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domingo, 22 de agosto de 2021

Musa, en el azogue me ahogué

Para mi musa, por la gracia de su abandono.
I
Paradoja y ausencia

El amor es un sentimiento que trasciende los problemas del tiempo y del espacio y se planta en la indefinición; jamás llega a ser tan imposible como para que los amantes no se puedan encontrar, pero tampoco tan posible como para que, una vez encontrados, no tengan que separarse al fin, después de que un óbice se imponga entre los dos, ya sea por voluntad de uno, de ambos, o de algo completamente ajeno.
Si un escritor quiere hablar de amor, no debe ser tan ingenuo como para terminar la historia en el architrillado final feliz, porque en el fondo habrá pecado de mediocre. Si se va a hablar de amor, debe retratarse desde su nacimiento, pasar por su fulgor y llegar hasta su muerte; pero no todos los escritores gozan de la buena voluntad de las musas y, en muchos casos, éstas majestades se complacen solamente en iniciar el fuego de la creación sin alimentarlo después, esperando que el alma del autor tenga suficiente materia para arder hasta que la historia alcance su cabo.
Ahora bien, el problema de las musas se agrava si consideramos que son infieles y llegan a compartir la pluma con más de un autor, lo que provoca el largo problema de las repeticiones entre los temas y tratamientos en materia creativa; o la situación, por demás enojosa, cuando la musa del poeta dicta una novela o viceversa, pues los resultados siempre son extraños y sacan de quicio a los críticos, enemigos naturales de las musas.
Volviendo al asunto del amor: yo estaba sentado en una banca del parque —cosa irrelevante, pero necesaria para ejercitar el arte de narrar— pensando en las últimas páginas que mi musa me había dictado; gozabamos de una relación más o menos fructífera, pero últimamente ella se había comportado más perezosa y dispersa de lo normal. En la víspera comenzamos un cuento, pero no bien estaban listos los primeros párrafos, la ingrata me abandonó y me quedé desamparado en el descubrimiento de mi total dependencia de su guía. Acostumbrado al ritmo de trabajo que ella me impuso, encontrarme allí, sin saber qué escribir, me estaba fastidiando la existencia.
Entonces vislumbré la posibilidad de ponerme a escribir sin más, llevar mi cuento a buen puerto o al menos hacerlo naufragar. Según yo, ésto no era gran ciencia, y el influjo de la musa en su contenido, bien podía ser remplazado con imaginación. Por lo demás, la semilla estaba plantada, sólo dependía de mí cuidar su germinación y velar por su feliz crecimiento.
Reanimado, me puse en marcha de regreso a casa, pensando en cómo podría continuar y terminar mi narración.

II
El espejo y la identidad
La presencia del hombre ante un espejo obstaculiza fastidiosamente la continuidad de un mundo misterioso que vive en la superficie del espejo cuando no estamos mirando en él.
Salvador Elizondo

El cuento es de (des)amor, por supuesto. Y hasta donde la musa tuvo injerencia, escribimos a nuestro héroe, cuyo nombre no llegué a saber, pero a quien llamaré Cero Cero. La musa lo había puesto en términos de que íbamos a ir conociendo los detalles de su persona por las cosas de las que se rodeaba y las personas que frecuentaba, en honor al poncif de dime con quién andas y te diré quién eres. Entonces, él fue ideado como un contorno abrazando el vacío que paulatinamente se cargaría de identidad. Pero en los pocos párrafos que la musa me dejó, no hay muchos indicios que nos permitan contestar exactamente quién es el protagonista de este cuento, y más bien, por la ambigüedad de la que gozan las palabras, podríamos pensar toda suerte de ideas irreconciliables sobre su ser.
Lo cierto es que Cero Cero —gracias a acontecimientos tampoco esclarecidos por la musa— poseía un espejo que en lugar de devolver el reflejo de quien se miraba en él, permitía ver el rostro del alma gemela; la pareja predestinada. Otro buen modo de no conocer directamente al protagonista porque al mirarse en el azogue, encontraba a una mujer hermosa y muda que desconocía... cuestión que en suma no contribuía a descubrirnos nada sobre Cero Cero.
00 espiaba con pudor en el espejo porque la imágen de ella obedecía a una mímica exacta de los gestos de él y descubrirse pequeño en las pupilas de ella, cuando las miradas tendían líneas rectas entre los ojos, le provocaba cierta emoción imposible de soportar por mucho tiempo. Otras veces desesperaba en ver cómo su tristeza se reflejaba exacta en aquel rostro que le parecía haber sido hecho sólo para sonreír. Y llegaba al grado de la frustración cuando su espíritu le impelaba dirigirle la palabra que se quedaba presa en el vacío sin recibir respuesta.

III
Cero ídem

Los espejos son despiadados repitiendo la verdad; reproducen un eco de la imagen sin cambiar nada de ella, pero en este caso, el espejo de C. C. repetía una respuesta a una pregunta no formulada. No conforme con esto, hay una complicación agregada: la disincronía entre el reflejo y su observador, porque más allá de la velocidad de la luz, sucede un momento en el que el espejo está vacío antes de que reproduzca la imagen frente a él, y cuando esa imagen aparece por fin, de nuevo, más allá de la velocidad de la luz, los ojos que miran la superficie reflectante están vacíos antes de captar el resultado de ese encuentro simétrico: mirar al espejo es encontrar el pasado inmediato, el instante que fue.
C. Cero cubría el espejo con un terciopelo azul obscuro para no profanar con su mirada deshonesta aquella figura que se reproducía cuando él se asomaba a ver. Por su mente vacía cruzaban fugaces anhelos y estrategias para ir más allá de aquel reflejo, para encontrar la carne, la materia deseada. A veces, por las noches, un arranque de malicia lo precipitaba frente al espejo donde se desnudaba con divina obscenidad, dando a su vista el máximo de piel. Luego, en otro arrebato, se cubría avergonzado de su avidez, de espiar aquella figura inocente. Su amor no era amor todo el tiempo, rozaba con el desdén que sienten los que están impedidos para poseer.

IV
Si el espejo se quiebra...

Escribí páginas y páginas de cómo 0 Cero miraba y cubría el espejo; meticulosas descripciones de un obseso que se redimía con el amanecer y recaía al anochecer. Juzgué que toda variante de sus desafallecimientos podía bien sintetizarse en unas cuantas líneas, para hacer gala de brevedad: «Ese hombre desconocido se presentaba ante una desconocida; a veces, con violencia, recargaba las manos en la fría superficie de vidrio y trataba de tocar ese cuerpo tan cercano, pero su tacto no encontraba nada. Retrocedía y se disculpaba, y aquel reflejo lo miraba con miedo y confusión, le preguntaba lo mismo que él se preguntaba, entonces ese remedo volvía a fastidiarlo porque las maneras y actitudes de hombre lucían burlescas y caricaturizadas en el cuerpo de una mujer; a continuación, el reflejo adoptaba un gesto amenazante que sin palabras gritaba toda suerte de insultos sobreentendidos. El hombre por fin cubría el espejo y se tiraba en la cama, presa de pensamientos cada vez más oscuros y sutiles: “¿Y si el espejo se quiebra se acabaría mi suplicio? Bien podría tomar cualquier cosa pesada de esta habitación y arrojarla contra el azogue maldito... se haría trizas y mi amor quedaría regado por el piso como cualquier otro vulgar vestigio. No me atrevería a mirar los pedazos...”».
»“Nada tiene piedad de mí, lo que siento me castiga cuando el reflejo, ella, adopta mi semblante y me acompaña en mi dolor o en mi perversión. La culpa me corroe porque no puedo explicarle lo que pasa; me aterra pensar que ella pueda ser consciente de lo que hago... debo tener en cuenta esa posibilidad, que ella me ve cuando yo la veo, que ella sabe lo que hago, lo que miro, lo que invado...”».
»Cero 0 cierra los ojos y se queda dormido entre cavilaciones. En algún momento nocturno, su sueño se torna ligero y él se levanta en estado de duermevela, descubre el espejo y se queda quieto frente al reflejo de la mujer que es él. Traza la silueta en el aire con el índice enhiesto y, del otro lado del espejo, ella se sincroniza con él, pero los resultados no se ajustan con exactitud; el cuerpo de ella es más pequeño y sinuoso, mientras que el de él es enjunto y algo más recto en los ángulos. La oposición y la diferencia son la norma.
»C.0 toma un pisapapeles y lo estrella contra el espejo, el impacto se traduce en una telaraña de grietas que comienzan a sangrar. En la frente de aquella mujer, que hace un momento era despejada y destacaba en la oscuridad de la noche, ahora hay una herida que poco a poco enturbia un hemisferio del rostro, pero no es el espejo lo que 0. Cero acaba de golpear, sino su propia cabeza. No pasa más que un instante y el desmayo sobreviene.

V
Duplicado, multiplicado

La vista es el más pérfido de los sentidos. Pone todo en una perspectiva falaz donde parece que basta con estirar la mano para tomar al sol cual si fuera una manzana o como si con una bofetada al aire, uno pudiera dispersar las altas nubes. La vista es la que le dice a 0.0. que ella está al alcance de sus manos y los deseos entran en conflicto con la potestad. Todo se anhela y nada se puede. Cero C. no se atreve a descubrir el espejo desde el día del atentado, éste permanece en un rincón de la habitación.
Voy llegando lejos, aunque no sin cansancio. El delicado equilibrio del cuento debe alcanzar su clímax aquí, para que su desenlace llegue rodando por la pendiente de forma grácil y convincente. De momento tenemos el amor de Cero0 en su fulgor, pero le faltan el nacimiento y la muerte; por economía literaria creo que debería matar dos pájaros de un tiro, y ofrecerlos unificados: así me ahorro la dificultad de hacer esa peligrosa acrobacia que llaman digresión y al mismo tiempo aligero el impacto de la violencia que significa abandonar la narración.
CcEeRrOo trae, de otra habitación, un espejo de semejantes dimensiones al suyo. Lo coloca junto al otro espejo y estudia su verdadero reflejo que hace ya mucho no miraba. Trata de reconocer al desconocido, le parece increíble que él pueda proyectar otra figura que no sea ella, el reflejo de la que ama. A la sazón, piensa en su sombra que a esa hora del día debe estar detrás de él, se voltea para comprobar que, aunque, deformada por los obstáculos donde se proyecta y por el ángulo de la luz, su sombra refiere de forma inequívoca a su cuerpo. Es la prueba que necesita para determinar que él es él y nadie más que él, aunque su historia antes de estas líneas no sea posible de precisar.
Con las precarias herramientas de su escritorio: bolígrafos, un abrecartas, el pesado pisapapeles con rastros de sangre seca; se pone a arrancar el marco de madera del espejo recién traído; éste cede fácilmente. Repite la operación con el otro espejo, pero todo debajo del terciopelo azul que no se atreve a levantar ni por accidente.
El golpe en su cabeza fue el relámpago que por un instante iluminó su mente y le proporcionó la solución al problema del espejo mágico.
Coloca  ambos espejos uno junto al otro, cubriendo un poco el espejo convencional con el terciopelo azul, de modo que los perímetros de ambos se corresponden, haciendo que sean como uno sólo. Cierra los ojos y deja caer el velo. Retrocede lentamente, calculando la distancia aproximada donde habrá de quedar frente al espejo común pero también podrá mirarse en el otro espejo. Abre los ojos y se encuentra tal y como debe ser, mira a un lado y la ve, en ese ángulo sólo la percibe incompleta, así que la herida en su frente no se refleja en la de ella. Avanza metódicamente, entornando la mirada o moviendo un poco la cabeza, de modo que ese arreglo donde se ve y la ve a ella no se pierda por nada. Al estar al alcance de ambos azogues, los toma y, como si fueran un libro abierto, los cierra uno frente al otro. 
Mira sobre su hombro y detrás de él no está su sombra; sabe que desde ahora su cuerpo será incapaz de proyectar su imágen. Consciente de que no podría tener lo que deseaba en sus términos, aspiró a conseguirlo en otros términos: siendo ella un reflejo, sólo podría estar a su lado si él, a su vez, era también reflejo y nada más. Los espejos se besan hasta el infinito.

viernes, 20 de agosto de 2021

Musa de Humo

Esta musa procede de un tiempo muy lejano. Su argumento data de al menos hace 5 años y tuvo otros cuerpos más imperfectos del que ahora presento. Es la primera de toda la serie, al menos en espíritu y aún se me sigue escapando como cuando la encontré por primera vez entre mis ideas. Los detalles generales no cambiaron: un hombre que se enamora del reflejo de su interior. Es el tema obsesivo y hasta redundante. Cuando la gente dice sin Ton ni Son: “el leitmotiv” no saben que las más de las veces están ante un vulgar ostinatto; y yo no sé mirar con benevolencia, o mejor dicho: escuchar. El humo es un símbolo, el de la fantasía fatal; es un espejo de muerte que te pierde o te sofoca y las musas tienen esa conexión por su linaje, quiero decir, mis musas. Cada una es polvadera, humo, remolinillo a su manera, cada una enturbia o contamina, pero no por voluntad, sino porque los ojos, las manos, los oidos que las buscan, anhelan su imposibilidad. En fin, esta musa peculiar y especular se disipa justo en el instante crítico y léase, por favor, loin des sources de chaleur, porque es profundamente inflammable.

Jueves
Anda como fugitivo por las calles, tiene expresión de condenado y la mirada saturnina.
La terapia no sirve, hay cosas que sencillamente están rotas y esa es su naturaleza. Repararlas es destruirlas.
Ahora baja las escaleras de dos en dos, la prisa le pisa los talones.
Hoy la lluvia también lo persigue y el alma se le queda atorada en un alambre oxidado que, mientras baja, hace que se le vaya deshilando, quedando trás de sí.
Se une a la masa humana. Por fuera luce impasible, por dentro se derrumba entre el miedo y la ansiedad.
Las puertas del vagón del metro se abren y una estampida lo lleva como balsa de náufrago en medio de la tempestad.
Ya adentro, se muerde el labio inferior y observa sin mirar. Se encierra en pensamientos sin sentido.
Pasos y pisos y puertas y paredes. Las gentes entran y salen y entre ellos llega una chica de cabello color negro como el abismo que le cubre la mitad del rostro igual que una cortina misteriosa.
El vagón está abarrotado y ella se queda en un extremo donde él la puede ver sin dificultades.
Un hombre se acerca y la abraza. Le besa el cuello y le habla al oído. Las caricias están un poco subidas de tono para estar en un lugar público.
Con pudor desvía la mirada y se encuentra con el reflejo de su rostro vacío y obscuro en un sucio cristal.
Para cuando vuelve a buscar a la chica, ella ya no está.

Lunes
La luz va tras de él y él persigue su sombra. En el subterráneo siempre es de noche.
Las personas se empujan al pasar. Él mismo empuja a una chica distraída que va de la mano de un hombre feo de rasgos desagradables: ojos mezquinos, nariz aguileña, mentón pronunciado, sonrisa estúpida.
Todo sucede en un segundo. Busca el rostro de ella, pero sólo aprehende la forma de su espalda y la tez blanca de las piernas entre el coqueto bamboleo de una juguetona falda.
Los encontrará un rato después, casi a media noche, en un asiento al fondo del vagón. Va a asistir a una escena de depravación.
Y mientras esa cita se acerca, irá y vendrá y una parte de él no va a volver ilesa de la vida cotidiana.
La modernidad es diestra aniquilando a los individuos, pero, por desgracia, no es eficiente: idealmente debería desintegrar en vez de romper, sin arte ni ciencia, sus almas.
Se sienta muy callado y recoge los detalles del suelo: suciedad; todo está sucio. Lo que lo rodea es un reflejo de su interior. Mira sin tristeza —recurso de los desahuciados espirituales— y sus ojos le muestran a la mujer de hace unas horas sobre el vomitivo y tosco hombre que la acompañaba.
Las manos del tipo se pierden bajo la falda; la urgencia y el vértigo vuelven insensibles a los amantes. La mujer se agita pasmosamente mientras el hombre la manosea con avidez. 
Mira pero se niega a sentir nada al respecto: ni pena, ni miedo, ni placer, ni culpa, ni siquiera interés. 
No deja de mirar. Luego cierra los ojos y se piensa lejos de todo.

Sábado
Lo acecha la luna, así que se oculta de ella en un vagón del metro. Terapia, terapia y terapia.
Piensa que la ignorancia es una virtud protectora, incluso un mecanismo de defensa contra la conciencia de la miseria.
Siempre piensa cosas miserables como ésta mientras que el tren devora kilómetros y su alma se retuerce de dolor.
Mira sin mirar. Todos miran sin mirar.
Le gusta sentirse ajeno, es un consuelo al hecho de que aunque pertenece al mundo, la porquería sólo tiene contacto con su piel.
Su interior está triste pero limpio.
Un charlatán predica bienaventuranzas a voz en cuello y pide limosna.
Sucios niños se arrastran por el piso haciendo el simulacro de lustrar zapatos rotos.
Las personas sudan y se ignoran. Ignoran todo: los olores acres y el agotamiento.
En la siguiente estación tiene que trasbordar; a veces piensa que vive una pesadilla recurrente. El vagón de ayer es el mismo de hoy.
Baja del tren y camina por los estrechos pasillos iluminados con ofensivas luces blancas.
Los rebaños humanos no le temen al lobo. Más bien lo adoran y lo honran. Las ovejas aspiran a ser como el lobo: independientes, fuertes, osadas.
Aunque los pies pesan, las personas circulan ligeras como un fluido un tanto espeso. Alguien vomita en medio del desfile y sólo los afectados se inmutan, el resto continúa su camino y olvida.
Mañana nadie va a recordar al hombrecito triste con los zapatos manchados de regurgitación a quien los niños abandonados que fingen limpiar zapatos evitan.

Miércoles
Las puertas del vagón se abren y la marea de hombres y mujeres se agolpa violentamente contra la estrecha entrada.
Un sujeto gordo e iracundo le suelta un codazo a una mujer que grita desaforada por el estrujamiento. Dos dientes percudidos y ensangrentados vuelan de su boca y van a dar donde nadie volverá a saber de ellos.
Él lo atestigua todo desde la escalera que baja al andén. Se siente impotente y defraudado. Luego un sentimiento de egoísmo lo recorre y agradece haber bajado a tiempo del tren. Unos segundos más y se hubiese topado de frente con el agresor mastodóntico.
Anda por un pasillo que remata en una sala grande dividida como laberinto para ratas con grandes rejas de acero. En el principio de la civilización uno de los objetivos de la humanidad era acortar caminos, hoy la directriz es la contraria: hacer de cualquier camino el más largo y tortuoso recorrido posible.
Maldice la invención de los zig-zags y llega a otro andén y sube a otro tren. El terapeuta le recomendó tratar de socializar con algún desconocido.
Piensa que es una idea estúpida. Las personas están en guardia, esperan ataques unilaterales. No existen las acciones desinteresadas.
Una vez vió a una muchacha preciosa leyendo a Dylan Thomas. Andamos solos entre una multitud de amores. Andamos solos, sin más.
Sintió muchas ganas de hablarle. ¿Pero qué le habría dicho? Casi cualquier acción adquiere el cariz de la afrenta debido a la atmósfera de desolación que contamina todo en el subterráneo.
Pasó seis estaciones mirándola sin atreverse a nada. Sin si quiera pensar en hacer nada. Y luego esa preciosa muchacha que leía a Dylan Thomas bajó del metro para perderse por siempre y hasta siempre jamás.
Hablar con desconocidos. Es una estúpida idea.

Sábado, otra vez
Ver cientos de personas una sola vez en la vida no es un prodigio. Lo extraño es verlas seguido, incluso a menudo. Lo inesperado es verlas muchas veces de forma no sólo frecuente sino cotidiana.
Entonces él, sentado casi sin respirar porque el vagón está abarrotado, mira sin mirar.
Los ojos van de un retazo de persona a otro. Formas indefinidas que carecen de significado. 
Allí, donde él no esperaría ver nada, entre pedazos de personas, hay una abismal cabellera negra. Inquietantemente familiar.
Pone atención: un brazo de piel quemada y aparente textura áspera abraza por el cuello a esa chica que él ya ha visto en otras ocasiones. La reconoce vagamente por la complexión delgada y atlética y, sobretodo, por el cabello que es de un negro antinatural.
Busca en los resquicios que forman los amontonados cuerpos de los pasajeros con la esperanza de ver mejor a la chica. Descubre el par del ofensivo brazo acariciando la pierna tersa y blanca de la mujer.
El metro frena con brusquedad, los cuerpos se impactan unos contra otros y una ensordecedora batahola de quejas e insultos se eleva. Los altavoces anuncian que algún desdichado tuvo las agallas para arrojarse a las vías y que el tren estará detenido. Dicen que afortunadamente el tren se detuvo antes de causar una tragedia.
Él piensa que la definición de fortuna es muy desafortunada. Busca a la chica, pero no puede encontrarla otra vez.

Martes
Mira y re mira y vuelve a mirar, y ve y ve y se fuga por sus ojos de su cuerpo y se mira mirarse y no mirar nada. A puesto a que parece un loco con los ojos bailando lento de un lado al otro.
Debe detenerse, aunque sabe que a nadie le importa. Solamente se detiene.
Su mirada queda suspensa en la fila de asientos frente a él. Ve a una pareja besándose apasionadamente. Por supuesto no logra distinguir los rostros. Las manos de los amantes tocan sus cuerpos con ansiedad.
Con tanto movimiento no se nota donde empieza uno y termina el otro. 
Echa una mirada a las personas de alrededor, parecen no interesarse por el pequeño espectáculo de los amantes que, subidos de tono, comienzan a meterse las manos bajo la ropa.
Al tiempo un impulso le dice que deje de mirar. Pero un instinto se impone y le hace continuar mirando.
No sabe si le satisface o excita de algún modo participar de la escena como testigo. Sabe que no está ofendido. Sabe que no está emocionado.
El sonido monótono y regular de la marcha del tren lo arrulla. Los amantes se deshacen con denuedo como una fuerza imparable chocando contra un objeto inamovible.
Sus caricias son más bien tortuosas, violentas. Carecen de ternura. Como si en lugar de procurar placer, buscaran proveer dolor.
El mismo deseo feroz que lo hacía mirar muda en desesperación. Tiembla ante el suplicio. Se levanta de su asiento y queda de pie ante los amantes. 
Los mira con fervor como si sus ojos fueran un nuevo sentido del tacto. Acerca las manos al cuerpo de la chica. Sus músculos tensos ansían la textura de su ropa. Algo le dice que tocarla tendrá un efecto narcótico sobre su dolor.
La clave que resolverá su vida se le ofrece de súbito. Simplemente debe tocarla y todo el tiempo de sufrimiento quedará justificado. No es que las tristezas desaparecerán, pero se verán menguadas y el placer medrado.
Placer, todo este tiempo la respuesta fue encontrar una fuente de placer.
Su mano por fin se postra sobre el hombro de la chica, pero antes de que pueda llevar la otra mano a buen puerto, un puñetazo le da de lleno en el rostro y todo el progreso existencial que había alcanzado se quiebra.
Nuevos golpes se suceden sin tregua, cada cual más obvio e inesperado que el anterior. Una trifulca desconcertante se arma al rededor de él. Está en el suelo hecho un ovillo. Solo, profundamente solo como recién nacido. Arrojado del paraíso y sin sentido.
Sangra hasta del alma, llora y no escucha su propio llanto. La confusión creciente lo aturde. 
Y confuso queda postrado hasta que alguien lo ayuda a incorporarse, pero sólo físicamente porque su yo sigue derrotado en el suelo. 
La soledad lo embarga todo, el tren retoma su marcha y antes de que sepa nada, se encuentra en el andén. Una caterva de miradas lo ve con insistencia y él no termina de entender lo que acaba de pasar. Una voz pregunta si se encuentra bien, pero él no responde. Hay más voces, todas suenan como si estuvieran debajo del agua.
Comienza a andar, sigue confundido. Seguirá confundido hasta que logre concretar el tacto que le brinde la libertad.

Viernes
Como cada viernes, se encuentra con la cajera del banco de las 3 de la tarde. Ella es uno de los pocos elementos que prevalecen invariables en la realidad. Desde que va a terapia siempre se cruza en el camino de aquella mujer. Todo puede cambiar menos esa constante.
Conoce su nombre. No se atreve a pronunciarlo. Está escrito en negros carácteres sobre una brillante placa metálica que se sostiene con pulcro y burocrático triunfo en el blazer almidonado. Todo está en su lugar si ese nombre sigue escrito allí.
Vera no falta a la cita. Está puntual en el mismo vagón. El hábito no es una virtud. El hábito es una prisión resignada. Vera no falta jamás.
Piensa en el accidente del martes. Ver, no tocar. Eso debió haber pensado antes: Ver, no tocar.
Todos los placeres están al alcance de las manos, pero no deben ser tomados. Debe bastarnos con mirar.
Para cuando termina de pensar en esto, Vera ya no está. Un terror obscuro asciende por su columna. Se perdió por un par de horas. Actuó como en piloto automático, idiota piloto automático.
Últimamente es un barco en travesía nocturna. Las estrellas son guías indiferentes. Sabe que puede llegar a su destino sin proponérselo. Cualquier resultado es aceptable: hundirse como sobrevivir y arribar.
Mira nada de nuevo y algo llama su atención. Entre los movimientos del tren que marcha en una dirección y el otro que va en su contra, las ventanas de ambas máquinas se corresponden por un momento, como si fueran la cinta de una película; en ese prodigioso instante un milagro acontece. 
Una de esas pequeñas glorias que le dan vida a la vida. Ve a la chica del cabello nocturno. Está de perfil y esa porción de rostro que le ofrece es delicadamente bella. 
Un hombre tosco y desagradable se acerca por detrás de ella. La abraza y se la lleva fuera de su campo de visión. Los trenes terminan de pasar y del otro lado ya no hay nadie.
Corre por los pasillos con la esperanza de encontrarla por algún sitio.
Pide a la providencia el favor de hallarla. Se deshace en fe ciega por su anhelo ciego. Sube por escaleras de aspecto interminable, luego baja por ellas, corre de un lado a otro. Choca con las personas, salpica su pasión de griteríos.
Hasta que da con un rincón oscuro donde sombras deformadas se agitan. Mira. La vida se le va por los ojos. Reconoce algo. Quiere reconocer. Entorna la mirada. La luz se va atenuando al rededor. Del rincón sale un hombre torvo arreglándose la ropa. 
Un lamento sin convicción se arrastra hasta sus oidos. Se acerca al lugar y descubre a la chica del cabello sombrío llorando. No sabe si es pertinente hablar. La piedad y un resabio de la manía del martes lo hacen acercarse a ella. Al momento en que su mano palpa aquel hombro soñado, la piedad naufraga.
La otra mano aterriza en el sedoso cabello que desprende un aroma enervante. Los sollozos se detienen. Las manos amistosas de ella tocan su cuerpo y le dan la bienvenida al suyo. El calor que emana la chica es poco confortable pero adictivo. Siente la necesidad de tocarla más y más, no sólo por encima de la ropa.
Ella participa en el desequilibrio. Quita la paz pero a cambio otorga la felicidad. Es una alegría rastrera que mordisquea el alma. No hace más que dañar de modo inofensivo.
Se agradece que esté aquí y así. En presente continuo y continuado. Correspondiendo. 
Los labios se encuentran y electrifican, las manos toman posesión de la piel del otro bajo las ropas. Luego ella rompe el encanto, se desafana. Se va sin decir nada. Sin que él pueda verla claramente. Desaparece.

Sábado, una vez más
Vivió otro día en automática inconsciencia.

Jueves, al parecer
Buscó a la chica, infructuosamente.

Lunes infinito
Su cuerpo está aturdido desde que se tocó con la chica. Precisa de una nueva dosis de agitación.
Camina despacio con ojos de centinela. Le dijo al terapeuta detalles vagos sobre la chica. Solamente que la ha visto esporádicamente, siempre tocándose con sórdidos desconocidos, hombres de aspecto medio bestial.
Le contó que le parecía algo triste. Ella era bonita, un contraste total con los semihombres que la poseían. El terapeuta opinó que podría tratarse de una prostituta cumpliendo encargos de clientes degenerados y exhibicionistas.
Él no opinó. Tener opiniones es deletéreo. Pensar en general es peligroso. Sabía que si comenzaba a hacer suposiciones, mundos hipotéticos embargarían su cabeza como parásitos.
No opinó nada. La sesión terminó y él está de vuelta bajo tierra, buscando.
Aborda un tren sin fijarse en el rumbo. Ni el camino ni el destino importan. Son, nada más, la posibilidad de verla: de cerca o de lejos. Antes tampoco importaban, pero al menos ahora tenían una utilidad. Andar para verla, aunque sea por accidente, aunque sea de pasada.
Otra cosa que no hacía desde hace mucho era tener esperanza. La esperanza es un veneno dulce. Duele consumirla. La esperanza atañe al futuro, y entre más lejos en el tiempo, más duele su resaca.
Está de pie en medio del vagón. Su vida quieta, anquilosada, se volca en el único propósito de ver. Es todo ojos. Espía, otea, vislumbra; de frente, de reojo.
Ella no aparece.

Lunes, como siempre
Los días progresan. No esperan por nadie. Él sigue buscando infantilmente. Sufre al no saber nada de ella, pero sufriría más si al menos no hace el esfuerzo por encontrarla.
Entra y sale de pensamientos pasajeros. Su cabeza se vacía y anega. Procura no acariciar anhelos.
La intranquilidad se apodera de él. La desesperante sensación de que el vagón de repente pesa menos y de repente pesa lo mismo que hace un momento.
Un aire familiar circula por el espacio enclaustrado. Alguien le susurra un discurso ininteligible al oído.
La temperatura bajó un par de grados. Y cuando el tren se detiene, por una de las puertas ingresa la desconocida del cabello color de nubes de tormenta. 
El ángulo no le permite ver el perfil de su faz que desconoce. Hasta ahora ella es un astro que sólo deja ver de sí lo que le place y no más. 
Por primera vez decide tomar la iniciativa, se mueve entre las gentes ausentes del evento que sucede ante sus presencias. Y al llegar donde ella está, no media palabra, por alguna razón la conversación se antoja como algo inútil y estorboso.
La oscuridad intermitente del exterior que se cuela por las ventanas mientras el tren marcha, el ruido blanco del sordo andar de las ruedas y ella que agacha la cabeza eludiendo el cruce de miradas no le permiten ver su rostro. Permanece en un anonimato parcial.
Los cuerpos se encuentran ajenos de todo cuanto pasa más allá de ellos. El éxtasis es la única manera de lidiar con la fatiga. Él se siente auténtico en sus arrebatos eróticos, auténtico por primera vez desde hace mucho.
Destierra todos los pensamientos y se procura sólo las sensaciones inmediatas, pone su mente en la yema de los dedos. Cada ser es una presa que se desborda. Siente y saborea las lágrimas de ella mientras la besa. Se impregna del sudor y un rastro de saliva que le resbala por la barbilla. Precipitación y humedad. La chica es una lluvia cálida y reconstituyente.
Él también llora. Es un acto de comunión. Un intercambio de dolor.
Milagros líquidos.

Otro día
Los encuentros son impredecibles: una semana frecuentes y otra semana esporádicos. No hay acuerdos ni recuerdos, cada uno es el primero. 
De alguna forma quedó implícito que las palabras estaban vedadas. Y su rostro también fue parte del misterio. 
Los encuentros son una bocanada de aire fresco. Son esos intervalos en los que un hombre al agua sale a la superficie para aferrarse con desesperación al aire.
Él no agradece ni desdeña. No siente ni terror ni piedad. Aunque en el fondo de su ser una duda germina sin que pueda advertirla.
La necesidad de saber quién es ella y por qué hace lo que hace. Reniega de su curiosidad. La curiosidad destruye paraísos.
Los encuentros dejan de bastar. Sin admitirlo desea más; desea saber. Sabe que el saber mata. Se acuerda de Burke & Hare y los anatomistas; para conocer la forma en la que el cuerpo humano funcionaba llegaron al extremo de secuestrar y matar. Conocer los secretos de la biología fue a costa de la vida.
Sabe que para entender lo que pasa entre él y la chica necesitaría diseccionar la relación, sabe que el riesgo es la destrucción.
Resiste, pero ni la piedra con toda su obstinación y tenacidad es rival para el agua. Comienza por seguirla disimuladamente cuando ella lo deja. Siempre la pierde entre las multitudes o al doblar una esquina. Ella se desvanece como humo, tenue.

Día tras día, tras día...
Seguirla resulta ser una tarea sisífica. Ella lo elude sin esfuerzo. Él sospecha que ella sabe que no pudo contener su curiosidad.
Ha estado valorando la posibilidad de hablarle.  A estas alturas cualquier cosa sería conveniente. La idea es romper el hielo.
No hay garantía de que intentar cambiar algo en la fantasía por una vana ilusión no comprometa el oasis que tiene con ella. Teme tornar en espejismo su paliativo. 
El terror y la piedad están tirantes dentro de él; halan en direcciones opuestas y lo mantienen en tensión. Al dolor de ser un individuo se le superpone el placer equívoco de un amor anómalo y a este, a su vez, se le superpone este nuevo dolor de que hay un estúpido idealismo emocional que pide, que ansía más de lo que puede merecer.
Las cuerdas son metáforas apropiadas para hablar de la vida: la cuerda como péndulo que provoca la hipnosis y el sopor de sus días; el dogal al cuello que proviene de esa tenue lasitud y que también es el apersogamiento de su alma suspensa, sin escape; su relación con ella que atraviesa por la cuerda floja (camino horizontal y peligroso), sin línea de vida (el seguro vertical de supervivencia); la sensación de maniatamiento al pensar en formas de normalizar su situación de enredo; la tensión de las cuerdas de los instrumentos de tortura, ninguno musical; el hilo negro, su cabellera; un viscoso hilo de saliva que se tiende entre los labios libidinosos. Tantas y tantas fibras tensas, rotas, inconexas, estrujantes...
Continúa buscándola
  en el Dédalo subterráneo
    unido a ella por un lazo de humo 
       que se desvanece cuando sube
         las escaleras y regresa a la ciudad
           a su vida superficial y llana
             cargado de arrepentimientos
               atento a los rumores

Nuevo día, mismas circunstancias
Se derrite y se hiela al mismo tiempo. Sigue sin conocer el rostro de la chica. Su posición es de posesión e ignorancia. Siente ser dueño de algo, pero no sabe exactamente de qué. 
Recorre un cuerpo que su tacto conoce. Pero jamás ha visto el territorio que sus manos habitan en esos instantes de pasión.
Contradicción de sujetar algo que está en constante escape, como si abrazara humo o mordiera el polvo.
Hay días en los que su persecución se trastoca, él termina por ser el acechado. Con el extremo de la mirada descubre a la chica espiándolo, oculta por una conveniente sombra o a la vuelta de una esquina. Se siente castigado por ella.
Hay otros días en que la ve a la distancia, deformada por el movimiento que acontece a su al rededor. Su respiración se agitan y desea correr hacia ella. Pero no se mueve, no se atreve ni a pensar. Sus instintos se ven revocados y queda entre la multitud tan desamparado como siempre.
Los mejores días son aquellos en los que evita los pensamientos de salvación. Si la esperanza desaparece, entonces también los temores; y ¿quién cuestiona al porvenir cuando el presente se ofrece así, tan amplio y placentero?

El día antes de la caída
La duda contamina discretamente al espíritu. Cuando es inofensiva nadie hace nada para erradicarla; y eventualmente germina, crece, se fortalece, entonces es demasiado tarde para combatirla. Sus raíces ya se afirmaron en los estratos más profundos del ser. La duda se hace parte de uno. Su presencia se impone ante cualquier idea. La duda precede las tentativas y las acciones. 
Tal es así que en él ya no había tregua. Sus aspiraciones se oponían a su conformidad.
Ese día le habló. Las palabras no tenían importancia, lo valioso fue el gesto. En un inicio no recibió respuesta. Su impulso posterior fue levantar el rostro de la chica para mirarla por primera vez a los ojos. Quiso conocer a su amante. 
Ella no se resistió, fue cediendo a la inercia de las palabras.
Encontró algo que lo llenó de pesar. El misterioso hemisferio de su cara estaba destrozado. Donde esperaba hallar la última pieza del rompecabezas de su alegría, encontró una piel macerada y transitada por cicatrices bermellones; el párpado era apenas una membrana de aspecto quebradizo cubriendo a intervalos un ojo blanco y nervado por sanguinolentas venas. Todo estaba deformado y árido.
El otro lado del rostro era un dechado de belleza. No hubo tanto asombro, más bien un sentimiento de tristeza lo invadió.
La chica comenzó a hablar. Le contó que en otra vida fue bella y soberbia. La vanidad dominaba todo lo que hacía. 
La belleza es una aberración contra la naturaleza porque parte del órden y la simetría. Debe ser destruida o desvanecida. Y así es; cuando la vejez y la muerte no se encargan de ella, lo hacen la envidia y la violencia. Lo bello destaca —y aunque suele ser agradable encontrarlo— su existencia incomoda eventualmente. El no poder explicarla, tenerla o conservarla llena de cólera al corazón. No pasa mucho antes de que la belleza sea desestimada o vista inexplicablemente como una amenaza. 
Tal es así que, a la chica, su belleza le jugó en contra. Un día aciago e inolvidable alguien llamó a su puerta. Sin esperar nada, una violenta llamarada le mordió el rostro. El súbito fuego le derritió la mitad de la cara. Recibió un daño irreversible e irremediable. 
Anejo al dolor físico, una incertidumbre se impuso en el alma de la chica. No había perdido toda su belleza pero la parte destrozada se imponía a ella. Nadie volvería a mirarla sin que las cicatrices fuesen todo el centro de atención. 
De ese modo su vida fue en detrimento. Se creyó aniquilada y que la única forma de conseguir la atención de los demás sería a través de la devaluación de su cuerpo y su dignidad. 
Al menos esa fue su conclusión; al vivir de la atención no podía permitirse perderla, pese a todo. Hizo para sí un simulacro de la belleza, algo no tan egregio, por supuesto, pero que le brindaba cierto consuelo.

Un día
No hay más que un remedio para el dolor. Decir cuál es sería caer en observaciones estúpidas y verdades inútiles. No hay nada peor que una verdad inútil. Y a la larga todas las verdades son inútiles. El saber no ayuda, sólo compromete y causa problemas.
Saber que la chica del cabello ébano era presa de un mal insoluble no hacía más que perjudicar su relación con ella.
Comenzó a pensar contra su voluntad. En el fondo él también tenía su vanidad. Se creyó capaz de salvarla. No se dió cuenta de que como dijo Stefan Zweig: los desesperados arrastran consigo a quienes tratan de socorrerlos. Los hombres y mujeres que tienen un peso enorme hundiéndolos no son susceptibles de recibir ayuda porque ese peso son ellos mismos; hacer cualquier cosa es atentar contra su ser.
Ese día no la buscó, era el mejor método para encontrarla, resultaba ser casi una especie de invocación. Caminó por los andenes y abordó los trenes con una convicción estoica sin otro fundamento que la esperanza. 
Hablaría con ella, se sacrificaría por devolverle el ímpetu de la vida. Quería irse lejos de todas las miradas y llevársela allá, lejos, donde ni dios pudiera inmiscuirse.
La encontró al borde del andén en posición de dar un paso al frente. Se apresuró a jalar su mano y retirarla del peligro de sí misma.
Habló. No se daba cuenta de su vana retórica y que uno no puede explicarse en términos razonables respecto a los sentimientos.
Ella pretendió alejarse pero él la detuvo. Suplicó, rogó y porfió. Deshízose en palabras. Ninguna surtió efecto porque ella siempre fue inmune.
Él desesperó. Las palabras se fueron acompañando de tirones y lágrimas suicidas. Las personas que estaban allí miraban y él quería ocultar a la chica de las miradas; su terror se acrecentaba al estar provocando lo contrario de lo que deseaba.
Ella trató de huir pero él se obstinó en detenerla. Tantos ojos mirando con insistencia lo hicieron encaminarse poco a poco hacia el borde del andén. Un lejano tren arrojó la luz de sus dos faros desde la oscuridad del túnel. 
En el trance, ella se soltó de los brazos de él y ningún intento por sostenerla tuvo un resultado diferente al que tiene intentar apresar el humo. La chica corrió sin que nadie osara detenerla. El arrebato hizo que él perdiera el equilibrio y se precipitara al vacío.
El tren pasó encima de su cuerpo casi como si fuera la suma del rencor de las miradas circundantes.

Epílogo o en los ojos ajenos
De la vista nace el amor. El problema es que los ojos engañan. La mirada no es imparcial; ve lo que quiere ver. Ojos que ven, corazón que siente. Hay que ver con ojos que no ven: es decir, ver sin los prejuicios del enamorado.
¿Qué ven las personas al rededor del hombre que lucha para salvar a la única persona que cree que lo necesita? Ellas lo miran confusas. Él mueve los brazos tratando de asir algo, pero está solo. Ellas observan sus labios hablando enmudecidos, oyen que gritan silencios para nadie. Está solo.
Los ojos ven cómo sus erráticas acciones lo van encaminando lentamente a la tragedia. Y luego ven, un segundo antes de que caiga, una nubecilla de humo profundamente negro que sale de su mano izquierda. 

martes, 10 de agosto de 2021

Fabulosa Musa o La Paja en el Agujar

No soy afecto a la autocomplacencia; esta musa tiene sus defectos y en general es más una prosa para distraerse y de distracción sobre una verdad: no supe desarrollar y explotar el potencial de la idea de La Única Mujer Buena de la Creación. Pese a todo, la conservo porque su malograda forma y cómo terminó no son culpa suya, sino sólo mía. En fin que, léase à midi, pas avant ou se réveiller.

Opinión fue de no sé qué sabio que no había en todo el mundo sino una sola mujer buena, y daba por consejo que cada uno pensase y creyese que aquella sola buena era la suya, y así viviría contento.
El ingenioso caballero Don Quijote de la Mancha / Miguel de Cervantes Saavedra

Había una vez un hombre que en el interminable desfile de la humanidad era justo el de en medio. Equidistaba lo mismo del Génesis que del Apocalipsis. Esto podría parecer algo interesante o al menos curioso, pero tal vez no lo era tanto. Y dado que el tiempo es un hilo enredado de forma inextricable —cuyas únicas partes reconocibles son los extremos—, él estaba en el centro del caos. Anulaba a la mitad de la humanidad que le antecedía y era anulado por la mitad precedente; era al mismo tiempo uno más y uno menos.
No poseía ninguna cualidad preeminente; en realidad era bastante promedio (como se hubiese esperado de su condición), mas pese a esto, y quién sabe cómo ni por qué, comenzó a desarrollar un desmedido e injustificado sentido de autoaprecio. Se vio a sí mismo como el ecuador de la raza humana.
Pensó que si al cuerpo de la humanidad se lo cortaba sagital, transversal o coronalmente, él siempre incidiría en el mismo lugar, ni más ni menos. Fue tal su manía que quiso acompañarse de todo lo que, como él, fuese único y especial.
Inconcientemente buscaba compensar la insostenible importancia que le daba a su condición. Anexaba mérito a su persona con un método mediocre pero efectivo: tener.
Tener la primera palabra de todas; tener un color jamás visto por nadie más que él; tener la esencia de la oscuridad; tener la textura de lo intangible; tener un sueño despierto; tener una conversación con el agua; tener un olvido memorable; tener la hoja de un árbol nunca germinado; tener una palabra nunca antes pronunciada...
Una envidiable colección de cosas imposibles respaldaba el valor de ser el Hombre a la Mitad de la Humanidad. De este modo juntaba más y más trastos, objetos y artefactos: el primer dolor de muelas de Adán, el último gesto de Napoleón, una pesadilla de Wilde, un poema imaginado y nunca escrito de Eliot, algo que Valery olvidó en un libro de biblioteca y cierta moneda que Borges no podía olvidar.
Habría seguido así de no ser porque una revelación llegó a su mente, que su colección perdía sentido a medida que esas cosas inopinadas y magníficas eran reunidas y seriadas. Se dió cuenta de que el ponerlas unas junto a otras las abarataba y les restaba una porción de su rareza por haberlas sacado de sus contextos. Comprendió que si quería algo a la altura de su propia rareza sólo lo conseguiría merced a algo que fuese siempre lo mismo bajo cualquier situación.
Fue entonces cuando leyendo el Quijote de Cervantes se encontró con la idea de que no existe más que una mujer buena entre toda la creación.
Una única mujer que no podía tener parangón, poseedora de una cualidad extraña e irrepetible y que sin importar el contexto y el momento, permanecería tan especial como siempre.
Y pensó, pensó largamente en aquella fabulosa criatura, en su posibilidad. Una mujer así estaría entre dragones y pegasos. Su existencia planteaba problemas serios para la humanidad. Si en efecto existía una mujer buena, significaba que el bien existía y que la ambigüedad no era más que una amigable mentira que los hombres se contaban para disculpar sus faltas. Si no era una mujer conjetural, entonces los absolutos eran posibles y había forma de cuantificarlos y medirlos; si tal mujer estuviese en algún lugar, podría ser el loto en el pantano, la paja en el agujar y hallarla no sólo sería una tarea ardua, sino dolorosa.
No se amedrentó, al menos no de inmediato. El dolor era un precio razonable por tener la oportunidad de cortejar a La Única Mujer Buena de la Creación.
Deshízose de sus posesiones, pues no eran más que vanidades evidentes que lo alejarían de su deseo. No atinó a deshacerse del germen de su vanidad, pues en principio, éste era el que estimulaba su búsqueda y desecharlo era equivalente a desechar su ambición; en cualquier caso, se dijo a sí mismo que desear a La Única Mujer Buena de la Creación no era propiamente un proyecto reprochable.
Primero buscó en las soledades; si tal mujer hipotética existía, estaría lejos de la corrupción de los hombres. Brillaría en la ausencia. Pero en las soledades no encontró más que exiliados y misántropos. Luego la buscó entre las multitudes, porque quizá una mujer así podría muy bien estar humildemente entre todos los demás mortales. Pero en las multitudes no halló más que los mismos rostros ecos unos de otros, gotas de agua diferentes hasta parecerse demasiado. Después la buscó en el fondo del mar y en la espalda del sol. Ningún lugar fue tierra fértil de bondad. No desistió; buscó en el reino de la nueva Melusina y en Lustrogg. Buscó en el espacio vacío de una copa y entre los anillos de los árboles; en el viento y el remolino.
Le preguntó a los demás hombres y estos se burlaron de su manía. Le preguntó a las otras mujeres y estas se ofendieron por su ociosidad. Y se cuestionó a sí mismo: ¿dónde podría hallar el bien? y en cualquier caso ¿qué era el bien?
Cayó en la cuenta de que no iba a encontrarla si no identificaba qué era lo que buscaba. Pero ¿cómo sabría quién era esa persona que nunca había visto antes, cómo reconocería sin conocer?
Al indagar sobre la naturaleza del bien, supo que había quienes creían que era un tanto variable, como la marea, que no dependía de sí mismo, sino de las latitudes: aquí lo que era bueno, allá era malo. Otros sostenían que el bien era inmutable y constante, como él también lo creyó; sólo que esta cualidad del bien lo podía hacer intransigente y llevar a que en su nombre se cometieran actos terribles. El bien por tanto no podía ser definido ni indefinido; tenía que estar en una categoría sin categoría, de otro modo no sería bien y a lo mucho sería, remedo, señuelo y simulacro de él.
El hombre de en Medio de la Humanidad fue dándose cuenta de que las formas y definiciones coartaban al bien; lo colocaban en posiciones idealistas imposibles y en ejecuciones fallidas que lo deformaban. Si el bien estaba en algún sitio sería lejos de las presunciones y las convenciones. Lejos de las ideas y de las palabras; y lastimosamente para él, lejos del orden y las series. Si quería reconocer sin conocer a La Única Mujer Buena de la Creación sería apostatando de su amada cualidad.
Contra todo su sentido de orden, tendría que dejar de buscar para encontrar. Al bien sólo se podía acceder si no buscaba el bien. El bien no era un fin, sino un constante medio inasible.
Y se deslindó musicalmente de su necedad. De la mañana a la noche y de la noche a la mañana. Fue en la hora indefinida que alguien lo llamó por su nombre secreto y él no respondió porque la respuesta ya estaba dicha antes de que él tuviese que pronunciarla. Reconoció a La Nunca Antes Vista...

martes, 20 de julio de 2021

Primera Musa o La Nueva Eva

A la Naturaleza no le interesa el patrimonio histórico y cultural del hombre; no le importan sus conceptos de belleza, utilidad, o necesidad. 
El hombre opone una resistencia feroz contra los elementos para preservar su herencia, resistencia que es prolongar lo inevitable; no hablemos de la motivación psicológica que orilla al ser humano a esta desesperada defensa de sus obras, centrémonos en la Naturaleza que no da tregua. No sólo las fuerzas indiferentes de los cuatro elementos, sino también la propia Naturaleza del hombre —que huelga decir que, al ser parte del mundo natural, él también es agente de la destrucción de su propio legado—, aquella que le permite frenar los avances implacables de las tormentas, también puede ayudarlo a acelerar los desastres. El caso es que eventualmente todo queda sepultado, desintegrado, diseminado o reducido a cenizas; nos vemos en la penosa faena de escribir una nueva historia sobre los escombros; mismo argumento, diferentes actores.
Así como los estratos de la tierra, las historias son palimpsestos y todo esto lo digo porque este cuento es un ejemplo no de reescritura, sino de sobreescritura: un Nuevo Génesis, diferente y semejante. 
La historia versa sobre una musa muda y la proyección del único, del último ser humano. Aunque todo se repita, no partimos de la nada, siempre hay un vestigio que determina el devenir de las cosas y que asegura la presencia de un testigo de la sucesión de los tiempos del orden y del desorden; son estos vestigios los verdaderos protagonistas de la historia de la humanidad. Las ruinas son el Alfa y el Omega; lo que para las ruinas es la muerte, para nosotros es la vida, y tenemos que vivir porque con nuestra muerte damos paso a su existencia. Esta musa es la muerte y la vida simultáneas de las ruinas, un punto que rompe el ciclo y hace del génesis el fin de todo. Léase religieusement, comme une prière.

y de la costilla que del hombre tomara, formó Yahvéh Dios a la mujer, y se la presentó al hombre.
Génesis 2:22

No hay nubes en el cielo. Nunca he visto una nube, aunque sé de ellas gracias a los libros. Tampoco he visto un mar que no sea negro, ni una tierra que no esté confusa y vacía; ni sé de luces ni tinieblas, porque desde siempre estuve en la suma de ambas, igual que vivo en la mezcla de la tierra y del agua. No hay vergel alguno, sólo un árbol de acero que concatena todas las especies que crecieron antes de la comunión de la tierra y el cielo. Ni que decir de la ausencia de benignos astros luminares y de días y estaciones; sólo hay fuegos errantes cruzando las alturas que parecen tener la intención de dejarme ciego. Un vestiglo sombrío que nada y vuela es el otro único ser vivo que sobrevivió al fin de todo, es estéril y sospecho que inmortal, pues está aquí desde antes de que yo naciera y se forma en la inacabable ringlera de los peligros que me acechan. Todo a mi al rededor es potencialmente deletéreo. No hay días de reposo ni de sosiego. 
Nací de una madre que no llegué a conocer y de un padre que dió su aliento para mantenerme con vida. De ella no me queda nada y de él tengo sólo una multitud de palabras que nombran cosas que ya no existen.
Paso mi tiempo pensando en el mundo que los libros describen y enumerando todo lo que no conozco: ríos y lluvia; trabajo y ocio; ciudades y catervas; noches y días. Y comparo todas esas cosas plurales con la singularidad del mundo que habito.
Como dije, no sé quién es mi madre y por tanto no sé qué es una mujer. La voz de los muertos la pinta similar a mí, pero ni yo mismo sé a qué o quién me parezco. ¿Cómo puedo saber lo que es otro ser parecido a mí siendo tan ignorante de mi propia identidad? De hecho, no tengo nombre, porque nunca hubo menester de uno. Es irónico que me pueda diferenciar perfectamente de todo lo que me rodea pero que, al mismo tiempo no pueda atinar a decir qué, cómo y quién soy.
Anhelo lo desconocido, por eso me ocupo afanosamente de los libros. Y aunque están llenos de tanta nada, me orientan sobre algunas cuestiones prácticas de lo que es ser un hombre. Por ello estoy decidido a tener algo de ese antiguo mundo; y aunque buscar la aurora o alguna bestia amigable son proyectos tentadores, me gustaría conseguir, antes que nada, una mujer; un ser semejante a mí que pueda decirme quién soy yo.
Muchos libros afirman que de la mujer vienen los hombres y otras mujeres; se supone que toda la humanidad comparte ese origen y bajo esta premisa, mi intención de conseguir una mujer se ve anulada. Otros libros —los menos— postulan la idea contraria: que del hombre puede provenir la mujer. Uno incluso habla sobre cierta operación quirúrgica con la que se puede extraer material genético del cuerpo del hombre y crear una mujer a partir de él.
Una mujer a mi imagen es todo a cuanto puedo aspirar porque el espejo, aunque me devuelve la impresión de lo que soy, no habla. Desconfío de todo lo que no habla. Me parece que el silencio miente y mi reflejo también. Una mujer a mi semejanza podría clarificarlo todo.
¿Pero de qué parte de mí debería estar formada? No puedo elegir así como así, tiene que ser de una porción especial de mi cuerpo; nada indigno como mis manos o mi corazón. Me gustaría usar mi cerebro, pero el riesgo es demasiado alto. Podrían ser mis ojos... pero no, son proclives a engañarme.
Hacerla de mi piel me daría como resultado una mujer áspera y, hacerla de mis visceras, una mujer frágil. Siento que no hay materia útil, porque por más que repaso el catálogo de las partes de mi cuerpo, cada elemento es defectuoso de alguna forma.
Creo que debo hacerla de aquello que involucra a mi voz y a mi aliento; son las cosas más honestas que poseo y quiero que ella tenga eso ante todo.
Para la operación debería estar en un profundo sopor, pero no hay quien la practique por mí, así que abro mi cuerpo mientras estoy despierto y tomo parte de mi costado, del aire que respiro y de mis cuerdas vocales para hacer buenos nudos que sujeten su alma a su cuerpo.
Con cuidado cierro la incisión y me ayudo de analgésicos para paliar el dolor; al parecer dar vida siempre implica sufrir por ello.
Mis células van germinando en un cuerpo que de ninguna forma se parece al mío. Salvo por los cabos: manos, pies y cabeza, el centro es diferente; otra distribución de la carne, otra proporción del pecho. Ante la diferencia me consuelo al verla respirar, porque es un indicio de que podría hablar y hablando, decirme lo que tanto quiero saber.
Su rostro no es aquel falaz reflejo que veo en el espejo, es un poco más pequeño que el mío y sus rasgos tienen curvas y perfiles suaves que contrastan con lo que soy yo. Su piel es más clara que la mía, como lo es su cabello; en muchos sentidos parece un ser más acabado que yo, como si a mi cuerpo le hubiesen quitado todas sus imperfecciones.
El tenerla de contraste me va mostrando detalles superficiales de mi identidad: Somos correspondientes y estamos incompletos; ¿será que puedo cerrar el circuito de su existencia y ella el mío? Somos contrarios en algún sentido; ¿podré entenderme con un opuesto, yo que siempre estuve en singular? Somos únicos y plurales.
Ella despierta y no habla. Trato de darme a entender y explicarle lo que soy, lo que es ella, cuanto sucede y donde estamos. No tiene vida en sus ojos. Ella no soy yo, yo no soy yo.
Vivimos un día que nunca termina y las palabras que le digo se quedan suspensas en nuestra atmósfera, inundándolo todo. Temo que ella no pueda decirme nada sobre mí; temo también que ella esté en la misma situación que yo; que no comprenda quién es y que por lo tanto, no pueda ayudarme a descubrir quién soy. 
Como dicen los libros: un ciego guiando a otro ciego, el diálogo idiota entre un sordo y un mudo, la certeza de que uno nunca llega a comprender nada del todo...

miércoles, 3 de marzo de 2021

M(i) Ú(ltima) S(aeta), A(cteón)

Fantasía, ficción y fantasma de tema teriantrópico (𓃦) (ꃕ); hablo de geometrías contrarias que se corresponden o tal vez las famosas asíntotas —oblicuas—. Musa imposible que, por supuesto, inspira hasta la metamorfosis y la pérdida del principio porque a los ojos del amor, la luna y el sol jamás aparecen juntos en la plenitud de su esplendor, el cielo tiene espacio para una presencia a la vez; hace pensar en lo limitados que son los sentidos. Cupido ha dejado el cuento —y lo sigue dejando—. Por otro lado; reescribo un pecado de hybris: para ser el mejor cazador hace falta no poder cazar aunque sea una sóla presa, la excepción que amplia la regla, es paradoja (hasta al mejor se le va una presa viva).  En fin, léase como un instructivo de lo que no se debe hacer, aunque sin el compromiso de ponerlo en práctica.

Para Disis, la última hora del día y la primera de la noche; porque ella es el beso que el sol le da a la luna.

El hermano Theodor terminó su triste historia sobre una bella joven condenada a la maldición del cisne, que canta una sóla vez en toda su vida; entonces, todos los presentes quedamos un tanto melancólicos y cada cual sumido en sus taciturnos pensamientos. Esto no duró mucho pues, la tertulia nocturna no tardó en reanimarse una vez más cuando alguien avivó el fuego que lucía como una joya de fantasía.
Esa noche el club Serapio estaba bastante concurrido; se había dado libre acceso a la tertulia.
Luego otro tomó la palabra y comenzó a fanfarronear sobre una impresionante aventura que vivió en su juventud; escuchamos con actitud sardónica al darnos cuenta que nuestro descocido orador era víctima de todo lo que había bebido; el pícaro, con la copa de Bohemia en mano, fue reparando en que se estaba convirtiendo en un bufón; dejó su historia a medias y nos desafió a contar una aventura mejor que la suya. Su cómica indignación de beodo se tornó pronto en altivez cuando permanecimos en silencio; nos cohibía la idea de hacer el ridículo como nuestro compañero. De pronto, desde las sombras, una voz que parecía carecer de eco, exclamó: Yo contaré de cuando fui un animal silvestre, y les aseguro que más extraña y fantástica aventura no oirán jamás de ser humano alguno. Las murmuraciones no se hicieron esperar, cruzamos miradas de curiosidad; me pareció que nadie conocía al extraño y que cada cual podía suponer que era amigo de cualquiera de nosotros. El hermano Theodor celebró la idea de escuchar una historia tan particular y nuestro peroratador vió los restos de su orgullo ser pisoteados por el entusiasmo general que se había suscitado.
El extraño avanzó hacia el centro de la estancia y la luz del fuego nos descubrió una figura alta y estilizada; las prendas que vestía parecían responder al resplandor naranja y daban la impresión de ser el pelaje de un inopinado zorro, iluminado por el atardecer. En ese momento noté que no había escuchado los pasos que dió entre el tramo que hizo desde las sombras hasta la vista de todos; y estoy seguro que ni aún el hermano Theodor, diestro músico, oyó nada. El extraño se aclaró la voz y miró un segundo en derredor, como buscando en el medio las palabras exactas para iniciar su relato. No creo exagerar al decir que su presencia elegante y su porte misterioso nos hipnotizaron desde el primer momento.
«—Deben saber, antes que nada, mis amigos —nos dijo con voz seca, como si sus palabras no fuesen a reberverar en el aire— que me llamo Actéon Renard y desde joven me ejercité en el noble arte de la caza. Mi familia poseía una cabaña en la campiña donde pasábamos del invierno a la primavera. Así que, mi padre me llevaba a cazar ciervos en diciembre, y perdices y liebres en abril. El andar por los bosques, el monte y el valle, abriéndome paso entre los arbustos y las ramas bajas, con la atención bien despierta para detectar los rastros y la presencia de los animales, templó mi espíritu y pronto me vi convertido en un diestro cazador. No había animal que pudiese escapar de mí; ni en el cielo, ni en la tierra, y aún en la pesca supe destacarme. Cumplí los 20 años con la reputación de haber cazado prácticamente todas las especies que la campiña podía ofrecer. O al menos eso creía, hasta que en una ocasión, vagando por la pradera en busca de un faisán, me detuve un momento para tomar una merienda frugal. Estaba recostado en la yerba amarilla que preludia al verano, miraba al cielo buscándole formas sugerentes a las nubes cuando me sentí observado. ¿Saben, mis amigos, que el cazador desarrolla una especie de sexto sentido; la conciencia de la naturaleza como una extensión de su propio cuerpo? Ningún buen cazador se puede jactar de serlo si el suelo bajo sus pies no es su propia piel sin solución de continuidad y el aire circundante su oído externo. Me moví muy lento, un músculo a la vez y con la respiración contenida para ergirme lo suficiente y poder divisar a mi espía. Mis ojos se cruzaron con una flama que andaba sigilosamente por los pastos altos, respetando cada filamento que cedía a su paso y volvía a su lugar después; los modos de víbora de aquel animal me produjeron una onda impresión; se acercaba sin pudor y en silencio o, mejor dicho, imitando el sonido de la yerba movida por la suave brisa. Para ser osado, es preciso ser astuto: la osadía sin astucia es estupidez, y éste animal tenía que ser muy perspicaz como para acercarse a mí sin el menor asomo de temor o duda; y es que, les digo, mis amigos, que el cazador tiene un alma pesada; es un centro de gravedad que antes de encontrar siquiera a la presa, ya la está capturando con esta fuerza de atracción; el animal, víctima del arrastre mortal, sabe que debe escapar, pero a medida que el cazador se acerca, el magnetismo se potencia y la fatalidad lo alcanza. Ésta criatura sin miedo, que serpenteaba hacia mí, parecía anunciarme que sabía sobre mi poder y que era inmune a él. Tendí mis manos en dirección al arco, porque el cazador se encomienda primero a Panoptes, cuando acecha a la presa y luego a Briareo, para actuar con celeridad y aprovechar todas las oportunidades que el animal ofrece. No bien había apuntado mi mortal saeta en su dirección, lo perdí de vista por completo. ¡Me burló, en toda la extensión de la palabra! La cólera se apoderó de mí seguida por la vergüenza; ¡en mis narices y a una distancia imposible de fallar el tiro!: un zorro me había eludido y yo no cabía en mi asombro. 
»Así fue cómo comenzó mi obsesión por ese animal. La última semana que permanecí en la campiña, antes del fin de la primavera, me obstiné en cazar al zorro. Y fracasé en cada oportunidad que tuve desde nuestro primer encuentro. Ese zorro era el ser más esquivo del que jamás se haya hablado. Nunca lo ví por completo, siempre que lo percibía y lo buscaba con la mirada, me encontraba con trazos de su cuerpo: una pata que parecía hacerse humo entre los claros del bosque; su desdibujado hocico que se confundía con las pardas y oscuras hojas de los helechos; sus tenues orejas que desaparecían y aparecían entre las rocas; y, por sobre todo, su maldita cola que era una vibrante flama, o un fuego de San Telmo terrestre... cada vez que estaba en su presencia y a punto de lanzar una tanda furiosa de flechas contra él, lo perdía de vista. Volvía a casa de mal humor y avergonzado, sin ningún trofeo, porque pasaba toda la jornada tras lo que parecía ser un espíritu y de ningún modo el inocente zorro que había supuesto la primera vez que lo vi. Mi mente embriagada por su elusividad buscaba explicarse cómo era capaz de burlarme en cada encuentro. Llegué a creer, por ejemplo, que no era un ser natural, que en vista de mi poder de peligroso cazador, el zorro se fraccionaba y andaba entre los setos hecho pedazos, engañándome con su presencia parcial en donde lo buscaba, sabiéndose omnipresente; también albergué la idea de que el zorro era un hijo del relámpago, que en el tiempo que me tomaba poner a punto mi arco —que modestia a parte es muy poco, menos que un parpadeo— él ya le había dado tres vueltas al bosque. Sólo así podía concebir que él lograra salir indemne en cada encuentro. El verano que siguió a esos últimos días de frustración fue una tregua necesaria, el zorro se alzó con algunas victorias, pero la guerra recién estaba por comenzar. Pase los cálidos meses de agosto y septiembre pensando en mil estratagemas para atraparlo; no podía pedir ayuda, hubiese sido admitir mi derrota, tenía que cazarlo sin ninguna intervención para que mi victoria final fuese limpia, lo suficiente para lavar mi honor. Por esa misma razón descarté la idea de usar cepos y cebos, una presa tan sublime como el zorro no podía caer con esos ardides tan groseros; él me burló con elegancia y como tal, yo debía matarlo en un encuentro ínclito. Poco a poco, mi corazón se hizo a la idea de que la caza del zorro sería mi consagración. Incluso soñaba que después de una persecución sin precedentes, lo arrinconaba entre un obstáculo y mi arco guiado por los rayos del sol; en mis fantasías, lo hería con la última y sacra flecha de mi aljaba y de su herida no brotaba ni una gota de sangre, que así, el zorro ascendía hasta las estrellas y era catasterizado con todo y la mortal saeta que lo había ultimado».
La concurrencia permaneció tensa cuando Acteón se detuvo un momento y entornó los ojos en dirección al fuego que el hermano Theodor había avivado; me di cuenta que la súbita flama crecida en su presencia le estaba recordando la cola del zorro, en verdad que el hombre parecía dominado por el influjo feral de aquel idílico animal. Su mirada pareció leer en las lenguas ígneas los detalles secretos de su aventura y no bien el fuego se tranquilizó, Acteón prosiguió su relato:
«—La caza del zorro constituiría el éxito o el fracaso de mi vida; fui imaginando las dos posibilidades que podrían resultar de conseguir mi cometido o de fracasar: si triunfaba, me liberaría de la enfermiza necesidad de asolar al zorro, la mácula en mi alma se borraría, y en su lugar quedaría un resplandor naranja que por siempre me acompañaría como trofeo de mi hazaña; pero si el zorro volvía a escapárseme, aceptaría mi derrota, claudicaría y nunca más una flecha tocaría mis manos; aún más, la sombra del animal se extendería para siempre sobre mi vida. Oscilaba entre el entusiasmo y la desesperación: y la idea de la victoria se fue imponiendo como un imperativo para mi existencia; pero, ¿cómo vencerlo? Analizaba nuestros encuentros: él carecían, en principio, del miedo de la presa. Cazar otros animales es fácil cuando estos sucumben al terror primario al que los orilla su instinto de preservación; corren en línea recta porque en su frenesí sienten que esta es la mejor forma de salvarse, pero no se dan cuenta que trazan un camino entre ellos y el cazador, que la flecha vuela sin óbice por esta senda invisible. Sin embargo, el zorro anda errático, goza de la libertad de no trazar caminos a su paso, y lo único que lo persigue es su propia sombra, que además lo protege. Cuántas veces mis proyectiles impactaron contra aquella sombra, quedándose estériles sobre la tierra o clavados en el tronco de un árbol. El zorro, mis amigos, es la personificación de inteligencia en la fauna y también la presencia de la tarde perpetua en la naturaleza. El zorro está siempre a punto de anochecer, su color nos dice que tiene la energía del día y el conticinio de la noche. Tenía que buscar la manera de separarlo de su poder, de atraparlo en un tiempo donde ni su energía diurna ni su astucia nocturna le valieran para sobrevivirme. Y, escuchen bien, el único procedimiento que prevalecía en mi mente era: combatir fuego contra fuego, ganarle de su juego. Ningún arquero legendario hubiera asestado su venablo contra él: ni Artemisa, ni Apolo, ni París. La precisión nada puede hacer contra el andar etéreo y fragmentario del zorro; la respuesta para estos cazadores hubiese sido quemar el bosque entero y la pradera toda por una presa, pues el zorro estaba detrás de cada helecho, en cada copa y hasta en la última madriguera. No, debía buscar el modo de cazar al zorro sin cazarlo, de hacer que mi anhelo por él se tornara en desdén, como el que él mismo me tenía. Es una empresa complicada aspirar a algo sin hacer nada concreto para conseguirlo. No hablo de esperar sentado una obra del destino, sino de tirar al blanco con los ojos vendados y la convicción de asestarle. ¿Pero cómo podría ser posible acertar, quién tendría una puntería tan inconstante en la trayectoria como el zorro en su andar, pero con la seguridad de siempre llegar a su destino? Sé lo que están pensando, mis amigos, porque yo también llegué a la misma conclusión: Cupido, un arquero lo suficientemente desinteresado en la presa pero con la prodigiosa habilidad de nunca fallar, ni aún con la intensión de hacerlo. Cegado por mi odio hacia el zorro, me uní en secreto al culto de Cupido; sabía que éste no atendía las súplicas de nadie, ni aún a los dioses les prestaba favor, pero yo no buscaba su poder sobre el corazón; quería aprender el secreto de su puntería. ¿Qué influjo ponía en cada tiro para que la flecha volara por los aires cambiando líneas rectas por curvas o por impensados ángulos, dejando veredas laberínticas trás de sí, trazos de caos que conectaban A con B sin fijarse en la economía de los tramos recorridos? El invierno se acercaba y yo seguía sin descubrir el arte de Cupido. Iba a su templo con el alma llena de devoción, volvía de él sin dejar que mi fe menguara. Y una tarde, regresando a casa, se rompió por fin uno de los hilos que sujetaban mi destino. A una orilla del camino estaba un joven arquero haciendo tiros con los ojos vendados: sus flechas salían disparadas con notables márgenes de error y sin embargo se clavaban pulcramente en el centro de la diana que estaba a buena distancia de él. No tardé en darme cuenta que cada proyectil tenía las características acústicas del relámpago, que golpea su blanco y luego suena su impacto: sus dardos hacían silencio y el sonido de su disparo quedaba tras de ellos como la sombra queda detrás cuando andamos a contra luz. Desde aquel día aciago en que vi al zorro, nada me había vuelto a impresionar tanto. Me quedé por mucho tiempo, observando su técnica; jamás repetía los tiros en sí, y uno podría decir que cada disparo tenía el aspecto de ser siempre el primero que el arquero hacía en toda su vida. Estaba tan concentrado que no me di cuenta de que la tarde se había prolongado y que la noche parecía no llegar nunca. Me acerqué por fin y le hablé en estos términos:
«—¡Vaya hazaña! Estoy aquí desde hace largo rato, vi cada tiro que hiciste y no has fallado ni uno sólo, ni cuando parecía que el viento amenazaba con desviar tus saetas...»
«El joven arquero se descubrió los ojos, eran claros y casi tenues, como los de un niño. Tenía un gesto caprichoso que parecía ser su única expresión; miro alternativamente la diana y sus manos, para decirme después, con aire burlón»:
«—No es que yo sea muy diestro con el arco, pasa que mi objetivo coopera bastante bien en no moverse.
«—Yo pienso que ni aunque la diana tuviera alas se escaparía de ti.
«El halago pareció gustarle, pero trató de disimularlo poniendo el vendaje sobre sus ojos, lanzó una veloz flecha que fue a partir en dos a la que estaba más lejos del centro, era un truco con la intensión de disminuir mi impresión general sobre su competencia con el arco, pero al mismo tiempo sucumbió a la tentación de lucirse de todas formas».
«—Uno diría que has tirado toda tu vida, pero eres casi un niño —mis palabras hicieron su efecto, pues respondió con algo de irritación:
«—El talento a veces está sobre la experiencia, en verdad que he dejado en ridículo a un par de arqueros de plata, cuyo único mérito es cazar torpes serpientes o causar muertes súbitas. Yo no mato en sí a mis presas, por lo que no se me puede llamar cazador, pero no hay ser que pueda eludir mis saetas —la última oración me confirmó que estaba en presencia del arquero supremo. Me sentí al borde del colapso, pero debía moderar mi emoción. Sabía que no podía pedirle nada, que ningúna razón le parecería valida».
«—No despreciaría la experiencia así, de buenas a primeras... —me cortó la frase.
«—La experiencia es para los que tienen la capacidad de equivocarse, nunca he fallado un sólo tiro: a mis flechas las guía el destino, cada una tiene marcado su objetivo antes de haber sido incluso puesta en mi aljaba o en mi carcaj —miré a sus pies y vi en efecto dos contenedores con bastantes flechas asomando por sus bocas. No había imaginado que Cupido cargara con una munición tan nutrida».
«Me acerqué a mirar su equipo y le pedí que realizara otro tiro como el anterior, para ver si podía repetirlo. Mientras se volvía a poner la venda sobre los ojos, me agaché con mucho cuidado y tomé una flecha de su aljaba; era muy ligera, tanto que me pareció que incluso se podría disparar sin necesidad de un arco, la puse entre mis ropas, protegiéndome bien de su punta. Cupido repitió el tiro y lo celebré debidamente, cosa que pareció devolverle el buen humor. Se sentó en el pasto, dispuesto a cesar con su entretenimiento y me despedí cortésmente de él. No me prestó gran atención y aproveché su indiferencia para alejarme sin demora. Al llegar a casa, puse la flecha sobre mi mesa de trabajo y la estudié a detalle; era una jara de hechura inmejorable, muy parecida a una aguja. A lo largo del astil había un nombre grabado, así que tomé una lija y en poco tiempo lo hice desaparecer. Tenía en mis manos el poder de un tiro perfecto. Según las palabras de Cupido, cada flecha ya estaba clavada en su objetivo a priori y el nombre grabado en ellas parecía ser lo que las ligaba de forma irrefutable a cada presa. Bastaría con nombrar al zorro y grabar su nombre en la flecha, hecho esto, el destino del zorro estaría sellado. No podía saberlo, mis amigos... la fatalidad que quería imponerle al animal, en realidad iba a imponérmela a mi mismo. Quiero decir, es obvio que uno no burla a los dioses sin una consecuencia imprevista y terrible; pero las verdades que derivan del sentido común son —irónicamente— poco comunes. Me faltó darme cuenta que las flechas de Cupido tienen dos poderes diferentes: provocar el amor o el desprecio y el olvido».
Acteón hizo una pausa para beber de la copa de la Bohemia que había llegado a sus manos. Cuando la bajó frente a él, vi en el ambarino color del ponche el reflejo imposible de nuestro hombre: el liquido no dibujaba el rostro humano del cazador; más bien devolvía la imágen de un zorro, y aún a pesar de lo turbio de la bebida, el color naranja rojizo de su pelaje brillaba como fuegos occiduos. La incredulidad se apoderó de mí. Me restregué los ojos sintiéndome víctima del sugestivo relato de Acteón o quizá del sopor por lo avanzado de la hora. La copa siguió circulando y el narrador retomó la palabra con animación, cosa que distrajo mi atención de lo que acababa de ver.
«—El invierno llegó. La mejor estación para la caza del zorro, pues su color lo delata fácilmente sobre la nieve y, además, su pelaje está en el apogeo de su belleza. Debido a que el alimento escasea, el zorro se ve obligado a incursiones más arriesgadas para procurarse sustento. Por otro lado, el frío inclemente se vuelve secuaz involuntario del cazador; primero, manteniéndolo alerta; segundo, silenciando a la fauna y la flora; y tercero, guardando por más tiempo las improntas y rastros de los animales. Todo parecía alinearse para coronar mi triunfo definitivo; la larga y tortuosa espera de dos estaciones iba a reducirse a un segundo de eternidad donde todo mi cuerpo se depositaría en el vuelo esperanzado de mi deseo convertido en proyectil. Pasé los primeros días estudiando el terreno, que aunque uno podría pensar que conocía bien, cambia radicalmente con cada día que pasa; debía esperar las primeras heladas que inmovilizan a la naturaleza y por tanto lentifican las transformaciones. Por fin, una madrugada me levanté rodeado del relente que es signo inequívoco del invierno deteniendo el paso del tiempo. Todas las fuerzas estaban a mi favor y di el primer paso en falso sin saberlo: me envanecí; ¡ay, verdaderamente, amigos! La cuerda que estaba por tensar no era la de mi arco, sino la de mi frágil existencia a la que con mis actos insensatos había llevado a un punto donde cualquier cosa podía suceder».
Las últimas palabras de Acteón me hicieron estremecer, recordé espontáneamente su reflejo animal. Y pregunté al compañero que estaba sentado junto a mi si conocía al señor Renard, mi momentáneo interlocutor negó cualquier relación con él y agregó que la red de murmuraciones tendida por los asistentes le había hecho saber que nadie lo conocía previamente. Su presencia se me antojó de mal agüero, pero sin nada más que conjeturas, no podía detener su discurso de buenas a primeras para interrogarlo, tuve que guardarme mis intrigas.
«—Al clarear el amanecer, salí de casa y me adentré entre la nieve hacia el principio del bosque. En el camino ensayé mentalmente el tiro divino que le pondría fin a la persecución más distendida de mi vida. La tarde me sorprendió, pero el albor dominaba todos los rincones de esa fracción del mundo; por mi mente pasó la ridícula idea de que la naturaleza estaba arreglada para sus nupcias y que yo iba a convertir el evento en funeral. En mi aljaba cargaba a la muerte... tonto de mí que no supe ver que del odio al amor hay un paso y que la muerte se confunde muy fácil con ese mismo sentimiento. Caminaba por el sotobosque cuando una flama refulgente pasó entre las matas sin incinerarlas. El añorado zorro danzaba para provocarme: saltaba de la copa de un árbol a otra, veía ora sus rápidas patas, ora su lomo tapiz de brazas. Me dió la impresión de que evitaba volver a pasar por el mismo sitio dos veces, así fue como me hizo seguirlo hasta la parte más tupida de nieve y naturaleza. El momento había llegado; puse una venda sobre mis ojos y saqué la flecha que tenía grabado el nombre con el que lo bauticé: Ocaso. Mi corazón se detuvo unos instantes para colaborar con el silencio mientras tensaba el arco; logré escuchar las livianas pisadas de Ocaso y apenas se detuvo, disparé la flecha de Cupido; sentí cómo la cuerda se rompió y la tensión me daba un fuerte latigazo, equivalente de todo el poder que había impreso en ese tiro, toleré el escozor, pero no sé cómo fue que no pude contener un tonto estornudo que fue seguido por el grito de una mujer. Me descubrí rápidamente los ojos, todo apareció oscurecido, y el batir de unas alas me sobresaltó; pude ver apenas cómo, lo que me pareció era, una lechuza se alejaba entre las copas de los árboles. Cuando me acostumbré a la noche y el reflejo de la luz de luna irideció sobre la nieve, descubrí a una pálida mujer tendida con mi saeta clavada en el brazo; corrí hacia ella para tratar de auxiliarla pero a medida que me acercaba sentía que mi cuerpo se inclinaba hacia delante, como si fuese a tropezar; fue entonces cuando reparé en que mi rostro estaba a pocos centímetros del piso. La mujer me dirigió una mirada cargada de furia y gritó: «¡Fuera de aquí, largo estúpido animal! ¡Aléjate!». A pesar de la herida en su brazo, se las arregló para patalear con desesperación. Cuando me eché hacia atrás para esquivarla, me di cuenta por fin de que estaba sobre mis cuatro extremidades como un animal, y bastó más que una mirada de reojo a mis flancos para comprobar que de mi forma humana no quedaba nada ya y que en su lugar, mi cuerpo era el de un exótico zorro. Traté de articular cualquier palabra, pero de mi garganta sólo salieron atropellados ruidos ininteligibles, desistí al momento de cualquier tentativa de comunicación. La mujer siguió gritando desaforadamente, no tanto producto del dolor de la herida hecha por la saeta, su naturaleza era casi inofensiva, sino más bien por mi presencia. Yo no sabía qué hacer, estaba turbado y aunque trataba de procesar con celeridad mi situación, el verme convertido en el animal que más detestaba no era precisamente el estado propicio para pensar con claridad. Seguí inmóvil y la mujer cansada de mí, decidió ocuparse del verdadero problema que la aquejaba; miró el venablo y al tentarlo debió haber notado su ligereza, además de que no se había clavado muy profundo en su carne; cerró los ojos y sacó la flecha como quien se extrae una astilla del dedo. Me arrojó la flecha, con la intensión de ahuyentarme, pero yo estaba tan pasmado que no tuvo el menor efecto. Se levantó por fin y caminó pesadamente en dirección opuesta de donde yo me encontraba. La perspectiva de permanecer solo en mi extraño estado me hizo seguirla con prudencial distancia; no tardamos en llegar a una cabaña que yo había visto en otras ocasiones, pero a la que nunca puse especial atención. La mujer entró y pronto se iluminaron las ventanas. Yo estaba como tonto entre la nieve mientras una ventisca se cernía sobre mí. Tantos acontecimientos me dejaron agotado y me guarecí a la sombra de una de las ventanas; sentado sobre el alféizar miraba con anhelo el cálido interior de la cabaña. La mujer iba y venía buscando los enseres necesarios para tratar su herida. Soltaba alguna maldición de vez en cuando. Una vez acabada su precaria atención médica, miró por la ventana; al verme allí estuvo a punto de reemprender con las maldiciones, pero no lo hizo. Me contempló con curiosidad y yo trataba de mirarla con la intensión de hacerme comprender sin palabras. Por primera vez en mi vida sentía la pena de no poder expresarme más que tácitamente. Insistió en ahuyentarme, pero esta vez lo hizo sin la misma energía. Luego fingió desinterés y se puso a preparar la cena; imagino que supuso que si me ignoraba, me iría. Pero permanecí allí; ella no sabía que yo no tenía lugar a donde ir. Un par de horas pasaron y comencé a sufrir por la intemperie y el hambre. La mujer iba y venía, ocupándose de tareas cotidianas, de vez en vez miraba de soslayo hacia la ventana donde yo temblaba de frío. La noche alta se conjugaba con una baja temperatura que atería mi cuerpo; por mi mente cruzó la certeza de la muerte que desterré con otros pensamientos: en primera instancia, ¿me había convertido en un zorro o, simplemente, mi conciencia había ocupado el cuerpo de Ocaso?, ¿La flecha de Cupido no pudo herir al zorro porque ni aún borrando el nombre de a quien estaba destinada se podía cambiar su objetivo o porque con el giro de los acontecimientos el zorro eludió una vez más mi venablo?, y en cualquier caso, ¿quién era esta mujer y qué hacia en el centro del bosque? Nada tenía sentido y divagando sobre estas posibilidades, sucumbí al sueño, que en realidad confundí con la muerte alcanzándome. La nueva luz del amanecer sobre mi rostro me devolvió la conciencia. Estaba acurrucado en un sesto frente a la generosa flama de la chimenea, miré mi cuerpo de zorro sólo para comprobar que mi realidad inmediata no había cambiado. Un estremecimiento acompañó al impacto de las cosas sobre mis sentidos animales: los aromas, los sonidos, los colores, todo tenía una intensidad aplastante. De repente, la abemolada voz de la mujer me llegó con una nitidez tal que sentí que estaba dentro de mi cabeza y no detrás de mí, a un par de pasos. No logré entender sus primeras palabras pero con el resto me recriminaba por haber recibido una flecha en mi lugar. Al darme la vuelta para mirarla, me encontré con una bella joven, en medio de una habitación que se antojaba estrecha, pero que contenía tantas cosas que mi noción del espacio se contrariaba; quise atribuir el fenómeno a mi nueva dimensión disminuída de zorro. La desconocida me dirigió una sonrisa y acercó algo de carne seca a mi sesto; el apetito despertó una inopinada rapacidad en mí y contrario a la sobriedad que me hubiera gustado mostrar, devoré todo con apremio. Sin duda presentaba una estampa cómica, porque ella se burló de mi brusquedad. La impotencia de no poder decirle nada, ni de disgusto o agradecimiento me produjo melancolía. Pasé el día entero allí, inmóvil, estudiando lo que podía depararme el porvenir; no sabía si mi estado era permanente o temporal, tampoco si yo podía hacer algo para revertirlo. Una nueva noche nos abrazó y luego al siguiente día me animé a salir del sesto, mientras mi inopinada benefactora se había ausentado. Exploré la habitación: los muebles viejos y limpios me decían que no hacía mucho tiempo que ella vivía allí y todo adoptaba un orden de madriguera en lugar de casa. Ella me encontró hurgando bajo la cama cuando volvió, traía un grueso paquete de leña que pronto ardió y cumplió el doble propósito de cocer los alimentos y brindar calor al hogar. Los días transcurrieron con la pereza impuesta por el invierno; me fui adaptando poco a poco a ella, de modo que sin habérmelo dicho explícitamente, estaba dispuesto a vivir así el resto de mis días. Me olvidé de Cupido, de Ocaso y de mi existencia humana. Hasta que una nueva afrenta de mi destino roto avivó la fatalidad que aún estaba reservándose. Una mañana salimos de casa para dar un paseo, mi compañera, que resultó llamarse Hamara, me cargaba entre sus brazos, después de un tramo salté sobre la nieve; íbamos caminando en círculos sin ganas de llegar a ningún lugar o de seguir ritmo alguno. Esa linda desorientación de hoja al viento comenzó a atraerme y me llevó hacia el centro del bosque. Hamara reconoció el lugar de inmediato y se detuvo antes de poner un pie en las sombras tupidas de los árboles, pero yo era presa de una fuerza indescriptible, seguí como envuelto por remolinos, hasta que estuve con la flecha de Cupido frente a mí. Al otearla y apenas rozar su gélida inmovilidad mi vista comenzó a distanciarse del piso; acababa de recuperar mi altura y, no sólo eso, mi cuerpo adoptó involuntariamente la postura de tirar una flecha, sentí en mis restituídas manos el arco y la tensión de su cuerda, luego la tela del vendaje sobre mis ojos, y por último la flecha maldita. Todo había vuelto a ser tal y como fue antes del disparo que me condenó. Respiré ondamente y bajé mi arma, temía herir a Hamara. Descubiertos mis ojos, la busqué, la llamé, pero ella no respondió, no la encontré. Un nuevo batir de alas provocó un aironazo y me quedé solo en medio de la tarde».
Acteón quedó mudo y nosotros no supimos si era prudente hablar. El hermano Theodor celebró la historia y con ese aliciente, seguimos su ejemplo. La tertulia se reanimó, pero esta vez cada quien tomó el cause de conversaciones privadas; me acerqué a Renard y le dije que su historia sin duda me había conmocionado, luego le pregunté que qué hacía entre nosotros, puesto que ni yo ni nadie en la habitación lo conocía realmente. Esto fue lo que me respondió:
—Voy de comarca en comarca en busca de una presa peor que el zorro. Está donde los hombres y las mujeres son jóvenes y la flor de la edad los empuja hacia el fruto... lo persigo por tres estaciones, pero debo volver en la cuarta al encuentro de Hamara. Retorno al centro oscuro de aquel bosque donde disparo la flecha que me transforma en zorro y a Hamara en humana, repetimos los días que hemos vivido infinidad de veces hasta que un nuevo magnetismo me atrae al bosque y los papeles entre Hamara y yo se invierten. De no cumplir con rigor este rito, tengo la sensación de que ambos quedaremos atrapados en las formas que no deseamos, aunque en el fondo ya no somos ni totalmente humanos, ni totalmente animales; vivo inconcluso, porque en todo este tiempo he aprendido a amar y adorar a Hamara, pero siendo animal, mis deseos humanos no llegan a ningún sitio, y siendo hombre, el estado de Hamara es incompatible con el mío. Sólo Cupido puede reparar esto, pero por más que lo busco, jamás lo encuentro a tiempo.

5. En torno a creación y tradición

Me gusta pensar que mi identidad es como un cielo nocturno, con una serie de estrellas componiendo constelaciones que representan todas esas...