lunes, 18 de febrero de 2019

Antología de cuentos musicales: 11. Lo que sólo uno escucha...

El siguiente cuento de Revueltas aborda la fantasía de un dipsomano, un violinista ante la fatalidad causada por su vicio. Es casi imposible no pensar en que el cuento podría estar inspirado en su hermano mayor, el compositor Silvestre Revueltas. De allí, también, que José maneje un buen número de términos y conceptos musicales con soltura, sobre todo los que atañen al violín, instrumento en el cuál se formó Silvestre durante su estancia en los Estados Unidos a temprana edad. Revueltas, compositor, falleció el 5 de octubre de 1940, tras beber cerveza helada para “curársela” y salir a la calle con ropa muy ligera; sufrió una severa bronconeumonía.

Para Rosa Castro

La mano derecha, humilde, pero como si prolongase aún el mágico impulso, descendió con suma tranquilidad al tiempo que el arco describía en el aire una suave parábola. Eran evidentes la actitud de pleno descanso, de feliz desahogo y cierta escondida sensación de victoria y dominio, aunque todo ello se expresara como con timidez y vergüenza, como con miedo de destruir algún íntimo sortilegio o de disipar algún secretísimo diálogo interior a la vez muy hondo y muy puro. La otra mano permaneció inmóvil sobre el diapasón,¹ también víctima del hechizo y la alegría, igualmente atenta a no romper el minuto sagrado, y sus dedos parecían no atreverse a recobrar la posición ordinaria, fijos de estupor, quietos a causa del milagro.
Aquello era increíble, más con todo, la expresión del rostro de Rafael mostrábase singularmente paradójica y absurda. Una sonrisa tonta vagaba por sus labios y se diría que de pronto iba a llorar de agradecimiento, de lamentable humildad.
—No puede ser, no es cierto; es demasiado hermoso —balbuceó presa de una agitación extraña y enfermiza. Apartó el violín de bajo su barbilla y oprimiéndolo luego con el codo, la mano izquierda libre y sin que la otra abandonase el arco, se puso a examinar ambas flexionando ridículamente los dedos, una y otra vez, como si los quisiera desembarazar de un calambre. —No puedo creerlo, es demasiado —repitió.
Después de las más amargas incertidumbres, hoy era como si las tinieblas se hubieran disipado para siempre. Su mano izquierda se había conducido con destreza, seguridad e iniciativa extraordinarias; supo ir, de la primera a la séptima posiciones,² no sólo por cuanto a lo que la partitura indicaba, sino sobre todo, por cuanto a la inquietud de descubrir nuevos matices³ y enriquecer el timbre mediante la selección de cuerdas que el propio compositor no había señalado.⁴ En esta forma los periodos opacos cobraron una brillantez súbita; las frases banales,⁵ un patetismo arrebatador y todo aquello que ya era de por sí profundo y noble se elevó a una espléndida y altiva grandeza. Por lo que hace a los sonidos simultáneos⁶ —que fueron su  más atroz pesadilla en el Conservatorio—, le fue posible alcanzar no sólo las terceras,⁷ sino todas las décimas de doble cuerda,⁸ aún cuando éstas siempre se le habían dificultado grandemente a causa de la torpe digitación. La mano derecha, a su vez, se condujo con exactitud y precisión prodigiosas al encontrar y obtener, cuando se la requería para ello, el punto de la escala propio o el color más inesperado de la encordadura, ya aproximándose o alejándose del puente, ya con el uso del arco entero o sólo el talón o la punta, según lo pidiese el fraseo.⁹ O finalmente, con el ataque individual de cada sonido en el alegre y juvenil staccato¹⁰ o en el brioso y reidor saltando.¹¹ A causa de todo eso la impresión de conjunto resultó de una intensidad conmovedora y los sentimientos que la música expresaba, la bondad, el amor, la angustia, la esperanza, la serenidad del alma, surgieron libres, radiantes y jubilosos como un canto sobrenatural y lleno de misterio.
“Ahora cambiará todo —se dijo Rafael después de haberse escuchado—; será todo distinto. Todo cambiará.” Sonreía hacia algo muy interior de sí mismo y por eso su rostro mostraba un aire estúpido. Era imposible darse cuenta si un fantástico dios nacía en lo más hondo de su ser o si un oscuro ángel malo y potente se combinaba en turbia forma con ese dios.
Caminó en dirección de la mesa cubierta con un mantel de hule roñoso, y en el negro y deteriorado estuche que sobre ella descansaba guardó el violín después de cubrirlo con un paño verde. Llamaron su atención las figuras del mantel, infinita y depresivamente repetidas en cada una de las porciones que lo componían. “Todo cambiará, todo”, se repitió, y advirtió que ahora esa frase se refería al mantel. Cuántas veces no hubiera deseado cambiarlo, pero cuántas, también, no sé guardaba ni siquiera de formular este deseo frente a su mujer, tan pobre, tan delgada y tan llena de palabras que no se atrevía a pronunciar jamás. Eran unas terceras figuras de volantineros sin sentido, inmóviles, inhumanos, que se arrojaban unos a otros doce círculos de color a guisa de los globos de cristal que los volantineros reales se arrojan en las ferias.
“Hasta eso mismo, hasta este mantel cambiará”, finalizó sin detenerse a considerar lo prosaico de su empeño —cuando lo embargaban en contraste tan elevadas emociones— y sin que la vaga y penosa sonrisa se esfumara de sus labios.
No quería sentirse feliz, no quería desatar, sacrílegamente, esa dicha que iluminaba su espíritu. Algo indecible se le había revelado, más era preciso callar porque tal revelación era un secreto infinito.
Nuevamente se miró las manos y otra vez se sintió muy pequeño, como si esas manos no fueran suyas. “Es demasiado hermoso, no puede ser. Pero ahora todo cambiará, gracias a Dios.” Lo indecible de que nadie hubiera escuchado su ejecución, y que él, que él sólo sobre la tierra, fuera su propio testigo, sin nadie más.
—Parece como si tuvieras fiebre; tus ojos no son naturales —le dijo su mujer a la hora de la comida. No era eso lo que quería decirle, sin embargo. Querría haberle dicho, pero no pudo, que su mirada era demasiado sumisa y llena de bondad, que sus ojos tenían una indulgencia y una resignación aterradoras.
—¿Estás enfermo? —preguntaron a coro y con ansiedad los niños. Rafael no respondió sino con su sonrisa lastimera y lejana.
“No les diré una palabra. Lo que me ocurre es como un pecado que no se puede confesar.” Y al decirse esto, Rafael sintió un tremendo impulso de ponerse en pie y dar a su mujer un beso en la frente, pero lo detuvo la idea de que aquello le causaría alarma.
Ella lo miró con una atención cargada de presentimientos. Ahora lo veía más encorvado y más viejo, pero con ese brillo humilde en los ojos y esa dulzura torpe en los labios que eran como un índice extraño, como un augurio sin nombre. “Es un anuncio de la muerte. No puede ser sino la muerte. Pero, ¿cómo decírselo? ¿Cómo darle consuelo? ¿Cómo prepararlo para el pavoroso instante?”
Hubiese querido, ella también, tomar aquella pobre cabeza entre sus manos, besarla y unirse al fugitivo espíritu que animaba en su cuerpo. Pero no existían las palabras directas, graves y verdaderas, sino apenas sustituciones espantosas mientras toda comunicación profunda entre sus dos ánimas se había roto ya.
—Descansa hoy, Rafael —dijo en un tono maternal y cargado de ternura—; no vayas al trabajo. Esas funciones tan pesadas terminarán por agotarte —lo dijo por decir. Otras eran las cosas que bullían dentro de ella. Pensaba en el tristísimo trabajo de su marido, como ejecutante en una miserable orquesta de cantina-restaurante, y en que, sin embargo, eso también iba a concluir. “Quédate a morir —hubiera dicho con todo su corazón—, te veo en el umbral de la muerte. Quédate a que te acompañemos hasta el último suspiro. A qué recemos y lloremos por ti...”
Rafael clavó una mirada por fin alegre en su mujer, al grado de que ésta experimentó una inquietud y un sobresalto angustiosos. “¿Podría entenderme —pensó Rafel— si le dijera lo que hoy ha ocurrido? ¿Si le dijera he consumado la hazaña más grande que pueda imaginarse?”
Al formularse estas preguntas no pudo menos que reconstruir los extraordinarios momentos que vivió al ejecutar la fantástica sonata,¹² un poco antes de que su mujer y sus hijos regresaran. Los trémolos,¹³ patéticos y graves, vibran en el espacio con limpidez y diafanidad sin ejemplo, los acordes¹⁴ se sucedían en las más dichosas y transparentes combinaciones, los arpegios¹⁵ eran ágiles y llenos de juventud. Todo lo mejor de la tierra se deba cita en aquella música; las más bellas y fecundas ideas elevánse del espíritu y el violín era como un instrumento mágico destinado a consumar las más altas comuniones.
“No puedo creerlo aún”, se dijo mirándose las manos como si no le pertenecieran. Se sentía a cada instante más menudo, más humilde, más infinitamente menor dentro de la grandeza sin par de la vida. Quiso tranquilizar a su mujer al mirarla aprensiva e inquieta:
—Todo será nuevo —exclamó—, hermoso y nuevo para siempre.
—Es la maldita bebida —dijo la mujer por lo bajo mientras un terrible rictus le distorsionaba la cara alargándole uno de los ojos—. El maldito y aborrecible alcohol. Tarde o temprano iba a suceder esto... 
Condujo entonces a Rafael, sin que éste, al contrario de lo que podría esperarse, protestara, al camastro que les servía de lecho. 
Luego hizo que los niños, de rodillas, circundaran a su padre, y unos segundos después, dirigido por ella, se elevó un lúgubre coro de preces y jaculatorias por la eterna salvación del hombre que acababa de entregar el alma al Señor.

Notas musicales

¹ Siempre he hallado muchas irregularidades en cuanto al término Diapasón. Por ejemplo, la RAE lo definen como “intervalo que consta de cinco tonos, tres mayores y dos menores y de dos semitonos mayores, diapente y diatesarón.” El Diccionario De Música de Manuel Valls Gorina dice que es una “frecuencia-tipo asignada a un sonido, que regula y condiciona la de los restantes que integran un sistema musical.” Pero, no conforme con esto, es un instrumento inventado por John Shore en 1711 y además en muchos instrumentos —como en el violín— es la parte donde se colocan los dedos para lograr emitir las distintas alturas que es capaz de alcanzar un instrumento. Para empezar, francamente no tengo idea de qué diablos quiere decir la RAE con esa definición tan confusa: un intervalo es una distancia entre dos notas (únicamente dos) según el si suenan sucesiva o simultáneamente son llamados intervalos melódicos o armónicos, ahora si querían referirse con intervalo al total de la escala diatónica, que está compuesta por 7 notas; de nuevo es absolutamente raro lo que dicen, ya que la escala diatónica se compone de cinco intervalos de tono y dos de semitono; por último dice que sus semitonos mayores (cosa que en ningún otro lado he oído o leído nombrar) son el diapente que es un intervalo de quinta y el diatesarón, que es un intervalo de cuarta, intervalos, por supuesto, compuestos por más de un semitono (que dicho sea de paso, es de una dimensión definida, y en el sistema temperado son todos del mismo tamaño). Por otra parte es una herramienta de acero con forma de tenedor de dos picos que se utiliza para afinar; está herramienta da un sonido definido que se conoce como La 3 (440 Hz.). Leamos otra definición:
diapasón (del gr., “a través de todo”).
1. La octava completa.
2. El rango completo de un instrumento.
3. Registro principal o unísono del órgano a 8’ (como por ejemplo los diapasones tapados y abiertos), llamado así porque antes abarcaba todo el rango, en tanto que otros registros no lo hacían.
4. Afinación diatónica de las cuerdas bajas del laúd, la tiorba o el archilaúd, etcétera.
5. (fr.). “Altura”: la *altura de concierto (diapason normal) de la nota la’ se fijó en 435 Hz por la Académie Française en 1858; diapason à bouche, “corista (de lengüeta)”; diapason à branches o simplemente diapason, “diapasón (de horquilla)”.
6. (in.: fingerboard; fr.: touche; al.: Griffbrett; it.: tastiera, tasto). Tira de madera que cubre el mástil en los
instrumentos de cuerda y ofrece una superficie para pisar las cuerdas con los dedos; debido a la fricción de
las cuerdas, el diapasón se fabrica con madera dura, como ébano o palo de rosa. La mayoría de los instrumentos de cuerda pulsada y algunos de arco cuentan con *trastes fijos incrustados en el diapasón o atados alrededor de éste; algunos cuentan también con puntos incrustados para indicar las posiciones más comunes o como simple referencia visual. Sobre el diapasón puede colocarse un artefacto denominado *capo tasto que hace las veces de *cejilla y sirve para transportar la música o facilitar su ejecución en las regiones agudas
del instrumento.
Para este caso nos quedaremos con la segunda acepción; que  es la parte del instrumento —en este caso violín— donde podemos hallar las distintas alturas de la escala cromática.
² La 7 posiciones del violín son cuadrantes que dividen las diferentes regiones del diapasón en grupos de varios semitonos, debido a que no hay un parámetro visual para determinar con rapidez una nota en el diapasón —como las teclas del piano o los trastes de la guitarra, bien diferenciados unos de otros—. Las posiciones tienen grupos de notas más agudas a medida que se avanza de la primera a la séptima.
³ El Matiz es otro de esos términos prestados del ámbito visual —como cromático o altura. Éste tipo de conceptos siempre me han causado problema, pues en virtud de la comprensión se ha sacrificado la precisión en la descripción un fenómeno con una metáfora, haciendo un símil entre una cosa que percibimos con la vista y otra que percibimos con el oído. El concepto de Matiz surgió con los instrumentos relativamente modernos del periodo Preclásico (o Postbarroco) y el Clásico; en el siglo XVIII, sobre todo con el Pianoforte, un instrumento que venía a rivalizar con el Clave del Barroco; a pesar de que Johann Sebastian Bach llegó a conocer éste instrumento en sus inicios, lo desprecio por la desigualdad de su sonido. A la muerte de éste, el Piano se fue aceptando gradualmente. Le debemos a la literatura pianística la evolución y especialización del uso del Matiz. Ahora bien, éste consiste en lograr contrastes entre las diferentes partes de una pieza, ofreciendo una nueva dimensión de expresión. De ahí precisamente el nombre del Piano (suave) Forte (fuerte).
⁴ Esta idea es especialmente significativa. Hace algunos ayeres, un profesor de Lenguaje Musical nos decía que la partitura es una sugerencia de la música; lo que se cifra en el papel pierde algo de su naturaleza y cuando se desencripta, vuelve a perder algo que, en el mejor de los casos, se compensa con la interpretación del músico. Hay un punto —difícil de situar— donde el músico llega a tal perfeccionamiento y dominio de su arte que se puede dar la libertad de llevar la sugerencia a su límite, tocando la pieza ad libitum, casi en la frontera con la deformación, pero dejando lo suficiente del original para reconocerlo sin duda alguna. A esto —me gusta pensar— se refiere Revueltas.
⁵ Hay un paralelismo —otro símil...— entre el lenguaje hablado y la música. Se toma prestada la idea de sintaxis, de la articulación de un discurso. En este caso un discurso musical; que está compuesto por períodos, que vienen siendo una suerte de párrafos, y por frases —que no necesita mayor explicación—. Los teóricos tienen distintas concepciones de lo que es un período y una frase en música. A menudo se habla de períodos de 16 compases, frases de 8 compases y semifrases de 4 compases, que a su vez están construidos por motivos y estos por células. Todos éstos entrarían en la categoría de regulares; mientras que aquellos que no se adaptan a tal parámetro (de números pares) son irregulares. Ésta forma equilibrada se siguió con celo durante el Barroco, pero llegado el periodo Clásico, los compositores comenzaron a experimentar con distintas distribuciones para articular los discurso musicales, que, de momento, fueron tímidas; no fue sino hasta la época Romántica que se abolió ésta forma de organizar la música.
⁷ Musicalmente podemos hablar de dos grandes categorías sonoras: la sucesividad y la simultaneidad. La primera de éstas es la referida a la encadenación de sonidos, aquellos capaces de articular el discurso musical y cuya manifestación es la melodía. En la segunda se entiende los sonidos como estructura; donde los sonidos (v. l. r.) suenan al mismo tiempo; su resultado serían la armonía. Ambas están suspenditadas al ritmo, con ello completaríamos la tercia de elementos que constituyen la música. Volviendo a los sonidos sucesivos y simultáneos, la combinación de varias melodías (sonidos encadenados, sucesivos) nos proporciona una textura polifónica; ninguna línea melódica es más importante que otra, todas tienen un papel protagónico en diferentes momentos. La combinación de sonidos simultáneos y sucesivos da como resultado una textura homófona, donde una melodía tiene el papel protagónico y es acompañada por una estructura subyacente de acordes.
⁸ Aquí el autor se refiere a un intervalo compuesto. En la música cuando suenan (v. l. r.) dos sonidos, producen un intervalo, que es la magnitud con la que se mide la  separación entre una nota y otra. Se cuentan por el número de semitonos que las separan. Las hay desde unísonos, segundas, terceras, cuartas, etc... hasta octavas y se clasifican en 5 categorías: Justas, Mayores, Menores, Aumentadas y Disminuidas. Después de la octava, los intervalos resultantes son la suma de una (o más) octavas y el intervalo (menor a una octava) que completa la serie. Por ejemplo de Do2 a Do3 tenemos una octava, pero de Do2 a Mi3 tenemos una octava + una tercera, lo que da como resultado una Décima. Al hablar de Décimas a doble cuerda el autor se refiere a distancias entre dos notas que son la suma de una octava más una tercera. Son particularmente complicadas de ejecutar simultáneamente en el violín (y en muchos instrumentos, como el piano) por la precisión que requiere y su posición particularmente incómoda para las manos.
⁹ | ¹⁰ El fraseo es la forma en la que el intérprete separa las distintas ideas del discurso musical. Lo hace valiéndose, principalmente, del ataque que le da a las notas. Hay diversos ataques —no suele haber un consenso claro de las cualidades totales de cada uno— y según el instrumento puede variar su acción y efecto. Al menos, los tres principales, son: Legato, que se traduce literalmente como ligado, donde las notas suenan lo más fluidas unas de otras sin superponerse; Non Legato o no ligado, donde hay un brevísimo espacio entre nota y nota, acortando levemente su valor real; y Staccato que se traduce como entrecortado —término que no me convence, pues por su definición (1.adj. dicho de una voz o de un sonido: que se emite con intermitencias) podría confundirse con el non legato—; se suele referir a este, también, como Picado, de cuya definición el diccionario recoge en la acepción número seis: modo de ejecutar una serie de notas interrumpiendo momentáneamente el sonido entre unas y otras, en contraposición al ligado. En resumen, este ataque consiste en tocar las notas de manera súbita y breve, un poco acentuadas, y efectivamente, es lo contrario al ligado.
¹¹ He buscado referencias sobre éste tipo de articulación. Ha sido infructuoso. Sospecho que podría haber una relación específica con el arco y el efecto de rebote que suele dar cuando se deja caer levemente contra las cuerdas. Seguiré en la búsqueda.
¹² El término Sonata tiene al menos dos usos; el primero de ellos es para referirse a un conjunto de piezas destinadas a sonar —aunque parezca redundante—. Tendrían su inspiración en la Suite, que son  un conjunto de piezas danzables. Consiste en 4 movimientos; Allegro de sonata, movimiento lento, Scherzo o minuet (que puede ser opcional, aunque desde Beethoven, es característico de la forma sonata) y un segundo Allegro. Ahora bien, el primer movimiento de la forma sonata suele ser el más importante. Desde hace siglos ha constituido la forma estructural más usada por los compositores para hacer gala de todo su ingenio y creatividad. Su forma es (más o menos) la siguiente:
Un tema A que está dentro de la tonalidad principal con un tema B que suenan en la dominante, cuyo papel es contrastar. A esto se le llama exposición, y es la parte donde el compositor muestra el material que más adelante va a desarrollar. Luego de la repetición obligada de la exposición viene el desarrollo, una parte donde la pieza atraviesa una serie de complicados cambios de tono (modulaciones) y el compositor explota los temas A y B combinándolos, variándolos y hasta generando temas nuevos. Al final de ésta sección viene una reexposición, donde los temas A y B vuelven a hacer su aparición pero ahora ambos en el tono principal. Esta forma de componer ha resultado altamente estimulante para todas la épocas y creadores, manteniéndose vigente. Huelga decir que las sinfonías orquestales siguen está estructura.
¹³ El trémolo es una técnica de carácter ornamental. Su función es adornar una nota musical para brindarle una intensión y matices diferentes. En el violín se ejecuta con un rápido movimiento del arco, hacia arriba y hacia abajo, sobre una misma nota. Varias referencias digitales hacen constar que el inventor del trémolo fue Claudio Monteverdi, en 1624, aunque yo más bien diría que es del primero de quien se tiene registro que lo usó.
¹⁴ Un acorde es la agrupación de 2 o más notas que suenan simultáneamente. Estos vienen a ser el fundamento de la música que más escuchamos hoy en día. Su uso y formas se definieron en el período Clásico, junto con la textura musical homófona. Hasta antes de este momento en la historia, los acordes eran entendidos de otra manera, como relaciones consonantes y disonantes entre dos o más sonidos, pero bajo la premisa de que cada sonido conservaba una cualidad individual con respecto de los otros. Como decía, no fue sino hasta el período Clásico que se les vio como una unidad.
¹⁵ El arpegio es una forma sucesiva de manifestar los acordes. Consiste en hacer sonar una tras de otra cada una de las notas del acorde. Hay varias figuraciones de arpegio y en su mayoría se utilizan de sostén armónico, como es el caso del Bajo de Alberti, donde se ejecutan la fundamental, la quinta, la tercera y la quinta de nuevo, siempre en ese orden. Su morfología puede variar según si son acordes de tríada o tétracordes, si están en inversión o si tienen notas duplicadas.

domingo, 10 de febrero de 2019

Antología de cuentos musicales: Índice

Los cuentos no pudieron ser ordenados con temáticas específicas (sobre música, sobre instrumentos, sobre audiencia, sobre artistas, sobre sonido etc...) debido a que son compilados conforme los voy hallando, sin embargo, este orden desigual, no destruye el centro de la antología: la música.

1.   Nepomuk - Enrique López Aguilar
2.   El Árbol - María Luisa Bombal
3.   El tambor de Shiloh - Ray Bradbury
4.   Sueño de flauta - Herman Hesse
5.   Antonia Canta - E. T. A. Hoffmann
6.   Maese Pérez el Organista - Gustavo Adolfo Bécquer
7.   La llama - Horacio Quiroga
8.   Franz Piet Vredjuik - Juan Rodolfo Wilcock
9.   Rito de Sikán y Ekué - Anónimo
10. El cazador de ratas - Anónimo
11. Lo que sólo uno escucha - José Revueltas
12. Josefina la cantora o El pueblo de los ratones - Franz Kafka
13. La desconocida - Villiers de L'Isle-Adam
14. Un servicio de amor - O. Henry
15. De cómo dinamité el Colegio para Señoritas - Salvador Elizondo
16. El miserere - Gustavo Adolfo Bécquer

P.d: se aceptan sugerencias en esta dirección de correo electrónico.

lunes, 21 de enero de 2019

Fruta

En la gula se encuentra la entelequia de un monstruo, una sombra vaga que rara vez se distingue en la oscuridad del apetito ocioso. Lo siguiente es la sombra de la sombra, el fruto monstruoso de la entelequia y un cuento; cómase con moderación.

Los días sabrían decir qué cosa fue lo que se sembró en la mente de Isa, en cuánto tiempo germinó la idea y en qué momento la madurez defolió cada hoja que fue una acción.
En principio es difícil ver las raíces: quizá el desagradable mal hábito de comerse las uñas cuando niña o tal vez la mala costumbre de morderse los labios por los nervios. Ni siquiera es imposible descartar que el hecho de que se arrancaba las costras por la ansiedad... 
...Pura especulación inútil: pensar en el resto del iceberg cuando lo que importa es la punta, sobresaliendo, personificado el peligro; se adivinan mil cosas del cuerpo nada más de ver los ojos flotando en la nada. 
Pensar en Isa, pulcramente vestida, comiendo silenciosa, con la boca bien cerrada. Pensar en Isa, temblando en la noche, mitad por el miedo y mitad por el frío del piso debajo de la cama, donde se tapa los oídos para no escuchar los gritos y los objetos quebrándose. Pensar en Isa feliz todos los días pero con algo sombrío en su corazón.
Pero, llegados a cierto punto, ¿qué importa si Isa musiquí o musicá, si era dichosa o no? Más bien debe ser prioridad ver a Isa tal y cómo es en este instante; una dulce muchacha, bien sentada sobre las suaves hierbas del parquesito local, con un libro en las manos y una fantasía entre las ideas. El viento sopla en su conciencia una lejana voz de entre sus recuerdos.
Ver a Isa mordiendo suavemente su dedo pulgar, dulce uva, fruta. Escuchar a Isa andar grácil por la habitación, bailando con la música, un ritmo porteño que la lleva de la mano. Sentir a Isa en la noche, acurrucada contra mi espalda, dos minutos antes de que despierte quejándose porque mientras dormía, entre sueños se mordió la mejilla o la lengua.
Isa, ojos de flor flotando en un profundo y calmo estanque, pienso en qué cosas hay latentes que de repente causan los extraños accidentes. Porque es algo frecuente que al hacer alguna tarea frustrante, Isa se muerda los nudillos o se mastique el labio superior. Y aún me sigo acostumbrando a curar esas pequeñas heridas que de repente le aparecen, por distintos motivos, en todo el cuerpo; en su pierna ese pequeño agujero causado por un clavo salido de la pared, o el largo rasguño en el brazo, causado por una grapa que se le atoró en el suéter... la quemadura en la mano izquierda que fue por un descuido en la cocina.
Y desde hace días más frecuentes: caídas, tropiezos, golpes, rasguños, moretones, pequeños faltantes en la continuidad de su piel, dos uñas arrancadas de raíz... todo me hace temer por la integridad de Isa. Pero ella continúa como si nada, mientras que si yo la descuido es seguro que todo es síntoma de peligro.
Vuelvo a preguntarme qué cosa pudo provocar esa hambre obsesiva y obscena. Qué loca idea se conjugó con mi ausencia por una diligencia para provocar que Isa se mordiera brazos y piernas, se arrancara trozos de piel y carne del vientre y los pechos, los lóbulos de ambas orejas y porciones de labios y mejillas. Ni siquiera soy capaz de imaginar a Isa desgarrando sus glúteos y derramando su sangre. Tiemblo ante el recuerdo de sus ojos sin párpados y sus dedos hasta los huesos. Incluso si cierro los ojos soy capaz de recordarla con tal nitidez que siento que estoy mirándola de nuevo, lamiendo su propia sangre del suelo, hecha de risas y llanto, con la carne expuesta, el cuerpo punzante, toda en delirio, una mujer como una enorme herida.
Mi terrible memoria me deja postrado: me siento todavía abrazado al cuerpo de Isa, empapado por la sangre; escucho sus palabras torpes, diría que hasta masticadas y escupidas. 
¿Qué impulso primitivo arroja a alguien a sus propias fauces? ¿Qué manía es capaz de suprimir el dolor con dolor y el miedo a la autodestrucción a dentelladaz?
Isa fue su semilla, su flor y su fruto...

lunes, 14 de enero de 2019

Antología de cuentos musicales: 10. El cazador de ratas

Mejor conocida como El Flautista de Hamelín, la historia del cazador de ratas es una tradición alemana que se ha encontrado en variedad de versiones (como la de Hermanos Grimm Los niños de Hamelín (1816), que quizá es la más difundida) y con no menos interpretaciones. La que presento es recogida de la antología de cuentos de hadas de Andrew Lang; se trata de una versión francesa de Charles Marelles. Curiosamente en esta versión, el músico no toca una flauta, sino una gaita, cosa que imagino es por razones de darle cierto exotismo al cuento. 
En el relato la música aparece en una tónica más allá de algo para el placer estético: como mesmerismo musical, que ha tenido bastante interés, sobre todo en ramas médicas. Es por todos conocida la estrategia del músico de Hamelín que con su instrumento logra deshacerse de las ratas y encandilar a los niños para sucuestrárlos. Sin más que agregar, el cazador de ratas...

Hace tiempo la ciudad de Hamelín en Alemania fue invadida por miles de ratas; un tipo de ratas como el que no se había visto nunca antes ni se volvería a ver después.
Eran criaturas negras, enormes que corrían desafiantes a plena luz del día por las calles y eran tantas que inundaron las casas con su presencia a tal punto que la gente no podía pisar o tocar algo sin encontrarse con una de ellas. Al vestirse por la mañana encontraban ratas en los calzoncillos, en los fondos de las señoras, en los bolsillos y en las botas. Cuando querían algo de comer, la horda voraz había barrido con todo desde la bodega hasta el desván. Por la noche era peor. Tan pronto se apagaban las luces, estos roedores infatigables se ponían a trabajar. Y en todas partes; en los techos, las alacenas, las puertas se escuchaba el furioso ruido de quienes perseguían a las ratas o les ponían trampas —ruido de perforadoras, pinzas y serruchos. Un sordo no habría podido descansar ni una hora seguida.
Nada funcionaba: ni poner gatos o perros, veneno, trampas, rezos, veladoras a los santos... nada. Mientras más ratas mataban, más aparecían. Y los habitantes de Hamelín comenzaban a conseguir perros (no que sirvieran de mucho) cuando un viernes llegó a la ciudad un hombre con un rostro extraño que tocaba la gaita y cantaba el siguiente estribillo:

“¡Quien esté vivo: vea! Aquí está el cazador de ratas.”
Un enorme joven desgarbado, de rostro cenizo y piel algo amarillenta, la nariz torcida, un bigote como de cola de rata y sus ojos —grandes, agudos y burlones— asomaban por debajo de un sombrero de fieltro decorado con una pluma roja de ave. Llevaba un saco verde con un cinturón de piel y calzoncillos rojos, iba calzado con unos zapatos de largas atarudas que le llegaban cruzadas hasta las piernas, como las usan los gitanos.
Así es como luce ahora, pintado en una ventana de la catedral de Hamelín.
Se detuvo en el gran mercado que está frente al edificio de gobierno, le dio la espalda a la iglesia y continuó con su música cantando:

“¡Quien esté vivo: vea! Aquí está el cazador de ratas.”
Le consejo del pueblo se había congregado para discutir una vez más esta plaga de Egipto, de la que nadie podía proteger al pueblo.
El extranjero mandó decir a los miembros del consejo que si le pagaban cierta suma de dinero, él podría deshacerse de todas las ratas antes del anochecer; de todas.
—¡Entonces es un hechicero! —exclamaron los ciudadanos al unísono—. Hay que cuidarnos de él.
Un consejero del pueblo, a quien consideraban como un tipo listo, les dijo:
—No sé si dice la verdad ni si es hechicero, pero seguramente fue él quien nos envío a estas horribles criaturas de las que quiere librarnos ahora por dinero. Bien, debemos aprender a atrapar al diablo con sus propios métodos. Déjenmelo a mí.
—Dejémoslo en manos del consejero —se decían los ciudadanos unos a otros.
Y mandaron traer al extranjero, el cual les dijo: “Antes del anochecer me habré deshecho de todas las ratas de Hamelín si me pagan doce florines por cabeza.”
—¡Doce florines! —exclamaron los ciudadanos— pero eso serían millones de florines.
El consejero del pueblo se limitó a encogerse de hombros y le dijo al extranjero:
—¡Qué barato! A trabajar. Le pagaremos doce florines por cabeza tal como pide. 
El gaitero dijo que se pondría a trabajar esa misma tarde cuando saliera la luna. Y les dijo que a esa hora todos los habitantes de la ciudad deberían de dejar libres las calles y que se contentaran con mirar por las ventanas lo que ocurría, ya que sería un espectáculo muy agradable. Cuando la gente de Hamelín escuchó sobre el trato dijeron: “¡Doce florines por cabeza! Nos va a costar mucho dinero.”
—Hay que dejarlo en manos del consejero del pueblo —dijo el propio consejero con un aire malicioso. Y los buenos habitantes de Hamelín repetían: “hay que dejarlo en manos del consejero del pueblo.”
Al rededor de las nueve de la noche regresó el gaitero a la plaza del mercado. Al igual que antes le dio la espalda a la iglesia y al momento en que la luna se levantó en el horizonte comenzó a tocar su gaita, “Trarirá, trarí, trarirá.”
Al principio era un sonido lento, suave, acariciante, luego se fue haciendo más y más animado y urgente, y después tan sonoro y punzante que se escuchaba hasta en los callejones y rincones más distantes del pueblo.
Pronto salieron las ratas del fondo de los sótanos, de los desvanes, de debajo de los muebles, de todos los rincones de las casas; buscaban las puertas y salían a las calles dando brincos, trip, trip, trip, corrían hacia la entrada del edificio de gobierno. Ahí se congregaron todas apretujadas, cubrían toda la acera como si fueran olas de un torrente en plena inundación.
Cuando la plaza estuvo llena, el gaitero dio media vuelta y sin dejar de tocar con animosidad de dirigió hacía el río que corre al pie de los muros de Hamelín. Al llegar ahí volvió a dar media vuelta, las ratas lo seguían.
—¡Hop! ¡Hop! —les gritó señalando con el dedo un punto en la corriente del río donde el agua formaba con fuerza un remolino y se hacia una suerte de embudo. Y así, ¡hop!, sin titubear, las ratas se arrojaron al río y nadaron directo hacia el embudo; se hundían de frente y desaparecían.
Las ratas continuaron saltando al río sin cesar hasta la medianoche.
Al fin, arrastrándose con dificultad, apareció una rata enorme, con canas por la edad avanzada y se detuvo en el banco del río.
Era el rey de la banda.
—¿Ya son todas, amigo Blanchet? —le preguntó el gaitero.
—Todas —respondió el amigo Blanchet.
—¿Y cuántas fueron?
—Novecientas noventa mil novecientas noventa y nueve.
—¿Bien contadas?
—Bien contadas.
—Entonces ve con ellas, viejo amigo, y au revoir.
Entonces la vieja rata brincó al río, nadó hacia el remolino y desapareció.
Una vez que el gaitero terminó este asunto se fue a dormir a la posada. Y por primera vez en tres meses, los habitantes de Hamelín durmieron tranquilamente durante la noche.
A la mañana siguiente, a las nueve en punto, el gaitero se dirigió al palacio de gobierno, donde el consejo del pueblo lo esperaba.
—Ayer, todas las ratas brincaron al río —les dijo a los consejeros— y les garantizo que ni una sola de ellas regresará. Fueron Novecientas noventa mil novecientas noventa y nueve, a doce florines por cabeza. ¡Hagan la cuenta!
—Contemos primero las cabezas. Son doce florines por cabeza, ¿pero dónde están?
El cazador de ratas no se esperaba este golpe traicionero. Se puso pálido de coraje y sus ojos parecían fuego.
—¡Las cabezas! —exclamó—. Si tanto le importan, vaya por ellas al río.
—¿De modo que se rehúsa a cumplir con los términos del acuerdo que hicimos? Nosotros podríamos negarnos a pagarle, pero usted nos ha hecho un servicio, así que no lo dejaremos ir sin una recompensa —le dijo y le ofreció cincuenta coronas.
—Quédese con la recompensa —respondió orgullosamente el cazador de ratas—. Si ustedes no me pagan, me pagarán sus herederos.
Y en ese momento se colocó el sombrero hasta casi cubrirle los ojos, salió rápidamente del edificio y se fue del pueblo sin dirigirle una palabra a nadie.
Cuando los habitantes de Hamelín se enteraron de cómo había terminado el asunto se frotaron las manos y sin más escrúpulos que los del consejero del pueblo se rieron del cazador de ratas, quien ante sus ojos había caído en su propia trampa. Pero lo que más los hizo reír fue la amenaza que hizo de que sus herederos le tendrían que pagar. ¡Ja! Qué bueno sería si todos los acreedores fueran así por el resto de sus días.
Al día siguiente, que era domingo, todos fueron muy contentos a la iglesia, pensando en que después de misa podrían al fin comer algo rico que las ratas no hubieran probado antes.
Nunca sospecharon que les aguardaba una terrible sorpresa al volver a casa. No había niños en ninguna parte: ¡Todos habían desaparecido!
—¡Nuestros niños! ¿Dónde están nuestros pobres niños? —eran los gritos que rápidamente se multiplicaban en todas las calles del pueblo.
Entonces, por la puerta del oeste del pueblo, aparecieron tres niños que lloraban y contaron lo siguiente:
Mientras los adultos estaban en la iglesia habían escuchado una música maravillosa. En un instante salieron de sus casas todos los niños, atraídos por los sonidos mágicos, y se habían dirigido de prisa a la plaza del mercado. Ahí encontraron al cazador de ratas tocando sus gaita en el mismo lugar que el día anterior. Entonces el extranjero echó a andar a paso veloz y los niños lo seguían corriendo, brincando y cantando al compás de la música hasta el pie de la montaña que se ve al llegar a Hamelín. Al acercarse se hizo una pequeña abertura en la montaña y el gaitero se había ido con ellos. Sólo habían quedado afuera, como de milagro, los tres niños que habían contado la aventura. Uno de ellos era patizambo y no había podido correr lo suficientemente rápido; otro, que había salido de la casa a toda prisa, apenas alcanzó a ponerse un zapato, chocó contra una piedra enorme y caminaba con dificultad; por último, el tercero había llegado a tiempo, pero en el forcejeo con los demás por entrar en la montaña se había impactado muy fuerte contra la pared de la montaña y se habían caído de espaldas en el momento en que la brecha se cerraba después de que habían entrado sus camaradas.
Al escuchar esto los padres se lamentaron aún más. Salieron corriendo armados de picas y azadones hacia la montaña y buscaron todo el día la abertura por la que habían desaparecido los niños, pero en vano. Por la noche volvieron a Hamelín desolados.
Pero el más triste de todos era el consejero del pueblo, pues había perdido tres niños pequeños y dos niñas, y además de todo, los habitantes de Hamelín lo llenaron de reproches, olvidando que la noche anterior todos habían estado de acuerdo con él.
¿Qué había pasado con estos niños desafortunados?
Los padres esperaban que no estuvieran muertos y que el cazador de ratas, quien con seguridad había salido de la montaña, se los hubiera llevado a su país. Es por eso que por varios años despacharon contingentes a varios países en su búsqueda, pero ninguno encontró ni rastro de los pobres pequeños.
Fue hasta mucho después que tuvieron algunas noticias.
Cerca de ciento cincuenta y cinco años después de estos hechos, cuando ya no quedaba ni uno de los padres, madres, hermanos o hermanas de aquel día, llegaron a Hamelín unos comerciantes de Bremen que volvían del este y qué pudieron hablar con los habitantes. Les contaron que al cruzar por Hungría pasaron una temporada en un país llamado Transilvania, donde los habitantes sólo hablan alemán, mientras que a su alrededor todos hablan húngaro. Estas personas dijeron que habían llegado de Alemania, pero no sabían cómo habían llegado a ese extraño país. “Estos alemanes no pueden ser otros que los descendientes de los niños perdidos de Hamelín”, dijeron los mercaderes de Bremen.
Los habitantes de Hamelín no tuvieron la menor duda y desde entonces dan por hecho que los húngaros de Transilvania son sus paisanos, cuyos ancestros fueron llevados hasta ahí cuando eran niños por el cazador de ratas. Hay cosas más difíciles de creer que está.

domingo, 30 de diciembre de 2018

Será a ti, Cerati y otros calambures

Cuenta la leyenda que, valiéndose de su ingenio, el sublime Francisco de Quevedo apostó la cena con sus colegas a que llamaba a la reina Isabel de Borbón coja en sus narices. La esposa del rey Felipe IV por supuesto que era coja, y por tal osadía es fácil pensar que cualquiera sería castigado más que severamente, pero no Quevedo: se dice que compró dos ramos de flores y abordando a su majestad en la plaza pública recitó: Entre el clavel blanco y la rosa roja, su majestad escoja. Entre el clavel blanco y la rosa roja, su majestad es coja.
No es algo comprobado, pero tampoco es imposible pensar que Quevedo no fuese capaz de semejante despliegue de humor negro y ensañamiento.
Entrando en materia, la artimaña de la que se valió el Señor de La torre de Juan Abad, se llama Calambur. Nuestro socorrido diccionario de la Real Academia de la Lengua Española dice que un calambur es una Agrupación de varias sílabas de modo que alteren el significado de las palabras a las que pertenecen. Hallamos formidables ejemplos en adivinanzas como: "oro no es, plata no es" o "lana sube, lana baja..." Pero esto de los calambures está no sólo en albures y adivinanzas, sino que se hallan hechos perlas en canciones. A continuación una muestra de las que conozco:
El una vez frontman de Soda Stereo tenía debilidad por los juegos de palabras, y no perdió oportunidad de dar muestras de su ingenio en las letras de sus canciones. Gustavo Cerati y sus calambures:

Al fin sucede / al fin su cd • planes sin vos / planes sin voz
Amor amarillo / Amor, amar y yo
Estoy azulado / Estoy a su lado
Siempre es hoy / Siempre soy

5. En torno a creación y tradición

Me gusta pensar que mi identidad es como un cielo nocturno, con una serie de estrellas componiendo constelaciones que representan todas esas...