miércoles, 6 de enero de 2021

Mi Biblioteca

Por meses he acariciado y abandonado la idea de subir una especie de imágen escrita de mi biblioteca, todos los libros que poseo y que poseí. Esta podría ser la entrada más ambiciosa en cuanto a elaboración, así que en resumidas cuentas presentaré cada libro que he leído, con algunos comentarios, una semblanza y con notas que siempre estoy pensando escribir y que por una u otra razón sólo se quedan en mi cabeza —donde eventualmente se pierden—. Hace un rato leía en mis propias anotaciones que escribir es expulsar aquello que lo aqueja a uno; pero hay que decir que en este caso es más bien, para salvarse de una dolencia, la falta de memoria. 

Advertencia: los libros son agregados conforme los voy leyendo, adjunto una foto de la edición que tengo, y no hay mayor orden ni sentido, además del que dicta el azar.


El farsante feliz

Max Beerbohm 

A Beerbohm lo conocí —como casi todo mundo— por Borges, Bioy y Ocampo; en si Antología de la literatura fantástica (con la que tengo disconformidades absurdas). Recuerdo que cuando terminé de leer su soberbio Enoch Soames, me puse a buscar más obras suyas, y que sufrí una decepción enorme al saber que no había (aparentemente) nada más traducido al español. Los lectores de carrera sabrán lo frustrante que es no poder acceder a cierto autor o obra por el problema de Babel, en fin. Por fin, hace unos meses (2020) conseguí —como en una especie de regalo providencial— El farsante feliz, editado por Acantilado. Es para congratularse, porque la obra es bellísima; acabada su lectura, se convirtió en uno de mis miles de cuentos preferidos. El argumento retoma la idea de la máscara: la identidad que hay detrás de ella y como se transforma crisálidamente por su uso. Beerbohm nos presenta al diabólico Lord George Hell quien se enamora de Jenny Mere, una actriz de poca monta, sin talento pero joven y bella. Por supuesto, Hell le declara su amor, pero ella lo rechaza, al ver que es un hombre pérfido, le dice que sólo se casaría con un hombre con rostro de santo. Hell que era un aventurero nocturno, mujeriego, vicioso y terrible, es herido inopinadamente, y claro, era un noble tunate y perezoso acostumbrado a tenerlo todo, la respuesta de la señorita Mere le viene como una palangana de agua fría. El cuento es bastante trágico a pesar de que se desarrolla de forma piadosa y cómica. Para solventar la falta de bondad en su rostro, Hell compra una máscara que emula el rostro del ansiado santo, y con esta argucia seduce a la inmaculada señorita Mere, el autor deja una bonita ambigüedad que nos permite pensar que o Hell comienza a portarse bien por el influjo benigno de su dulce esposa o porque actua conforme al rostro de su máscara de santo. El caso es que Hell, villano del cuento, asume el papel de héroe; se pone a deshacer entuertos, renuncia a su posición de poder, sus riquezas y se consagra en cuerpo, alma y máscara su dulce mujer. Hasta aquí todo bien, miel sobre hojuelas y flores silvestres (hay que decir que la (ahora) señora Mere resulta una experta en material botánica), PERO; una antigua amante y compañera de correrías grotescas del ahora autoproclamado George Haeven, a quien conocimos en las primeras páginas, se aparece para tratar de recuperar al antiguo y travieso Lord Hell. La Gambogi, una guapa pero ya no tan jóven italiana, es la que cierra el cuadro bellamente tratado por Beerbohm. Lo demás es historia. Pasando a otro tema, no debo dejar de encomiar la prosa de nuestro dandy inglés, es muy sofisticada; introduciendo elegantes expresiones en italiano, francés y latín por aquí y por allá; me acordaba del protagonista de La invención de Morel, porque su narrador-protagonista esta en el mismo escalafón de cultura; no es de sorprenderse, diría mi amigo Álvaro, eran (Beerbohm, Bioy Casares) gente de mundo, hablaban varios idiomas, eran estetas; eso era normal para ellos. Pero para un mortal del subdesarrollo si que no deja de ser impresionante semejante despliegue. Además de eso, las alusiones que hace de la mitología griega: Apolo y su máscara para pasear entre los hombres durante la noche, es genial. Le da al relato una ascendencia clásica que entronca muy bien. Al principio se comenta una opera de la que por desgracia no pude obtener ningún dato: La hermosa cautiva de Sarmancada. Coso que me frustra un poco, pero no se pueden tener todas las glorias. Además de esta ópera desconocida, Beerbohm juega a citar una obra que no existe; los versos I:27,28 de la Eneida de Virgilio y hasta hacerla de apologo y juez. ¿Qué más dicer? Que hasta Shakespeare y Falstaff tienen algo ligero que ver.











lunes, 4 de enero de 2021

Lecturas imposibles: Brundecal

La Hora se acerca y la luna se ha partido en dos

Corán 54:1


No he podido conciliar el sueño. Aunque me esfuerzo en poner la mente en blanco plano y absurdo cero, los pensamientos siguen sucediéndose. Creo que fuego contra fuego siempre es la manera de combatir al enemigo y así, también, para matar el tiempo, pongo los segundos contra la pared y uno a uno les disparo en la nuca. Uso de munición las palabras del Brundecal; el libro sagrado de las gentes diminutas de Liliput y Blefuscu. 

Fue escrito por el sumo profeta Lustrog en tiempos inveterados, cuando estas naciones aún eran grupos de nómadas dispersos. Como otros libros fundacionales, el Brundecal contiene el código moral, la historia, las tradiciones y las leyes que deben guardar sus adeptos.

Conseguirlo no fue tarea fácil, y menos en la escala necesaria para su lectura. Fue manufacturado por unos expertos artesanos de Mildendo, capital de Liliput. Sé que acondicionaron una gran edificio para poder trabajar en imprimir y encuadernar un libro seis veces más grande que un hombre promedio de Liliput. La hazaña es loable, por supuesto, y puedo imaginar lo gracioso que debió ser presenciar a un ejército de hombres diminutos acomodando los móviles tipográficos para crear las palabras (previamente traducidas con celo al sintético y sobrio inglés), de una a una.

El mercader que me lo vendió dijo que para la cubierta de cuero habían sacrificado 20 minúsculas reses y que un bosque enano fue arrazado para el papel, se tuvo que cultivar durante 3 años una gran-pequeña parcela de cierta planta de la cual se extrae la tintura necesaria para los trabajos editoriales. En suma, un esfuerzo TITÁNICO por parte de unos no menos titánicos hombrecillos.

Como decía, uso el libro para distraer la mente cuando no puedo dormir; porque por supuesto no creo en el Dios de nuestra diminuta gente; su teología es abrumadora y casi invisible; me explico: ellos no creen en la maximización de las cosas, no aspiran a la superioridad ni a lo elevado, por el contrario, su dios es microscópico hasta lo imperceptible y su deseo humano es descender hasta ese nivel elemental de la materia y el espíritu.

Sus mitologías dicen que la raza humana fue condenada al engrandecimiento para darse cuenta que lo muy grande es odioso, estorboso, pesado y difícil de atender y comprender; al contrario de lo pequeño. Lustrog es más poeta que profeta y a través de los 100 cantos del Brundecal cuenta que el mundo se produjo cuando una gran, informe y nada elegante masa fue separada por este milagroso y pequeño ser que llaman dios. Así, de esa masa sin sentido, extrajo los elementos que dan vitalidad y movimiento a la existencia: la luz, los huevos y la arena, grano a grano.

Los ciudadanos de estos imperios cumplieron siempre con celo los preceptos del Brundecal, pero cierta humana tendencia a salirnos por la tangente —presente hasta en el hombre más insignificante de todos— los llevó a interpretar de forma abierta, o sea amplia y por lo tanto grande, que es lo mismo que incorrecta, las escrituras; provocando cismas que son también manifestaciones del tamaño mayor y lo malo.

De entre ellas, quizá la que más consecuencias trajo, fue la que refiere a la forma de cáscar los huevos, que como había dicho, son un elemento preeminente en su cultura y religión. Para Lustrog, el huevo que contiene la potencia de la vida sin explotar, es el estado perfecto de lo minúsculo, porque su cascara sagrada ha sido la bendición de su dios: una estructura poderosa pero frágil, que se presenta pequeña y aún destruida, o sea separada, se acerca más a la perfección de lo pequeño. Tal símbolo había sido cuidadosamente protegido, siendo que había hasta una manera ritotradicional de cascar el huevo antes de consumirlo: por su extremo ancho, en señal de rechazo por lo grande del huevo, pero un antiguo príncipe, cascando un huevo a la usanza, se corto un dedo; esto hizo que el rey en turno de Liliput decretara que desde ese momento los huevos debían ser cascados por la parte estrecha. Era una blasfemia y semejante atrocidad inconcebible no podía ser permitida así sin más: rebeliones, luchas internas, un rey destronado, otro asesinado fueron las primeras manifestaciones de inconformidad de los creyentes más ortodoxos, pero lo peor estaba por venir. Los ciudadanos de Blefuscu, mucho más tradicionales que los modernistas y ligeros liliputenses, quisieron intervenir en la soberanía de Liliput, para que volvieran al viejo y correcto modo de cascar los huevos, cosa que devino en una cruenta guerra, cuyo saldo de víctimas ascendió —verbo mal visto y casi proscrito— a 11 mil vidas.

Lo más curioso de todo es que Lustrog dice en el capítulo 54 del Brundecal: «Que todos los auténticos creyentes casquen sus huevos por el extremo conveniente». Los exegetas más sensatos de los escritos de Lustrog piensan que a pocas palabras no se le pueden desentrañar muchos significados, pero aceptan que la ambigüedad en este pasaje, permite pensar y no (otra vez mucho) que todos hacen lo correcto y que todos se equivocan.

***

El relativismo es una de las mayores enfermedades mentales de los últimos siglos. Es sabido por todos que las cosas no son grandes o pequeñas sino por contraste; pero además de la comprensión de que no hay medida en el mundo, esto no contribuye sino a la desorientación general. El Brundecal dedica uno de sus cantos a criticar esta herejía; a la metáfora la viene bien la comparativa entre una gota de agua o una lágrima y el océano; pero no se sabe de nadie que se haya ahogado en una partícula de agua. En ese sentido, el libro sagrado es más práctico y reconoce la existencia de la relatividad, pero prepondera el hecho de que por milenios, la raza humana ha sido diminuta, siendo esta evidencia empírica el asidero de la idea del tamaño y la dimensión en el mundo. Sólo los observadores externos pueden percibir esa quimérica relatividad. Una de las piedras angulares del Brundecal  es el huevo, que por un milagro divino, siempre es del mismo tamaño invariable; los años se suceden indefinidamente, pero los huevos son siempre del prodigioso y exacto tamaño de siempre. Ante este eje del universo, el Brundecal adquiere un poderoso argumento contra la relatividad.

Las gentes de Blefuscu y Liliput nada se sorprendieron de ver a Guilliver enorme, encarnante de la maldad; pero entre ellos, el diablo de la relatividad ha venido a ser un personaje no menos inverosímil que el médico navegante Lemuel: Micromegas, quién puede saltar entre planetas como quien salta por las rocas de un riachuelo, y en cuya uña puede sostener un galeón filosófico, es el hombre planeta; horriblemente grande; exagerada e innecesariamente gigantesco. A los ojos de los fieles del Brundecal, esto no es más que un desperdicio de materia.

***

El canto sexto habla de la corrupción de la semilla: la muerte que da vida cuando germina; cosa que de paso da excusa para hablar del arte de la agricultura, visto por el Brundecal con recelo; pues fomenta el aumento de materia, antes que su disminución. Es curioso cómo en este libro sagrado, bendiciones y maldiciones se suceden; eliminando cada cual a la anterior a ella: la semilla germina y crece (negativo), pero da más semillas (positivo); aunque son cantidades ingentes de semillas (negativo), sin embargo, el acto sagrado de comer las disminuye (positivo). La razón de esto, es que el resultado siempre es la resta de los factores; siempre lo negativo anula la positivo y para el Brundecal y Lustrog, eso al final es una bendición mayor. 

A propósito del supremo acto de alimentarse: no por deshacerse de más grano, de más fruto, el Brundecal condona la prodigalidad. Al contrario, los versos últimos de este canto contienen las normas de la contención y la justa medida: «comer y saciar el apetito; disminuir el producto de la tierra, pero jamás devorar; el exceso mata, pues las cantidades grandes y nefastas yaceran en nosotros. Menos es mejor».

***

El canto cuarenta tiene versos como estos:

«El mundo es grande y lo grande es inaprehencible»

«Nuestras manos son de tamaño adecuado para tomar todo lo que necesitamos y no más»

«La cabeza es pequeña y como tal no debe cargar nunca con el peso del mundo: pocas ideas, pocos pensamientos, un sólo amor y una sola dirección; mira como el huevo puede albergar una creación entera, pero su estado prístino es sencillo»

«Si todos los granos de arena del desierto se perdiesen y quedase sólo uno, uno sería suficiente para contener al desierto todo».

«El hombre y la mujer se unen, y su suma es una resta: nace un sólo ser, así lo quiere Dios. Uno es suficiente».

viernes, 25 de diciembre de 2020

Arborescencias: frutos simbólicos y raíces secretas de los árboles [I - III]

Escribir es mi manera de ordenar el pensamiento. Publicar es a penas un capricho ajeno a todo lo que atañe escribir. Incluso, siendo extremista, no distingo entre escritura y pensamiento. Por ello, sostengo, que, quien me lee, lee mi pensamiento. Esta es la razón por la que escribo una nueva entrada, algo sobre los árboles y el interés —científico, poético y abstracto— que me despiertan. Lo siguiente son mis apuntes, mis datos, observaciones y demás, despojados de la intensión ensayística, simplemente ordenados para mostrarme un fenómeno.

I. Del mar y el detrimento del árbol

Sin duda uno de los libros que más me ha sorprendido este año (2019) es Iconografía romántica del mar de W. H. Auden. Sus observaciones sobre el parteaguas que es el arte romántico con respecto al mar me ha hecho reflexionar bastante; ahora mismo leo El Mar, una obra híbrida de Jules Michelet sobre el mismo tema. Si mi memoria no me es infiel, Auden no menciona ni de lejos a Michelet a pesar de estar en gran sintonía con sus observaciones. Pero, lo que importa más que si Auden y Michelet coinciden, son estas líneas del segundo: «Por los eriales, se extiende, antes del mar, un mar previo de hierbas ásperas y bajas, helechos y brezos. Todavía a una legua, a dos leguas, se notan ya los árboles, enclenques, dolientes y ariscos, que anuncian a su modo por sus actitudes, iba a decir por sus ademanes extraños, la proximidad del gran tirano y la opresión de su resuello. Si no estuvieran presos por sus raíces, obviamente huirían; con la mirada al suelo y dando la espalda al enemigo, parecen estar justo a punto de salir, derrotados y desgreñados. Se doblan, se inclinan hasta el suelo, y al no poder hacer nada mejor, ahí clavados, se retuercen con el viento de las tempestades. En otras partes también, el tronco se achica y extiende sus ramas indefinidamente en el sentido horizontal. En las playas, las conchas disueltas levantan un fino polvo que va invadiendo, sepultando el árbol. Al cerrarse sus poros, faltándole el aire, se ahoga; pero conserva su forma y ahí se queda como árbol de piedra, espectro de árbol, sombra lúgubre que no puede desaparecer, cautiva en la muerte misma».
El cuadro descrito no es de los pocos donde se nos pinta una naturaleza costera corrupta (1) y (aunque Michelet no use colores) gris. Recuerdo especialmente lo descrito por Robert Louis Stevenson sobre el atalón de Farakawa en la geografía de las islas Pomontú que básicamente es un paraíso pútrido y las circunstancias para que un árbol pueda crecer son adversas: «El cocotero crece con exhuberancia en este solum austero; hunde sus raíces, hasta las aguas estancadas y turbias y levanta contra el viento su verde cabeza, pletórico de placer y salud. Sin embargo en su infancia tiene necesidad de una alimentación especial, y en muchas islas del bajo archipiélago se entierra al lado del árbol un trozo de galleta ¡y hasta un clavo oxidado!». El clavo funciona para proporcionar hierro a la planta y ayudarla en su crecimiento, hoy día, ya hay mejores métodos.
Pero, ¿qué relación existe entre las palmeras de las islas de los mares del Sur y los árboles de la costa bretona de Pornic? Es fácil advertir que los climas, las situaciones geográficas y la vegetación son dos mundos a parte. El común denominador es el Mar.
Las marismas bretonas y las islas pútridas de Pomontú comparten su odio natural por la vida. Claro que el hombre puede interceder en favor del árbol. Y lo hace. Lucha contra el mar, pero aún con su voluntad e inteligencia no es mayor rival que el árbol mismo.
Michelet habla del curioso fenómeno de petrificación dédrica que el agua y la arena provocan. El mar es una medusa despiadada. Sus fuerzas para transformar la madera son muchas, los trozos de tronco arrojados a las orillas de las playas; largamente tallados por las lenguas del agua por ejemplo. 
El mar tormentoso cosecha al árbol y de nada valen las manos-raíces sujetando la tierra, después de, queda botado; vulgarmente, en algún rincón impropio, ha muerto. Él, mientras tanto, vuelve sobre sí y se olvida de todo.
Pocas fuerzas en la naturaleza son verdaderos peligros para el árbol; pero plagas y fuego no se comparan con el Mar.
Entonces, ¿es acaso el Mar el enemigo por excelencia del Árbol; una suerte de Dios despiadado e inconsciente? 
Ofrezco mi punto de vista: sepulta un bosque con tierra; incéndialo y los árboles podrían derrotar esos sepulcros, renacer de sí mismos. Sepulta un bosque con agua salobre —ya ni de mar totalmente— y el ahogo será fatal.

1. Otra imágen interesante está en el tercer capítulo de la segunda parte de Lolita de Vladimir Nabokov. El autor describe: Finally, on a Californian beach, facing the phantom of the Pacific, I hit upon some rather perverse privacy in a kind of cave whence you could hear the shrieks of a lot of girl scouts taking their first surf bath on a separate part of the beach, behind rotting trees; but the fog was like a wet blanket, and the sand was gritty and clammy, and Lo was all gooseflesh and grit, and for the first time in my life I had as little desire for her as for a manatee. La pasión apagada de H. H. es reflejo de esos «rotting trees».

II. Irse por las Ramas, pensar desde el Árbol

La dimensión de los sueños, mejor dicho, del ensoñamiento, está emparentada con la copa del Árbol. En las modestas alturas de las ramas se piensan ideas que desafían la gravedad (1); quizá no llegan a la elevación que alcanzan los disparates de las aves, pero su belleza es suficiente para marear la mente y adormecerla.
Mas, antes de hablar de esas ideas, frutos suspendidos, hay que buscar las razones para subir al Árbol. 
Elena Garro escribe esto en Andarse por las ramas:
«Encima del muro surgen las ramas de un árbol y Titina, sentada en una de ellas. Mientras tanto don Fernando habla, dirigiéndose a la silla vacía.
Don Fernando: Siempre haces lo mismo. Te me vas, te escapas. No quieres oír la verdad. ¿Me estás oyendo?
Titina (desde el árbol): Lo oigo, don Fernando.
[...]
Polito: Titina te oye y también te oigo yo.
Don Fernando: Se escapa, y lo peor de todo es que a ti también te enseña a irte por las ramas.
Titina (desde el árbol): Yo no creo que sea malo irse por las ramas...
Don Fernando (a la silla vacía): Irse por las ramas es huir de la verdad.»
Titina se ausenta de una realidad que Don Fernando trata de mantener cabal, censurando el juego, la poesía y el ensueño; luego esa sensatez comete la insensatez de hablarle a la ausencia. La de Titina es la primera razón para subir al Árbol: para escapar. Andarse por las ramas es fugarse del tedio y la cuadratura. 
La segunda razón para subir al Árbol nos la ofrece Wolf Earlbruch en el cuento tanático El pato y la muerte:
«—¿Qué hacemos hoy?  —preguntó de buen humor.
—Hoy no iremos al estanque —exclamó el pato—. ¿Qué te parece si hacemos algo verdaderamente emocionante?
La muerte se sintió aliviada.
—¿Subirnos a un árbol? —preguntó burlonamente.»
El pato y la muerte después de bastantes paseos, divagan y lo que inicia como una broma termina en las alturas de un árbol. Irse por las ramas es fruto del ocio. La mente aburrida se pasea sin rumbo y va subiendo a cada pensamiento.
Pero, si bien las razones no son similares entre sí, al menos lo son las ideas que resultan del disparate de trepar entre el follaje. Garro continua:
«Titina: Las ramas son verdad. Polito, dile a tu papá que las ramas son verdad.
Polito: Sí, son verdes y sirven para columpiarse, papá.
Don Fernando: ¿Para columpiarse? Aquí se trata de tener los pies honestamente en el suelo...
Titina: Las ramas tienen los pies en el suelo.
Don Fernando: No respondas con sofismas, Justina.
Titina: No son sofismas. Las ramas tiene los pies en el suelo. Pero dígame, don Fernando, ¿el suelo dónde tiene los pies?
Don Fernando: ¡Qué idea tan atropella!
Polito: ¡Es cierto! ¿En dónde están los pies del suelo?
Titina: El suelo es la cáscara que cubre el mundo... y debe tener...
Polito: Entonces el suelo tiene los pies en el mundo.
Titina: ¡Claro! ¿Y el mundo dónde tiene los pies, don Fernando?
Don Fernando: ¡El mundo no tiene pies!
Polito: Entonces, ¿cómo se sostiene?
Don Fernando: El mundo gira en el espacio.
Titina: ¡El mundo baila un vals! ¿Ves qué hermoso, Polito? El mundo está bailando un vals. (Silba el Danubio azul.)»
No es de extrañarse que Titina coseche sus disparates en las ramas, allí crecen las flores, las frutas. Sus observaciones son periféricas, sólo también en la periferia de las ramas, lejos del tronco, podrían haber formas de mirar desde arriba el mundo, encontrarle una cara lateral.
Earlbruch continúa:
«El estanque se veía muy, muy abajo.
Ahí estaba, tan silencioso... y solitario.
"Así que eso es lo que pasará cuando muera", pensó el pato.
"El estanque quedará... desierto. Sin mí."
A veces la muerte podía leer los pensamientos.
—Cuando estés muerto el estanque también desaparecerá: al menos para ti.
—¿Estás segura? —preguntó el pato desconcertado.
—Tan segura como seguros estamos de lo que sabemos —dijo la muerte.
—Me consuela, así no podré echarlo de menos cuando...
—...hayas muerto. —terminó la muerte.
Le resultaba tan fácil hablar sobre la muerte
—¿Por qué no bajamos? —le pidió el pato un poco después—. Subido a los árboles se piensan cosas muy extrañas.»
De nuevo, pensamientos nacidos del vértigo vegetal. Pequeñas reflexiones, del alejamiento, porque andarse por las ramas es tomar distancia. ¿Hay peligro? Claro, la altura es contra natura, lamentablemente. Irse de rama en rama no puede ser forma de vida, porque busca lo ideal; las ramas crecen hacía el sol, y eso deslumbra, hace perder la noción y se corre el riesgo de caer. Todo lo que sube, tiene que bajar (si estuviera en el Árbol, diría: ¿Dónde es arriba y donde abajo?). También, cortar mucha fruta y mucha flor, llenarse las manos, puede terminar mal. Es cosa de moderación, tal vez...
Algo más. Creo —siento, sobre todo— que leer es una sofisticación del andarse por las ramas. Están todos los elementos: uno se ausenta, uno se aleja, uno medita en las alturas y corta las flores, las frutas, a veces se descalabra por la cosecha, pero todo lo vale por esas delicias. No es de extrañarse que los libros sean producto del árbol, donde uno se anda por las ramas.

1. El psicoanalista semiperdido de Augusto Monterroso es otro ejemplo del disparate de alturas arborescentes: “Con la fuerza que dan el instinto y el afán de investigación logró fácilmente subirse a un altísimo árbol, desde el cual pudo observar a su antojo no solo la lenta puesta del sol sino además la vida y costumbres de algunos animales, que comparó una y otra vez con las de los humanos.” Sus observaciones derivan en un ensayo que invierte los papeles de los animales que observa: El conejo y el león. Contraria a la tradición, la conclusión psicoánalitica de nuestro erudito “demuestra que el León es el animal más infantil y cobarde de la Selva, y el Conejo el más valiente y maduro: el León ruge y hace gestos y amenaza al universo movido por el miedo; el Conejo advierte esto, conoce su propia fuerza, y se retira antes de perder la paciencia y acabar con aquel ser extravagante y fuera de sí, al que comprende y que después de todo no le ha hecho nada.

III. De Defoliaciones y el viento

Trepar la estatura del árbol tiene una contraparte, una que prefiero mirar con imparcialidad, porque es justo como se debe mira el curso natural de la existencia. Hay quienes piensan que vamos en un transito circular, hay otros que dicen que vamos en uno en espiral. Soy de los últimos, no veo una repetición o un paso por los mismos sitios calcando los caminos; veo la prolongación de una curva infinita porque en ella se cumplen las dos cualidades de la existencia: unidad y variedad. La fuerza de la vida que está condenada a la muerte sólo puede jugar una carta. La vida se conserva en sí misma y es abono y semilla al mismo tiempo. Lo que digo no es una novedad, pero es el telón para fijarse en un punto de esa espiral, el momento en el que aquella vida que ha hecho su parte para la conservación de la misma, se abandona en (o es arrancada por) lo inevitable. Villiers de L'Isle-Adam abre su cuento Las hijas de Bienfilâtre con esta imágen: «A los padres; sin embargo, en algunas tribus de América se les persuade para que suban a un árbol, y luego se sacude dicho árbol. Si caen es un deber sagrado de cualquier buen hijo, como antiguamente entre los Messenitas, el de matarlo allí mismo golpes de tomahawk para ahorrarles los sufrimientos de su decrepitud. Si tienen fuerzas para agarrarse una rama, es que entonces aún sirven para la caza o la pesca, y se aplaza su inmolación.» Nuestro autor lo comenta para ilustrar un punto sobre las diferentes presentaciones de lo que son lo bueno y lo malo, que —citando a Pascal— son tan sólo una cuestión de latitud. Pero, además, hay una metáfora: la de las hojas caducas —figura que recorre todas las culturas—. El viejo trepado el árbol no es un jóven soñando con alcanzar las estrellas o mirando las nubes pas(e)ar, es, en realidad, la hoja marchita del otoño, o la que ha sobrevivido al invierno y que se aferra para no caer. En La ley de la vida de Jack London, el viejo Koskoosh le dice a su hijo (que está a punto de abandonarlo en la tundra): «Está bien. Soy como la hoja del año pasado, que se aferra débilmente al tallo. Al primer soplo, caeré. Mi voz se ha vuelto como la de una vieja. Mis ojos ya no me muestran el camino de mis pies, y mis pies están pesados y estoy cansado. Está bien.» Hay un estoicismo agreste en este viejo que ha llegado a comprender esa Ley: «La veía ejemplificada en toda la vida. El desarrollo de la savia, el verde estallido de la yema del sauce, la caída de la hoja amarillenta: en esto sólo estaba narrada toda la historia.» El motivo es claro y el destino también. Koskoosh sería una carga para la tribu que viaja a una tierra más propicia durante el invierno; su sacrificio es abono, permite a los suyos andar sin él como lastre [¿acaso no es dura esa terrible ley?]. La imágen de la Defoliación es constante en muchos ámbitos, irónicamente hasta en los muebles, tal cual escribe Pedro Antonio de Alarcón en Las ferias de Madrid: «como caen de los árboles las hojas secas, para abonar la tierra que embellecieron y sombrearon, y cooperar al florecimiento de otra primavera futura, así los trastos viejos de las ferias de Madrid se desprenden, todos los otoños, de los sotobacos y buhardillas de la corte y se convierten en lúgubres mueblajes para casas de huéspedes, o en ajuares de media tijera para matrimonios nuevos. —Tal es la ley universal de lo creado.» Esto no puede ser todo. Me niego a que sea así, y como toda ley tiene su laguna, hay que hablar de la esterilidad. Las hojas que cumplen el ciclo son las más, las suficientes, pero no son el total. Hay una, o dos hojas que son del viento (1), que viajan con él. Una hoja que termina entre las páginas de un libro, que ha renunciado a dar vida a la vida y que ahora está fuera del tiempo. Rompen la hipnosis porque se alejan y en la distancia se pierden, se hunden en el mar, se consumen en el fuego, se caen antes de tiempo, hacen todo menos cumplir la ley y es el viento el que se las lleva, ¿qué puede significar el viento? un motivo, una inspiración súbita por perseguir algo que está más allá de la comprensión; el viento es la libertad, por supuesto, pero es en el fondo, otra manera, una muy personal de romper la ley y sin embargo cumplirla.

1. Hay un hombre que canta que «todas las hojas son del viento porque él las nueve hasta en la muerte», y no se equivoca, pues si bien las hojas pertenecen al viento, éste no las reclama a todas.


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Por meses he acariciado y abandonado la idea de subir una especie de imágen escrita de mi biblioteca, todos los libros que poseo y que poseí...