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miércoles, 9 de diciembre de 2020

La Quimera que no era Quimera

Pocas obras han sido tan significativas para mí como Movimiento Perpetuo de Augusto Monterroso; y hasta ahora me doy cuenta. Su influencia ha sido tan sutil que sólo cuando sumo las veces que he consultado sus páginas veo lo constante que es su presencia en mi blog, y en mis ideas. Digo esto como apunte marginal, porque ahora que estaba pensando en cómo empezar a redactar esta entrada, y que justo me acordé de Borges, me saltó a la memoria Monterroso y su texto Beneficios y maleficios de Jorge Luis Borges. Por supuesto es un digno ejercicio de admiración hacia la obra del Rioplatense y rescato esta anécdota —que sospecho fue ideada a la medida—:

Un amigo mío llegó a desorientarse en tal forma con «El jardín de los senderos que se bifurcan», que me confesó que lo que más lo seducía de «La biblioteca de Babel», incluído allí, era el rasgo de ingenio que significaba el epígrafe, tomado de la «Anatomía de la melancolía», libro según él a todas luces apócrifo. Cuando le mostré el volumen de Burton y creí probarle que lo inventado era lo demás, optó desde ese momento por creerlo todo, o nada en absoluto, no recuerdo.

Tito cierra el texto con una lista de 10 cosas que considera benéficas y maléficas del contacto con Borges. No creo ser el primero en arriesgarse a sumar algo al decágolo. Yo agregaría: 11. Se vuelve uno maníaco, escéptico, cauto, incrédulo, nervioso, cuidadoso, suspicaz, etc... (Maniqueo).
Y es que cualquier lector más o menos curioso —o neurótico— de Borges que revise, por ejemplo, El Zahir y se tope con la seductora referencia de un libro como el Urkunden zur Geschichte der Zahirsage (Documentos y leyendas sobre el Zahir) de un imposible Julius Barlach [quien se propuso «reunir en un sólo volumen en manuable octavo mayor todos los documentos que se refieren a la superstición del Zahir, incluso cuatro piezas pertenecientes al archivo de Habitch y el manuscrito original del informe de Philip Meadows Taylor»]; seguramente sentirá la urgente necesidad de consultar una bibliografía de ese calibre.
El cuento de Borges apareció en 1947 en una revista y luego en 1949 ya en los folios de un libro. Desconozco que tan fácil era comprobar si un libro citado por un escritor erudito en efecto existía. Pero no creo que sea un desatino afirmar que no era tarea fácil. Aún hoy, en plena época de revoluciones tecnológicas es muy difícil dar con la información y que, además, esa información sea real (*). Respecto a lo que decía: el libro de Barlach no existe.
Borges no ha sido el único en hacer este tipo de juego literario; incluso en el prólogo de Ficciones menciona algunos de sus antecedentes: «Carlyle en Sartor Resartus, así Butler en The Fair Haven...». A estos dos podemos sumar a Rabelais que repasa varios libros quimera (1) en su Gargantua y Pantagruel o John Donne y su Catalogus Librorum aulicorum incomparabilum et non vendibilum. Podemos tambíen hallar formidables ejemplos en Conrad, Lem, Aub o hasta el novelista de ciencia ficción Wyndham.
Con tanto apócrifo acechando a la vuelta de cualquier página, de cualquier literatura, uno se vuelve precavido —o paranoico—. Y a cada referencia bibliográfica sospechosa se corre a buscar sí el libro existe o es pura fábula.
Muchos de los libros quimera son ornamentales, como el caso del Urkunden zur Geschichte der Zahirsage de Borges, que a penas si comenta en El Zahir, como de pasada, hablando descuidadamente de algo que parece que todos deberíamos conocer; otro tanto pasa, por ejemplo con los 50 años de desgobierno, la historia de las iniquidades políticas de la nación imaginaria de Costaguana, en la novela Nostromo de Conrad... Podría seguir, pero éste no es el propósito de la entrada.
Hay libros quimera que sí constituyen un elemento activo de la narración, ya sea un poco marginalmente como The Repetances en Las Crisálidas de Wyndham, que es un libro que determina todo el pensamiento de sus personajes; y los hay que son el centro de la acción, como Vacío Perfecto de Lem, donde el autor comenta libros imposibles.
Entrando en materia, después del largo prolegómeno: una de las cualidades principales de estos libros quimera es la posibilidad contradictoria de que pretendan ser tan reales que pasen desapercibidos o que aspiren a ser tan exóticos que sea fácil descubrir su embuste. Esto último pensé de dos libros que son la quimera que no era quimera.
El primero de ellos es El himen en México del Dr. Francisco A. Flores, comentado detalladamente por Arreola. El tema del libro ya se antoja excéntrico —comprendería a cualquiera que al leer este cuento(?) lo tomara como una humorada de Arreola—. Se nos dice que el librito es de 1885, que tiene 99 páginas, que no presenta erratas, detalles del impresor (dirección), dieciséis laminas ilustrativas y detalles académicos del autor; todo muy puntual y a pesar de su buena voluntad y honestidad, el lector sensato no haría más que aumentar su incredulidad y escepticismo sobre la, en efecto, existencia del singular volúmen.
Para aumentar el efecto de existencia del libro, se habla de su contenido inicial: una breve historia de la vagina, la virginidad, y el himen. Deteniéndose en Lecrerc de Buffon, uno de los Naturalistas más insignes de las ciencias biológicas. Sigue con cuestiones de tecnicismos y principia a hablar sobre uno de los tipos de himenes más comunes en México.
El serio estudio tiene pretensiones de establecer un método, que a partir de la reconstrucción de los himenes profanados pretende averiguar si su ruptura consiste con una violación o un consentimiento. El autor logra esta hazaña recurriendo a una serie de ecuaciones físicas de carácter mecánico que establece con la ayuda de un ingeniero. Arreola cita al pie de la letra las fórmulas que calculan el tiempo-fuerza-trabajo necesarios para poder romper un himen según su tipo y morfología.
El texto se va por derroteros difíciles de seguir —comenta Arreola—, luego vuelve a la carga con un llamado a la protección y estudio del himen, incluso, en un descaro de imaginación, Flores propone crear el Instituto Nacional del Himen. Nuestro autor cita a una serie de interesados, colegas, discípulos y amigos que colaboraron en el dossier del eminente Himenólogo. Se describen las potenciales actividades de dicha institución, como levantar estadísticas sobre los himenes de toda mujer desde su nacimiento o entregar certificados con detalles sobre el proceso de ruptura ideal del himen a los futuros cónyuges.
Se menciona superficialmente al sexólogo francés Marcel Tardieu y se pasa revista de las aportaciones más significativas de Flores, incluyendo un himen descrito sólo por él, mismo que recibe su nombre. El texto acaba.
Recomiendo leer a la brevedad el comentario-cuento que Arreola hace del libro de Flores. 
Ahora, bien. Este texto es extraño en la literatura de nuestro autor, pues, si bien es uno de los más grandes representante de la escritura de la imaginación, no volvió a repetir la hazaña —como Borges, que usa y abusa el recurso—; este es su único libro quimera. Creo que leído así, sin más, como ya he dicho, uno piensa de inmediato en una farsa muy bien montada, una transmisión de radio a la Orwell que engaña y pasa la página. Pero cuál va siendo mi sorpresa cuando hace algún tiempo uno de mis contactos en facebook comparte la foto de un ejemplar de El himen en México. Por supuesto me lance a la búsqueda de una explicación y, resulta que, en efecto, ¡el libro existe! incluso en 2006 se reeditó y se puede conseguir con relativa facilidad.
Mi sorpresa fue mayúscula, hubiera jurado con mi vida que todo fue un embuste, uno muy bien tramado. 
Casi al tiempo en que me enteré de la existencia de dicho libro, estaba leyendo La sinagoga de los iconoclastas de Juan Rodolfo Wilcock; otro de esos libros que —como diría el buen Alejandro Barrón— son rompedores.
Esta colección de biografías, unas apócrifas, otras no, de este polígrafo argentino también contiene muchos libros quimera: estudios sobre la correlación luz-pureza y ruido/sonido-pecado; una novela pornográfica hecha a partir de un diccionario, montones de folletines prometiendo la inmortalidad, obras de teatro basadas en las Investigaciones filosóficas de Wittgenstein y otras excentricidades.
Me repito: Borges lo vuelve a uno maníaco... —al menos a mí—. Busqué con cuidado separar la verdad de la farsa y ¡sorpresa! Wilcock también reseña otro formidable, e imposible, e increíble, e imprevisible libro llamado La Civilización Neolítica de A. de Paniagua.
La biografía de Wilcock comienza así:

Discípulo de Elisée Reclus y amigo de Onésime Reclus, A. de Paniagua escribió «La civilización neolítica» para demostrar que la raza francesa es negra de origen y procede de la India Meridional; lo que no excluye que más antiguamente proviniera de Australia, dados los vínculos lingüísticos que según Trombetti comunican al dravídico con el australiano primitivo. Esos negros eran propensos a constantes migraciones; su primer tótem era el perro, como indica la raíz «kur», y por ello se llamaban kuretos.

Con semejante despliegue de imaginación: una tesis extraña deducida de consecuencias lingüísticas, la mención de Alfredo Trombetti (lingüista italinao, mundialmente reconocido por sus aportaciones al estudio de la evolución de los idiomas) y los Reclus (Onésime y Elisée, intelectuales franceses; geógrafos de profesión, el segundo fue miembro destacado de los movimientos anarquistas de su época) y el poco convincente nombre de Paniagua (¿será?); uno ya esta descalificando la posibilidad de que este autor y su obra puedan ser reales. La biografía continúa haciendo mención de los cada vez mas temerarios postulados de Paniagua: que si el clima cambio el color de estos franceses negros primigenios; que si todos los lugares donde se acentaron llevan en sus nombres las partículas kor y kur, referentes a sus tótems, el gallo y el perro; que si una enrevesada etimología explica que el nombre de Italia significa país de los perros lamedores; y otras excentricidades.
El texto es breve y cierra magistralmente con los datos exactos de año y la casa editorial que tuvo a bien publicar un volúmen como este; además, de informarnos sobre otros títulos de la colección. Después de esto, sería descabellado pensar que una obra así sea posible, eppur si muove, o existe. Contra todo pronóstico y en el lugar mental del nigroque simillima cygno, el libro se puede encontrar y descargar en internet.
Un corolario apropiado es que los libros que no existen, llenan un vacío con otro.

* Aprovecho para quejarme amargamente y en total fuera de lugar sobre un asunto que no viene al caso. En contexto, estoy realizando un trabajo de investigación sobre Literatura pianística para la mano izquierda sola y me lancé a consultar estadísticas sobre amputación del brazo, mano, o dedos izquierdos en México. Lo más que hallé fue un informe de la Academia Nacional de Medicina de 2015 —basado en la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición de 2012. Me reservo el nombre de la doctora que realiza las tablas y demás estadísticas (pero, no será imposible consultarlas para cualquiera que tenga curiosidad con sólo googlear el nombre de la institución mencionada arriba y Los amputados: un reto para el estado) y sólo comento mi desason: en la tabla que refiere el número total de amputados contabilizados en el país dice que son: 14,472, de los cuales 12,155 perdieron una mano o uno o más dedos de alguno de sus brazos, y 3,066 perdieron la totalidad de alguno de sus brazos. Una suma rápida de las milésimas arrojaría más de 15k amputados y eso que ni siquiera estamos computando los datos de amputaciones en las extremidades inferiores. A menos que yo sea reverendamente obtuso y que mi capacidad de interpretación de una estadística con 4 variables y el total sea nula, creo que cualquiera puede notar que evidentemente los datos están mal; por más que revisé distintas formas de hacer cuadrar los datos, me tuve que rendir a la Navaja de Ockham: es decir, simple y sencillamente los datos están mal. Peor aún, cuando consulté la Encuesta de donde la doctora toma su referencia. No pude localizar ninguna estadística de amputaciones. Como decía arriba, y a propósito de la búsqueda de información, aún hoy, y con toda la tecnología que tenemos, no es tarea fácil.

1. Varios autores se han empeñado en llamar libros fantasma a estos textos inexistentes, pero se me antoja impreciso. Si bien el adjetivo fantasma si refiere a cosas que no existen —o cosas potenciales—; su significación principal es sobre cosas que fueron y dejaron de ser, del que sólo queda una esencia. Estos libros no son fantasmas; no fueron nunca ni son esencia de nada. Su existencia es desde el comienzo inexistente; son como fachadas sin estructura detrás. Por lo que es más lógico pensarlos como quimeras, cuya definición nos propone: algo que no es y sin embargo parece serlo.

miércoles, 22 de julio de 2020

SV001: La feria

Portada de la
primera edición diseñada
por Vicente Rojo

La feria (SV001) es la única novela del escritor jalisciense Juan José Arreola. Se publicó por primera vez en 1963 y le valió a su autor el, entonces prestigioso, premio Xavier Villaurrutia, que compartió con Elena Garro, de quien se premió Los recuerdos del porvenir.
Con un tiraje original de 4000 ejemplares, la obra se convirtió rápidamente en un referente capital para la literatura mexicana, además de que la primera edición es altamente valorada entre los coleccionistas de libros.
Es, también, el primer libro de la Serie del volador de Joaquín Mortiz. Desgraciadamente pocos libros de la serie incluyeron datos sobre los artistas que diseñaron las portadas o que elaboraron el arte y las fotografías que muchos de ellos incluyen. Podemos presumir que buena parte de los diseños los elaboró el artista editorial Vicente Rojo; quien se habría encargado personalmente de la identidad visual los primeros 10 o 12 títulos. Justamente, para La feria elaboró una colección de 80 asteriscos que preceden y anteceden cada uno de los 288 fragmentos del libro.

Los 80 asteriscos de La feria

La aparición de estas viñetas no es gratuita; su intención es crear un contrapunto visual con cada fragmento, al grado de que algunos de sus elementos son altamente referenciales entre sí. Por ejemplo las flores de cempasúchil, que siempre aparecen con el tallo apuntando hacia la izquierda, excepto cuando se habla de los homosexuales de Zapotlán; la intención de este detalle no puede ser casual.¹

Texto de
contraportada

Como la ausencia de creditos en cuanto al diseño editorial, tampoco las contraportadas ofrecen detalle sobre los reseñistas de las obras. Sabemos, por la apasionante labor de Jesus Quintero, quien reúne los Textos a la deriva de José Emilio Pacheco, que es posible que muchas de ellas hayan sido escritas por dicho autor,² sin embargo, no hay certezas sobre cuáles sí pertenecen a su pluma y cuáles no. Hay que decir que quien escribiese la contraportada de La Feria, acertó al punto en decir que pertenece al género de Apocalipsis de bolsillo.

A grandes rasgos, La feria versa sobre el pueblo de San José Zapotlán El grande. A través de una gran variedad de recursos narrativos, el autor va ofreciendo en voz de sus habitantes, el pasado, el presente y el porvenir del lugar. La historia abarca desde la fundación de Zapotlán, pasando por la época colonial, la revolución de 1910 y la guerra cristera, hasta un presente indefinido. Pero no lo hace de forma lineal, sino que a cada momento —como si de un aleph se tratara— presenciamos hechos que corresponden a cualquiera de los tres tiempos. No conforme con ello, la novela podría tener 30.000 personajes o en realidad uno, un ente colectivo, la suma de los habitantes de Zapotlán que le dan voz al pueblo. La propuesta puede ser tan abierta, que incluso, es posible leer el libro comenzando desde cualquier fragmento; 288 maneras de empezar una novela, y 288 maneras de terminarla. 
Muchas veces se ha dicho de esta novela que es polifónica, yo agregaría que funciona como una fuga. En música, la fuga es una estructura que consiste en un tema, una idea musical que van presentando distintas voces, pasándose el protagonismo entre ellas —en el  libro, las voces se corresponden con los fragmentos, y estos a su vez son uno o varios personaje (algunos recurrentes)—, esta intercalación de perspectivas, dota a La feria de la algarabía y febrilidad característica de los pueblos en México, pero no es todo; en las fugas suele haber un pasaje llamado Stretto (estrecho), un momento musical donde todas las voces hacen acto de presencia simultánea, cosa que sucede al menos en tres ocasiones en la novela: un acto de naturaleza caleidoscópica, los 30.000 zapotlences hablando juntos, un multitudinario monólogo de miedo y luego de constricción.
Los fragmentos contienen de todo: antiguas querellas legales por despojo de tierras; velas tan grandes como faros; la silla de montar de Maximiliano de Habsburgo; fotografías de bandidos que son accidentalmente vistas como talismanes; ánimas que conocen la ubicación de tesoros inveterados; zona de tolerancia; venganzas largamente anheladas; confesiones, soliloquios, coloquios y circunloquios; secretos a voces; pasiones; poetisas seductoras y dependientas seducidas; diarios de amor y memorias de empresas que naufragan; canciones, chistes, adivinanzas, dichos, albures; historias extraoficiales de vergüenza; cuerdos y locos que ignoran su locura; Pitirre en el jardín; fórmulas mágicas; mitologías precolombinas; un patrono más grande que Dios; Isaías, Ezequiel, los Apocalipsis, el evangelio de Eva y el de Santo Tomas; Apiterapia; perros llamados Otto Weininger que son aplastados por muros; y finalmente una feria, el evento capital, el lugar a donde todas las calles conducen.

Un posible hápax arroliano

Hay presencias constantes en la novela de Arreola; Hojarascas, Concha de Fierro, la ausencia del abogado usurero, Don Abigail, Don Isaías, el zapatero agricultor... etc. Entre ellas, está la de un niño —un personaje muy autobiográfico, si me lo preguntan—. Este muchacho aparece invariablemente acompañado del cura de Zapotlán, confesándose en los fragmentos 18, 56, 62, 84, 92, 105, 181, 199 y 200. Precisamente en el 181 leemos: «—Padre, también quería preguntarle, ¿menosorquia es mala palabra? / —¿Menosorquia? No, no la conozco, ¿dónde la oíste? ¿Por qué has venido a confesarte? /  —Porque desde el día del temblor no he hecho pecados... Esa palabra se la oí al diablo. El diablo la iba diciendo en un sueño que tuve. Yo estaba en la azotea mirando por la calle y había como un convite del circo. Mero delante iba un diablo grande como una mojiganga, todo pintado y con cuernos, y las gentes se asomaban a mirarlo y él se bamboleaba al caminar dice y dice: "Cuánta menosorquia os da, Cuánta menosorquia os da..." Y al pasar me miró a mí y era tan alto que su cabeza llegaba junto a la mía siendo que yo estaba en la azotea. Me dio mucho miedo y cuando desperté vi todavía la cara del diablo, y era como la de un compañero que me enseñaba cosas malas en la escuela... / —¿Y qué crees tú que sea la menosorquia? / —Es como las ganas de hacer el pecado. Siempre que lo hago me da después mucho arrepentimiento, me acuerdo del diablo y cuando salgo de la imprenta, después que dan los clamores, entro de rodillas a la iglesia y le juró a Dios que no lo vuelvo a hacer.» La primera vez que leí el libro, hace ya varios años, di por sentada la palabra menosorquia. Pero, al retomarlo y por mera curiosidad, me di a la tarea de averiguar la definición exacta del término. Como es fácil imaginar, mi primera pesquisa la hice en los diccionarios, que invariablemente siempre resultaron en que la palabra menosorquia no estaba recogida en su léxico; luego emprendí la busqueda en la web y una y otra vez, la menosorquia estaba vinculada únicamente a la novela de Arreola. Intenté desintegrar la palabra desde sus raíces etimológicas, pero finalmente terminaba con teorías forzadas. Entonces, ¿qué ocurre con este vocablo que parece ser exclusivo de La feria? Ofrezco mis conjeturas:
1) Un amigo a quien estimo y admiro mucho en materia literaria proponía que la palabra podría ser un vocablo deformado por el habla popular de Jalisco, lo cual es probable; el problema con esta suposición es que tendríamos que detectar qué palabra con significado y sonido similar a menosorquia pudo haber derivado en ésta. Ahora bien, en el fragmento de Arreola el vocablo se ofrece ajeno al habla cotidiana de los personajes, en cierta forma, esta información podría poner en tela de juicio la idea de que es un regionalismo.
2) La fonética de menosorquia está proxima a la de telarquia y menarquia; en biología se refieren a la aparición de los pechos y la primera menstruación, respectivamente. Esto me hace pensar que la palabra existe pero en un ámbito ilustrado. En el fragmento 92, el niño confiesa haber leído dos libros de carácter sicalíptico: Conocimientos útiles para la vida privada e Historia de la prostitución. Suponiendo que el personaje es autobiográfico y que lejanamente guarda una semejanza con Arreola, podríamos sospechar que la palabra procede de alguna obra a la que el autor tuvo acceso en algún momento, en cuyo caso nos encontramos ante una suerte de rescate lingüístico de la voz menosorquia.
3) Por otro lado, si el término no es un regionalismo o un rescate lingüístico; nos queda solamente la opción de que es un neologismo. Pienso que esta opción tampoco es tan viable, puesto que en el canon de la obra arreoliana no existen más ejemplos de acuñamientos hechos por el autor. Reza el dicho que una golondrina no hace primavera. 
Quizá algún día tengamos a la mano una edición crítica, comentada y anotada de La feria, sólo entonces podremos saber si estamos ante un auténtico y único hápax arroliano.

Juan José Arreola nació en 1918 en Zapotlán el Grande, Jalisco. A temprana edad trabajó en oficios relacionados con la manufactura de libros. Estudio teatro y actuación en la ciudad de México y en 1945, por la intervención de Louis Jouvet, viajó a Francia donde continuó brevemente con su formación teatral. A su vuelta se integra a las filas del Fondo de Cultura Económica como corrector y en 1949 pública su primer libro Varia Invención en la colección Tezontle del FCE; le siguió Confabulario también con el FCE, en 1952 y luego, después de diez años, publica La feria en la que habría de ser su casa editorial por mucho tiempo, Joaquín Mortiz.

Parte de la contraportada 
donde figuran los textos de 
próxima aparición en la serie
¹ El dato procede de este video.

lunes, 20 de julio de 2020

Serie del volador: un expediente

Confesiones de un bibliómano en vías de rehabilitación

No sé en qué momento uno se reconoce bibliófilo, ni en qué momento la lectura básicamente monopoliza la vida al grado en la que se busca rabiosamente primeras ediciones y libros exóticos; si me lo preguntan, mi caída en este vicio habrá acaecido hacía 2013, es decir, hace 7 años. Debido al pudor que aún me inspira la razón exacta que detonó esta manía, prefiero hablar de sus efectos —que no consecuencias— y dejar sus causas para una más feliz memoria póstuma.
Decía que, en 2013 comencé a preocuparme seriamente por los libros; ya no sólo por su contenido, sino también su preparación y ejecución. Claro que para entonces no sabía tanto como ahora (aunque para ser justos eso no ha cambiado gran cosa). El caso es que, uno va refinando gustos y entendiendo la labor editorial, sus implicaciones; cambia los libros de Tomo y EMU por los de Alianza; las joyas del milenio (de las que aún conservo varias con cariño) por los Cátedra; y se cree un lector más culto, y quizá lo sea, pero no mucho, en realidad. Podríamos decir que mejoré como consumidor. 
Un día me topé con alguien que vendía unos libros bajo la etiqueta de primeras ediciones. Mi curiosidad se desató porque el precio se me hacía elevado para libros que eran más bien viejos y no especialmente atractivos. Investigando se llega a Roma (o algo parecido). Súbitamente descubrí una especie de sub mundo de coleccionistas de libros; gente que buscaba el doble valor de contenido y objeto. Vamos a dejar otra laguna en esta memoria, en este punto sería escribir mi autobiografía desde los libros que he leído, y pues, eso no es muy interesante.
En el olvido del tiempo quedará aquella tarde en que entré a una librería y vi un montón de volúmenes de la Serie del volador de Mortiz. Recordaba que los libros tenían su prestigio (pero no dimensionaba qué tanto) y pasó por mi cabeza la aventurada idea de comprarlos y reunirlos todos. No tenía dato alguna de cuántos eran, de cuánto podían valer, de qué tan fácil sería conseguirlos; sólo seguí el impulso y aquella vez compré un par. Eventualmente volvería por los restantes. Sin quererlo abiertamente y aún sin darme cuenta, me vi investigando todo lo que había sobre la serie del volador en internet (no mucho, si me preguntan); me vi comprando los libros que iba hallando, vendiendo algunos, conociendo gente que tenía pasión similar por el coleccionismo y la literatura. Aún hoy después de 5 o 6 años buscando la serie, no la tengo completa, pero ya falta poco. Escribo esto porque ahora viene el verdadero trabajo sobre la literatura, tener los libros es apenas una minucia: leerlos. Porque ese fue el propósito, leer, conocer el pensamiento literario y editorial de mi país; deleitarme. Y pues nada. 
Antes de seguir debo hacer patente mi agradecimiento y mi admiración por todas las personas que apoyaron de una u otra manera este capricho. Espacio me haría falta para nombrarlos, pero si leen esto, ustedes saben quienes son.

Un antecedente editorial

En 1961, poco después de haber dejado el puesto de Gerente General del Fondo de Cultura Económica, el editor español Joaquín Díez-Canedo funda lo que sería una de las más icónicas y trascendentes empresas editoriales de la historia de México. Díez-Canedo había llegado a nuestro territorio huyendo de la persecución política del régimen franquista; la gran diáspora ibérica que finalmente nos dejó a algunos de los intelectuales y artistas que más tarde serían representativos de la cultura mexicana.
Poco a poco este editor español, que ya había hecho, desde su juventud, varios trabajos editoriales junto a personajes de la talla del nobel de literatura de 1956 Juan Ramón Jiménez, se fue ambientando al panorama americano, realizando algunos trabajos esporádicos de traducción o dando clases. En 1942 se integra a las filas del Fondo de Cultura Económica, que finalmente abandona en 1961: en mente tenía el proyecto de fundar una editorial independiente enfocada solamente en publicar literatura. En 1962, con el capital aportado por Alfredo Flores Hesse, y en asociación con los editores españoles Victor Seix y Carlos Barral, funda la hoy mítica Joaquín Mortiz. 
En rigor los primeros libros publicados por Mortiz, en 1962, serían tres novelas: Las tierras flacas de Agustín Yáñez, Oficio de tinieblas de Rosario Castellanos y El tambor de hojalata de Günter Grass; todas en la colección Novelistas Contemporáneos. Sin embargo, en 1945 había aparecido, avant la lettre, el libro de Epigramas americanos de su padre Enrique Díez-Canedo, cuyo pie editorial reza: Joaquín Mortiz Editor. Esto es —vaga y superficialmente— la historia del origen de Joaquín Mortiz.

Début de la serie del volador y el premio Xavier Villaurrutia

En 1955, por iniciativa de Francisco Zendejas, se instaura el premio Xavier Villaurrutia, que en su primera entrega galardona a Juan Rulfo, cuyo libro Pedro Páramo acababa de publicar el FCE. Un año más tarde el galardón lo recibió Octavio Paz; y luego en 1957 se premia la estupenda novela de Josefina Vicens, El libro vacío, publicada por la Compañía General de Ediciones. El 58 se declara desierto, en el 59 se honra a Marco Antonio Montes de Oca, el de 1960 lo recibe Rosario Castellanos. 1961 y 62 fueron desiertos también. No sería sino hasta 1963 que el premio se retoma, otorgándose simultáneamente a Elena Garro y a Juan José Arreola, por sus novelas Los recuerdos del porvenir y La feria, respectivamente. Además del galardón doble, hay que destacar que ambas obras —capitales para la literatura mexicana— se publicaron bajo el muy reciente sello de Joaquín Díez-Canedo. Desde entonces la editorial volvería a publicar una y otra vez libros que figurarían en esta lista. Pero hay más, la novela de Arreola fue fundacional; la primera obra de la que hoy en día es una de las colecciones más prestigiosas de la literatura mexicana: la Serie del volador. Es aquí donde comienza el sueño, los poco más de 170 títulos que salieron de las prensas de Mortiz entre 1963 y 1985. Obras que me encargaré de comentar una por una.
La editorial Joaquín Mortiz fue fundada en 1962 por el editor español Joaquín Díaz Canedo.



Catálogo de la Serie del Volador
.Número en la serieObraAutorGénero literarioPrimera ediciónTirajePremios
SV000

Catálogo general: Joaquín Mortiz 1981S/ACatálogo5.I.19810000////
SV001
La feriaJuan José ArreolaNovela5.XI.19634000 ejemplaresPremio Xavier Villaurrutia
SV002
NadjaAndré Breton
(traducción de Agustí Bartra)
Novela30.XI.19633000 ej.\\\\
SV003Los palacios desiertosLuisa Josefina HernándezNovela30.XI.19633000 ej.////
SV004  La comparsaSergio GalindoNovelaTexto o imagen 5Texto o imagen 6Texto o imagen 7
SV005  La piedra del tropiezo Boeli van LeeuwenNovela30.III.19643000 ej.Name

sábado, 7 de marzo de 2020

Antología de inventos inventados: A. II. Baby H. P

A veces la narrativa que habla sobre novedades tecnológicas toma el disfraz de anuncio publicitario o de un discurso elogioso; su prosa ilustra las virtudes y ventajas de los progresos científicos e invita a ponerlos a funcionar de inmediato. Es el caso de un par de cuentos de Villiers de L'Isle-Adam y ésta confabulación de Juan José Arreola. El texto data de 1952 y es un referente de la ciencia ficción en México, pero —como en la obra Ray Bradbury—, el objetivo no es en sí una especulación sobre ciencia, sino una ironía. La imaginación de Arreola nos regala una fuente de energía alternativa, un recurso vírgen listo para ser explotado a costa de —como seguramente se le hubiese ocurrido a Jonathan Swift— los niños.


SEÑORA ama de casa: convierta usted en fuerza motriz la vitalidad de sus niños. Ya tenemos a la venta el maravilloso Baby H.P., un aparato que está llamado a revolucionar la economía hogareña.
     El Baby HP. es una estructura de metal muy resistente y ligera que se adapta con perfección al delicado cuerpo infantil, mediante cómodos cinturones, pulseras, anillos y broches. Las ramificaciones de este esqueleto suplementario recogen cada uno de los movimientos del niño, haciéndolos converger en una botellita de Leyden que puede colocarse en la espalda o en el pecho, segun necesidad. Una aguja indicadora señala el momento en que la botella está llena. Entonces usted, señora, debe desprenderla y enchufarla en un depósito especial, para que se descargue automáticamente. Este depósito puede colocarse en cualquier rincón de la casa, y representa una preciosa alcancía de electricidad disponible en todo momento para fines de alumbrado y calefacción, así como para impulsar alguno de los innumerables artefactos que invaden ahora los hogares.
     De hoy en adelante usted verá con otros ojos el agobiante ajetreo de sus hijos. Y ni siquiera perderá la paciencia ante una rabieta convulsiva, pensando en que es una fuente generosa de energía. El pataleo de un niño de pecho durante las veinticuatro horas del día se transforma, gracias al Baby H.P., en unos útiles segundos de tromba licuadora, o en quince minutos de música radiofónica.
     Las familias numerosas pueden satisfacer todas sus demandas de electricidad instalando un Baby H.P. en cada uno de sus vástagos, y hasta realizar un pequeño y lucrativo negocio, transmitiendo a los vecinos un poco de la energia sobrante. En los grandes edificios de departamentos pueden suplirse satisfactoriamente las fallas del servicio público, enlazando todos los depósitos familiares.
     El Baby HP. no causa ningún trastorno físico ni psíquico en los niños, porque no cohibe ni trastorna sus movimientos. Por el contrario, algunos médicos opinan que contribuye al desarrollo armonioso de su cuerpo. Y por lo que toca a su espíritu, puede despertarse la ambición individual de las criaturas, otorgándoles pequeñas recompensas cuando sobrepasen sus récords habituales. Para este fin se recomiendan las golosinas azucaradas, que devuelven con creces su valor. Mientras más calorías se añadan a la dieta del niño, más kilovatios se economizan en el contador eléctrico.
     Los niños deben tener puesto día y noche su lucrativo H.P. Es importante que lo lleven siempre a la escuela, para que no pierdan las horas preciosas del recreo, de las que ellos vuelven con el acumulador rebosante de energia.
     Los rumores acerca de que algunos niños mueren electrocutados por la corriente que ellos mismos generan son completamente irresponsables. Lo mismo debe decirse sobre el temor supersticioso de que las criaturas provistas de un Baby H.P. atraen rayos y centellas. Ningún accidente de esta naturaleza puede ocurrir, sobre todo si se siguen al pie de la letra las indicaciones contenidas en los folletos explicativos que se obsequian en cada aparato.
     El Baby H.P. está disponible en las buenas tiendas en distintos tamaños, modelos y precios. Es un aparato moderno, durable y digno de confianza, y todas sus coyunturas son extensibles. Lleva la garantía de fabricación de la casa J. P. Mansfield & Sons de Atlanta, III.

martes, 2 de julio de 2019

La palabra Creación: bagatelas gratuitas a partir de una lectura de Arreola

El hombre perdido en las tinieblas nocturnas supo que en la mañana resplandecería de nuevo el sol por medio de los datos del recuerdo.

El pequeño libro de La palabra educación tiene una síntesis involuntaria de las razones de la creación artística según Juan José Arreola; razones fundadas en la memoria; así como de la destrucción, fundada en el olvido.

Olvido

Arreola piensa que el odio del hombre se explica por haber sido suscitado de la nada: y aquello que se toma de la nada, desea la nada, la aniquilación tal vez, pues, de la nada no puede haber memoria, la materia de la que proviene toda creación, como iremos descubriendo.
El odio se sublima en la destrucción, lo contrario de la creación y nuestro autor encuentra un vínculo poderoso entre destrucción y posesión, pues supone que en la voluntad de posesión yace la idea de conquistar un pueblo a otro, de acercarse violentamente a su tierra y quitársela. De nuevo encontramos aquí la tendencia que tiene la destrucción al olvido, pues en esta acción de conquista obraría un proceso de borrado de la memoria del otro. Como vemos, a través de la posesión y conquista se perpetran el olvido y la destrucción.

Memoria y creación

La vida no agota la fantasía del hombre, más bien provoca en ella numerosas ficciones que en cierto modo corrigen o explican la condición divina. Una vez cumplidas las necesidades naturales, el hombre siente una especie de vacío que trata de colmar. De allí el origen de todas las diversiones, desde el simple juego hasta los más egregios frutos de la cultura.
En este hombre virtual de Arreola ya se cifran las primeras características de la creación vinculada con la memoria. Cuando dice: “La vida no agota la fantasía del hombre, más bien provoca en ella numerosas ficciones que en cierto modo corrigen o explican la creación divina”, dice, también, de manera implícita que la vida como vivencias, es decir: memoria; nutren la imaginación y le dan al hombre la materia prima para la creación. Luego, después de cumplidas las necesidades naturales, el hombre siente un vacío que trata de colmar; en un punto la creación debe contener el signo de la destrucción. Es indispensable, para emprender el proceso creador, que se parta de cierta nada símil de la nada original del hombre. La creación se funda en el vacío, un vacío que ahora puede ser colmado con memoria, la que siendo experiencia ayudó al hombre a entender el ciclo de la noche y el día.

Primer Olvido en la Memoria: variedad, novedad y originalidad

Superada la destrucción primaria y acumulada cierta memoria vivencial que nutre las primeras creaciones humanas, surge una duda, ¿qué tan original es la creación lograda?:
¿Quién se propone ser original, ni en forma ni en contenido? Lo importante es dar a lo general el hálito de la persona. Todos los hombres han vivido la historia del mundo, pero me siento obligado a hacer mi traducción del ser, mi propia versión.
La respuesta es clara, la memoria colectiva, la experiencia es de carácter general, cada espectador tiene óptica de un sólo evento, del mismo, su única virtud no es con respecto al evento en sí, sino en él mismo, en su percepción individual. Aquí se suma una cualidad hasta ahora insospechada de la creación: su variedad otorgada en parte por la traducción/interpretación del artista y por la traducción/interpretación del espectador. La creación se renueva y se diversifica en la memoria pero a la vez tiene la tendencia a olvidar que se repite.

Segundo Olvido en la Memoria: una ligera imagen y semejanza de la memoria y el problema de la identidad.

La memoria humana es falible, equívoca, como todo aquello que alcanza dimensiones desproporcionadas. Toda la experiencia humana acumulada es titánica, por ello es perdonable cierto olvido desintoxicador; pero no hay satisfacción en saber que constantemente algo se va perdiendo, que algo se va olvidando. Se vive con la incertidumbre de si aquello que se olvida era valioso o no.
¿Qué otra cosa es el hombre, sino memoria de sí mismo? Desde que nace, comienza a programarse con los datos de la experiencia. Tiene más personalidad aquél que menos olvida. Porque estamos hechos de recuerdos. De lo que hemos vivido y de lo que hemos aprendido de los demás, ya sea en el trato vivo o en los libros. Somos un repertorio de vivencias y superamos con mucho la capacidad de un cerebro mecánico. Y la inteligencia no es al fin de cuentas sino la capacidad, debidamente ejercitada, que todos tenemos para responder con los datos del pasado, al estímulo, a la pregunta que se nos hace en el presente.
El hombre acopla memoria nueva constantemente, una parte de ella se va quedando al margen pero su necesidad de tener toda la memoria posible disponible lo ha llevado a extenderla fuera de sí: una exomemoria: los libros, como también lo imaginó Borges, también la memoria de las máquinas, emuladoras de la mente humana, poseedoras de datos e información precisa mas estériles, máquinas que no son capaces de combinar, comparar, desintegrar la información como la conciencia creadora.
Surge una pregunta de entre la súbita revelación de nuestra identidad mnemónica: ¿Si lo que soy es una acumulación irregular de lo que otros han sido, qué valor tiene lo que yo soy? Arreola piensa que: Tiene más personalidad aquél que menos olvida. Pero eso parece decir más bien que tiene menos personalidad quien más recuerda, dado que la memoria es lo que hemos vivido y lo que hemos aprendido de los demás. Entre más aprendemos de los demás, más nos apropiamos de lo que son ellos y eso más modifica lo que somos y por ende lo que vivimos. Nos encontramos ante una verdadera paradoja. No veo una solubilidad satisfactoria, hay objeciones, claro, pero qué cabe decir de algo cuya respuesta está sub specie æternitatis.
Me conformo con los principios de Unidad y Continuidad de Unamuno, donde el conato de un ser, de un hombre, se empeña en seguir siendo: su unidad y que sólo permite la adición de algo nuevo en virtud de seguir siendo, es decir de la continuidad entre lo originario y la memoria adquirida.

Memoria Estrática: infinito y la respuesta de la memoria.

Las experiencias vivenciales se van almacenando y constituyen la personalidad, opaca y transparente como en superposición de placas de cristal. Se mira un metro: es una profundidad infinita. De ahí la sensación abisal de la conciencia, donde está el caos grande como toda la historia. El hombre creador es quien coordina y da una respuesta que para ser válida necesita provenir de una memoria vivencial.
La memoria, para Arreola, sería estrática, y esa combinación diferente en cada persona podría cifrar el infinito. La creación es la respuesta de esa particular y única manera en que la memoria de cada cual se superpone.
Desde las vísperas del nacimiento el ser humano empieza a acumular una sobre otra las placas traslúcidas y opacas de la experiencia vivencial y las va superponiendo para formar el fondo abisal de la persona (Asistimos a la reiteración de cómo se forma la memoria y su resultado en la expresión de una conciencia única). El artista es explicable por esa acumulación de impresiones, de sensaciones y pensamientos, sentimientos e informes que van alojándose uno encima de otro.
En esta memoria yace el fondo de lo universal. La conexión entre el uno y el mundo. El arte no es necesario por reinventar los viejos temas, más bien porque ofrece la individual interpretación de un fenómeno, sea legítima o no. La sustancia del artista es la memoria y su respuesta es la creación, quién sabe qué tanto de esta es expresión del infinito que es la experiencia y qué tanto es expresión de la identidad que es uno mismo.

5. En torno a creación y tradición

Me gusta pensar que mi identidad es como un cielo nocturno, con una serie de estrellas componiendo constelaciones que representan todas esas...