domingo, 29 de noviembre de 2020

Biblioteca Quimera: colección de tomos imposibles, fantásticos, especulativos, imaginarios y pseudoreales

Como muchos de los descubrimientos literarios que hacemos, mi conocimiento de los libros quimera llegó de la mano de Jorge Luis Borges y uno de mis cuentos preferidos de su autoría: El zahir. El texto es un interesante híbrido de géneros literarios que, además de prosa narrativa, logra cotas geniales de especulación ensayística y la esencia de un texto de referencias antológicas. En sus líneas me topé por primera vez con la alusión a un libro que no existe; como no soy un lector pasivo, cada rastro de información que leo, pasa por el tamiz de la comprobación y la duda, y nunca me quedo del todo satisfecho con la escueta mención que hacen los autores de tal o cual cosa.
A través de los años, estas apariciones fantásticas se han repetido en literaturas de todas las clases y épocas; constituyen uno de los juegos literarios más interesantes, y al mismo tiempo más peligrosos. Por supuesto, adicto a las listas, como soy, anoto todas las quimeras que me salen al paso. Las presento a continuación. 
Para más información sobre los libros quimera, recomiendo consultar esta entrada.

A

• 

B

• Brundecal, por el profeta Lustrog. Libro sagrado de Liliput y Blefuscu; entre otras cosas recoge detalles sobre la manera correcta de cascar los huevos. [Los viajes de Gulliver, Jonathan Swift].

C

• Contemporary Bucks [Retratos contemporáneos], por el capitán Tarleton. Retratos de personajes eminentes de Inglaterra; destaca —tal vez— la semblanza sobre Lord George Hell [The happy hypocrite, Max Beerbohm].

D

• de Concubinis retinendis [Sobre la manutención de las Concubinas] de Phutatorius (el que copula). ‘obsceno y sucio tratado’ del que sólo sabemos que está compuesto por nueve capítulos, siendo de re concubinariâ (de lo relativo al concubinato) el último, por lo demás, resta hacerse una idea del contenido a partir del por el título. [The life and opinions of Tristram Shandy gentleman, Laurence Sterne].

• De Nasis [De Narices] de Hafen Slawkenbergius.¹ Se trata de una obra antológica y con miras a totalizar todo lo sabido y escrito sobre el tema de las narices. En la narración en que Slawkenbergius cuenta las motivaciones y circunstancias que le impulsaron durante años a trabajar y a escribir, hacia el final de sus prolegómenos (que bien mirado deberían haber aparecido primero como su nombre indica, pero que el encuadernador colocó injustificadamente en el contexto analítico del libro propiamente dicho) informa el autor que desde que alcanzó el uso de razón y se dedicó a pensar fríamente sobre el verdadero estado y condición del hombre, y a distinguir su fin principal y la naturaleza de su ser o —para abreviar mi traducción del libro de Slawkenbergius que está en latín y es bastante prolijo en este pasaje— desde que fue capaz, dice Slawkenbergius, de entender algo o de saber “qué es que” y ver que la cuestión de las narices grandes sólo había sido tratada a la ligera por los que le precedieron, «sentí el poderoso impulso, la vocación irrefrenable dentro de mí de entregarme de lleno a su estudio».
Y si hemos de ser justos con Slawkenbergius, su incorporación a esta lid aportó una lanza más poderosa y eficaz que las de ninguno de sus predecesores, hasta el punto de que, a decir verdad, bien merece en muchos aspectos ser considerado como un modelo para todos los escritores, al menos para los autores de verdaderos libros, por su capacidad para lograr captar tan profundamente todos los aspectos de esta cuestión; por su dialéctica ampliamente esclarecedora, que no olvidaba ninguna de las facetas del problema, incluso aquellas que pudieran parecer contradictorias; por aplicar, al propio tiempo, el más profundo conocimiento de las ciencias comparando, compilando y uniendo, implorando, tomando prestado y robando, si era preciso, según avanzaba, todo cuanto había sido escrito o discutido sobre el particular en las escuelas o en los pórticos de los eruditos. De todo lo cual resulta que no sólo puede considerarse a Slawkenbergius y a su libro como un canon, sino también como un digesto cabal y bien urdido; como una especie de instituciones básicas en materia de narices, comprensivas de cuanto es, ha sido o pueda ser conocido sobre el tema. Por eso, me abstengo de hablar de tantos (por otra parte valiosos) libros y tratados de la colección de mi padre escritos ex- profeso sobre la cuestión de las narices o relacionados de algún modo con ellas. Así, por ejemplo, de Prignitz que ahora tengo sobre la mesa junto a mí y en el que, con enorme erudición y del modo más académico y desapasionado, se recoge el examen de cuatrocientos cráneos diferentes procedentes de veinte osarios de Silesia, donde el autor investigó, informándonos de que las medidas y la configuración de la parte ósea de las narices en una región concreta del país —a diferencia de la Crimea tártara, donde todas se encuentran aplastadas por el manejo inadecuado y sin que se pudiera sacar nada en claro— denotan una similitud sorprendente, siendo sus diferencias —dice el autor— puramente accidentales e inapreciables y sus contrastes, en tamaño y forma, achacables a sus partes musculosas y cartilaginosas, así como a todos esos canales y sinuosidades por donde circulan la sangre y los «espíritus animales» o fluidos vitales propulsados por el calor de la imaginación, que no es sino su consecuencia (poniendo así en tela de juicio el caso de los imbéciles, de los que Prignitz que habitó en Turquía muchos años sostiene la teoría de que están bajo la inmediata tutela del cielo). Y así sucede necesariamente, concluye Prignitz, que la calidad de la nariz se encuentra en proporción directa a la imaginación de su poseedor.
Por la misma razón —contando con todo lo que Slawkenbergius recopila— no comparte las afirmaciones de Scroderus (Andrés), bien conocido de todos, quien se opuso violentamente a Prignitz probando a su manera, primero por lógica y luego por simple obstinación, que «Prignitz se encontraba en un completo error, puesto que no es la imaginación la que determina la nariz, sino ésta la que condiciona a la imaginación».
El erudito advierte en este razonamiento de Scroderus la presencia de un sofisma y, por su parte, Prignitz proclamó bien alto su ataque diciendo que Scroderus se había limitado a alterar los términos de su propia tesis. Lo cual no impidió que éste siguiera firme en sus trece.
Mi padre mantenía en su interior una equilibrada lucha sin decidir aún quién se alzaría con la razón, hasta que Ambrosio Paraeus lo decidió por él en cierto momento, haciéndole superar ambas posturas de Prignitz y de Scroderus y sacando a mi padre de su perplejidad.
La cosa fue así.
(Al relatar esto no pretendo dar ninguna lección al lector erudito. Me limito a mostrarle que el hecho me es conocido.)
Lo cierto es que Ambrosio Paraeus, que era protocirujano real y que le arregló la nariz a Francisco IX de Francia ganando gran consideración por su parte, que vino a añadirse a la que ya le profesaban los dos monarcas precedentes y la que le otorgaron los dos siguientes (no sé exactamente quiénes eran) y que —salvo el patinazo que sufrió con motivo de la historia de las narices de Taliacotius² y de su método de fijación— era respetado por todos y considerado por el gremio médico de la época como el más versado en la materia. Pues bien, fue la opinión de Ambrosio Paraeus les decía la que convenció a mi padre de que la causa verdadera y real de lo que tanta atención había atraído y a la que tanto tiempo dedicaron inútilmente Prignitz y Scroderus, no era lo que ellos defendían sino que el tamaño y la calidad de la nariz se debían simplemente a la turgencia o a la flacidez del pecho de la nodriza, del mismo modo que la pequeñez y planitud de las narices chatas respondía a la firmeza y elasticidad del propio órgano de nutrición en un ser sano y robusto; lo cual, aunque pudiese resultar bueno para la mujer, era fatal para el niño, ya que, de esta forma, su nariz se aplastaba, constreñía, comprimía y refrigeraba tanto que nunca podía llegar ad mesuram suam legitimam (a su legítimo tamaño). En el caso de flaccidez y blandura del pecho de la nodriza o de la madre, por el contrario, al hundirse en él la nariz, dice Paraeus, como si fuese mantequilla, ese órgano se encuentra más a gusto, nutrido, aplomado, arregostado y en las mejores condiciones para su crecimiento ininterrumpido.³
Solamente me cabe hacerle dos observaciones a Paraeus. La primera: que prueba y explica todo con la mayor honestidad y decoro de expresión, razón por la que hago votos por que su alma descanse siempre en paz.
[...]
Slawkenbergius en cada una de sus páginas encerraba para mi padre un verdadero tesoro de inagotables conocimientos. Por dondequiera que lo abriera, siempre hallaba una enseñanza y, con frecuencia, al cerrar el libro solía decir que si todas las artes y las letras junto con los libros que de ellas tratasen llegaran a desaparecer, perdiéndose de repente las ideas políticas y las máximas de los gobernantes, así como lo que los estadistas escribieron o inspiraron sobre lo que en cortes y reinos débiles o poderosos se escribiera; aunque sólo quedara Slawkenbergius, el mundo podría volvera a andar. ¿Era o no un tesoro? Era como las instituciones de todo lo necesario para el conocimiento de las narices o de cualquier otra cuestión. A cualquier hora, en maitines, al ángelus o en las vísperas. Slawkenbergius siempre representaba distracción y solaz. Siempre estaba al alcance de su mano (puede usted jurarlo, señor mío) como si fuera un libro de cánones o de oraciones. Así estaba de sobado y manoseado, contrito y atrito con señales de dedos por doquier.
No soy yo un fanático de Slawkenbergius como lo era mi padre. No niego que algo tiene, sin duda. Pero en mi opinión, lo mejor —no digo lo más aprovechable—, lo más entretenido de él son sus cuentos. Y teniendo en cuenta que el autor era alemán —pueblo al que generalmente se reprocha su falta de imaginación— haber escrito tales volúmenes —hasta diez décadas de diez cuentos cada una— significaba ya bastante. Pero la filosofía no se escribe como los cuentos y por eso fue un error que Slawkenbergius los lanzara al mundo con esa pretensión. Entre ellos, existen algunos como la octava, novena y décima décadas que, en mi opinión, son más caprichosos y arbitrarios que especulativos. En general merecen, sin embargo, ser leídos con atención por los eruditos, como un detalle más que añadir a los hechos concretos y sistematizados contenidos en este libro en torno al tema central de la fiel contemplación de la cuestión doctrinal de las narices.
Los cuentos que incluye de Nasis y de los que tenemos noticias son:
I. SLAWKENBEKGII FABELLA⁴: sobre un forastero de prominente nariz que llega Estrasburgo y causa un revuelo tal que la ciudad cae a manos de los franceses.
II. Los amores de Diego y Julia.
[The life and opinions of Tristram Shandy gentleman, Laurence Sterne].
¹ Prignitz y Scroderus, como Hafen Slawkenbergius, son nombres sin duda inventados por Sterne: Prignitz podría ser una combinación de la palabra inglesa prig (presuntuoso, pisaverde) y la francesa nez (nariz); Scroderus podría ser un derivado de scrotum (escroto); en cuanto a Hafen Slawkenbergius, en alemán coloquial hafen quiere decir orinal, y schlaekenberg, en el mismo idioma, significa montón de escoria o de excrementos.
² Taliacotius es Gasparo Tagliacozzi (1546-1599), cirujano italiano de Bolonia, célebre por sus reparaciones de narices heridas, a las que trasplantaba piel de los brazos; al parecer, el error cometido por Paré fue decir que lo que Tagliacozzi trasplantaba era carne o músculo, en vez de piel.
³ El párrafo se encuentra, casi literalmente, en Rabelais, libro I, cap. cuadragésimo; el Hermano Juan explica así el tamaño de su nariz: «Según la verdadera filosofía monástica, es porque mi nodriza tenía las tetas gordas y blandas, y al mamar las hundía allí como en manteca, y así se expansionaban y crecían como la pasta en la amasadera. Las tetas duras de las nodrizas hacen a los niños chatos». (Traducción de Eduardo Barriobero y Heran). Al citar a Ponocrates y Grandgousier, el mentor y el padre de Gargantúa, al final de este mismo capítulo, Sterne apunta hacia su fuente.
⁴ Dado que existen contadísimos ejemplares del de Nasis de Hafen Slawkenbergius, creo que al lector culto no le importará echar un vistazo a unas cuantas páginas del original; la única observación que haré al respecto es que el latín del autor es mucho más conciso en sus cuentos que en su filosofía—y que en aquéllos es, además, más latino.

• Dissertation simply upon the word Tristram [Disertación acerca de la palabra Tristram], por Walter Shandy, que versaba única, exclusiva y explícitamente sobre la palabra Tristram, —en la que (el autor) exponía al mundo, con gran sinceridad y modestia, los fundamentos de su inconmensurable odio por este nombre aborrecible. [The life and opinions of Tristram Shandy gentleman, Laurence Sterne].

E

• los Estados e imperios del Sol, con el añadido de la Historia de la Centella, cuyo autor no es mencionado, pero que son traducidos a la lengua musical de los selenitas por el daimon de Sócrates. Se trata de dos audiolibros avant la lettre que, presumiblemente, versan sobre los helionitas. Su portada «sólo parecía una monstruosa perla partida en dos», i. e. una caja, que «al abrir la, encontré adentro algo de metal parecido a nuestros relojes, lleno de no sé qué resortitos y de máquinas imperceptibles. En realidad, se trata de un libro, pero un libro milagroso que no tiene folios ni caracteres; es, pues, un libro en el que, para aprender, no sirven los ojos; sólo se necesitan los oídos. Así, cuando alguien desea leer, pone tensa, como una gran cantidad de todo tipo de pequeños nervios, esta máquina, luego hace girar la aguja en el capítulo que quiere escuchar, y al mismo tiempo salen de el como de la boca de un hombre, o de un instrumento de música, todos los sonidos distintos y diferentes que sirven, entre los grandes de la luna, para expresar el lenguaje» [El otro mundo: Los estados e imperios de la luna, Cyrano de Bergerac].


F
•

G

• Gran obra de los filósofos, también traducido por el demonio de Sócrates y cuyo autor no está esclarecido pero del que se asegura que es «uno de los más sólidos espíritus del sol»; sobre el contenido, sabemos que: «En el, prueba que todas las cosas son verdaderas, y expone la manera de unir físicamente las verdades de cada contradicción, como por ejemplo que el blanco es negro y que el negro es blanco; que se puede ser y no ser al mismo tiempo; que puede haber una montaña sin valle, que la nada es algo, y que todas las cosas que existen no existen. Pero observe que prueba todas estas paradojas inauditas sin ninguna razón capciosa o sofística». Su portada «estaba cortada en un solo diamante, sin comparación más brillante que los nuestros». Su poseedor Dyrcona nos dice: «Cuando he reflexionado después sobre esta milagrosa invención para hacer libros, ya no me sorprende ver que los jóvenes de ese país poseían más conocimientos a los dieciséis y dieciocho años que las barbas grises del nuestro; pues, al saber leer en cuanto hablan, nunca están sin lectura; en su habitación, en el paseo, en la ciudad, de viaje, pueden llevar en el bolsillo, o colgados del cinturón, una treintena de esos libros de los que sólo tienen que tensar un resorte para oír un capítulo nada más, o bien varios, si están de humor para escuchar todo un libro: así, puede usted tener eternamente a su alcance a todos los grandes hombres muertos y vivos que le platican de viva voz. El examen de esos libros que me habían regalado me ocupó más de una hora; finalmente, después de colgármelos como aretes» [El otro mundo: Los estados e imperios de la luna, Cyrano de Bergerac].


H

• Higgins’s Universal Alphabet (Alfabeto fonético universal), por el profesor Henry Higgins. Diccionario que aumenta a lo largo y lo ancho los esfuerzos de Alexander Melville Bell y su obra Visible Speech (Habla visible, 1867), cuya finalidad fue representar todas las posibilidades fonéticas del habla humana. Se considera una obra de suma importancia, tanto como para cruzar un continente para consultar al autor de tal investigación. [Pigmalión, George Bernard Shaw]. 

 
• Historia universal, por el profesor Killaloe. Obra que propone analizar la historia de la humanidad desde el presente (lo conocido) hacia el pasado (lo desconocido); argumentando que «el primer capítulo de toda historia, debe estar siempre constituido por las últimas noticias, y el último de toda historia universal bien hecha no puede ser más que el relato de la Creación». La idea del profesor Killaloe es que el alcance de una ecuación no se entiende sólo por su resultado; el desarrollo presenta la identidad específica de sus variables que cobran una cualidad de contrastes sin llegar a serlo. En otras palabras, se estudian los efectos desde sus causas; y los hombres desde el momento de su muerte como un recuento de los hechos [Gog, Giovanni Papini].

K

•  Karl Strickland: sein Leben und seine Kunst [Su vida y su arte] por Hugo Weitbrecht-Rotholz, publicada por Schwingel and Hansch en Leipzig en 1914. Una «imponente monografía» que «nos presentó un notable lista de autoridades» respecto a la figura del genial pintor inglés. Respecto al autor sabemos que «el doctor Weitbrecht-Rotholz pertenece a la escuela de historiadores que creen que la naturaleza humana no sólo es tan mala como parece, sino mucho peor»; por lo demás, la obra poseé un facsimil de una carta de Strickland donde el pintor se refiere a su mujer en estos términos: «¡Maldita sea mi esposa! Es una excelente mujer. ¡Qué se vaya al diablo!». Esta obra quimera es una mordaz burla contra el conde alemán Harry Kessler (conocido por el mote de Conde rojo), quién dirigía una editorial llamada Cranach Press y que había sido la primera en publicar una biografía sobre Gauguin. Kessler tenía la intención de hacer de Weimar un nuevo centro de la ilustración intelectual por lo que el chiste en esta obra está en los siguientes detalles: el nombre del autor significa "brillante en mente y espíritu" en referencia al proyecto de Kessler, mientras que el apellido Weitbrecht es "amplia luz", reforzando la idea anterior. Ahora bien Rotholz es "madera roja" con lo que el autor alude a su mote de conde rojo, mientras que "madera" es un slag para "erección." Por otro lado el nombre de la editorial significa "palito", otro slag para referirse al pene y un acto coital, mientras que "Hansch" es la referencia al nombre más común en Alemania, "Hans"; todo este enmascarado juego de palabras es a propósito del sonado caso de la escultura que Kessler le encargó al escultor francés Aristide Maillol, un desnudo de su amante el ciclista Gaston Colin y la polémica que suscitó [La luna y seis peniques, William Somerset Maugham].

L

• las Libreas, De, por un autor del que desconocemos el nombre. Se trata de una obra «donde [se] pinta[n] setecientas y tres libreas, con sus colores, motes y cifras¹, de donde [se] podían sacar y tomar las que quisiesen en tiempo de fiestas y regocijos los caballeros cortesanos, sin andarlas mendigando de nadie, ni lambicando (destilando), como dicen, el cerbelo (cerebro), por sacarlas conformes a sus deseos e intenciones». Sólo sabemos que su autor se proponía con esta y otras dos obras «componer libros para dar a la estampa, todos de gran provecho y no menos entretenimiento para la república [...]. Porque doy al celoso, al desdeñado, al olvidado y al ausente las que les convienen, que les vendrán más justas que pecadoras²». [El Ingenioso Caballero Don Quijote de la Mancha, Miguel de Cervantes Saavedra].
¹ Las libreas (‘trajes que se vestían en las fiestas cortesanas’) eran de colores, que tenían un valor simbólico, y llevaban motes (‘versillos alusivos’) y cifras (‘dibujos alegóricos’), que a veces había que descifrar como jeroglíficos.
² justas: ‘apropiadas, pintiparadas’ para los que están celosos, olvidados, etc., que eran situaciones tópicas de los amantes literarios; se juega con el refrán «Pagar justos por pecadores» y con justas caballerescas.

M
• Mariana, novela publicada por Barnaby donde se retrata la villanía de Mariana, la amante del autor. Su antiguo marido develó la vileza definitiva de Mariana, era una reaccionaria, se casó con él para espiar a las fuerzas de izquierda y merced a sus acciones nefandas se perdieron muchas causas nobles. Su nombre sólo evocaba víctimas inocentes y la carrera política, impecable y limpia de su marido se vio manchada por ella. La pequeña Mariana había puesto en peligro a la revolución mundial. Augusto estaba deshecho. ¿De qué servían sus innumerables sacrificios a la causa? Durante años había luchado por el triunfo de la Revolución de Octubre y su mujer había terminado con todo…
Pepe y yo escuchamos horrorizados y ambos decidimos que el nombre de mi antigua amiga era un nombre impronunciable. Únicamente Barnaby se atrevió a nombrarla por su nombre y publicó su libro titulado Mariana. La novela fue un éxito entre sus amigos, aunque la heroína no era nada grata. [Testimonios sobre Mariana, Elena Garro]

• Metamorfóseos, o Ovidio español, del mismo autor que “De las Libreas.” Se trata de una obra «de invención nueva y rara, porque en él, imitando a Ovidio a lo burlesco, pinto quién fue la Giralda de Sevilla y el Ángel de la Madalena, quién el Caño de Vecinguerra de Córdoba, quiénes los Toros de Guisando, la Sierra Morena, las fuentes de Leganitos y Lavapiés en Madrid, no olvidándome de la del Piojo, de la del Caño Dorado y de la Priora; y esto, con sus alegorías, metáforas y translaciones, de modo que alegran, suspenden y enseñan a un mismo punto¹» y también contiene los detalles sobre la aventura del Quijote en la cueva de Montesinos: «haber sabido lo que se encierra en esta cueva de Montesinos, con las mutaciones de Guadiana y de las lagunas de Ruidera, que me servirán para el Ovidio español que traigo entre manos». [El Ingenioso Caballero Don Quijote de la Mancha, Miguel de Cervantes Saavedra].
¹ Cumplen de este modo con los tres requisitos de la retórica, correspondientes a los tres géneros (demostrativo, judicial y deliberativo): «delectare, movere et prodesse».

• Modern Artist: Notes on the Work of Charles Strickland, A [Un artista moderno: notas sobre el trabajo de Charles Stickland], por Edward Leggatt, miembro de la A. R. H. A., publicado por Martín Secker en 1917. Obra que «constituye un ejemplo delicioso de un estilo cultivado, por lo general, con menos acierto en Inglaterra que en Francia» y que se ocupa de hacer un buen esbozo crítico de la técnica y temas del pintor en cuestión (trasunto de Paul Gauguin). Es importante mencionar la función de sátira que tiene esta obra quimera; Leggatt existió en efecto, fue un comerciante de arte con posturas bastante conservadoras y opiniones duras contra las vanguardias estéticas como el impresionismo; por lo que resulta una ironía atribuirle una obra sobre un  artista avant garde, el efecto se ve reforzado con el detalle del editor, pues Secker fue famoso por ocuparse de publicar autores de vanguardia, precisamente, como Kafka, Mann, Hesse y James [La luna y seis peniques, William Somerset Maugham].

P

•  Philippicks against the eye [Filípica contra el ojo], obra inédita de Walter Shandy. En ella, el autor, elabora una de sus clásicas diatribas contra aquello que lo perturbaba: el poder enamorante del ojo. Incluye un verso de Robert Toute que reza: 
“Es cosa del diablo y parece ésta una de sus obras como nunca hiciera pagano alguno, judío o turco.”
[The life and opinions of Tristram Shandy gentleman, Laurence Sterne].


S

• Spoken Sanskrit (El sánscrito hablado), por el Col. Hugh Pickering. Meticulosa obra que estudia las inflexiones y habla viva del sanscrito, seguramente para uso de oficiales ingleses. [Pigmalión, George Bernard Shaw]. 

• Strickland: The Man and his Work [El hombre y su obra], por Robert Strickland, hijo del pintor, publicado por Wm Heinmann en 1913. Obra que pretende «refutar ciertos errores muy difundidos» sobre la última época de la vida de su padre que «han causado un profundo dolor en las personas que todavía viven». Resulta más bien hagiográfica, con el objetivo de presentar una imagen descafeinada y pulcra del pintor. La obra fue bastante atacada y cuestionada sobre todo por el Doctor Weitbrecht-Rotholz, quien «llama hipocresía a sus pudibundos tapujos, a sus circunloquios los califica llanamente de mentiras, y de deslealtades a sus emociones» [La luna y seis peniques, William Somerset Maugham].

•  Suplemento a Virgilio Polidoro, del mismo autor que “De las Libreas.” «Que trata de la invención de las cosas¹, que es de grande erudición y estudio, a causa que las cosas que se dejó de decir Polidoro de gran sustancia las averiguo yo y las declaro por gentil estilo. Olvidósele a Virgilio de declararnos quién fue el primero que tuvo catarro en el mundo, y el primero que tomó las unciones para curarse del morbo gálico², y yo lo declaro al pie de la letra, y lo autorizo con más de veinte y cinco autores, porque vea vuesa merced si he trabajado bien y si ha de ser útil el tal libro a todo el mundo», también comenta algo sobre la historia y ascendencia de los juegos de naipes gracias a la información proporcionada por Don Quijote: «entender la antigüedad de los naipes³, que por lo menos ya se usaban en tiempo del emperador Carlomagno, según puede colegirse de las palabras que vuesa merced dice que dijo Durandarte, cuando, al cabo de aquel grande espacio que estuvo hablando con él Montesinos, él despertó diciendo: «Paciencia y barajar»; y esta razón y modo de hablar no la pudo aprender encantado, sino cuando no lo estaba, en Francia y en tiempo del referido emperador Carlomagno, y esta averiguación me viene pintiparada para el otro libro que voy componiendo, que es Suplemento de Virgilio Polidoro en la invención de las antigüedades, y creo que en el suyo no se acordó de poner la de los naipes, como la pondré yo ahora, que será de mucha importancia, y más alegando autor tan grave y tan verdadero como es el señor Durandarte. La cuarta es haber sabido con certidumbre el nacimiento del río Guadiana, hasta ahora ignorado de las gentes»
¹  El libro (1499) que el autor desconocido completa lo tradujo al castellano Francisco Thámara con el título Libro de Polidoro Virgilio que tracta de la invención y principio de todas las cosas (Amberes, 1550), y posteriormente (1584) se editó en la Península la versión de Vicente de Millis Godínez. Sufrió variadas imitaciones y prolongaciones, y de él sacaron datos, confesándolo o no, multitud de escritores y predicadores del Siglo de Oro.
² ‘sífilis’; se medicaba con unciones: ‘pomada de un compuesto de mercurio’. El nombre primitivo de la sífilis, plaga en aquel tiempo, se refirió en cada lengua europea a distintos países, de donde se la creía originaria.
³ En la época de Cervantes habían tratado de la invención de los naipes Luque Fajardo, en su Fiel desengaño contra la ociosidad y los juegos, y Juan de la Cueva en el poema «De los inventores de las cosas», pero ni Cervantes ni Lope se refirieron nunca a este poeta y autor teatral. 

T

• Teatro del Globo, su descripción, sus autores., El. (también traducido del alemán como: Historia del teatro Globe, su descripción, sus autores). Autor desconocido. Supuesta obra en dos tomos que estudia a los autores isabelinos (William Shakespeare en especial) en torno al célebre teatro Globe, Inglaterra. [La confusión de sentimientos, Stefan Zweig]

• Travels by Smelfungus. Obra que recoge las impresiones de T. Smelfungus durante sus viajes por Europa, que en opinión del reverendo Yorick “The learned SMELFUNGUS travelled from Boulogne to Paris— from Paris to Rome—and so on—but he set out with the spleen and jaundice, and every object he pass’d by was discoloured or distorted— He wrote an account of them, but ’twas nothing but the account of his miserable feelings. I met Smelfungus in the grand portico of the Pantheon—he was just coming out of it— ’Tis nothing but a huge cock-pit, had said nothing worse of the Venus of Medicis, replied I—for in passing through Florence, I had heard he had fallen foul upon the goddess, and used her worse than a common strumpet, without the least provocation in nature. I popp’d upon Smelfungus again at Turin, in his return home; and a sad tale of sorrowful adventures had he to tell, “wherein he spoke of moving accidents by flood and field, and of the cannibals which each other eat: the Anthropophagi" —he had been flea’d alive, and bedevil’d, and used worse than St. Bartholomew, at every stage he had come at—” (El sabio Smelfungus viajó de Bolonia a París, de París a Roma, y luego a otras partes. ¡Ay! Pero como estaba ictérico y melancólico, todo le aparecía descolorido y hasta monstruoso. Y escribió un relato de su viaje, que no era más que el relato de sus lamentables sentimientos. Yo me encontré un día con Smelfungus en el pórtico del Panteón. Él salía en ese momento: —Ya ve usted —me dijo—. Esto no es más que una inmensa plaza de gallos. —¡Ojalá no hubiera usted tratado peor a la Venus de Médicis! le dije por única respuesta. Porque en Florencia averigüé que se había enfurecido al ver a la diosa, y la había tratado de miserable ramera, sin que mediara provocación alguna de la diosa. En Turín volví a topar con Smelfungus, que regresaba a la patria. Me hizo un espantoso relato de sus espantosas aventuras: accidentes de locomoción en tierra y en agua, caníbales que se devoran unos a otros, o sea antropófagos. A él lo habían torturado y desollado vivo, y en todas las posadas maltratado más que al propio San Bartolomé) [Viaje sentimental por Francia e Italia, Laurence Sterne].

• Tristra-pædia / Tristrampedia. Trabajo pedagógico de Walter Shandy. Luego del sentido fallecimiento del primogénito de Walter, este, siguiendo el ejemplo de Jenofonte, [se puso a] escribir [un] método educativo para [su segundo hijo]. Para ello recurriría en primer lugar a sus propios pensamientos desperdigados; a consejos; a ideas; luego los mezclaría ordenadamente hasta formar un cuerpo de INSTITUCIONES que reglamentasen [la] niñez y adolescencia. Tejió hilo a hilo sacándose [la ciencia] de la sesera o tejiendo y entretejiendo lo que los demás habían tejido antes de él, que para el caso venía a significar la misma tortura que él. Por espacio de unos tres años o poco más [...] siguió progresando en su trabajo. Como todos los demás escritores tuvo sus desengaños. Pensó que sería capaz de reducir todo lo que tuviera que decir a una escala tan pequeña que cuando terminase y lo encuadernase podría meterse en el costurero de su mujer. Pero las cosas se complican siempre. No hay nadie que pueda decir: ¡Hala!, voy a escribir un duodécimo, como si tal cosa. Las primeras treinta páginas [...] son un poco áridas; y [...] no guardan excesiva relación con el tema de la obra [...]: constituyen una introducción a modo de prefacio [...] o un prefacio a modo de introducción (pues no estoy muy seguro de cómo llamarlo) acerca del gobierno político o civil; y fue el hecho de que se pusieran sus primeros cimientos con la originaria unión entre varón y hembra para procreación de la especie. El segundo capítulo versa sobre la salud y se concreta en esta sentencia: ‘El secreto de la salud reside en la debida y equilibrada lucha por el poder entre el calor radical y el húmedo radical, y por ello——.’ El tercer capítulo habla de los Verbos Auxiliares, que constituye[n] al mismo tiempo el medio de que la propia alma pueda desenvolverse con los materiales que se le aportan, y por la propia versatilidad instrumental suya, lo dúctil y maleable de su empleo, medio idóneo para abrir nuevos senderos a la investigación y hacer que de cada idea se puedan engendrar millones de otras nuevas. [The life and opinions of Tristram Shandy, gentleman, Laurence Sterne].

• Toxicology of Erskine, edited by Sir Mathew Reid, the President of the Royal College of Physicians, and one of the oldest members of the Buckingham. “El tomo segundo de Erskine tenía una completa e interesantísima descripción de las propiedades de la aconitina, en un inglés transparente y purísimo.” Invaluable obra que Lord Arthur Savile consulta para buscar un veneno eficiente con el cual asesinar a su tía Clementina Beauchamp. [El crimen de Lord Arthur Savile, Oscar Wilde].


V

• Vida de Ginés de Pasamonte, La. Autobiografía de Maese Pedro a. k. a Ginesillo de Parapilla. De él dice su autor que «Es tan bueno, que mal año para Lazarillo de Tormes y para todos cuantos de aquel género se han escrito o escribieren. Lo que le sé decir a voacé (usted) es que trata verdades y que son verdades tan lindas y tan donosas que no pueden haber mentiras que se le igualen». Es una obra inconclusa: «¿Cómo puede estar acabado, si aún no está acabada mi vida? Lo que está escrito es desde mi nacimiento hasta el punto que esta última vez me han echado en galeras». Sabemos que el autor tenía la pretensión de terminarla mientras cumplía su sentencia: «y no me pesa mucho de ir a ellas, porque allí tendré lugar de acabar mi libro, que me quedan muchas cosas que decir y en las galeras de España hay más sosiego de aquel que sería menester, aunque no es menester mucho más para lo que yo tengo de escribir, porque me lo sé de coro (de memoria)». El autor se estima como gente hábil, aunque él agrega sobre esto que: es «[...] desdichado, porque siempre las desdichas persiguen al buen ingenio». [El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, Miguel de Cervantes Saavedra].

• Vida de Sócrates. Obra inédita de Walter Shandy. Como primera obra había que reconocer que nadie se había lanzado con tanto velamen a las letras y con tan procelosa marea de heróica sublimidad como [Walter] en esta ocasión. No hubo frase de la oración de Sócrates que concluyera con una palabra más corta que transmigración o aniquilamiento, ni pensamiento en ella inferior al de ser o no ser, o la entrada en un nuevo y no experimentado estado de cosas, o un largo, profundo y pacífico sueño, sin pesadillas ni sobresaltos [The life and opinions of Tristram Shandy gentleman, Laurence Sterne].

jueves, 26 de noviembre de 2020

Una lección musical para el (re)uso del tiempo

I.
Hoy la vida no va a volver a desperdiciar nada. Está harta de esquilmar el porvenir, sacando un nuevo día —cada día— para ponerlo mañana delante del de hoy. La faena es ingrata, pues esos días están opacos hasta que los ilumina el sol; por lo que ver qué deparan es imposible y ésto llena de natural rencor a los hombres, rencor hijo de la incertidumbre. La vida se ha prometido renunciar a la renovación; aprendió una valiosa lección de la música: la inteligente combinación de doce sonidos —doce posibilidades— nunca terminará de ser explotada; es así que la vida pretende aplicar a su sistema la economía inmejorable del reuso; reuso musical libre de desgastes y remplazos. Hay que insistir: las mismas doremifasolasido que usó Haydn le sirvieron a Bach antes y a Debussy después, y seguirán sonando nuevas porque nacieron aboliendo el desgaste, se renuevan con el uso.
Por eso la vida nos propone: volver, repetir los días, reusarlos sin temor a que les salgan hoyos o desluzcan a la luz del sol. Desde mañana vamos a regresar hacia el primero de los días del existir de todo. Hoy es una señal de retorno y no hace falta más que dar media vuelta y que el futuro sea ayer.
Hay muchos beneficios en reutilizar los días: El primero es la solución de la opacidad y el misterio del quévendra. Se podrá saber al punto lo que pasó. Convirtiéndo a la Historia en la nueva ciencia que predice al nuevo futuro desde la antigüedad.
Esto no quiere decir que tengamos que deshacer nuestros pasos al punto. La cualidad del reuso es la reinvención; de nada sirve reusar si se repite el uso primero. Hay que renovarse o morir, pero renovarse en algo viejo. Por más explotadas que están nuestras doremifasolasido, rara vez se usan de la misma forma.
Me preguntan si no le tengo miedo a no tener futuro, antiguo futuro —tenemos que decir—; y la respuesta es: no. La literatura me ha preparado para volver a vivir: desde Rosenblum, pasando por Raegge, siguiendo con Unamuno y el Señorísimo Fernández, también Dunne y todos los arqueólogos del mundo, sin olvidar algo de Bergson. Estos pensadores se han anticipado al pasado prometido, dándonos las claves para disfrutar del vino más añejo de todos; el de la cosecha pretérita que desde mañana ayer será el doble de añejo.
A todo esto, recuerdo que hace un mes me enfermé de gripa estacional y el poder volver a aquellos días con la salud repuesta me hace sentir que iré mejor preparado para no enfermarme y hasta evitar todas las caídas que tuve. Se puede pensar que la vida se ha vuelto loca, pero el orden de los factores no altera el producto: si aquella navaja que entró en mi piel hace unos años, sale y me deja sin herida, no quita el hecho primero de haberme herido. Lo hecho, hecho está.
Sólo hay algo en todo esto que me preocupa. Hoy que es el último día antes de regresar al día de ayer y me he prometido no dejar nada inconcluso, por lo que de entre la vieja gama del pasado, deberé elegir el día de mi alumbramiento para finiquitar mi vida. Circunstancia que no me entusiasma, porque empezar terminando no es la mejor manera de decir que he podido concluir eficazmente todo lo que me he propuesto hasta hoy...

-I
Si los días van a volver como buscando su principio, cada vez más hacia atrás; lo último será lo primero. Situación que plantea una complicada aplicación de otra enseñanza musical: cuando hay dos notas iguales, una detrás de la otra; digamos un fabemol y su gemelo posterior, lo que las diferencia sobre todo es el acento. La naturaleza de la música permite expresar dos cosas iguales de forma ligeramente diferente. Siendo así que, el primer fabemol sonará un poco más fuerte que el segundo [tal vez porque el que pega primero, pega dos veces... no lo sé], pero, si invertimos los papeles, si lo último viene primero, si el débil suena fuerte y viceversa, ¿estaremos verdaderamente dando la vuelta en el tiempo? Trabajosamente hemos cambiado el curso del agua del mar, río arriva hacía la montaña, como para que resulte que eso nos da lo mismo que si el agua corriera como siempre. Temeríamos que el orden de los factores no altera el producto. ¿Puede la música resolver este problema? Sí. Los días como las canciones no son circulares. Aunque tengan un principio que parezca llevar a otro principio después de un teórico final. Cada día y cada canción presentan diferente desarrollo; no importa que vengan a ser iguales donde acaban y donde empiezan, o sea en el silencio. Aquí los factores nos importan más que el orden, pues éste ya está dado. No se puede cambiar el destino, pero sí la forma de llegar. Quiero decir que, mientras repitamos el día a día aunque sea con variantes, siempre viviremos el día a día, y aún sin hacer nada, los días continúan, hacia atrás, claro está.

Bibliografía recomendada para sobrevivir al pasado, una vez más.
 
• Aub, Max. Versiones & subversiones.
• Bergson, Henri. Memoria y vida.
• Bergson, Henri. Historia de la idea del tiempo.
• Dunne, John William. Un experimento con el tiempo. Biblioteca personal Jorge Luis Borges
• Fernández, Macedonio. Papeles de Recienvenido y Continuación de la Nada.
• Killaloe, s/nombre de pila. Historia universal.
• Rosenblum, Aaron. Back to happiness or on to hell.
• Raegge, Félicien. La flèche du temps.
• Unamuno, Miguel de. Poesía completa.

lunes, 23 de noviembre de 2020

Amor & anomalía

Las obsesiones no se las quita uno fácilmente, nunca menguan del todo. Puede que se debiliten, pero permanecen en la sombra, esperando maliciosamente a dar un salto de improvisto y trocar la escena. Hablo de ésto porque mi narración parte de una obsesión (herida y latente): escribir una novela, pretenciosa como todas las novelas. Dicho esto, léase pas de pruderie.

Los padres deben amar a sus hijos, deben, enseñarles a amar y deben, finalmente, hacerse amar por ellos. Tal podría decirse que es el triunfo de la paternidad, lograr esa comunión de amores recíprocos. 
El libro de la paternidad

—No hay bien que por mal no venga —dijo por fin Vladimir para romper nuestro sopor. Su frase retruecada fue cayendo redonda en mis oídos, y de tan vacío que estoy, su eco esférico aún continúa sonando en mí.
—Con semejante neblina podríamos decir que lo bueno es malo y viceversa; o que el mal tiene su lado bueno; y así, sucesivamente, seguiríamos desatinando... —traté de agregar con sarcasmo, pero Vladimir pareció desoír la mitad de mis palabras.
—Ah... Neblina y miopía, ¿no crees? A veces la apariencia del mal benéfico se debe a lo externo, que no nos deja ver y a veces a lo interno, nosotros que no podemos ver bien... al mal —agregó con una sonrisa burlona. Temí, entonces, que nuestra conversación derivara en una encrucijada filosófica insoluble: que si el hombre es malo o bueno a priori.
—No son más que abstracciones y juegos de palabras; la verdad desnuda aborrece esos devaneos que permiten atenuar nuestras faltas y mentir usando falsas certezas.
—Sí, es posible. —concluía Vladimir, al tiempo que deslizaban una nota debajo de la puerta; ahora teníamos trabajo que hacer.
Tomé el papel y lo miré un momento: estaba nerviosamente caligrafiado, palabras recargadas y escritas con fuerza se sucedían con otras más tenues y titubeantes, intuí que la nota se había escrito al borde del desfallecimiento. Contento con ello, largué el brazo y se la entregué a Vladimir. La leyó nitidamente en voz alta, despojando de su inquietud al mensaje:
—«Señores Burke & Hare, un amigo me ha hablado de sus servicios y preciso disponer de ellos. Quiero evitar las penas del infierno terrenal aunque me condene a uno “post mortem...” Me han dicho que pueden cumplir los sueños de un hombre que quiere salir de sí y yo necesito huir, despojarme de mi piel. Sé del precio que esto supone, y estoy dispuesto a solventarlo sin falta. Sin más, permanezco atento a sus instrucciones».
Debí saberlo en ese momento... nadie que hable de infiernos debe ser escuchado. Quienes lo hacen creen en el peor de todos los males posibles y hasta imposibles. Debí saber que estaba por vender mi alma y la de mi compañero. Pero no pude darme cuenta.
Vladimir miró el reverso de la nota con la información de nuestro cliente y se dispuso a iniciar el proceso.
Habló con él lo suficiente como para saber qué es lo que quería pero, no tanto como para saber en qué nos estábamos metiendo; no solemos inmiscuirnos en las razones de nuestros clientes para dejar de ser quienes son. A menudo nos enteramos porque las circunstancias van hablando, revelando lo que pasa, pero de otro modo, no saber es una forma de no lamentarnos por las consecuencias y los efectos secundarios.
Aparentemente era otro viejo lujurioso, enamorado de alguna mujer más joven que él. Su caso era un lugar común. No más patético que ningún otro: buscaba, por supuesto, sus glándulas de salmón para volver a la ambicionada juventud y poder estar a la altura de su amante. 
Si no supe lo que andaba mal por la nota, debí haberlo sabido por las pequeñas objeciones que comenzó a poner el cliente. Pero tampoco fui capaz.
Cuando le presentamos el primer prospecto para que cambiara de cuerpo, preguntó por el tipo sanguíneo; pareció preocuparle de manera especial ese detalle. Argumentó precaución; temía que en el futuro una incompatibilidad entre grupos sanguíneos le impidiera o le entorpeciera el tener hijos. Un miedo comprensible, pero asqueante cuando entendí su orígen.
La lista de especificaciones se iba haciendo tan meticulosa que de no ser por nuestra natural perseverancia, Vladimir y yo habríamos tirado la toalla.
Como dije, uno debe hacer caso omiso a los que hablan de infiernos —y por extención a los que hablan de paraísos—; ambas promesas son combustible de tragedias. Ni todo el placer, ni todo el sufrimiento. Porque los que gozan en la eternidad terminan sufriendo en el éxtasis y los que sufren en la ininterrupción logran acostumbrarse a la pena. Nuestro hombre tipificaba como uno de esos que superan la vergüenza y son capaces de quitarle el pero a cualquier cosa.
Después de cambiar de cuerpo a un cliente, hay que seguirlo un par de días; la adaptación es diferente para todos y algunos pueden sufrir tremendos desórdenes de identidad al saberse uno en personalidad y verse otro al mirar su nuevo rostro en el espejo. Hacemos esta vigilancia sin intervenir con la vida cotidiana de nuestros clientes. Nos permite notar anomalías para corregirlas eventualmente.
Los hombres de edad son de hábitos; el itinerario hace sobrevivir al ser cuando la tenacidad de la juventud se marchita. El cliente no era la excepción y tener un cuerpo más joven con sus antiguos pensamientos y costumbres no había cambiado demasiado su esencia: el hombre llevaba su vida como hasta entonces; no habíamos llegado a ver a la mujer por la que había hecho el cambio de cuerpo. En un principio no nos produjo demasiada curiosidad, hasta la última noche de monitoreo.
El caballero pro-infierno había salido el viernes por la noche, bien dispuesto y con notable semblante de autosatisfacción. Lo seguimos de cerca y con renovada atención, pues este cambio en su rutina podría ser crucial para declarar, o no, si la mudanza había sido exitosa.
Vladimir es un experto anatomista; a golpe de vista reconoce enfermedades actuales y pasadas de las personas solamente con observar su forma de andar; reconoce con alta precisión similitudes y diferencias; y hasta calcula sin problema la estadística de parentesco entre personas. Es un talento útil para nuestra profesión. Por ello cuando, siguiendo hasta un bar nudista a nuestro cliente, me dijo que había algo sospechosamente familiar entre una stripper que nuestro cliente miraba embebido y su antiguo cuerpo, me intrigué. La luz no favorecía la observación de Vladimir, y aún así no ponía en duda sus palabras; rara vez se equivoca.
Esperamos en silencio uno con el otro; no nos atrevimos a expresarlo, pero sé que él lo pensó tanto como yo: que la nudista era su hija.
No soy fértil para remordimientos, y a pesar de que he visto cosas horribles en este oficio, la idea de un hombre seduciendo a su propia hija me incomodó. Sobre todo pensando en que el truco era perfecto: nadie puede descubrir una máscara que se vuelve el verdadero rostro de alguien.
Capitulé las señales que debieron haberme hecho dar cuenta de hacia donde estábamos llevando todo esto, y a pesar de que intenté mantenerme imparcial, terminé por recriminarme. Vladimir se rió.
—Si ese hombre logra seducir a su propia hija, habrá logrado el triunfo de la paternidad. Sé que debes estar pensando en un montón de objeciones por las cuales crees que todo esto es enfermizo; pero ante todo recuerda que ese hombre no es su padre ya. Al menos no lo es en el sentido que importa y que es el que naturalmente impediría esta unión.
No pude decir nada. Me quedé con mis hesitasiones.

martes, 10 de noviembre de 2020

Inmarceser de aquella musa + glosario

De un tiempo a esta parte —frase architrillada, no sólo lugar común, sino paso peatonal del tránsito cultural— viene una musa nueva de no haber sido nunca, y de no haberse gastado jamás. Prodigio de la más alta novedad, aquello que está en las cosas no sólo no hechas aún, sino jamás hechas nunca. Nada que no se haya dicho antes, por lo tanto, dulce discurso y teoría. Léase con moderación, puesto que cada vez, es la última vez.


Presentir que en un segundo de vida intensa revivimos virtual y actualmente el universo.
Prólogo al Corazón doble / Marcel Schwob

Desde que se descubrió que la sucesividad del Tiempo era una ilusión, fue abolida la relación de las causas y los efectos. Y aunque el Espacio es una permanencia única, el Tiempo lo multiplica; y tenemos a cada momento un diferente aquí [cosa que no ha terminado de darnos la pauta de que si el Espacio en sí es uno y luego con el Tiempo es muchos, podemos decir que en efecto: el Espacio es uno en sí; pero como no hay causas ni efectos, entonces no hay respuesta —aunque el no haber respuesta sea un efecto de su necesaria causa—]. Van los hombres viviendo en el aquí ayer o el aquí hoy que les toca [llamados ayer y hoy (y mañana) sólo por la conveniencia de distinguirlos entre sí]: circunstancia que me permite permanecer en esta habitación sin importunar al yo del momento de al lado ni al del momento del otro lado, pues cada cuál tiene sendo momento para habitarlo cómodamente sin intervenirnos. Puedo —Yo— hacer aquí y ahora lo que me plazca sin que el yo del más allá en el Tiempo sin dirección sufra por lo que decido: prodigio del verdadero y real libre albedrío, un actuar sin consecuencias, porque los antiguos actuares —antes del descubrimiento de la ilusión del Tiempo sucesivo— tenían siempre multitud de consecuencias que producían remordimientos —hoy también abolidos—, es decir que nada que hagamos y nos traiga arrepentimiento puede ser resultado de la libertad, sino más bien consecuencia del castigo de la sucesividad, que es un esclavismo.
Como sigo diciendo, vivo mi momento con estrechez de tiempo pero con largueza de estar a mis anchas en el Espacio que cabe en este segundo: cantidad universal nada desdeñable. Conozco mi momento como si fuese el hemisferio visible de B 612 en la página de aquel bonito libro. Tuve la suerte, creo, de haber nacido en la coyuntura auroral que tiene mucha noche de un lado y poco día del otro; tampoco me quejo, porque a veces me asomo al momento de muy allá y puedo ver el atardecer cuando para mí nunca llega ni el mediodía. Mi momento es acogedor y tengo todo lo que los momentos de atrás tenían, más algo que es solamente mío: me tocó leer la primera página del libro de los viajeros sin hogar, que al no haber partido nunca, en realidad tampoco han llegado a viajar. Conocimiento que me da la vanidad de ser uno de esos extraños seres que son de alguna forma lo que no llegaron a ser. Quiero decir que he caminado mi momento por arriba y por abajo sin haber dejado de habitarlo subitáneamente. Pero no es el caso hablar de continuado sobre lo que no puede ser gran cosa. 
Era mi momento tal cual siempre, sin alteración de nada; hasta que ella apareció. Me da cierta vergüenza admitirlo, pero no conozco su nombre, pues viene de un momento cuando éste yo que soy Yo no conoce todavía la palabra que la nombra. He de decir que conozco todas las palabras que hasta este momento los otros yo han sabido, pero como sólo sé de los yo que fueron, no sé las cosas que los yo que serán saben. A ella no le molesta mi ignorancia de lo porvenidero, se porta indulgente. Viene de un momento donde descubrió que me amaba más antes de que yo supiera quién era ella. Quiero decir que ella amó a un otro yo hasta el momento en que dejó de amarlo y se le ocurrió que extrañaba lo que yo había sido antes de ella: es decir a mí, al Yo del aquí en éste momento. Sin temor a nada, dejó a ese yo que dejó de amar y ha venido a invadir éste momento en mi busca. Sabía que vendría porque ella ha estado visitando todos los momentos antes de que ella apareciera en las vidas de los yo de antes de ella. La había visto en el momento vecino, notablemente furiosa porque su pretensión se acaba cuando contamina los momentos de su inexistir con su estar allí. Va saltando al momento de antes, dejando tristes a todos, pues cuando la conocen, la aman y al amarla, ella deja de amarlos, pues siente añoranza del ser que fuimos los yoes antes de ella. No parece tener voluntad de volver a habitar su debido momento. Siente ansiedad por no querer dejar de ser lo que no ha sido. Ella es lo que en otro momento un yo amará, así que la naturaleza de ese hecho nos condena desde a priori a quererla. Como no he dejado de decir, deja un rastro de desolación mientras persigue un imposible. Cosa que me inquieta, porque por supuesto guardo en mí la sensación de haber tenido y haber perdido, pero no sabría cómo lidiar con la segunda mitad desagradable de ese todo. Prueba de la efectiva abolición de la causaefectística del mundo, que permite sufrir el dolor sin el golpe y el amor sin el enamoramiento.
De entre mis pasatiempos, cosa de decir no dejada de decir: paso el rato en mi momento recolectando el tiempo marchito de las flores del aquí ya. Por lo que en donde vivo no hay nada marchito, y el marchitante tiempo se acumula en el momento de hace un momento, donde lo arrojo como quien defenestra su desesperación por la ventana. Quiero seguir diciendo que esto es importante porque por semejante procedimiento de tomar el brillo de la luz o lo líquido del agua: me ausenté de mi momento mientras pasaba el huracán que me busca.
Fui al momento después de que ella me abandonó a Mí, el otro yo, para saber qué se hace con el sufrimiento —sensación a la que no he sabido extirparle el dolor—. Grande será mi sorpresa al haber sabido que esa ella que anda pasos atrás no es la ella que yo creí: la veo allí, en su momento debido, oculta de tristeza.
Naciente pregunta me acosa: ¿si ella no falta aquí después, de cuándo es? Voy a todos los momentos en que se supone su tiempo se cruza con el mío de los otros, hasta que todo vuelva a acabar. Y en cada tiempo, ella está cuando debe de estar. Ella no es quien debe ser.
Mi momentánea ausencia de mi aquí termina y puedo continuar solo como estaba, antes del amanecer. Entonces ella sigue viniendo porque no se había ido, me esperaba. No dejo de preguntarle por su tiempo y ella no deja de no responder. Sigue insistiendo en callar. Le hablaré sin interrupción de mi curiosidad. Ella me contesta que perderá su tiempo por fatalidad. Comprendí: Ella es lo que pudo haber hecho y no hizo en su tiempo. Estoy con un fantasma del deseo no satisfecho. Me abraza y sé que no tiene a donde ir porque nunca se fue y que tampoco puede volver por nunca haberse ido. Le leeré la primera página del libro de los viajeros sin hogar. Le regalo las flores inmarcesibles y le pedí que se quedará.


Glosario de conceptos aproximados

Ilusión: Idea cierta sobre un fenómeno hasta que la realidad impone su tiranía.

Causa: Medio del que se vale un Efecto para producir otro Efecto.

Efecto: Combinación de hechos impermanentes que nunca son producto de lo que se cree. p. ej. la lluvia, que no es efecto del agua condensada en las nubes, sino efecto del empuje atractivo que genera la tierra sedienta.

Tiempo: 1. País imaginario con tres territorios en conflicto: ayer, hoy y mañana. En otro tiempo del Tiempo que es un todo y que en realidad no tiene fronteras, hubo una gran guerra entre los proyectistas y los conservadores: tal conflicto propició la creación del estado neutro de los que carpediemean la vida. 2. El Tiempo es el dios de la abundancia y del derroche, inventor de las canciones y del miedo. 3. Fabulación de la mente humana que pretende atribuir a alguna fuerza las transformaciones que no son más que lo que siempre fueron.

Espacio: 1. Materia que puede resumirse en mapas pero que insiste en no parecerse a sus retratos. Es infinita hacia lo microscópico, por lo cual no es susceptible de mensuración, pero se acaba después de darle una vuelta en espiral. 2. Lugar donde está todo, incluso el Tiempo; se compone de espacios vacíos que se colindan y en cuyas brechas y coyunturas es donde se produce el fenómeno de la tangibilidad. 3. La Nada que se conjuga con el Tiempo, que es el Todo. Femenina y física, se porta elusiva y es inventora de las flores.

Momento: Espacio que dura tanto como dicten el sentimiento y la percepción. Se han encontrado momentos milenarios, otros se sospechan tan cortos que quizá nunca han sucedido. Caben en donde sea y ellos mismos guardan una fracción infinita del Todo, pero detestan permanecer en un sólo lugar y una vez vistos, no se les vuelve a ver, pues se pierden entre la multitud de los otros momentos como si fueran el lugar donde una gota de lluvia estuvo antes de caer.

Lado: Fracción imprecisa del Espacio que está en todas partes, pero sobre todo en el lugar en que uno suele pensar que están.

Habitación: Célula del Espacio que se caracteriza por ser un vacío delimitado por paredes, ventanas y puerta. Se dice que gracias a éstas se logra crear el milagro del lugar de adentro. Sirve para guardar la privacidad, cosa tan grande que sólo cabe en un lugar de adentro.

Nombre: Espacio de tiempo donde cabe una persona, apretadamente. Debido a la gran cantidad de personas que hay en el Tiempo, los nombres se comparten entre varios individuos. Se cree que el tener nombre produce la muerte pues delimita y los límites matan.

Agua: Tiempo material que se caracteriza por irse de nuestras manos. Cuando se congela, su escape resulta más lento, pero por definición, es inasible.

Flor: Forma material del amor y la indolencia. Se compone de aroma, color y suavidad: según la proporción de cada cosa, pueden llegar a producir dolor o belleza.

domingo, 6 de septiembre de 2020

Antología de inventos inventados: C. I. La máquina de Gloria S. G. D. G.

Este cuento de Villers de L'Isle-Adam es la culminación de su imaginación anticipadora. Aunque de marcado tono irónico, termina más bien siendo un vaticinio terrible de la tendencia a la que aspira el hombre con su inventiva mecánica. 
La narración plantea un problema osado: producir con un sistema mecánico y concreto la abstracta gloria (y acaso también la no menos abstracta pena). Pero además, detrás del pormenorizado relato del germen y las últimas consecuencias de este invento (o más bien: la relación de las cualidades y componentes de la máquina), Villiers reflexiona sobre la economía, la inmortalidad y el público.
En su cuento Los cuatro hermanos de la luna. Un documento, Gustav Meyrink nos dice: “Si, en la edad de oro, cuando los hombres eran todavía poco evolucionados, creían sólo en lo que podían pensar, y gradualmente se llegó a la época en que creían sólo en lo que podían comer, ahora, finalmente, han alcanzado el ápice de la perfección: consideran real y auténtico sólo lo que… pueden vender.” "y comprar." agregaría yo —para completar con la otra cara de la moneda—. El problema de la modernidad humana tiende a caer una y otra vez en asuntos de pura economía: avant la lettre Villiers ya había confirmado esto; su máquina de gloria no ha sido diseñada por Bottom para el provecho de la humanidad sin más, sino que su pretensión es prestar un servicio, pero naturalmente, sólo a quienes lo necesiten y puedan pagar. La máquina de gloria es un producto para los mediocres, pero no cualquier mediocre. En el camino, la máquina debe ser eficiente; en otro pasaje del mismo cuento Meyrink agrega: “Ya en el último cuarto del recién terminado siglo XIX el principio mecánico ha predominado rápida y seguramente, pero, podemos afirmar con toda tranquilidad, que si las cosas continúan como nosotros esperamos, en este siglo XX la humanidad no tendrá casi tiempo para ver la luz del día, tan ocupada estará en pulir, aceitar, mantener eficientemente y reparar la masa de máquinas en continuo aumento. Hoy podemos asegurar, con razón, que la máquina ha llegado a ser un digno gemelo del antiguo becerro de oro.” En todo esto, también hay un complejo retrato de la subyugación humana. Las máquinas son hijas del hombre; hechas por éste para que le brinden algo para emanciparlo. Pero sin querer, conseguirá lo contrario: un dialelo, acaso; o una relación simbiótica; quizá simple reciprocidad; sea cómo sea, cantamos: “la máquina la hace el hombre y es lo que el hombre hace con ella” y lo que ella hace luego de él.
Explotados los recursos concretos del mundo, la imaginación de Villiers sueña con explotar también los abstractos; la mecánica aplicada a la metafísica. La aspiración de producir la gloria presenta el segundo trasfondo: el propósito real de esta máquina. La gloria es en realidad la materia prima para un producto más complejo y de vital importancia para el hombre: la inmortalidad, porque ¿qué es la gloria sino la promesa de inmortalidad? En cierta forma, la vaga sensación de éxito, de gloria, es una grosería. El mérito inmediato no tiene gran valor; no así un nombre cuyo eco resuena aún a través de los siglos. Diría Miguel de Unamuno que nadie se quiere morir, y dice bien; La máquina Bottom es la promesa de eternidad. Lo cual nos lleva al último pormenor del cuento y quizá el detalle más visionario: el público. Los bots que hoy día suelen dictar la opinión de las masas están planteados de manera prototípica en este texto; todo el empeño de la máquina está puesto en modernizar los antiguos métodos de manipulación del público; Villiers notó acertadamente la debilidad del hombre gregario; su flaqueza es directamente proporcional a la cantidad de personas con las que se encuentra: la genialidad del cuento culmina en esta burla; en ridiculizar al público; vale la pena traer estas palabras de Søren Kierkegaard: “El hombre que no tiene una opinión acerca de un suceso en el momento presente acepta la opinión de las mayorías, o de las minorías, en caso de ser quisquilloso. Pero debe tenerse en cuenta que tanto las mayorías como las minorías se componen de gente verdadera, de ahí que el individuo se vea apoyado al adherirse a ellas. El público, por el contrario, es una abstracción... Un público no puede ser una nación, una generación o una comunidad, ni tampoco estos hombres en particular, ya que todos ellos sólo son lo que son a través de lo concreto; ningún individuo que pertenezca el público llega a comprometerse de verdad; tal vez, durante algunas horas del día pertenezca al público, en los momentos en que él no es otra cosa, ya que, cuando en realidad él es lo que es, no forma parte de ese público. Compuesto por tales individuos, de individuos en los momentos en que no son nada, un público es como un algo gigantesco, un vacío abstracto y desierto que es todo y es nada” El público es pues, la masa más vulnerable, receptores pasivos de acontecimientos que no logran juzgar. Podríamos cerrar proponiendo una ecuación de todo esto, la fórmula de la inmortalidad sacada de la nada.

* Aparece en La renaissance littéraire et artistique, en marzo de 1874, con el mismo título, La Machine à gloire S. G. D. G.¹


Al señor Stephan Mallarmé²

Sic itur ad astra!...³

¡Qué cuchicheos por todas partes!... ¡Qué animación mezclada con cierta contrariedad en los semblantes! ¿De qué se trata?
—Se trata... ¡ah!, de una novedad sin precedentes en los recientes anales de la Humanidad.
Se trata de la prodigiosa invención del barón Bottom, del ingeniero Bathybius Bottom!⁴
La Posteridad se inclinará ante este hombre (ilustre ya al otro lado de los mares), como ante el doctor Grave y algunos otros inventores, verdaderos apóstoles de lo Útil. ¡Que se juzgue si exageramos el tributo de admiración, de estupor y de gratitud, que le es debido! ¡El producto de su máquina es la GLORIA! ¡Produce gloria como rosas un rosal! El aparato del eminente físico fabrica la Gloria.
La suministra. La hace nacer de una manera orgánica e inevitable. Os cubre con ella, y aunque no se la acepte y se intente huir de ella, os persigue.
Resumiendo, la Máquina Bottom está especialmente destinada a satisfacer a esas personas de uno u otro sexo llamadas Autores dramáticos que, privadas desde su nacimiento (¡por una inconcebible fatalidad!) de esa facultad, por demás insignificante, que los últimos literatos se obstinan todavía en mancillar con el nombre de Genio, están, no obstante, ansiosas por obsequiarse, por dinero, los mirtos de un Shakespeare, los acentos de un Scribe, las palmas de un Goethe y los laureles de un Molière. ¡Qué hombre, este Bottom! Juzguémosle por el análisis, por el frío análisis de su procedimiento, desde el doble punto de vista abstracto y concreto.
Tres preguntas se plantean a priori: 
  1. ° ¿Qué es la Gloria? 
  2. ° Entre una máquina (medio físico) y la Gloria (objetivo intelectual), ¿puede establecerse un punto medio que conforme su unidad? 
  3. ° ¿Cuál es ese punto medio? 
Una vez resueltas estas preguntas, pasaremos a la descripción del sublime Mecanismo que las unifica en una definitiva solución. 
Comencemos. 
1.° ¿Qué es la Gloria?
Si dirigís semejante pregunta a uno de esos bromistas que pueblan las tablas de algun periódico y que son expertos en el arte de burlarse de las más sagradas tradiciones, sin duda, os responderá algo como esto:
—¿Una Máquina de Gloria, dice?... De hecho, ¿no existe una máquina de vapor?, ¿y qué es la gloria en sí misma sino ligero vapor?, ¿una... especie de humareda?, ¿una...?
Naturalmente daréis la espalda a ese miserable tonto cuyas palabras sólo son el ruido de su lengua contra el paladar.
Dirigios a un poeta, y ésta será, más o menos, la alocución que escapará de su noble gaznate:
—La Gloria es el resplandor de un nombre en la memoria de los hombres. Para darse cuenta de la naturaleza de la gloria literaria hay que dar un ejemplo.
«Así, supongamos que se han reunido doscientos espectadores en una sala. Si pronunciáis por azar, ante ellos, el nombre de "SCRIBE"⁵ (tomemos éste), la eléctrica impresión que les provocará ese nombre puede, de antemano, traducirse en la siguiente serie de exclamaciones (porque toda la gente de hoy conoce su SCRIBE):
»—¡Complicado cerebro! ¡Genio seductor! Fecundo dramaturgo. ¡Ah! Sí, ¿el autor de L'Honneur et l'Argent?...⁶ ¡Ha hecho reír a nuestros padres!
»—¿SCRIBE? ¡Uf!... ¡¡¡Maldición!!! ¡Oh! ¡Oh!
»—¡Pero!... ¡Sabe dar vuelta a la copla! ¡Profundo bajo un aspecto alegre!... ¡Alguien que deja hablar! ¡Una pluma autorizada! ¡Un gran hombre que ha ganado su peso en oro! (*)
»—¡Y avezado en los trucos teatrales!, etc.»
«Bien.
»Si pronunciáis, después, el nombre de uno de sus colegas, de... Milton, por ejemplo, podemos esperar: 1.°, de las doscientas personas, ciento noventa y ocho, seguramente, no habrán leído ni hojeado jamás a este escritor, y 2.°, únicamente el Gran Arquitecto del Universo puede saber de qué forma los otros dos creerán haberlo leído, porque a nuestro entender, no hay, en todo el globo terráqueo, más de cien individuos por siglo (¡y aun así!) capaces de leer cualquier cosa, incluso etiquetas de botes de mostaza.⁷
»Sin embargo, ante el nombre de MILTON, en un minuto, se despertará en la mente del auditorio, la inevitable idea que su obra es mucho MENOS interesante, desde el punto de vista positivo, que la de SCRIBE. Pero esa oscura reserva será tal, que aun concediendo mayor estima práctica a SCRIBE, la idea de cualquier paralelismo entre MILTON y este último les parecerá, instintivamente y a pesar de todo, como una comparación entre un cetro y un par de zapatillas, por pobre que haya sido MILTON, por más dinero SCRIBE haya ganado, por desconocido durante que largo tiempo haya permanecido MILTON, por más universalmente conocido que ya sea SCRIBE. En una palabra, puesto que la impresión que dejan los versos, aunque sean desconocidos, está asociada, para los oyentes, al nombre del autor, será como si hubiesen leído a MILTON. En efecto, al no existir la Literatura propiamente dicha como tampoco existe el Espacio puro, lo que se recuerda de un gran poeta es la Impresión de sublimidad que nos ha dejado, por y a través de su obra, antes que por la obra misma, y esta impresión, bajo velo de los lenguajes humanos, trasciende incluso las traducciones más vulgares. Cuando, a propósito de una obra, se constata formalmente ese fenómeno, el resultado de esa constatación se llama ¡LA GLORIA!»
Esto es en resumen lo que contestará nuestro poeta; podemos afirmarlo de antemano, incluso al tercer estado ya que hemos interrogado a gente que se ha dedicado a la Poesía.
Pues bien, ¡no dudaremos en responder, y a modo de conclusión, que esa fraseología de la que se trasluce una monstruosa vanidad, es tan vacía como el género de gloria que ella preconiza! ¿La impresión? ¿Qué es eso? ¿Acaso nos engañamos?... ¡Es necesario examinar, con una sincera simplicidad y por nosotros mismos, lo que es la Gloria! Queremos hacer el leal ensayo de la Gloria. (Nadie de entre la gente honorable y seria se preocuparía de soportar ni adquirir ésa de la que nos acaban de hablar.) ¡Aunque le ofrezcan una retribución! Así lo esperamos, al menos, para la sociedad moderna.
Vivimos en un siglo de progreso en el que, por emplear la expresión de un poeta (el gran Boileau), un gato es un GATO.⁸
Por lo tanto, versados en la universal experiencia del Teatro moderno, nosotros pretendemos que la Gloria se traduzca en signos y manifestaciones sensibles para todo el mundo. Y no en discursos huecos, más o menos solemnemente pronunciados. Somos de aquéllos que no olvidan nunca que un tonel vacío resuena siempre mejor que uno lleno.
En resumen, nosotros constatamos y afirmamos que, cuanto más sacude una obra dramática el sopor público, provoca entusiasmos, levanta aplausos y más repercusión tiene, tanto más le rodean los mirtos y laureles; cuantas más lágrimas hace verter y carcajadas provoca, tanto más ejerce —por así decirlo, a la fuerza— una acción sobre la masa; cuanto más se impone, finalmente, tanto más reúne, por eso mismo, los síntomas ordinarios de la obra maestra y merece más, por consiguiente, la GLORIA. Negar esto sería negar la evidencia. Aquí no se trata de discutir, sino de basarse en hechos y cosas firmes. Apelamos a la conciencia del Público, el cual, ¡gracias a Dios!, no se contenta ni con palabras ni con frases. Y estamos seguros que es, en esto, de nuestra opinión.
Una vez establecido esto, ¿es posible un acuerdo entre los dos términos (aparentemente incompatibles) de este problema (en un principio insoluble): Una máquina propuesta como medio de alcanzar, infaliblemente, un objetivo puramente intelectual?
¡SÍ!
La Humanidad (es preciso confesarlo), con anterioridad al absoluto descubrimiento del barón, ya había encontrado algo cercano; pero era un término medio en estado rudimentario y ridículo: ¡era la infancia del arte!, ¡el balbuceo!  Tal término medio era lo que se llama aún en nuestros días, en el vocabulario teatral, la «Claque».⁹
En efecto, la Claque es una máquina hecha de seres humanos, y por lo tanto, perfectible. Toda gloria tiene su Claque, es decir, su sombra, su lado de superchería, de mecanismo y nada (pues la Nada es el origen de todas las cosas), que se podría llamar, en general, el don de gentes, la intriga, el saber hacer, el Reclamo.
La Claque teatral no es más que una subdivisión. Y cuando el ilustre jefe de servicio del teatro de la Porte-Saint-Martín,¹⁰ el día de un estreno, ha dicho a su inquieto director: «¡Mientras permanezca en la sala uno sólo de esos bribones de pago, no respondo de nada!», ha probado que comprendía la confección de la Gloria. ¡El ha pronunciado unas palabras verdaderamente inmortales! Y su frase golpea como un rayo de luz.
¡Milagro!... Es sobre la Claque, sobre ella decimos, y no sobre otra cosa, donde Bottom ha posado su mirada de águila. Pues el verdadero gran hombre no excluye nada: se sirve de todo sobrepasando el resto.
Sí, el barón la ha regenerado, si no innovado, y la hará, finalmente, aprobar, para protegernos de la expresión misma de los periódicos.
¿Quién, de entre la masa del público, ha penetrado los misterios, los infinitos recursos, los abismos de ingeniosidad de ese Proteo, de esa Hidra, de ese Briareo llamado la Claque?¹¹
Hay gente que con sonrisa de suficiencia, podrá objetarnos que: 1.° la Claque desagrada a los autores; 2.° que molesta al Público; 3.° que está en desuso. Nosotros vamos a probarles, sencillamente, en un instante, que si nos siguen dando semejantes razones, habrán perdido una ocasión para callarse que quizás no vuelvan a encontrar nunca.
1.° ¿Un autor disgustado con la Claque?... Ante todo, ¿dónde está ese hombre? Como si cada autor, el día de un estreno, no reforzase aún más la Claque con sus amigos, tanto como puede, recomendándoles «cuidar el éxito». A lo cual, los amigos, orgullosos de tal complicidad (¡Dios mío!, muy inocente), responden, invariablemente, guiñando el ojo y mostrando sus gruesas y francas manos: «Cuenta con nuestras manazas.»
2.° ¿El público molesto con la Claque?... Sí, ¡y con muchas otras cosas que, sin embargo, soporta! ¿No está destinado al perpetuo aburrimiento de todo y de sí mismo? La prueba de ello está en su asistencia al teatro. ¡Sólo va allí para intentar distraerse, el infeliz! ¡Y para intentar huir de sí mismo! De manera que decir eso es, en el fondo, no decir nada. ¿Qué le importa a la Claque que el Público esté molesto con ella? Él la soporta, la mantiene y se persuade de que es necesaria, «al menos para los actores». Sigamos.
3.° ¿Que la Claque ha caído en desuso? Sencilla pregunta. ¿Cuándo ha florecido más? ¿Es que hay que forzar la risa? En los párrafos que quieren ser profundos y que van a durar mucho, se oye, de repente, en la sala, el ligero susurro de una carcajada ahogada y contenida, como el que contrae un diafragma sobrecargado por la borrachera de una impresión cómica irresistible. Algunas veces, ese leve ruido es suficiente, para hacer reír a toda una sala. Es la gota que desborda el vaso. Y como no quieren confesar que se han reído por nada ni que se han dejado «arrastrar» por nadie, dicen entonces que la obra es graciosa y que se han divertido: eso es todo. El señor que ha hecho ese ruido apenas cuesta un napoleón (La Claque).
¿Que se trata de alzar hasta la ovación algún murmullo aprobatorio escapado, por desgracia, del público? Roma siempre está allí.¹² Está el «Ua-uau».
El «Ua-uau» es el bravo elevado al paroxismo; es una abreviatura arrancada por el entusiasmo, cuando, arrebatada, encantada, oprimida la laringe, no puede pronunciar la palabra italiana «bravo», sino el grito gutural de «Ua-uau». Esto comienza, muy despacio, por la palabra «bravo», articulada, vagamente, por dos o tres voces: después se infla, se convierte en «brao», luego alcanza a todo el público, pateando y puesto en pie, ya transformado en el definitivo grito de «Bra-ua-uau», que constituye casi un ladrido. Es la ovación. Coste: tres monedas de oro por un valor de veinticinco francos cada una... (¡De nuevo la Claque!).
¿Que se trata, en un momento desesperado, de desviar el toro y de distraer su cólera? El Señor del ramito se presenta. Consiste en esto. En medio de un fastidioso párrafo que recita la primera actriz, espantada por el mortal silencio que reina en la sala, un señor, perfectamente vestido, con monóculo, se inclina fuera del palco, lanza un ramo a escena, y después, con ambas manos extendidas, aplaude lenta y ruidosamente, sin preocuparse por el general silencio ni por el monólogo que interrumpe. Esa maniobra pretende comprometer el honor de la actriz, y hacer sonreír al Público siempre ávido de Escándalo... Efectivamente, el Público guiña un ojo. Señalan el asunto al vecino pretendiendo estar «al corriente»; observan, alternativamente, al señor y a la actriz: disfrutan con la vergüenza de ésta. Luego la gente se retira, un poco consolada, por el incidente, de la estupidez de la obra. Y acuden de nuevo, sin duda, al teatro, con la esperanza de una confirmación del acontecimiento, Conclusion: un semi-éxito para el autor. Coste: unos treinta francos, sin incluir las flores (¡Siempre la Claque!).
¿Acabaríamos algún día si quisiéramos examinar todos recursos de una Claque bien organizada? Mencionemos, al menos, para las obras llamadas «fuertes» y los dramas, los Gritos de mujeres aterrorizadas, los Sollozos ahogados, las Veraces Lágrimas comunicativas, las repentinas Risitas, contenidas inmediatamente, del espectador que comprende todo algo más tarde que los demás (un escudo de seis libras), los Crujidos de tabaqueras a cuyas generosas profundidades recurre el hombre emocionado, los Aullidos, Sofocos, Bises, Llamadas a escena, Lágrimas silenciosas, Amenazas, Llamadas a escena con Gritos, Señales de aprobación, Opiniones emitidas, Coronas, Principios, Convicciones, Tendencias morales, Ataques de epilepsia, Partos, Apuntamientos, Suicidios, Discusiones (el Arte por el Arte, la Forma y la Idea), etc. Detengámonos. El espectador acabaría por creer que él mismo forma parte de la Claque, sin saberlo (lo que es, desde luego, la absoluta e incontestable verdad); pero es bueno que quede una duda en su espíritu  a este respecto.
La última palabra del Arte es pronunciada cuando la Claque en persona grita: «¡Fuera la Claque!...», después acaba por dar la impresión de que se deja llevar y aplaude, al final de la obra, como si fuera el público real y como si los papeles se hubieran cambiado; ahora, es ella quien templa las exaltaciones demasiado fogosas y crea algunas reservas.
Estatua viviente, sentada a plena luz en medio del público, la Claque es la constatación oficial, el símbolo confeso de la incapacidad en que se encuentra la masa para discernir, por sí misma, el valor de lo que oye. En resumen, la Claque es a la Gloria dramática lo que las Plañideras al Dolor.
Ahora es el momento de gritar, como el mago de las Mil y una noches: «¿Quién quiere cambiar lámparas viejas por otras nuevas?»¹³ Se trataba de encontrar una máquina que fuese para la Claque lo que el ferrocarril para la diligencia y perseverase la Gloria dramática de las condiciones de versatilidad y azar que algunas veces padece. Se trataba, ante todo, de reemplazar los aspectos imperfectos, eventuales, azarosos, de la Claque solamente humana y perfeccionarlos con la absoluta certeza del puro mecanismo; después —¡y aquí estaba la gran ddificultad—, de descubrir (despertándolo, seguramente) en el ALMA pública, el sentimiento gracias al cual las manifestaciones de gloria bruta de la Máquina se vieran unidas, aprobadas y ratificadas como moralmente válidas para el Espíritu de la Mayoría. Solamente ahí podría estar el término medio.
Otra dificultad, esto ya parecía imposible. El barón Bottom no ha retrocedido ante tal palabra (que debería ser, de una vez por todas, borrada del diccionario) y desde entonces, aunque el actor no tenga más memoria que un pardillo, aunque el autor sea la torpeza personificada y el espectador sea sordo como una tapia, ¡será un auténtico triunfo!
Hablando propiamente, la Máquina es la sala misma. Está adaptada a ella. Forma parte de ella. Se extiende de tal manera que, cualquier obra, dramática o no, se convierte, al entrar allí, en una obra maestra. La economía de una sala tal y como se la concibe, según la de los actuales teatros, ha sido sensiblemente modificada. El gran ingeniero negocia a destajo, se encarga de todos los adelantos de transformación y descuenta, de los derechos de autor, un diez por ciento menos que la Claque ordinaria. (Está registrada y hay sociedades de responsabilidad compartida en Nueva York, Barcelona y Viena.)
El coste de la Máquina, para su adaptación a una sala mediana, no es excesivo; solamente los primeros gastos son elevados, ya que el mantenimiento de un aparato bien acondicionado no es muy oneroso. Los detalles mecánicos, los medios empleados son simples como todo lo que es verdaderamente bello. Es la simplicidad del genio. Uno cree soñar, ¡No se atreve a comprender! Se muerde la punta del índice bajando los ojos con coquetería. Así, los cupidos dorados, las rosas de los palcos, las cariátides del escenario, etcétera, se multiplican y estan esculpidos por todos lados. Precisamente, en sus bocas, orificios de fonógrafos, están instalados unos agujeros para los fuelles que, movidos eléctricamente, emiten los «Ua-uau», los Gritos, los «¡Fuera la Cábala!», las Risas, los Llantos, los Bises, las Discusiones, Principios, Ruidos de tabaqueras, etcétera, y todos los Ruidos públicos PERFECCIONADOS. Los Principios, sobre todo, dice Bottom, están garantizados.
Aquí, la Máquina se complica insensiblemente y su concepción se hace más y más profunda; los tubos de gas para la luz alternan con otros tubos, los de los gases hilarantes y dacríforos.¹⁴ Los palcos están trucados: en su interior encierran invisibles puños metálicos —para despertar si es necesario al Público—, y están provistos de ramos y coronas. Bruscamente, pueden cubrir la escena de mirtos y de laureles, con el nombre del autor escrito en letras de oro. Debajo de cada una de las butacas, sillones de orquesta y de palco, sujetos al suelo desde entonces, hay replegados, por así decirlo, posteriormente, un par de bellas manos, de madera de roble, construidas según las láminas de Desbarolles,¹⁵ esculpidas perfectamente y recubiertas por guantes de doble cuero rojizo de ternera para completar la ilusión. Sería absurdo indicar su función. Estas manos están escrupulosamente modeladas sobre el facsímil de los más célebres patrones, para que la calidad de los aplausos sea mejor. Así las manos de Napoleón, de María Luisa, de Mme. de Sevigné, de Shakespeare, de du Terrail, de Goethe, de Chapelain y de Dante, extraídas de los dibujos de las primeras obras sobre quiromancia, han sido escogidas preferentemente, como patrones y tipos generales para entregárselas al tornero.
Puntas de bastones (vergajos y rompehachas), tacones de goma hervida, herrados con fuertes clavos, están disimulados en cada asiento; accionados por muelles en espiral y destinados a golpear, alternativa y rápidamente, el suelo en las ovaciones, llamadas y pataleos. A la menor interrupción de la corriente electromagnética, la sacudida pondrá todo en movimiento conjunto tal que nunca, en la memoria de la Claque, habrá oído nada parecido; ¡La sala se hundirá en aplausos! Y la Maquina es tan potente que si es necesario podría hacer que la misma sala se derrumbase. El autor sería sepultado en su triunfo, como el joven captal¹⁶ de Buch, tras el asalto de Rávena por quien lloraron todas las mujeres.¹⁷ Es un trueno, una salva, una apoteosis de aclamaciones, de gritos, de bravi, de opiniones, de «Ua-uau», de ruidos de todo tipo, incluso inquietantes, de espasmos, de convicciones, de trepidaciones, de ideas y de gloria, que estalla por todas partes a la vez, en los pasajes más aburridos o más bellos de la obra, sin distinción. No hay incertidumbre posible.
Ocurre entonces el magnético fenómeno innegable que sanciona tal alboroto y le otorga su absoluta validez; ese fenómeno es la justificación de la Máquina de Gloria, y sin él, sería casi una mistificación. Helo aquí: es el gran punto, el rasgo excepcional, el cegador y genial rayo del invento de Bottom.
Recordemos ante todo, para captar mejor la idea de este genio, que a los particulares no les gusta criticar a la opinión pública. Lo propio de cada una de sus almas es estar convencidas, a pesar de todo, desde la cuna, de este axioma: «Ese hombre TRIUNFA: por tanto, a despecho de tontos y envidiosos, es un espíritu glorioso y capaz. Imitémosle si podemos, y estemos a su lado, por si acaso, aunque no sea más que para que no se nos tenga por imbéciles.»
Este es el oculto razonamiento, ¿no es cierto?, en la atmósfera de la sala.
Ahora bien, hoy día, si con la infantil Claque que disfrutamos es suficiente, para obtener los resultados entusiastas que hemos señalado, ¿qué pasará con la Máquina, ya que existe ese sentimiento general? Sufriéndola ahora el público, aunque sabe muy bien el engaño de esa máquina humana, la Claque los padecerá tanto más cuanto que le vendrán inspirados, esta vez, por una VERDADERA máquina: no olvidemos que el Espíritu del siglo pertenece a las máquinas.
El espectador, pues, por más frío que sea, al oír lo que ocurre en su entorno, se deja llevar fácilmente por el entusiasmo general. Es la fuerza de las cosas. Muy pronto le vemos aplaudir a rabiar y con confianza. Forma parte, como siempre, de la opinión de la Mayoría. Y haría entonces más ruido que la misma Máquina, si pudiera, por temor a hacerse notar.
¡De manera —y ésta es la solución del problema: un medio físico que alcanza un objetivo intelectual— que el éxito se convierte en una realidad!... ¡que la GLORIA está verdaderamente en la sala! ¡Y que el aspecto ilusorio de la Máquina Bottom desaparece, fusionándose, positivamente, con el resplandor de la Verdad!
Para prevenir cualquier incertidumbre, si la obra fuera un simple agota,¹⁸ o de algún patán baboso, cuya audición, hasta de una sola escena, fuera imposible, los aplausos no cesarían desde el alzado hasta la caída del telón.
¡Sin resistencia posible! Si fuera necesario, habría sillones preparados para los poetas comprobados y convencidos de su talento, para los recalcitrantes, en una palabra, y para la Cábala: la pila, al enviar su descarga a los brazos de las butacas sospechosas, haría aplaudir a la fuerza a sus ocupantes. Se diría: «¡Parece que esto es bueno porque Ellos mismos se ven OBLIGADOS a aplaudir!»
Es ocioso añadir que si éstos representasen algún día (gracias a la intempestiva intervención —hay que preverlo todo— de algunos imprudentes jefes de Estado) sus obras sin cortes, sin ilustres colaboradores, ni intromisiones de directores, la Máquina, por una retroversión debida a la inagotable y verdaderamente providencial invención de Bottom, sabría vengar a las honestas gentes. Es decir, que, en lugar de cubrirla de gloria, esta vez, ella abuchearía, berrearía, silbaría, patearía, croaría, chillaría y aullaría de tal manera que sería imposible entender una sola palabra de la «obra». Nunca, desde la famosa noche de Tannhauser en la Ópera de París,¹⁹ se habría escuchado cosa semejante. De esa forma, la buena fe de las personas de bien y sobre todo de la Burguesía, se vería sorprendida, como sucede, desgraciadamente, muy a menudo. La alerta sería dada en seguida, como antaño, en el Capitolio, cuando atacaron los Galos.²⁰ Veinte Andreidos **²¹ salidos de los talleres de Edison, con bellos rostros, con una sonrisa discreta y entendida, con la condecoración elegida en la solapa, van agregados a la Máquina: en ausencia o indisposición de sus modelos, se les distribuiría en los palcos, con actitudes de profundo desprecio que darían el tono a los espectadores. Si, extraordinariamente, estos últimos intentaran rebelarse y quisieran oír, los autómatas gritarían: «¡Fuego!», lo que provocaría un mortal barullo de ahogo y de clamores reales.
La «obra» no levantaría cabeza.
En cuanto a la Crítica, no hay por qué preocuparse. Cuando la obra dramática fuera escrita por gente recomendable, por personas serias e influyentes, por notabilidades consecuentes y de peso, la Crítica —excepto algunos insociables puros y cuyas voces, perdidas en el tumulto, no harían más que reforzar el estrépito—, estaría totalmente conquistada: rivalizaría en energía con la Máquina Bottom.
Además, los artículos críticos, confeccionados de antemano, son también competencia de la Máquina: su redacción está simplificada por una selección de todos los viejos clichés, revestidos y barnizados nuevamente, que son lanzados por empleados Bottom a semejanza del Molino de oración de los Chinos (***), nuestros precursores en todo lo referente al Progreso.
La Máquina Bottom reduce, más o menos de la misma manera, el trabajo de la Crítica: ahorra muchos sudores, muchas faltas de Gramática elemental, muchos despropósitos y frases vacías que se lleva el viento. Los folletinistas, amantes del dolce farniente, podrán negociar con el Barón a su llegada. Se asegura el más inviolable secreto, en caso de algún puéril amor propio. Hay un precio fijo, mercado en conocida cifras, en el encabezamiento de los artículos; tanto por palabra de más de tres caracteres. Cuando el artículo es glorioso para el firmante, la gloria se paga aparte.
Por su regularidad de líneas, por su vista, por su estricta lógica y por su mecánica y la hilazón de ideas, estos artículos tienen, sobre los escritos a mano, la misma e incontestable superioridad que, por ejemplo, tienen los trabajos de una máquina de coser sobre los hechos con la antigua aguja.
¡No hay comparación! ¿Qué son, hoy, las fuerzas del hombre ante las de la máquina?
¡Será, sobre todo, tras el fracaso del drama de un gran poeta, cuando los bienhechores efectos de esos artículos Bottom se podrían apreciar!
¡Ese golpe de gracia!... Como selecto surtido de las más decrépitas, tortuosas, nauseabundas, calumniosas y babosas vilezas, celebradas al salir de su cloaca natal, los artículos Bottom no dejarán al público nada que desear. ¡Están totalmente preparados! ¡Producen una ilusión completa!
Por una parte, creeríamos leer artículos humanos sobre grandes personajes vivos; y, por otra, ¡qué venenoso acabado!, ¡que quintaesencia de abyección!
Su aparición será, ciertamente, uno de los grandes éxitos del siglo. El Barón ha sometido algunos de los ejemplares a varios de nuestros más sutiles críticos: ¡Suspiraban con ellos y dejaban caer su pluma de admiración! Emana de ellos, en cada coma, esa impresión de quietud que produce, por ejemplo, aquella deliciosa frase que —mientras se abanicaba deliciosamente con su pañuelo de encaje—, el marqués de D..., director de la Gazette du Roi,²² decía a Luis XIV: «Sire, ¿y si enviásemos un caldo al gran Corneille que se está muriendo...?»
La cámara central del Gran Teclado de la Máquina está situada bajo el hueco llamado, en teatro, la Concha del apuntador. Allí se sitúa el Encargado, que debe ser un hombre seguro, de una probada honorabilidad, y tener la apariencia de un guardia, por ejemplo. Bajo su mano tiene los interruptores y los conmutadores eléctricos, los reguladores, las probetas, las llaves de los tubos de gas proto y bióxido de azote, efluvios amoniacales y otros, los botones de resorte de las palancas, de las bielas y de los aparejos. El manómetro marca tanta presión, tantos kilogramos de inmortalidad. El contable suma y el Autor dramático paga la factura que le presenta una joven belleza, vestida de Fama y rodeada por una gloria de trompetas. Entonces, ella entrega al Autor, sonriendo, en nombre de la Posteridad, y con los resplandores de un fuego de Bengala oliva, color de Esperanza, le entrega, decíamos, como ofrenda, un busto que se le asemeja, garantizado, aureolado y laureado, todo ello en hormigón armado (sistema Coignet²³). ¡Todo esto puede hacerse por anticipado! ¡¡Antes de la representación!!
Incluso si el Autor pretendiera que su gloria fuese, no solamente presente y futura, sino también pasada, el Barón ha previsto todo: la Máquina puede obtener resultados retroactivos. En efecto, unos conductos de gas hilarante, hábilmente distribuidos por los cementerios de primera categoría, deben, cada noche, hacer reír, a la fuerza, a nuestros abuelos en sus tumbas.
Por lo que se refiere al lado práctico e inmediato de la invención, los presupuestos han sido calculados escrupulosamente. El precio de la transformación del Grand-Théâtre de Nueva York, en sala seria, no excede de los quince mil dólares; el de La Haya, el Barón lo efectuaría por unas dieciséis mil coronas; Moscú y San Petersburgo se podrían acondicionar por unos cuarenta mil rublos. Los precios para los teatros de París no se han fijado todavía, ya que Bottom quiere estar presente para hacerse una idea.
En suma, podemos afirmar que el enigma de la Gloria dramática moderna —tal y como la conciben las gentes de simple y buen sentido— ya está resuelto. La Gloria está, ahora, A SU ALCANCE. Tal Esfinge ha encontrado su Edipo.****

* SCRIBE pesaba unas ciento veintisiete libras si debemos creer a un viejo asiduo del mercado de Neuilly, solemnidad durante la cual el poeta se dignó pesarse en los Campos Elíseos y sin su flauta. Al haber producido su extraña obra cerca de dieciséis millones se ve que hay una enorme plusvalía, sobre todo si descontamos el peso de la ropa y del bastón. [Nota de Villiers.]
** Autómatas electro-humanos, que dan, gracias al conjunto de los descubrimientos de la ciencia moderna, una completa impresión de Humanidad. [Nota de Villiers.]
*** Este molino se compone de una ruedecilla que el devoto hace girar y de la cual salen mil papelillos impresos que contienen largas oraciones. De modo que un solo hombre dice más plegarias en un minuto que todo el convento en un año, al ser la intención lo principal. [Nota de Villiers.]
**** Se ha hablado recientemente de una adaptación de esa curiosa Máquina para la Cámara de Diputados y para el Senado, pero es, por ahora, solamente un rumor. Con todas las reservas. Los «Ua-uau» se verian reemplazados por los «¡Muy bien!», algunos «¡Si, sí!», «¡A votar!», «¡Usted mientel», «¡No, no!», «¡Pido la palabra!», «¡Continúe!», etc. En fin, lo necesario. [Nota de Villiers.] 


¹ Sociedad Garantizada por el Gobierno. 
² Entre Villiers y Mallarmé existió siempre una entrañable amistad. Ambos mantuvieron una dilatada correspondencia. Mallarmé era un hombre que despreciaba a quienes intentaban conseguir los favores del gran público, y por ello le impresionó la dedicatoria de este cuento. Como consta en la Correspondance générale de Villiers (tomo II, pág. 41), Mallarmé le respondió: «EI señor Stéphane Mallarmé te lo agradece especialmente.» 
³ «Así sube a las estrellas». Cita de Virgilio, Eneida, canto IX, v. 641. 
⁴ Bathybius significa literalmente que vive en las profundidades. Bottom designa en inglés las nalgas. También es el nombre que Shakespeare da al tejedor con cabeza de asno del Sueño de una noche de verano. Quizás con este nombre quiera ironizar sobre el camino que lleva la humanidad, que para Villiers es el de hundirse en la vil materia.
⁵ Scribe murió en 1861, pero sus triunfos aún eran conocidos por mayoría del público. Villiers ceba en él su amargura y su rencor contra los autores de teatro «fácil», al igual que lo hará contra Dennery en otro cuento, el titulado Sombrio relato, narrador aun más sombrío. 
⁶ L'Honneur et l'Argent es una obra de Ponsard (1814-1867), pero Villiers, que lo sabe muy bien, confunde ambos autores igualmente despreciables para él. 
⁷ Es un préstamo que Villiers toma de la dedicatoria de Epaves de Baudelaire, donde se puede leer: «... los doscientos sesenta lectores que forman, más o menos..., el público literario en Francia, después que las bestias han usurpado la palabra a los hombres.»
⁸ «Y llamo gato a un gato, y Rolet a un bribón». Boileau, Satires, I, v. 52.
⁹ La Claque tuvo un papel muy activo en el teatro del siglo XIX Varios jefes de claque «han dejado escritas sus memorias», Robert en 1827, Lam en 1863, en las que aparecen como verdaderos funcionarios del teatro, investidos de una función tradicional y lucrativa.
¹⁰ Cuando Villiers escribió La Máquina de Gloria, le acababan de rechazar su obra Morgane los directores del Théâtre de la Porte Saint-Martin. Esto explica la maliciosa alusión. Por otro lado, «el ilustre jefe» debe ser Emile Abraham, secretario del teatro en esa época. Tenía una cierta notoriedad como crítico de teatro de varios periódicos y, como autor, estrenó unas treinta obras.
¹¹ En la mitología griega el dios marino Proteo podía metamorfosearse a voluntad. El gigante Briareo tenía cincuenta cabezas y cien brazos.
¹² Desde el Germanicus de Arnauld, en 1817, los de la Claque eran llamados «los Romanos», en recuerdo de los soldados de Nerón encargados de arrancar los aplausos del público.
¹³ Esta frase pertenece a Aladino y la lampara maravillosa, y Villiers la volvió a utilizar en un epigrafe de la Eva futura, libro 2.°, cap. VII.
¹⁴ Gases lacrimógenos.
¹⁵ Los grabados que ilustran Les Mystères de la Main révelés et expliques, del quiromántico Desbarolles.
¹⁶ «captal»: nombre gascón, empleado para denominar a algunos señores de la región de Guyenne. Proviene de capitalis y significa señor del feudo principal.
¹⁷ Gastón de Foix, captal de Buch, en la región de Burdeos, muerto en 1512 en Rávena, en una batalla contra las tropas españolas y pontificias. La frase es incorrecta ya que murió en el asalto, en una carga que él dirigía.
¹⁸ Palabra desconocida en el diccionario.
¹⁹ La batalla de Tannbauser ocurrió en 1861 y en ella participó Villiers. Se hízo amigo de Wagner, a quien posteriormente visitó en Triebschen en 1869 y 1870. Le dedicó la primera versión del Anunciador, pero luego lo cambió por El Secreto de la Antigua Música, que contiene otras alusiones al escándalo levantado contra el compositor alemán. 
²⁰ Juego de palabras. Los Galos, wagnerianos, tenían en su contra a los Romanos, la Claque, y a las Ocas, los burgueses.
²¹ Esta indicación sobre los Andreidos es un añadido que aparece por primera vez en la versión de este cuento publicada en los Cuentos crueles, y esta ligada a L'Eve nouvelle, primera versión de La Eva futura, que data de 1880, ya que en esa novela Edison fabricará un Andreido.
²² El marqués de Dangean, que redactó a partir de 1648 el Journal de la Cour de Louis XIV, era un necio y un adulador, según las crónicas.
²³ François Coignet, ingeniero e industrial, antiguo falansterista, es el creador del hormigón armado, entre otros inventos. 

5. En torno a creación y tradición

Me gusta pensar que mi identidad es como un cielo nocturno, con una serie de estrellas componiendo constelaciones que representan todas esas...