martes, 20 de julio de 2021

Primera Musa o La Nueva Eva

A la naturaleza no le interesa el patrimonio histórico y cultural del hombre; no le importan sus conceptos de belleza, utilidad, apego o necesidad. El hombre opone una resistencia feroz contra los elementos para preservar su herencia, resistencia que es prolongar lo inevitable; no hablemos de la motivación psicológica que orilla al ser humano a esta desesperada defensa de sus obras, centrémonos en la naturaleza que no da tregua. No sólo las fuerzas indiferentes de los cuatro elementos, sino también la propia naturaleza del hombre —que huelga decir que, al ser parte del mundo, él también es agente de la destrucción de su legado—, aquella que le permite frenar los avances implacables de las tormentas, también puede ayudarlo a acelerar los desastres. El caso es que eventualmente todo queda sepultado, desintegrado, diseminado o reducido a cenizas; nos vemos en la penosa faena de escribir una nueva historia sobre los escombros, mismo argumento, diferentes actores. Así como los estratos de la tierra, las historias son palimpsestos y todo esto lo digo porque este cuento es un ejemplo no de reescritura, sino de sobreescritura: un nuevo génesis, diferente y semejante. Aborda una musa muda y la proyección del único, del último ser humano. Aunque todo se repita, no partimos de la nada, siempre hay un vestigio que determina el devenir de las cosas y que asegura la presencia de un testigo de la sucesión de tiempos del orden y el desorden; son estos vestigios los verdaderos protagonistas de la historia de la humanidad. Las ruinas son el alfa y el omega; lo que para las ruinas es la muerte, para nosotros es la vida, y tenemos que vivir porque con nuestra muerte damos paso a su existencia. Esta musa es la muerte y la vida simultánea de las ruinas, un punto que rompe el ciclo y hace del génesis el fin de todo.

y de la costilla que del hombre tomara, formó Yahvéh Dios a la mujer, y se la presentó al hombre.
Génesis 2:22

No hay nubes en el cielo. Nunca he visto una nube, aunque sé de ellas gracias a los libros. Tampoco he visto un mar que no sea negro, ni una tierra que no esté confusa y vacía; ni sé de luces ni tinieblas, porque desde siempre estuve en la suma de ambas, como vivo en la suma de la tierra y el agua. No hay vergel alguno, sólo un árbol de acero que concatena todas las especies que crecieron antes de la comunión de la tierra y el cielo. Ni que decir de la ausencia de benignos astros luminares y de días y estaciones; sólo hay fuegos errantes cruzando las alturas que parecen tener la intención de dejarme ciego. Un vestiglo sombrío que nada y vuela es el otro único ser vivo que sobrevivió al fin de todo, es estéril y sospecho que inmortal, pues está aquí desde antes de que yo naciera y se forma en la inacabable ringlera de los peligros que me acechan. Todo a mi al rededor es potencialmente deletereo. No hay días de reposo ni de sosiego. 
Nací de una madre que no llegué a conocer y de un padre que dió su aliento para mantenerme con vida. De ella no me queda nada y de él tengo sólo una multitud de palabras que nombran cosas que ya no existen.
Paso mi tiempo pensando en el mundo que los libros describen y enumerando todo lo que no conozco: ríos y lluvia; trabajo y ocio; ciudades y catervas; noches y días. Y comparo todas esas cosas plurales con la singularidad del mundo que habito.
Como dije, no sé quién es mi madre y por tanto no sé qué es una mujer. La voz de los muertos la pinta similar a mí, pero ni yo mismo sé a qué o quién me parezco. ¿Cómo puedo saber lo que es otro ser parecido a mí siendo tan ignorante de mi propia identidad? De hecho, no tengo nombre, porque nunca hubo menester de uno. Es irónico que me pueda diferenciar perfectamente de todo lo que me rodea pero que, al mismo tiempo no pueda atinar a decir qué, cómo y quién soy.
Anhelo lo desconocido, por eso me ocupo afanosamente de los libros. Y aunque están llenos de tanta nada, me orientan sobre algunas cuestiones prácticas de lo que es ser un hombre. Por ello estoy decidido a tener algo de ese antigüo mundo; y aunque buscar la aurora o alguna bestia amigable son proyectos tentadores, me gustaría conseguir, antes que nada, una mujer; un ser semejante a mí que pueda decirme quién soy yo.
Muchos libros afirman que de la mujer vienen los hombres y otras mujeres, se supone que toda la humanidad comparte ese origen; y bajo esta premisa, mi intención de conseguir una mujer se ve anulada. Otros libros —los menos— postulan la idea contraria: que del hombre puede provenir la mujer. Uno incluso habla sobre cierta operación quirúrgica con la que se puede extraer material genético del cuerpo del hombre y crear una mujer a partir de él.
Una mujer a mi imagen es todo a cuanto puedo aspirar porque el espejo, aunque me devuelve la impresión de lo que soy, no habla. Desconfío de todo lo que no habla. Me parece que el silencio miente y mi reflejo también. Una mujer a mi semejanza podría clarificarlo todo.
¿Pero de que parte de mí debería estar formada? No puedo elegir así como así, tiene que ser de una porción especial de mi cuerpo; nada indigno como mis manos o mi corazón. Me gustaría usar mi cerebro, pero el riesgo es demasiado alto. Podrían ser mis ojos... pero no, son proclives a engañarme.
Hacerla de mi piel me daría como resultado una mujer áspera y, hacerla de mis viceras, una mujer frágil. Siento que no hay materia útil, porque por más que repaso el catálogo de las partes de mi cuerpo, cada elemento es defectuoso de alguna forma.
Creo que debo hacerla de aquello que involucra a mi voz y a mi aliento; son las cosas más honestas que poseo y quiero que ella tenga eso ante todo.
Para la operación debería estar en un profundo sopor, pero no hay quien la practique por mí, así que abro mi cuerpo mientras estoy despierto y tomo parte de mi costado, del aire que respiro y de mis cuerdas vocales para hacer buenos nudos que sujeten su alma a su cuerpo.
Con cuidado cierro la incisión y me ayudo de analgésicos para paliar el dolor; al parecer dar vida siempre implica sufrir por ello.
Mis células van germinando en un cuerpo que de ninguna forma se parece al mío. Salvo por los cabos: manos, pies y cabeza, el centro es diferente; otra distribución de la carne, otra proporción del pecho. Ante la diferencia me consuelo al verla respirar, porque es un indicio de que podría hablar y hablando, decirme lo que tanto quiero saber.
Su rostro no es aquel falaz reflejo que veo en el espejo, es un poco más pequeño que el mío y sus rasgos tienen curvas y perfiles suaves, contrastan con lo que soy yo. Su piel es más clara que la mía, como lo es su cabello; en muchos sentidos parece un ser más acabado que yo, como si a mi cuerpo le hubiesen quitado todas sus imperfecciones.
El tenerla de contraste me va mostrando detalles superficiales de mi identidad: Somos correspondientes y estamos incompletos; ¿será que puedo cerrar el circuito de su existencia y ella el mío? Somos contrarios en algún sentido; ¿podré entenderme con un opuesto, yo que siempre estuve en singular? Somos únicos y plurales.
Ella despierta y no habla. Trato de darme a entender y explicarle lo que soy, lo que es ella, cuanto sucede y donde estamos. No tiene vida en sus ojos. Ella no soy yo, yo no soy yo.
Vivimos un día que nunca termina y las palabras que le digo se quedan suspensas en nuestra atmósfera, inundándolo todo. Temo que ella no pueda decirme nada sobre mí, temo también que ella esté en la misma situación que yo; que no comprenda quién es y que por tanto, no pueda ayudarme a descubrir quién soy. 
Como dicen los libros: un ciego guiando a otro ciego, el diálogo idiota entre un sordo y un mudo, la certeza de que uno nunca llega a comprender nada del todo...

martes, 6 de julio de 2021

Antología de cuentos sobre antropofagia: AS2. Anatema Antropófago (Pasajes bíblicos sobre antropofagia)

Antes que libro insignia de las religiones cristianas, La Biblia es literatura; una colección de obras que reunen la historia y tradición de un pueblo, pero no propiamente desde su gente, su tiempo o su territorio, sino desde su fe. La tentativa bíblica de explicar y ordenar el mundo se divide en dos testamentos: el antiguo y el nuevo, que para fines prácticos, encuentran su coyuntura con Jesús. 
Podemos decir que hay notables diferencias temperamentales entre estas dos colecciones, siendo la más acusada que en el antiguo testamento se nos presenta a un dios cristiano colérico, vengativo y violento —tal es así que a menudo recibe el epíteto de dios de los ejércitos—; mientras que en el nuevo testamento dios es amor (I Juan IV:8); clara oposición de su figura primordial. A mi parecer, el dios más interesante es el del antiguo testamento; un ser plagado de pasiones y contradicciones, más parecido a los celosos y egoístas dioses griegos que a su versión postcristiana. 
Este dios sombrío es quien propicia y dicta los desastrosos y funestos acontecimientos antecristianos: el diluvio universal (relato presente en casi todas las mitologías), la destrucción de la torre de Babel, de Sodoma y Gomorra, la esclavitud y posterior diaspora judía y toda suerte de guerras son la doble manifestación de su faz terrible, de la intención de redimir al género humano, pero sobretodo de la búsqueda de la purificación de su pueblo elegido, aún si ésta debe ser a través del fuego. 
Hablando de guerras, éstas son el marco de algunas de las historias más terribles jamás narradas. El conflicto bélico tiene la capacidad de subvertir la buena voluntad humana y llevarla al grado de cometer una nutrida gama de atrocidades, por ejemplo: la antropofagia; por lo que estos textos pertenece a la categoría de la Hambruna en la subcategoría de el Sitio. En cuanto a la cantidad de carne humana consumida, estamos frente a una auténtica masacre alimentaria. En la introducción general a esta antología, atribuyo los Banquetes a los salvajes y es este es el caso, pues el pueblo de Israel, ante el trance bélico, resulta ser una inopinada nación de salvajes, con la paradójica mentalidad de gente civilizada. Son, pues, un híbrido brutal de hombres convertidos en demonios por la necesidad, pero también de hombres constreñidos por el peso de sus pecados, que aún cometiendo los actos más desaforados y detestables, se purifican a los ojos de su dios y se aproximan a recibir su perdón.
Todos los pasajes que encontré guardan una especie de constancia narrativa que, a grandes rasgos, se concreta en dos condiciones: 
  1. La antropofagia es practicada como consecuencia del castigo divino (por este detalle, los textos no pertenecen a la categoría de lo Extraordinario, pues dios no ordena directamente que los hombres se devoren entre sí, antes, y como veremos, es algo que está terminantemente prohibido al género humano).
  2. Siempre es un subproducto de la condición de una ciudad sitiada durante una guerra aparentemente santa. No podemos hablar propiamente de canibalismo; pues quienes se ven obligados a consumir carne humana lo hacen con repugnancia y como último recurso para sobrevivir, pero jamás es una práctica cultural aceptada.
Los textos están ordenados sin atender una secuencia cronológica o causal; sino tratando de darle una continuidad a las 3 fases en cómo se desarrolla y concreta la antropofagia bíblica:
A. La amenaza del castigo: dios hace saber a los hombres (sobretodo a los infieles) que, si desoyen las disposiciones de su voluntad, él hará que sus ciudades sean sitiadas, y como consecuencia de esto, que tengan que devorar el fruto de su vientre.” Promesa que va maliciosamente encaminada hacia las mujeres antes que a los hombres.
B. El anatema: es la maldición y vaticinio explícito contra alguna tribu israelita en específico. Una vez desobedecida la voluntad divina, las señales de dios le indican a su pueblo que sobre ellos se cernirá la ira de éste, acompañada de las prometidas consecuencias funestas.
C. El cumplimiento de la maldición: mientras que la primera referencia es  supuesta y la segunda contingente, esta es la concreción del acto antropofágico que se aborda en pretérito.

Los puntos A y B parecen vagamente la misma cosa; pero tengo que hacer hincapié en que el caso de A está dirigido a los fieles en general, mientras que B está orientado a un grupo en particular; de allí la necesidad de hacer esta pertinente distinción.

Sobre los pasajes bíblicos
A. Tanto el libro de Levítico como el Deuteronomio pertenecen al Pentateuco, atribuidos a Moisés; es decir que ambos libros son de carácter jurídico y contienen los matices y las precisiones sobre las leyes y los ritos que el pueblo de Yavé (y, por extensión, la humanidad) debe guardar. En cuanto a la antropofagia, los pasajes presentados abordan el asunto de la promesa del castigo, continuación del tema de los beneficios de la obediencia (que huelga decir, no están incluidos), su contraparte. Cabe pensar que estas amenazas condicionan de algún modo la mentalidad del pueblo de Israel a propósito de los cercos y la hambruna, porque; un análisis sobre las causas y los efectos, nos haría suponer que, de verse ante el trance de una guerra y sitiados, los israelitas interpretarían el acontecimiento como una manifestación de justicia divina, lo que los llevaría a cometer el atroz acto de devorar el fruto de su vientre. Aunque esta idea sólo tiene validez pensando bajo el supuesto de la existencia de dios, en todo caso, ésta afirmación sobre la hambruna y recurrir a devorar la prole para sobrevivir, seguramente parte de la experiencia con la gran cantidad de guerras que debió sufrir el pueblo de Israel antes de su historia bíblica, de las que quizá ya no quedan memoria.
En Levítico se plantea la idea de la posibilidad de que el pueblo se arrepienta antes de que la tragedia sobrevenga; mientras que en Deuteronomio el texto carga hacia describir de forma mucho más gráfica y violenta las consecuencia de la desobediencia.
B. Los pasajes de este apartado pertenecen los libros proféticos de Jeremías y Ezequiel que hablan de los vaticinios del asedio de Jerusalén a manos de los Caldeos en el 581 a. C. (aunque Jerusalén ya había sido sitiada por Nabucodonosor II en 597 a. C.), este hecho es capital para la historia precristiana del pueblo de Israel y tal es su trascendencia que, para los autores cristianos posteriores, terminó siendo un tópico literario, el de Jerusalén sitiada y liberada.
Jeremías es más explícito sobre los pecados de los israelitas, de entre los cuales el más grave es el de la idolatría hacia otras deidades paganas y los holocaustos ofrecidos a éstas, como es el caso del mencionado Baal. Ezequiel es más general y sólo atribuye la maldición a la corrupción del pueblo de Israel.
C. Los pasajes de esta última parte hablan de la antropofagia como algo que ya aconteció, merced a guerras, sitios y cercos de enemigos extranjeros enviados por intervención divina. El primero de ellos proviene del libro de 2 Reyes y versa sobre el sitio de Samaria a manos de los Asirios. El profeta Eliseo —prototipo de Jesús— llegó a salvar un par de veces a la ciudad gracias a que gozaba del favor de dios, pero Samaria finalmente cae y el rey de ésta se ve interpelado por una mujer que cuenta la referencia más explícita sobre antropofagia en toda la Biblia. Lamentaciones y Baruc guardan continuidad con el libro de Jeremías, de hecho, el primero es frecuentemente atribuído a dicho profeta, aunque no siempre con evidencia muy convincente; en el caso de éste, se trata de una serie de cantos condolidos del testigo de la destrucción de Jerusalén que contrasta el antes y el después del asedio a manos de los Caldeos. En cuanto a Baruc, es un libro no siempre visto como canónico para algunas religiones cristianas, la mayor parte de su contenido no ofrece novedades significativas con respecto a los libros que le anteceden, pero es bueno tenerlo como última referencia sobre antropofagia en la Biblia, pues sintetiza de forma puntual la transición entre la amenaza, el anatema y el cumplimiento del castigo divino.

Sobre las (posibles) razones que explicarían el por qué la justicia divina viola las leyes de dios (o la paradoja de la redención por vías absolutas)
En el libro del Génesis, capitulo I, versículos 29 y 30, se nos dice que dios puso toda su creación a disposición del hombre; todo el vergel y cuantos animales habían, estarían destinados al sustento de éste. Podemos interpretar esto como la primera ley de todas cuando él mismo matiza en el siguiente capítulo, versículos 16 y 17, que el único alimento restringido para Adán y Eva, los fundadores de la estirpe humana, sería el fruto de los árboles de la vida y de la ciencia. Sabemos lo que pasó después: ellos incumplieron este mandato y fueron expulsados del Edén, a lo que dios agregó en el capítulo III, versículos 17 a 19, que Adán debería trabajar por su sustento todos los días de su vida, que le costaría el sudor su rostro
A medida que la historia bíblica avanza, la legislación celestial evoluciona y se cargan de nuevas restricciones y matices. En Génesis IX: 4 y 6 podría decirse que está la siguiente especialización que excluye al hombre de la dieta del hombre: (4) solamente os abstendréis de comer carne con su alma, es decir, su sangre; (6) el que derramare la sangre humana, por mano de hombre será derramada la suya; porque el hombre ha sido hecho a imagen de Dios. Aunque no se dice de modo explícito, se puede inferir que debido a la ascendencia celestial del hombre, su vida no debe ser tomada, ni su cuerpo consumido.  A propósito de la veda del consumo de sangre, también se hace hincapié en Levítico XVII:11, XIX:26 y en Deuteronomio XII:16. La sangre para el inveterado pueblo de Israel fue la quintaesencia de la vida, el lugar en el cuerpo donde se alojaba el alma; estaba consagrada sólo a dios, como decía por su ascendencia divina, pero también porque consumirla para el sustento equivaldría a vulgarizarla y hacer que perdiese su naturaleza sagrada profanándola. Hay más precisiones sobre lo que está permitido en la dieta y lo que en definitiva está prohibido, pero, salvo por la antropofagia, la mayoría de éstas restricciones serían revocadas en el Nuevo Testamento por Jesucristo (Marcos VII:14-23 y Mateo XV:10-20).
Existe, entonces, una especie de jerarquía en los preceptos de dios, y si bien los diez mandamientos son el frontispicio, hay leyes anteriores y de  mayor prominencia. Podríamos decir que estas leyes primordiales regulan el comportamiento del hombre en sí, son —lo que vamos a denominar— tabús; las leyes ulteriores, entonces, pretenden regular el comportamiento del hombre en sociedad. El problema de la justicia divina aparece cuando la cólera de dios se cierne sobre su pueblo en forma de un ejército enemigo cercando sus ciudades, pues como bien se viene mencionando, este asedió llevará a los israelitas a contravenir la ley elemental de no consumir carne humana. En rigor, este castigo hace de los culpables criminales mucho más despreciables a los ojos de dios de lo que ya lo eran. Entonces, ¿cómo podría ser justo el castigo, si su resultado criminaliza aún más a los culpables? En el fondo no hay una respuesta, porque ¿quién entiende los designios de dios? Solamente podemos limitarnos a especular partiendo del marco cerrado de la Biblia y los pasajes que puedan arrojar luz sobre esta contradicción.
Cuestionar si dios es justo o no sería inútil, puesto que la definición de dios implica necesariamente su naturaleza absolutamente benigna y por tanto justa, pese a todo. Pero, ¿con estas adversidades de guerras y hambres, dios quiere ajusticiar a su pueblo? No. En realidad no. Ninguno de los versículos paralelos a estos textos tratan a las maldiciones como escarmientos, dios no pretende hacer un ajuste de cuentas, puesto que en su infinita sapiencia es conciente de que no hay forma de deshacer lo que ya fue hecho, de modo que la justicia es más bien una quimera humana, un simulacro que pretende resarcir los daños que cometemos, olvidándonos de que, en efecto, el mal hecho es irreversible. En la Summa Theologiæ (1. 2. q. 100. art. 8), Santo Tomás habla sobre si las leyes del decálogo son dispensables, es decir que: ¿si uno rompiera uno de los diez mandamientos, dios podría perdonarlo?; el Santo concluye, simplemente, que no, puesto que dios al ser bondad pura no podría tolerar un acto de maldad y que al disculparlo, estaría aceptando tácitamente la maldad, cosa que entraría en conflicto con su definición original. Esta respuesta explicaría la naturaleza desmedida (desmedida en el sentido de que orilla a cometer nuevos crímenes, pues en varios momentos se deja en claro que la cólera de dios se cierne multiplicada setenta veces siete) del castigo divino; éste sería pura y llanamente castigo, sin intenciones de justicia, por lo que para dios, tanto da mentir como comer carne humana; no existe una jerarquía como la descrita  líneas arriba. Dios es como aquellos burgueses en un cuento de Villiers de L'Isle-Adam, dispuestos a cortarle la mano a un niño por robar una manzana. También explicaría, al mismo tiempo, el origen de castigos que derivan en más iniquidad, puesto que dios es implacable. ¿Verdad que el antiguo testamento es terrible?
Pero hay más, dios deja a su pueblo al borde de la destrucción, pero no lo termina de destruir, y eso se debe a la supuesta bondad que tiene, o a que en realidad su justicia divina es un mecanismo de control moral; me explico: nuestra justicia ha probado las más de las veces que los criminales que pagan de forma equivalente por el mal que hacen, no suelen redimirse. Todo lo contrario, parece que van en pos de corromperse cada vez más; la estrategia de dios para evitar esta corrupción es una paradoja: terminar de corromper a los criminales, pero a un grado hiperbólico, ciertamente es un salto exponcial que un hombre pase de adorar dioses paganos a comerse a sus hijos (aunque, no nos engañemos, estos cultos paganos también son ejemplos insignes de atrocidades, como muestra el de Baal, que precisa de sacrificios de infantes). Cuando dios conduce a su pueblo hasta ese trance, no hace sino ponerlo en una situación desesperada, tanto como la de aquel niño al que le cercenan la mano por robar, a quien nunca más le van a quedar ganas de sustraer ni un grano de arroz. Dios no pretende castigar los crímenes pasados, sino evitar los futuros. Es una percepción desmedida de la justicia, pero podría ser efectiva. Insisto, explica por qué la cura es peor que la enfermedad.
Una última conjetura, no menos plausible, es: la perdida de la buena voluntad de dios. Los enemigos de los israelitas lo son con o sin intervención divina; quiero decir, son el pueblo elegido, los favoritos siempre son objeto de envidias. En éste caso hablaríamos de un dios indiferente. El pueblo pecador cae de la gracia de dios y entonces se ve expuesto a las afrentas y acechanzas de sus enemigos. Cuanto les sucede en los asedios no es más que producto de la ausencia de dios y la falta de su protección. Cuando los centinelas faltan, las ciudades caen, dice un viejo verso. Obviemos los corolarios.

La sabiduría ancestral en la legislación celestial (o sustento empírico para los fenómenos sobrenaturales)
La razón por la que las primeras legislaciones son referentes a la alimentación se debe a que es más apremiante determinar lo correcto y lo incorrecto en esta materia que en la de la verdad y la mentira o la de la adoración y la idolatría; no se puede pensar en mentir o perjurar si uno no se provee la supervivencia primero; por esto, es menester que el ámbito de la alimentación sea ordenado y delimitado antes que nada. Los autores bíblicos no determinaron en si los detalles de la dieta, sino que reflejan una sabiduría ancestral sobre lo que es benigno y lo que es perjudicial para el cuerpo; sus apreciaciones son el resultado de milenios de experiencia que hasta entonces había pasado de forma oral entre los pueblos y que, en la práctica es más fácil decir: “no comas esto o aquello porque dios lo prohíbe” que apelar a la milenaria y a veces incomprendida experiencia proverbial. Es el caso, por ejemplo, del ayuno; ha acompañado a la humanidad por milenios y no es hasta ahora que gracias a los progresos científicos conocemos sus beneficios. Resulta que el ayuno estimula un proceso llamado autofagia celular; debido a la suspensión de ingesta de alimentos, el cuerpo se ve en la necesidad de hechar mano de sí mismo para sustentarse, las células más jóvenes y fuertes devoran a las viejas y estimulan la generación de nuevas células. El cuerpo atraviesa un breve lapso de rejuvenecimiento y depuración; es claro que si el ayuno se prolonga por demasiado tiempo, la autofagia se torna nociva. El caso es que, la sabiduría ancestral sabía —válgame la redundancia— que el ayuno era positivo para el cuerpo, aunque no podía explicar exactamente por qué; del mismo modo, las legislaciones ancestrales tienen fundamentos símiles que son más fáciles —insisto— de explicar por la providencia a falta de evidencia.

A. Amenaza de castigo

Levítico XXVI : 23-29 / Consecuencias de la desobediencia
23 Si con tales castigos no os convertís a mí y seguís contra mí, 24 yo a mi vez marcharé contra vosotros y os rechazaré, y os heriré también yo siete veces más por vuestros pecados; 25 esgrimiré contra vosotros la espada vengadora de mi alianza; os refugiareís en vuestras ciudades, y yo mandaré en medio de vosotros la peste, y os entregaré en manos de vuestros enemigos, 26 quebrando todo vuestro sostén de pan; diez mujeres cocerán el pan en un solo horno, y lo darán tasado; comeréis y no os hartaréis.
27 Si todavía no me obedecéis y si seguís oponiendoos a mí, 28 yo me opondré a vosotros con furor y os castigaré siete veces más por vuestros pecados. 29 Comeréis las carnes de vuestros hijos; comeréis las carnes de vuestras hijas.

Deuteronomio XXVIII:47-57 / Bendiciones y maldiciones
47 Por no haber servido a Yavé alegre y de buen corazón, en abundancia de bienes, 48 habrás de servir en hambre, en sed, en desnudez y a la indigencia de todo a los enemigos que Yavé mandará contra ti; Él pondrá sobre tu cuello un yugo de hierro, hasta que te destruya. 49 Yavé hará venir contra ti, desde lejos, desde el cabo de la tierra, una nación que vuela como el águila, cuya lengua no conoces, 50 gente de feroz aspecto, que no tiene miramientos con el anciano ni perdona al niño, 51 que devorará las crías de tus ganados y el fruto de tu suelo, hasta que seas exterminado; no te dejará ni trigo, ni mosto, ni aceite, ni las crías de tus vacas y de tus ovejas hasta hacerte perecer. 52 Pondrá sitio a todas tus ciudades, hasta que caigan en tierra las altas y fuertes murallas en que habrás puesto tu confianza; te asediará en todas tus ciudades, en toda la tierra que Yavé, tu Dios, te habrá dado. 53 Comerás el fruto de tus entrañas, la carne de tus hijos y tus hijas, que Yavé, tu Dios, te habrá dado; tanta será la angustia y el hambre a que te reducirá tu enemigo. 54 El hombre de entre vosotros más delicado y más hecho al lujo mirará con malos ojos a su hermano, a la mujer que en su seno reposa y a los hijos que todavía le queden, 55 para no tener que dar a ninguno de ellos de la carne de sus hijos, que él se comerá, por no quedarle otra cosa que comer en el cerco y en la angustia a que te reducirá tu enemigo en todas tus ciudades. 56 La mujer de en medio de ti más delicada, la más hecha al lujo, demasiado blanda y delicada para probar a poner sobre el suelo la planta de su pie, mirará con malos ojos al marido que en su seno reposa, a su hijo y a su hija, 57 a las secundinas que salen de entre sus pies y al hijo que acabará de dar a luz; porque, faltos de todo, llegaréis hasta comer todo eso en secreto, tanta será la angustia y el hambre a que te reducirá el enemigo dentro de tu ciudades.

B. El anatema antropofágico

Jeremías 19:1-11 / La señal de la vasija rota
1 Así dice Yavé: Ve y cómprate una orza de barro y lleva contigo algunos de los ancianos del pueblo y de los sacerdotes. 2 y sal al valle de Ben-Hinmon, delante de la puerta de la Alfarería, y pronuncia allí las palabras que yo te diré. 3 Dirás, pues: Oíd la palabra de Yavé, reyes de Judá y habitantes de Jerusalén. Así dice Yavé de los ejércitos, Dios de Israel: He aquí que traeré sobre este lugar males que a cuantos los oigan les retiñirán los oídos, 4 por haberme dejado a mí y haber enajenado este lugar, ofreciendo incienso en él a dioses ajenos, que no conocían ni ellos, ni sus padres, ni los reyes de Judá, llenando este lugar de sangre de inocentes, 5 y edificando los altos lugares a Baal, para quemar sus propios hijos como holocausto a Baal, lo que yo no había mandado ni me había venido a la mente. 6 Por eso, he aquí que vendrán días—oráculo de Yavé—en que no se llamará ya a este lugar «Tufet» y «Valle de Ben-Hinmon», sino «Valle de la mortandad». 7 En este lugar frustraré yo los designios de Judá y de Jerusalén, y los haré caer a espada ante el enemigo y a mano de cuantos buscan sus vidas, y daré sus cadáveres en pasto a las aves del cielo y a las fieras de la tierra. 8 Y haré de esta ciudad la desolación y la burla, de modo que cuantos pasen por ella se asombran y silben irónicamente sobre todas sus heridas. 9 Y les haré comer la carne de sus hijos y de sus hijas, y se comerán unos a otros en las angustias y apreturas con las que les estrecharán sus enemigos, que buscan sus vidas. 10 Y romperás la orza a la vista de los que te acompañan, 11 y les dirás: Así dice Yavé de los ejércitos : Así romperé yo a este pueblo y a esta ciudad, como se rompe un cacharro de alfarero, sin que puedan volver a componerse.

Ezequiel V: 5-11 La depopulación de Judá y Jerusalén
5 Así dice el Señor, Yavé: Esta es Jerusalén. Yo la había puesto en medio de las gentes y de las tierras que están en derredor suyo. 6 Ella se rebeló contra mis mandatos, malvada, más que las gentes, y contra mis leyes, más que las tierras que están en torno suyo, despreciando mis mandamientos y mis leyes y no andando por ellos. 7 Por tanto, así dice Yavé: Por ser más rebelde que las gentes que os rodean, y no haber seguido mis mandamientos, y no haber obrado según mis leyes, y hasta ni siquiera no haber hecho según las costumbres las gentes que están en torno vuestro, 8 por eso así dice el Señor, Yavé: Heme aquí contra ti a mi vez para hacer justicia en ti, a la vista de las gentes, 9 y haré en ti lo que no hice jamás y como jamás volveré hacer por todas tus abominaciones. 10 Por eso dentro de ti se comerán los padres a sus hijos, y los hijos se comerán sus padres; cumpliré en ti mis juicios, y lo que de ti reste, lo esparciré a todos los vientos.
11 Por mi vida, dice el Señor, Yavé, ya que tú has profanado mi santuario con todas tus fornicaciones, yo también te abatiré a ti, sin que perdone mi ojo, sin misericordia. 12 Una tercera parte de tí morirá dentro, de pestilencia y de hambre; otra tercera parte caerá en derredor tuyo a la espada, y la otra tercera parte la esparciré a todos los vientos, e iré tras ella con la espada desenvainada.

C. Cumplimiento de la maldición

2 Reyes VI:24-30 / Eliseo y el sitio de Samaria
24 Después de esto, Ben Adad, rey de Siria, reunió todo su ejército, y subiendo, puso cerco a Samaria. 25 Hubo en Samaria mucha hambre, y de tal modo la apretaron, que un jómer del mosto valía ochenta siclos de plata, y el cuarto de un cab de harina fina, cinco siclos de plata. 26 Pasando el rey por la muralla, le gritó una mujer: «¡Sálvame, oh rey, mi señor!» 27 Y el rey de respondió: «Si Yavé no te salva, ¿cómo voy a salvarte yo? ¿Con algo de la era o con algo del lagar?» 28 Preguntóle luego el rey: «¿Qué te pasa?» Y ella respondió: «Esta mujer me dijo: Trae a tu hijo y lo comeremos hoy, y mañana comeremos al mío. 29 Cocinamos, pues, a mi hijo y lo comimos, y al día siguiente yo le dije: Trae a tu hijo para que lo comamos, pero ella ha escondido a su hijo». 30 Cuando el rey oyó las palabras de esta mujer, rasgó sus vestiduras mientras iba por la muralla, y la gente vio que por dentro estaba vestido de saco.

Lamentaciones II:16-20 / Jerusalén destruida
16 Pe.—Todos tus enemigos abren su boca contra ti, | silban y dentellan, diciendo: ¡La hemos devorado! | Es el día que esperábamos, lo hemos alcanzado, lo hemos visto.
17 Ayin.—Ha realizado Yavé en ti lo que había decretado, | ha cumplido la palabra que de antiguo dio: ha destruido sin piedad, | te ha hecho el gozo de tus enemigos, ha robustecido a los que te aborrecían.
18 Sade.—Clama al Señor desde tu corazón, ¡virgen hija de Sión!; | derrama lágrimas a torrente día y noche, | no te des reposo, no descansen las niñas de tus ojos.
19 Qof.—Levántate y gime de noche, al comienzo de las vigilias; | derrama como agua tu corazón en la presencia del Señor, | alza a Él las palmas por las vidas de tus pequeñuelos.
20 Res.—Mira, ¡oh Yavé!, y considera a quién has tratado así. | ¿Habrán de comer las madres su fruto, a los niños que amamantan? | ¿Habrán de ser muertos en el santuario del Señor sacerdotes y profetas?

Lamentaciones IV:2-11 / Jerusalén asediada
2 Bet.—Los hijos de Sión, preciados y estimados como oro puro, | ¡cómo son tenidos por vasijas de barro, obras de las manos del alfarero!
3 Guímel.—Aún los chacales dan la teta y amamantan a sus crías. | Pero la hija de mi pueblo se ha hecho tan cruel como los avestruces del desierto.
4 Dalet.—La lengua de los niños de teta se ha pegado de sed al paladar. | Los pequeñuelos piden pan, y no hay quien se lo parta.
5 He.—Los que se nutrían de manjares delicados perecen por las calles. | Los que se criaron vistiendo púrpura se abrazan a los estercoleros.
6 Wau.—Mayor ha sido la culpa de la hija de mi pueblo que la de la misma Sodoma, | que fue destruida en un instante, sin que nadie pusiera en ella la mano.
7 Zain.—Eran sus nazarenos más resplandecientes que la nieve, más blancos que la leche, | más rubicundos sus huesos que el coral, y un zafiro era su cuerpo.
8 Jet.—Y están más negros que la negrura: no hay quien los conozca por las calles. | Está su piel pegada a los huesos, seca como un leño.
9 Tet.—Los muertos a espada fueron más dichosos que los caídos de hambre, | que se consumen famélicos, faltos de los frutos de la tierra.
10 Yod.—Manos de tiernas mujeres cosieron a sus hijos, | sirviéronles de alimento en el quebranto de la hija de mi pueblo.
11 Kaf.—Apuró Yavé su saña, derramó su abrasada ira, | y encendió un fuego en Sión que ha consumido sus cimientos.

Baruc II:1-4
1 Cumplió Yavé la palabra que había dado contra nosotros y contra nuestros gobernantes que regían a Israel, contra nuestros reyes, contra nuestros príncipes y contra todo varón de Israel y de Judá, | 2 de traer sobre ellos grandes males |  cuales no los había hecho debajo de todo el cielo, | como fueron hechas en Jerusalén | según lo que está escrito en la Ley de Moisés, | 3 que comeríamos las carnes de nuestros hijos | y de nuestras hijas | 4 y los entregaría a poder de todos los reinos nuestros vecinos | para escarnio y espanto de todos los pueblos en derredor, | entre los cuales los dispersó el Señor.

miércoles, 28 de abril de 2021

Apología de Ícaro y la jaula

Dicen que Minos encerró a Dédalo y a su hijo Ícaro por culpa de cierta acusación, pero Dédalo creó para ellos dos alas postizas y así escapó volando junto a Ícaro.
Historias increíbles / Paléfato

Se cuenta que Minos, al enterarse de la fuga de Teseo, encerró por su delito a Dédalo en el laberinto, junto con su hijo Ícaro, que había tenido de Náucrate, una esclava de Minos. Pero él fabricó unas alas para sí y para el muchacho. Al echar a volar, le instó a no hacerlo ni demasiado alto, para evitar que las alas se descompusieran al derretirse la cola por efecto del sol, ni cerca del mar, para que no se estropearan por la humedad. Pero Ícaro, ignorando a su padre, en su entusiasmo se dejó llevar cada vez más alto; hasta que se derritió la cola y murió en su caída al mar
Biblioteca / Apolodoro

Después que la mano última a su empresa impuesto se hubo, su artesano balanceó en sus gemelas alas su propio cuerpo, y en el aura por él movida quedó suspendido. Instruye también a su nacido y: “Por la mitad de la senda que corras, Ícaro”, dice, “te advierto, para que no, si más abatido irás, la onda grave tus plumas, si más elevado, el fuego las abrase. Entre lo uno y lo otro vuela, y que no mires el Boyero o la Ursa te mando, y la empuñada de Orión espada. Conmigo de guía coge el camino.” Al par los preceptos del volar le entrega y desconocidas para sus hombros le acomoda las alas. Entre esta obra y los consejos, su mejillas se mojaron de anciano, y sus manos paternas le temblaron. Dio unos besos al nacido suyo que de nuevo no había de repetir, y con sus alas elevado delante vuela y por su acompañante teme, como la pájara que desde el alto, a su tierna prole ha empujado a los aires, del nido, y les exhorta a seguirla e instruye en las dañinas artes. También mueve él las suyas, y las alas de su nacido se vuelve para mirar.
Metamorfosis / Ovidio

Así pues, Dédalo fabricó y acopló unas alas a su cuerpo y al de su hijo Ícaro, y salieron volando de allí. Ícaro, elevándose a gran altura, calentada la cera por el sol, cayó al mar, que por ello se llamó «mar Icario».
Fábulas, XL 4 / Higino

Por tanto, quienes como Ícaro se elevan a gran altura y se aproximan al sol, sin ser conscientes de que tienen alas pegadas con cera, terminan por causar gran estruendo al precipitarse de cabeza al mar; en cambio, aquellos que, a imitación de Dédalo, no tienen ambiciones excesivamente altas y exorbitantes, sino a ras de superficie —de modo que la cera se humedezca de vez en cuando por el oleaje—, terminan por lo general sin novedad en sus travesías aéreas
El sueño o el Gallo / Luciano de Samosata

El nombre de Ícaro se ha usado como sinónimo de imprudencia a lo largo de los siglos y lo ancho de los territorios. La imagen de su figura alada precipitándose hacia el mar Egeo, con las alas deshechas, es un poderoso disuasor de las conductas extremas; o al menos, eso pretenden vendernos con su mito trocado en fábula. Sólo que, a mi ver, el vuelo fallido de Ícaro se juzga de forma infame y favorece la doctrina cristiana del cuarto mandamiento: el imperativo de obediencia a los padres.
Hasta nuestros días, han llegado una buena tanda de versiones del mito de Ícaro y su primerúltimo vuelo; desde las laconicas y sintéticas de Apolodoro e Higino, pasando por la poética de Ovidio, la racionalista de Paléfato, que junto con la de Luciano es, también, de orden moralista. El caso es que todas terminan sirviendo para sacar moraleja del hecho trágico.
Permíteme, paciente lector, que haga una síntesis del mito antes de que analicemos sus implicaciones y tamicemos la verdad que hay en él: 
Resulta que el padre de Ícaro, Dédalo, era un hombre fecundo en ardides y artesano casi inigualable; su genialidad le había granjeado buena reputación y fama, pero un don siempre suele venir acompañado de un porvenir desgraciado y la envidia hizo que nuestro esforzado ingeniero atentara contra la vida de su sobrino Pérdix, otro hábil artesano que vivía con él para aprender de su genio; este episodio es una suerte de prolepsis irónica del destino que le deparaba a su hijo Ícaro; pues, el modo en el que trató de deshacerse de su sobrino fue arrojándolo desde un acantilado. Sólo la intervención benigna de una piadosa deidad pudo hacer que el muchacho se salvara, a precio de transformarse en ave para remontar en vuelo y evitar la precipitación mortal. La justicia buscó ocuparse del ahora criminal Dédalo que terminó por llegar a la corte del rey de Creta, Minos. Allí sirvió como inventor real. Tiempo después, la esposa de Minos, Pasífae, cayó víctima de una pasión aberrante hacia un bello toro blanco; unas tradiciones dicen que fue un castigo de Posidón, pues Minos le había prometido sacrificar al toro blanco sin cumplirlo al final; otras dicen que la inspiración zoofílica la propició Afrodita porque Pasífae no cumplía con los debidos sacrificios para honrar a la diosa. El caso es que gracias al arte de Dédalo, la reina pudo consumar su deseo con el animal, pues nuestro inventor le construyó una especie de cuerpo de vaca hueco donde la reina se introdujo. De esta relación nació el Minotauro y Minos ordenó a Dédalo la construcción de un laberinto para albergarlo, que no encerrarlo. En otro orden de acontecimientos, el rey había obligado a los atenienses a pagarle un tributo humano cada cierto tiempo para alimentar al híbrido, en una de esas ofrendas había llegado Teseo, quien terminaría por dar muerte al Minotauro y para poder salir del laberinto recibió ayuda de Ariadna, hija de Minos, y Dédalo; este último, por su delito de colaboración, finalmente fue encerrado en el laberinto junto con su aún infante hijo, Ícaro. Otro toque poético, el creador víctima de su obra.
Hasta este punto tenemos un perfil bastante claro de la trayectoria, el talante y el talento de Dédalo; y hay que decir que resulta contrastante que en la fábula de Ícaro, su padre termine siendo un símbolo de sabiduría y razón, cuando sus antecedentes más bien maculan la benigna imagen que se nos ofrece de él.
Los mitógrafos no se ponen de acuerdo en cuánto tiempo pasaron reclusos en el inextricable edificio de Creta, lo que es cierto es que Ícaro entra siendo un niño y escapa siendo un adolescente, que por lo demás, es la edad del descarrio y la sordera voluntaria. Detalles más, detalles menos: Dédalo construye, con plumas y cera, unas increíbles alas que les permiten escapar —tangencialmente— del encierro; pero antes de hacerlo, Dédalo le aconseja a Ícaro ni volar demasiado alto, por riesgo a que la cera se derrita y las alas se destruyan; ni volar demasiado bajo, para evitar que las plumas se mojen en el mar y se vuelvan demasiado pesadas para remontar el vuelo. Consejo que el muchacho no atiende, lo que lo conduce a su perdición.
En esta parte del mito se conjugan todos los elementos moralizadores que le han valido su efectividad: el viejo sabio, el muchacho inexperto, el concejo prudencial, el riesgo mortal de no atenderlo y el resultado aciago. Todo cifrado en un elegante tono metafórico donde el sol y el mar representan los extremos de los que los jóvenes deben cuidarse y el vuelo la figura máxima de la libertad que se goza a esa edad. En otro momento aludí al hecho de que los consejos no tienen la efectividad que se les atribuye, y que en realidad, en lugar de evitar una pena, la decretan; qué mejor ejemplo de ésto que la advertencia de Dédalo.
Pero, pensemos un segundo en las condiciones a las que estaba sometido Ícaro: en primera instancia, vivió la mayor parte de su vida en la reclusion más perfecta de todas; el laberinto, suma de paredes y cámaras, donde cada cosa estaba en su lugar; todo ordenado para comunicar a sus habitantes la noción exacta de que estaban adentro. No había forma de equivocarse, la distinción del afuera estaba en su plenitud. Para Ícaro todo tenía una orientación invariable, con el suelo siempre bajo sus pies y las paredes siempre en sus flancos, con el cielo inalcanzable, inmóvil y también siempre en su lugar. Creció como prisionero: ave de jaula. En la medida de lo posible, esto no fue realmente malo per se, pues para la mente de Ícaro no existia más libertad de la que le otorgaban sus paredes; a diferencia de Dédalo, él no podía anhelar el exterior puesto que su ingreso al laberinto se dió a la edad en que aún no había racionalizado la diferencia entre ser libre y ser recluso; entre afuera y adentro. En segunda instancia, la mente de Ícaro recibió siempre la utopía de la libertad; los mitógrafos no lo cuentan, por supuesto, pero no es difícil imaginar, que padre e hijo, presos año tras año, hablaron de aquello que el muchacho no llegó a conocer; Dédalo se encargó de embriagar la mente del joven con sueños de una libertad que por lo demás, no era capaz de entender. Una paradoja, porque el padre trataba de transmitirle algo intransmitible a su hijo: la noción de una vida anterior con la justa medida de límites y libertades, la experiencia de la vida exterior. Sin darse cuenta, Dédalo envenenaba la percepción de la realidad de Ícaro y lo precipitaba desde antes al mar sin ni siquiera haber despegado.
Es verdad que Ícaro era joven y por lo tanto inexperto, pero decir que este fue el factor decisivo en su caída es cegarse a un hecho anterior y de mayor peso que la obvia conjetura de que cayó por no escuchar el consejo de su padre. Ícaro, no es, como se ha dicho, víctima de su desobediencia en sí, sino más bien, víctima de un problema de destemplanza. Es decir, cuando nosotros hacemos pasar una materia de una temperatura muy baja a otra muy alta, sucede que la dañamos, en el mejor de los casos, o la destruimos en el peor de ellos. Ícaro, ave de jaula, es puesto subitáneo en la libertad más total de todas con la capacidad del vuelo. De repente, para el muchacho, desaparecieron todos los indicios de orientación, no hubo más arriba, abajo, izquierda o derecha; no hubo ningúna pared, ningún suelo, estaba suspendido en el aire con la posibilidad de moverse sin que nada le reclamara un orden y una dirección. Fue la materia que obligan a pasar de una temperatura extrema a otra no menos extrema. A diferencia, por ejemplo, de Faetonte —otro mítico personaje grecolatino— que roba los caballos de Helios y cruza el cielo con los animales desbocados, carbonizado la tierra y muriendo por su travesura, Ícaro no era responsable de su situación; cada aleteo hacia el sol, era resultado del vértigo y el frenesí. En su incapacidad de discernir, el cielo parecía ser el único limite que la naturaleza le ofrecía para asirse y darle sentido de orientación a su vuelo.
Aquellos que se dedican a rehabilitar aves cuando son heridas, o que las crían en cautiverio, para después liberarlas, saben que la transición debe ser paulatina, de lo contrario, el destino del ave es invariablemente la muerte; con esto no quiero decir que a Ícaro se le pudo haber preparado para la supervivencia; hay cosas que simplemente no se pueden enseñar. Todo en el escape urdido por Dédalo estaba diseñado para la salvación de éste, más el método, por dondequiera que se le busque, no era aplicable a la situación de su hijo sin que el riesgo fuese muy alto.
Hay una revelación sutil en el problema de Ícaro que los moralistas se han empeñado en ignorar porque desvirtúa la enseñanza que podemos extraer de esta historia, que: el joven no estaba prisionero. El verdadero preso era su padre; la estancia del muchacho en el laberinto fue más bien un efecto colateral. Su crecimiento y el nacimiento de su conciencia sucedieron entre las paredes, él no tenía un mundo exterior al cual volver, dado que él ya estaba en su propio exterior. El anhelo de Dédalo fue lo que condenó a su desendiente.
En una conversación entre Juan José Arreola y Jorge Luis Borges, el primero le dice al segundo que en uno de sus textos (“La trampa”) citó —mal— un aforismo de Franz Kafka: «Hay un pájaro que vuela en busca de su jaula»¹, a lo que Borges responde que no es de Kafka, sino de e. e. cummings. Lo cierto es que la metáfora cambiada de Arreola tiene mucho atractivo: proponer que un ave vuela buscando una jaula. Si nos dejamos llevar por el sentimentalismo, un ave enjaulada resulta una estampa patética y descorazonadora; hemos crecido con el placer de poder volver la vista hacia arriba y tener la dicha mayor de ver el noble vuelo de un ave. Lo que sucede es que el contraste es otra destemplanza: el ave que goza de la libertad total vs. el ave enjaulada sin esperanza de remontar los aires de nuevo. Al final, es fácil sentir una honda pena por el ave enjaulada, porque hemos idealizado su experiencia de libertad, tal como Dédalo idealizó su experiencia y la transmitió a su hijo.
El problema se agrava, porque todo deriva en contrastes: el matiz del hombre libre hecho preso; el matiz del hombre que no es preso, pero al que se le hizo creer que sí lo es, y... en todo caso ¿qué es la libertad? 
No va a faltar quien alce la voz en defensa de la libertad de Ícaro, y por supuesto que se la negaron, pero no se puede castigar a alguien si no es culpable; quiero decir, el carácter punitivo del encierro de Ícaro es un desproposito: porque le quitaron la libertad antes de que tuviese la conciencia para apreciarla, dicho de otro modo: no te quitan lo que no tienes; si acaso, poseía el remanente empírico de su padre, insuficiente para darle la posibilidad de sufrir en intensidad y extensión su cautiverio. Sé que ya lo dije, pero hace falta hacer hincapié en esta idea: Ícaro no era preso. Volviendo a la pregunta sobre qué es la libertad, mi respuesta es que: es una prisión imperceptible.
En la lengua inglesa hay un par de palabras que hacen (una necesaria) distinción entre las dos manifestaciones de la libertad en la teoría y en la praxis: freedom (libertad sin ningún tipo de restricción) y liberty (libertad dentro de un marco definido por una serie de leyes). Es claro que el cautiverio de Ícaro y Dédalo obedece al orden de la libertad práctica. En sí misma, no se puede dar o quitar la libertad teórica. Son los marcos sociales los que delimitan lo que podemos hacer y decir. Esto es lo que me hace afirmar que Ícaro no era prisionero, pues en el cautiverio que compartía con su padre, él era libre; vivía conforme a un orden, estando en una especie metasociedad, con su respectiva metalibertad práctica.
En el sentido estricto, no hay un sólo hombre libre, al respecto de esto, en su Diccionario del diablo Ambrose Bierce define de manera irónica que la libertad es la «exención de la coacción de la autoridad en apenas media docena de la infinita multitud de restricciones a las que estamos sometidos». Y es que la suma de libertades de todos los hombres que viven en común, dan como resultado, paradójico una suma de restricciones: el derecho de uno colinda con el derecho de los demás y esto forma el complejo entramado de los límites. Pero en el mito de Ícaro sucede que el encierro le otorga en flor la libertad teórica que rara vez se alcanza. Su reclusion fue más bien retiro y de este modo, la figura de Ícaro debe adquirir una cualidad que se le ha negado hasta ahora, la de libre aún entre muros, a pesar de lo inconcebible que esto pueda sonar.
En la obra de teatro Eleutheria (Libertad), Samuel Beckett pone un sentido diálogo en labios de su personaje Víctor Krapp y un espectador de su drama:

Víctor—.“Se dice pronto. Siempre he querido ser libre. No sé por qué. No se tampoco qué quiere decir ser libre. Aunque me arrancaran todas las uñas no sabría decírselo. Pero lejos de las palabras, sé lo que es. Siempre lo he deseado. Sólo deseo eso. Primero era prisionero de los otros. Entonces, les abandoné. Luego estaba prisionero de mí. Era peor. Entonces, me abandoné.”  

Espectador—. “Pues es apasionante. ¿Cómo se abandona uno?”

[...]

Víctor—. “Siendo lo menos posible. No moviéndome, no pensando, no soñando, no hablando, no escuchando, no percibiendo, no sabiendo, no queriendo, no pudiendo, y así sucesivamente. Creía que esas eran mis prisiones.” [...] “Si estuviera muerto, no sabría que estoy muerto. Es lo único que tengo contra la muerte. Quiero disfrutar mi muerte. Eso es la libertad: verse muerto.” 

Claro que la libertad que describe Beckett está rayana con el nihilismo y tiene su respectiva dosis de aporia. Lo cierto es que introduce un relieve importante en la descripción del problema de la libertad: que la prisión son los otros, la vida en sociedad y sus implicaciones. Y es que en realidad, visto con fatalismo, cualquier cosa es un esclavismo. En su retiro, Ícaro no podía ser conciente de que su condición de encierro en realidad constituía el estado de gracia de la libertad, pero en Dédalo esta condición no podía ser alcanzada, él no comprendía —como reza un verso de Robert Lovelace— que «los muros de piedra no hacen una prisión», que la prisión la hace la mente, la conciencia de la reclusion y el contraste de una vida anterior de virtual libertad. Hace unas líneas, cuando definí la libertad en términos de una prisión imperceptible, hacia referencia a que la prisión de Dédalo era el exterior, donde no podía darse cuenta de los esclavismos que lo sometían, mientras que la de Ícaro, era el interior del laberinto, donde justamente vivía a sus anchas de no percibir a las paredes y cámaras como límites.
Seguramente, estimado lector, habrás oído o leído que «el preso perfecto es el que no sabe que está en prisión». Y hasta antes de que Ícaro supiera que vivía dentro de un laberinto y que había un mundo exterior, además del suyo, fue un preso perfecto. Pero tanto da ser preso perfecto, como ser libre, porque finalmente a quien le importa que alguien haya sido privado de su libertad es a quien lo encerró en primer lugar, en este caso, el rey Minos, sólo que él quería recluir a Dédalo; y en conclusión, no hubo nadie que obrara como conciencia del cautiverio de Ícaro... nadie, excepto su propio padre, que hizo de su hijo participe de su pena por extensión.
El estado incompatible entre la situación de Dédalo y la de Ícaro, los había puesto en peligro eventual; el de que la libertad de uno costase la del otro.
Una conciliacion era imposible: si a Dédalo se le hubiese explicado que su hijo no adolecía de falta de libertad, probablemente habría llegado a un razonamiento semejante al del señor Yorick, protagonista de El viaje sentimental entre Francia y España del escritor irlandés Lawrence Sterne:
“—Después de todo, la Bastilla, ¿qué? La palabra es la que da miedo. Dígase lo que se quiera, la Bastilla no es más que el nombre con que se designa una torre; y una torre es el nombre que se da a una casa de donde no se puede salir. ¡El cielo sea, pues, con los gotosos! Porque éstos se encuentran encerrados en casa dos veces al año. Con nueve libras al día, y pluma y tinta y papel y paciencia aunque no pueda uno salir, puede encontrarse bastante bien, al menos por un mes y hasta seis semanas. Y al cabo de este tiempo, si no es uno un ente dañoso, su inocencia acaba por triunfar, y sale uno del encierro mejor y más sabio que antes. / Pensando en esto, me bajé al patio, no se para qué, y aun me acuerdo de que iba yo bajando la escalera orgullosísimo de mis reflexiones. / —¡Mal haya el pincel sombrío que se complace en destacar con mortales colores los aspectos tristes de la vida —me decía yo jactanciosamente—. La mente se aterroriza ante los objetos de espanto cuya magnitud ella misma ha exagerado y cuyos tintes ella misma ha ennegrecido. Pero redúzcanse estos a sus proporciones y calidad verdaderas, y resultan desdeñables. Verdad es —continué rectificándome un poco— que la Bastilla no es precisamente un obstáculo desdeñable; pero si le quitamos sus torres, llenamos sus fosos, desguarnecemos sus puertas y la reducimos a un simple lugar de refugio, y suponemos que algún quebranto de la salud nos obliga a permanecer en ella, y no la voluntad tiránica de los hombres, el mal se desvanece, y lo que de él queda se puede sufrir sin una queja. / De pronto interrumpió los deleites lógicos de mi soliloquio una voz que me pareció la de un niño que se quejaba precisamente de que "no podia salir." Busqué arriba y abajo con la mirada, y no viendo a hombre, niño, ni mujer continué hacia al patio sin hacer caso. / Pero al volver del patio, y en el mismo sitio de la escalera, me pareció oír las mismas voces repetidas dos veces. Alcé los ojos, y descubrí un estornino colgado en una jaula que no hacía más que gritar: / —¡No puedo salir! ¡No puedo salir! / Me puse a contemplar el pájaro, y vi que, cuando alguien pasaba por la escalera, el pájaro volaba mismo lado y recomenzaba los lamentos de su cautiverio: —¡No puedo salir! / —¡Pobrecillo! Pues yo te voy a dejar salir, cueste lo que cueste / Y volví la jaula, para abrir la puerta que daba sobre la pared. Pero la puerta estaba sujeta y tejida con alambres tan fuertes, que para abrirla había que despedazar la jaula. Me puse a la obra con ambas manos. / El pájaro acudió al sitio por donde trataba yo de abrir la brecha y metiendo la cabeza por entre la reja, se apretaba con impaciencia. / —¡Me temo que no voy a poder liberarte, pobre criatura! / —No —me contestó el estornino— ¡No puedo salir! ¡No puedo salir! / ¡Ay! Nunca he padecido como entonces. Jamás incidente alguno me ha vuelto con más eficacia al sentido de la vida, en medio de las sofisterías de mi razón. Aunque el ave hablaba de un modo mecánico, con tal tono de naturalidad profería las tremendas palabras, que al punto echaron por tierra mis razonamientos sistemáticos sobre la insignificancia de la Bastilla. Y subí lentamente, desdiciéndome de cuanto dijera a la bajada. / —Por mucho que te disfraces —dije—, eres la Esclavitud, la amarga copa de la Esclavitud. Y aunque, en todo tiempo, millares de hombres hayan nacido destinados a apurarte, no eres por eso menos amarga.
Es así que Dédalo no podía escapar de su concepción ideal de libertad, puesto que le había enseñado a su muchacho a repetir al igual que el estornino de Sterne: «¡No puedo salir!». Tenía la ansiedad por liberarse y liberarlo, aunque Ícaro no reconocería plenamente la diferencia entre el exterior y el interior del laberinto, como muestra basta el hecho de que en su vuelo se condujese sin temor a perjuicio alguno, como si su vida siguiera segura entre las paredes que eran su hogar. 
Por otro lado, si a Ícaro se le hubiese tratado de explicar la situación de su padre, que añoraba su vuelta a la sociedad, es posible que fuese más comprensivo, puesto que veía el esfuerzo que su padre hacía por recuperar lo perdido. Ícaro seguiría a su padre, porque confiaba en él, en su anhelo, aunque no pudiera razonarlo. Esto último es una condición dada solamente en los hombres libres: que son capaces de seguir a otros porque no tienen a donde ir.
Ícaro, ave de jaula, cae al mar Egeo, que pasa a ser nombrado en su honor: mar Icario. Paga con su vida la libertad de su padre y alcanza, a pesar de todo una libertad —aunque no mejor, sí valiosa— diferente: la muerte.

1. El aforismo correcto es: «Hay una jaula buscando un pájaro». Mientras que el verso de cummings reza: «I am a birdcage looking for a bird».

Primera Musa o La Nueva Eva

A la naturaleza no le interesa el patrimonio histórico y cultural del hombre; no le importan sus conceptos de belleza, utilidad, apego o nec...