domingo, 23 de diciembre de 2018

Antología de cuentos musicales: 6. Maese Pérez el Organista

Bécquer escribió ésta leyenda a la edad de 25 años. Es de su completa invención, pues, antes de ella no figura en ningún sitio referencia alguna al fantástico suceso que nos narra. En esta prosa se leen algunos de los pasajes más bellos que alguien haya escrito para describir música. Está dividida en cuatro episodios de los cuales el tercero y el cuarto son mis preferidos. Resta decir: 4/4.

(Leyenda Sevillana)
En Sevilla, en el mismo atrio de Santa Inés, y mientras esperaba que comenzase la misa del Gallo, oí esta tradición a una demandadera del convento.
Como era natural, después de oírla aguardé impaciente que comenzara la ceremonia, ansioso de asistir a un prodigio.
Nada menos prodigioso sin embargo, que el órgano de Santa Inés,¹ ni nada más vulgar que los insulsos motetes² con que nos regaló su organista aquella noche.
Al salir de la misa no pude por menos que decirle a la demandadera con aire de burla:
—¿En qué consiste que el órgano de maese Pérez suena ahora tan mal?
—¡Toma —me contestó la vieja—, en que ése no es el suyo!
—¿No es el suyo? ¿Pues qué ha sido de él?
—Se cayó a pedazos de puro viejo hace una porción de años.
—¿Y el alma del organista?
—No ha vuelto a aparecer desde que colocaron el que ahora lo sustituye.
Si a alguno de mis lectores se le ocurriese hacerme la misma pregunta después de leer esta historia, ya sabe por qué no se ha continuado el milagroso portento hasta nuestros días.

I
—¿Veis ese de la capa roja y la pluma blanca en el fieltro, que parece que trae sobre su justillo todo el oro y los galones de Indias; aquel que baja en este momento de su litera para dar la mano a ese señora que, después de dejar la suya, se adelanta hacia aquí, precedida de cuatro pajes con hachas? Pues ése es el marqués de Moscoso, galán de la condesa viuda de Villapineda. Se dice que antes de poner sus ojos sobre esa dama había pedido matrimonio a la hija de un opulento señor: mas el padre de la doncella, de quien se murmura que es un poco avaro... Pero, ¡calla!, en hablando del ruin de Roma, cátae aqui que asoma. ¿Veis aquel que viene por debajo del Arco de San Felipe, a pie, embozado en una capa oscura y precedido de un solo criado con una linterna? Ahora llega frente al retablo.
“¿Reparasteis, al desembozarse para saludar a la imagen, en la encomienda que brilla en su pecho? A no ser por ese doble distintivo, cualquiera lo creería lonjista de la calle de Culebras... Pues éste es el padre en cuestión. Mirad cómo la gente del pueblo le abre paso y lo saluda. Él solo tiene más ducados de oro en sus arcas que soldados mantiene nuestro señor don Felipe, y con sus galeones podría formar una escuadra suficiente a resistir a la del Gran Turco... ()
“Mirad, mirad ese grupo de señores graves, ésos son los caballeros veinticuatro (ʙ). ¡Hola, hola! También está aquí el flamencote, a quien se dice que no han echado ya el guante los señores de la Cruz Verde () merced a su influjo con los magnates de Madrid... Éste no viene a la iglesia más que a oír música... No, pues si maese Pérez no le arranca con su órgano lágrimas como puños, bien se puede asegurar que no tiene su alma en su almario, sino friéndose en las calderas de Pedro Botero... () ¡Ay, vecina! Malo..., malo... Presumo que vamos a tener jarana. Yo me refugio en la iglesia. Pues, por lo que veo, aquí van a andar más de sobra los cintarazos que los paternoster. Mirad, mirad: las gentes del duque de Alcalá doblan la esquina de la plaza de San Pedro, por el callejón de las Dueñas se me figura que he columbrado a las del de Medina Sidonia. ¿No os lo dije?
“Ya se han visto, ya se detiene unos y otros, sin pasar de sus puestos... Los grupos se disuelven... Los ministriles, a quienes en estas ocasiones apalean amigos y enemigos, se retiran... Hasta el señor asistente, con su vara y todo, se refugia en el atrio... Y luego que hay justicia. Para los pobres.
“Vamos, vamos, ya brillan los broqueles en la oscuridad... ¡Nuestro Señor del Gran Poder nos asista! Ya comienzan los golpes... ¡Vecina, vecina! Aquí... antes de que cierren las puertas. Pero ¡calle! ¿Qué es eso? Aún no han comenzado, cuando lo dejan... ¿Qué resplandor es aquél?... ¡Hachas encendidas! ¡Literas! Es el señor arzobispo.
“La Virgen Santísima del Amparo, a quien invocaba ahora mismo con el pensamiento, lo trae en mi ayuda... ¡Ay! ¡Si nadie sabe lo que yo debo a esa Señora!... ¡Con cuánta usura me paga las candelillas que le enciendo los sábado!... Vedlo qué hermosote está con sus hábitos morados y su birrete rojo... Dios le conserv en su silla tantos siglos como deseo de vida para mí. Si no fuera por él, media Sevilla hubiera ya ardido con estas disensiones de los duques. Vedlos, vedlos, los hipocritones, cómo se acercan ambos a la litera del prelado para besarle el anillo... Cómo lo siguen y lo acompañan confundiéndose con sus familiares. Quién diría que esos dos que parecen tan amigos, si dentro de media hora se encuentran en una calle... Es decir, ¡ellos, ellos!... Líbrame Dios de creerlos cobardes. Buena muestra han dado de sí peleando en algunas ocasiones contra los enemigos de Nuestro Señor... Pero es la verdad que si se buscaran... Y si se buscaran con ganas de encontrarse, se encontrarían, poniendo fin de una vez a estas continuas reyertas, en las cuales los que verdaderamente baten el cobre de firme son sus deudos, sus allegados y su servidumbre.
“Pero vamos, vecina, vamos a la iglesia antes que se ponga de bote en bote..., que algunas noches como ésta suele llenarse de modo que no cabe ni un grano de trigo... Buena ganga tienen las monjas con su organista... ¿Cuándo se ha visto el convento tan favorecido como ahora?... De las otras comunidades puedo decir que le han hecho a maese Pérez proposiciones magníficas. Verdad que nada tiene de extraño, pues hasta el señor arzobispo le ofreció montes de oro por llevarlo a la catedral... Pero él, nada... Primero dejaría la vida que abandonar su órgano favorito... ¿No conocéis a maese Pérez? Verdad es que sois nueva en el barrio... Pues es un santo varón; pobre, sí, pero limosnero cual no otro... Sin más pariente que su hija ni más amigos que su órgano, pasa su vida entera en velar por la inocencia de la una y componer los registros del otro... ¡Cuidado que el órgano es viejo!... Pues nada; él se da tal maña en arreglarlo y cuidarlo, que suena que es una maravilla... Como que le conoce de tal modo, que a tientas... Porque no sé si os lo he dicho, pero el pobre es ciego de nacimiento... ¡Y con qué paciencia lleva su desgracia!... Cuando le preguntan qué cuánto daría por ver, responde: “Mucho, pero no tanto como créeis, porque tengo esperanzas” “¿Esperanzas de ver?” “Sí, y muy pronto (añade, sonriendo como un ángel.) Ya cuento  setenta y seis años. Por muy larga que sea mi vida, pronto veré a Dios.”
»¡Pobrecito! Y sí lo verá..., porque es humilde como las piedras de la calle, que se dejan pisar de todo mundo... Siempre dice que no es más que un pobre organista de convento, y puede dar lecciones de solfa al mismo maestro de capilla de la Primada.³ Como que echó los dientes en el oficio... Su padre tenía la misma profesión que él. Yo no lo conocí, pero mi señora madre, que santa gloria haya, dice que lo llevaba siempre al órgano consigo para darle a los fuelles. Luego, el muchacho mostró tales disposiciones, que, como era natural, a la muerte de su padre heredó el cargo... ¡Y qué manos tiene,⁴ Dios se las bendiga! Merecía que se las llevaran a la calle de Chicharreros y se las engarzasen en oro... Siempre toca bien, siempre; pero en semejante noche como ésta es un prodigio... Él tiene una gran devoción por esta ceremonia de la misa del Gallo, y cuando levantan la Sagrada Forma, al punto y hora de las doce, que es cuando vino al mundo Nuestro Señor Jesucristo..., las voces de su órgano son voces de ángeles...
»En fin, ¿Para qué tengo que ponderarle lo que esta noche oirá? Baste el ver cómo todo lo más florido de Sevilla, hasta el mismo señor arzobispo, vienen a un humilde convento para escucharlo. Y no se crea que sólo la gente sabida, y a la que se le alcanza esto de la solfa, conoce su mérito, sino hasta el populacho. Todas esas bandadas que veis llegar con teas encendidas, entonando villancicos⁵ con gritos desaforados al compás de los panderos, las sonajas y las zambombas, contra sus costumbres que es la de alborotar en las iglesias, callan como muertos cuando pone maese Pérez las manos en el órgano...; y cuando alzan... cuando alzan no se siente ni una misa...: de todos los ojos caen lagrimones tamaños, y al concluir se oye como un suspiro inmenso, que no es otra cosa que la respiración de los circunsantes, contenida mientras dura la música... Pero vamos, vamos; ya han dejado de tocar las campanas, y van a comenzar la misa. Vamos adentro... Para todo el mundo es esta noche, Nochebuena, pero para nadie mejor que para nosotros.
Esto diciendo, la buena mujer que había servido de cicerone a su vecina atravesó el atrio del convento de Santa Inés y, codazo en éste, empujón en aquel, se internó en el templo, perdiéndose entre la muchedumbre que se agolpaba en la puerta.

II
La iglesia estaba iluminada con una profusión asombrosa. El torrente de luz que se desprendía de los altares para llenar sus ámbitos chispeaba en los ricos joyeles de las damas, que, arrollidándose sobre los cojines de terciopelo que tendían los pajes y tomando el libro de oraciones de manos de sus dueñas, vinieron a formar un brillante círculo alrededor de la verja del presbiterio.
Junto a aquella verja, de pie, envueltos en sus capas color galoneadas de oro, dejando entrever con estudiado descuido las encomiendas rojas y verdes, en la una  mano el fieltro, cuyas plumas besaban los tapices: la otra sobre los bruñidos gavilanes del estoque a acariciando el pomo del cincelado puñal, los caballeros veinticuatro, con gran parte de lo mejor de la nobleza sevillana, parecían formar un muro destinado a defender a sus hijas y a sus esposas del contacto de la plebe. Esta, que se agitaba en el fondo de las naves con un rumor parecido al del mar cuando se alborota, prorrumpió en una aclamación de júbilo, acompañada del discordante sonido de las sonajas y los panderos, al mirar aparecer al arzobispo, el cual, después de sentarse junto al altar mayor, bajo un solio de grana que rodearon sus familiares, echó por tres veces la bendición al pueblo.
Era hora de que comenzase la misa. Transcurrieron, sin embargo, algunos minutos sin que la celebración apareciese. La multitud comenzaba a rebullirse demostrando sus impaciencia; los caballeros cambiaban entre sí algunas palabras a media voz, y el arzobispo mandó a la sacristía a uno de sus familiares a inquirir por qué no comenzaba la ceremonia.
—Maese Pérez se ha puesto malo, muy malo, y será imposible que asista esta noche a la misa de medianoche.
Ésa fue la respuesta del familiar.
La noticia cundió instantáneamente entre la muchedumbre. Pintar el efecto desagradable que causó en todo el mundo sería cosa bastante imposible. Baste decir que comenzó a notarse tal bullicio en el templo que el asistente se puso en pie y los alguaciles entraron a imponer silencio, confundiéndose entre las apiñadas olas de la multitud.
En aquel momento, un hombre mal trazado, seco, huesudo y bisojo por añadidura, se adelantó hasta el sitio que ocupaba el prelado.
—Maese Pérez está enfermo —dijo—. La ceremonia no puede empezar. Si queréis, yo tocaré el órgano en su ausencia, que ni maese Pérez es el primer organista del mundo, ni a su muerte dejará de usarse este instrumento por falta de inteligente.
El arzobispo hizo una señal de asentimiento con la cabeza, y ya algunos de los fieles, que conocían a aquel personaje extraño por un organista envidioso, enemigo del de  Santa Inés, comenzaba a prorrumpir en exclamaciones de disgusto, cuando de improviso se oyó en el atrio un ruido espantoso.
—¡Maese Pérez está aquí!... ¡Maese Pérez está aquí!...
A estas voces de los que estaban apiñados en la puerta, todo el mundo volvió la cara.
Maese Pérez, pálido y desencajado, entraba, en efecto, en la iglesia, conducido en un sillón que todos se disputaban el honor de llevar en sus hombros.
Los preceptos de los doctores, las lágrimas de su hija, nada había sido bastante a deternerle en el lecho.
—No —había dicho—. Ésta es la última, lo conozco. Lo conozco, y no quiero morir sin visitar mi órgano, y esta noche sobre todo, la Nochebuena. Vamos, lo quiero, lo mando. Vamos a la iglesia.
Sus deseos se habían cumplido. Los concurrentes lo subieron en brazos a la tribuna y comenzó la misa. En aquel punto sonaban las doce en el reloj de la catedral.
Pasó el Introito, y el Evangelio, y el Ofertorio, y llegó el instante solemne  en que el sacerdote, después de haberla consagrado, toma con la extremidad de sus dedos la Sagrada Forma y comienza a elevarla.
Una nube de incienso que se desenvolvía en ondas azuladas llenó el ámbito de la iglesia. Las campanillas repicaron con un sonido vibrante y maese Pérez puso sus crispadas manos sobre las teclas del órgano.
Las cien voces de sus tubos de metal resonaron en un acorde⁶ majestuoso y prolongado, que se perdió poco a poco, como si una ráfaga de aire hubiese arrebatado sus últimos ecos.
A este primer acorde, que parecía una voz que se elevaba desde la tierra al cielo, respondió⁷ otro lejano y suave, que fue creciendo, creciendo hasta convertirse en un torrente de atronadora armonía. Era la voz de los ángeles que, atravesando los espacios, llegaba al mundo.
Después comenzaron a oírse unos himnos distantes que entonaban las jerarquías de serafines. Mil himnos a la vez, que al confundirse formaban uno solo, que, no obstante, sólo era el acompañamiento de una de una extraña melodía, que parecía flotar sobre aquel océano de acordes misteriosos,⁸ como un jirón de niebla sobre las olas del mar.
Luego fueron perdiéndose unos cuantos: después, otros. La combinación se simplificaba. Ya no eran más que dos voces, cuyos ecos se confundían entre sí: luego quedó una aislada, sostienendo una nota brillante como un hilo de luz. El sacerdote inclinó la frente y por encima de sus cabeza cana, y como a través de una gasa azul que fingía el humo del incienso, apareció la Hostia a los ojos de los fieles. En aquel instante, la nota que maese Pérez sostenía tremante se abrió y una explosión de armonía gigante estremeció la iglesia, en cuyo ángulo zumbaba el aire comprimido y cuyos vidrios de colores se estremecían en sus angostos ajimeces.
De cada una de las notas que formaban aquel magnífico acorde se desarrolló un tema, y unos cerca, otros lejos, éstos brillantes, aquéllos sordos, diríase que las aguas y los pájaros, las brisas y las frondas, los hombres y los ángeles, la tierra y los cielos, cantaban, cada cual en su idioma, un himno al nacimiento del Salvador.
La multitud escuchaba atónita ya suspendida. En todos los ojos había una lágrima: en todos los espíritus, un profundo recogimiento.
El sacerdote que oficiaba sentía temblar sus manos, porque Aquel que levantaba en ellas. Aquel a quien saludaban hombres y arcángeles, era su Dios, era su Dios, y le parecía haber visto abrirse los cielos y transfigurarse la Hostia.
El órgano proseguía sonando; pero sus voces se apagaban gradualmente, como una voz que se pierde de eco en eco y se aleja y se debilita al alejarse, cuando de pronto sonó un grito en la tribuna, un grito desgarrador, agudo, un grito de mujer.
El órgano exhaló un sonido discordante y extraño,⁹ semejante a un sollozo, y quedó mudo.
La multitud se agolpó a la escalera de la tribuna, hacia la que, arrancados de su éxtasis religioso, volvieron la mirada con ansiedad todos los fieles.
—¿Qué ha sucedido? ¿Qué pasa? —se decían unos a otros y nadie sabía responder y todos se empeñaban en adivinarlo, y crecía la confusión, y el alboroto comenzaba a subir de punto, amenazando turbar el orden y el recogimiento propios de la iglesia.
—¿Qué ha sido eso? —preguntaron las damas al asistente, que, precedido de los ministriles, fue uno de los primeros en subir a la tribuna, y que, pálido y con muestras de profundo pesar, se dirigía al puesto en donde lo esperaba el arzobispo, ansioso, como todos, por saber la causa de aquel desorden.
—¿Qué hay?
—Que maese Pérez acaba de morir.¹⁰
En efecto, cuando los primeros fieles, después de atropellarse por la escalera, llegaron a la tribuna, vieron al pobre organista caído boca sobre las teclas de su viejo instrumento, que aún vibraba sordamente, mientras su hija arrodillada a sus pies, lo llamaba en vano entre suspiros y sollozos.

III
—Buenas noches, mi señora doña Baltasara. ¿También usarced viene esta noche a la misa del Gallo? Por mi parte, tenía hecha intensión de ir a oírla a la parroquia; pero lo que sucede... ¿Dónde va Vicente? Donde va la gente. Y eso que, si he de decir la verdad, desde que murió maese Pérez parece que me echan una losa sobre el corazón cuando entro en Santa Inés... ¡Pobrecillo! ¡Era un santo!... Yo de mí sé decir que conservo un pedazo de su jubón como una reliquia, y lo merece... Pues en Dios y en mi ánima que si el señor arzobispo tomara mano en ello, es seguro que nuestros nietos lo verían en los altares... Mas ¡cómo ha de ser!... A muertos y a idos no hay amigos... Ahora lo que me priva es la novedad..., ya me entiende userced. ¡Qué¡ ¿No sabe usted nada de lo que pasa? Verdad que nosotros nos parecemos en eso: de nuestra casita a la iglesia y de la iglesia a nuestra casita, sin cuidarnos de lo que se dice o se deja de decir... Sólo que yo, así... al vuelo... una palabra de acá, otra acullá... sin ganas de enterarme siquiera, suelo estar al corriente de algunas novedades.
»Pues sí, señor. Parece cosa hecha que el organista de San Román, aquel bisojo que siempre está echando pestes de los otros organistas, perdulariote, que más parece jifero de la Puerta de la Carne que maestro de solfa, va a tocar está Nochebuena en lugar de maese Pérez. Ya sabrá usarced, porque esto lo ha sabido todo el mundo y es cosa pública en Sevilla, que nadie quería comprometerse a hacerlo. Ni aun su hija, que es profesora, y después de la muerte de su padre entró en el convento de novicia.
»Y era natural: acostumbrados a oír aquellas maravillas, cualquiera otra cosa había de parecernos mala, por más que quisieran evitarse las comparaciones. Pues cuando ya la comunidad había decidido que en honor del difunto, y como muestra de respeto a su memoria, permanecería callado el órgano en esta noche, hete aquí que se presenta nuestro hombre diciendo que él se atreve a tocarlo... No hay nada más atrevido que la ignorancia... Cierto que la culpa no es suya, sino de los que le consienten esta profanación. Pero así va el mundo... Y digo... No es cosa la gente que acude... Cualquiera diría que nada ha cambiado de un año a otro. Los mismos personajes, el mismo lujo, los mismos empellones en la puerta, la misma animación en el atrio, la misma multitud en el templo... ¡Ay, si levantara la cabeza el muerto! Se volvía a morir por no oír su órgano tocado por manos semejantes.
»Lo que tiene que, si es verdad lo que me han dicho, las gentes del barrio le preparan una buena al intruso. Cuando llegue el momento de poner la mano sobre las teclas, va a comenzar una algarabía de sonajas, panderos y zambombas que no hay más que oír... Pero, ¡calle!, Ya entra en la iglesia el héroe de la función. ¡Jesús, qué ropilla de colorines, qué gorguera de cañutos, qué aire de personaje! Vamos, vamos, que ya hace rato que llegó el arzobispo y va a comenzar la misa... Vamos, que me parece que esta noche va a darnos que contar para muchos días.
Esto diciendo, la buena mujer, que ya conocen nuestros lectores por sus exabruptos de locuacidad, penetró en Santa Inés, abriéndose, según costumbre, un camino entra la multitud a fuerza de empellones y codazos.
Ya se había dado principio a la ceremonia. El templo estaba tan brillante como el año anterior.
El nuevo organista, después de atravesar por en medio de los fieles que ocupaban las naves para ir a besar el anillo del prelado, había subido a la tribuna, donde tocaba, unos tras otros, los registros del órgano con una gravedad tan afectada como ridícula.
Entre la gente menuda que se apiñaba a los pies de la iglesia se oía un rumor sordo y confuso, cierto presagio de que la tempestad comenzaba a fraguarse y no tardaría mucho en dejarse sentir. 
—Es un truhán, que, por no hacer nada bien, ni aun mira a derechas —decían los unos.
—Es un ignorantón, que, después de haber puesto el órgano de su parroquia peor que una carraca, viene a profanar el de maese Pérez —decían los otros.
Y mientras éste se desembarazaba de capote para prepararse a darle de firme a su pandero, y aquél apercibía sus sonajas, y todos se disponían a hacer bulla a más y mejor, sólo alguno que otro se aventuraba a defender tibiamente al extraño personaje, cuyo porte orgulloso y pedantesco hacía tan notable contraposición con la modesta apariencia y la afable bondad del difunto maese Pérez.
Al fin llegó el esperado momento, el momento solemne en que el sacerdote, después de inclinarse y murmurar algunas palabras santas, tomo la Hostia en sus manos... Las campanillas repicaron, asemejando su repique una lluvia de notas de cristal. Se elevaron las diáfanas ondas de incienso y sonó el órgano.
Una estruendosa algarabía llenó los ámbitos de la iglesia en aquel instante y ahogó su primer acorde.
Zampoñas, gaitas, sonajas, panderos, todos los instrumentos del populacho, alzaron sus discordantes voces a la vez; pero la confusión y el estrépito sólo duraron algunos segundos. Todos a la vez, como habían comenzado, enmudecieron de pronto.
El segundo acorde, amplio, valiente magnífico, se sostenía aún, brotando de los tubos de metal del órgano como una cascada de armonía inagotable y sonora.
Cantos celestes como los que acariciaban los oídos en los momentos de éxtasis, cantos que percibe el espíritu y no los puede repetir el labio, notas sueltas de una melodía lejana que suena a intervalos, traídas en las ráfagas del viento; rumor de hojas que se besan en los árboles con un murmullo semejante al de la lluvia, trinos de alondras que se levantan gorjeando de entre las flores como una saeta despedida a las nubes; estruendos sin nombre, imponentes como los rugidos de una tempestad; coros de serafines sin ritmo ni cadencia, ignota música del cielo que sólo la imaginación comprende, himnos alados que parecían remontarse al trono del Señor como una tromba de luz y de sonidos..., todo lo expresaban las cien voces del órgano con más pujanza, con más misteriosa poesía, con más fantástico color que lo habían expresado nunca.

Cuando el organista bajó de la tribuna, la muchedumbre que se agolpó a la escalera fue tanta y tanto su afán por verlo y admirarlo, que el asistente, temiendo, no sin razón, que lo ahogaran entre todos, mandó a algunos de sus ministriles para que, vara en mano, le fueran abriendo camino hasta llegar al altar mayor, donde el prelado lo esperaba.
—Ya veis —le dijo este último cuando lo trajeron a su presencia—. Vengo desde mi palacio aquí sólo para escucharos. ¿Seréis tan cruel como maese Pérez, que nunca quiso excusarme el viaje tocando la Nochebuena en la misa de la catedral?
—El año que viene —respondio el organista— prometo daros gusto, pues por todo el oro de la tierra no volvería a tocar este órgano.
—¿Y por qué? —interrumpío el prelado.
—Porque... —añadío el organista procurando dominar la emoción que se revelaba en al palidez de su rostro—, porque es viejo y malo, y no pude expresar todo lo que se quiere.
El arzobispo se retiró, seguido de sus familiares. Unas tras otras, la literas de los señores fueron desfilando y perdiéndose en las revueltas de las calles vecinas; los grupos del atrio se disolvieron, dispersándose los fieles en distintas direcciones y ya la demandadera se disponía a cerrar las puertas de la entrada del atrio, cuando se divisaban aún dos mujeres, que, después de persignarse y murmurar una oración ante el retablo del Arco de San Felipe, prosiguieron su camino, internándose en el callejón de las Dueñas.
—¿Qué quiere usarced, mi señora doña Báltasara —decía la una—. Yo soy de este genial. Cada loco con su tema... Me lo habían de asegurar capuchinos descalzos y no lo creería del todo... Ese hombre no puede haber tocado lo que acabamos de escuchar... Si yo le he oído mil veces en San Bartolomé, que era su parroquia, y de donde tuvo que echarlo el señor cura por malo, y era cosa de taparse los oídos con algodones... Y luego, si no hay más que mirarlo al rostro, que, según dicen, es el espejo del alma... Yo me acuerdo, pobrecito, como si lo estuviera viendo, me acuerdo de la cara de maese Pérez cuando, en semejante noche como ésta, bajaba de la tribuna, después de haber suspendido al auditorio con sus primores... ¡Qué sonrisa tan bondadosa, qué color tan animado!... Era viejo y parecía un ángel... No qué éste, que ha bajado las escaleras a trompicones, como si le ladrase un perro en la meseta, y con un olor de difunto y unas... Vamos, mi señora doña Báltasara, créame usarced, y créame con todas las veras: yo sospecho que aquí hay busilis ()...
Comentando las últimas palabras, las dos mujeres doblan la esquina del callejón y desaparecían.
Creemos inútil decir a nuestros lectores quién era una de ellas.

IV
Había transcurrido un año más. La abadesa del convento de Santa Inés y la hija de maese Pérez hablaban en voz baja, medio ocultas entre las sombras del coro de la iglesia. El esquilón llamaba a voz herida a los fieles desde la torre, y alguna que otra rara persona atravesaba el atrio, silencioso y desierto esta vez, después de tomar el agua bendita en la puerta, escogía un puesto en un rincón de las naves, donde unos cuantos vecinos del barrio esperaban tranquilamente a que comenzara las misa del Gallo.
—Ya lo veis —decía la superiora—: vuestro temor es sobre manera pueril; nadie hay en el templo; toda Sevilla acude en tropel a la catedral esta noche. Tocad vos el órgano, tocadlo sin desconfianza de ninguna clase; estaremos en comunidad... Pero... proseguis callando, sin que cesen vuestros suspiros. ¿Qué os pasa? ¿Qué tenéis?
—Tengo... miedo —exclamó la joven con un acento profundamente conmovido.
—¡Miedo! ¿De qué?
—No sé..., de una cosa sobrenatural... Anoche, mirad, yo la había oído decir que teníais empeño en que tocase el órgano en la misa, y, ufana con esta distinción, pensé en arreglar sus registros y templarlo, a fin de que hoy os sorprendiese... Vine al coro... sola... abrí la puerta que conduce a la tribuna... En el reloj de la catedral sonaba en aquel momento una hora..., no sé cuál..., pero las campanadas eran tristísimas y muchas..., muchas..., estuvieron sonando todo el tiempo que yo permanecí como clavada en el umbral, y aquel tiempo me pareció un siglo.
»La iglesia estaba desierta y oscura... Allá lejos, en el fondo, brillaba, como una estrella perdida en el cielo de la noche, una luz moribunda...; la luz de la lámpara que arde en el altar mayor... A sus reflejos debilísimos, que sólo contribuían a hacer más visible todo el profundo horror de las sombras, vi..., lo vi, madre, no lo dudéis; ví un hombre que, en silencio, y vuelto de espaldas hacia el sitio en que yo estaba, recorría con una mano las teclas del órgano, mientras tocaba con la otra sus registros..., y el órgano sonaba, pero sonaba de una manera indescriptible. Cada una de sus notas parecía un sollozo ahogado dentro del tubo de metal, que vibraba con el aire comprimido en su hueco y reproducía el tono sordo, casi imperceptible, pero justo.
»Y el reloj de la catedral continuaba dando la hora, y el hombre aquel proseguía recorriendo las teclas. Yo oía hasta su respiración.
»El horror había helando la sangre de mis venas; sentía mi cuerpo como un frío glacial, y en mis sientes fuego... Entonces quise gritar, quise gritar, pero no pude. El hombre aquel había vuelto la cara y me había mirado...; digo mal, no me había mirado, porque era ciego... ¡Era mi padre!
—¡Bah! Hermana, desechad esas fantasías con que el enemigo malo procura turbar las imaginaciones débiles... Rezad un paternóster y un avemaría al arcángel San Miguel, jefe de las milicias celestiales, para que os asista contra los malos espíritus. Llevad al cuello un escapulario tocado en la reliquia de San Pacomio, abogado contra las tentaciones, y marchad, marchad a ocupar la tribuna del órgano; la misa va a comenzar, y ya esperan con impaciencia los fieles... Vuestro padre está en el cielo, y desde allí, antes de daros sustos, bajará a inspirar  a su hija en esta ceremonia solemne, para el objeto de tan especial devoción.
La priora fue a ocupar su sillón en el coro en medio de la comunidad. La hija de maese Pérez abrió con la mano temblorosa la puerta de la tribuna para sentarse en el banquillo del órgano, y comenzó la misa. 
Comenzó la misa y prosiguió sin que ocurriese nada notable hasta que llegó la consagración. En aquel momento sonó el órgano, y al mismo tiempo que el órgano, un grito de la hija de maese Pérez. La superiora, las monjas y algunos fieles corrieron a la tribuna.
—¡Miradlo! ¡Miradlo! —decía la joven, fijando sus desencajados ojos en el banquillo, de donde se había levantado, asombrada, para agarrarse con sus manos convulsas al barandal de la tribuna.
Todo el mundo fijó sus miradas en aquel punto. El órgano estaba solo, y, no obstante, el órgano seguía sonando...; sonando como sólo los arcángeles podían imitarlo... en sus raptos de místico alborozo.

***
—¿No os lo dije yo una y mil veces, mi señora Báltasara; no os lo dije yo? ¡Aquí hay busilis! Oídlo. ¡Qué!, ¿no estuvisteis anoche en la misa del Gallo? Pero, en fin, ya sabréis lo que pasó. En toda Sevilla no se habla de otra cosa... El señor arzobispo está hecho, y con razón, una furia... Haber dejado de asistir a Santa Inés, no haber podido presenciar el portento..., y ¿para qué?... Para oír una cencerrada, porque personas que lo oyeron dicen que lo que hizo el dichoso organista de San Bartolomé en la catedral no fue otra cosa... Si lo decía yo.  Eso no puede haberlo tocado el bisojo, mentira...; aquí hay busilis, y el busilis era, en efecto, el alma de maese Pérez.

Notas musicales
¹ El órgano es un instrumento musical armónico de la familia de los aerófonos, es decir, que se vale del viento para producir sonido, aunque también hay órganos hidráulicos. Es uno de los intrumentos más difíciles de ejecutar ya que se toca con ambas manos y pies. Su invención se remonta a los griegos. Fue adoptado en el siglo VII para las ceremonias religiosas por su amplio registro (10 octavas aproximadamente) y gran volumen en la sonoridad. Alacanzó su apogeo en la época barroca, donde podemos hallar excelentes muestras de literatura organística, así como algunos de los intérpretes más solventes de este instrumento. Al menos desde el siglo X el órgano ha sido invariablemente asociado con la música sacra, con las iglesias y conventos.
² El motete es una forma polifónica de música surgida hacia el siglo XIII, es de carácter religioso. En estricto sentido sus melodías provienen de temas del folklore y sus textos son tomados de pasajes bíblicos, es decir que son poco originales en inventiva. Su nombre deriva de mot, palabra en francés.
³ El título de maestro de capilla tenía mucho peso en la época en que acontece la historia; sobre todo porque la música jugaba un papel activo en materia de religión. Muchos de los grandes músicos de la historia ostentaron tal título, como Joan Sebastian Bach. Las actividades del maestro de capilla eran diversas, entre otras: dirigir coros vocales y grupos instrumentales, además de componer las obras para las ceremonias religiosas. Llama la atención que en este pasaje se dice que maese Pérez podría dar cátedra de solfa a un maestro de capilla; nunca hasta ahora había escuchado o leído nombrar así al solfeo, lo interesante es que se podría estar hablando en doble sentido ya que la voz solfa también puede entenderse como zurrar a golpes; o sea, no literalmente agredir, sino que maese Pérez era verdaderamente docto en su arte.
En otros momentos he aludido a La paradoja del comediante de Diderot para señalar la candidez con la que se habla del quehacer del artista. La (verdadera) obra de arte es fruto del trabajo constante y del perfeccionamiento, sin embargo parece existir un mal espiritual que hace pensar a las personas que el arte proviene de una fuente divina, y que sólo unos cuantos tocados por la providencia son capaces de ofrecer muestras de talento y capacidad para crear la belleza artística. Pero, no es así; el artista se priva de sentir con el propósito de dominar su arte y hacer sentir a los demás, he ahí la paradoja. En éste pasaje, se ve demostrado —un vez más— el mal espiritual que hace creer que son las manos, y no la mente y el entendimiento las que generan la obra de arte...
Composición popular religiosa que versa sobre el nacimiento de Jesús.
Un acorde es una construcción musical que se obtiene de la superposición de más de dos sonidos diferentes: es piedra angular de la música desde el periodo Clásico, antes de esto la música se entendía en un sentido horizontal, donde las obras estaban constituidas por una serie de melodías que sonaban en consonancia, aunque en esencia conservaban su identidad e individualidad: es decir, una textura Polifónica. Con la llegada de la nueva concepción de la música, ésta pasó a verse de manera vertical, ahora una sola melodía reposaba sobre una base armónica que era capaz de resignificarla: o sea, una textura homofónica. Todo esto por supuesto no es en absoluto algo estricto, ambas texturas coexisten hoy día.
Uno de los elementos fundamentales de la música ha sido desde siempre la dicotomía tesis y antítesis (o al menos así fue hasta cierta época en la que se comenzaron a cuestionar y abandonar estos criterios), la pregunta y la respuesta, la tensión y la distensión. La obra de buena parte de los compositores de la historia ha sido guiada por esta estética; basta oír atentamente una pieza musical y tratar de diferenciar las partes que la constituyen: no será una sorpresa si una serie de sonidos rápidos y agudos son seguidos por unos graves y sosegados, o, si una melodía oscura y triste desemboca en algo brillante y alegre... Para ilustrar esto, podemos incluso buscar en la música comercial, como los versos tranquilos contrastan con los coros más agitados, o viceversa. Siempre he creído que así como se puede hablar de un proceso de Materialismo histórico, podemos encontrar parangón en el proceso en el cual la música se desarrolló. La ciencia musical desde hace más de 1000 años siempre ha obedecido a formular de jerarquías; sólo en la reciente modernidad se ha buscado abolir estas relaciones y establecer nuevas relaciones, de igualdad entre las partes, ya no fundamentadas en centros y periferias; el futuro tiende al desorden y la anarquía controladas, la aleatoriedad (aunque parezca oximorón). Pero mientras tanto, casi todo cuanto suena no es más que un A seguido de un B.
⁸ Como decía en la nota 6, la armonía tiene la capacidad de modificar absolutamente a la melodía, a pesar de que ésta es en esencia el rostro de la música, su carácter está subyugado a lo que la armonía le permite expresar. Cuando tomaba clases de armonía con el Maestro Pedro Ayala, él siempre comentaba el pensamiento de Arnold Schönberg, el adelantado compositor y teórico alemán, sobre que cada melodía nace con una armonía implícita; y creo que en rigor esto es parcialmente cierto: una melodía nace no sólo con una armonía potencial, sino con muchas. Así las melodías más simples, incluso hasta banales, puede ser realzadas con un ingenioso soporte armónico, tenemos un grandioso ejemplo en la Sonata número 14 para piano de Ludwig van Beethoven, donde la sencilla línea melódica de la exposición se ve embellecida y redimensionada totalmente por la armonía que la acompaña o en el Ein Ton de Peter Cornelius, una pieza vocal donde el cantante sólo entona la nota Si en toda la obra; la armonía transforma.
Retomando la idea de la nota 7, la música se forma por conjunciones duales; otra de estas dualidades es la de la Consonancia y la Disonancia. Estos conceptos son arbitrarios, pero han servido para definir el camino y los límites de la música, y aún hoy día (por más arcaicos que sean) se mantienen vigentes. Estos conceptos nos fueron legados por los antiguos teóricos y músicos; se basaron en la teoría de los armónicos para clasificar lo que era consonante y lo que no; primero prohibieron el uso de lo que consideraron disonante, con el paso del tiempo lo sacaron un poco de su marginación y limitaron su presencia, y desde entonces ha sufrido un proceso de revalorización. Retomando a Schönberg, de su tratado de armonía: La materia de la música es el sonido. Deberá por tanto ser considerado, en todas sus peculiaridades, y efectos, capaz de engendrar arte. Luego Arnold diserta sobre los conceptos de consonancia y disonancia dudando de la teoría de los armónicos; ¿La conclusión? Todo en el mundo sonoro es consonancia, unas más cercanas que otras.
¹⁰ Maese Pérez falleció tocando, lo más probable es que haya sido por su avanzada edad. Sin embargo no es descabellado pensar que al depositar tanta emoción en esa última ejecución en su amado órgano, pudo haberse llevado al grado de la muerte. Parece una peculiar constante que la muerte haya sorprendido a muchos artistas del sonido mientras desplegaban su arte, o al menos a mí me sorprende que se pueda perecer realizando una actividad tan poco riesgosa. Después de una búsqueda en internet y otros directorios, me topé con cientos de casos, sobre todo de directores y cantantes de ópera que mueren durante densos pasajes musicales. Incluso Beethoven parece tener una terrible reputación de mata directores, seguido de Mahler; como decía, la lista de músicos que caen, es extensa y da para otra entrada y otras reflexiones.

Notas adicionales
. El gran Turco, Soliman I El Magnífico. Gobernó hasta 1566 un inmenso territorio en medio oriente. Junto con Carlos I de España fue el monarca más poderoso de su época.
ʙ. Cargo equivalente a regidor o concejal.
. Insignia de la Santa Inquisición, asociada especialmente con el auto de fe, un proceso público para la reconciliación de los herejes con la Iglesia.
. Eufemismo para referirse al diablo y al infierno.
. Busilis: punto en que estriba la dificultad del asunto de que se trata.

miércoles, 31 de octubre de 2018

Antología de cuentos musicales: 8. Franz Piet Vredjuik

Las cosas se categorizan, se organizan para su manipulación; se establecen relaciones, correspondencias y diferencias de estas divisiones. Las diferencias derivan en exclusiones; y ¿quién diría que la música tiene una relación estrecha con la luz?
El músico, absorto en las relaciones de los sonidos (de aparente perfecta división), con la mente sesgada por la aceptación inequívoca de que el sonido está bajo su control, olvida que en realidad esto es la música: el sonido. La materia elemental de la que se vale son las vibraciones transmitidas por el aire. Leamos a Hans Moser, de su libro de Teoría general de la música: “en el caso de mayor aceleración [de la ondas de sonido] estas frecuencias pasarían paulatinamente a la región de las vibraciones del calor, de la electricidad, y finalmente, de la luz.”
Es a propósito de esto que he elegido este cuento (sí, volviendo a las clasificaciones, se le puede llamar así) de Juan Rodolfo Wilcock. Una biografía ficticia sobre un iconoclástico pensador; hombre imaginario que encuentra en la relación de la luz con el sonido más que cuestiones de física. Quizá este no sea un cuento propiamente sobre música —pero, como decía— es sobre sonido, ¿Y qué otra cosa es la música sino sonido?
Wilcock no es un escritor frecuentado; pasó mucho antes de que pudiera hacerme con La sinagoga de los Iconoclastas; ya, antes de eso, había leído el cuento que Borges y cía. incluyeron en ediciones posteriores de su Antología de la literatura fantástica. Atiendan mi recomendación, busquen a Wilcock, y para quien después de esto quiera más Iconoclastas, les dejo el libro completo aquí.

A la prolongada discusión post-mortem entre Huygens y Newton sobre la naturaleza de la luz () se apuntaron, entre otros muchos, obispos, locos, farmacéuticos, una princesa de Thurn und Taxis (ʙ), un entomólogo de la sagrada puerta (), Goethe (); sus títulos académicos no siempre eran los que el tema exigía, pero nadie los tuvo más escasos que Franz Piet Vredjuik, enterrador de Undenthot en los Países Bajos, sí es cierto que, como él mismo manifestaba, en toda su vida sólo había leído dos libros: la Biblia y las obras completas de Linneo (). Esta presunción suya, que le hace único en el irregular campo de la filosofía post-newtoniana, se lee de manera explícita, y es difícil decir si petulante o modesta, en el prefacio del único opúsculo suyo que ha llegado hasta nosotros: El Pecado Universal, o Discurso sobre la identidad entre sonido y luz (1776, Utrecht). Como cualquier puede deducir del título, el objetivo del breve tratado consiste en demostrar —o más exactamente afirmar, sin otra demostración que una serie de precisos llamamientos a la intuición— que el sonido es luz, luz degenerada.¹
Desde el punto de vista meramente estructural, admitida posteriormente la hipótesis llamada ondulatoria, la propuesta de Vredjuik podría parecer defendible; mucho menos aceptable parece, no obstante, su motivación, que es la siguiente: la causa eficiente y universal de la transformación regresiva y recurrente de la luz en sonido es el pecado original.
Dicha tesis presuponía, para comenzar, una relación jerárquica entre sonido y luz² tan evidente que casi no merece otras aclaraciones: la luz era por definición mucho más noble que el sonido. Todavía hoy subsiste esta tacita prerrogativa, cuando no tiende a expresarse. Casi nadie ha leído a Vredjuik, pero todos están de acuerdo en reconocer los privilegios de la luz; nada, por ejemplo, puede superarla en velocidad; de no existir la luz, no habría ningúna otra cosa en el universo; sólo la luz consigue prescindir de la materia; y así sucesivamente. Nadie, sin embargo, sostiene actualmente, como Vredjuik, que esto sucede simplemente porque sólo la luz, entre todas las manifestaciones del cosmos, no ha sufrido las consecuencias del pecado de Adán. Apenas rozada por el pecado, la luz se estropea y se convierte en calor, suciedad, bestialidad, ruido.
La idea de la fundamental identidad entre luz y sonido se le había ocurrido a Vredjuik, como explica él mismo, pocos días después de la llegada al mundo de su segunda hija, Margarethe. Una noche, a eso de las dos de la madrugada, su hija había comenzado a chillar, como solían hacer los recién nacidos holandeses por aquellos tiempos, cuando de repente sus chillidos alcanzaron una intensidad y un diapasón (3) tan poco habituales, que el padre, con las mantas estiradas hasta cubrirle los oídos, vio en la negra oscuridad encenderse tres estrellas como centellas: era un primer ejemplo de sonido convertido en luz. Posteriores reflexiones llevaron a Vredjuik a presuponer una directa relación entre este fenómeno y el hecho de que Margarethe hubiera sido bautizada ese mismo día: no habiendo contenido después la niña ningún pecado, sus cuerdas vocales mantenían, y seguirían manteniendo durante un breve tiempo, la bivalente capacidad de emitir tanto sonido como luz; en efecto, el fenómeno fue disminuyendo con el tiempo, a medida que la recién nacida iba siendo, como corresponde al destino humano, una cada vez más acendrada pecadora.
Otra prueba decisiva, según Vredjuik, era la prueba del disparo de mosquetón lejano: si se situaba un mosquetón sobre un barril o sobre el techo de una casa, y a unos centenares de pasos se sitúa un observador encima de otro barril o sobre el techo de otra casa (en Holanda escasean las alturas), cuando el mosquetón dispara un tiro —mejor si es de noche— el observador ve una lucecita y al cabo de un instante no despreciable de tiempo le llega el ruido del disparo. Obviamente se trata en ambos casos del mismo fenómeno, reconducible a la ignición de una cierta cantidad de pólvora: una parte de esta luz, sin pecado llega inmediatamente al observador; la parte contaminada —quién sabe qué manos han tocado esa pólvora— llega en cambio con dificultades, bajo la capa del estallido. De la misma manera, aclara más bien oscuramente Vredjuik, el sifilítico camina con bastón.
Otros ejemplos de luz sin pecado son: las estrellas, de las que los paganos afirman que suelen producir una música, pero que evidentemente no la producen en los países cristianos, porque el autor las ha escuchado en Udenhout más de una noche, cuando callan los animales y los ríos; el sol, del qué nunca se ha oído un sólo estallido, y la luna, notoriamente silenciosa; la niebla que nunca hace ruido; las lámparas de las iglesias reformadas holandesas (las de las otras despiden una crepitación característica); los comentas (Vredjuik admite que nunca ha visto ni escuchado ninguno, pero se lo han dicho); los ojos de los niños mudos (el cuarto hijo del autor era mudo); el famoso faro de Nueva Amsterdam, hoy Nueva York; y en general toda la cadena de faros entre Zelanda y Frisia; algunos tipos benignos de fantasmas y fuegos fatuos.
El libro del olvidado sepulturero de Brabante se cierra con una «Advertencia al lector», sobre la intrínseca inmoralidad del ruido, de la música, del canto y la conversación.

Notas
. Entre las diversas investigaciones de Isaac Newton hubo una centrada en los fenómenos de la luz. A mediados del siglo XVII, sus postulados teorías e ideas lo llevaron a envolverse en una disputa con otro importante científico de su época: Christiaan Huygens. Cada uno sostenía posturas que en aquella época eran inconciliables —cosa que la ciencia moderna ha mostrado como caras del mismo dado—; mientras que Newton afirmaba que la luz era de naturaleza corpuscular, Huygens decía que la luz era de naturaleza ondulatoria. La diferencia estriba en que, mientras en la concepción corpuscular la luz se propaga por diminutas partículas materiales emitidas a gran velocidad en línea recta por cuerpos luminosos, en la concepción ondulatoria la luz se propaga por medio de ondas mecánicas y la energía no se concentra en corpusculos como en la teoría newtoniana, sino que se concentra al frente de la onda; está teoría tiene relación con la que explica la propagación del sonido, ya que también se habla de un medio de propagación para las ondas luminosas, que en este caso es el Éter. 
Ambas presentan aciertos y flaquezas; y cada una explica particulares comportamientos de la luz; la ciencia moderna fue descubriendo que la luz tiene una extraordinaria naturaleza dual, lo cual hace que determinados fenómenos de luz sean explicados por corpusculos (como el efecto foto eléctrico de Einstein) y ondas (como la luz en el espectro de ondas electromagnéticas de Maxwell).
ʙ. La familia aristocrática de Thurn und Taxis es una de las más notorias de europa; su origen data del siglo XII, y aunque de orígen Italiano, se establecieron en Alemania al rededor del año 1624. Su fortuna fue amasada principalmente por establecer el servicio postal a lo largo de europa. La referencia que hace Wilcock es oscura, pues desde 1704, año en que inicia la disputa entre Newton y Huygens, hasta 1971, año en que se publica en Italia la primera edición de la Sinagoga de los Iconoclastas, la familia Thurn und Taxis ha tenido buena cantidad de princesas, por ello es difícil determinar a qué princesa se refiere con exactitud. Como nota marginal a esta nota, el escritor norteamericano Thomas Pynchon en su libro La subasta del lote 49 fabula que la familia Thurn und Taxis se disputa el monopolio del servicio de mensajería postal con una extraña organización llamada Trystero. La novela es absolutamente extraña... Aún hoy no estoy seguro de haber entendido bien la trama de ese libro.
. La sagrada puerta (o sublime puerta) es la forma en la que se refería a la corte diplomático del Imperio Otomano, y por extensión al mismo imperio, en la antigüedad; la razón es porque el visir otomano recibía con ceremonias a los embajadores extranjeros en una puerta cerca de su palacio.
. 63 años después de la muerte de  Newton, el escritor alemán Johann Wolfgang Von Goethe replicó el experimento sobre la refracción de la luz. Al ver que en la descomposición de la luz blanca no se encontraba entre los colores el púrpura, concluyó que la óptica no concordaba con la experiencia de la vida cotidiana; hizo una organización de los colores que a diferencia de la rueda de colores newtoniana, agrupaba en 3 pares los colores, y lo llamó círculo cromático.
. Carlos Linneo, fue un zoológo, botánico y naturalista sueco al cual debemos la nomenclatura binominal en la clasificación de los seres vivos. La referencia de sus obras completas junto con la biblia como únicas lecturas de Vredjuik es absolutamente hilarante; para los religiosos, Linneo se encargó de degradar al hombre al nivel de los animales, fue el primero en catalogar al homo sapiens junto a los primates. Es muy graciosa la contradicción en las lecturas de Vredjuik...

Notas musicales
¹ Decir que el sonido es luz degenerada es temerario; si bien hay una relación entre ambas manifestaciones de las perturbaciones del espacio, no podríamos decir en función de qué se puede establecer una jerarquía, es decir, si se afirma que el sonido es luz degenerada, también se podría decir que la luz es sonido degenerado; claro que en el cuento este postulado se da a partir del pensamiento de la cualidad espiritual y sublime de la luz. Lo cierto es que no es descabellado decir que una onda de luz podría transformarse en una onda de sonido. Hablar del proceso es largo, y francamente no me siento dotado ni del conocimiento necesario ni de la terminología adecuada; pero baste al lector (como a mí) poner su atención en fenómeno como la transformación de sonido en electricidad cuando se habla por un micrófono, y su posterior transformación en sonido cuando se emite por un altavoz; en el intercambio de información por redes de fibra óptica; y varios fenómenos afines...
² El sonido es una onda de tipo mecánico, lo cual hace que necesite un medio para propagarse (por ejemplo, el aire) y la luz es una onda de tipo electromagnética, entonces no necesito un medio para propagarse, por lo tanto puede incluso moverse en el vacío. A simple vista y por sentido común, esto haría pensar que en realidad una cosa no puede transformarse en la otra; resulta curioso como a pesar de que luz y sonido son ondas, no se comportan igual, ni mucho menos se rigen por los mismos preceptos, pero esto no excluye la posibilidad de que una cosa se torne en la otra.
³ Siempre he encontrado muchas irregularidades en cuanto al término Diapasón. Por ejemplo, en la RAE lo definen como "intervalo que consta de cinco tonos, tres mayores y dos menores y de dos semitonos mayores, diapente y diatesarón." El Diccionario De Música de Manuel Valls Gorina dice que es una “frecuencia-tipo asignada a un sonido, que regula y condiciona la de los restantes que integran un sistema musical.” Pero, no conforme con esto, es un instrumento inventado por John Shore en 1711 y además en muchos instrumentos —como en el violín o la guitarra, por decir dos ejemplos— es la parte donde se colocan los dedos para lograr emitir las distintas alturas que es capaz de alcanzar un sonido. Para empezar, francamente no tengo idea de qué diablos quiere decir la RAE con esa definición tan confusa: un intervalo es una distancia entre dos notas (únicamente dos) según el si suenan sucesiva o simultáneamente son llamados intervalos melódicos o armónicos, ahora si querían referirse con intervalo al total de la escala diatónica, que está compuesta por 7 notas; de nuevo es absolutamente raro lo que dicen, ya que la escala diatónica se compone de cinco intervalos de tono y dos de semitono; por último dice que sus simitonos mayores (cosa que en ningún otro lado he oído o leído nombrar) son el diapente que es un intervalo de quinta y el diatesarón, que es un intervalo de cuarta, intervalos, por supuesto, compuestos por más de un semitono (que dicho sea de paso, es de una extensión definida, y en el sistema temperado son todos del mismo tamaño). Por otra parte es una herramienta de acero con forma de tenedor de dos picos que se utiliza para afinar; está herramienta da un sonido definido que se conoce como La 3 (440 Hz.).

viernes, 26 de octubre de 2018

Antología de cuentos musicales: 5. Antonia Canta

Este genial cuento de E. T. A. Hoffmann es mejor conocido como Consejero Krespel (Rat Krespel) —aunque su título original es: Una carta de Hoffmann al Barón de la Motte Fouqué (Ein Brief von Hoffmann an Herrn Baron de la Motte Fouqué)—. En la edición de donde tomo esta versión lo titulan como Antonia Canta, y he decidido usar éste porque refleja mejor el motivo del cuento. Fue publicado originalmente en El libro de bolsillo para la mujer (Frauentaschenbuch für das Jahr) de 1818, y luego fue reeditado en la antología de 1819: Los hermanos Serapion (Die Serapionsbrüder).
Hasta ahora, éste no sólo es uno de los mejores cuentos musicales de la antología, sino que además es uno de mis cuentos preferidos. Hoffmann es un narrador ingenioso, y aunque sus textos son extensos, sabe mantener siempre la atención del lector, matizando con diversos detalles pintorescos. Lo prefiero por sobre Poe o Bécquer, narradores con quienes emparenta espiritualmente. Por otro lado, Hoffmann además de escritor, jurista y hasta director teatral, fue músico; por lo cual es agradable leer lo que dice sobre música, jamás es gratuíto.

Aquella noche, los miembros del regocijado Club Serapion habían comparecido puntualmente en casa de Teodoro. El viento invernal corría en anchas ráfagas, se retorcía en torbellino y con lágrimas de nieve atizaba los cristales mal asegurados en sus ribeteadas emplomaduras. Menos mal que resplandecía en la habitación, debajo del revellín de la vieja chimenea, una ancha solera de brasas; su cálida luz acariciaba con innumerables reflejos los muebles severos de obscuro color que contrastaban con la rebosante alegría de sus dueños. Pronto humean las pipas y los reunidos se colocan, en orden de edad, alrededor de la vasija del ponche de la amistad, lamida por las llamas. No falta nadie. El decano tiene allí a todos sus invitados. La copa de Bohemia se llena y pasa de mano en mano, la conversación agota sus recursos y se renueva de cabo a cabo de la velada el ponche y las anécdotas, hasta que, exaltadas las imaginaciones, llega a las zonas más elevadas de la excentricidad.
—Querido Teodoro —exclama de pronto uno de los reunidos, jovial vividor—, la conversación va a decaer si tú no la atizas con una de tus historias, pero algo raro, ¿me entiendes?, algo que sea al mismo tiempo sentimental, fantástico y antinarcótico.
—Brindemos —dice Teodoro— y voy a complaceros. Se trata de una anécdota, no poco chocante, de la vida del consejero Krespel. Ese digno personaje, que ha existido como vosotros y como yo, era, no hay duda, el hombre más singular que en todos los días de mi vida haya visto. Llegaba a las aulas de la Universidad de H... con el propósito de cursar Filosofía, cuando corrían de boca en boca por allí las particularidades del consejero Krespel. ¡Qué hombre más desconcertante¡ Sabed, por otra parte, que el consejero Krespel gozaba en aquella época de una reputación excepcional como sabio jurista y por su destreza como diplomático.
Uno de los pequeños príncipes que reinaba a la sazón en Alemania, hombre cuya vanidad excedía todo límite, le había llamado a su residencia para confiarle la redacción de una memoria con vistas a justificar sus derechos sobre cierto territorio lindante con sus estados que están dispuesto a reclamar ante la corte imperial. Tan buen éxito tuvo el asunto que el Príncipe juró, en medio de su regocijo, conceder en recompensa a su favorito lo que más deseara, por exorbitante que fuera. El honrado Krespel, que se había pasado toda la vida lamentándose de no tener casa a su gusto, quiso que le construyeran una a su capricho, pagando el Príncipe, desde luego. El Serenísimo había llevado la generosidad a adquirir también a su costa el terreno que el Consejero indicara. Pero éste se contentó con un jardín no muy extenso, a las puertas de su residencia en un sitio de lo más pintoresco.
Desde aquel momento Krespel no descansó; intervino en el acarreo de los materiales de construcción, y él en persona, cubierto de una extravagante indumentaria de confección propia, un día tras otro desleía la cal, cribaba la arena y ponía en hilera los ladrillos.
Para nada se le ocurrió llamar a un arquitecto, ni parece que se preocupara por tener un plano. Amaneció un día, y el hombre se llegó a la ciudad de M... para elegir un maestro de albañil experto, y le rogó que desde el día siguiente mandara a su jardín el número de jornaleros suficiente para construir su casa. El maestro albañil, que intentaba regateos a propósito de la dirección de la mano de obra, veía visiones cuando Krespel le aseguró, muy formal, que holgaban la prevenciones y que todo se arreglaría sin disputa, porque no había dificultad, ni podría haber divergencia ningúna. Cuando el maestro constructor llegó al sitio indicado con sus hombres, vio abierta una zanja en forma de cuadrado regular; y Krespel le dijo: —Aquí deben echarse los cimientos de mi casa; y luego levantad las cuatro paredes del recinto; levantad hasta que yo os diga: —Basta.
—Pero... ¿sin puertas, ni ventanas, tabiques?... ¿Lo ha pensado bien? —exclamaba el albañil, mirando a Krespel como se mira a un loco—. Ea, buen hombre, limítese a cumplir lo que le pido —respondió el Consejero con frialdad—. Cada cosa a su tiempo.
La certeza de que le pagaría generosamente decidió al albañil a emprender la construcción que tan absurda le parecía. Con alegre presteza se pusieron a la tarea los jornaleros, calentándose la garganta a costas del propietario, trabajando incansables día y noche, y comiendo y bebiendo a su sabor a expensas del Consejero, que estaba siempre vigilando. Las cuatro paredes subían, subían, hasta que una mañana Krespel dijo a los obreros: —¡Basta!—. Obedecieron ellos al unísono como verdaderos autómatas, y bajando de los andamios fueron a alinearse en círculo alrededor de Krespel, y se quedaron mirándole con aire zumbón como diciendo: —Y ahora, maestro, ¿qué vamos a hacer? —¡Sitio! ¡Dejen pasar! —exclamó el Consejo, al cabo de una pausa de reflexión. Corrió inmediatamente hacia un extremo del jardín, inclinó la cabeza con gesto de descontento, volvió luego a pasos contados hasta llegar al pie de sus cuatro paredes, y repitió la pantomima a cada lado del recinto hasta que, de improviso, como al empuje de una idea luminosa, agachó la cabeza y se fue hacia un punto de la pared, gritando con todas sus fuerzas: —¡A mí, a mí, muchachos! ¡Coged los azadones y abridme aquí una puerta!—. Y luego se puso a dibujarla con tiza en la pared, en sus exactas dimensiones. Fue cosa de unos momentos. Entró por ella en la casa, y sonreía como encantado de su obra maestra. Pero el patrón albañil le hizo presente que la altura de las paredes no pasaba de la de una casa de dos pisos. Circulaba Krespel, seguido de los trabajadores armados de martillos y azadas. Estaba en todo: medía, calculaba, daba órdenes: —Aquí una ventana, seis pies de altura, cuatro de ancho... Aquí una muy pequeña; tres pies de alto, dos de ancho...—. Y la palabra se convertía inmediatamente en obra.
Ahora bien, amigos míos, en el pleno de este incidente del cual hablaban todos, llegaba yo a H... y en realidad nada he visto tan regocijante como los centenares de mirones que apretaban las narices contra la verja del jardín de Krespel, y que vitoreaban cada vez que desprendían una piedra o que se abría en la pared, como por ensalmo, otra ventana. Por el mismo estilo fueron ejecutados los trabajos restantes de la famosa construcción, sin que les precedieran un plan o un razonamiento, a medida de las corazonadas de maese Krespel. La chispeante singularidad de la empresa, el íntimo convencimiento de que todo saldría a medida de las mejores esperanzas, y por encima de todo la generosidad del consejero Krespel, mantenían despierto el afán de sus obreros, gracias a cuya actividad constante la casa quedó pronto terminada. Por fuera presentaba la más rara irregularidad, ya que ninguna ventana se parecía a la otra y cada uno de sus detalles se desentendía de los restantes; vista por dentro era, en verdad, la más cómoda de todas las habitaciones imaginables, y hube de reconocerlo yo mismo cuando, al cabo de unos días de alternar con él, maese Krespel me hizo los honores de su nueva estancia. Puso remate a su originalidad con un convite de ceremonia, al que únicamente fueron admitidos los varios tipos de obreros que habían colaborado en la edificación. Este convite debió de ofrecer el más original de los cuadros. En él devoraron los platos más rebuscados unas bocas no acostumbras a apreciar tales refinamientos. De sobremesa las esposas y las hijas de aquella buena gente improvisaron un baile, en el cual no dejó de participar el señor Krespel. Cuando las piernas empezaron a flaquearle echó mano a violín, y se divirtió viendo brincar a sus convidados como verdaderos títeres, hasta que lució la aurora.
Un martes, di con el señor Krespel en casa del profesor M... Figura más extraña que la de Krespel aquella noche no creo haberla visto en mi vida. Cada uno de sus movimientos llevaba impreso una torpeza tal, que me tenía con el alma en un hilo, esperando de un momento a otro cualquier percance. Pero según parece los anfitriones ya estaban familiarizados con sus cosas, y el ama de la casa no parecía extrañarse en lo más mínimo al verle tan pronto agitado cerca de un grupo de porcelana china como balanceando las piernas frente a un espejo, como agitando los puños bordados mientras hacía prestidigitación a base de unas piezas de cristal, a las que hacía dar vuelta una tras otra a la luz de las velas. El cuadro cambio durante la cena. Krespel había pasado de la curiosidad a la charla más viva; saltaba sin cesar de una idea a otra, y de todo hablaba, voluble y con una voz alternativamente quejumbrosa, velada, decidida o lánguida. Se habló de música y de un compositor que se había puesto de moda. Krespel sonreía y dijo por fin con un acento silbante: —¡Quisiera que cien millones de diablos se llevarán al fondo del infierno a ese musicastro!—. Pero de pronto prorrumpió con voz de trueno: —¡Es un serafín en la armonización! ¡Es el genio del canto!—. Al decirlo se le empañaban los ojos de lágrimas furtivas. Para no tacharle de loco, más bien que distraído, convenía recordar que una hora antes había hablado con entusiasmo de un cantante célebre. Al ser servido el plato de liebre, Krespel puso aparte los huesos y reclamó las patas, que la hija del Profesor, una encantadora niña de cinco años, le trajo alegremente al cabo de unos momentos. Los chicos de aquel hogar parecían sentir gran cariño por el Consejero, y no tardé en descubrir el motivo cuando después de la cena ví a Krespel sacar del bolsillo una caja que contenía un torno de acero, con el cual empezó a moldear los huesos de la liebre en forma de una serie de juguetes minúsculos, que su amiguitos, redeándole a tres pasos, se repartieron entre gritos de júbilo.
De pronto, a la sobrina del Profesor se le ocurrió preguntar: —¿Y qué se ha hecho, querido señor Krespel, de nuestra buena Antonia?—. El consejero puso la misma cara que un goloso que ha mordido en una naranja agria. En una súbita mueca sus facciones se obscurecieron, y tenía un aspecto muy desagradable cuando respondió entre dientes: —¿Nuestra... nuestra querida Antonia...?
El Profesor, que se dió cuenta del efecto que la desgraciada pregunta había causado, dirigió a sobrina una mirada de reconvención, y como para distraer al malhumorado Krespel, le preguntó, animadamente: —¿Cómo van los violines? —al tiempo que estrechaba amistosamente las manos de su invitado. Desaparecieron las arrugas en el rostro de Krespel: —Inmejorablemente, querido Profesor. Me he puesto ya a desmontar el célebre Amati,¹ el violín que he adquirido hace poco por una feliz casualidad. Espero que Antonia pondrá lo restante. —Antonia es una criatura que merece todo cariño —repuso el Profesor—. Es cierto, ¡como un ángel! —exclamó Krespel, sollozando. Y cogiendo bastón y sombrero salió precipitadamente, con todas las apariencias de un hombre desolado. Esta rareza me impresionó y pedí al Profesor algunos detalles acerca de la historia de Consejero.
—¡Ah! —me dijo—. ¡Es un hombre muy raro! Es tan diestro en construir un violín como hábil en redactar un escrito. Una vez ha dado el último toque al violín lo prueba durante una hora o dos, arrancando de él una música que deleita el oído; lo cuelga luego al lado de los otros, y allí queda. Si acaso tiene noticia del violín de un ejecutante célebre, lo adquiere, lo toca una sola vez, lo desmonta pieza por pieza y echa los fragmentos en un arca, que ya casi tiene colmada.
—¿Pero en qué relaciones está con Antonia?— pregunté con impaciencia. Y el Profesor me respondió con gravedad: —El Consejero vivía años atrás en una casa aislada de la calle X..., con una anciana ama de llaves. Lo raro de sus costumbres excitó la curiosidad del vecindario, y él, para desmentirlos, podríamos decir, se puso a cultivar el trato de algunos conocidos, y se le vio en los salones, donde captó muchas simpatías por su inesperada amabilidad. Le creían soltero, y no hablaba nunca de su familia. Más adelante se ausentó durante unos meses. El día de su regreso notó en la casa el reflejo de una iluminación insólita, y pronto una voz femenina encantadora mezclaba sus acordes a los del acompañamiento de un clavicordio² y violín vigorosamente pulsado. Se paraban en la calle los transeúntes, y los vecinos escuchaban asomados a las ventanas aquella música y aquellos cantos que brotaban  en el encanto silencioso de la noche. Serían las doce cuando cesó el canto; fue entonces la voz del Consejero la que se impuso, ruda y autoritaria, alternando con otra voz masculina, que parecía hacerle cargos. De vez en cuando interrumpían la discusión los lamentos de una joven. Un grito penetrante de ésta puso fin a la crisis; pero se oyó todavía en la escalera un ruido singular, como de cuerpos que chocan, y salió un joven de la casa, llorando, precipitándose hacia una silla de posta que le esperaba a pocos pasos, y todo volvió a quedar en silencio.
Los curiosos se preguntaban qué secreto se encerraría en aquella dramática escena. Al día siguiente Krespel estaba tranquilo y sereno, como de ordinario, y nadie se atrevía a interrogarle; pero el ama de llaves no pudo resistir a la tentación de decir al oído a quien quisiera escucharla, que el señor Consejero había llegado del viaje con una joven que era una hermosura y se llamaba Antonia. Había más. Un joven perdidamente enamorado de Antonia les había seguido en el viaje y luego hasta la casa, y había sido necesario para echarle que el Consejero pusiera en juego todo su caudal de indignación. En cuanto a las relaciones entre Antonia y el señor Consejero, la anciana las ignoraba. De todos modos no supo callar que el señor Krespel tenía a la joven odiosamente secuestrada, que no cesaba de vigilarla y que no si quiera le permitía la distracción de cantar acompañándose al clavicordio.
Una sola vez se la había oído cantar, y este recuerdo se convirtió en leyenda del barrio, aureolada de maravilla, pretendiendo que Antonia era una cantante única y ninguna otra de las que se presentan en escena la superaría jamás.
Me causó tal impresión lo que el Profesor me contaba, importaba en mis sueños con tal fuerza, que, locamente enamorado, no pensé más que en los recursos de que me valdría para entrar en la casa de Krespel, ver a la misteriosa Antonia, y después de jurarle amor eterno, sustraerla a su tirano. En perjuicio de mi novela, las cosas tomaron un rumbo muy pacífico. Apenas hube hablado un par de veces con el Consejero en casuales encuentros y halagado su manía hablándole de violines, él mismo me invitó a que le hiciera una visita en su casa.
Dios sabe lo que sentí. Fue como si me abrieran las puertas del cielo. El señor Krespel sometió a mí examen todos y cada uno de sus violines, y me hizo observar los más mínimos detalles. ¡Y los violines eran más de treinta! Había uno de muy vieja hechura, colgado a mayor altura que los otros y adornado de una corona de flores. Me aseguro Krespel que se trataba de la obra maestra de un constructor de nombre desconocido y que sus notas tenían sobre los sentidos un poder magnético irresistible, obligando al sonámbulo a revelar los más secretos pensamientos. —No me he sentido nunca con arrestos —me decía— para desmontar ese violín y estudiar sus estructura. Es como si encerrara una vida de la cual yo sería como el asesino. Bien pocas veces he tocado en él, y únicamente para mí Antonia, que experimenta al oírlo las más dulces sensaciones—. Recorrió mis venas el escalofrío del misterio, pensando en Antonia. —Mi buen señor Consejero —le dije, con el acento de la más amable insinuación—, ¿no me haría usted el favor de tocarlo para mí unos instantes?—. Krespel se revistió de ironía, y con voz nasal, apoyando en cada sílaba, me respondió: —No, mi buen señor estudiante—. Su actitud me desconcertó y no supe qué replicarle. Entre tanto Krespel persistía en enseñarme las curiosidades de su colección.
A punto de despedirnos, sacó de un cofrecillo un papel plegado y me lo dió, diciendo en tono casi solemne: —Joven, es usted amante de las artes; acepte lo que le doy, como precioso recuerdo—. Y sin esperar la respuesta me empujó suavemente en dirección al umbral y me cerró la y en las narices. Desplegado el papel, vi que contenía el cabo de una cuerda quinta³ y esta inscripción: «Fragmento de la cuerda quinta que el divino Stamitz⁴ había puesto a su violín cuando dio su último concierto». A pesar de la despedida algo extravagante con que me había obsequiado el Consejero, no supe resistir al deseo de volver a su casa, y estuve acertado; en el momento en que llegué, Antonia, al lado de Krespel, se ocupaba en ordenar las piezas de un violín que él desmontaba. Era una joven extremadamente pálida, que un soplo de aire hubiera ruborizado y que apagado el rubor volvía a una blancura y una frialdad de alabastro. Me sorprendió notar aquel día en Krespel una naturalidad y una cordialidad que contrastaba vivamente con los celos tiránicos de que el Profesor me había hablado. Conversé particularmente con Antonia delante de él, sin que demostrara desagrado. Desde aquel día mis visitas fueron frecuentes y bien acogidas, hasta llegar a la franca y amable intimidad, a despecho de los chismosos, que en todo buscaban pretexto para urdir sus malicias.
Las raras ocurrencias de Krespel me divertían, pero me es forzoso confesar que el imán que me atraía a la casa era Antonia, y qué únicamente por consideración a ella toleraba yo el carácter de Krespel, que a momentos resultaba francamente insoportable. Cada vez que yo llevaba la conversación al tema musical, se ponía como un gato enfurecido, y quieras que no debía dejarle la razón en cuanto dijera, y salía con las orejas gachas.
Una noche le encontré de un humor muy feliz; había descubierto en su viejo violín de Cremona un secreto que importaba mucho al arte. Aprovechándone de aquellos momentos de viva satisfacción, logré por fin que hablara de música. Pusimos en tela de juicio el talento fanfarrón de una caterva de virtuosos, a quienes la masa admiraba. Krespel reía mis agudezas y Antonia fijaba en los míos sus grandes ojos. —¿No es cierto? —le dije— que ni para el canto ni para el acompañamiento sigue usted el ejemplo de ninguno de nuestros pretendidos vencedores de dificultades?—. Las mejillas pálidas de la muchacha se bañaron de un delicado tinte encarnado, y como si algo electrizante hubiera recorrido todo su ser, abrió los labios. ¡Iba a cantar! Inmediatamente, Krespel, empujándola hacia atrás, y cogiendome a mí por un hombro, me gritó en voz estridente: —¡Caballero! ¡Caballerito...!—. Y volviendo a los modales ceremoniosos de otras veces, añadió: —Soy demasiado cortés todavía, mi querido señor estudiante, para rogar al diablo que le rompa la crisma; pero, como usted ve, bastan las tinieblas que reinan afuera para que pueda rompérsela sin que yo me moleste en hacerlo echándole escalera abajo. Así, pues, hágame un favor: vuelva al sitio de donde ha venido, y conserve un buen recuerdo de su amigo, si... entiéndame... si por acaso no le encuentra usted en casa otra vez—. Diciendo esto me abrazó como en la primera visita y me puso fuera, sin que yo pudiera dirigir a Antonia una sola mirada de adiós.
El Profesor no dejó perder la ocasión de hacer burla de mí. Me dijo y repitió que mi nombre quedaba borrado para siempre de los libros del Consejero. Poco a poco, la ausencia y el alejamiento atenuaron la violencia de la pena que me tenía con la muerte en el alma. La figura de Antonia y la idea de aquel canto del cielo que no me había sido posible oír se borraban, se velaban tenuemente con las misteriosas tintas de un sueño abismado en el fondo de mi alma.
   Dos años después estaba yo de viaje por el sur de Alemania. Mi itinerario me llevaba a cruzar la ciudad de H... Una sensación de congoja me oprimía el pecho a medida que me acercaba a aquella ciudad. Anochecía y se destacaban en el horizonte los campanarios, envueltos en la bruma que precede a la noche cerrada. De pronto me faltó el aire, y hube de decidirme a bajar del carruaje y seguir la carretera andando,  y aquella sensación adquiría cada vez un carácter más extraño. Creía oir en el espacio los acentos de un canto dulce y fantástico; distinguía unas voces que salmodiaban. —¿Qué será? ¿Qué será?— grité para mí mismo con un acento de temor que llamó la atención de otro caminante que acertaba a pasar—. ¿No ve usted allá a la izquierda el cementerio? —dijo el hombre—. Acaban de enterrar a alguien—. En esto, la carretera en pendiente dominaba el cementerio y ví efectivamente que acababan de echar las últimas paletadas de tierra a una fosa. Descorazonado, se me antojó que en aquella sepultura se encerraba toda una vida de felicidad y de esperanza. Cerca de las primeras casas de la ciudad encontré al profesor M. apoyado en el brazo de su sobrina; volvían ambos de la lúgubre ceremonia; pasaron cerca de mí sin verme y me di cuenta de que la joven estaba llorando.
Me fue imposible frenar la impaciencia que me devoraba. Mandé a un lacayo con el equipaje a una fonda de que tenía recuerdo, y corrí desesperadamente hacia la casita de Krespel. Al abrir la verja del jardín vi pasar por la avenida de tilos al Consejero,  gesticulando como un desesperado, en medio de dos personas enlutadas. Llevaba el traje gris que él mismo se había cortado, según el más extravagante modelo; la misma indumentaria que antaño, a no ser el largo crespón que colgaba del tricornio exiguo, y el cinturón negro que le ceñía el vientre y prendido del cual se balanceaba un arco de violín en lugar de espada. Su aspecto era escalofriante. —¡Está loco! —me decía yo. Los hombres que le acompañaban se separaron en el umbral de la casita de y Krespel los abrazó riendo, con una risa que no pasaba de la garganta. Ellos se despidieron, y al volverse notaro mi presencia. —Bienvenido, señor estudiante —me dijo Krespel—. Usted comprenderá—. Y cogido de la mano me llevó al cuarto donde tenía la ristra de violines, esta vez cubiertos de un crespón negro. Uno faltaba: el del maestro desconocido; una corona de ciprés señalaba el sitio que antaño ocupaba. Comprendí el drama. —¡Antonia! ¡Antonia! —exclamé con voces de delirio. Y Krespel seguía plantado delante de mí, petrificados los ojos y cruzados los brazos.
—Cuando ella expiró —me dijo, con una voz que pretendía contener la emoción—, el alma de aquel violín emitió al romperse una nota de dolor y la tabla armónica se resquebrajó. El viejo instrumento, al que tanto cariño tenía, no pudo sobrevivir; lo he encerrado en su ataúd—. Así me habló el Consejero. Alterados los rasgos, con la voz ronca y cascada, preludió una canción grotesca y era una cosa horrible verle saltar sobre un pie, de un lado a otro lado del cuarto, mientras alrededor de su sombrero flotaba el crespón de luto, que se enredaba en las cuerdas de los violines, y al rozarme la cara arrancó de mi garganta un grito agudo. Entonces se detuvo. —¡Muchacho!... ¡Muchacho!... ¿Por qué grita usted así? ¿Acaso ha visto alguna vez el Ángel de la Muerte? Es el que va delante de todos en los entierros...—. Dichas estas palabras se situó en el centro del cuarto, y levantando con ambas manos el arco de violín colgado de su cinturón, lo rompió con ensañamiento y echó los pedazos lejos de sí—. ¡Ahora estoy libre! ¡Libre, libre! ¡Basta ya de violines; no haré ni uno más!—. El desventurado Krespel aullaba esas frases en un tono infernal; y después empezó de nuevo a recorrer el cuarto andando en un pie. Helado de espanto intenté la huida, pero el me detuvo con brazo nervioso. —Puede quedarse, señor estudiante; no atribuya a la locura mis convulsiones. Todo eso me viene encima porque el otro día mandé que me cortaran la una bata, bajo la cual quería parecerme al Destino o a Dios—. El desventurado me declaró una serie de extravagancias por el estilo, hasta que agotado por la exaltación cayó como muerto. Acudió a mis voces la anciana ama de llaves, y le dejé en sus brazos.
Al ver de nuevo al profesor M. le sostuve mi opinión de que el consejero Krespel estaba loco. —Yo opino lo contrario —me respondió—. La fermentación del pensamiento que en otro consumiría el cerebro, en nuestro pobre amigo se deshaogaba por medio de la actividad. La desordenada agitación que agotaba sus nervios es lo que le ha de salvar. La muerte repentina de Antonia ha sido como el rayo que le cayera encima. Pero dejemos que pasen unos días, tal vez uno solo, y apuesto a que por sí mismo volverá a encariñarse con sus hábitos y con la vida cotidiana.
Al día siguiente, Krespel se había calmado casi por completo, aunque de vez en cuando repetía que nunca más montaría un violín, ni siquiera lo tendría en las manos. La predicción del Profesor se realizaba.
A mí en particular todo esto no me dilucidaba el misterio que envolvía las relaciones que tuviera Antonia con el concejero Krespel. Cuantas más vueltas le daba, más podía en mí la instintiva creencia de que había existido entre aquellos dos seres algo odioso. No me conformaba a dar el adiós a aquella ciudad antes de haber provocado las explicaciones que tal vez acarrearían la revelación de algo punible. Me iba excitando cada vez más, hasta que decidí volver al gabinete del Concejero. Estaba tranquilo, sentado ante su mesita de trabajo, torneado unos juguetes. —Hombre abominable —éste fue mi saludo— ¿cómo puede usted gozar de un momento siquiera de bienestar, sintiendo en el corazón el gusano roedor? ¿No le reprocha nada la conciencia?
Aunque perplejo, el Consejero sostuvo la mirada de mis ojos, y abandonando el torno replicó: —¿Qué significado tiene lo que me está diciendo? Tome usted asiento, querido—. Su despreocupación, su misma amabilidad me irritaban y le acusé abiertamente de la muerte de Antonia, jurándole que en mi calidad de abogado, pondría en juego todos mis recursos para provocar una investigación judicial acerca de las causas de tal crimen. Mi exaltación acabó deshaogándose en un torrente de palabras. Al terminar observé que el Consejero no había cesado de sostener con tranquilidad mis miradas. —Es usted un joven e impulsivo —me dijo, poniendo en la voz una gravedad solemne que me confundía—. ¿Con qué derecho, joven, se atreve a penetrar en los secretos de una vida que desconoce?  Antonia no vive ya. ¿Qué importa lo restante...?—. Había algo profundamente triste en la calma de aquel hombre. Avergonzado de mi insensatez, apelé a la generosidad de su corazón para que me confiara algunos detalles de la vida de aquel ángel que removía en mí las fuentes del llanto. Me cogió de la mano, me llevó hasta el balcón y me confío una historia de la que únicamente puedo recordar lo que hace referencia a Antonia.
Ya de joven se había iniciado en el Consejero Krespel la afición apasionada que le llevaba a adquirir a toda costa los violines de los viejos maestros. Esta afición le había conducido a Italia. En el Teatro de San Benedetto de Venecia oyó a la famosa cantatriz Ángela X... No menos que su talento artístico, deslumbró al Consejero su belleza, y se unió con ella en matrimonio secreto. Pero, ángel de la escena, la bella cantatriz era el diablo en el hogar. Al cabo de innumerables escenas borrascosas, Krespel optó por refugiarse en el campo, dónde consolaba sus cuitas pulsando un excelente violín construido en Cremona. Pero la signora, celosa como buena italiana (), corrió en su retiro para seguir atormentándole sin compasión. Un día entró en el pabellón de verano, donde Krespel estaba improvisando, engolfado en los mundos de la música, apoyó la linda cabecita sobre el hombro del marido y le miró con el amor en los ojos. El Consejero, que vagaba por unas zonas ideales, hacía revolotear el arco con tanto ardor, que éste, sin él intentarlo, rozó la garganta satinada de Ángela. Dió ella un brinco furioso, le increpó llamándole bestia tedesca (ʙ), y en un arranque de cólera le arrebató el violín de Cremona y lo estrelló contra el mármol de una mesa que había en la sala. 
Quedó el Consejero —como suele decirse— de piedra, y luego, por uno de esos movimientos nerviosos que escapan al análisis, todo su cuerpo se crispó, y arrojó por la ventana de su propia casa a la bella cantatriz, huyendo luego hacia Alemania. Pero, por el camino, al recordar aquel extraño suceso, sí bien había obrado sin premeditación, le asaltaron los remordimientos; contribuiría también a ello el recuerdo de cómo la señora le había arrullado últimamente con la dulce esperanza de la paternidad. Imagínese, pues, su grata sorpresa cuando, al cabo de ocho meses recibió en un extremo de Alemania una carta rebosando ternura, en la cual su mujer querida, sin hacer la más mínima mención del accidente de la villa, le anunciaba el nacimiento de una hija, y le instaba a que volviera a Venecia. Receloso Krespel, temiendo que le tendieran un lazo, mandó tomar informes y supo que efectivamente la bella italiana, al ser echada por la ventana tuvo la suerte de caer sobre un macizo de flores y césped que habían suavizado la caída, y que en cuanto a los resultados del vuelo de aquel ruiseñor, el único conocido era un cambio feliz en su genio. Habían cesado los antojos y los arranques de cólera. El remedio conyugal resultaba maravilloso. La noticia caló tan hondo en el buen Consejero, que hizo enganchar inmediatamente los caballos a su berlina. Pero cuando ya estaba en el carruaje cambio de opinión: —¡Diablo! —se dijo—. Si la dama no estuviera curada del todo, ¿he de exponerme a echarla una segunda vez por la ventana?—. Era una pregunta difícil de contestar.
Subió, pues, a su casa, puso una carta muy extensa a su querida esposa, felicitándola de que su hijita tuviera como él, una motita de vello detrás de la oreja, y luego... no se movió de Alemania. Cruzáronse otras cartas. De Venecia a H... revoloteaban como bandadas de tórtolas las protestas de cariño, los planes para mañana, las lamentaciones y los dulces ruegos. Y cierto día, Ángela se presentó en Alemania; y dejó pasmados con su arte a los concurrentes del teatro F... Le sobraban unos años para que la llamaran joven, pero, aun así, encendió alguna pasión, procuró a más de uno la dicha que anhelaba y causó con estas cosas muchas habladurías.
Entre tanto, la niña de Krespel había crecido. La llamaban Antonia, y la madre presentía en ella una cantante de su misma categoría. Sabiendo tan cerca a los suyos, Krespel ansiaba ir a abrazar a su hija, pero le retenía el temor a las locuras de su señora y no se decidía a abandonar sus violines, que nunca le contrariaban.
Un músico joven de gran porvenir, que brillaba en aquel entonces, se enamoró de Antonia. Llamado a dar beneplácito, Krespel se declaró encantado de que su hija se uniera con un artista sin rival en el violín, y esperaba de un día a otro la participación de la boda, cuando recibió una carta enlutada y de letra desconocida, anunciándole que Ángela acababa de morir de pleuresía, precisamente el día anterior al señalado para la boda de Antonia; le notificaban también que la última voluntad de la cantatriz había sido que Krespel acudiera inmediatamente para hacerse cargo de la huérfana.
El novio, que no se había separado de Antonia durante el doloroso trance, estaba presente a la llegada de Krespel. Una noche en que se reunieron y Krespel soñaba con la difunta, se sentó Antonia al piano⁵ y cantó una melodía. Hubiérase dicho al oírla que latía en su garganta el alma de la madre, Krespel, sollozaba, dominado por la emoción; se levantó y estrechó en los brazos a la muchacha. —No, hija mía —exclamaba—. ¡Si me amas deja de cantar! ¡Se me rompe el corazón! ¡No cantes nunca más!—. Ella posó largo rato en su padre los ojos brillantes de lágrimas, en el ensueño de una dicha que iba a desvanecerse. Se desbordan sus bucles como un torrente de ébano encima de los hombros de nieve, y su talle se inclinaba como un lirio a punto de quebrarse. Krespel lloraba al verla tan bella, atormentada por el instinto que acababa de revelarle el porvenir. Se acentuaba la palidez en el rostro de Antonia, y él había descubierto en sus rasgos uno que era mortal, y contemplaba aterrorizado aquel germen que iría desarrollándose. —No, amigo, no —decía al cabo de un tiempo al famoso doctor R.—.  Las manchas rojas que asoman a sus mejillas cuando canta no son efectos de la animación... Serán lo que ya me temía—. No he de ocultarle mis inquietudes —respondía el Doctor—. Sea que la muchacha se haya esforzado en el canto, o debido a un defecto orgánico, yo entiendo que ese brillo sonoro de la voz, que está por encima de las facultades de su edad, es un indicio de peligro, y no le concedo ni seis meses de vida si le permite usted que cante. 
Temblando bajo esta amenaza, el Consejero veía la suerte de su hija como la del arbusto embellecido por las primeras flores y que una mano sin piedad se dispone a cortar de raíz. Se resolvió a señalar a Antonia los dos caminos para su porvenir: el uno conducía en poco tiempo a la tumba, pasando por el casamiento y las a seducciones de la vida artística; el segundo conservaría al padre anciano la hija querida, su único gozo y su postrera felicidad. Antonia se hizo cargo del sacrificio que le imploraba su padre, y le abrazó sin acertar a decirle en palabras lo que sentía. Krespel despidió al novio y dos días más tarde llegaba a H... con su hija, único tesoro de su existencia. Pero el novio no podía renunciar tan fácilmente a la dicha que se había prometido, y siguiendo las huellas de Krespel le alcanzó en el umbral de la nueva residencia. El Consejero le rechazó con dureza. —¡Que le vea otra vez al menos! —exclamó Antonia—. ¡Que le oiga una vez más, y no me importa luego morir! —¡Morir! ¡Morir! Hija mía, eres el único ser que me reconcilia con este mundo. Sea como tú quieres. ¡Pero, si llegas a morir no maldigas al menos a tu desdichado padre!
El sacrificio era decisivo. El joven músico se vio obligado a acercarse al clavicordio, y Antonia cantó. Tenía Krespel la mirada pendiente de su hija, hasta que vio aparecer en los pómulos las manchas rojas que contrastaban con su palidez. Entonces interrumpió el concierto con violencia, invitando al músico con el gesto a que se retirara. Al verle partir, Antonia dió un grito desgarrador y cayó desvanecida.
—Por un momento —me decía Krespel, después de contarme esta triste historia— creí que mi pobre hija había muerto. Empujé por la espalda al maldito novio hacia la calle—. ¡Váyase! ¡Pero, pronto! ¡No sé cómo no le hundo un cuchillo en el corazón, para reanimarla y devolver el color a sus mejillas con la sangre de usted!—. Debía ser tan terrible mi aspecto al decirle estas palabras, que el joven músico salió corriendo, como alocado, para no volver más.
La muchacha había abierto los ojos al cabo de un rato; y volvió a cerrarlos. El médico, llamado con urgencia, afirmó que el accidente, aunque grave, no tendría probablemente peores consecuencias. Antonia pareció restablecerse casi del todo a los pocos días. Su amor filial ofrecía el más conmovedor espectáculo. Abnegada, con admirable resignación, soportaba las manías y los antojos de su padre, y le ayuda con angelical paciencia a desmontar los viejos violines que iba adquiriendo y a fabricarlos de nuevo. —No, padre mío —le decía a menudo con una sonrisa melancólica—, no volveré a cantar, ya que esto te aflige. Mi único deseo es vivir y respirar para ti—. Y Krespel se sentía dichoso de oírla. 
Al adquirir el violín famoso que más tarde había de ser encerrado en el ataúd de Antonia, y disponerse a desmontarlo, la joven le miró con tristeza. —¿Éste también? —le preguntó. Y Krespel oyó en su interior una voz que le instaba a salvar aquel violín y a servirse de él. No bien empezó a tocarlo, la joven dio unas palmadas. —¡Pero, si es mi voz! —exclamaba—. ¡Vuelvo a cantar!—. Y, en efecto, las notas del violín maravilloso parecían rodar como perlas del empíreo (). Krespel estaba conmovido; el arco creaba prodigios bajo sus dedos. Y Antonia volvía sonriendo a su idea. —¡Padre, quisiera cantar!—. Y él arrancaba del instrumento deliciosas variaciones.
Pocos días antes de mi segundo viaje a H..., al Consejero le había parecido oír —era una noche de calma— que el clavicordio recobraba su alma en el cuarto inmediato, y reconoció la pulsación del pretendiente de Antonia recorriendo rápidamente las teclas de marfil. Iba a levantarse, pero una mano de hierro parecía atenazarle. Le pareció luego que la voz de su hija murmuraba débilmente, como en la lejanía, y poco a poco las modificaciones eran más cercanas, en un crescendo fantástico, y cada una de las vibraciones le hería como una flecha en el corazón. De pronto, una aureola azulada rasgó las tinieblas en que estaba sumida la habitación. Y Krespel vio a su hija en los brazos de su pretendiente. Sus labios se unían, y a pesar de ello el canto celeste continuaba. Bajo el dominio de un miedo y una angustia sobrenaturales, el consejero Krespel permaneció en su inmovilidad hasta la aurora, paralizado el pensamiento por una torpeza de plomo.
Cuando el primer rayo de luz se deslizó en tintas rosadas a través de las cortinas de su cama, se levantó como de un sueño penoso y corrió al cuarto de Antonia. La vio tendida en el sofá, caídos los párpados, juntas las manos y con una sonrisa dulce, pero fija, que rozaba sus labios pálidos.
Parecía un ángel dormido de la virginidad. Su alma había vuelto a Dios.

Notas musicales
¹ Los Amati fueron una célebre familia de luthiers de Cremona. El más famoso de ellos era Nicollo (1597 - 1684); fue maestro de Antonio Stradivarius y Andrea Guarneri (1625 - 1698), quizá los iniciadores de las dos principales dinastías de constructores de instrumentos de cuerda. También destaca Andrea (1510 - 1580) el violero más antiguo de Cremona. En esta ciudad se afincó la tradición y el perfeccionamiento de la construcción de violines, por ello no sorprende la repetida mención de ella en el texto de Hoffmann.
² El Clavicordio junto con el Clavicémbalo son dos los instrumentos antecesores del Piano. Es complicado determinar si en el texto se refieren justamente al Clavicordio y no al Clave (o Gravicembalo); en primera instancia cabe pensar que el autor se refiere al Clavicordio, ya que por su sonoridad débil es instrumento de ámbitos íntimos, para un número de escuchas limitados, pero cronológicamente es bastante anterior al Clave, su forma definitiva data de los 1700 y la narración ocurre al rededor del 1800; esto último hace pensar que el instrumento del que se habla es más bien el Clave.
³ Quiero pensar que ha sido un error de traducción hablar de una cuerda quinta de violín; es inusual pensar en uno de estos instrumentos con 5 cuerdas; estos son más bien (algo) modernos, y al referirse a un compositor de hace poco más de dos siglos resulta todavía más extraño. Por desgracia ni en libros ni en la red figura dato alguno sobre los violines que usaba Johann Stamitz, así que es complicado determinar si en realidad en su último concierto tocó con un violín de 5 cuerdas o sólo fue un descuido del editor.
 Johann Stamitz (1717 - 1757). Fue un compositor y violinista alemán, de origen checo. Fundador de la “Escuela de Mannheim”, se le considera como uno de los creadores de la sinfonía como género.
Esta es la única vez que se menciona al piano. Resulta extraño, tomando en cuenta que el instrumento de teclado habitual de la narración es el clavicordio. Aunque el piano ya existía propiamente desde principios del siglo XVIII, su uso generalizado no llegó hasta el siglo posterior. Incluso en sus orígenes fue sistemáticamente rechazado en favor del Clave. Pienso que una vez más no ha sido sino un error de los editores del relato.

Notas adicionales
. A propósito de la signora italiana de Krespel, transcribo algunas observaciones y opiniones de Stendhal sobre los italianos. El texto es la introducción a una Crónica sobre la Duquesa de Palliano, supuesta traducción del genio francés(!): He observado que en Inglaterra, y sobre todo en Francia, se habla a menudo de la pasión italiana, de la pasión desenfrenada que se encontraba en Italia XVI y XVII. En nuestros días (1838. Aprox.) esa bella pasión está muerta, completamente muerta, en las clases que han sido alcanzadas por la imitación de las costumbres francesas, y las formas de actuar a la moda de París o Londres. [...] Para hacerme una cierta idea de esa pasión italiana de la que nuestros novelistas hablan con tanta seguridad, me he visto obligado a interrogar a la historia, y aun la gran historia, hecha por gente de talento, y a menudo demasiado majestuosa, no dice casi nada de los detalles. No se digna a anotar las locuras más que cuando son hechas por reyes o por príncipes. He recurrido a la historia particular de cada ciudad y [...] esa manera apasionada de sentir que reinaba en Italia [...] quería actos y no palabras.
ʙ. Tedesco. Originario, propio o relativo de Alemania. Palabra usada especialmente por los italianos en referencia a los alemanes.
. Empíreo. En la cosmología antigua, cielo o esferas concéntricas en que se mueven los astros. / Paraíso.

lunes, 1 de octubre de 2018

En la deseada piel

Tengo el argumento para una novela que a ratos escribo y nunca termino... —¿qué podría decir sobre eso?, no se me quita la necedad de escribir una novela...—; este cuento es un satélite que orbita alrededor de aquella historia. Lo reescribí una y otra vez y sólo hasta ahora me siento satisfecho con el resultado. Sin más preámbulo: léase tranquillement, comme s'il était sur le point de rêver.

                   They got a skin and they put in me
The BodySnatchers / Radiohead

Amor que estás en mis pensamientos más íntimos y que mi respiración es una plegaria por tu vida. Alma adorada, ceñida por la morena piel y los flexibles músculos. Persigo tu mirada de gorrión que da parpadeos a saltitos por la bóveda celeste, como recogiendo luz, casi las estrellas; esas que mañana van a brillar en tus ojos cuando yo sea lo primero que mires al despertar. Dulces labios tuyos que se funden con los míos, casi como buscando que mi alma pase a ti y viceversa... Soñar con la utopía de vivir en ti, no sólo de ti y para ti.
Ayer el otoño defolió mis pensamientos dejando sólo el pilar de las cosas que importan. En todo estás tú. Y ahora, mientras duermes y digo estas palabras como a cuentagotas en tu oído, casi buscando llenarte con mi ternura; te acaricio. No despiertes aún, voy a conservarte así en mi memoria. La última vez que te mire desde mis ojos. Estamos tan cerca que parecería imposible estar y ser más unidos de lo que ya somos.
Mis dedos pasean tu rostro acostumbrándose a lo extraño que será palpar en la oscuridad estas mismas mejillas. La fantasía se apodera de mí, yo ser de ti hasta ser tú. No despiertes aún, permanece así hasta pasar, apenas un poco, el alba.
Escucho tu respiración, cuán libre te has de sentir al llenar de aire tus pulmones; ¿Será que podré sentir lo mismo cuando te tenga?... Entre sueños ya has de oír los suaves pasos del par de hombres caminando con pereza hacia aquí. ¿Soñaras que son casi como gotas de lluvia en caída y suspensión regular?
Una leve contracción oscurece tu rostro mientras te colocan en posición. La aguja de la inyección deja una mínima gota de rubí sangre al salir de tu cuello. Estás diez pasos más allá del sueño, en un sopor que colinda con la muerte. Pero no temas, te tengo bien sujeto, casi con un hilo de Ariadna; listo para hacerte salir del laberinto.
Ahora la aguja me va a dejar como a ti, flotando en la oscuridad de un sueño artificial; en un estado más allá del dolor y las sensaciones. Cuando despertemos verás que nuestra unión fue tal que serás tan yo como tú mismo. Estos hombres me están ayudando a ser tú, a pasar mi alma y mi mente a tu cuerpo. Voy a vestirme con tu piel y tú con la mía. Al despertar sentirás en ti mismo a mi ser abrazando al tuyo y yo dentro ti... Me duermo, corazón... Pero ten fe, soy tan de ti que seré tú.

5. En torno a creación y tradición

Me gusta pensar que mi identidad es como un cielo nocturno, con una serie de estrellas componiendo constelaciones que representan todas esas...