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lunes, 22 de mayo de 2023

Lecturas imposibles: Dissertation simply upon the word Tristram [Disertación acerca de la palabra Tristram]

Melancholy dissyllable of sound!
The life and opinions of Tristram Shandy, gentleman. I, XIX.

Estoy tumbado en mi sofá divagando sobre mi nombre. La extraña palabra donde se supone que debo caber con todo y mi identidad. No es un pensamiento gratuito, sucede que tengo a la vista la Disertación... de Walter Shandy, un pequeño volumen con poco más de tres siglos de antigüedad que versa sobre todo lo nefasto que tiene y sugiere el nombre Tristram. 
Es en verdad admirable lo que produce el escozor en los temperamentos retóricos: el señor Shandy expone a través de un centenar de páginas el origen, el significado y la difusión del nombre Tristram. No se guarda nada y aprovecha cualquier información para vilipendiar el par de sílabas. Me da gracia que tanto celo y esmero estén al servicio de una tarea que en principio parece tan detestable para el autor. 
Me imagino a Walter sentado frente a su escritorio, regocijándose con malicia por cada nueva línea que abona en contra del nombre. Él mismo dice en el breve prólogo a su obra que ni los nombres de Judas, Calígula o Gilles le parecen tan despreciables y criminales como el de Tristram. ¿Cómo habrá tolerado el señor Shandy que su nombre figurara junto al otro que tanta náusea le provocaba, ahí, paralelo en la pasta de su libro?
A los ojos del autor, yo tengo un nombre común e inofensivo. Eso me apena un poco. Viendo que hay hombres que le temen tanto a los nombres y que comienzan a intuir el temperamento de los otros por esa palabra que se adelanta a nosotros mismos y nos distingue de los demás, me gustaría tener un nombre como Tristram; que las personas al escucharlo sintieran una leve perturbación, algo así como inquietud, incluso desprecio injustificado... bueno, justificado sólo por el prejuicio, el brillante y argumentado prejuicio que guía a Walter.
Según Shandy, desde las letras que componen el nombre, ya se adivinan sombras poco gratas: la T tiene el hedor de las cruces donde cuelgan los criminales ajusticiados por los romanos, la R el desesperante sonido de los miembros poniéndose rígidos y ¡oh! la horrísona M que cierra el nombre es un insulto, un escupitajo. El autor nos explica que el nombre tiene origen en onomatopeyas de vidrio rompiéndose: 'tris' y 'tras.' Esto ya implica fragilidad y destrucción, conceptos agoreros e indeseables. Juntas remiten a la voz anglosajona 'thereostru' (oscuridad, melancolía) que —en una conveniente paretimología para el autor— contiene el nombre de Tereo, el mítico rey tracio que violó a su cuñada y la silenció cortándole la lengua.  Su esposa, en venganza por ese salvaje crímen, mató a sus hijos en común para cocinarlos y servírselos como alimento. Luego, el nombre colinda finalmente con la voz 'triste', de la que a Shandy no le falta qué decir: es por ventura de Dios que tenemos el lenguaje para decir lo que pensamos y nombrar lo que existe, pero es por desventura de Adán que tenemos tantas palabras que son una pústula en nuestros labios. Lo triste de la palabra Triste es que exista y luego que venga a formar parte del tan vomitivo vocablo: Tristram, ni el nombre del andrógino Tiresias es tan repudiable. Sólo de la voz de Tiniebla, del eco del Báratro pudo salir el nombre de Tristram. Pero acepto la tristeza porque fue hecha para los hombres, lo que no acepto es lo osado, la ausencia de humildad en Tristram que significa “el que no siente tristeza”, Tristram no es nombre humano, es nombre para bestia, para perro sarnoso.
No le faltan epítetos negativos para seguir acompañando sus explicaciones y descubrimientos. Saca a la luz todo lo rastrero que contiene el nombre. Y yo vuelvo a pensar en el mío, tan gastado de no significar nada que merezca ni dedicarle una cuartilla. Al contrario, a Walter parece faltarle espacio para justificar por qué de entre el océano de nombres que existen, el más soez de todos es Tristram. Puede nombrar al menos a un hombre que haya portado cualquiera de los nombres prohibidos y que con su reputación haya lavado un poco la desgraciada mácula en su nombre. Verbigracia: frente al traidor Judas está el otro, Judas Tadeo. Pero no hay ni un sólo Tristram en la historia que sea honorable:
De entre los primeros e ignominiosos Tristrames que podemos encontrar en la memoria de Clío está Trystan el terrorífico, un asesino despiadado que asoló el norte de Irlanda durante la primera mitad del siglo X, fue conocido por devorar los pulgares de sus víctimas. También el Conde Tristano della Spada, celebre por promover insensatos impuestos que arruinaron su condado y provocaron una carestía mortal, solía pasearse por las calles en un suntuoso carruaje, abarrotado de alimentos, y le sacaba los ojos a quienes trataban de robarle algo. No hay que olvidar a uno de los peores de todos, Tristram Trouble, el pícaro que según informes secretos del Vaticano asesinó al papa Gregorio V. En esta galería de malhechores no puede faltar Tristranius de Théâtre, el filósofo natural que pretendió abolir la muerte con una poción que había destilado de la sangre de 100 inocentes...
Las sílabas de la vergüenza —como las llama el autor— parecen semillas de mala hierba, germinando cada tanto con un nuevo ejemplar que nombrado con ellas cifra su aciago destino. Hasta el más inofensivo de la lista, un tal Tristrán Cervantes (depravado poeta, autor de obras pornográficas, muy posiblemente basadas en vivencias auténticas) es abominable.
Tomo el libro, abro la primera página y en el margen inferior derecho estampo mi propio nombre, una costumbre ridícula que tengo. Me consuela saber que mi nombre, el del autor y el de los infaustos Tristrames se acompañarán por muchos años.

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lunes, 4 de enero de 2021

Lecturas imposibles: Brundecal

La Hora se acerca y la luna se ha partido en dos
Corán 54:1

No he podido conciliar el sueño. Aunque me esfuerzo en poner la mente en blanco plano y absurdo cero, los pensamientos siguen sucediéndose. Creo que fuego contra fuego siempre es la manera de combatir al enemigo y así, también, para matar el tiempo, pongo los segundos contra la pared y uno a uno les disparo en la nuca. Uso de munición las palabras del Brundecal; el libro sagrado de las diminutas gentes de Liliput y Blefuscu. 
Fue escrito por el sumo profeta Lustrog en tiempos inveterados, cuando estas naciones aún eran grupos de nómadas dispersos. Como otros libros fundacionales, el Brundecal contiene el código moral, la historia, las tradiciones y las leyes que deben guardar sus adeptos.
Conseguirlo no fue tarea fácil, y menos en la escala necesaria para su lectura. Fue manufacturado por unos expertos artesanos de Mildendo, capital de Liliput. Sé que acondicionaron una gran edificio para poder trabajar en imprimir y encuadernar un libro seis veces más grande que un hombre promedio de Liliput. La hazaña es loable, por supuesto, y puedo imaginar lo gracioso que pudo haber sido presenciar a un ejército de hombres diminutos acomodando los móviles tipográficos para crear las palabras (previamente traducidas con celo al sintético y sobrio inglés), de una a una.
El mercader que me lo vendió dijo que para la cubierta de cuero habían sacrificado 20 minúsculas reses; que un bosque enano fue arrazado para el papel y que; se tuvo que cultivar durante 3 años una gran-pequeña parcela de cierta planta de la cual se extrae la tintura necesaria para los trabajos editoriales. En suma, un esfuerzo TITÁNICO por parte de unos no menos titánicos hombrecillos.
Como decía, uso el libro para distraer la mente cuando no puedo dormir; porque por supuesto no creo en el Dios de nuestra diminuta gente; su teología es abrumadora y casi invisible. Me explico: ellos no creen en la maximización de las cosas, no aspiran a la superioridad ni a lo elevado, por el contrario, su dios es microscópico hasta lo imperceptible y su deseo humano es descender hasta ese nivel elemental de la materia y el espíritu.
Su mitología dice que la raza humana fue condenada al engrandecimiento para darse cuenta que lo muy grande es odioso, estorboso, pesado y difícil de atender y comprender; al contrario de lo pequeño. Lustrog es más poeta que profeta y a través de los 100 cantos del Brundecal cuenta que el mundo se produjo cuando una gran informe y nada elegante masa fue separada por este milagroso y pequeño ser que llaman Dios. Así, de esa masa sin sentido, extrajo los elementos que dan vitalidad y movimiento a la existencia: la luz, los huevos y la arena, grano a grano.
Los ciudadanos de estos imperios cumplieron siempre con celo los preceptos del Brundecal, pero cierta humana tendencia a salirnos por la tangente —presente hasta en el hombre más insignificante de todos— los llevó a interpretar de forma abierta, o sea amplia y por lo tanto grande, que es lo mismo que incorrecta, las escrituras, provocando cismas que son también manifestaciones del tamaño mayor y lo malo.
De entre ellas, quizá la que más consecuencias trajo fue la que refiere a la forma de cáscar los huevos, que como había dicho, son un elemento preeminente en su cultura y religión. Para el tólogo Lustrog, el huevo que contiene la potencia de la vida sin explotar, es el estado perfecto de lo minúsculo, porque su cascara sagrada es la bendición de su Dios: una estructura poderosa pero frágil, que se presenta pequeña y aún destruida, o sea separada, se acerca más a la perfección de lo pequeño; y huelga decir que los huevos se parecen siempre a sí mismos entre ellos, son constantes en su ser. Tal símbolo había sido protegido cuidadosamente, al grado que hasta tienen una manera ritotradicional de cascar el huevo antes de consumirlo: por su extremo ancho, en señal de rechazo por lo grande del huevo; pero un antiguo príncipe, cascando un huevo a la usanza, se cortó un dedo; esto hizo que el rey de Liliput en turno decretara que desde ese momento los huevos debían ser cascados por la parte estrecha. Era una blasfemia y semejante atrocidad inconcebible no podía ser permitida así sin más: rebeliones, luchas internas, un rey destronado y otro asesinado fueron las primeras manifestaciones de inconformidad de los creyentes más ortodoxos, pero lo peor estaba por venir. Los ciudadanos de Blefuscu, mucho más tradicionales que los modernistas y ligeros liliputenses, quisieron intervenir en la soberanía de Liliput para que volvieran al viejo y correcto modo de cascar los huevos, cosa que devino en una cruenta guerra, cuyo saldo de víctimas ascendió —verbo mal visto y casi proscrito— a 11 mil vidas.
Lo más curioso de todo es que Lustrog dice en el capítulo 54 del Brundecal: «Que todos los auténticos creyentes casquen sus huevos por el extremo conveniente». Los exegetas más sensatos de los escritos de Lustrog piensan que a pocas palabras no se les pueden desentrañar muchos significados, pero aceptan que la ambigüedad en este pasaje, permite pensar y no (otra vez mucho) que todos hacen lo correcto y que todos se equivocan.

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El relativismo es una de las mayores enfermedades mentales de los últimos siglos. Es sabido por todos que las cosas no son grandes o pequeñas sino por contraste; pero además de la comprensión de que no hay medida en el mundo, esto no contribuye sino a la desorientación general. El Brundecal dedica uno de sus cantos a criticar esta herejía; a la metáfora la viene bien la comparativa entre una gota de agua o una lágrima y el océano; pero no se sabe de nadie que se haya ahogado en una partícula de agua. En ese sentido, el libro sagrado es más práctico y reconoce la existencia de la relatividad, pero prepondera el hecho de que por milenios, la raza humana ha sido diminuta, siendo esta evidencia empírica el asidero de la idea del tamaño y la dimensión en el mundo. Sólo los observadores externos pueden percibir esa quimérica relatividad. Una de las piedras angulares del Brundecal es el huevo, que por un milagro divino, siempre es del mismo tamaño invariable; los años se suceden indefinidamente, pero los huevos son siempre del prodigioso y exacto tamaño de siempre. Ante este eje del universo, el Brundecal adquiere un poderoso argumento contra la relatividad.
Las gentes de Blefuscu y Liliput nada se sorprendieron de ver a Guilliver enorme, encarnante de la maldad porque, entre ellos, el diablo de la relatividad ha venido a ser un personaje no menos inverosímil que el médico navegante Lemuel: Micromegas, quién puede saltar entre planetas como quien salta por las rocas de un riachuelo, y en cuya uña puede sostener un galeón filosófico, es el hombre-planeta; horriblemente grande; exagerada e innecesariamente gigantesco. A los ojos de los fieles del Brundecal, esto no es más que un desperdicio de materia.

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El canto sexto habla de la corrupción de la semilla: la muerte que da vida cuando germina; cosa que de paso ofrece la excusa para hablar del arte de la agricultura, vista por el Brundecal con recelo; pues fomenta el aumento de materia, antes que su disminución. Es curioso cómo en este libro sagrado, bendiciones y maldiciones se suceden; eliminando cada cual a la anterior a ella: la semilla germina y crece (negativo), pero da más semillas (positivo); aunque son cantidades ingentes de semillas (negativo), sin embargo, el acto sagrado de comer, las disminuye (positivo). La razón de esto, es que el resultado siempre es la resta de los factores; siempre lo negativo anula la positivo y para el Brundecal y Lustrog, eso al final es una bendición mayor. 
A propósito del supremo acto de alimentarse: no por deshacerse de más grano, de más fruto, el Brundecal condona la prodigalidad. Al contrario, los últimos versos de este canto, hablan de las normas de la contención y la justa medida: «comer y saciar el apetito; disminuir el producto de la tierra, pero jamás devorar; el exceso mata, pues las cantidades grandes y nefastas yaceran en nosotros. Menos es mejor».

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El canto cuarenta tiene versos como estos:

«El mundo es grande y lo grande es inaprehencible»

«Nuestras manos son de tamaño adecuado para tomar todo lo que necesitamos y no más»

«La cabeza es pequeña y como tal no debe cargar nunca con el peso del mundo: pocas ideas, pocos pensamientos, un sólo amor y una sola dirección; mira cómo el huevo puede albergar una creación entera, pero su estado prístino es sencillo»

«Si todos los granos de arena del desierto se perdiesen y quedase sólo uno, uno sería suficiente para contener al desierto todo».

«El hombre y la mujer se unen, y su suma es una resta: nace un sólo ser, así lo quiere Dios. Uno es suficiente».

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El canto uno es sobre el génesis de estos creyentes; cuenta que el mundo va en una constante carrera de disolución, desde la materia más grande hacia la partícula más diminuta. Y a diferencia de otras religiones, el amor no es la base de las relaciones humanas ni del sentimiento de divinidad, más bien, el canto uno advierte cuidarse del amor, que “es un sentimiento enorme y nefasto que busca ensanchar a los hombres y los hace proclives a la hipérbole” (1:78). La hipérbole es una ofensa contra la naturaleza; cuando el amante describe su amor inconmensurable y la suerte de hazañas de las que se siente capaz: (“el pérfido amante promete el infinito” (1:86)), no es más que la vanidad de los titanes hablando con su voz. El Brundecal aconseja sentirlo con moderación y, aún más, pequeño. “La estulticia del amor engaña a la mente, si fuese capaz de hacer todo cuanto desea, atentaría contra la naturaleza con sus exagerados gestos y su desmedida ambición” (1:99). El amor no es generoso, en realidad es pródigo: “sacrifica el juicio, las riquezas y la prudencia” (1:61), de allí que tienda a la grandeza y la perdición.

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miércoles, 9 de diciembre de 2020

La Quimera que no era Quimera

Pocas obras han sido tan significativas para mí como Movimiento Perpetuo de Augusto Monterroso; y hasta ahora me doy cuenta. Su influencia ha sido tan sutil que sólo cuando sumo las veces que he consultado sus páginas veo lo constante que es su presencia en mi blog, y en mis ideas. Digo esto como apunte marginal, porque ahora que estaba pensando en cómo empezar a redactar esta entrada, y que justo me acordé de Borges, me saltó a la memoria Monterroso y su texto Beneficios y maleficios de Jorge Luis Borges. Por supuesto es un digno ejercicio de admiración hacia la obra del Rioplatense y rescato esta anécdota —que sospecho fue ideada a la medida—:

Un amigo mío llegó a desorientarse en tal forma con «El jardín de los senderos que se bifurcan», que me confesó que lo que más lo seducía de «La biblioteca de Babel», incluído allí, era el rasgo de ingenio que significaba el epígrafe, tomado de la «Anatomía de la melancolía», libro según él a todas luces apócrifo. Cuando le mostré el volumen de Burton y creí probarle que lo inventado era lo demás, optó desde ese momento por creerlo todo, o nada en absoluto, no recuerdo.

Tito cierra el texto con una lista de 10 cosas que considera benéficas y maléficas del contacto con Borges. No creo ser el primero en arriesgarse a sumar algo al decágolo. Yo agregaría: 11. Se vuelve uno maníaco, escéptico, cauto, incrédulo, nervioso, cuidadoso, suspicaz, etc... (Maniqueo).
Y es que cualquier lector más o menos curioso —o neurótico— de Borges que revise, por ejemplo, El Zahir y se tope con la seductora referencia de un libro como el Urkunden zur Geschichte der Zahirsage (Documentos y leyendas sobre el Zahir) de un imposible Julius Barlach [quien se propuso «reunir en un sólo volumen en manuable octavo mayor todos los documentos que se refieren a la superstición del Zahir, incluso cuatro piezas pertenecientes al archivo de Habitch y el manuscrito original del informe de Philip Meadows Taylor»]; seguramente sentirá la urgente necesidad de consultar una bibliografía de ese calibre.
El cuento de Borges apareció en 1947 en una revista y luego en 1949 ya en los folios de un libro. Desconozco que tan fácil era comprobar si un libro citado por un escritor erudito en efecto existía. Pero no creo que sea un desatino afirmar que no era tarea fácil. Aún hoy, en plena época de revoluciones tecnológicas es muy difícil dar con la información y que, además, esa información sea real (*). Respecto a lo que decía: el libro de Barlach no existe.
Borges no ha sido el único en hacer este tipo de juego literario; incluso en el prólogo de Ficciones menciona algunos de sus antecedentes: «Carlyle en Sartor Resartus, así Butler en The Fair Haven...». A estos dos podemos sumar a Rabelais que repasa varios libros quimera (1) en su Gargantua y Pantagruel o John Donne y su Catalogus Librorum aulicorum incomparabilum et non vendibilum. Podemos tambíen hallar formidables ejemplos en Conrad, Lem, Aub o hasta el novelista de ciencia ficción Wyndham.
Con tanto apócrifo acechando a la vuelta de cualquier página, de cualquier literatura, uno se vuelve precavido —o paranoico—. Y a cada referencia bibliográfica sospechosa se corre a buscar sí el libro existe o es pura fábula.
Muchos de los libros quimera son ornamentales, como el caso del Urkunden zur Geschichte der Zahirsage de Borges, que a penas si comenta en El Zahir, como de pasada, hablando descuidadamente de algo que parece que todos deberíamos conocer; otro tanto pasa, por ejemplo con los 50 años de desgobierno, la historia de las iniquidades políticas de la nación imaginaria de Costaguana, en la novela Nostromo de Conrad... Podría seguir, pero éste no es el propósito de la entrada.
Hay libros quimera que sí constituyen un elemento activo de la narración, ya sea un poco marginalmente como The Repetances en Las Crisálidas de Wyndham, que es un libro que determina todo el pensamiento de sus personajes; y los hay que son el centro de la acción, como Vacío Perfecto de Lem, donde el autor comenta libros imposibles.
Entrando en materia, después del largo prolegómeno: una de las cualidades principales de estos libros quimera es la posibilidad contradictoria de que pretendan ser tan reales que pasen desapercibidos o que aspiren a ser tan exóticos que sea fácil descubrir su embuste. Esto último pensé de dos libros que son la quimera que no era quimera.
El primero de ellos es El himen en México del Dr. Francisco A. Flores, comentado detalladamente por Arreola. El tema del libro ya se antoja excéntrico —comprendería a cualquiera que al leer este cuento(?) lo tomara como una humorada de Arreola—. Se nos dice que el librito es de 1885, que tiene 99 páginas, que no presenta erratas, detalles del impresor (dirección), dieciséis laminas ilustrativas y detalles académicos del autor; todo muy puntual y a pesar de su buena voluntad y honestidad, el lector sensato no haría más que aumentar su incredulidad y escepticismo sobre la, en efecto, existencia del singular volúmen.
Para aumentar el efecto de existencia del libro, se habla de su contenido inicial: una breve historia de la vagina, la virginidad, y el himen. Deteniéndose en Lecrerc de Buffon, uno de los Naturalistas más insignes de las ciencias biológicas. Sigue con cuestiones de tecnicismos y principia a hablar sobre uno de los tipos de himenes más comunes en México.
El serio estudio tiene pretensiones de establecer un método, que a partir de la reconstrucción de los himenes profanados pretende averiguar si su ruptura consiste con una violación o un consentimiento. El autor logra esta hazaña recurriendo a una serie de ecuaciones físicas de carácter mecánico que establece con la ayuda de un ingeniero. Arreola cita al pie de la letra las fórmulas que calculan el tiempo-fuerza-trabajo necesarios para poder romper un himen según su tipo y morfología.
El texto se va por derroteros difíciles de seguir —comenta Arreola—, luego vuelve a la carga con un llamado a la protección y estudio del himen, incluso, en un descaro de imaginación, Flores propone crear el Instituto Nacional del Himen. Nuestro autor cita a una serie de interesados, colegas, discípulos y amigos que colaboraron en el dossier del eminente Himenólogo. Se describen las potenciales actividades de dicha institución, como levantar estadísticas sobre los himenes de toda mujer desde su nacimiento o entregar certificados con detalles sobre el proceso de ruptura ideal del himen a los futuros cónyuges.
Se menciona superficialmente al sexólogo francés Marcel Tardieu y se pasa revista de las aportaciones más significativas de Flores, incluyendo un himen descrito sólo por él, mismo que recibe su nombre. El texto acaba.
Recomiendo leer a la brevedad el comentario-cuento que Arreola hace del libro de Flores. 
Ahora, bien. Este texto es extraño en la literatura de nuestro autor, pues, si bien es uno de los más grandes representante de la escritura de la imaginación, no volvió a repetir la hazaña —como Borges, que usa y abusa el recurso—; este es su único libro quimera. Creo que leído así, sin más, como ya he dicho, uno piensa de inmediato en una farsa muy bien montada, una transmisión de radio a la Orwell que engaña y pasa la página. Pero cuál va siendo mi sorpresa cuando hace algún tiempo uno de mis contactos en facebook comparte la foto de un ejemplar de El himen en México. Por supuesto me lance a la búsqueda de una explicación y, resulta que, en efecto, ¡el libro existe! incluso en 2006 se reeditó y se puede conseguir con relativa facilidad.
Mi sorpresa fue mayúscula, hubiera jurado con mi vida que todo fue un embuste, uno muy bien tramado. 
Casi al tiempo en que me enteré de la existencia de dicho libro, estaba leyendo La sinagoga de los iconoclastas de Juan Rodolfo Wilcock; otro de esos libros que —como diría el buen Alejandro Barrón— son rompedores.
Esta colección de biografías, unas apócrifas, otras no, de este polígrafo argentino también contiene muchos libros quimera: estudios sobre la correlación luz-pureza y ruido/sonido-pecado; una novela pornográfica hecha a partir de un diccionario, montones de folletines prometiendo la inmortalidad, obras de teatro basadas en las Investigaciones filosóficas de Wittgenstein y otras excentricidades.
Me repito: Borges lo vuelve a uno maníaco... —al menos a mí—. Busqué con cuidado separar la verdad de la farsa y ¡sorpresa! Wilcock también reseña otro formidable, e imposible, e increíble, e imprevisible libro llamado La Civilización Neolítica de A. de Paniagua.
La biografía de Wilcock comienza así:

Discípulo de Elisée Reclus y amigo de Onésime Reclus, A. de Paniagua escribió «La civilización neolítica» para demostrar que la raza francesa es negra de origen y procede de la India Meridional; lo que no excluye que más antiguamente proviniera de Australia, dados los vínculos lingüísticos que según Trombetti comunican al dravídico con el australiano primitivo. Esos negros eran propensos a constantes migraciones; su primer tótem era el perro, como indica la raíz «kur», y por ello se llamaban kuretos.

Con semejante despliegue de imaginación: una tesis extraña deducida de consecuencias lingüísticas, la mención de Alfredo Trombetti (lingüista italinao, mundialmente reconocido por sus aportaciones al estudio de la evolución de los idiomas) y los Reclus (Onésime y Elisée, intelectuales franceses; geógrafos de profesión, el segundo fue miembro destacado de los movimientos anarquistas de su época) y el poco convincente nombre de Paniagua (¿será?); uno ya esta descalificando la posibilidad de que este autor y su obra puedan ser reales. La biografía continúa haciendo mención de los cada vez mas temerarios postulados de Paniagua: que si el clima cambio el color de estos franceses negros primigenios; que si todos los lugares donde se acentaron llevan en sus nombres las partículas kor y kur, referentes a sus tótems, el gallo y el perro; que si una enrevesada etimología explica que el nombre de Italia significa país de los perros lamedores; y otras excentricidades.
El texto es breve y cierra magistralmente con los datos exactos de año y la casa editorial que tuvo a bien publicar un volúmen como este; además, de informarnos sobre otros títulos de la colección. Después de esto, sería descabellado pensar que una obra así sea posible, eppur si muove, o existe. Contra todo pronóstico y en el lugar mental del nigroque simillima cygno, el libro se puede encontrar y descargar en internet.
Un corolario apropiado es que los libros que no existen, llenan un vacío con otro.

* Aprovecho para quejarme amargamente y en total fuera de lugar sobre un asunto que no viene al caso. En contexto, estoy realizando un trabajo de investigación sobre Literatura pianística para la mano izquierda sola y me lancé a consultar estadísticas sobre amputación del brazo, mano, o dedos izquierdos en México. Lo más que hallé fue un informe de la Academia Nacional de Medicina de 2015 —basado en la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición de 2012. Me reservo el nombre de la doctora que realiza las tablas y demás estadísticas (pero, no será imposible consultarlas para cualquiera que tenga curiosidad con sólo googlear el nombre de la institución mencionada arriba y Los amputados: un reto para el estado) y sólo comento mi desason: en la tabla que refiere el número total de amputados contabilizados en el país dice que son: 14,472, de los cuales 12,155 perdieron una mano o uno o más dedos de alguno de sus brazos, y 3,066 perdieron la totalidad de alguno de sus brazos. Una suma rápida de las milésimas arrojaría más de 15k amputados y eso que ni siquiera estamos computando los datos de amputaciones en las extremidades inferiores. A menos que yo sea reverendamente obtuso y que mi capacidad de interpretación de una estadística con 4 variables y el total sea nula, creo que cualquiera puede notar que evidentemente los datos están mal; por más que revisé distintas formas de hacer cuadrar los datos, me tuve que rendir a la Navaja de Ockham: es decir, simple y sencillamente los datos están mal. Peor aún, cuando consulté la Encuesta de donde la doctora toma su referencia. No pude localizar ninguna estadística de amputaciones. Como decía arriba, y a propósito de la búsqueda de información, aún hoy, y con toda la tecnología que tenemos, no es tarea fácil.

1. Varios autores se han empeñado en llamar libros fantasma a estos textos inexistentes, pero se me antoja impreciso. Si bien el adjetivo fantasma si refiere a cosas que no existen —o cosas potenciales—; su significación principal es sobre cosas que fueron y dejaron de ser, del que sólo queda una esencia. Estos libros no son fantasmas; no fueron nunca ni son esencia de nada. Su existencia es desde el comienzo inexistente; son como fachadas sin estructura detrás. Por lo que es más lógico pensarlos como quimeras, cuya definición nos propone: algo que no es y sin embargo parece serlo.

domingo, 29 de noviembre de 2020

Biblioteca Quimera: colección de tomos imposibles, fantásticos, especulativos, imaginarios y pseudoreales

Como muchos de los descubrimientos literarios que hacemos, mi conocimiento de los libros quimera llegó de la mano de Jorge Luis Borges y uno de mis cuentos preferidos de su autoría: El zahir. El texto es un interesante híbrido de géneros literarios que, además de prosa narrativa, logra cotas geniales de especulación ensayística y la esencia de un texto de referencias antológicas. En sus líneas me topé por primera vez con la alusión a un libro que no existe; como no soy un lector pasivo, cada rastro de información que leo, pasa por el tamiz de la comprobación y la duda, y nunca me quedo del todo satisfecho con la escueta mención que hacen los autores de tal o cual cosa.
A través de los años, estas apariciones fantásticas se han repetido en literaturas de todas las clases y épocas; constituyen uno de los juegos literarios más interesantes, y al mismo tiempo más peligrosos. Por supuesto, adicto a las listas, como soy, anoto todas las quimeras que me salen al paso. Las presento a continuación. 
Para más información sobre los libros quimera, recomiendo consultar esta entrada.

A

• 

B

• Brundecal, por el profeta Lustrog. Libro sagrado de Liliput y Blefuscu; entre otras cosas recoge detalles sobre la manera correcta de cascar los huevos. [Los viajes de Gulliver, Jonathan Swift].

C

• Contemporary Bucks [Retratos contemporáneos], por el capitán Tarleton. Retratos de personajes eminentes de Inglaterra; destaca —tal vez— la semblanza sobre Lord George Hell [The happy hypocrite, Max Beerbohm].

D

• de Concubinis retinendis [Sobre la manutención de las Concubinas] de Phutatorius (el que copula). ‘obsceno y sucio tratado’ del que sólo sabemos que está compuesto por nueve capítulos, siendo de re concubinariâ (de lo relativo al concubinato) el último, por lo demás, resta hacerse una idea del contenido a partir del por el título. [The life and opinions of Tristram Shandy gentleman, Laurence Sterne].

• De Nasis [De Narices] de Hafen Slawkenbergius.¹ Se trata de una obra antológica y con miras a totalizar todo lo sabido y escrito sobre el tema de las narices. En la narración en que Slawkenbergius cuenta las motivaciones y circunstancias que le impulsaron durante años a trabajar y a escribir, hacia el final de sus prolegómenos (que bien mirado deberían haber aparecido primero como su nombre indica, pero que el encuadernador colocó injustificadamente en el contexto analítico del libro propiamente dicho) informa el autor que desde que alcanzó el uso de razón y se dedicó a pensar fríamente sobre el verdadero estado y condición del hombre, y a distinguir su fin principal y la naturaleza de su ser o —para abreviar mi traducción del libro de Slawkenbergius que está en latín y es bastante prolijo en este pasaje— desde que fue capaz, dice Slawkenbergius, de entender algo o de saber “qué es que” y ver que la cuestión de las narices grandes sólo había sido tratada a la ligera por los que le precedieron, «sentí el poderoso impulso, la vocación irrefrenable dentro de mí de entregarme de lleno a su estudio».
Y si hemos de ser justos con Slawkenbergius, su incorporación a esta lid aportó una lanza más poderosa y eficaz que las de ninguno de sus predecesores, hasta el punto de que, a decir verdad, bien merece en muchos aspectos ser considerado como un modelo para todos los escritores, al menos para los autores de verdaderos libros, por su capacidad para lograr captar tan profundamente todos los aspectos de esta cuestión; por su dialéctica ampliamente esclarecedora, que no olvidaba ninguna de las facetas del problema, incluso aquellas que pudieran parecer contradictorias; por aplicar, al propio tiempo, el más profundo conocimiento de las ciencias comparando, compilando y uniendo, implorando, tomando prestado y robando, si era preciso, según avanzaba, todo cuanto había sido escrito o discutido sobre el particular en las escuelas o en los pórticos de los eruditos. De todo lo cual resulta que no sólo puede considerarse a Slawkenbergius y a su libro como un canon, sino también como un digesto cabal y bien urdido; como una especie de instituciones básicas en materia de narices, comprensivas de cuanto es, ha sido o pueda ser conocido sobre el tema. Por eso, me abstengo de hablar de tantos (por otra parte valiosos) libros y tratados de la colección de mi padre escritos ex- profeso sobre la cuestión de las narices o relacionados de algún modo con ellas. Así, por ejemplo, de Prignitz que ahora tengo sobre la mesa junto a mí y en el que, con enorme erudición y del modo más académico y desapasionado, se recoge el examen de cuatrocientos cráneos diferentes procedentes de veinte osarios de Silesia, donde el autor investigó, informándonos de que las medidas y la configuración de la parte ósea de las narices en una región concreta del país —a diferencia de la Crimea tártara, donde todas se encuentran aplastadas por el manejo inadecuado y sin que se pudiera sacar nada en claro— denotan una similitud sorprendente, siendo sus diferencias —dice el autor— puramente accidentales e inapreciables y sus contrastes, en tamaño y forma, achacables a sus partes musculosas y cartilaginosas, así como a todos esos canales y sinuosidades por donde circulan la sangre y los «espíritus animales» o fluidos vitales propulsados por el calor de la imaginación, que no es sino su consecuencia (poniendo así en tela de juicio el caso de los imbéciles, de los que Prignitz que habitó en Turquía muchos años sostiene la teoría de que están bajo la inmediata tutela del cielo). Y así sucede necesariamente, concluye Prignitz, que la calidad de la nariz se encuentra en proporción directa a la imaginación de su poseedor.
Por la misma razón —contando con todo lo que Slawkenbergius recopila— no comparte las afirmaciones de Scroderus (Andrés), bien conocido de todos, quien se opuso violentamente a Prignitz probando a su manera, primero por lógica y luego por simple obstinación, que «Prignitz se encontraba en un completo error, puesto que no es la imaginación la que determina la nariz, sino ésta la que condiciona a la imaginación».
El erudito advierte en este razonamiento de Scroderus la presencia de un sofisma y, por su parte, Prignitz proclamó bien alto su ataque diciendo que Scroderus se había limitado a alterar los términos de su propia tesis. Lo cual no impidió que éste siguiera firme en sus trece.
Mi padre mantenía en su interior una equilibrada lucha sin decidir aún quién se alzaría con la razón, hasta que Ambrosio Paraeus lo decidió por él en cierto momento, haciéndole superar ambas posturas de Prignitz y de Scroderus y sacando a mi padre de su perplejidad.
La cosa fue así.
(Al relatar esto no pretendo dar ninguna lección al lector erudito. Me limito a mostrarle que el hecho me es conocido.)
Lo cierto es que Ambrosio Paraeus, que era protocirujano real y que le arregló la nariz a Francisco IX de Francia ganando gran consideración por su parte, que vino a añadirse a la que ya le profesaban los dos monarcas precedentes y la que le otorgaron los dos siguientes (no sé exactamente quiénes eran) y que —salvo el patinazo que sufrió con motivo de la historia de las narices de Taliacotius² y de su método de fijación— era respetado por todos y considerado por el gremio médico de la época como el más versado en la materia. Pues bien, fue la opinión de Ambrosio Paraeus les decía la que convenció a mi padre de que la causa verdadera y real de lo que tanta atención había atraído y a la que tanto tiempo dedicaron inútilmente Prignitz y Scroderus, no era lo que ellos defendían sino que el tamaño y la calidad de la nariz se debían simplemente a la turgencia o a la flacidez del pecho de la nodriza, del mismo modo que la pequeñez y planitud de las narices chatas respondía a la firmeza y elasticidad del propio órgano de nutrición en un ser sano y robusto; lo cual, aunque pudiese resultar bueno para la mujer, era fatal para el niño, ya que, de esta forma, su nariz se aplastaba, constreñía, comprimía y refrigeraba tanto que nunca podía llegar ad mesuram suam legitimam (a su legítimo tamaño). En el caso de flaccidez y blandura del pecho de la nodriza o de la madre, por el contrario, al hundirse en él la nariz, dice Paraeus, como si fuese mantequilla, ese órgano se encuentra más a gusto, nutrido, aplomado, arregostado y en las mejores condiciones para su crecimiento ininterrumpido.³
Solamente me cabe hacerle dos observaciones a Paraeus. La primera: que prueba y explica todo con la mayor honestidad y decoro de expresión, razón por la que hago votos por que su alma descanse siempre en paz.
[...]
Slawkenbergius en cada una de sus páginas encerraba para mi padre un verdadero tesoro de inagotables conocimientos. Por dondequiera que lo abriera, siempre hallaba una enseñanza y, con frecuencia, al cerrar el libro solía decir que si todas las artes y las letras junto con los libros que de ellas tratasen llegaran a desaparecer, perdiéndose de repente las ideas políticas y las máximas de los gobernantes, así como lo que los estadistas escribieron o inspiraron sobre lo que en cortes y reinos débiles o poderosos se escribiera; aunque sólo quedara Slawkenbergius, el mundo podría volvera a andar. ¿Era o no un tesoro? Era como las instituciones de todo lo necesario para el conocimiento de las narices o de cualquier otra cuestión. A cualquier hora, en maitines, al ángelus o en las vísperas. Slawkenbergius siempre representaba distracción y solaz. Siempre estaba al alcance de su mano (puede usted jurarlo, señor mío) como si fuera un libro de cánones o de oraciones. Así estaba de sobado y manoseado, contrito y atrito con señales de dedos por doquier.
No soy yo un fanático de Slawkenbergius como lo era mi padre. No niego que algo tiene, sin duda. Pero en mi opinión, lo mejor —no digo lo más aprovechable—, lo más entretenido de él son sus cuentos. Y teniendo en cuenta que el autor era alemán —pueblo al que generalmente se reprocha su falta de imaginación— haber escrito tales volúmenes —hasta diez décadas de diez cuentos cada una— significaba ya bastante. Pero la filosofía no se escribe como los cuentos y por eso fue un error que Slawkenbergius los lanzara al mundo con esa pretensión. Entre ellos, existen algunos como la octava, novena y décima décadas que, en mi opinión, son más caprichosos y arbitrarios que especulativos. En general merecen, sin embargo, ser leídos con atención por los eruditos, como un detalle más que añadir a los hechos concretos y sistematizados contenidos en este libro en torno al tema central de la fiel contemplación de la cuestión doctrinal de las narices.
Los cuentos que incluye de Nasis y de los que tenemos noticias son:
I. SLAWKENBEKGII FABELLA⁴: sobre un forastero de prominente nariz que llega Estrasburgo y causa un revuelo tal que la ciudad cae a manos de los franceses.
II. Los amores de Diego y Julia.
[The life and opinions of Tristram Shandy gentleman, Laurence Sterne].
¹ Prignitz y Scroderus, como Hafen Slawkenbergius, son nombres sin duda inventados por Sterne: Prignitz podría ser una combinación de la palabra inglesa prig (presuntuoso, pisaverde) y la francesa nez (nariz); Scroderus podría ser un derivado de scrotum (escroto); en cuanto a Hafen Slawkenbergius, en alemán coloquial hafen quiere decir orinal, y schlaekenberg, en el mismo idioma, significa montón de escoria o de excrementos.
² Taliacotius es Gasparo Tagliacozzi (1546-1599), cirujano italiano de Bolonia, célebre por sus reparaciones de narices heridas, a las que trasplantaba piel de los brazos; al parecer, el error cometido por Paré fue decir que lo que Tagliacozzi trasplantaba era carne o músculo, en vez de piel.
³ El párrafo se encuentra, casi literalmente, en Rabelais, libro I, cap. cuadragésimo; el Hermano Juan explica así el tamaño de su nariz: «Según la verdadera filosofía monástica, es porque mi nodriza tenía las tetas gordas y blandas, y al mamar las hundía allí como en manteca, y así se expansionaban y crecían como la pasta en la amasadera. Las tetas duras de las nodrizas hacen a los niños chatos». (Traducción de Eduardo Barriobero y Heran). Al citar a Ponocrates y Grandgousier, el mentor y el padre de Gargantúa, al final de este mismo capítulo, Sterne apunta hacia su fuente.
⁴ Dado que existen contadísimos ejemplares del de Nasis de Hafen Slawkenbergius, creo que al lector culto no le importará echar un vistazo a unas cuantas páginas del original; la única observación que haré al respecto es que el latín del autor es mucho más conciso en sus cuentos que en su filosofía—y que en aquéllos es, además, más latino.

• Dissertation simply upon the word Tristram [Disertación acerca de la palabra Tristram], por Walter Shandy, que versaba única, exclusiva y explícitamente sobre la palabra Tristram, —en la que (el autor) exponía al mundo, con gran sinceridad y modestia, los fundamentos de su inconmensurable odio por este nombre aborrecible. [The life and opinions of Tristram Shandy gentleman, Laurence Sterne].

E

• los Estados e imperios del Sol, con el añadido de la Historia de la Centella, cuyo autor no es mencionado, pero que son traducidos a la lengua musical de los selenitas por el daimon de Sócrates. Se trata de dos audiolibros avant la lettre que, presumiblemente, versan sobre los helionitas. Su portada «sólo parecía una monstruosa perla partida en dos», i. e. una caja, que «al abrir la, encontré adentro algo de metal parecido a nuestros relojes, lleno de no sé qué resortitos y de máquinas imperceptibles. En realidad, se trata de un libro, pero un libro milagroso que no tiene folios ni caracteres; es, pues, un libro en el que, para aprender, no sirven los ojos; sólo se necesitan los oídos. Así, cuando alguien desea leer, pone tensa, como una gran cantidad de todo tipo de pequeños nervios, esta máquina, luego hace girar la aguja en el capítulo que quiere escuchar, y al mismo tiempo salen de el como de la boca de un hombre, o de un instrumento de música, todos los sonidos distintos y diferentes que sirven, entre los grandes de la luna, para expresar el lenguaje» [El otro mundo: Los estados e imperios de la luna, Cyrano de Bergerac].


F
•

G

• Gran obra de los filósofos, también traducido por el demonio de Sócrates y cuyo autor no está esclarecido pero del que se asegura que es «uno de los más sólidos espíritus del sol»; sobre el contenido, sabemos que: «En el, prueba que todas las cosas son verdaderas, y expone la manera de unir físicamente las verdades de cada contradicción, como por ejemplo que el blanco es negro y que el negro es blanco; que se puede ser y no ser al mismo tiempo; que puede haber una montaña sin valle, que la nada es algo, y que todas las cosas que existen no existen. Pero observe que prueba todas estas paradojas inauditas sin ninguna razón capciosa o sofística». Su portada «estaba cortada en un solo diamante, sin comparación más brillante que los nuestros». Su poseedor Dyrcona nos dice: «Cuando he reflexionado después sobre esta milagrosa invención para hacer libros, ya no me sorprende ver que los jóvenes de ese país poseían más conocimientos a los dieciséis y dieciocho años que las barbas grises del nuestro; pues, al saber leer en cuanto hablan, nunca están sin lectura; en su habitación, en el paseo, en la ciudad, de viaje, pueden llevar en el bolsillo, o colgados del cinturón, una treintena de esos libros de los que sólo tienen que tensar un resorte para oír un capítulo nada más, o bien varios, si están de humor para escuchar todo un libro: así, puede usted tener eternamente a su alcance a todos los grandes hombres muertos y vivos que le platican de viva voz. El examen de esos libros que me habían regalado me ocupó más de una hora; finalmente, después de colgármelos como aretes» [El otro mundo: Los estados e imperios de la luna, Cyrano de Bergerac].


H

• Higgins’s Universal Alphabet (Alfabeto fonético universal), por el profesor Henry Higgins. Diccionario que aumenta a lo largo y lo ancho los esfuerzos de Alexander Melville Bell y su obra Visible Speech (Habla visible, 1867), cuya finalidad fue representar todas las posibilidades fonéticas del habla humana. Se considera una obra de suma importancia, tanto como para cruzar un continente para consultar al autor de tal investigación. [Pigmalión, George Bernard Shaw]. 

 
• Historia universal, por el profesor Killaloe. Obra que propone analizar la historia de la humanidad desde el presente (lo conocido) hacia el pasado (lo desconocido); argumentando que «el primer capítulo de toda historia, debe estar siempre constituido por las últimas noticias, y el último de toda historia universal bien hecha no puede ser más que el relato de la Creación». La idea del profesor Killaloe es que el alcance de una ecuación no se entiende sólo por su resultado; el desarrollo presenta la identidad específica de sus variables que cobran una cualidad de contrastes sin llegar a serlo. En otras palabras, se estudian los efectos desde sus causas; y los hombres desde el momento de su muerte como un recuento de los hechos [Gog, Giovanni Papini].

K

•  Karl Strickland: sein Leben und seine Kunst [Su vida y su arte] por Hugo Weitbrecht-Rotholz, publicada por Schwingel and Hansch en Leipzig en 1914. Una «imponente monografía» que «nos presentó un notable lista de autoridades» respecto a la figura del genial pintor inglés. Respecto al autor sabemos que «el doctor Weitbrecht-Rotholz pertenece a la escuela de historiadores que creen que la naturaleza humana no sólo es tan mala como parece, sino mucho peor»; por lo demás, la obra poseé un facsimil de una carta de Strickland donde el pintor se refiere a su mujer en estos términos: «¡Maldita sea mi esposa! Es una excelente mujer. ¡Qué se vaya al diablo!». Esta obra quimera es una mordaz burla contra el conde alemán Harry Kessler (conocido por el mote de Conde rojo), quién dirigía una editorial llamada Cranach Press y que había sido la primera en publicar una biografía sobre Gauguin. Kessler tenía la intención de hacer de Weimar un nuevo centro de la ilustración intelectual por lo que el chiste en esta obra está en los siguientes detalles: el nombre del autor significa "brillante en mente y espíritu" en referencia al proyecto de Kessler, mientras que el apellido Weitbrecht es "amplia luz", reforzando la idea anterior. Ahora bien Rotholz es "madera roja" con lo que el autor alude a su mote de conde rojo, mientras que "madera" es un slag para "erección." Por otro lado el nombre de la editorial significa "palito", otro slag para referirse al pene y un acto coital, mientras que "Hansch" es la referencia al nombre más común en Alemania, "Hans"; todo este enmascarado juego de palabras es a propósito del sonado caso de la escultura que Kessler le encargó al escultor francés Aristide Maillol, un desnudo de su amante el ciclista Gaston Colin y la polémica que suscitó [La luna y seis peniques, William Somerset Maugham].

L

• las Libreas, De, por un autor del que desconocemos el nombre. Se trata de una obra «donde [se] pinta[n] setecientas y tres libreas, con sus colores, motes y cifras¹, de donde [se] podían sacar y tomar las que quisiesen en tiempo de fiestas y regocijos los caballeros cortesanos, sin andarlas mendigando de nadie, ni lambicando (destilando), como dicen, el cerbelo (cerebro), por sacarlas conformes a sus deseos e intenciones». Sólo sabemos que su autor se proponía con esta y otras dos obras «componer libros para dar a la estampa, todos de gran provecho y no menos entretenimiento para la república [...]. Porque doy al celoso, al desdeñado, al olvidado y al ausente las que les convienen, que les vendrán más justas que pecadoras²». [El Ingenioso Caballero Don Quijote de la Mancha, Miguel de Cervantes Saavedra].
¹ Las libreas (‘trajes que se vestían en las fiestas cortesanas’) eran de colores, que tenían un valor simbólico, y llevaban motes (‘versillos alusivos’) y cifras (‘dibujos alegóricos’), que a veces había que descifrar como jeroglíficos.
² justas: ‘apropiadas, pintiparadas’ para los que están celosos, olvidados, etc., que eran situaciones tópicas de los amantes literarios; se juega con el refrán «Pagar justos por pecadores» y con justas caballerescas.

M
• Mariana, novela publicada por Barnaby donde se retrata la villanía de Mariana, la amante del autor. Su antiguo marido develó la vileza definitiva de Mariana, era una reaccionaria, se casó con él para espiar a las fuerzas de izquierda y merced a sus acciones nefandas se perdieron muchas causas nobles. Su nombre sólo evocaba víctimas inocentes y la carrera política, impecable y limpia de su marido se vio manchada por ella. La pequeña Mariana había puesto en peligro a la revolución mundial. Augusto estaba deshecho. ¿De qué servían sus innumerables sacrificios a la causa? Durante años había luchado por el triunfo de la Revolución de Octubre y su mujer había terminado con todo…
Pepe y yo escuchamos horrorizados y ambos decidimos que el nombre de mi antigua amiga era un nombre impronunciable. Únicamente Barnaby se atrevió a nombrarla por su nombre y publicó su libro titulado Mariana. La novela fue un éxito entre sus amigos, aunque la heroína no era nada grata. [Testimonios sobre Mariana, Elena Garro]

• Metamorfóseos, o Ovidio español, del mismo autor que “De las Libreas.” Se trata de una obra «de invención nueva y rara, porque en él, imitando a Ovidio a lo burlesco, pinto quién fue la Giralda de Sevilla y el Ángel de la Madalena, quién el Caño de Vecinguerra de Córdoba, quiénes los Toros de Guisando, la Sierra Morena, las fuentes de Leganitos y Lavapiés en Madrid, no olvidándome de la del Piojo, de la del Caño Dorado y de la Priora; y esto, con sus alegorías, metáforas y translaciones, de modo que alegran, suspenden y enseñan a un mismo punto¹» y también contiene los detalles sobre la aventura del Quijote en la cueva de Montesinos: «haber sabido lo que se encierra en esta cueva de Montesinos, con las mutaciones de Guadiana y de las lagunas de Ruidera, que me servirán para el Ovidio español que traigo entre manos». [El Ingenioso Caballero Don Quijote de la Mancha, Miguel de Cervantes Saavedra].
¹ Cumplen de este modo con los tres requisitos de la retórica, correspondientes a los tres géneros (demostrativo, judicial y deliberativo): «delectare, movere et prodesse».

• Modern Artist: Notes on the Work of Charles Strickland, A [Un artista moderno: notas sobre el trabajo de Charles Stickland], por Edward Leggatt, miembro de la A. R. H. A., publicado por Martín Secker en 1917. Obra que «constituye un ejemplo delicioso de un estilo cultivado, por lo general, con menos acierto en Inglaterra que en Francia» y que se ocupa de hacer un buen esbozo crítico de la técnica y temas del pintor en cuestión (trasunto de Paul Gauguin). Es importante mencionar la función de sátira que tiene esta obra quimera; Leggatt existió en efecto, fue un comerciante de arte con posturas bastante conservadoras y opiniones duras contra las vanguardias estéticas como el impresionismo; por lo que resulta una ironía atribuirle una obra sobre un  artista avant garde, el efecto se ve reforzado con el detalle del editor, pues Secker fue famoso por ocuparse de publicar autores de vanguardia, precisamente, como Kafka, Mann, Hesse y James [La luna y seis peniques, William Somerset Maugham].

P

•  Philippicks against the eye [Filípica contra el ojo], obra inédita de Walter Shandy. En ella, el autor, elabora una de sus clásicas diatribas contra aquello que lo perturbaba: el poder enamorante del ojo. Incluye un verso de Robert Toute que reza: 
“Es cosa del diablo y parece ésta una de sus obras como nunca hiciera pagano alguno, judío o turco.”
[The life and opinions of Tristram Shandy gentleman, Laurence Sterne].


S

• Spoken Sanskrit (El sánscrito hablado), por el Col. Hugh Pickering. Meticulosa obra que estudia las inflexiones y habla viva del sanscrito, seguramente para uso de oficiales ingleses. [Pigmalión, George Bernard Shaw]. 

• Strickland: The Man and his Work [El hombre y su obra], por Robert Strickland, hijo del pintor, publicado por Wm Heinmann en 1913. Obra que pretende «refutar ciertos errores muy difundidos» sobre la última época de la vida de su padre que «han causado un profundo dolor en las personas que todavía viven». Resulta más bien hagiográfica, con el objetivo de presentar una imagen descafeinada y pulcra del pintor. La obra fue bastante atacada y cuestionada sobre todo por el Doctor Weitbrecht-Rotholz, quien «llama hipocresía a sus pudibundos tapujos, a sus circunloquios los califica llanamente de mentiras, y de deslealtades a sus emociones» [La luna y seis peniques, William Somerset Maugham].

•  Suplemento a Virgilio Polidoro, del mismo autor que “De las Libreas.” «Que trata de la invención de las cosas¹, que es de grande erudición y estudio, a causa que las cosas que se dejó de decir Polidoro de gran sustancia las averiguo yo y las declaro por gentil estilo. Olvidósele a Virgilio de declararnos quién fue el primero que tuvo catarro en el mundo, y el primero que tomó las unciones para curarse del morbo gálico², y yo lo declaro al pie de la letra, y lo autorizo con más de veinte y cinco autores, porque vea vuesa merced si he trabajado bien y si ha de ser útil el tal libro a todo el mundo», también comenta algo sobre la historia y ascendencia de los juegos de naipes gracias a la información proporcionada por Don Quijote: «entender la antigüedad de los naipes³, que por lo menos ya se usaban en tiempo del emperador Carlomagno, según puede colegirse de las palabras que vuesa merced dice que dijo Durandarte, cuando, al cabo de aquel grande espacio que estuvo hablando con él Montesinos, él despertó diciendo: «Paciencia y barajar»; y esta razón y modo de hablar no la pudo aprender encantado, sino cuando no lo estaba, en Francia y en tiempo del referido emperador Carlomagno, y esta averiguación me viene pintiparada para el otro libro que voy componiendo, que es Suplemento de Virgilio Polidoro en la invención de las antigüedades, y creo que en el suyo no se acordó de poner la de los naipes, como la pondré yo ahora, que será de mucha importancia, y más alegando autor tan grave y tan verdadero como es el señor Durandarte. La cuarta es haber sabido con certidumbre el nacimiento del río Guadiana, hasta ahora ignorado de las gentes»
¹  El libro (1499) que el autor desconocido completa lo tradujo al castellano Francisco Thámara con el título Libro de Polidoro Virgilio que tracta de la invención y principio de todas las cosas (Amberes, 1550), y posteriormente (1584) se editó en la Península la versión de Vicente de Millis Godínez. Sufrió variadas imitaciones y prolongaciones, y de él sacaron datos, confesándolo o no, multitud de escritores y predicadores del Siglo de Oro.
² ‘sífilis’; se medicaba con unciones: ‘pomada de un compuesto de mercurio’. El nombre primitivo de la sífilis, plaga en aquel tiempo, se refirió en cada lengua europea a distintos países, de donde se la creía originaria.
³ En la época de Cervantes habían tratado de la invención de los naipes Luque Fajardo, en su Fiel desengaño contra la ociosidad y los juegos, y Juan de la Cueva en el poema «De los inventores de las cosas», pero ni Cervantes ni Lope se refirieron nunca a este poeta y autor teatral. 

T

• Teatro del Globo, su descripción, sus autores., El. (también traducido del alemán como: Historia del teatro Globe, su descripción, sus autores). Autor desconocido. Supuesta obra en dos tomos que estudia a los autores isabelinos (William Shakespeare en especial) en torno al célebre teatro Globe, Inglaterra. [La confusión de sentimientos, Stefan Zweig]

• Travels by Smelfungus. Obra que recoge las impresiones de T. Smelfungus durante sus viajes por Europa, que en opinión del reverendo Yorick “The learned SMELFUNGUS travelled from Boulogne to Paris— from Paris to Rome—and so on—but he set out with the spleen and jaundice, and every object he pass’d by was discoloured or distorted— He wrote an account of them, but ’twas nothing but the account of his miserable feelings. I met Smelfungus in the grand portico of the Pantheon—he was just coming out of it— ’Tis nothing but a huge cock-pit, had said nothing worse of the Venus of Medicis, replied I—for in passing through Florence, I had heard he had fallen foul upon the goddess, and used her worse than a common strumpet, without the least provocation in nature. I popp’d upon Smelfungus again at Turin, in his return home; and a sad tale of sorrowful adventures had he to tell, “wherein he spoke of moving accidents by flood and field, and of the cannibals which each other eat: the Anthropophagi" —he had been flea’d alive, and bedevil’d, and used worse than St. Bartholomew, at every stage he had come at—” (El sabio Smelfungus viajó de Bolonia a París, de París a Roma, y luego a otras partes. ¡Ay! Pero como estaba ictérico y melancólico, todo le aparecía descolorido y hasta monstruoso. Y escribió un relato de su viaje, que no era más que el relato de sus lamentables sentimientos. Yo me encontré un día con Smelfungus en el pórtico del Panteón. Él salía en ese momento: —Ya ve usted —me dijo—. Esto no es más que una inmensa plaza de gallos. —¡Ojalá no hubiera usted tratado peor a la Venus de Médicis! le dije por única respuesta. Porque en Florencia averigüé que se había enfurecido al ver a la diosa, y la había tratado de miserable ramera, sin que mediara provocación alguna de la diosa. En Turín volví a topar con Smelfungus, que regresaba a la patria. Me hizo un espantoso relato de sus espantosas aventuras: accidentes de locomoción en tierra y en agua, caníbales que se devoran unos a otros, o sea antropófagos. A él lo habían torturado y desollado vivo, y en todas las posadas maltratado más que al propio San Bartolomé) [Viaje sentimental por Francia e Italia, Laurence Sterne].

• Tristra-pædia / Tristrampedia. Trabajo pedagógico de Walter Shandy. Luego del sentido fallecimiento del primogénito de Walter, este, siguiendo el ejemplo de Jenofonte, [se puso a] escribir [un] método educativo para [su segundo hijo]. Para ello recurriría en primer lugar a sus propios pensamientos desperdigados; a consejos; a ideas; luego los mezclaría ordenadamente hasta formar un cuerpo de INSTITUCIONES que reglamentasen [la] niñez y adolescencia. Tejió hilo a hilo sacándose [la ciencia] de la sesera o tejiendo y entretejiendo lo que los demás habían tejido antes de él, que para el caso venía a significar la misma tortura que él. Por espacio de unos tres años o poco más [...] siguió progresando en su trabajo. Como todos los demás escritores tuvo sus desengaños. Pensó que sería capaz de reducir todo lo que tuviera que decir a una escala tan pequeña que cuando terminase y lo encuadernase podría meterse en el costurero de su mujer. Pero las cosas se complican siempre. No hay nadie que pueda decir: ¡Hala!, voy a escribir un duodécimo, como si tal cosa. Las primeras treinta páginas [...] son un poco áridas; y [...] no guardan excesiva relación con el tema de la obra [...]: constituyen una introducción a modo de prefacio [...] o un prefacio a modo de introducción (pues no estoy muy seguro de cómo llamarlo) acerca del gobierno político o civil; y fue el hecho de que se pusieran sus primeros cimientos con la originaria unión entre varón y hembra para procreación de la especie. El segundo capítulo versa sobre la salud y se concreta en esta sentencia: ‘El secreto de la salud reside en la debida y equilibrada lucha por el poder entre el calor radical y el húmedo radical, y por ello——.’ El tercer capítulo habla de los Verbos Auxiliares, que constituye[n] al mismo tiempo el medio de que la propia alma pueda desenvolverse con los materiales que se le aportan, y por la propia versatilidad instrumental suya, lo dúctil y maleable de su empleo, medio idóneo para abrir nuevos senderos a la investigación y hacer que de cada idea se puedan engendrar millones de otras nuevas. [The life and opinions of Tristram Shandy, gentleman, Laurence Sterne].

• Toxicology of Erskine, edited by Sir Mathew Reid, the President of the Royal College of Physicians, and one of the oldest members of the Buckingham. “El tomo segundo de Erskine tenía una completa e interesantísima descripción de las propiedades de la aconitina, en un inglés transparente y purísimo.” Invaluable obra que Lord Arthur Savile consulta para buscar un veneno eficiente con el cual asesinar a su tía Clementina Beauchamp. [El crimen de Lord Arthur Savile, Oscar Wilde].


V

• Vida de Ginés de Pasamonte, La. Autobiografía de Maese Pedro a. k. a Ginesillo de Parapilla. De él dice su autor que «Es tan bueno, que mal año para Lazarillo de Tormes y para todos cuantos de aquel género se han escrito o escribieren. Lo que le sé decir a voacé (usted) es que trata verdades y que son verdades tan lindas y tan donosas que no pueden haber mentiras que se le igualen». Es una obra inconclusa: «¿Cómo puede estar acabado, si aún no está acabada mi vida? Lo que está escrito es desde mi nacimiento hasta el punto que esta última vez me han echado en galeras». Sabemos que el autor tenía la pretensión de terminarla mientras cumplía su sentencia: «y no me pesa mucho de ir a ellas, porque allí tendré lugar de acabar mi libro, que me quedan muchas cosas que decir y en las galeras de España hay más sosiego de aquel que sería menester, aunque no es menester mucho más para lo que yo tengo de escribir, porque me lo sé de coro (de memoria)». El autor se estima como gente hábil, aunque él agrega sobre esto que: es «[...] desdichado, porque siempre las desdichas persiguen al buen ingenio». [El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, Miguel de Cervantes Saavedra].

• Vida de Sócrates. Obra inédita de Walter Shandy. Como primera obra había que reconocer que nadie se había lanzado con tanto velamen a las letras y con tan procelosa marea de heróica sublimidad como [Walter] en esta ocasión. No hubo frase de la oración de Sócrates que concluyera con una palabra más corta que transmigración o aniquilamiento, ni pensamiento en ella inferior al de ser o no ser, o la entrada en un nuevo y no experimentado estado de cosas, o un largo, profundo y pacífico sueño, sin pesadillas ni sobresaltos [The life and opinions of Tristram Shandy gentleman, Laurence Sterne].

5. En torno a creación y tradición

Me gusta pensar que mi identidad es como un cielo nocturno, con una serie de estrellas componiendo constelaciones que representan todas esas...