Mostrando las entradas con la etiqueta Joaquín Mortiz. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Joaquín Mortiz. Mostrar todas las entradas

sábado, 13 de noviembre de 2021

SV003: Los palacios desiertos



Portada de la primera edición
Porque los palacios están desiertos.
Isaías XXXII:14
Si hacemos una retrospección al panorama editorial mexicano desde los cincuenta a los sesenta, veremos que en esos años nacieron y crecieron cuatro colecciones fundamentales para la historia nacional del libro: Letras mexicanas (1952) del Fondo de Cultura Económica, Ficción (1958) de la Universidad Veracruzana, Alacena (1961) de ERA y la Serie del volador (1963) de Joaquín Mortiz. Las primeras dos, al ser empresas del estado, tenían criterios editoriales que estaban sujetos a compromisos sociales y estéticos específicos: llegaban a ser conservadoras e incluso nacionalistas. La aparición de Mortiz y ERA vino a compensar la oferta literaria; éstas, al ser empresas de capital privado, podían apostar por propuestas más provocativas, contestatarias o hasta experimentales, y de hecho, una revisión comparativa de sus catálogos (de)mostrará que obras que no hubiesen tenido cabida en una editorial, lo tuvieron en otra. Por supuesto, publicar en una de ellas no anulaba explícitamente la posibilidad de publicar en otra, pero es de imaginarse que dar el salto no tenía que ser, a su vez, algo sencillo, y para nadie es secreto que el ámbito cultural de México nunca ha estado exento de mafias, filias y fobias, por lo que ver la obra de algún escritor en varias editoriales o puede ponernos en guardia o puede darnos una muy buena pauta de su calidad. Yo prefiero pensar bien antes que mal, pues Luisa Josefina Hernández es la única autora que presume de tener al menos un libro en las cuatro colecciones insignia de las antes mencionadas editoriales. Para cuando publica la obra de la que voy a hablar en esta ocasión, Los palacios desiertos (1963) (SV003), ya tenía El lugar donde crece la hierva (1959) en Ficción y La plaza de Puerto Santo (1961) en Letras mexicanas; y, finalmente, coronaría su proeza con La primera batalla (1965) en Alacena.
El libro de Hernández, parece tener una especial afinidad con el número tres: como dije, apareció por primera vez en 1963; es la tercera entrega de la Serie del volador; su tiraje fue de tres mil ejemplares y tres son sus personajes centrales. Presumiblemente la ilustración de portada es de la mano del artista plástico Vicente Rojo. Hay sitios en internet que consignan que la obra fue galardonada con el Premio Casa de las Américas en el año de su publicación, pero si uno consulta la lista oficial, esta novela de Hernández no figura entre las premiadas. Mas, no por ello es una obra indigna de atención.
A propósito de la obra, su autora nos dice en una entrevista que: “De lo que sí me acuerdo es que yo estaba en la lista negra. Escribí una novela tomando como base esa leyenda conocida como «La leyenda dorada». Es de ese libro medieval que tiene todos los santos. Allí sólo se habla de Santa Marta y el dragón. La leyenda dorada se utiliza para investigaciones de arte, es un libro de consulta. Es de Jacopo da Vorágine. La gente de arte lo usa mucho. Yo lo usé en una forma que yo creo, sí, que no era blasfema, ni indecente, ni incluía faltas de respeto. La novela se titula Los palacios desiertos. Llegó a España y alguien de los censores franquistas la vetó. La publicó Joaquín Díez Canedo, el hijo de Enrique. Tenía una editorial propia que ya desapareció. Murió hace un año [en el 2000].” Hay que recordar que uno de los objetivos de la editorial de Joaquín Díez-Canedo era publicar literatura que el régimen franquista había censurado o vetado.¹ Por ello, podemos aventurar la conjetura de que la novela de Luisa Josefina tuvo cabida en la Serie del volador no sólo por su calidad (incipiente en aquel momento), sino como una especie de revancha contra la opresión fascista que se vivía en la patria natal del fundador de JM.
Texto de la contraportada
La breve novela de corte vanguardista, sigue la estela de las dos anteriores entregas de la Serie del volador, la fragmentaria Feria de Arreola y la antiliteraria Nadja de Breton. 
Como su autora comenta, el argumento retoma la hagiografía número CV de La leyenda áurea, que versa sobre lo acontecido a Santa Marta de Betania después de los hechos narrados en en nuevo testamento, la resurrección de Lázaro, su hermano, merced a la providencia y Jesucristo. Vorágine nos cuenta que «Lázaro su hermano y muchas otras personas más, por orden de los infieles embarcaron en un navío desprovisto de remos, velas, timón, de cualquier instrumento que pudiera servir para gobermarlo, y de alimentos para sustentarse; y a bordo del mismo, conducido milagrosamente por Dios, arribaron a Marsella, donde desembarcaron: poco después se trasladaron a Aix y convirtieron a la fe de Cristo a los habitantes de la región. Marta fue una mujer simpática y muy elocuente. En un bosque situado en las proximidades del Ródano entre Arlés y Aviñón había por aquel tiempo un dragón cuyo cuerpo más grueso que el de un buey y más largo que el de un caballo, era una mezcla de animal terrestre y de pez; sus costados estaban provistos de corazas y su boca de dientes cortantes como espadas y afilados como cuernos. Esta fiera descomunal a veces salía de la selva, se sumergía en el río, volcaba las embarcaciones y mataba a cuantos en ellas navegaban. Teníase por cierto que el espantoso monstruo había sido engendrado por Leviatán (que es una serpiente acuática ferocisima) y por una fiera llamada onaco u onagro, especie de asno salvaje propio de la región de Galacia, y que desde este país asiático había venido nadando por el mar hasta el Ródano, y llegado a través del susodicho río al lugar donde entonces se encontraba. Decíase también que este dragón, si se sentía acosado, lanzaba sus propios excrementos contra sus perseguidores en tanta abundancia que podía dejar cubierta con sus heces una superficie de una yugada; y con tanta fuerza y velocidad como la que lleva la flecha al salir del arco; y tan calientes que quemaban como el fuego y reducían a cenizas cualquier cosa que fuera alcanzada por ellos. Marta, atendiendo a los ruegos de las gentes de la comarca, y dispuesta a librarlas definitivamente de los riesgos que corrían, se fue en busca de la descomunal bestia; en el bosque la halló, devorando a un hombre; acercóse la santa, la asperjó con agua bendita y le mostró una cruz. La terrible fiera, al ver la señal de la cruz y al sentir el contacto del agua bendita, tornóse de repente mansa como una oveja. Entonces Marta se arrimó a ella, la amarró por el cuello con el cíngulo de su túnica y, usando el ceñidor a modo de ramal, sacóla de entre la espesura del bosque, la condujo a un lugar despejado, y allí los hombres de la comarca la alancearon y mataron a pedradas. Hasta entonces la zona aquella en que el monstruo se escondía, por lo sombrío y tenebroso del paraje, llamábase Nerluc, que quiere decir lago negro, pero a partir de la captura y muerte del dragón, al que la gente designaba con el nombre de Tarascón, en recuerdo de la desaparecida fiera comenzó a llamar Tarascón a lo que antes había llamado Nerluc».
Todo comienza con Luis —trasunto ficcional (ni si quiera encubierto) de la autora—, estudiante de medicina que, un tanto contra su voluntad, se ve en poder de las pertenencias de su recién suicidado vecino y apenas si amigo Rob Marlon, norteamericano de carácter desagradable que aspira a ser escritor. Entre estos despojos hay tres documentos que comienzan a interesarlo, y antes de hablarnos plenamente de ellos, nos hace un puntual relato de sus relaciones con Marlon, del malogrado romance de éste con Elena Gonzaga y de su cada vez más insana curiosidad por ellos. Estos papeles póstumos son una inacabada novela autobiográfica de la lóbrega infancia de Marlon, sus anotaciones a propósito del desmesurado y violento amor por Gonzaga y el diario de ella. Luis nos ofrece una traducción de los primeros dos y también su caprichosa edición, intercalando (erráticamente) ambos. Es por estas secciones que conocemos el pasado remoto e inmediato de Marlon: su violenta infancia, la mala relación con su padre morfinómano, una envidia latente y taciturna por su hermano menor y una especie de vocación enfermeril por asistir a su madre enfermiza; mientras que vamos conociendo los pormenores de su amorío con Elena, quien insiste y persiste por no ser su esposa, circunstancia que lo orilla a violentos desplantes y un intento de suicidio. La autora se vale de estos documentos para pasar de la narración directa a la indirecta, para bordar ambos textos que se oponen y complementan. Luego nos introduce de nuevo en la perspectiva de Luis Narrador/Editor que intrigado por lo que tiene en su poder, decide visitar a la madre de Elena con intensiones no muy bien esclarecidas; esto le permite escamotear otro diario que procede a transcribir y que nos presenta como EL PRIMER DIARIO. A través de él, Gonzaga invierte la formula de Marlon: si éste narra su infancia trayendo a colación el presente, ella narra el presente trayendo a colación el pasado infantil. Las figuras paternas de Rob y Elena se emparentan y enfrentan, el padre de ella es un hombre recio y heróico, un ser duro y dominante que encuentra su equivalente disminuido en Marlon. Para Elena, Rob es como un dios griego que le impone una atracción fatal de la que no puede librarse y en la que cae gustosa. Toda la maldad tácita y explícita de Marlon es un aliciente de admiración para Gonzaga. El curso narrativo tiene un extraño desplazamiento con la inclusión de un personaje de apellido Arenas, viejo aspirante a aforista en condición de egestad que comienza a abordar a la señorita Elena, con intenciones ocultas, de momento. No pasa mucho sin que se revele su nefasto propósito, que finalmente no prospera, y acudimos al cierre del diario, con algunas reflexiones de Elena respecto a la necesidad de hallar algo en los libros, una idea que cifre el sentido de su vida. Entonces, Luis interviene una vez más para transcribir esa idea, una leyenda que dota de sentido la existencia de Elena Gonzaga. Se trata de una bella reescritura del encuentro mágico de Santa Marta con el dragón. Me permito transcribirla:

LA HISTORIA HALLADA POR ELENA

Era por la tarde y el bosque empezaba a estar oscuro. Desde afuera parecía una mancha negra debajo del sol inclinado.
El bosque, sin embargo, prometía belleza dentro de lo oscuro, prometía vida. Debía de haber flores rojas ocultas por los árboles, insectos, respiraciones y pasos ligeros.
No era posible prever qué clase de animales habitaban el bosque, pero costaba trabajo creer que fueran fieras. La imaginación traía naturalmente flores, mariposas, saltamontes, hongos, un mundo pequeño y protegido por una espesa capa de ramas, hojas, lianas. Un mundo animado y misterioso escondido en otro mundo de aspecto impenetrable.
Se imaginaba el suelo cubierto de frutos de castaño y de avellano, el olor de la intimidad de los árboles mezclado con vapores y el ruido de los pájaros. Pero no se podía hablar de lobos, de tigres o jaguares, que sin duda habrían pertenecido a una selva notable en el desorden, ruidosa, testigo de un sin fin de tragedias.
Era por la tarde y la joven Marta, vestida con su túnica de tela azul y su cinturón de cuerdas bien atado, decidió entrar al bosque.
Al bosque se entraba por un sendero angosto que se ensanchaba repentinamente y se perdía. El sendero estaba cubierto de hierba, pero después la hierba escaseaba y quedaba la tierra seca y dura, donde no había nada, nada, ni hojas arrancadas por el viento.
Marta se sorprendió de la apariencia de la tierra y pensó que los altos árboles debían de tener raíces muy profundas, para alimentarse de una humedad que estaría algunos metros más abajo, en otra capa mojada y sumergida. Tal vez la verdadera belleza de ese bosque estaba más adentro y habría un paso secreto que llevara a un escondido arroyo.
También notó algo que le llamó poderosamente la atención: en el suelo, había unas manchas negruzcas que parecían proceder de un fuego encendido y consumido, pero que no podían serlo, porque se reproducían en forma independiente y sin orden alguno en la misma corteza de los árboles; que por cierto eran castaños y avellanos, aunque ninguno de sus frutos parecía haber madurado y caído.
Marta sintió también que la temperatura era muy diferente a la de la aldea donde ella vivía, que se encontraba cerca. Era mucho más alta, y todo el aire parecía penetrado de un humillo incoloro en algunas partes, en otras, vagamente azul. Pensó en una gran fogata, descartó la idea, luego pensó en un lago subterráneo de vapores calientes, pero eso en todo caso, hubiera dado otro tipo de vegetación.
Marta seguía avanzando sin preocuparse por que el camino se había perdido en árboles idénticos; avanzaba al azar porque en sus planes nunca estuvo el regreso.
Por fin llegó a un sitio donde los árboles se alineaban formando un círculo disparejo y suave. Un círculo invisible desde afuera y donde entraba la luz.
Allí, atravesado por el sol de rayos oblicuos, de pie y en una actitud melancólica y serena, estaba el dragón.
Marta pudo observarlo en toda su grandiosa hermosura. Tenía dos alas inmensas y tornasoladas, el cuerpo cubierto de pequeñas escamas del color de la plata y su pecho, no se sabía si recordaba el de las águilas o el de un gran pez de tierra. Pero lo más notable eran las llamas incontrolables y azules que salían de sus labios.
Marta se quedó inmóvil en lo oscuro. No habría regreso. El más enloquecido sueño se había vuelto real. No dormiría más. Recordó antiguos deseos de pastores, de duendes y de principes y los fue deshechando. Su pecho se desnudó por dentro y se dejó invadir. Fue casi un vértigo, el vértigo del reconocimiento y de la entrega, matizado por un tremendo, invencible, monstruoso, sentimiento de pánico.
No tuvo tiempo de arrepentirse de haber entrado al bosque, tampoco quería arrepentirse. No quería huir. Allí estaba el dragón y esa presencia abarcaba todas las reacciones positivas y negativas. El dragón era todo.
Cuando el dragón la miró, Marta estuvo a punto de desmayarse, pero sostuvo la mirada. Los ojos del dragón no conocían la sorpresa, lo más característico en ellos era su intensidad color de uva... pero tembló una de sus alas y en ella, se combinaron de otro modo los compuestos del arco iris.
El dragón salió del área iluminada y se acercó hasta quedar casi junto a ella, no enfrente, porque el dragón sabía lo que significaba su respiración cuando alcanzaba a tocar un objeto.
Miraba a Marta con cuidado, con calma. Ella se estremecía pensando en los árboles quemados y en la tierra manchada y seca. Ella alentaba y resistía la mirada con la concentración con que se viven los minutos que están antes de la muerte.
—Devórame —murmuró. 
Entonces, el dragón empezó a caminar de un lado a otro, siempre cerca de Marta y a recitar un especial discurso con su voz ronca, baja, carente de resonancias.
—Que todo aquel que penetre en el bosque ha de morir, se ha dicho. Perecerá en las fauces del dragón. Por eso, este bosque es maldito y muy temido resulta su único habitante. Yo he preguntado, (los dragones no son inmortales) ¿cómo perecerá el dragón? Cuando se vive solo, las preguntas hacen ecos y ecos, giran y retumban hasta que un eco falla y desvaría y ya no se parece a la pregunta, porque es la respuesta. Mientras el tiempo pasa, los hombres sueñan y los dragones sufren de alucinación. Soy dragón, ejemplar único de una raza sin hembras: las alucinaciones son ondinas, gorgonas, reinas bárbaras coronadas de piedras, odiosas sirenas que vuelan por el mar y nadan por el aire. No hay nada más tremendo que la imaginación y el deseo de los de mi raza, nacidos para la soledad, la destrucción y la melancolía; engendrados de alguna unión monstruosa, llevamos en el cuerpo las señales de la crueldad de nuestros padres y en el fondo del cerebro, la distracción abandonada y enloquecida de nuestras madres. Eso somos nosotros: basta mirar la barbarie tornasolada de nuestras alas y el fuego de nuestras gargantas, basta escuchar nuestras voces inútiles y nuestros llamados que se pierden a la sombra de las hojas ennegrecidas por nuestro propio aliento. Nada es terrible en nuestras vidas salvo el hecho de vivirlas: todo es terrible en nuestras vidas. Se ha dicho que nadie saldrá vivo de este bosque. ¿Por qué has venido?
—Quería verte, soñaba contigo.
—¡Lástima que no pueda reír! ¡Soñar conmigo! ¿Por qué no soñabas con un pastor?
—Un pastor no era suficiente, aunque es verdad que por un tiempo, soñé con un pastor.
—Debiste haber soñado con un príncipe.
—También lo hice... pero me cansé pronto.
—Debiste entonces... no sé qué decirte. Veo, que en efecto, no te quedaban más que los dragones, pero después de eso, no queda nada más.
—Así es.
Los dos callaron y el sol se hizo más débil. Una libélula descuidada, pasó cerca de la nariz del dragón y en seguida cayó al suelo con el cuerpo quemado. El dragón, modestamente, le puso una pata encima y suspiró.
Marta bajó los ojos, como cuando se sorprende algo vergonzoso en la persona amada y así se la protege del rubor. El dragón, sin embargo, parecía incapaz de rubor alguno. Marta dijo:
—Devórame. ¿Qué esperas?
—No sé. Los dragones hemos sido los más tradicionales suicidas de la historia. ¿Lo sabías?
—No.
—Vivimos nuestro destino de destructores y luego, en un momento clave, cuando todo es demasiado árido, se apodera de nosotros un delirio de fecundidad y...
—¿Puedo tocar tus escamas?
El dragón contuvo por un instante su cálido aliento y no contestó. Pero acercó a Marta una parte de su pecho cuidando de mantener la cabeza vuelta hacia un lado. Marta tocó la escama y sintió que sus dedos, al tocarla, se entumecían de horror. El dragón, sin volver la cabeza, la miraba de reojo. Marta retiró la mano.
—Tócame más.
Marta extendió las dos manos sobre el pecho del dragón y a la luz desnivelada de la tarde que estaba por morir, vio cómo se reflejaba su imagen en cada una de las escamas. Nadaba en un mar relampagueante de plata y espejos. Tocó cada una de las escamas hurgando en sus múltiples imágenes; se olvidó de sí misma y por ello mucho le sorprendió observar que las alas del dragón temblaban hondamente y que el fuego de su boca era morado.
—¿Cómo es el tacto de la carne? —dijo el dagón.
—Suave.
—Yo no toco. Devoro. Sólo podría hablarte del sabor de la carne.
—Es suave, suave, suave.
El dragón suspiró con tanta fuerza, que la rama del árbol más cercano, cayó al suelo calcinada y rota.
—¿Cómo es el tacto de tus cabellos rubios?
—Suave también, como la lluvia.
—Como la lluvia...
El dragón suspiró de nuevo y algo que no era un objeto cayó a los pies de Marta. Algo que fue absorbido por el suelo con gran rapidez y que Marta vio pasar como un relámpago.
—¿Lloras? —dijo Marta. El ojo que la miraba de perfil estaba humedecido. Cayó otra lágrima y Marta pudo ver que dejaba en el aire un rastro de vapor.
—Devórame.
El dragón retomó su discurso interrumpido mientras Marta dejaba de tocar su pecho y seguía la línea en que las escamas empezaban a escasear para dar lugar al nacimiento de las alas.
—Un dragón no es eterno. Una vez vino a matarme una escuadra de soldados y con un solo aliento los convertí en cenizas. Ellos no sabían que la vida nuestra es premeditada y misteriosa. Nadie puede exterminarnos sin contar con nuestra voluntad. Nadie. Por eso parecemos eternos.
Ahora, Marta, parada en las puntas de sus pies descalzos, tocaba sin tocar las irisadas transparencias de las alas y su terror alimentaba su deleite. Sudaba no sabía por qué placer extraño. El dragón se volvió un poco más y su cola resonó contra el suelo como la de una serpiente marina. Los dedos de Marta corrían por las escamas de su espalda, hasta terminar en aquella cola fuerte y enjoyada, rematada por una aguda flecha.
—El bosque no es un feo lugar para vivir —seguía el dragón—. Si yo me abstuviera de pasearme por algunas de sus partes, podrías comer frutos. Te bañarías en una ciénaga después de pasar yo por ella y el agua quedaría tibia y agradable. Tal vez yo podría contemplarte cómo te bañas, cómo eres sin túnica. Podría ver, también a una distancia prudente, cómo eres cuando cierras los ojos y te duermes. —Caviló un momento, siempre estremecido y sin dejar de temblar—. Pero jamás podré tocarte, ni mirarte de cerca, jamás sabré...
Marta se había sentado en el suelo, exhausta de miedo y de abandono. Con excepción del rostro, no había parte del cuerpo del dragón que no hubiera tocado. Tenía las manos arenosas, desolladas y colmadas de palpitaciones. Sabía ahora que la sangre de los dragones es más potente que el molino de viento de una aldea. Sabía también que ella era más quebradiza que la libélula calcinada y que el regreso era más imposible que nunca aunque pudiera recordar el camino.
Allí, en el suelo, se inclinó para besar una de las enormes patas. La hinchada cola del dragón pasó sobre su cabeza y el cuerpo de su dueño retrocedió muchos pasos. Ahora podía distinguirse sobre el círculo de árboles, una luna como huella digital.
El dragón empezó a caminar siguiendo la curva indecisa de los castaños y de los avellanos y cada uno de los enormes pasos, resonaba en el cuerpo de Marta. La túnica se le había pegado al cuerpo y el cinturón de cuerdas le apretaba como un anillo de acero. Quería dar alaridos y sollozar, pero callaba.
El dragón, con la espalda apoyada en un árbol, miraba al cielo con sus ojos de uva. Parecía imaginar la frialdad de una noche que a él llegaba tibia. Parecía más nostálgico que nunca.
—Ven. Acércate.
Marta, muy temerosa, con las rodillas húmedas, se dirigió hacia él.
—Desata tu cinturón de cuerdas.
Ella obedeció y la túnica se le quedó prendida en el cuerpo como si también estuviera aterrorizada.
—Ahora, átamelo al cuello y llévame.
—¿A dónde?
—Allá, al sitio de donde vienes.
—No sé el camino de la aldea.
—Te lo enseñaré yo.
Marta siguió las instrucciones que había recibido y empezaron a atravesar el bosque. No dijeron una palabra más. El dragón caminaba sumiso tranquilo. Pero se oían los ecos de su corazón. Marta iba lentamente aprendiendo, cómo en muy corto tiempo nace y crece el dolor.
No se detuvo, sin embargo, ni quiso quedarse en aquel bosque, ni bañarse en la ciénaga, ni alimentarse de avellanos, de nueces y de espanto. Cruzaron el lindero del bosque, avanzaron por el camino y ya era el amanecer. Ninguno de los dos supo de los esplendores de la noche, cada uno llevaba su propia prisa insondable y secreta.
Al entrar a la aldea, los hombres las mujeres, enardecidos por un odio gratuito, aunque auténtico, hirieron al dragón con palos y con piedras, hasta que se apagó su fuego y sus latidos y su sangre corrió, no siguiendo el apretado cauce de venas, sino esparcida y torpe.
Marta, ya sin temor, sin dueño y sin cansancio, fue a sentarse junto al molino de viento, frente al curso de un arroyo que aún ahora, contempla fijamente.

Una nueva intervención de Luis, con sus comentarios y reflexiones, y también la imprevista entrevista con los padres de Rob que, a la sazón, están en México por el suicidio de éste, nos lleva al otro diario de Elena; aquel que estaba entre las pertenencias de Rob. Una especie de anulación del anterior diario. En él, Gonzaga se revela como la verdadera protagonista de la novela. Sus entradas sin fecha se suceden rápida y aterrorizadamente y versan sobre Rob Marlon, el verdadero; aquel hombre feroz y perezoso que la sometió. Elena destruye la imagen idealizada del primer Rob que nos había retratado. Rob Marlon es un dragón, un demonio maldito del que ella tiene que librarse y librar al mundo. Esta nueva perspectiva desconcierta al lector por su contradicción con el diario anterior; lo hace entrar abruptamente en la realidad de miedo que una frágil mujer vive merced a un extraño que la somete y acecha. Con todo, este diario es también la revancha, Elena viviseccion a su asqueroso amante y lo va destruyendo. La locura y el dolor que debió haber sentido Rob después de la lectura del venenoso diario son lo que lo lleva a la autodestrucción. La obra cierra con una última intervención de Luis que descubre el mecanismo artificial de la historia, que si bien, es real —dentro del mundo de la ficción—, fue acomodado de un modo específico para suscitar en el lector una duda, la ambigüedad sutil que no permite decir quién es el asesino de Rob Marlon, si éste se dejó matar (como un dragón) o, en efecto se suicidó.
Luisa Josefina Hernández nos entrega una novela completa, aunque insegura en el principio y algo inverosímil por su narrador/editor. Pese a ello, destaca en su uso de los adjetivos, la inteligente estructura y el paratexto hagiográfico que determina la narración. Al momento de escribir este texto, la autora tiene 93 años y es la última escritora viva de las que publicaron en la Serie del volador. Además de su obra novelística, es traductora, ensayista, docente y destaca especialmente como dramaturga.

¹ En el libro Más allá de las palabras, difusión, recepción y didáctica de la literatura hispánica se recoge el caso anecdótico, contado por Jaime Salinas, de la primera traducción al español de El tambor de hojalata de Günter Grass: “Eran los años sesenta y [...] seguía en vigor la censura, que obligaba al editor a presentar en el Ministerio de Información y Turismo todo libro o manuscrito, donde era puesto en manos de los censores. [...]. Seix Barral no tardó en recibir el correspondiente oficio denegando la publicación de El tambor de hojalata en España. Inmediatamente Carlos Barral se lo comunicó al editor alemán proponiéndole al mismo tiempo un traspaso del contrato a la editorial mexicana Joaquin Mortiz, dirigida por el exiliado español Joaquin Diez-Canedo, con el que Barral mantenía estrechas relaciones personales y profesionales que le habían permitido publicar más de un libro que le había sido denegado por la censura. Steidel Verlag no puso inconvenientes, Joaquín Mortiz encargó su traducción a Carlos Gerhard y poco después apareció en México la primera edición en lengua española de El tambor...”

viernes, 2 de abril de 2021

SV002: Nadja

Portada de la primera edición
Portada de la primera
edición diseñada por 
Vicente Rojo
El segundo título de la Serie del volador se publicó el 30 de diciembre de 1963; se trata de Nadja (SV002), una “novela” —en el sentido más laxo del término— de André Breton, el padre del Surrealismo. La traducción corrió a cargo del —exiliado— poeta y prosista español Agustí Bartra y contó con un tiraje de 3000 ejemplares en su primera edición, alcanzando otras tres reediciones en la serie antes de 1985.
Visto a la luz de los años, el libro de Breton es algo inarmónico dentro de la colección, siendo la primera traducción y además tratándose de una obra cuya publicación original es de 1928. A diferencia del resto de libros publicados en la serie, las obras de Breton no son propiamente contemporáneas, como sí lo son la mayoría de títulos de la colección. Es posible que dos factores, no propiamente relacionados, hayan propiciado que Mortiz tomara la determinación de publicar a Breton. El primero de ellos es que el año anterior, 1962, la prestigiosa casa editorial Librairie Gillimard había puesto en circulación una edición revisada y corregida de Nadja, lo cual, en parte, actualizaría la obra, circunstancia que la pondría dentro del estatus de contemporánea que perseguía la editorial mexicana. La segunda razón —una conjetura sin evidencia— es que desde 1952, Octavio Paz mantenía una estrecha relación con Breton; hay que recordar la influencia que tenía Paz no sólo en los círculos intelectuales mexicanos de la época, sino en la recién fundada editorial, por lo que es plausible pensar que Breton pudo llegar a Mortiz por mediación de Paz, idea que se ve parcialmente reforzada con base en el hecho de que si Mortiz se hubiese interesado por la literatura del movimiento surrealista, hubiésemos tenido en el grueso de su catálogo otras publicaciones de autores como Paul Eluard, Louis Aragon, César Moro o Robert Desnos.
Desde su publicación original, la novela contó con una abundante cantidad de ilustraciones fotográficas de lugares y personajes; que —en palabras de Breton— obedecen a un «imperativo antiliterario» y «tiene[n] por objeto eliminar toda descripción»; idea que ya había planteado en el Manifiesto del Surrealismo (1924): «¡Y las descripciones! Nada es comparable a su inanidad; no son más que superposiciones de clichés de catálogo…»

De izq. a der.: Paul Eluard, Benjamin Péret, Robert Desnos y Blanche Derval;
fotografías correspondientes a la primera parte de la novela.

Las ilustraciones cruciales fueron conservadas en la edición de Mortiz con un excelente tratamiento de páginas completas e independientes al texto.

Texto de contraportada
Nadja es una obra autobiográfica que trata de testimoniar el fugaz y sibilino romance entre Breton y Leona Camille Ghislain Delcourt, quien se autonombra a  partir de la palabra rusa Nadjezda ( Надежда, esperanza).
El libro comienza con un prolegomeno donde el autor se cuestiona sobre la naturaleza de su identidad y nos pone en conocimiento de sus motivaciones para relatar de modo científico —sin adornos ni artificios— la historia de cómo conoció y perdió a esta enigmática mujer. Después nos presenta, a manera de diario, los pormenores se sus escasos encuentros con ella, de los que siempre obtiene alguna especie de correspondencia coincidente y simbólica. Tal y como lo promete, la relación se cuenta en términos parcos y a veces hasta generales, resultando en el fondo un retrato superficial y pálido. Antes que cualquier otro detalle relevante, el autor procura anotar puntualmente las calles, hoteles, plaza y establecimientos que son testigos de todo; sucumbe a una obsesión topográfica.


Si el libro tiene algunos atractivos son los curiosos dibujos de Leona, de los que, hacia el final, Breton extrae nuevas y asombrosas correspondencias que invariablemente lo llevan a intrigarse por el misterio que es Nadja.

Retrato simbólico de los amantes donde Nadja se representa como Melusina.
La realidad es que el libro tiene una estética muy personal y forzada, pues al no ser propiamente una novela, obliga al lector a juzgar la obra conforme a su modelo ideal, que resulta ser la misma novela en sí. A pesar de que pretende hablar sobre la figura casi mítica de Nadja, Breton nos habla más sobre su persona, sus actividades y la percepción que tiene de los acontecimientos inusuales que encuentra en su adultera relación, pues —hay que decir que mientras sostenía sus escarceos románticos— aún estaba casado con Simone Kahn. 
No bien decide deslindarse de Leona, ella comienza a sumirse en una espiral de terrible decadencia que la lleva a ser recluida en un manicomio para eventualmente morir allí un par de años después.

Collage hecho por Nadja
Como decía, la obra poseé varios dibujos de Leona que revelan un espíritu febril e imaginativo.

La flor de los amantes

Autoretrato de Leona
Un felino sometido a dos fuerzas opuestas:
el peso en su base y una soga
al cuello que tira de él
Las últimas páginas del libro son una especie de balance donde Breton se plantea el haber recibido un mensaje diferido de Nadja. Al llegar con retraso el mensaje no cumple jamás su función y el elemento de asimetría que se va acusando más entre los amantes, termina por alcanzar su climax en un accidente aéreo: 
«El corazón humano, hermoso como un sismógrafo. Majestad del silencio… Un periódico matutino me bastará siempre para darme noticias mías: "X…, 26 de diciembre— El operador encargado de la estación de telegrafía sin hilos situada en La Isla de Sable, captó un fragmento de mensaje que podría haber sido emitido el domingo por la noche a tal hora por el… El mensaje decía en particular: 'Algo falla', pero no indicaba la posición del avión en ese momento y, debido a las pésimas condiciones atmosféricas y a las interferencias que se producían, el operador no pudo comprender ninguna otra frase, ni entrar de nuevo en contacto. "El mensaje había sido emitido en una longitud de onda de 625 metros; por otra parte, dada la intensidad de recepción, el operador creyó que podía localizar el avión en un radio de 80 kilómetros alrededor de la isla de Sable." La belleza será CONVULSIVA o no será».
En todo esto, André Breton encuentra una especie de metáfora condensatoria de su relación con Leona.


André Breton nació en 1896 y falleció en 1966. Es considerado uno de los más importantes renovadores de la estética de vanguardias europeas de principios del siglo XX. Autor de una ingente obra poética y crítica, se destacó por sus manifiestos sobre el surrealismo donde dio a conocer los postulados del movimiento. Atraído por la psiquiatría y la política, hacia sus obras finalmente expuso su preocupación por el individuo y la sociedad.

Porción de la contraportada
anunciando los títulos de
próxima aparición

miércoles, 22 de julio de 2020

SV001: La feria

Portada de la
primera edición diseñada
por Vicente Rojo

La feria (SV001) es la única novela del escritor jalisciense Juan José Arreola. Se publicó por primera vez en 1963 y le valió a su autor el, entonces prestigioso, premio Xavier Villaurrutia, que compartió con Elena Garro, de quien se premió Los recuerdos del porvenir.
Con un tiraje original de 4000 ejemplares, la obra se convirtió rápidamente en un referente capital para la literatura mexicana, además de que la primera edición es altamente valorada entre los coleccionistas de libros.
Es, también, el primer libro de la Serie del volador de Joaquín Mortiz. Desgraciadamente pocos libros de la serie incluyeron datos sobre los artistas que diseñaron las portadas o que elaboraron el arte y las fotografías que muchos de ellos incluyen. Podemos presumir que buena parte de los diseños los elaboró el artista editorial Vicente Rojo; quien se habría encargado personalmente de la identidad visual los primeros 10 o 12 títulos. Justamente, para La feria elaboró una colección de 80 asteriscos que preceden y anteceden cada uno de los 288 fragmentos del libro.

Los 80 asteriscos de La feria

La aparición de estas viñetas no es gratuita; su intención es crear un contrapunto visual con cada fragmento, al grado de que algunos de sus elementos son altamente referenciales entre sí. Por ejemplo las flores de cempasúchil, que siempre aparecen con el tallo apuntando hacia la izquierda, excepto cuando se habla de los homosexuales de Zapotlán; la intención de este detalle no puede ser casual.¹

Texto de
contraportada

Como la ausencia de creditos en cuanto al diseño editorial, tampoco las contraportadas ofrecen detalle sobre los reseñistas de las obras. Sabemos, por la apasionante labor de Jesus Quintero, quien reúne los Textos a la deriva de José Emilio Pacheco, que es posible que muchas de ellas hayan sido escritas por dicho autor,² sin embargo, no hay certezas sobre cuáles sí pertenecen a su pluma y cuáles no. Hay que decir que quien escribiese la contraportada de La Feria, acertó al punto en decir que pertenece al género de Apocalipsis de bolsillo.

A grandes rasgos, La feria versa sobre el pueblo de San José Zapotlán El grande. A través de una gran variedad de recursos narrativos, el autor va ofreciendo en voz de sus habitantes, el pasado, el presente y el porvenir del lugar. La historia abarca desde la fundación de Zapotlán, pasando por la época colonial, la revolución de 1910 y la guerra cristera, hasta un presente indefinido. Pero no lo hace de forma lineal, sino que a cada momento —como si de un aleph se tratara— presenciamos hechos que corresponden a cualquiera de los tres tiempos. No conforme con ello, la novela podría tener 30.000 personajes o en realidad uno, un ente colectivo, la suma de los habitantes de Zapotlán que le dan voz al pueblo. La propuesta puede ser tan abierta, que incluso, es posible leer el libro comenzando desde cualquier fragmento; 288 maneras de empezar una novela, y 288 maneras de terminarla. 
Muchas veces se ha dicho de esta novela que es polifónica, yo agregaría que funciona como una fuga. En música, la fuga es una estructura que consiste en un tema, una idea musical que van presentando distintas voces, pasándose el protagonismo entre ellas —en el  libro, las voces se corresponden con los fragmentos, y estos a su vez son uno o varios personaje (algunos recurrentes)—, esta intercalación de perspectivas, dota a La feria de la algarabía y febrilidad característica de los pueblos en México, pero no es todo; en las fugas suele haber un pasaje llamado Stretto (estrecho), un momento musical donde todas las voces hacen acto de presencia simultánea, cosa que sucede al menos en tres ocasiones en la novela: un acto de naturaleza caleidoscópica, los 30.000 zapotlences hablando juntos, un multitudinario monólogo de miedo y luego de constricción.
Los fragmentos contienen de todo: antiguas querellas legales por despojo de tierras; velas tan grandes como faros; la silla de montar de Maximiliano de Habsburgo; fotografías de bandidos que son accidentalmente vistas como talismanes; ánimas que conocen la ubicación de tesoros inveterados; zona de tolerancia; venganzas largamente anheladas; confesiones, soliloquios, coloquios y circunloquios; secretos a voces; pasiones; poetisas seductoras y dependientas seducidas; diarios de amor y memorias de empresas que naufragan; canciones, chistes, adivinanzas, dichos, albures; historias extraoficiales de vergüenza; cuerdos y locos que ignoran su locura; Pitirre en el jardín; fórmulas mágicas; mitologías precolombinas; un patrono más grande que Dios; Isaías, Ezequiel, los Apocalipsis, el evangelio de Eva y el de Santo Tomas; Apiterapia; perros llamados Otto Weininger que son aplastados por muros; y finalmente una feria, el evento capital, el lugar a donde todas las calles conducen.

Un posible hápax arroliano

Hay presencias constantes en la novela de Arreola; Hojarascas, Concha de Fierro, la ausencia del abogado usurero, Don Abigail, Don Isaías, el zapatero agricultor... etc. Entre ellas, está la de un niño —un personaje muy autobiográfico, si me lo preguntan—. Este muchacho aparece invariablemente acompañado del cura de Zapotlán, confesándose en los fragmentos 18, 56, 62, 84, 92, 105, 181, 199 y 200. Precisamente en el 181 leemos: «—Padre, también quería preguntarle, ¿menosorquia es mala palabra? / —¿Menosorquia? No, no la conozco, ¿dónde la oíste? ¿Por qué has venido a confesarte? /  —Porque desde el día del temblor no he hecho pecados... Esa palabra se la oí al diablo. El diablo la iba diciendo en un sueño que tuve. Yo estaba en la azotea mirando por la calle y había como un convite del circo. Mero delante iba un diablo grande como una mojiganga, todo pintado y con cuernos, y las gentes se asomaban a mirarlo y él se bamboleaba al caminar dice y dice: "Cuánta menosorquia os da, Cuánta menosorquia os da..." Y al pasar me miró a mí y era tan alto que su cabeza llegaba junto a la mía siendo que yo estaba en la azotea. Me dio mucho miedo y cuando desperté vi todavía la cara del diablo, y era como la de un compañero que me enseñaba cosas malas en la escuela... / —¿Y qué crees tú que sea la menosorquia? / —Es como las ganas de hacer el pecado. Siempre que lo hago me da después mucho arrepentimiento, me acuerdo del diablo y cuando salgo de la imprenta, después que dan los clamores, entro de rodillas a la iglesia y le juró a Dios que no lo vuelvo a hacer.» La primera vez que leí el libro, hace ya varios años, di por sentada la palabra menosorquia. Pero, al retomarlo y por mera curiosidad, me di a la tarea de averiguar la definición exacta del término. Como es fácil imaginar, mi primera pesquisa la hice en los diccionarios, que invariablemente siempre resultaron en que la palabra menosorquia no estaba recogida en su léxico; luego emprendí la busqueda en la web y una y otra vez, la menosorquia estaba vinculada únicamente a la novela de Arreola. Intenté desintegrar la palabra desde sus raíces etimológicas, pero finalmente terminaba con teorías forzadas. Entonces, ¿qué ocurre con este vocablo que parece ser exclusivo de La feria? Ofrezco mis conjeturas:
1) Un amigo a quien estimo y admiro mucho en materia literaria proponía que la palabra podría ser un vocablo deformado por el habla popular de Jalisco, lo cual es probable; el problema con esta suposición es que tendríamos que detectar qué palabra con significado y sonido similar a menosorquia pudo haber derivado en ésta. Ahora bien, en el fragmento de Arreola el vocablo se ofrece ajeno al habla cotidiana de los personajes, en cierta forma, esta información podría poner en tela de juicio la idea de que es un regionalismo.
2) La fonética de menosorquia está proxima a la de telarquia y menarquia; en biología se refieren a la aparición de los pechos y la primera menstruación, respectivamente. Esto me hace pensar que la palabra existe pero en un ámbito ilustrado. En el fragmento 92, el niño confiesa haber leído dos libros de carácter sicalíptico: Conocimientos útiles para la vida privada e Historia de la prostitución. Suponiendo que el personaje es autobiográfico y que lejanamente guarda una semejanza con Arreola, podríamos sospechar que la palabra procede de alguna obra a la que el autor tuvo acceso en algún momento, en cuyo caso nos encontramos ante una suerte de rescate lingüístico de la voz menosorquia.
3) Por otro lado, si el término no es un regionalismo o un rescate lingüístico; nos queda solamente la opción de que es un neologismo. Pienso que esta opción tampoco es tan viable, puesto que en el canon de la obra arreoliana no existen más ejemplos de acuñamientos hechos por el autor. Reza el dicho que una golondrina no hace primavera. 
Quizá algún día tengamos a la mano una edición crítica, comentada y anotada de La feria, sólo entonces podremos saber si estamos ante un auténtico y único hápax arroliano.

Juan José Arreola nació en 1918 en Zapotlán el Grande, Jalisco. A temprana edad trabajó en oficios relacionados con la manufactura de libros. Estudio teatro y actuación en la ciudad de México y en 1945, por la intervención de Louis Jouvet, viajó a Francia donde continuó brevemente con su formación teatral. A su vuelta se integra a las filas del Fondo de Cultura Económica como corrector y en 1949 pública su primer libro Varia Invención en la colección Tezontle del FCE; le siguió Confabulario también con el FCE, en 1952 y luego, después de diez años, publica La feria en la que habría de ser su casa editorial por mucho tiempo, Joaquín Mortiz.

Parte de la contraportada 
donde figuran los textos de 
próxima aparición en la serie
¹ El dato procede de este video.

lunes, 20 de julio de 2020

Serie del volador: un expediente

Confesiones de un bibliómano en vías de rehabilitación

No sé en qué momento uno se reconoce bibliófilo, ni en qué momento la lectura básicamente monopoliza la vida al grado en la que se busca rabiosamente primeras ediciones y libros exóticos; si me lo preguntan, mi caída en este vicio habrá acaecido hacía 2013, es decir, hace 7 años. Debido al pudor que aún me inspira la razón exacta que detonó esta manía, prefiero hablar de sus efectos —que no consecuencias— y dejar sus causas para una más feliz memoria póstuma.
Decía que, en 2013 comencé a preocuparme seriamente por los libros; ya no sólo por su contenido, sino también su preparación y ejecución. Claro que para entonces no sabía tanto como ahora (aunque para ser justos eso no ha cambiado gran cosa). El caso es que, uno va refinando gustos y entendiendo la labor editorial, sus implicaciones; cambia los libros de Tomo y EMU por los de Alianza; las joyas del milenio (de las que aún conservo varias con cariño) por los Cátedra; y se cree un lector más culto, y quizá lo sea, pero no mucho, en realidad. Podríamos decir que mejoré como consumidor. 
Un día me topé con alguien que vendía unos libros bajo la etiqueta de primeras ediciones. Mi curiosidad se desató porque el precio se me hacía elevado para libros que eran más bien viejos y no especialmente atractivos. Investigando se llega a Roma (o algo parecido). Súbitamente descubrí una especie de sub mundo de coleccionistas de libros; gente que buscaba el doble valor de contenido y objeto. Vamos a dejar otra laguna en esta memoria, en este punto sería escribir mi autobiografía desde los libros que he leído, y pues, eso no es muy interesante.
En el olvido del tiempo quedará aquella tarde en que entré a una librería y vi un montón de volúmenes de la Serie del volador de Mortiz. Recordaba que los libros tenían su prestigio (pero no dimensionaba qué tanto) y pasó por mi cabeza la aventurada idea de comprarlos y reunirlos todos. No tenía dato alguna de cuántos eran, de cuánto podían valer, de qué tan fácil sería conseguirlos; sólo seguí el impulso y aquella vez compré un par. Eventualmente volvería por los restantes. Sin quererlo abiertamente y aún sin darme cuenta, me vi investigando todo lo que había sobre la serie del volador en internet (no mucho, si me preguntan); me vi comprando los libros que iba hallando, vendiendo algunos, conociendo gente que tenía pasión similar por el coleccionismo y la literatura. Aún hoy después de 5 o 6 años buscando la serie, no la tengo completa, pero ya falta poco. Escribo esto porque ahora viene el verdadero trabajo sobre la literatura, tener los libros es apenas una minucia: leerlos. Porque ese fue el propósito, leer, conocer el pensamiento literario y editorial de mi país; deleitarme. Y pues nada. 
Antes de seguir debo hacer patente mi agradecimiento y mi admiración por todas las personas que apoyaron de una u otra manera este capricho. Espacio me haría falta para nombrarlos, pero si leen esto, ustedes saben quienes son.

Un antecedente editorial

En 1961, poco después de haber dejado el puesto de Gerente General del Fondo de Cultura Económica, el editor español Joaquín Díez-Canedo funda lo que sería una de las más icónicas y trascendentes empresas editoriales de la historia de México. Díez-Canedo había llegado a nuestro territorio huyendo de la persecución política del régimen franquista; la gran diáspora ibérica que finalmente nos dejó a algunos de los intelectuales y artistas que más tarde serían representativos de la cultura mexicana.
Poco a poco este editor español, que ya había hecho, desde su juventud, varios trabajos editoriales junto a personajes de la talla del nobel de literatura de 1956 Juan Ramón Jiménez, se fue ambientando al panorama americano, realizando algunos trabajos esporádicos de traducción o dando clases. En 1942 se integra a las filas del Fondo de Cultura Económica, que finalmente abandona en 1961: en mente tenía el proyecto de fundar una editorial independiente enfocada solamente en publicar literatura. En 1962, con el capital aportado por Alfredo Flores Hesse, y en asociación con los editores españoles Victor Seix y Carlos Barral, funda la hoy mítica Joaquín Mortiz. 
En rigor los primeros libros publicados por Mortiz, en 1962, serían tres novelas: Las tierras flacas de Agustín Yáñez, Oficio de tinieblas de Rosario Castellanos y El tambor de hojalata de Günter Grass; todas en la colección Novelistas Contemporáneos. Sin embargo, en 1945 había aparecido, avant la lettre, el libro de Epigramas americanos de su padre Enrique Díez-Canedo, cuyo pie editorial reza: Joaquín Mortiz Editor. Esto es —vaga y superficialmente— la historia del origen de Joaquín Mortiz.

Début de la serie del volador y el premio Xavier Villaurrutia

En 1955, por iniciativa de Francisco Zendejas, se instaura el premio Xavier Villaurrutia, que en su primera entrega galardona a Juan Rulfo, cuyo libro Pedro Páramo acababa de publicar el FCE. Un año más tarde el galardón lo recibió Octavio Paz; y luego en 1957 se premia la estupenda novela de Josefina Vicens, El libro vacío, publicada por la Compañía General de Ediciones. El 58 se declara desierto, en el 59 se honra a Marco Antonio Montes de Oca, el de 1960 lo recibe Rosario Castellanos. 1961 y 62 fueron desiertos también. No sería sino hasta 1963 que el premio se retoma, otorgándose simultáneamente a Elena Garro y a Juan José Arreola, por sus novelas Los recuerdos del porvenir y La feria, respectivamente. Además del galardón doble, hay que destacar que ambas obras —capitales para la literatura mexicana— se publicaron bajo el muy reciente sello de Joaquín Díez-Canedo. Desde entonces la editorial volvería a publicar una y otra vez libros que figurarían en esta lista. Pero hay más, la novela de Arreola fue fundacional; la primera obra de la que hoy en día es una de las colecciones más prestigiosas de la literatura mexicana: la Serie del volador. Es aquí donde comienza el sueño, los poco más de 170 títulos que salieron de las prensas de Mortiz entre 1963 y 1985. Obras que me encargaré de comentar una por una.
La editorial Joaquín Mortiz fue fundada en 1962 por el editor español Joaquín Díaz Canedo.



Catálogo de la Serie del Volador
.Número en la serieObraAutorGénero literarioPrimera ediciónTirajePremios
SV000

Catálogo general: Joaquín Mortiz 1981S/ACatálogo5.I.19810000////
SV001
La feriaJuan José ArreolaNovela5.XI.19634000 ejemplaresPremio Xavier Villaurrutia
SV002
NadjaAndré Breton
(traducción de Agustí Bartra)
Novela30.XI.19633000 ej.\\\\
SV003Los palacios desiertosLuisa Josefina HernándezNovela30.XI.19633000 ej.////
SV004  La comparsaSergio GalindoNovelaTexto o imagen 5Texto o imagen 6Texto o imagen 7
SV005  La piedra del tropiezo Boeli van LeeuwenNovela30.III.19643000 ej.Name

5. En torno a creación y tradición

Me gusta pensar que mi identidad es como un cielo nocturno, con una serie de estrellas componiendo constelaciones que representan todas esas...