lunes, 1 de junio de 2020

Bitácora de lecturas & anotaciones bagatélicas

Notas de 2016

* Fui a Donceles hace unos días, compré muchos libros. He acumulado cerca de 200 volúmenes y simplemente no he podido concluir ninguna lectura de un tiempo acá.
* Abandoné, a las 50 páginas, El libro vacío; tengo pendiente los de Introducción a la música y El manual del pianista. De repente leo poesía: Pellicer y Pound; también cuentos de  Valadés y Benedetti. Lo único con cierta continuidad es la novela de Crimen sin faltas de ortografía, de Malú. Se me hacen particulares en sus notas a pie de página, si me lo preguntan: inútiles, pero muy cómicas.
* Leí los primeros años de el tomo uno de los Diarios de Max Aub. Necesito aprender francés. La anotación del 11 de febrero de 1941 es una bella reflexión. El 2 de febrero dice: “El talento es cierta capacidad de encadenamiento de la memoria y el genio cierta capacidad de la imaginación.” Estoy muy de acuerdo.
* Anoto como refuerzo de la memoria. Debo recordar esto del Manual de Riemann: “Ayudados por la costumbre y por el peculiar estilo sintético de nuestra audición, la mayoría de los que oyen tocar el piano no llegan a darse cuenta claramente de que el canto del piano no da un trazo unido sino más bien una línea punteada.” ¡La inconstancia discreta del piano!

Francesca

Entraste de la noche [¡La noche como un lugar y no un fenómeno del tiempo!]
Y había flores en tus manos
Ahora vendrás de un gentío confuso
Y un tumulto de palabras

Yo que te he visto entre cosas primarias
Me enojé cuando pronunciaron tu nombre
En lugares comunes

Desearía que olas frías anegaran mi mente
Y que el mundo volara como una hoja seca
O como un cardo despojado de semillas
Para encontrarte de nuevo
Sola.
Ezra Pound
Luego leí el canto II... Qué abrumador despliegue de cultura, intertextualidad y referencias.

Al dejar un alma

Agua crepuscular, agua sedienta.
Se te van como sílabas los pájaros tardíos
Meciéndose en los álamos el viento te descuenta
La dicha de tus ojos bebiéndose los míos

Alié mi pensamiento a tus goces sombríos
Y gusté la dulzura de tus palabras lentas
Tú alargaste crepúsculos en mis manos sedientas;
Yo devoré el pan de tus trágicos estíos

Mis manos quedarán húmedas de tu seno
De mis obstinaciones te quedará el veneno
—Flotante flor de angustia que bautizó el destino

De nuestros dos dolencias ha de brotar un día
El agua luminosa que dé un azul divino
Al fondo de cipreses de tu alma y de la mía
Carlos Pellicer

* Luego Pellicer dedica una “elegía a nadie.” Me encanta la dedicatoria. Dedicar a nadie es dedicar a nada. Se puede prescindir de la dedicatoria, pero le quita el encanto. A nadie. Y mientras uno lee, piensa: La dedicatoria jamás llegó a cumplir su cometido. Al leer, leo para mí, al dejar de leer o al terminar de leer el poema vuelve a quién le pertenece: A nadie.

* Algo sobre el atleta del piano. Riemann repasa algunas de las características que debe poseer un ser humano para destacar en el piano. Desarrollar un conjunto de habilidades que lleven al virtuosismo. Concluye en que la justa medida de talento y disciplina en un pianista lo convierten en un atleta del piano. Estrictamente hablando, la palabra atleta remite a otra idea, una que dista de lo que se puede comprender por artista, y se aproxima más al hombre deportista. Me parece peculiar el oxímoron, pero es, pensándolo detenidamente, correcto concebir un atleta pianístico.

* Por el poema “la primavera” de Pellicer, me interesé por saber quién fue Salomón de la Selva. Leo que era un poeta nicaragüense. Me gustó este poema y hallé otro breve de su amigo Azarías H. Pallais:

La bala

La bala que me hiera 
Será bala con alma 
El alma de esa bala
Será como sería
La canción de una rosa
Si las flores cantarán
O el olor de un topacio
Si las piedras olieran
O la piel de una música
Si nos fuese posible
Tocar las canciones
Desnudas con las manos
Si me hiere el cerebro
Me dirá: yo buscaba
Sondear tu pensamiento
Y si me hiere el pecho
Me dirá: ¡Yo quería decirte
Que te quiero!

Salomón de la Selva

Tan fugaces van las horas
Desde la cuna al sepulcro,
Me río cuando dicen,
Que vivimos!

Azarías H. Pallais

* El Crimen en sin faltas de ortografía, Malú referencía La cobarde de Irme Sarkadi, para mi sorpresa, el autor existe. Habrá que buscar el libro.

* Acabé el primer libro del año. Seguiré con Narraciones inverosímiles de Pedro Antonio de Alarcón. Ya comencé el primer cuento, menciona a José de Espronceda, dice: “la idea de la muerte ofrecióse entonces a su imaginación, no entre las sombras del miedo y las convulsiones de la agonía, sino afable, bella y luminosa, como la describe Espronceda.” También buscaré algo de José.
* Nos pertenecemos negativamente, aunque nada nos une, estamos unidos puesto que nada nos separa” en El amigo de la muerte Pedro Antonio de Alarcón.
* Justo ahora, en esta solitaria noche leo en la prosa de Alarcón que: “Estar entre el amor y la muerte, es estar entre la vida y la muerte.” ¿Será que entonces ya me puedo considerar muerto?
* Narra Pedro Antonio de Alarcón: “Elena, avanzando por entre los árboles, pálida, gentil y resplandeciente como una personificación de la luna.” Hay que buscar en qué mitos se personifica la luna. Es curioso el uso de por entre...
* La luna huía en el ocaso como una paloma asustada.” El amigo de la muerte Pedro Antonio de Alarcón.
* La gloria es una palabra hueca añadida por la casualidad al nombre de este o aquel cadáver.” El amigo de la muerte / Pedro Antonio de Alarcón
* Lo grande, lo noble, lo revelador de la vida es la lágrima de tristeza que corre por la faz del recién nacido y del moribundo, la queja melancólica del corazón humano que siente hambre de ser y pena de existir, la dulcísima aspiración a otra vida o la patética memoria de otro mundo.” El amigo de la muerte / Pedro Antonio de Alarcón
* La muerte: mi aprendiz el sueño.” El amigo de la muerte / Pedro Antonio de Alarcón
* La geografía es doble, al lado de cada ciudad siempre hay una ciudad muerta, como la sombra está al lado del cuerpo.” récord de la ciudad de Eusapia, cuyos habitantes han construido una ciudad idéntica a su ciudad, para llevar allí a sus muertos. Una geografía doble. Una necrópolis donde se pierde el punto de origen de la imitación, pues supuestamente sería los muertos los que construyeron primero la ciudad de los vivos, una copia de la suya. Ciudades invisibles / Calvino. El amigo de la muerte / Pedro Antonio de Alarcón.

* Empezada de la lectura de Los siete velos, me encuentro con el diagnóstico de una enfermedad espiritual y su cura: 3 mujeres, una coqueta, un ángel que se muera esperando al paciente y una mujer que se haga amar. Es indispensable la presencia consecutiva de las 3. Si se prescinde de una, sobreviene la desgracia. Yo particularmente ya pasé por las primeras dos... disparato, de nuevo.
* Los siete velos: Alarcón reflexiona o advierte sobre la voz literaria, es decir: que quien dice una cosa no es otro más que el propio autor y no el personaje.
* No sé en qué consiste que los hombres de un cierto tiempo nos enamoramos de la última desconocida que vemos al paso.” Tal vez sea por atormentarnos a nosotros mismos como el personaje de Terencio... ¿Cuál personaje?
* Amo la blancura [...] En el cantar de Salomón cuando nos describe las recónditas bellezas de la mujer amada.” una rosa de color de rosa es del color del cantar de Salomón.
* Mito de Prometeo
* Otro autor más por buscar: Paul de kock, Alarcón lo nombra antonomasia del color verde.
* Irminsul (Yggdrassil) es un Pilar que conectaba el cielo y la tierra, es representado por un roble. Alarcón dice que Eva pudo usar su hoja como primer vestido.
* Alarcón me ha hecho revisar la fábula de Esopo “La zorra y las uvas verdes.”
* ¡Dame esa vida que veo
Al través de aquesta vida...!
¡Esa vida que deseo
Como una gloria perdida!
*
*




viernes, 1 de mayo de 2020

Antología de Inventos Inventados: B. III. Memoria y Olvido

Adela Fernández fue una escritora umbría, en todo el sentido de la palabra; creo que logra producir efectos desconcertantes en el lector porque su narrativa es en verdad muy personal, su mundo es único: un verdadero universo a parte. Respecto al cuento que presento, se trata de una narración vertiginosa; una de las cualidades de Adela es la brevedad, logra plasmar escenas insólitas en pocos párrafos. La historia que nos narra es sobre un nuevo método para deshacerse de la melancolía; la motivación —como en las dos narraciones de Villiers de L'Isle-Adam que preceden a este cuento— es la de la resolución. Una vez que la vida de nuestro personaje ha sido infaustada sin un motivo concreto, y al no localizar el germen de la enfermedad, es preciso matarlo todo, y esa muerte es a través de algo que adquiere un doble valor contradictorio: la memoria que es la vida y que al mismo tiempo es una cosa, algo desechable y nimio por lo cual se puede llegar a la deseada aniquilación, no sólo del ser, sino de la tristeza. Asistimos a una primicia; y propio de ellas, algo puede salir mal, un detalle que escapa a las consideraciones iniciales; la ciencia se hace del ensayo y el error: el proyecto fallido alcanza a recorrer un tramo que pronto alguien puede llegar a concretar. Tengo una inconformidad con este cuento, pero es apenas una tontería personal. En fin, otro invento inventado:


     Zarceo vive de acuerdo a su nombre. Su abuelo, creyente en la influencia que el nominal tiene sobre el destino de cada ser humano, decidió llamarlo así para marcarlo con las tres acepciones del verbo zarcear: limpiar los conductos y cañerias introduciendo zarzas largas y moviéndolas para que despeguen la toba y otras inmundicias; entrar el perro en los zarzales en busca de caza; andar de una parte a otra, cruzando con diligencia un sitio.
     Zarceo, cada vez que lo cree prudente desobstruye sus conductos interiores, despega el cochambre atestado por la inactividad y la confusión. Siempre que lo hace consigue fluidez de pensamiento, tamiza sus ideas, guarda para sí las que son brillantes y excreta aquellas sin valor, adecuadas para dialogar con los amigos y ejercitar esa faena llamada "comunicación", el mejor de todos los artificios para simularse y ocultarse.
     El perro que trae en la entraña, de buen olfato, de estético agazapamiento y atinado salto, lo suele soltar con acierto en las espirituosas cacerías, propias de hombres refinados que asaltan al mundo para obtener todo lo que les es necesario o conveniente. Así se ha hecho de una esposa, de un trabajo que lo surte de dinero, de un crédito publicitario que aumenta su prestigio, de un sillón y de un cepillo de dientes.
     Sabe estar presente de lleno en cualquier espacio. Sube y baja, va y viene con pasos largos o cortitos según sea la emoción adjunta al propósito; se sienta, se levanta, camina alrededor de sus interlocutores, se cuelga de la lámpara o se pega a la pared como un fascinante cuadro. ¡Pequeños esfuerzos para nunca ser inadvertido! 
     Ha sido muy cuidadoso en la selección de sus amistades. En su descriminación prefiere a aquellos de inteligencia fugaz, intelectuales-cometas que por doquier pasan su cauda de relucientes aforismos y metáforas sin lograr modificar siquiera el parpadeo de los ignorantes que encuentran a su paso. 
     Físicamente deben ser peculiares: muy largos en la verticalidad de sus ensoñaciones o muy anchos en su conchudez; de piel negro mate o magenta; de ojos saltones más espantables que espantados, o muy hundidos tras de ojerosos telones que aunque abiertos nunca libran la caja mágica del escenario íntimo y su drama. Le gustan híbridos y monstruosos, por ejemplo, los que tienen tres o siete cabezas, y que por lo tanto son de izquierda, del centro y de derecha simultáneamente sin fallar a ninguna de sus posiciones políticas. También gusta de los seres amorfos o incompletos, monópodos y cíclopes, los de epidermis leonada o cubierta de escamas, y sobre todo aquellos que tienen por lengua una elegante cobra. Algunos son más grotescos que otros, y los hay tan complejos y misteriosos que es de gran gesta el describirlos. 
     Hoy ha reunido a los favoritos de su estima para mostrarles su más reciente invento científico: un estractor de memoria. Zarceo siempre se esmeró por recordarlo todo. Imágenes, sonidos, olores, sensaciones, actos, sentimientos y todo tipo de experiencias los tiene perfectamente registrados en su memoria. Se ha valido de distintos sistemas de clasificación, ya temáticos o cronológicos, especificando la intensidad de los recuerdos, sus significados, poder de influencia, fuerza frustrante y jerarquía según su importancia y trascendencia. 
     Pero resulta que Zarceo padece una extraña e injustificable tristeza —al parecer pescada en un camión urbano al igual que la gripe— que ha venido a quitarle el apetito de vivir. Ha decidido dar fin a su existencia, pero desde luego se ha preocupado por inventar un nuevo tipo de suicidio. Como para él la memoria es la vida, decidió que no hay muerte mejor que la mente en blanco. Sin recuerdos no hay corazón que funcione y eso le garantiza un paro cardíaco. Fantástica forma de morir, rápida, sin posibilidades de exponerse a una larga agonía. 
     Así lo ha comunicado a sus amigos quienes apuran las copas de cognac y derraman lágrimas antelando el luto doloroso por la muerte muy proxima de su entrañable Zarceo. Ahí están boquiabiertos ante el nuevo invento científico, el estractor de memoria. Un gran recipiente de cristal en forma de oso hormiguero cuya trompa está conectada a la boca de Zarceo, succiona con ritmo doloroso; el suicida sopla y arroja bocanadas de recuerdos:
     Ahí va el instante de su nacimiento; la teta magra de leche venenosa que le dió sustento; ahí va su madre, especie de Clitemnestra, repulsiva de su brótalo; ahí va papá suavecíto con sombrero-canasto repartiendo pan por la tarde. En el recipiente cristalino gira todo lo aprendido en la escuela, números y letras revelando los misterios; llantos, rezos y carcajadas; caricias y angustias, los largos malabarismos que impone el manejo de situaciones; la resistencia a las peripecias; los dinámicos saltos de hombre-tigre por encima de obstáculos mediocrizantes; ahí va Zarceo usando sus máscaras, escamoteando las fuerzas enemigas, ya repta o vuela, actúa tragedias y melodramas, se mueve con tino y desatinos; se le ve resonante o callado, opaco o luminoso, ya engulle o vomita; todo lo vivido en tantos años se desprende y cae tumultuoso en el estractor. 
     Según Zarceo, no hay nada más que expulsar Piensa que se avecina el gran blanco de la mente, la acorazadora nada. Sólo que... un brutal dolor que viaja de la cabeza al corazón y viceversa, le indica que algo le ha quedado adentro, algún olvido. Se trata de Beatriz, aquella mujer a la que amo sin lograr conquistar jamás. Sufrió tanto por ese amor frustrado que para poder seguir viviendo tuvo que olvidarla. No obstante que borró los recuerdos, la imagen de Beatriz viajo a su subconsciente y ahí encontró acomodo, vallada con atemperante olvido, Zarceo no logra concientizar que ese residuo que late en su interior no es más que la olvidada Beatriz. 
     Ante sus gritos atroces, los amigos policéfalos e híbridos discuten si habrán de dejarlo en tal agonía o si será conveniente devolverle los recuerdos en una cucharadita cada media hora, a manera de jarabe, y poder así reintegrarlo de nuevo. De nada le sirve el vacío si no es total. La discusion es larga, no hay acuerdo, y mientras tanto, en lo profundo de Zarceo, Beatriz se mece en su silla blanca y adquiere la espectral fuerza de lo olvidado; así prolonga la agonía. El suicidio se frustra. Contrariamente al plan de Zarceo, es el olvido y no los recuerdos lo que lo mantiene vivo.

viernes, 24 de abril de 2020

Reunión: 1. Las muertes concéntricas (The Minions of Midas)

Nuestro primero cuento de esta nueva antología es un paradigma personal de miedo. No soy asustadizo: no temo a fantasmas, demonios, seres extradimensionales, magia, oscuridad... etc. Sin embargo, si hay algo que me puede, es la capacidad del hombre para engendrar métodos que proveen iniquidades a sus semejantes. La historia que presenta Jack London me incómoda por lo posible que resulta; plantea una idea sutil y extraordinaria, de gran viabilidad: secuestrar a la humanidad. El concepto y la idea de la prisión son posibles gracias a hacer concientes a los presos de que son vigilados, que no pueden salir de un espacio determinado; y este cuento de London lleva a su máxima expresión esa idea. Otro motivo genial del cuento es la aparición de una sociedad secreta y, desde cierta óptica, maligna. Las historias de logias, sectas, grupos y cofradías me son muy atractivas, sobre todo si son inconvencionales y funcionan para fines que pueden juzgarse como desquiciados e irreverentes. Como anotación marginal, resta decir que tomo el texto de la antología que lleva el mismo nombre que este cuento. La traducción es de Jorge Luis Borges, tengo mis reservas con respecto al título que le dió en español; estoy de acuerdo en que el mecanismos descrito por London con el que se manejan the minions of Midas es una paulatina concentración de acciones que buscan un punto, como ondas en el agua que tratan de regresar al foco y en el fondo el efecto del nombre las muertes concéntricas hace mucho más potente el contenido del relato; la traducción tiene sus bemoles, en fin. Leamos: 


     Wade Atsheler ha muerto… ha muerto por mano propia. Decir que esto era inesperado para el reducido grupo de sus amigos, no sería la verdad; sin embargo, ni una vez siquiera, nosotros, sus íntimos, llegamos a concebir esa idea. Antes de la perpetración del hecho, su posibilidad estaba muy lejos de nuestros pensamientos; pero cuando supimos su muerte, nos pareció que la entendíamos y que hacía tiempo la esperábamos. Esto, por análisis retrospectivo, era explicable por su gran inquietud. Escribo “gran inquietud” deliberadamente.
     Joven, buen mozo, con la posición asegurada por ser la mano derecha de Eben Hale, el magnate de los tranvías, no podía quejarse de los favores de la suerte. Sin embargo, habíamos observado que su lisa frente iba cavándose en arrugas más y más hondas, como por una devoradora y creciente angustia. Habíamos visto en poco tiempo que su espeso cabello negro raleaba y se plateaba como la yerba bajo el sol de la sequía. ¿Quién de nosotros olvidaría las melancolías en que solía caer, en medio de las fiestas que, hacia el final de su vida, buscaba con más y más avidez? En tales momentos, cuando la diversión se expandía hasta desbordar, súbitamente, sin causa aparente, sus ojos perdían el brillo y se hundían, su frente y sus manos contraídas y su cara tornadiza, con espasmos de pena mental, denotaban una lucha a muerte con algún peligro desconocido.
     Nunca habló del motivo de su obsesión, ni fuimos tan indiscretos como para interrogarlo. Aunque lo hubiéramos sabido, nuestra fuerza y ayuda no hubieran servido de nada. Cuando murió Eben Hale, de quien era secretario confidencial —más aún, casi hijo adoptivo y socio—, dejó del todo nuestra compañía, y no, ahora lo sé, por serle desagradable, sino porque su preocupación se hizo tal que ya no pudo responder a nuestra alegría ni encontrar ningún alivio en ella. No podíamos entender entonces la razón de todo esto. Cuando se abrió el testamento de Eben Hale, el mundo supo que Wade Atsheler era el único heredero de los muchos millones de su jefe, y que se estipulaba expresamente que esta enorme herencia se le entregara sin distingos, tropiezos ni incomodidades.
     Ni una acción de compañía, ni un penique al contado, fueron legados a los parientes del muerto. Y en cuanto a su familia más cercana, una asombrosa cláusula establecía expresamente que Wade Atsheler entregaría a la esposa e hijos de Hale cualquier cantidad de dinero que a su juicio le pareciera conveniente, en el momento que quisiera. Si se hubieran producido escándalos en la familia Hale, o sus hijos fueran díscolos o irrespetuosos, habría habido alguna excusa para esta inusitada acción póstuma; pero la felicidad doméstica del difunto había sido proverbial, y era difícil encontrar progenie más sana, más pura y más sólida que sus hijos e hijas, mientras que a su esposa, quienes mejor la conocían la apodaban “Madre de los Gracos” (1), con cariño y admiración. Inútil es decirlo, este inexplicable testamento fue el tema general por nueve días, y hubo una gran sorpresa cuando no se produjo demanda alguna.
     Ayer apenas, Eben Hale entró en reposo eterno en su mausoleo. Ahora, Wade Atsheler ha muerto. La noticia apareció en los diarios de esta mañana. Acabo de recibir una carta suya, echada al correo, evidentemente, sólo una hora antes del suicidio. Esta carta que tengo a la vista es una narración, de su puño y letra, en la que intercala numerosos recortes de diarios y copias de cartas. La correspondencia original, me dice, está en manos de la policía. También me suplica divulgar la incontenible serie de tragedias con las que estuvo inocentemente relacionado, para advertir a la sociedad contra el diabólico peligro que amenaza su existencia. Incluyo aquí el texto por entero.
     
     Fue en agosto, 1899, después de regresar del veraneo, que recibimos la primera carta. No comprendimos entonces; no habíamos acostumbrado nuestra mente a tan tremendas posibilidades. El señor Hale abrió la carta, la leyó y la echó sobre mi escritorio, con una carcajada. Cuando la hube recorrido, también reí, diciendo: “Es broma lúgubre, señor Hale, y de pésimo gusto.” He aquí, querido John, un duplicado exacto de esa carta.

     Oficina de los Sicarios de Midas, 17 de agosto, 1899. 
     Señor Eben Hale, plutócrata. 
     Muy señor nuestro: Queremos obtener al contado, en la forma que usted decida, veinte millones de dólares. Le requerimos que nos pague esta suma, a nosotros o a nuestros agentes; usted notará que no especificamos tiempo, pues no deseamos apresurarlo en este detalle. Hasta puede pagarnos, si le es más fácil, en diez, quince o veinte cuotas; pero no aceptamos cuotas inferiores a un millón. 
     Créanos, querido señor Hale, cuando decimos que emprendemos esta acción desprovistos de toda animosidad. Somos miembros del proletariado intelectual, cuyo número en creciente aumento marca con letras rojas los últimos días del siglo XIX; hemos decidido entrar en este negocio después de un completo estudio de la economía social. Nuestro plan no nos permite lanzarnos a vastas y lucrativas operaciones sin disponer de capital inicial. Hasta ahora hemos tenido bastante éxito, y esperamos que nuestras gestiones con usted resulten gratas y satisfactorias.
     Le rogamos que nos siga con atención mientras le explicamos nuestros puntos de vista. En la base del presente sistema social se halla el derecho de propiedad. Este derecho del individuo a detentar propiedad se funda única y enteramente, en última instancia, en la fuerza. Los caballeros de Guillermo el Conquistador dividieron y se repartieron Inglaterra con la espada desnuda (2). Esto es verdad para todas las potencias feudales. 
     Con la invención del vapor y la revolución industrial vino al mundo la clase capitalista, en el sentido moderno de la palabra. Estos capitalistas o capitanes de la industria virtualmente despojaron a los descendientes de los capitanes de la guerra. La mente, y no el músculo, prima hoy en la lucha por la vida: pero esta situación también está basada en la fuerza. El cambio ha sido cualitativo. Los magnates feudales saqueaban el mundo a sangre y fuego. Los magnates financieros explotan al mundo, aplicando las fuerzas económicas. La mente y no el músculo es lo que perdura, y los intelectual y comercialmente poderosos son los más aptos para sobrevivir.
     Nosotros, los Sicarios de Midas, no nos resignamos a ser esclavos a sueldo. Los grandes trusts y combinaciones de negocios (entre los que sobresale el que usted dirige) nos impiden levantarnos al lugar que nuestra inteligencia reclama. 
     ¿Por qué? Porque no tenemos capital. Pertenecemos al bajo pueblo, pero con esta diferencia: nuestras mentes están entre las mejores. Y no nos traban escrúpulos éticos o sociales. Como esclavos a sueldo, trabajando de sol a sol, con vida sobria y avara no podríamos ahorrar en sesenta años —ni en veinte veces sesenta años— una suma de dinero capaz de competir con las grandes masas de capital existentes ahora. Sin embargo, entramos en la lucha. Arrojamos el guante al capital del mundo. Si éste acepta el desafío o no, igual tendrá que luchar. 
     Señor Hale, nuestros intereses nos dictan exigir de usted veinte millones de dólares. 
     Ya que nosotros somos considerados y le otorgamos un plazo razonable para que lleve a cabo su parte de la transacción, le rogamos que no se demore demasiado.
     Cuando usted se haya conformado con nuestras condiciones, inserte un anuncio conveniente en el Morning Blazer. Entonces le comunicaremos nuestro plan para transferir el capital. 
     Es mejor que usted lo haga antes del 1° de octubre. Si no es así, para demostrarle que hablamos en serio, mataremos a un hombre en esa fecha, en la calle Treinta y Nueve Este. Se tratará de un obrero, a quien ni usted ni nosotros conoceremos. Usted representa una fuerza en la sociedad moderna y nosotros otra —una nueva fuerza—. Sin odio entramos en combate. Usted es la muela superior en el molino, nosotros la inferior. La vida de ese hombre será molida por las dos, pero podrá salvarse si usted acepta nuestras condiciones a tiempo. 
     Hubo una vez un rey maldito por el oro: su nombre está en nuestro sello oficial (3). Algún día, para protegernos de competidores, lo haremos registrar. 
     Quedamos Ss. Ss. Ss. 
     Los Sicarios de Midas.

     Tú te preguntarás, querido John, por qué no reírnos de una comunicación tan descabellada. No podíamos dejar de admitir que la idea estaba bien concebida, pero era demasiado grotesca para que la tomáramos en serio. El señor Hale dijo que conservaría como curiosidad literaria la carta, y la metió en una casilla de su archivo. Pronto olvidamos su existencia. Y puntualmente, el 1° de octubre, el correo matutino nos trajo lo siguiente:

     Oficina de los Sicarios de Midas, 1° de octubre, 1899. 
     Señor Eben Hale, plutócrata. 
     Muy señor nuestro: Su víctima encontró su fatalidad. Hace una hora, en Treinta y Nueve Este, un obrero fue apuñalado en el corazón. Cuando usted lea esto su cuerpo yacerá en la Morgue. Vaya y contemple la obra de sus manos. El 14 de octubre, en prueba de nuestra seriedad en este asunto, y en caso de que usted no ceda, mataremos un policía en (o cerca de) la esquina de Polk y Avenida Clermont. 
     Muy cordialmente. 
     Los Sicarios de Midas.

     Otra vez, el señor Hale rió. Su mente estaba muy ocupada con el trato en perspectiva, con un sindicato de Chicago, sobre la venta de todos sus tranvías en aquella ciudad, así que siguió dictando a la taquígrafa, sin volver a pensar en la carta. Pero de algún modo, no sé por qué, una honda depresión me atacó. ¿Si no fuera broma? Involuntariamente busqué un diario. Allí había, como convenía a una oscura persona de las clases pobres, una mezquina docena de líneas, junto al aviso de un boticario, en un rincón: 
     Poco después de las cinco, esta mañana, en la calle Treinta y Nueve Este, un obrero llamado Pete Lascalle, yendo a su trabajo, recibió una puñalada en el corazón, de un agresor desconocido, que huyó. La policía no ha descubierto ningún motivo para asesinarlo.
     ¡Imposible!, fue la respuesta del señor Hale cuando le leí la noticia; pero el incidente pesó evidentemente en él, pues más tarde, el mismo día, con muchos epítetos contra su propia tontería, me pidió que comunicara el asunto a la policía. Tuve el placer de que el comisario se riera de mí, aunque me prometió que la vecindad de aquella esquina sería vigilada especialmente la noche antedicha. Así quedó la cosa, hasta que pasaron las dos semanas, y la siguiente nota nos llegó por correo:

     Oficina de los Sicarios de Midas, 15 de octubre, 1899. 
     Señor Eben Hale, plutócrata. 
     Muy señor nuestro: Su segunda víctima cayó a su hora, según se planeó. 
     No tenemos prisa, pero para aumentar la presión, desde ahora mataremos semanalmente. 
     Para protegernos de las interferencias policiales, ahora le informaremos de las ejecuciones poco antes o simultáneamente al hecho. 
     Esperando que ésta lo encuentre a usted en buena salud, somos Ss. Ss. Ss. 
     Los Sicarios de Midas. 

     Esta vez fue el señor Hale el que tomó el diario, y después de breve búsqueda, me leyó esta noticia:

     Un cobarde crimen

     Josep Donahue, destinado a una guardia especial en la Sección Once, fue muerto a medianoche, de un tiro en la cabeza. 
     La tragedia ocurrió en la esquina de Polk y Avenida Clermont, a plena luz. En verdad que nuestra sociedad es poco estable cuando los guardianes de su paz pueden ser asesinados tan abierta y alevosamente. La policía no consiguió hasta ahora el menor indicio de una pista. 

     Apenas acababa de leer, cuando llegó la policía —el comisario con dos de sus hombres, en visible alarma y seriamente perturbados—. Aunque los hechos eran tan pocos y tan sencillos hablamos mucho, repitiéndonos una y otra vez. El comisario aseguró que pronto se arreglaría todo y que los criminales serían aplastados.
     Mientras tanto juzgó conveniente poner una guardia para nuestra protección personal, y una patrulla para vigilancia continua de la casa y jardines. Una semana después, a la una de la tarde, recibimos este telegrama:

     Oficina de los Sicarios de Midas, 21 de octubre, 1899. 
     Señor Eben Hale, plutócrata. 
     Muy señor nuestro: Sinceramente lamentamos que usted nos haya interpretado tan mal. 
     Ha encontrado conveniente rodearse de guardias armados, como si fuéramos criminales comunes, capaces de asaltarlo y arrancarle por la fuerza sus veinte millones. 
     Créanos: esto dista muchísimo de nuestra intención. Usted comprenderá, después de reflexionar un poco que su vida nos es preciosa. No tema. Por nada en el mundo le haremos daño. Es nuestra política protegerlo de todo peligro y cuidarlo a usted con toda ternura. Su muerte no significa nada para nosotros. Si así no fuera, tenga seguridad de que no vacilaríamos en destruirlo. Piénselo bien, señor Hale. Cuando haya abonado nuestro precio tendrá que reducir los gastos. Desde ahora despida a sus guardias. Dentro de los diez minutos del momento en que reciba esto, una joven enfermera habrá sido estrangulada en el Parque Brentwood. El cuerpo se encontrará entre los arbustos, al borde de la senda que va hacia la izquierda del quiosco de música. 
     Cordialmente. 
     Los Sicarios de Midas.

     En seguida el señor de Hale avisó por teléfono al comisario. Quince minutos después, éste nos comunicó que el cadáver, todavía caliente, había sido hallado en el lugar indicado. Esa noche los diarios abundaban en chillones títulos sobre Jack el estrangulador, denunciaban lo brutal del hecho y se quejaban de la laxitud policial. Nos volvimos a encerrar con el comisario, que nos rogó mantener al asunto en secreto.
     El éxito, dijo, dependía del silencio. 
     Como tú sabes, John, el señor Hale era hombre de hierro. Rehusaba rendirse. Pero, oh John, esa fuerza ciega en la oscuridad era terrible. No podíamos luchar, ni hacer planes, ni nada, sólo contener las manos y esperar. Semana tras semana, cierta como la salida del sol, venía la notificación y la muerte de alguna persona, hombre o mujer, inocente de todo mal, pero tan muerta por nosotros como si la matáramos con nuestras propias manos. Una palabra del señor Hale, y la matanza habría cesado. Pero él endureció su corazón y esperó; sus arrugas se ahondaron, sus ojos y la boca se afirmaron en severidad, y la cara envejeció. No hay ni qué hablar de mi sufrimiento en ese tremendo período.
     Encontrarás aquí las cartas y los telegramas de los Sicarios de Midas y los artículos de los diarios. También encontrarás las cartas advirtiendo al señor Hale de ciertas maquinaciones de enemigos comerciales y manipulaciones secretas con acciones. Los Sicarios de Midas parecían tener acceso a la intimidad de los negocios y de las finanzas. Nos comunicaban informaciones que ni siquiera nuestros agentes conseguían.
     Una nota de ellos, en el momento crítico de un trato, ahorró al señor Hale cinco millones. En otra ocasión nos mandaron un telegrama que impidió que un anarquista exaltado quitara la vida a mi jefe. Capturamos al hombre en cuanto llegó y lo entregamos a la policía, que le encontró encima un poderoso y nuevo explosivo como para hundir un barco de guerra.
     Persistimos. El señor Hale estaba resuelto a todo. Desembolsaba a razón de cien mil dólares semanales en servicio secreto. La ayuda de Pinkerton, de Holmes (4) y de un sinnúmero de agencias particulares fue requerida; miles de hombres figuraban en nuestras listas de pago. Nuestros pesquisas pululaban por doquier, con todos los disfraces, investigando todas las clases sociales. Seguían millares de claves y pistas; centenares de sospechosos eran detenidos; y miles de otros sospechosos eran vigilados; nada tangible salió a luz. Para sus comunicaciones, los Sicarios de Midas cambiaban continuamente el método de envío.
     Cada mensajero que mandaban era arrestado de inmediato. Pero siempre éstos demostraban ser inocentes, mientras que sus descripciones de las personas que los enviaban nunca coincidían. El 31 de diciembre nos notificaron: 

     Oficina de los Sicarios de Midas, 31 de diciembre, 1899. 
     Señor Eben Hale, plutócrata. 
     Muy señor nuestro: Siguiendo nuestra política —nos halaga que usted ya esté versado en ella— nos permitimos comunicarle que daremos un pasaporte, desde este Valle de Lágrimas (5), al comisario Bying, con quien, a causa de nuestras atenciones, usted llegó a relaciones tan estrechas. Acostumbra estar en su oficina a esta hora. Mientras usted lee esta carta, respira él su último aliento. 
     Cordialmente. 
     Los Sicarios de Midas.

     Corrí al teléfono. Grande fue mi alivio cuando oí la simpática voz del comisario. Pero, mientras hablaba aún, su voz en el receptor terminó con un estertor, y oí, apenas, la caída de su cuerpo. Luego una voz extraña me dio los saludos de los Sicarios de Midas, y cortó.
     Pedí con la oficina pública, para que socorrieran al comisario. Pocos minutos después supe que lo habían encontrado bañado en su propia sangre, y muriendo. No había testigos; no se encontraron huellas del asesino.
     En consecuencia, el señor Hale aumentó de inmediato su servicio secreto hasta que un cuarto de millón fluía por sus arcas por semana. Estaba resuelto a ganar. Las recompensas ofrecidas llegaban a sumar más de diez millones de dólares. Tienes aquí una idea clara de sus recursos y de cómo los usaba sin tasa. Decía que luchaba por un principio.
     Hay que admitir que sus actos probaban la nobleza de sus motivos. Los departamentos de policía de todas las grandes ciudades cooperaban con él, y aun el gobierno de los Estados Unidos entró en la lucha, y el asunto se convirtió en una de las principales cuestiones de Estado. Algunos fondos nacionales se dedicaron a descubrir a los Sicarios de Midas y todo agente del gobierno estuvo atento. Pero fue en vano. Los Sicarios de Midas golpeaban sin errar en su obra inevitable. Sin embargo, aunque el señor Hale luchaba hasta la muerte, no podía lavar sus manos de la sangre que las teñía. Aunque no era, técnicamente, un asesino, aunque ningún jurado de sus iguales pudiera acusarlo, no era por eso menos causante de la muerte de cada individuo. Como dije antes, una palabra suya habría detenido la matanza. Pero rehusaba decir esa palabra. Insistía en que la sociedad estaba amenazada, que él no era tan cobarde para desertar su puesto, y que era justo que unos cuantos fueran mártires por la prosperidad de los más. Pero la sangre caía sobre su cabeza, y él se hundía cada vez más en el abatimiento y la pena. Yo también estaba abrumado con la culpa de ser cómplice. Niños eran asesinados sin piedad, y mujeres y ancianos; y no sólo eran locales estos crímenes, sino que se distribuían por todo el país. A mitad de febrero, una noche, mientras estábamos en la biblioteca, golpearon a la puerta con violencia. Respondí yo, encontrando sobre la alfombra del comedor esta misiva:

     Oficina de los Sicarios de Midas, 15 de febrero, 1900. 
     Señor Eben Hale, plutócrata. 
     Muy señor nuestro: ¿No llora su alma por la roja cosecha que recoge? Quizás hemos sido demasiado abstractos en el manejo de nuestro negocio. Seamos ahora concretos. Miss Adelaide Laidlaw es una joven de talento, tan bondadosa, entendemos, como bella. Es la hija de su viejo amigo, el juez Laidlaw, y sabemos que usted la llevó en sus brazos cuando niña. Es la amiga más íntima de su hija y ahora está visitándola. 
     Cuando usted lea esto, la visita habrá terminado. 
     Muy cordialmente. 
     Los Sicarios de Midas.

     Al instante comprendimos lo que significaba. Corrimos por la gran casa, sin hallar a la muchacha. La puerta de su departamento estaba cerrada con llave, pero la hundimos a empujones desesperados, y allí, vestida para la Opera, asfixiada con almohadones, todavía tibia y flexible, yacía casi viva. Deja que pase sobre este horror. Seguramente recordarás los relatos de los diarios.
     Tarde, aquella misma noche, Eben Hale me citó, y ante Dios me juramentó solemnemente a quedarme con él y a no transigir, aunque la familia entera fuese destruida.
      A la mañana siguiente me sorprendió su alegría. Yo había previsto que la tragedia última le produciría un hondo shock; pero ignoraba aún hasta que punto lo había afectado. Al otro día lo encontramos muerto en su cama, con una pacífica sonrisa en su rostro devastado por la congoja. Murió asfixiado. Con la connivencia de las autoridades se comunicó al mundo que se trataba de un ataque al corazón. Creímos juicioso ocultar la verdad. 
     Apenas dejé esa cámara de muerte, cuando —pero demasiado tarde— recibí la carta siguiente:

     Oficina de los Sicarios de Midas, 17 de febrero, 1900.
     Señor Eben Hale, plutócrata. 
     Muy señor nuestro: Usted perdonará nuestra intrusión, tan poco después del triste evento de anteayer; pero lo que deseamos decirle puede ser de grandísima importancia para usted. Se nos ocurre que usted pueda intentar escapársenos. No hay sino un camino, en apariencia, como usted sin duda lo habrá descubierto. Pero queremos informarle que aun este único camino le está cerrado. Usted puede morir, pero reconociendo su fracaso. Tome nota de esto: Somos parte y porción de sus posesiones. Con sus millones pasamos a ser sus herederos y cesionarios para siempre. 
     Somos lo inevitable. Somos la culminación de la injusticia industrial y social. Nos volvemos contra la sociedad que nos creó. Somos los fracasos triunfantes, los azotes de una civilización degradada. Somos las criaturas de una perversa selección social; combatimos a la fuerza con la fuerza. Sólo los fuertes perdurarán. Creemos en la supervivencia de los más aptos. Habéis hundido en la miseria a vuestros esclavos a sueldo y habéis sobrevivido. Los capitanes de guerra, a vuestras órdenes, fusilaron como a perros a vuestros obreros en tantas huelgas sangrientas. Por tales medios habéis durado.
     No nos quejamos del resultado, porque reconocemos y tenemos nuestro ser en la misma ley natural. Ahora surge la cuestión: Bajo el presente medio social, ¿quién de nosotros sobrevivirá? Creemos ser los más aptos. Vosotros creéis ser los más aptos. 
     Dejamos la eventualidad al tiempo y a Dios. 
     Cordialmente. 
     Los Sicarios de Midas.

     John, ¿te sorprendes ahora de que yo haya huido de placeres y amigos? Pero, ¿para qué explicar? Este relato aclarará todo. Hace tres semanas murió Adelaide Laidlaw. Desde entonces aguardé con esperanza y miedo. Ayer se abrió el testamento y se hizo público.
      Hoy fui notificado que una mujer de clase media sería muerta en el Parque Puerta de Oro, en el lejano San Francisco. Los diarios de esta noche dan los detalles del crimen, que corresponden a los que yo conocía.
     Es inútil. No puedo luchar contra lo inevitable. He sido leal al señor Hale y trabajé duro. Por qué mi lealtad se premia así, no entiendo. Sin embargo, no puedo faltar a la confianza puesta en mí, ni a la palabra dada. Ahora legué los muchos millones que recibí a sus poseedores legítimos. Que los robustos hijos de Eben Hale obren su propia salvación. Antes que leas esto, habré muerto. Los Sicarios de Midas son todopoderosos. La policía es impotente. Supe por ella que otros millonarios han sido multados y perseguidos del mismo modo. ¿Cuántos?, no se sabe, pues si uno cede a los Sicarios de Midas, su boca queda sellada. Los que no cedieron aún, están recogiendo su cosecha escarlata. El torvo juego sigue hasta el fin. El Gobierno Federal no puede hacer nada. También entiendo que organizaciones similares han hecho su aparición en Europa.
     La sociedad está sacudida hasta sus cimientos. En vez de las masas contra las clases, es una clase contra las clases. Nosotros, los guardianes del progreso humano, somos elegidos y golpeados. La ley y el orden han fracasado. Las autoridades me suplicaron que guardara este secreto. Lo hice, pero ya no puedo callarlo. Se ha transformado en cuestión de importancia pública, llena de tremendos peligros y consecuencias, y mi deber es informar al mundo, antes de abandonarlo.
     Tú, John, por mi último pedido, publica esto. No temas. El destino de la humanidad está ahora en tus manos. Que la prensa tire millones de ejemplares, que la electricidad lo difunda por el mundo, que donde los hombres se encuentren y hablen, hablen de ello temblando de terror. Y entonces, cuando estén bien despiertos, que la sociedad se alce con toda su potencia y arroje de sí esta abominación. 
     Tuyo, en largo adiós. 
     Wade Atsheler.


1. Cornelia, hija de Escipión el africano, fue una insigne dama romana, conocida por, después de una serie de infortunadas perdidas, haberse consagrado a la educación y cuidado de sus hijos. Fue la primera mujer a la que se le dedicó un monumento público en el imperio Romano.
2. Guillermo I de Inglaterra fue el primer rey normando de esta nación. La referencia es poco clara, ya que a lo largo de su vida, Guillermo se vio envuelto en una serie de sucesivos combates para unificar y conquistar territorios a su reinado, aunque cada región fue gobernada de manera independiente con respecto al resto, a pesar de pertenecer a la misma corona. Quizá hace alusión a su primogénito Roberto con que el tuvo bastantes conflictos, al grado de que éste traiciono la corona; o quizá la conocida rebelión de los duques, un levantamiento por parte de varias familias nobles para destronar al rey.
3. De todos es conocido el mito del rey Midas y si funesto don, no así los detalles, entonces los comentamos brevemente: era rey de Frigia; concierto ocasión en que Midas encontró borracho a Sileno, lo trato con grandes honores y le ayudó a incorporarse al séquito de Dioniso. Éste, en agradecimiento, concedió a Midas su más ferviente deseo: que todo lo que tocase se convitiese en oro. Cuando Midas quiso comer, comprendió cuán terrible era  tal facultad. Suplicó a Dioniso (otras tradiciones dicen que a la Sibila de Cumas) que lo librara de tal don. Le ordenaron bañarse en el río Pactolo y entonces el río comenzó a arrastrar arenas de oro, por lo que es llamado aureo, y así quedó libre.
4. El guiño al celebre detective creado por Arthur Conan Doyle es muy obvio, pero no así la referencia a la National Detective Agency de Allan Pinkerton. Fue una organización privada de investigación que intervinó en muchas de las grandes conspiraciones de la historia de Norteamérica y en general del mundo; como el asesinato de Abraham Lincoln, por ejemplo. La agencia de Pinkerton sentó las bases para las modernas organizaciones gubernamentales de servicios secretos. Su alcance y poder fue tal que en algún momento se les consideró como una milicia independiente. El dictador mexicano Porfirio Díaz Mori llegó a contratar sus servicios para  encontrar, infiltrar y desarticular los grupos revolucionarios del partido liberal mexicano que estaban en el extranjero. Su lema fue “We never sleep.” Actualmente son una filial de una compañía de seguridad sueca Securitas AB.
5. Alusión inveterotestamentaria al Salmo 84: 5-6.

Reunión: antología de cuentos imprescindibles según yo

El diálogo entre mi yo y el yo.

—¡¿Otra antología?!...
—Sí... otra...
—¿No es suficiente las tres que has compilado y el montón de acumulaciones que tienes?
—No... cada cierto tiempo se vuelven insuficientes...
—Bueno, pero ¿vas a procurar escapar a esa manía ordenadora al menos esta vez?
—Sí, el único criterio es mi gusto.
—Pues vamos a ver.

viernes, 17 de abril de 2020

Antología de cuentos sobre antropofagia: CC3. Fábulas antropofágicas

Como sucede con muchas de las obras grecolatinas, la autoría de las Fabulæ está en tela de juicio, pero casi por unanimidad se le atribuyen a Gayo Julio Higino, un liberto del emperador Romano Augusto
Existen paralelismos entre las Fábulas y otra obra llamada Astronomía, así que tradicionalmente se piensa que ambas obras son del mismo autor.
Las Fabulæ, junto con la Biblioteca de Pseudo Apolodoro, las Metamorfosis de Ovidio y la Teogonia de Hésiodo son algunas de las fuentes más completas de mitología clásica; pero éstas se distinguen por su carácter enciclopédico, siendo en el fondo más un diccionario (o como comentan los editores de la versión de Gredos de la que proceden los textos que antologo: un verdadero Nomenclator, un trabajo que es una titánica colección de nombres) que una obra literaria. Los detalles de sus breves narraciones hacen que sea casi necesario que el lector conozca el mito de antemano; por lo que pudo bien haber sido un libro de rápida consulta o de referencia general. Como muchos de los mitógrafos, el autor incurre en confusiones, errores e imprecisiones, pero en general nada que no pueda salvar una buena edición anotada.
Hablando de las referencias antropofágicas en el libro, podemos distinguir 3 casos:


  1. La cometida —las más de las veces de forma accidental— por los dioses. Por ejemplo, Ceres / Deméter, que en un banquete ofrecido por Tántalo para los dioses, sirvió como platillo a su propio hijo Pélope; la diosa devoró, distraídamente, el hombro (o el brazo, según la tradición) del niño (Higino, fab. LXXXIII.); También es el caso de Licaón, quien habría hospedado a Zeus. Los hijos de éste querían averiguar si su huésped era un dios y le sirvieron un banquete de carne humana (según algunas tradiciones, de su propio hermano menor); huelga decir que Zeus no probó bocado y que al percatarse de esto, volcó la mesa; fulminó (o transformó en lobos, según otras tradiciones) a los hijos de Licaón (y no conforme con ello, convencido de la corrupción de la raza humana, desató el diluvio universal. Según otras tradiciones). (Higino, fab. CLXXVI.). Estás historias no entran en el interés de nuestra antología, pero son buenas referencias porque guardan una intima relación con el caso tres que comantaré en dicho punto.
  2. La cometida por monstruos semihumanos. Los seres híbridos que aparecen en las páginas mitológicas de Higino pueden ser producto de una metamorfosis divina o de bestialismo (que la mayoría de las veces también es por intervención divina). Parece que estos seres sienten una predilección por la carne humana y así nos encontramos con que en las fab. XXXIX a XLI, Higino nos relata laconicamente que un criminal y desterrado Dédalo llega a Creta, y a través de un invento ayuda a Pasífae, esposa del rey Minos, a copular con un toro del que se había enamorado por causa de Venus / Afrodita; Minos, vencedor de los atenienses, determinó que estos debían pagar un tributo humano cada cierto tiempo; los elegidos entraban al laberinto que Dédalo edificó para contener al Minotauro y eran devorados por éste. Por otro lado tenemos a Escila, hija de Tifón o de Palante «que tenía <la parte> superior del cuerpo de mujer, la inferior desde la ingle, de pez, y tenía seis perros que nacían de ella». En la fab. CXXV 14. se nos cuenta que devoró a seis compañeros de Ulises. Y en la fab. CXCIX. Higino recoge otra variante del mito de Escila, que sería hija del río Crateide. Al ser una doncella de gran belleza, Glauco se enamoró de ella, por está razón e impulsada por celos, la diosa Cirse la transformó en el monstro que mencionamos arriba y ella, en venganza contra Cirse que amó a Ulises, devora a los seis compañeros de éste, uno por cada perro nacido de sus ingles. En la introducción a esta antología ya me he encargado de comentar la razón por la que estos relatos no nos interesan —por ahora. Pero es importante mencionar la tendencia terrible que tienen; los híbridos no son propicios a los hombres, y las más de las veces son depredadores de éste; ¿qué nos dirán en el fondo estas manifestaciones de hombres-bestia? que en efecto ¿(semi)homo homini lupus?, ¿que el lado primitivo del hombre, llevado a su expresión más acabada en los híbridos, evidencia precisamente que la naturaleza del ser humano es la de consumirse entre ellos?
  3. Por último —y la antropofagia que más nos importa— la cometida por hombres. Hay tres fábulas explícitas sobre esto: XLV; LXXXVIII y CCVI, el mitema que las liga es una venganza y un banquete de carne humana. En estas tres fábulas un personaje comete un crímen contra otro y éste último, en venganza, le sirve a su(s) hijo(s) en un banquete. La mitología es una historia de revanchas y sus consecuencias; una forma de explorar las posibilidades de la ley del talión. Podemos concluir un par de observaciones a partir de esto:
a) En las antropofagias cometidas por dioses como por humanos, la carne consumida siempre es cocinada; y hasta presentada de manera apetitosa. Nos dicen los insignes decadentes Lucan & Gray que el único libro de cocina grecolatina que ha llegado a nuestros días es el De Re Coquinaria de Apicio, «cuya ocupación preferida era confrontar sabores y utilizar insólitas bestias», que «prácticamente cualquier cosa que se moviera era sacrificada, cocinada y servida con todo el ingenio y la elegancia posibles. "No sabrán lo que comen —se jactaba—, ¡estofado de anchoas sin anchoas!"». Las recetas recogidas en The decadet cookbook nos muestran que la cocina grecolatina era verdaderamente un arte de las combinaciones exóticas pero, además, un arte de engañar al paladar; en el último capítulo del Satiricón de Petronio, el poeta Eumolpo dice sobre comer carne humana que evitar el asco y el horror es fácil con un buen aliciente y que «ninguna carne gusta por sí sola sino que es a fuerza de artificios como se la transforma para que sea aceptada por los estómagos exigentes». Podemos ver que la alquimia culinaria tenía sus métodos para disfrazar los alimentos y hacer de lo desagradable un delicioso platillo.
b) La cocina es una actividad exclusivamente humana; Tántalo, los hijos de Licaón, Procne, Atreo y Harpálice, cumplen una doble función de asesinos y cocineros. Los dioses, superiores a los hombres, no precisan de dicha actividad; y los monstruos y quimeras, de carácter más salvaje y primitivo, tampoco cocinan. Esto no es una generalidad, nuestro ejemplo sólo se limita a estas tres razas; pero centauros, cíclopes y egipanes, también conocen el arte culinario.  La cocina va ligada al raciocinio del hombre; es importante destacar esto porque explica la última observación que podemos hacer sobre estos mitos.
c) Como comentaba al principio, la antropofagia en estas fábulas es consecuencia de una vendetta; después de haber sufrido una iniquidad, distintos personajes dan la revancha de forma multiplicada: matan y cocinan a un familiar, posteriormente se lo sirven al objetivo de su venganza. Esto nos dice escuetamente que los actos de brutalidad salvaje (violaciones, homicidios, etc) conducen a actos más terribles y sofisticados; el caso ilustrativo sobre esto se ve en la accidentada relación de los hijos de Pélope (aquel, que destrozado por su padre es servido a los dioses y cuyo hombro fue devorado por Ceres); Atreo y Tiestes, que se provocaron toda suerte de horrores, escalando cada vez en sofisticación y maldad. Esta misma consecusión de un hecho brutal-primitivo a uno terrible-sofisticado se ve en las tres fábulas. Podemos deducir que en rigor, son más terribles los segundos, porque el odio que impulsa sus acciones va acompañado de la relfexión intelectual que los lleva no sólo a asesinar por venganza, sino a hacer que el objetivo de su venganza pruebe —más que en carne propia— en paladar el producto de sus acciones.

Además de las tres fábulas que hemos nombrado, incluyo las pequeñas referencias que hay sobre las acciones de los personajes en el resto del libro. Pertenecen a lo que en la obra de Higino se nombra como Catálogos: se trata de listados que reúnen nombres de personajes que comparten un común denominador; los reyes tebanos, los reyes atenienses, quiénes fueron más bellos, las mayores islas, etc... Dada la cantidad de información, voy a detallar algunas precisiones sobre los mitos a manera de introducción, por lo que respeto las notas de los editores de Gredos tal cual están en el libro.

Fábulas antropofágicas

El motivo de la antropofagia que presentan las tres fábulas me hace colocar esta entrada en la categoría de lo Psiquiátrico y en la subcategoría de Consecucialismo; pues se da no por lo que es, sino como móvil de una venganza.

CATÁLOGOS

CCXLVI. QUIÉNES SE COMIERON A SUS PROPIOS HIJOS EN BANQUETES.

Tereo, hijo de Marte a Itis, nacido de Procne. Tiestes, hijo de Pélope, a Tántalo y a Plístines, nacidos de Aérope (1). Clímeno, hijo de Esqueneo, a su propio hijo nacido de su hija Harpálice.

1. Aunque Aérope es la esposa de Atreo, recordemos que Tiestes se acostó con ella (véase fab. LXXXVI), razón que le valió la expulsión del trono por parte de Atreo. Cómo Atreo sirve a sus hijos en un banquete lo ha contado ya Higino en la fab. LXXXVIII.

CCXXXIX. MADRES QUE ASESINARON A SUS HIJOS.

1. Procne a Itis, nacido de Tereo, hijo de Marte.
3. Harpálice, hija de Clímeno, a causa de la impiedad de su padre, ya que ella había yacido con él contra su propia voluntad, mató al hijo que de él había concebido.

CCLIII. LAS QUE YACIERON CONTRANATURA.

1. Harpálice con su padre Clímeno.

CCLV. QUIÉNES FUERON DESPIADADAS. 

1.  Procne, hija de Pandión, mató a su hijo.
2. Harpálice, hija de Clímeno, mató a su hijo, a quien había engendrado de la unión con su padre.

CCXXXVIIII. LOS QUE ASESINARON A SUS HIJAS.

1. Clímeno, hijo de Esqueneo, a Harpálice, porque le había servido a su propio hijo en un banquete.


FILOMELA

El mito de Filomela, Procne y Tereo, es uno de los más extendidos y modificados de toda la literatura grecorromana, tal es así que encontramos variaciones hasta en la música popular latinoamérica. 
Tereo (junto con Tiestes y Clímeno) que devora a su hijo, en el fondo no podría ser considerado como tal un antropófago —a menos que sea bajo el adjetivo de accidental— y paradójicamente, son Filomela y Procne (junto con Harpálice y Atreo) las de la voluntad antropofágica. Los personajes resultan en una suerte de geometría correspondiente y contrastante; Tereo, que es el arquetipo de bárbaro —como en general se consideraba a los tracios—, es, en su crueldad y acciones, víctima de impulsos primarios; no así Procne y Filomela; que traman un plan que supera con creces a las iniquidades de Tereo. En la versión ovidiana del mito, Filomela anuncia a su hermana las acciones de Tereo a través de un tejido y finalmente sirven en un banquete a Itis, ambas actividades son de naturaleza femenina, en contraste con las acciones de hombre y guerrero de Tereo.

XLV. FILOMELA (1)

     1. El tracio Tereo, hijo de Marte (Ares), que se había casado con Procne, hija de Pandión, fue a Atenas ante su suegro Pandión para pedirle que le concediera en matrimonio a Filomela, su otra hija (2) y le dijo que Procne había muerto.
     2. Pandión le dió su consentimiento, y dejó marchar a Filomela y a unos acompañantes con ella. A ellos Tereo los lanzó al mar, y a Filomela —después de encontrarla en un monte— la violó (3). Y cuando regresó a Gracias, entrego a Filomela al rey Linceo, cuya esposa Latusa al punto envió a la rival a Procne, puesto que ésta era amiga suya (4).
     3. Al reconocer Procne a su hermana y descubrir el despiadado crimen de Tereo, comenzaron las dos a urdir de común acuerdo cómo devolver al rey una acción de tal jaez. Entretanto conoció Tereo por medio de unos prodigios cómo a su hijo Itis le acechaba la muerte procedente de una mano cercana. Oído este vaticinio, pensando que su propio hermano Driante (5) tramaba la muerte para su hijo, mató a su hermano Driante, que era inocente.
     4. Procne, por su parte, mató a su hijo Itis, nacido de ella y de Tereo, se lo sirvió en un banquete y huyó con su hermana.
     5. Conocido el crimen, Tereo persiguió a las fugitivas, y sucedió que —por compasión de los dioses— Procne se transformó en golondrina, Filomela en ruisenor. En cuanto a Tereo, dicen que fue convertido en gavilán (6).

1. La versión más completa y célebre de este mito es la de Ovidio (Met. VI 462-674). Un estudio exhaustivo del mito en todas sus versiones puede verse en A. M.ª Rodríguez, De Aedón a Filomela. Génesis, sentido y comentario a la versión ovidiana del mito, Universidad de las Palmas de Gran Canaria, 2002.
2. Pandíon I, rey de Atenas, tuvo dos hijos, Efecto y Butes, y dos hijas, Procne y Filomela. En la versión de Higino, la iniciativa de viajar a Atenas parte de propio Tereo y no de Procne, como la versión de Ovidio, lo que implica que el enamoramiento debió de tener lugar antes, y no como resultado de su llegada a Atenas.
3. El detalle del séquito que envía Pandíon no aparece ni en Apolodro (Bibl. III 14, 8) ni en Ovidio. Del hecho de que se especifique que la encuentra en un monte, parece deducirse que ella había huido tras ver arrojar al mar a sus guardianes. En Apolodro (Bibl. III 14, 8), Tereo la seduce haciéndola creer que Procne ha muerto, y se casa con ella.
4. En vez de cortarle la lengua a Filomela para que no diga nada de la violación, Higino introduce esta variante de enviarla a la corte de un rey amigo. Jessen («Prokne», Ausfürliches Lexicon der Griechischen und Römischen Mythologie, Hildesheim-Nueva York-Zúrich, 1993, vol. III.2, pág. 3.024) pensaba que la glosotomía cuadraría mal con la posterior transformación en ruiseñor. Lo anagnórisis, por lo tanto, es también distinta, habiendo desaparecido en Higino el tema del bordado.
5. De todas las versiones existentes del mito, Higino es el único autor que introduce a Linceo, Letusa y Driante, así como el vaticinio de la muertd del hijo.
6. Los autores griegos hacen de Filomela la golondrina y de Procne el ruiseñor, frente a los mitógrafos latinos, quizá para justificar éstos el nombre de philomela, «ruiseñor». En Ovidio, Tereo es transformado en abulilla (Met. VI 647), siguiendo probablemente a Sófocles. La idea de Tereo como gavilán aparece en algunas versiones anteriores a Sófocles (véase A. Ruiz de Elvira, Mitología clásica, págs. 360-364, y A. Rodríguez, op. cit., pág. 24), si bien para la metamorfosis en gavilán la mitología contaba ya con otro personaje, Dedalión, del que Higino habla en fab. CC 2.


ATREO

En Higino, el ciclo mítico que comprende las relaciones de Atreo y su hermano Tiestes, va desde la última parte de la fab. LXXXIV hasta la que presentamos aquí. Según otras tradiciones, los hijos asesinados de Tiestes no son los que nos nombra el mitógrafo, sino: Áglao, Calileonte y Orcómeno

LXXXVIII. ATREO

     1. Atreo, hijo de Pélope y de Hipodamía, deseando vengar las ofensas recibidas de su hermano Tiestes, se reconcilió con él y lo invitó a volver a su reino; mató a Tántalo y a Plístenes, hijos de Tiestes, y se los sirvió en un banquete. 
     2. Mientras éste comía, Atreo mandó que le fueran traídos los brazos y cabezas de los niños. Por este crimen incluso Sol desvió su carro (1).
     3. Conocido el abominable crimen, Tiestes huyó a la corte del rey Tesproto, donde se dice que se encuentra el lago Averno. De allí llegó a Sición, donde habia sido dejada Pelolopia, hija de Tiestes. Allí llegó por casualidad Tiestes, de noche, mientras se estaban realizando sacrificios en honor de Minerva; éste, temiendo contaminar los sacrificios, se ocultó en un bosque sagrado.
     4. Por otra parte, mientras Pelopia dirigía unas danzas acompañadas de canto, resbaló y se manchó el vestido con la sangre del animal sacrificado. De camino hacia el río para lavarar la sangre, se quitó la túnica manchada, y Tiestes salíl del bosque sagrado con la cabeza cubierta. Pelopia le extrajo la espada de la vaina en el transcurso de la violación y, al volver al templo, la escondió bajo el pedestal de Minerva. Al día siguiente, Tiestes pidió al rey que le permitiera regresar a Lidia, su patria.
     5. Entretanto sobrevino en Micenas una gran esterilidad y escasez de alimentos a causa del crimen de Atreo (2). Allí se pronunció un oráculo por el que Atreo debía reintegrar a Tiestes a su reino. 
     6. Tras haberse dirigido Atreo a la corte del rey Tesproto, pensando que allí se encontraba Tiestes, vio a Pelopia, y pidió a Tesproto que le concediera a Pelopia en matrimonio, porque pensaba que ella era hija de Tesproto. Éste, para no despertar
sospechas, le entregó a Pelopia, que ya había concebido a Egisto de su padre Tiestes. 
     7. Llegada ésta al palacio de Atreo, dio a luz a Egisto, a quien dejó abandonado. Pero unos pastores lo confiaron a una cabra, y Atreo lo mandó buscar y criar como si fuera suyo. 
     8. Por ese tiempo Atreo envió a sus hijos Agamenón y Menelao para buscar a Tiestes, los cuales se dirigieron a Delfos a fin de realizar una consulta. Casualmente Tiestes había llegado allí para obtener una respuesta acerca de la venganza que inflingiría a su hermano. Apresado por ellos, fue conducido ante Atreo. Éste mandó meterlo en la cárcel y llamar a Egisto, pensando que era su propio hijo, y lo envió para que asesinara a Tiestes. 
     9. Cuando Tiestes vio a Egisto y la espada que éste llevaba, reconoció que era la que había perdido durante la violación, y preguntó a Egisto de dónde la había sacado, Éste respondió que su madre Pelopia se la había dado, y ordenó que se la hiciera venir. 
     10. Ella le respondió que una noche, en el transcurso de una violacíón, se la había extraído a un desconocido y, que como fruto de aquel acto, había concebido a Egisto. Entonces Pelopia arrebató la espada fingiendo que deseaba reconocerla
y se atravesó el pecho.
     11. Egisto, empuñando la espada cubierta con la sangre del pecho de su madre, se la llevó a Atreo. Éste, creyendo que Tiestes había muerto, se llenó de gozo. Egisto mató a Atreo
mientras éste ofrecía sacrificios en la costa y volvió con su padre Tiestes al reino de sus antepasados. 

1. Guidorizzi interpreta este suceso como una ordalía para decidir quién de los dos hermanos habría sido destinado a reinar. Zeus había enviado a Hermes a casa de Atreo para comunicarle que debía pactar con Tiestes, y que obtendría el trono si el sol recorría su camino en sentido contrario. Tiestes aceptó y aquel día el sol se puso por oriente (Apolodoro, Epit. II 12: Ovidio, Met. 429-431; Seneca, Tiestes 776 ss.). De aquí nació la interpretación racionalista que hacía de Atreo el primer astrónomo (véase fab. CCLVI). Sobre el desvio del carro de Sol y las fuentes que lo detallan, cf. M. R. Ruiz De Elvira, «Los Pelópidas en la literatura clásica», CFC 7. 1974, págs. 276 - 486. Añádanse algunos ejemplos del Antiguo Testamento como Isaías 38, 8. 
2. Sterilitas et penuria frugum. Esta expresión, que sólo aparece en Higino, la emplea el mitógrafo hasta cuatro veces en su obra para hablar de los castigos infligidos por la impiedad de un hombre, enviados por los dioses a una ciudad. Además de la presente (a propósito del crímen de Ino contra los hijos de Nébula fab. II), Ia que sobreviene en Tebas con motivo del asesinato de Layo y el incesto de Edipo con Yocasta (fab. LXVII 6), la que
llega a Micenas con motivo del asesinato de los hijos de Tiestes por Atreo (fab. LXXXVIII 5), y la del país de Perses (fab. XXVII 2), donde como prueba de que la esterilidad es consecuencia de un crimen, Medea afirma que ella puede expiarla (XXVII 3). En los cuatro pasajes hay dos constantes: a) la naturaleza castiga a una ciudad, nunca a un particular; b) pero por el pecado de un ciudadano, consistente en haber atentado contra el ritmo establecido por la naturaleza, como es impedir la germinación de las semillas (fab. II), el parricidio e incesto (LXVII), el infanticidio (LXXXVIII), o un crimen no especificado (XXVII).

CCLVIII. ATREO Y TIESTES (1)

     Como en el transcurso de una discusión los hermanos Atreo y Tiestes no lograban provocarse ningún daño el uno al otro, fingieron una reconciliación. En esta ocasión Tiestes se acostó con la esposa de su hermano. Atreo, empero, le sirvió a su hijo en un banquete (2). Sol, para no verse mancillado, huyó de estas abominables acciones. Pero la verdad es la siguiente: Atreo fue el primero en descubrir en Micenas un eclipse de sol. Su hermano, envidioso de él, abandonó la ciudad (3).

1. Como señala Rose, las fab. CCLVIII a CCLXI parecen tomadas directamente del comentario de Servio a Virgilio, por lo que se trataría probablemente de una interpolación de un copista posterior. Ésta de Atreo y Tiestes, de quienes Higino ya ha hablado en las fab. LXXXVI a LXXXVIII, estaría tomanda de A En. I 568.
2. Nueva contradicción de Higino. En fab. LXXXVIII 1 dice que mató a dos hijos, Tántalo y Plístines.
3. Parece interesante está reflexión final de Higino, de naturaleza racionalista, que se encuentra igualmente en Estrabón (I 2,15), Luciano (Astrología 12) y Servio (A En. I 568). Por ello, mientras en la anterior mención, Sol se refiere al astro personificado (como en fab. LXXXVIII 2), aquí es simplemente el astro, con minúscula.

HARPÁLICE

Este mito es el más corto de los tres. Al igual que todos, las acciones son crímenes encadenados. 
A manera de epílogo: resta decir que si bien Higino tiene en su obra una de las colecciones mitográficas más grande, adolece por la falta de algunas referencias antropofágicas: el mito de Tideo en el ciclo de Los siete contra Tebas, por dar un ejemplo. Hay una referencia más, que por menor y diferente a estás fábulas ha quedado en esta entrada.

CCVI. HARPÁLICE

     Clímeno, hijo de Esqueneo, rey de Arcadia, cautivo de amor por su hija Harpálice, se acostó con ella. Habiendo ésta dado a luz, sirvió a su hijo en un banquete a su padre. Su padre Clímeno, conocido el crimen, mató a Harpálice (1).

1. No debe confundirse a esta Harpálice con la heroína tracia, de la que Higino ha hablado ya en fab. CXCIII. El mito que aquí narra se encuentra a su vez en Partenio (Sufrimientos de amor XIII, que depende de Euforión en su obra Tracio), Ovidio (Met. 435) Nono De Panópolis (XII 71-75) y esc. a Il. XIV 291.

Bitácora de lecturas & anotaciones bagatélicas

Notas de 2016 * Fui a Donceles hace unos días, compré muchos libros. He acumulado cerca de 200 volúmenes y simplemente no he podido conclui...