal, se alimentaron muchos días con carne humana, sin la esperanza de una herencia cuantiosa. Los perusinos, reducidos a extrema necesidad, hicieron lo mismo y se comieron a varios de sus conciudadanos sin más objeto que el de no morirse de hambre. Cuando Escipión tomó a Numancia encontró varios niños a medio devorar en el seno de sus madres. En fin, como el disgusto que inspira la carne humana, proviene sólo de la imaginación, no dudo que haréis cuantos esfuerzos son posibles para evitar esa repugnancia, a fin de recoger los inmensos legados de que dispongo en favor vuestro.
Hablaba Eumolpo tan sin orden ni concierto, con un tono entre declamatorio y burlón, que nuestros presuntos herederos comenzaron a sospechar de la realidad de nuestras promesas. Desde entonces se dedicaron a espiar cautelosamente nuestras palabras y nuestras acciones, y el examen acrecentó sus sospechas, convenciéronse muy pronto de que éramos unos vagabundos y bribones. Entonces, los que más habían gastado para honrarnos, decidieron castigarnos según nuestros méritos.
Felizmente, Crisis, que era partícipe de todas esas maquinaciones, me advirtió de las intenciones de los crotoniatas, y al saberlas, de tal modo me asusté, que decidirnos fugarnos con Gitón y abandonar a Eumolpo a su infausta suerte. Al cabo de algunos días supe que, indignados los de Cretona de que aquel viejo astuto hubiese vivido tanto tiempo como un príncipe a sus expensas, decidieron matarlo según las costumbres de Marsella. Para que comprendáis esto, sabed que siempre que aquella ciudad se ve asolada por la peste, se sacrifica uno de sus habitantes por la salud de todos, con condición de ser, durante un año entero, mantenido y tratado a cuerpo de rey. AlI terminarse el plazo, adornada la frente de verbena y con vestidos sagrados, se le hace dar la vuelta a toda la ciudad a fin de que lo escarnezcan todos sus habitantes, atrayendo sobre él las iras celestes descargadas sobre el vecindario y se le precipita de cabeza al mar a desde lo alto de una roca.

Versión de J. Mendez Novella, 1902

141. «No llegó el barco que. según tus promesas, debía traer de África tu dinero y tu servidumbre. Los cazadores de testamentos, agotados ya sus recursos,  han recortado su generosidad. O mucho me engaño, o la Fortuna de nuestra comunidad empieza a arrepentirse del trato que nos ha dado.»
«Todos cuantos tienen asignados legados en mi testamento, todos, excepto mis libertos, como condición para entrar en posesión de lo que les dejo, tendrán que partir a trozos mi cadáver y comérselo en presencia del pueblo.»
«En ciertos pueblos sabemos que hay todavía en vigor una ley según la cual los allegados han de comerse a sus muertos; tanto es así que con frecuencia se echa en cara a los enfermos el que dejen una carne de calidad inferior. Con esto quiero advertir a mis amigos que no recusen mi voluntad, sino que consuman mi cadáver con el mismo valor que han puesto en maldecir mi vida.»  
La inmensa fama de su fortuna cegaba los ojos y las mentes de aquellos desgraciados.  
Gorgias estaba dispuesto a cumplir hasta el final.
«En cuanto a la repugnancia de tu estómago, no tengo por qué preocuparme. Obedecerá a tu voluntad si por una hora de asco le prometes en compensación un sinfín de bienes. Basta con que cierres los ojos y te figures que no te tragas las entrañas de un hombre, sino un millón de sestercios. Añade a esto que ya encontraremos algún adobo para quitarles el sabor. Pues ninguna clase de carne tiene en sí buen gusto: pero cierto aderezo la altera y la concilia con la aversión del estómago. Y si quieres antecedentes en apoyo de mi determinación, los saguntinos, apurados por Aníbal, llegaron a comer carne humana, y eso que no esperaban herencia; los petelinos hicieron lo mismo en una gravisima situación alimenticia, y no pretendían más objetivo que no morir de inanición. Cuando Numancia cayó en poder de Escipión, se encontraron madres que tenían en su regazo los cadáveres de sus hijos a medio devorar.»

Versión de Lisardo Rubio Fernández

"La nave no llega de África con tu dinero y esclavos, como habías prometido. Los cazadores, ya exhaustos, han aminorado su generosidad. Y así, o yo me engaño, o la fortuna, como de costumbre, vuelve atrás y comienza a arrepentirse"...  
"Todos los que tienen legados en mi testamento, excepto mis libertos, recibirán lo que les he dado, con la condición de que corten mi cuerpo en partes y lo coman en presencia del pueblo"...  
"Entre algunas naciones sabemos que hasta hoy se guarda la ley de que los difuntos sean consumidos por sus familiares, de tal suerte que muchas veces los enfermos son injuriados porque estropean su carne. Con esto advierto a mis amigos que no rehúsen lo que ordeno, sino que con el ánimo con que han maldecido mi espíritu, con el mismo también consuman mi cuerpo"...  
La enorme fama del dinero cegaba los ojos y los ánimos de los miserables.  
Gorgias estaba dispuesto a continuar...
"No tengo que temer del rechazo de tu estómago. Acatará tu orden si por el fastidio de una hora le prometes una compensación de muchos bienes. Cierra ahora los ojos e imagina que comes no visceras humanas sino diez millones de sestercios. Añádese a esto que encontraremos algunos condimentos con los cuales podamos cambiar el sabor. Pues ninguna carne agrada por si misma, sino que se transforma con cierto arte y atrae la complacencia de un estómago adverso. Pues si quieres que mi consejo se pruebe también con ejemplos, los saguntinos, sitiados por Aníbal, comieron carne humana, y no esperaban herencia. Los petelinos hicieron lo mismo en el extremo del hambre, y en ese banquete no perseguian otra herencia que sólo no morir de hambre. Cuando Numancia fue tomada por Escipión, se encontraron madres que tenían sobre su seno, medio devorados los cuerpos de sus hijos''...  

Versión de Roberto Heredia Correa

jueves, 6 de febrero de 2020

Antología de cuentos sobre antropofagia: BT3. Capítulo XVI de Cándido

Leer un fragmento intermedio de una novela es una tarea frustrante. Por supuesto, uno no conoce los antecedentes que le dan sentido a la narración, ni puede aprehender los detalles que importan para el porvenir de ésta. De alguna manera es como si desapareciera el pasado y el futuro quedará aún más en la penumbra, dejándonos en un presente un poco incoherente y que ofrece pocas razones para seguir explorandolo. Por fortuna, este capítulo de Cándido está un poco libre de esos problemas: a la manera, sobre todo, de Las mil y una noches, la novela de Voltaire ofrece varias narraciones enmarcadas, es decir, historias dentro de la historia principal, por ello, no resulta tan desorientador extraer un fragmento y ofrecerlo como un todo en sí mismo.
Dicho esto, al menos, conviene contar algunos detalles sobre la trama antecedente y precedente: el ingenuo héroe del libro viaja al contiene americano para huir de sus perseguidores después de haber asesinado al Inquisidor de Portugal, llega primero a Buenos Aires, pero se entera de que quienes lo buscan, están bastante cerca. Acompañado de su fiel Cacambo, huyen hacia Paraguay, donde Cándido se entrevista con un misionero Jesuita, que resulta ser el hermano de su amada Cunegunda, que se creía muerto después de la destrucción del castillo donde habitaban en Westfalia. Cándido, al poner al tanto a su cuñado de sus relaciones con Cunegunda, es ridiculizado y rechazado por éste, razón por la cual terminan en un combate donde nuestro héroe asesina al jesuita, cosa que precipita a Cándido y a Cacambo a una nueva huída, los detalles de lo que verán por el exótico sur del continente son recogidos en los capítulos posteriores, de allí es de donde tomo este pasaje, que, dicho sea de paso contiene varias cosas interesantes; no sólo respecto a la antropofagia y el canibalismo, sino sobre la visión que el mundo civilizado tenía de los indígenas de América.
Dentro de la clasificación temática del texto, lo he dejado dentro de Tierras de Ultramar, pues, encontramos el estereotipado tema del extranjero civilizado que entra en contacto con una sociedad bárbara y caníbal. Como decía, no es todo lo que se puede extraer de la narración, pero para no hacer esta introducción más larga que el texto de interés, comentaré el resto en notas a pie de página.

Lo que aconteció a los dos viajeros con dos muchachas, dos monos y los salvajes llamados orejones.

Cándido y su criado fueron más allá de las barreras y nadie en el campamento sabía todavía la muerte del jesuita alemán. El precavido Cacambo había cuidado de llenar su maleta de pan, chocolate, jamón, fruta y algunas medidas de vino. Se metieron con sus caballos andaluces en una tierra desconocida en la que no descubrieron ninguna carretera. Al fin una bella pradera cruzada por riachuelos se presentó ante ellos. Nuestros dos viajeros hicieron pastar a sus cabalgaduras. Cacambo propone a su amo comer y le da ejemplo. «¿Cómo quieres, decía Cándido, que coma jamón, cuando he matado al hijo del señor barón, y que me veo condenado a no volver a ver en la vida a la bella Cunegunda? De qué me servirá prolongar mis miserables días, puesto que debo arrastrarlos lejos de ella en el remordimiento y la desesperación? ¿Y qué va a decir el Periódico de Trévoux?»(1).
Al decirlo, no dejaba de comer. Se ponía el sol cuando los dos extraviados oyeron algunos grititos que parecían lanzados por mujeres. No sabían si aquellos gritos eran de dolor o de alegría; pero se levantaron precipitadamente con esa inquietud y alarma que toda tierra desconocida inspira. Aquel clamor partía de dos muchachas totalmente desnudas que corrían con ligereza en la linde de la pradera, mientras dos monos las seguían mordiéndoles las nalgas. A Cándido le movió la piedad; había aprendido a tirar con los búlgaros, y le hubiera dado a una avellana en un zarzal sin tocar las hojas. Coge su fusil español de repetición, tira, y mata a los dos monos. «¡Alabado sea Dios, mi querido Cacambo! he librado de gran peligro a esas dos pobres criaturas: si he cometido pecado al matar a un inquisidor y a un jesuita, bien lo he reparado salvándoles la vida a estas dos muchachas. Quizás sean dos señoritas de condición, y esta aventura pueda traernos grandes ventajas en el país.»
Iba a proseguir, pero su lengua se quedo paralizada cuando vio a aquellas muchachas abrazar tiernamente a los dos monos, deshacerse en lágrimas sobre sus cuerpos, y llenar el aire con los gritos mas dolorosos. «No me esperaba tanta bondad», le dijo al fin a Cacambo; el cual le replicó: «Qué gran obra maestra habéis hecho, mi amo! ¡habéis matado a los dos amantes de estas señoritas! —¿Sus amantes? ¿será posible? os burláis de mí, Cacambo; ¿cómo creeros? —Querido amo, Contestó Cacambo, todo os extraña siempre; ¿por qué encontráis tan extraño que en algunos países haya monos que consigan los favores de las damas? Son Cuartos de hombre, como yo soy cuarto de español (2). —!Ay, prosiguió Candido, recuerdo haberle oído decir a mi maestro Pangloss que antiguamente habían ocurrido semejantes accidentes, y que estas mezclas habían producido egipanes, faunos y sátiros; que varios grandes personajes de la antigüedad los habían visto; pero yo consideraba eso fábulas. —Ya estáis convencido ahora, dice Cacambo, de que es verdad, y veis cómo se comportan las personas que no han recibido cierta educación; lo que temo es que estas damas nos hagan alguna fechoría.»
Estas sólidas reflexiones invitaron a Cándido a dejar la pradera, y a adentrarse en un bosque. Allí cenó con Cacambo; y ambos, tras haber maldecido al inquisidor de Portugal, al gobernador de Buenos Aires, y al barón se durmieron sobre musgo. Al despertar, sintieron que no podían moverse; y la razón de ello era que durante la noche los orejones (3), habitantes del país, a quienes las dos damas los habían denunciado, los habían atado con cuerdas de corteza de árbol. Estaban rodeados por unos cincuenta orejones totalmente desnudos, armados con flechas, mazos y hachas de piedra: unos hacían hervir un gran caldero; otros preparaban asadores, y todos gritaban: «¡Es un jesuita! ¡seremos vengados y tendremos comida fina; comamos jesuita, comamos jesuita.» (4)
«Ya os lo decía yo, querido amo, exclamó con tristeza Cacambo, que esas dos muchachas nos harían una jugarreta.» Cándido, viendo el caldero y los asadores, exclamó: «Ciertamente vamos a ser asados o hervidos. ¡Ay! ¿Qué diría mi maestro Pangloss, si viera cómo está hecha la pura naturaleza? Todo está bien; sea, pero confieso que es muy cruel haber perdido a la senorita Cunegunda y ser asado por unos orejones.» Cacambo no perdía nunca la cabeza. «No perdáis la esperanza por nada, le dijo al desconsolado Cándido; entiendo algo de la jerga de estos pueblos, voy a hablarles. —No dejéis, dijo Cándido, de hacerles ver lo horriblemente inhumano que es cocer a hombres, y lo poco cristiano que es eso.»
«Señores, dijo Cacambo, ¿tienen intención de comer hoy a un jesuita? Muy bien hecho; nada hay más justo que tratar así a sus enemigos. En efecto el derecho natural (5) nos enseña a matar a nuestro prójimo, y así se hace en toda la tierra. Si no hacemos uso del derecho a comerlo, es que tenemos con qué comer bien por otro lado; pero no tienen ustedes los mismos recursos que nosotros: ciertamente más vale comer a los enemigos que abandonar a los cuervos y cornejas el fruto de la victoria. Pero, señores, no querrán ustedes comer a sus amigos. Creen que van a meter en el asador a un jesuita, y es a su defensor, al enemigo de sus enemigos a quien ustedes van a asar. En cuanto a mí, nací en su tierra; el señor que ven es mi amo, y lejos de ser jesuita, acaba de matar a un jesuita, sus despojos lleva; de ahí su equivocación. Para comprobar lo que les digo, cojan su sotana, llévenla a la primera barrera del reino de los padres; infórmense de si mi amo ha matado a un oficial jesuita. Necesitarán poco tiempo; siempre estarán a tiempo de comernos, si encuentran que les he mentido. Pero si les he dicho la verdad, demasiado bien conocen los principios del derecho público, los usos y las leyes, para no indultarnos.» Los orejones encontraron este discurso muy razonable; delegaron a dos notables para que fueran diligentemente a informarse de la verdad; los dos delegados cumplieron con su encargo como gente inteligente, y pronto volvieron a traer buenas noticias. Los orejones desataron a los dos prisioneros, les hicieron toda suerte de cortesías, les ofrecieron a sus hijas, les dieron refrescos, y los acompañaron a los confines de sus Estados, gritando con júbilo: «¡no es jesuita! ¡no es jesuita!».
Cándido no se cansaba de admirar la razón de su liberación: «¡Qué pueblo!, decía, ¡qué hombres! ¡qué costumbres! Si no hubiera tenido la dicha de darle una buena estocada al hermano de la señorita Cunegunda, me comían sin remedio. Pero, después de todo, la pura naturaleza es buena (6), puesto que estas gentes, en vez de comerme, me han hecho mil amabilidades en cuanto han sabido que no era Jesuita.»

1. El periódico de Trévoux (Memorias para servir a la historia de las ciencias y las artes) era una publicación dirigida por los jesuitas.
2. Bestialismo, Zoofilia o Sodomía: tales nombres ha recibido la práctica sexual con animales a lo largo de la historia de la humanidad. La escena que nos ofrece Voltaire no es gratuita, tiene la intención de acentuar el matiz de tierra bárbara que los europeos suponían de América. Parece, también, que —como refiere H. H. Ewers en este cuento— el bestialismo fue parte del arsenal humorístico de nuestro ilustrado francés. Ya el propio Cándido habla un poco sobre lo que los antiguos creían era producto del coito con animales: egipanes, sátiros, faunos; a los que podríamos agregar al minotauro, y según algunas mitologías, a los hombres lobo, sólo por dar un par de ejemplos más.
3. Este detalle de los orejones precisa explicación. Quizá para los lectores cultos y contemporáneos de Cándido no haría falta un dato más explícito sobre qué es un orejón; pero para un lector moderno el detalle pasa sin ser percibido. Voltaire juega con la convención de los Bestiarios medievales; desde la antigüedad los hombres han soñado con lo que hay más allá de sus ojos y los territorios conocidos. Cuando los romanos hablaban de bárbaros fuera del imperio, no sólo pensaban en gente primitiva, sino también en variantes físicas del hombre, incluso hasta razas semipensantes similares al hombre. Estas ideas ya estaban presentes en los griegos, y desde aquellos tiempos existía toda una serie de literaturas de viajeros que habían documentado razas de hombres con características sorprendentes: sin cabeza y con el rostro en el pecho; con ojos en la nunca; gigantes; enanos; con manos enormes. A medida que los territorios del mundo eran explorados, se situaban esas tribus y razas en lugares más lejanos de los dominios de la civilización; para cuando la narración de Cándido sucede, esos bestiarios ya se han sofisticado en los de la edad media, que con mucho son los que más imaginación superticiosa y problemas teológicos han derrochando. Imaginemos a San Agustín, pensando en la idea de que el hombre ha sido hecho a imágen y semejanza de Dios, pensando en los Panotos (o Panotti); hombres, que como su etimología lo dice, eran todo orejas, es decir, con orejas tan grandes que podían dormir cubriéndose con ellas, o ¡hasta volar! ¿Qué raza humana es la norma? Los gigantes, los enanos, los acéfalos... (No por nada el tema se ve desarrollado de lo lindo en Las crisálidas de John Wyndham). Lo cierto es que los Orejones de Voltaire tienen su inspiración en dos cosas: esos antiquísimos bestiarios y en la constante de atribuir a territorios cada vez más lejanos las más variopintas razas de hombres. ¿Sobre San Agustín? Es quizá el legitimador de estos pueblos cuasihumanos, todos somos hijos de Dios, sin importar la variedad física. Más detalles sobre esto aquí.
4. Recoge Pomeau en nota a su edición crítica (pág. 257) el testimonio de Muratori en su «Relación de las Misiones del Paraguay» sobre el padre Ruiz al que los indígenas quisieron comerse pensando que por ser los únicos que tomaban sal su carne sería más sabrosa. Le salvó un neófito que corrió a casa del misionero, cogió su habito y sombrero y corrió hacia los bárbaros. En el clima de hostilidad creciente contra la Compañía el «comamos jesuita» se había convertido en habitual, según escribe el duque de la Vallière a éste poco después de la publicación de Cándido.
5. derecho natural: el que resulta de las fuerzas de la naturaleza, sin idea del bien ni del mal, según Spinoza.
6. Alusión irónica a las teorías del buen salvaje de Rousseau.

sábado, 4 de mayo de 2019

Antología de cuentos sobre antropofagia: AS1. Capitulo XII de Cándido

Cándido de Voltaire es una de las narraciones más descaradamente crueles que haya tenido la oportunidad de leer. Las iniquidades están a la vuelta de la esquina y cada paso es, para sus personajes, un tropiezo peor que el anterior. 
El capítulo que ofrezco —completo— a continuación, es una suerte de relato enmarcado, al estilo de Las mil y una noches o de una aventura del Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, por lo cual, puede funcionar extraído de la novela. Repasa las tribulaciones de la sirvienta de Cuneguna, la querida de Cándido. No ofrezco el antecedente, pues hacía el final se relata la razón que llevó a la vieja a contar su vida.
En cuanto al acto de antropofagia; se perfila el motivo de el sitio. No es complicado pensar en la situación extrema de un grupo de personas aisladas —náufragos, asediados, prisioneros, etc...— que, al quedarse sin alimentos, se ven forzados a comerse entre ellos. Éste tipo de antropofagia sigue siendo tabú, pero de alguna manera es permisible y aceptable en virtud de la situación que no ofrece más salida. Todos estos detalles me llevan a clasificar este relato dentro lo crudo en la categoría de platillos. 
A medida que la antología recoja más textos no será raro seguir encontrando el motivo del aislamiento como propiciatorio de la antropofagia.

CAPÍTULO XII
Continuación de las desgracias de la vieja

Extrañada y encantada de oír la lengua de mi patria, y no menos sorprendida por las palabras que aquel hombre profería, le contesté que mayores desgracias había que aquella de la que se quejaba. Le informé en dos palabras de los horrores que había soportado, y volví a desvanecerme. Me llevó a una casa próxima, mandó que me acostaran, que me dieran de comer, me sirvió y me consoló, me halagó, me dijo que no había visto nada tan bello como yo, y que nunca había echado tanto de menos lo que nadie podía devolverle. «Nací en Nápoles, me dijo, allí se capan¹ a dos o tres mil niños todos los años; unos mueren, otros adquieren una voz más bella que la de las mujeres, otros se van a gobernar estados. Me operaron con éxito, y he sido músico de la capilla de la señora princesa de Palestrina. 
—¡De mi madre!, exclamé. 
—¡De vuestra madre! —exclamó él llorando— ¡cómo! ¡acaso sois aquella joven princesa a la que eduqué hasta los seis años, y que prometía ser tan bella como sois!
—La misma; mi madre a cuatrocientos pasos de aquí, descuartizada bajo un montón de muertos...»
Le conté todo lo que me había ocurrido; me contó también sus aventuras, y me informó de que había sido enviado cerca del rey de Marruecos por una potencia cristiana, para firmar con este monarca un tratado por el cual le proporcionarían pólvora, cañones y barcos, para ayudarle a exterminar el comercio de los demás cristianos. «Mi misión está cumplida —dijo este honrado eunuco— voy a Ceuta a embarcar, y os llevaré de nuevo a Italia. Ma che sciagura d'essere senza c...! (¡Qué tragedia no tener testículos!).
Le di las gracias con lágrimas enternecidas; y en lugar de llevarme a Italia, me condujo a Argel, y me vendió al dey de aquella provincia. Apenas vendida, aquella peste que dió la vuelta a África, a Asia y a Europa, se declaró con furia en Argel. Habéis visto terremotos; pero, señorita, ¿habéis visto alguna vez la peste?
—Nunca —contestó la baronesa.
—Si la hubieseis tenido —prosiguió la vieja— confesaríais que está muy por encima de un terremoto. Es muy común en África —me dijo— Figuraos qué situación para la hija de un Papa, con quince años, que en tres meses ha soportado la pobreza, la esclavitud, que ha sido violada casi todos los días, ha visto a su madre descuartizada, ha sufrido hambre y guerra, y moría apestada en Argel. Pero no me mató, sin embargo, mi eunuco y el dey, y casi todo el serrallo de Argel perecieron.
»Cuando los primeros estragos de aquella espantosa peste pasaron, vendieron a los esclavos del dey. Un mercader me compró, y me llevó a Túnez; me vendió a otro mercader que volvió a venderme a Trípoli, de Tripoli fui vendida a Alejandría, de Alejandría a Esmirna, de Esmirna a Constantinopla. AI fin he pertenecido a un agá de janisarios, al que pronto se le ordenó que fuera a defender Azof contra los rusos, que lo asediaban.
»El agá, que era hombre galante, se llevó a todo el serrallo, y nos alojó en un pequeño fuerte sobre los Palus-Meótides, guardado por dos eunucos negros y veinte soldados. Mataron a un número prodigioso de rusos, pero bien nos lo devolvieron. Azof fue puesto a sangre y fuego y no perdonaron ni sexo ni edad; sólo quedó nuestro pequeño fuerte; los enemigos quisieron hacerse con nosotros por hambre. Los veinte janisarios habían jurado no rendirse. Los extremos de hambre a que se vieron llevados les obligaron a comerse a nuestros dos eunucos, por temor a incumplir su juramento. Al cabo de unos días resolvieron comerse a las mujeres. 
»Teníamos un imán muy piadoso y compasivo, que les hizo un bello sermón con el cual les convenció de que no nos mataran del todo. “Cortad, dijo, solamente una nalga a cada una de estas señoras, comeréis muy bien; si hay que repetir, tendréis otras tantas dentro de unos días; el cielo os agradecerá tan caritativa acción, y os socorrerá.”
»Tenía mucha elocuencia; les persuadió. Nos hicieron aquella horrible operación. El imán nos aplicó el mismo bálsamo que se pone a los niños a los que se acaba de circuncidar. Estuvimos todas a la muerte. 
»Apenas hubieron tomado los janisarios la comida que les habíamos proporcionado, cuando llegaron los rusos en barcazas: no salió con vida ni un janisario. Los rusos no se fijaron para nada en el estado en que estábamos. Por todas partes hay cirujanos franceses; uno de ellos, que era muy hábil, se ocupó de nosotras; nos sanó, y toda la vida me acordaré de que, cuando mis llagas estuvieron totalmente cerradas, me hizo proposiciones. En cuanto a lo demás, nos dijo a todas que nos consoláramos; nos aseguró que en varios asedios semejante cosa había ocurrido, y que era ley de guerra.
»En cuanto mis compañeras pudieron caminar, las mandaron ir a Moscú. Le toqué en el reparto a un boyardo que me hizo jardinera suya y me dio veinte latigazos diarios; pero este señor habiendo sido condenado a la rueda al cabo de dos años con otra treintena de boyardos por alguna intriga cortesana, aproveché esa aventura: huí, crucé toda Rusia; fui mucho tiempo criada de cabaret en Riga, luego en Rostock, en Vismar, en Leipsick, en Cassel, en Utrech, en Leyde, en La Haya, en Rotterdam; me he hecho vieja en la miseria y el oprobio, no teniendo mas que medio trasero, acordándome siempre que era hija de un Papa; cien veces quise matarme, pero todavía amaba la vida. Esta debilidad ridícula es quizá una de nuestras más funestas inclinaciones: pues ¿hay algo más necio que el querer llevar continuamente un fardo al que continuamente se quiere tirar al suelo? ¿tener a su ser en horror, y tener apego a su ser? ¿acariciar al fin a la serpiente que nos devora hasta que nos haya comido el corazón? 
»He visto en los países que el destino me ha hecho recorrer, y en las tabernas en las que he servido, a un número prodigioso de personas que aborrecían su existencia; pero no he visto más que a doce que pusieran voluntariamente fin a su miseria: a tres negros, cuatro ingleses, cuatro genoveses, y a un profesor alemán llamado Robeck. Terminé por ser criada en casa de don Isachar; me puso a vuestro lado, mi bella señiorita: me he unido a vuestro destino, y me he ocupado más de vuestras aventuras que de las mías. No os hubiera incluso hablado nunca de mis desgracias si no me hubierais provocado un poco, y si no fuera costumbre, en un barco, contar historias para no aburirse. En fin, señorita, tengo experiencia, conozco el mundo, concedeos un placer, invitad a cada pasajero a contaros su historia, y si no hay uno solo que no haya a menudo maldecido de su vida, y que no se haya dicho a sí mismo que era el más desgraciado de los hombres, tiradme al mar de cabeza.

¹ Se refiere a que era un Castrati (o Capón), hombres a los que desde una corta edad los someten al emasculamiento para evitar los cambios propios de la pubertad debidos a la testosterona; con esto se conseguía conservar la voz característica de los niños, pero en los adultos, cosa especialmente valorada para el canto. Al tener el instrumento infantil, pero con la potencia y experiencia de la edad, el Castrati era el prototipo de cantante ideal.

5. En torno a creación y tradición

Me gusta pensar que mi identidad es como un cielo nocturno, con una serie de estrellas componiendo constelaciones que representan todas esas...