lunes, 27 de julio de 2020

Reunión: 3. Sredni Vashtar

Este cuento de Saki (H. H. Munro) tiene dos elementos que son muy impresionantes para mí. El primero de ellos es la siniestra contiguidad que guarda con la novela El señor de las moscas de William Golding; en ésta, un grupo de niños quedan varados en una isla desierta, entonces, deben organizarse para sobrevivir. A menudo se interpreta la historia como símbolo de la corrupción social: lo que en un principio tiene tintes de ser una feliz utopía democrática, se va tornando en una salvaje anarquía propiciada por las superticiones y el miedo. Si miramos microscópicamente un momento nodular entre esos dos estados de civilidad y barbarie, vamos a encontrar una figura demoníaca: el señor de las moscas que asola en secreto a la grupa de niños; una deidad maléfica que va cobrando intensidad en la imaginación fértil e inocente que se tiene a ciertas edades. Muchas veces se abusa de ciertas ideas tendenciosas cuando se habla de infancia en la literatura: se le pinta cándida, noble y pura —casi que es imposible no pensar en cierto ilustrado que creía que el hombre es bueno por naturaleza y decir que entoces el niño lo es más—. Yo pienso que el hombre está en un estado de neutralidad: potencialmente bueno o potencialmente malo. Entonces, ensayemos a poner a un montón de infantes náufragos en un territorio donde no hay más leyes que las que ellos son capaces de sostener: el resultado parece inclinarse a la catástrofe. Si me lo preguntan, la inocencia es una antesala constante de la supertición, el desorden y el miedo. Esta facilidad que tienen los niños para inventar dioses terribles es lo que comparten las narraciones de Golding y Saki. En ambas los sentimientos de nobleza natural conducen a resultados similares: la crueldad, esta se sucede con el miedo, que alcanza su plenitud en la supertición y culmina en la indolencia. El segundo elemento destacable es el poder de la palabra. Hay que decir que este cuento está incluído en la Antología de la literatura fantástica de Borges, Bioy & Ocampo. El papel definitivo y definitorio que cumple la palabra en la narración me hace pensar que fue Borges quien seleccionó personalmente el cuento. En la mitología Vasca se dice que lo que tiene nombre existe; en el texto de Saki a menudo se apelara al poder de la imaginación para sugerir la razón de ser del hecho fantástico que acontece; lo mismo podría decirse del señor de las moscas, pero no se teme o se venera fomas indefinidas; en ambas narraciones el miedo y el odio no se concretan del todo hasta que no se da el acto nominativo: nombrados Sredni Vashtar y el señor de las moscas es cuando adquieren su poder: bautizados, cobran existencia. Y legítimos, es también cuando comienza el culto. La devoción por Sredni Vashtar y el señor de las moscas me estremece: hemos de preguntarnos cómo es posible que Golding y Saki concluyeran que si un niño imaginara un dios, su creación sería un dios de las cosas terribles, de la ferocidad y aún del dolor.



     Conradín tenía diez años y, según la opinión del médico, no iba a vivir cinco años más. El médico era suave, ineficaz, y no se lo tomaba en cuenta, pero su opinión estaba respaldada por la señora de Ropp; a quien debía tomarse en cuenta. La señora de Ropp, prima de Conradín, era su tutora, y representaba para él esos tres quintos del mundo que son necesarios, desagradables y reales; los otros dos quintos, en perpetuo antagonismo con los anteriores, estaban concentrados en su imaginación. Conradín suponía que de un día para otro iba a sucumbir a la dominante presión de las cosas necesarias: la enfermedad, las prohibiciones propias de los mimos y el interminable aburrimiento. Su imaginación, estimulada por la soledad, le impedía sucumbir.
     La señora de Ropp, ni en los momentos de mayor franqueza, se confesaba que no quería a Conradín, aunque hubiera podido darse cuenta de que al contrariarlo "por su bien" cumplía con un deber que no era particularmente penoso. Conradín la odiaba con una desesperada sinceridad, que sabía disimular perfectamente. Las pocas diversiones que inventaba acrecían con la perspectiva de molestar a su tutora. La señora de Ropp estaba excluida del dominio de su imaginación como un objeto sucio, que no podía tener entrada.
     En el triste jardín, vigilado por tantas ventanas listas a entreabrirse para recordarle la obligación de tomar una medicina o para decirle que no hiciera esto o aquello, encontraba poco encanto. Los escasos árboles frutales le estaban celosamente vedados; sin embargo, hubiera sido difícil descubrir un comprador que ofreciera diez chelines por su producción de todo el año. En un rincón, casi completamente escondida por un arbusto, había una casilla de herramientas abandonada; bajo su techo, Conradín halló un refugio, algo que participaba de los variados aspectos de un cuarto de juguetes y de una catedral. La había poblado de fantasmas familiares, algunos sacados de la historia, otros de su propia imaginación; pero la casilla ostentaba también dos huéspedes de carne y hueso. En un rincón vivía una gallina Houdán, de áspero plumaje, a la que el chico dedicaba un cariño que casi no tenía otra salida. Más atrás, en la penumbra, había un cajón. Estaba dividido en dos compartimentos, uno de ellos con travesaños de fierro en el frente. Era la morada de un gran hurón de los pantanos; el muchacho de la carnicería se lo había dado de contrabando, con jaula y todo, por unas pocas monedas de plata. Conradín tenía mucho miedo de ese animal flexible y de garras afiladas, pero era su más preciado tesoro. Su presencia en la casilla era para Conradín una secreta y terrible felicidad: debía mantenerlo escondido de La Mujer (así denominaba a su prima). Un día, quién sabe cómo, urdió para la bestia un nombre maravilloso, y desde ese momento el hurón de los pantanos fue un dios y una religión.
     A la religión condescendía La Mujer una vez por semana, en una iglesia de los alrededores; la acompañaba Conradín. Pero todos los jueves, en el musgoso y oscuro silencio de la casilla de herramientas, el niño oficiaba con místico y elaborado ceremonial ante el cajón de madera, santuario de Sredni Vashtar, el Gran Hurón. Adornaba su altar con flores coloradas y frutas escarlatas, pues era un dios que favorecía el impaciente lado feroz de las cosas (la religión de La Mujer, según Conradín, estaba dirigida en sentido opuesto). En las grandes fiestas, echaba ante el cajón nuez moscada en polvo. Necesitaba robar la nuez moscada; eso daba mayor valor a su ofrenda. Las fiestas eran variables y tenían por objeto celebrar algún acontecimiento pasajero. En ocasión de un agudo dolor de muelas que por tres días padeció la señora de Ropp, Conradín prolongó los festivales durante todo ese tiempo y casi llegó a persuadirse de que Sredni Vashtar era personalmente responsable del dolor.
     La gallina del Houdán jamás intervino en el culto de Sredni Vashtar. Conradín había decidido que era anabaptista. No pretendía tener el más remoto conocimiento de lo que era un anabaptista, pero tenía una íntima esperanza de que fuera algo audaz y no muy respetable. Para Conradin, la señora de Ropp encarnaba la odiosa imagen de toda respetabilidad.
     Después de un tiempo, las permanencias de Conradín en la casilla empezaron a llamar la atención de su tutora. “No puede ser bueno para él pasarse el día allí, cuando hace frío”, decidió prontamente, y una mañana, a la hora del desayuno, anunció que la gallina del Houdán había sido vendida la noche anterior. Con sus ojos miopes escrutó a Conradín, esperando un ataque de rabia y de tristeza que estaba lista a reprimir con la fuerza de excelentes preceptos. Pero Conradín no dijo nada; no había nada que decir. Algo, en esa cara impávida y blanca, la tranquilizó. Esa tarde, a la hora del té, hubo tostadas: atención generalmente excluida con el pretexto de que “eran malas para Conradín”, y también porque hacerlas daba trabajo.
     —Creí te gustaban las tostadas —exclamó con resentimiento la señora de Ropp, al observar que no las comía. 
     —A veces —dijo Conradín. 
     Esa tarde, en la casilla de las herramientas, hubo un cambio en el culto al dios del cajón. Hasta entonces, Conradín no había hecho más que cantar sus oraciones: ahora pidió un favor.
     —Hazme un favor, Sredni Vashtar.
     El favor no estaba especificado. Sredni Vashtar, que era un dios, no podía ignorarlo. Conradín miró hacia el otro rincón vacío y, conteniendo un sollozo, regresó al mundo que detestaba. 
     Todas las noches, en la bienvenida oscuridad de su dormitorio, todas las tardes, en la penumbra de la casilla, proseguía la amarga letanía de Conradín: 
     —Hazme un favor, Sredni Vashtar.
     La señora de Ropp advirtió que no cesaban las visitas a la casilla; una tarde llevó a cabo una inspección más completa. 
     —¿Qué guardas en ese cajón cerrado con llave? —le preguntó—. Han de ser conejitos de la India. Los haré llevar.
     Conradín apretó los labios, pero la mujer registró su dormitorio hasta descubrir la llave escondida, y en seguida bajó a la casilla a coronar su descubrimiento. Era una tarde lluviosa, y a Conradín le habían prohibido salir al jardín. Desde la última ventana del comedor podía verse la casilla; en esa ventana se instaló Conradín. Vio entrar a La Mujer y la imaginó abriendo la puerta del cajón sagrado y examinando con ojos miopes la espesa cama de paja donde estaba oculto su dios. Tal vez, con impaciencia torpe, estuviera tanteando la paja con el paraguas. Fervorosamente, Conradín articuló su última plegaria. Pero al rezar sentía la incredulidad. Sabía que La Mujer iba a aparecer de un momento a otro, con sonrisa fruncida que él tanto detestaba; dentro de una o dos horas, el jardinero se llevaría a su prodigioso dios, no ya un dios sino un simple hurón de color pardo, en un cajón.
     Y sabía que La Mujer triunfaría siempre, como había triunfado hasta ahora, y que sus persecuciones y su tirania irían debilitándolo poco a poco hasta que a él ya nada le importara, hasta que aconteciera lo previsto por el doctor. Y como un desafío, en el despecho de la derrota, empezó a gritar el himno a su ídolo amenazado: 

Sredni Vashtar acometió: 
Sus pensamientos eran pensamientos rojos, sus dientes eran blancos.

Sus enemigos pidieron paz, pero Él les trajo muerte. 
Sredni Vashtar, el hermoso. 

     De golpe dejó de cantar y se acercó a la ventana. La puerta de la casilla seguía abierta. Los minutos pasaban. Los minutos eran largos, pero pasaban. Miraba los gorriones que volaban y corrían por el césped. Los contó y los volvió a contar, sin perder de vista la puerta. Una criada de expresión agria entró en la pieza y puso la mesa para el té. Conradín seguía esperando, vigilando. Gradualmente, la esperanza se deslizaba en su corazón; el triunfo empezó a brillar en sus ojos, hasta ahora sólo conocedores de la melancólica paciencia de la derrota. Con una exultación furtiva, volvió a gritar el peán de victoria y devastación. Sus ojos fueron recompensados. Por la puerta salió una larga bestia amarilla y parda , baja, con ojos deslumbrados por la luz del atardecer y oscuras manchas mojadas en la piel de las mandíbulas y del cuello. Conradín cayó de rodillas. El Gran Hurón de los Pantanos se dirigió a una de las acequias del jardín, bebió, atravesó un puente de tablas y se perdió entre los arbustos. Ése fue el tránsito de Sredni Vashtar. 
     —Está servido el té —dijo la criada de expresión agria—. ¿A dónde fue la señora? 
     —A la casilla —dijo Conradín. 
     Y mientras la criada salió a buscar a la señora, Conradín sacó de un cajón del aparador el tenedor de las tostadas y se puso a tostar el pan.
     Y mientras lo tostaba y le ponía mucha manteca y lo saboreaba con lentitud, escuchaba los ruidos y silencios que caían en rápidos espasmos del otro lado de la puerta del comedor. Los chillidos tontos de la criada, el correspondiente coro de las cocineras, los correteos, las urgentes embajadas para pedir auxilio y, después de una pausa, los sagrados sollozos y el deslizado andar de quienes llevan una carga pesada.
     —¿Quién se lo dirá al pobre chico? Yo no me atrevo —dijo una voz chillona. 
     Y mientras discutían el asunto entre ellas, Conradín se preparó otra tostada.

viernes, 24 de julio de 2020

Reunión: 2. Tigres azules

En 1983 se publicó La memoria de Shakespeare; el ultimo libro de relatos de Jorge Luis Borges. Dicho volumen incluye este cuento, que junto con El zahir y Utopía de un hombre que está cansado son mis tres narraciones preferidas del autor argentino. Tigres azules propone un problema absurdo y absoluto cuya solución no puede ser alcanzada por métodos convencionales y que incluso, en realidad, tal vez no pueda ser alcanzada por la mente humana; la naturaleza contradictoria de un hecho verificado por la experiencia, nos hace cuestionar nuestra percepción de aquello que llámanos lógica. Este cuento —como mucha de la obra de Borges— ha sido motivo de profundos análisis y múltiples exegesis, no vamos a engrosar esas páginas, hemos de limitarnos a decir que la narración propone una idea un tanto desoladora para la condición humana: que sencillamente somos un elemento más de la materia, que nuestra experiencia y relación con la misma sólo tiene sentido para nosotros y que para el caos y el orden del universo no somos nada.


     Una famosa página de Blake hace del tigre un fuego que resplandece y un arquetipo eterno del mal (1); prefiero aquella sentencia de Chesterton, que lo define como símbolo de terrible elegancia (2). No hay palabras, por lo demás, que puedan ser cifra del tigre, forma que desde hace siglos habita la imaginación de los hombres. Siempre me atrajo el tigre. Sé que me demoraba, de niño, ante cierta jaula del zoológico; nada me importaban las otras (3). Juzgaba a las enciclopedias y a los libros de historia natural por los grabados de los tigres. Cuando me fueron revelados los Jungle Books, me desagradó que Shere Khan, el tigre, fuera el enemigo del héroe (4). A lo largo del tiempo, ese curioso amor no me abandonó. Sobrevivió a mi paradójica voluntad de ser cazador y a las comunes vicisitudes humanas. Hasta hace poco —la fecha me parece lejana, pero en realidad no lo es— convivió de un modo tranquilo con mis habituales tareas en la Universidad de Lahore. Soy profesor de lógica occidental y consagro mis domingos a un seminario sobre la obra de Spinoza. Debo agregar que soy escocés; acaso el amor de los tigres fue el que me atrajo de Aberdeen al Punjab. El curso de mi vida ha sido común, en mis sueños siempre vi tigres (ahora los pueblan de otras formas). 
     Más de una vez he referido estas cosas y ahora me parecen ajenas. Las dejo, sin embargo, ya que las exige mi confesión. A fines de 1904, leí que en la región del delta del Ganges habían descubierto una variedad azul de la especie. La noticia fue confirmada por telegramas ulteriores, con las contradicciones y disparidades que son del caso. Mi viejo amor se reanimó. Sospeché un error, dada la impresión habitual de los nombres de los colores. Recordé haber leído que en islandés el nombre de Etiopía era “Bláland”, Tierra Azul o Tierra de Negros. El tigre azul bien podía ser una pantera negra. Nada se dijo de las rayas y la estampa de un tigre azul con rayas de plata que divulgó la prensa de Londres; era evidentemente apócrifo. El azul de la ilustración me pareció más propio de la heráldica que de la realidad. En un sueño vi tigres de un azul que no había visto nunca y para el cual no hallo la palabra justa. Sé que era casi negro, pero esa circunstancia no basta para imaginar el matiz.
     Meses después un colega me dijo que en cierta aldea muy distante del Ganges había oído hablar de tigres azules. El dato no dejó de sorprenderme, porque sé que en esta región son raros los tigres. Nuevamente soñé con el tigre azul, que al andar proyectaba su larga sombra sobre el suelo arenoso. Aproveché las vacaciones para emprender el viaje a esa aldea, de cuyo nombre —por razones que luego aclararé— no quiero acordarme. Arribé ya terminada la estación de las lluvias. La aldea estaba agazapada al pie de un cerro, que me pareció más ancho que alto, y la cercaba y amenazaba una jungla, que era de un color pardo. En alguna página de Kipling tiene que estar el villorio de mi aventura ya que en ellas está toda la India (5), y de algún modo todo el orbe. Básteme referir que una zanja con oscilantes puentes de cañas apenas defendía las chozas. Hacia el sur había ciénagas y arrozales y una hondonada con un río limoso cuyo nombre no supe nunca, y después, de nuevo, la jungla.
     La población era de hindúes. El hecho, que yo había previsto, no me agradó. Siempre me he llevado mejor con los musulmanes, aunque el Islam, lo sé, es la más pobre de las creencias que proceden del judaísmo.
     Sentimos que en la India el hombre pulula; en la aldea sentí que lo que pulula es la selva, que casi penetraba en las chozas. El día era opresivo y la noche no tenía frescura.
     Los ancianos me dieron la bienvenida, y mantuve con ellos un primer diálogo, hecho de vanas cortesías. Ya dije la pobreza del lugar, pero sé que todo hombre da por sentado que su patria encierra algo único. Ponderé las dudosas habitaciones y los no menos dudosos manjares y dije que la fama de ese lugar había llegado hasta Lahore. Los rostros de los hombres cambiaron; intuí inmediatamente que había cometido una torpeza y que debía arrepentirme. Los sentí poseedores de un secreto que no compartirían con un extraño. Acaso veneraban al Tigre Azul y le profesaban un culto que mis temerarias palabras habrían profanado.
     Esperé a la mañana del otro día. Consumido el arroz y bebido el té, abordé mi tema. Pese a la víspera, no entendí, no pude entender, lo que sucedió. Todos me miraron con estupor y casi con espanto, pero cuando les dije que mi propósito era apresar a la fiera de la curiosa piel, me oyeron con alivio. Alguno me dijo que lo había divisado en el lindero de la jungla. En mitad de la noche me despertaron. Un muchacho me dijo que una cabra se había escapado del redil y que, yendo a buscarla, había divisado al tigre azul en la otra margen del río. Pensé que la luz de la luna nueva no permitiría divisar el color, pero todos confirmaron el relato y alguno, que antes había guardado silencio, dijo que lo había visto. Salimos con los rifles y vi, o creí ver, una sombra felina que se perdía en la tiniebla de la jungla. No dieron con la cabra, pero la fiera que la había llevado, bien podía no ser mi tigre azul. Me indicaron con énfasis unos rastros que, desde luego, nada probaban.
     Al cabo de las noches comprendí que esas falsas alarmas constituían una rutina. Como Daniel Defoe, los hombres del lugar eran diestros en la invención de rastros circunstanciales. El tigre podía ser avistado a cualquier hora, hacia los arrozales del Sur o hacia la maraña del Norte, pero no tardé en advertir que los observadores se turnaban con regularidad sospechosa. Mi llegada coincidía invariablemente con el momento exacto en que el tigre acababa de huir. Siempre me indicaban la huella y algún destrozo, pero el puño de un hombre puede falsificar los rastros de un tigre. Una que otra vez fui testigo de un perro muerto. Una noche de luna, pusimos una cabra de señuelo y esperamos en vano hasta la aurora.
     Pensé al principio que esas fábulas cotidianas obedecían al propósito de que yo demorara mi estadía, que beneficiaba a la aldea, ya que la gente me vendía alimentos y cumplía mis quehaceres domésticos. Para verificar esa conjetura, les dije que pensaba buscar el tigre en otra región, que estaba aguas abajo. Me sorprendió que todos aprobaran mi decisión. Seguí advirtiendo, sin embargo, que había un secreto y que todos recelaban de mí.
      Ya dije que el cerro boscoso a cuyo pie se amontonaba la aldea no era muy alto; una meseta lo truncaba. Del otro lado, hacia el Oeste y el Norte, seguía la jungla. Ya que la pendiente no era áspera, les propuse una tarde escalar el cerro. Mis sencillas palabras los consternaron. Uno exclamó que la ladera era muy escarpada. El más anciano dijo con gravedad que mi propósito era de ejecución imposible. La cumbre era sagrada y estaba vedada a los hombres por obstáculos mágicos. Quienes la hollaban con pies mortales corrían el albur de ver la divinidad y de quedarse locos o ciegos.
    No insistí, pero esa noche, cuando todos dormían, me escurrí de la choza sin hacer ruido y subí la fácil pendiente. No había camino y la maleza me demoró.
     La luna estaba en el horizonte. Me fijé con singular atención en todas las cosas, como si presintiera que aquel día iba a ser importante, quizá el más importante de mis días. Recuerdo aún los tonos obscuros, a veces casi negros, de la hojarasca. Clareaba y en el ámbito de las selvas no cantó un solo pájaro.
     Veinte o treinta minutos de subir y pisé la meseta. Nada me costó imaginar que era más fresca que la aldea, sofocada a su pie. Comprobé que no era la cumbre, que era una suerte de terraza, no demasiado dilatada, y que la jungla se encaramaba hacia arriba, en el flanco de la montaña. Me sentí libre, como si mi permanencia en la aldea hubiera sido una prisión. No me importaba que sus habitantes hubieran querido engañarme; sentí que de algún modo eran niños.
     En cuanto al tigre… Las muchas frustraciones habían gastado mi curiosidad y mi fe, pero de manera casi mecánica busqué rastros.
     El suelo era agrietado y arenoso. En una de las grietas, que por cierto no eran profundas y que se ramificaban en otras, reconocí un color. Era, increíblemente, el azul del tigre de mi sueño. Ojalá no lo hubiera visto nunca. Me fijé bien. La grieta estaba llena de piedrecitas, todas iguales, circulares, muy lisas y de pocos centímetros de diámetro. Su regularidad le prestaba algo artificial, como si fueran fichas.
     Me incliné, puse la mano en la grieta y saqué unas cuantas. Sentí un levísimo temblor. Guardé el puñado en el bolsillo derecho, en el que había una tijerita y una carta de Allahabad. Estos dos objetos casuales tienen su lugar en mi historia.
     Ya en la choza, me quité la chaqueta. Me tendí en la cama y volví a soñar con el tigre. En el sueño observé el color; era el del tigre ya soñado y el de las piedritas de la meseta. Me despertó el sol en la cara. Me levanté. La tijera y la carta me estorbaban para sacar los discos. Saqué un primer puñado y sentí que aún quedaban dos o tres. Una suerte de cosquilleo, una muy leve agitación, dio calor a mi mano. Al abrirla vi que los discos eran treinta o cuarenta. Yo hubiera jurado que no pasaban de diez. Las dejé sobre la mesa y busqué los otros. No precisé contarlos para verificar que se habían multiplicado. Los junté en un solo montón y traté de contarlos uno por uno. La sencilla operación resultó imposible. Miraba con fijeza cualquiera de ellos, lo sacaba con el pulgar y el índice y cuando estaba solo, eran muchos. Comprobé que no tenía fiebre e hice la prueba muchas veces. El obsceno milagro se repetía. Sentí frío en los pies y en el bajo vientre y me temblaban las rodillas. No se cuánto tiempo pasó.
     Sin mirarlos, junté los discos en un solo montón y los tiré por la ventana. Con extraño alivio sentí que había disminuido su número. Cerré la puerta con firmeza y me tendí en la cama. Busqué la exacta posición anterior y quise persuadirme de que todo había sido un sueño. Para no pensar en los discos, para poblar de algún modo el tiempo, repetí con lenta precisión, en voz alta, las ocho definiciones y los siete axiomas de la Ética (6). No sé si me auxiliaron. Temí instintivamente que me hubieran oído hablar solo, y abrí la puerta.
     Era el más anciano, Bhagwan Dass. Por un instante su presencia pareció restituirme a lo cotidiano. Salimos. Yo tenía la esperanza de que hubieran desaparecido los discos, pero ahí estaban, en la tierra. Ya no se cuántos eran.
     El anciano los miró y me miró. 
     —Estas piedras no son de aquí. Son las de arriba —dijo con una voz que no era la suya.
     —Así es —le respondí. Agregué, no sin desafío, que las había hallado en la meseta, e inmediatamente me avergoncé de darle explicaciones. Bhagwan Dass, sin hacerme caso, se quedó mirándolas fascinado. Le ordené que las recogiera.
     No se movió.
     Me duele confesar que saqué el revólver y le repetí la orden en voz más alta.
     Bhagwan Dass balbuceó: 
     —Más vale una bala en el pecho que una piedra azul en la mano.
     —Eres un cobarde —le dije.
     Yo estaba, creo, no menos aterrado, pero cerré los ojos y recogí un puñado de piedras con la mano izquierda. Guardé el revólver y las dejé caer en la palma abierta de la otra. Su número era mucho mayor.
     Sin saberlo, ya había ido acostumbrándome a esas transformaciones. Me sorprendieron menos que los gritos de Bhagwan Dass.
     —¡Son las piedras que engendran! —exclamó—. Ahora son muchas, pero pueden cambiar. Tienen la forma de la luna cuando está llena y ese color azul que sólo es permitido ver en los sueños. Los padres de mis padres no mentían cuando hablaban de su poder.
     La aldea entera nos rodeaba.
     Me sentí el mágico poseedor de esas maravillas. Ante el asombro unánime, recogía los discos, los elevaba, los dejaba caer, los desparramaba, los veía crecer o multiplicarse o disminuir extrañamente.
     La gente se agolpaba, presa de estupor y de horror. Los hombres obligaban a sus mujeres a mirar el prodigio. Alguna se tapaba la cara con el antebrazo, alguna apretaba los párpados. Ninguno se animó a tocar los discos, salvo un niño feliz que jugó con ellos. En un momento sentí que ese desorden estaba profanando el milagro. Junté todos los discos que pude y volví a la choza.
     Quizá he tratado de olvidar el resto de aquel día, que fue el primero de una serie desventurada que no ha cesado aún. Lo cierto es que no lo recuerdo. Hacia el atardecer pensé con nostalgia en la víspera, que no había sido particularmente feliz, ya que estuvo poblada, como otras, por la obsesión del tigre. Quise ampararme en esa imagen, antes armada de poder y ahora baladí. El tigre azul me pareció no menos inocuo que el cisne negro del romano, que se descubrió después en Australia (7).
     Releo mis notas anteriores y compruebo que he cometido un error capital. Desviado por el hábito de esa buena o mala literatura que malamente se llama psicológica, he querido recuperar, no sé por qué, la sucesiva crónica de mi hallazgo. Más me hubiera valido insistir en la monstruosa índole de los discos.
     Si me dijeran que hay unicornios en la luna, yo aprobaría o rechazaría ese informe o suspendería mi juicio, pero podría imaginarlos. En cambio, si me dijeran que en la luna seis o siete unicornios pueden ser tres, yo afirmaría de antemano que el hecho era imposible. Quien ha entendido que tres y uno son cuatro, no hace la prueba con monedas, con dados, con piezas de ajedrez o con lápices. Lo entiende y basta. No puede concebir otra cifra. Hay matemáticos que afirman que tres y uno es una tautología de cuatro, una manera diferente de decir cuatro… A mí, Alexandre Craigie, me había tocado en suerte descubrir, entre todos los hombres de la tierra, los únicos objetos que contradicen esa ley esencial de la mente humana. 

     Al principio yo había sufrido el temor de estar loco; con el tiempo creo que hubiera preferido estar loco, ya que mi alucinación personal importaría menos que la prueba de que en el universo cabe el desorden. Si tres y uno pueden ser dos o pueden ser catorce, entonces la razón es una locura.
     En aquel tiempo contraje el hábito de soñar con las piedras. La circunstancia de que el sueño no volviera todas las noches me concedía un resquicio de esperanza, que no tardaba en convertirse en terror. El sueño era más o menos el mismo. El principio anunciaba el temido fin. Una baranda y unos escalones de hierro que bajaban en espiral y un sótano o un sistema de sótanos que se ahondaban en otras escaleras cortadas casi a pico, en herrerías, en cerrajerías, en calabozos y en pantanos. En el fondo, en su esperada grieta, las piedras que eran también Behemoth o Leviathan (8), los animales que significaban en la escritura que el Señor es irracional. Yo me despertaba temblando y ahí estaban las piedras en el cajón, listas a transformarse.
     La gente era distinta conmigo. Algo de la divinidad de los discos, que ellos apodaban tigres azules, me había tocado, pero asimismo me sabían culpable de haber profanado la cumbre. En cualquier instante de la noche, en cualquier instante del día, podían castigarme los dioses. No se atrevieron a atacarme o a condenar mi acto, pero noté que ahora eran todos peligrosamente serviles. No volví a ver al niño que había jugado con los discos. Temí el veneno o un puñal en la espalda. Una mañana, antes del alba, me evadí de la aldea. Sentí que la población entera me espiaba y que mi fuga fue un alivio. Nadie, desde aquella primera mañana, había querido ver las piedras.
     Volví a Lahore. En mi bolsillo estaba el puñado de discos. El ámbito familiar de mis discos no me trajo el alivio que yo buscaba. Sentí que en el planeta persistían la aborrecida aldea y la jungla y el declive espinoso con la meseta y en la meseta las pequeñas grietas y en las grietas las piedras. Mis sueños confundían y multiplicaban esas cosas dispares. La aldea era las piedras, la jungla era la ciénaga y la ciénaga la jungla.
     Rehuí la presencia de mis amigos. Temí ceder a la tentación de mostrarles ese milagro atroz que socavaba la ciencia de los hombres.
     Ensayé diversos experimentos. Hice una incisión en forma de cruz en uno de los discos. Lo barajé entre los demás y lo perdí al cabo de una o dos conversiones, aunque la cifra de los discos había aumentado. Hice una prueba análoga con un disco al que había cercenado con una lima, un arco de círculo. Éste asimismo se perdió. Con un punzón abrí un orificio en el centro de un disco y repetí la prueba. Lo perdí para siempre. Al otro día regresó de su estadía en la nada el disco de la cruz. ¿Qué misterioso espacio era ése, que absorbía las piedras y devolvía con el tiempo una que otra, obedeciendo a leyes inescrutables o a un arbitrio inhumano? 
     El mismo anhelo de orden que en el principio creó las matemáticas hizo que yo buscara un orden en esa aberración de las matemáticas que son las insensatas piedras que engendran. En sus imprevisibles variaciones quise hallar una ley. Consagré los días y las noches a fijar una estadística de los cambios. Mi procedimiento era éste. Contaba con los ojos las piezas y anotaba la cifra. Luego las dividía en dos puñados que arrojaba sobre la mesa. Contaba las dos cifras, las anotaba y repetía la operación. Inútil fue la búsqueda de un orden, de un dibujo secreto en las rotaciones. El máximo de piezas que conté fue 419; el mínimo, tres. Hubo un momento que esperé, o temí, que desaparecieran. 
     A poco de ensayar comprobé que un disco aislado de los otros no podía multiplicarse o desaparecer. Naturalmente, las cuatro operaciones de sumar, restar, multiplicar o dividir, eran imposibles. Las piedras se negaban a la aritmética y al cálculo de probabilidades. Cuarenta discos, podían, divididos, dar nueve; los nueve, divididos a su vez, podían ser trescientos. No sé cuánto pesaban. No recurrí a una balanza, pero estoy seguro que su peso era constante y leve. El color era siempre aquel azul. 
     Estas operaciones me ayudaron a salvarme de la locura. Al manejar las piedras que destruyen la ciencia matemática, pensé más de una vez en aquellas piedras del griego que fueron los primeros guarismos y que han legado a tantos idiomas la palabra “cálculo” (9). Las matemáticas, dije, tienen su comienzo y ahora su fin en las piedras. Si Pitágoras hubiera operado con éstas…
     Al término de un mes comprendí que el caos era inextricable. Ahí estaban indómitos los discos y la perpetua tentación de tocarlos, de volver a sentir el cosquilleo, de arrojarlos, de verlos aumentar y decrecer, y de fijarme en pares o impares. Llegué a temer que contaminaran las cosas y particularmente los dedos que insistían en manejarlos.
     Durante unos días me impuse el íntimo deber de pensar en las piedras, porque sabía que el olvido sólo podía ser momentáneo y que redescubrir mi tormento sería intolerable. 
     No dormí la noche del 10 de febrero. Al cabo de una caminata que me llevó hasta el alba, traspuse los portales de la mezquita Wazil Khan. Era la hora en que la luz no ha revelado los colores. No había un alma en el patio. Sin saber por qué, hundí las manos en el agua de la cisterna. Ya en el recinto, pensé que Dios y Alá son dos nombres de un ser inconcebible, y le pedí en voz alta que me librara de mi carga. Inmóvil, aguardé una contestación. 
     No oí los pasos, pero una voz cercana me dijo: 
     —He venido. 
     A mi lado estaba el mendigo. Descifré en el crepúsculo el turbante, los ojos apagados, la piel cetrina y la barba gris. 
     No era muy alto.
     Me tendió la mano y me dijo, siempre en voz baja:
     —Una limosna, Protector de los Pobres.
     Busqué, y le respondí: 
     —No tengo una sola moneda.
     —Tienes muchas —fue la contestación. 
     En mi bolsillo derecho estaban las piedras. Saqué una y la dejé caer en la mano hueca. No se oyó el menor ruido.
     —Tienes que darme todas —me dijo—. El que no ha dado todo no ha dado nada. 
     Comprendí y le dije: 
     —Quiero que sepas que mi limosna puede ser espantosa. 
     Me contestó:
     —Acaso esa limosna es la única que puedo recibir. He pecado.
     Dejé caer todas las piedras en la cóncava mano.
     Cayeron como en el fondo del mar, sin el ruido más leve.
     Después me dijo:
     —No sé aún cuál es tu limosna, pero la mía es espantosa. Te quedas con los días y las noches, con la cordura, con los hábitos, con el mundo.
      No oí los pasos del mendigo ciego ni lo vi perderse en el alba.


1. Borges se refiere al poema The tiger, del libro Cantos de la Experiencia de William Blake, transcribo aquí una de las multiples traducciones al español: «¡Tigre! ¡Tigre!, reluciente incendio / En las selvas de la noche / ¿Qué mano inmortal u ojo / Pudo trazar tu terrible simetría? /¿En qué lejanos abismos o cielos / Ardió el fuego de tus ojos? / ¿Sobre qué alas se atreve a elevarse? / ¿Qué mano se atrevió a tomar el fuego? / ¿Y qué hombro, y qué arte / Pudo torcer el vigor de tu corazón? / Y cuando tu corazón empezó a latir, / ¿Qué espantosa mano? ¿Y qué espantosos pies? / ¿Qué martillo? ¿Qué cadena? / ¿En qué horno estaba tu cerebro? / ¿Qué yunque? ¿Qué espantoso puño / Osa abrazar su mortales terrores? / Cuando las estrellas tiraron sus lanzas / Y mojaron el cielo con sus lágrimas, / ¿Sonrió al ver su obra? / ¿Aquel que hizo al cordero, te hizo a ti? / ¡Tigre! ¡Tigre!, reluciente incendio / En las selvas de la noche, /¿Qué mano inmortal u ojo / Pudo trazar tu terrible simetría?»

2. A propósito de esto, rescato un pasaje de la entrevista hecha a Borges por María Esther Vázquez: «Recuerdo que una vez mi hermana me hizo esta observación curiosa: “Los tigres están hechos para el amor”. Esto me recuerda un verso de Cansinos Assens donde le dice a una mujer una frase: “Yo seré como un tigre de ternura”. Encontré una frase parecida en Chesterton, refiriéndose al tigre del poema de William Blake, que es un poema sobre el origen del mal (por qué Dios que hizo el cordero creó también al tigre que lo devora) y dice: “El tigre es un símbolo de terrible elegancia.” Ahí están unidas la idea de la belleza y de la crueldad que se atribuye a los tigres. Posiblemente no sean más crueles que otros animales. De la misma forma, se atribuye astucia al zorro, majestad al león; son convenciones de las fábulas, posiblemente, convenciones esópicas.»

3. El relato tiene algunas reminiscencias autobiográficas, veamos este otro pasaje de la entrevista de Vázquez: «Nosotros vivíamos cerca del Jardín Zoológico; yo lo visitaba con frecuencia, pero los animales que realmente me impresionaban de niño, fuera del bisonte, eran los tigres. Sobre todo el gran tigre real de Bengala. Me pasaba horas mirándolo. Me impresionaba el pelaje de oro y, naturalmente, las rayas.»

4. Se refiere al Libro de la selva del escritor inglés Rudyard Kipling. En efecto, el antagonista de la obra es un tigre. Para Kipling es la representación de la fuerza salvaje de la naturaleza que se propone atacar al hombre; en escencia no es visto como un ente maligno, aunque la circunstancia fabular de la narración permite hacer juicios sobre sus acciones.

5. Habrá multitud de trabajos que revisen la relación de Borges con la cultura Indú, me basta decir que esta tierra le fue especialmente propicia para sus narraciones fantásticas. Este pasaje me recuerda una línea de El hombre en el umbral —de las cuales no he podido hallar la referencia—: «Un refrán dice que la India es más grande que el mundo».

6. Hay que recordar que el personaje de Borges es profesor de lógica y estudioso de la obra filosófica de Baruch Spinoza. En este pasaje hace referencia a la obra Ética demostrada según el orden geométrico, en la cual el filósofo se propone demostrar un sistema de ética basado en la naturaleza sustancial de Dios; esos siete axiomas que se repite nuestro profesor son:

I. —Todo lo que es, o es en sí, o en otra cosa.
II. —Lo que no puede concebirse por medio de otra cosa, debe concebirse por sí.
III. —De una determinada causa dada se sigue necesariamente un efecto, y, por el contrario, si no se da causa alguna determinada, es imposible que un efecto se siga.
IV. —El conocimiento del efecto depende del conocimiento de la causa, y lo implica.
V. —Las cosas que no tienen nada en común una con otra, tampoco pueden entenderse una por otra, esto es, el concepto de una de ellas no implica el concepto de la otra.
VI. —Una idea verdadera debe ser conforme a lo ideado por ella.
VII. —La esencia de todo lo que puede concebirse como no existente no implica la existencia.

Esta nota es meramente ilustrativa y complementaria, sería un tanto insensato de mi parte acometer un comentario o exegesis de los axiomas Spinoza, sin embargo, creo que leerlos muestran algo del pensamiento lógico del personaje y ayudan a complementar el entendimiento sobre la solución que encuentra para resolver el conflicto que vive.

7. En la Sátira 6.165, el poeta latino Juvenal escribe que hallar una mujer bella, virtuosa y con abolengo, es igual de imposible que ver un cisne negro. Desde entonces el verso «rara avis in terris nigroque simillima cygno» se había convertido en paradigma de lo imposible; la figura del cisne negro vivía en la imaginación europea como sinónimo de lo que no puede ser. No fue sino hasta 1697 cuando un marinero holandés desmintió —inesperadamente— el verso de Juvenal. Un navio extraviado en aguas australianas motivó una expedición de búsqueda y rescate, dicho barco jamás se halló, pero en su lugar Willem de Vlamingh se topo con una colonia de cisnes negros en territorio virgen de Australia. La noticia conmocionó a la sociedad de entonces, pues al menos por 1500 años esta ave perteneció al ámbito del mito.

8. Behemoth (40:15) y Leviathan (41;01) son dos bestias bíblicas que aparecen en el Libro de Job. Junto con el ave Ziz (Salmos 50:11, 80:13), completan la tercia de seres feroces domeñados por dios para hacer patente su poder. La irracionalidad de dios a la que se refiere Borges es que en su ominipotencia no tenía necesidad de crear semejantes monstruos, y sin embargo existen para ese folklore.

9. La palabra cálculo viene del latín calculus que significa piedra o guijarro. En el cuento no es accidental que lo que destruye la idea de la aritmética sea precisamente con lo que comenzo. En algún momento de la historia, el hombre —valiéndose de una metonimia accidental— utilizó las piedras para poder expresar de una forma concreta la expresión abstracta de los números. Borges ha cifrado el fin de las matemáticas en el principio de ellas, con lo cual, el cuento sería una suerte de historia circular.


miércoles, 22 de julio de 2020

SV001: La feria

Portada de la
primera edición

La feria es la única novela del escritor jalisciense Juan José Arreola. Se publicó por primera vez en 1963 y le valió a su autor el premio Xavier Villaurrutia, mismo que compartió con Elena Garro, de quien se premió Los recuerdos del porvenir.
Con un tiraje original de 4000 ejemplares, se ha convertido en un referente capital de la literatura mexicana, además que la primera edición es altamente valorada entre los coleccionistas de libros.
Es, también, el primer libro de la Serie del volador de Joaquín Mortiz. Desgraciadamente pocos libros de la serie incluyeron datos sobre los artistas que diseñaron las portadas o que elaboraron el arte y las fotografías que muchos de ellos incluyen. Podemos presumir que buena parte de los diseños los elaboró el artista editorial Vicente Rojo; quien se habría encargado personalmente de la identidad visual los primeros 10 o 12 títulos. Justamente, para La feria elaboró una colección de 80 asteriscos que preceden y anteceden cada uno de los 288 fragmentos del libro.

Los 80 asteriscos de La feria


La aparición de estas viñetas no es gratuita; su intención es crear un contrapunto visual con cada fragmento, al grado de que algunos de sus elementos son altamente referenciales entre sí. Por ejemplo las flores de cempasúchil, que siempre aparecen con el tallo apuntando hacia la izquierda, excepto cuando se habla de los homosexuales de Zapotlán; la intención de este detalle no puede ser casual (1).

Texto de
contraportada

Como la ausencia de creditos en cuanto al diseño editorial, tampoco las contraportadas ofrecen detalle sobre los reseñistas de las obras. Sabemos, por la apasionante labor de Jesus Quintero, quien reúne los Textos a la deriva de José Emilio Pacheco, que es posible que muchas de ellas hayan sido escritas por dicho autor (2), sin embargo, no hay certezas sobre cuáles sí pertenecen a su pluma y cuáles no. Hay que decir que quien escribiese la contraportada de La Feria, acertó al punto en decir que pertenece al género de Apocalipsis de bolsillo.

A grandes rasgos, La feria versa sobre el pueblo de San José Zapotlán El grande. A través de una gran variedad de recursos narrativos, el autor va ofreciendo en voz de sus habitantes, el pasado, el presente y el porvenir del lugar. La historia abarca desde la fundación de Zapotlán, pasando por la época colonial, la revolución de 1910 y la guerra cristera, hasta un presente indefinido. Pero no lo hace de forma lineal, sino que a cada momento —como si de un aleph se tratara— presenciamos hechos que corresponden a cualquiera de los tres tiempos. No conforme con ello, la novela podría tener 30.000 personajes o en realidad uno, un ente colectivo, la suma de los habitantes de Zapotlán que le dan voz al pueblo. La propuesta puede ser tan abierta, que incluso, es posible leer el libro comenzando desde cualquier fragmento; 288 maneras de empezar una novela, y 288 maneras de terminarla. 
Muchas veces se ha dicho de esta novela que es polifónica, yo agregaría que funciona como una fuga. En música, la fuga es una estructura que consiste en un tema, una idea musical que van presentando distintas voces, pasándose el protagonismo entre ellas —en el libro, las voces se corresponden con los fragmentos, y estos a su vez son uno o varios personaje (algunos recurrentes)—, esta intercalación de perspectivas, dota a La feria de la algarabía y febrilidad característica de los pueblos en México, pero no es todo; en las fugas suele haber un pasaje llamado Stretto (estrecho), un momento musical donde todas las voces hacen acto de presencia simultánea, cosa que sucede al menos en tres ocasiones en la novela: un acto de naturaleza caleidoscópica, los 30.000 zapotlences hablando juntos, un multitudinario monólogo de miedo y luego de constricción.
Los fragmentos contienen de todo: antiguas querellas legales por despojo de tierras; velas tan grandes como faros; la silla de montar de Maximiliano de Habsburgo; fotografías de bandidos que son accidentalmente vistas como talismanes; ánimas que conocen la ubicación de tesoros inveterados; zona de tolerancia; venganzas largamente anheladas; confesiones, soliloquios, coloquios y circunloquios; secretos a voces; pasiones; poetisas seductoras y dependientas seducidas; diarios de amor y memorias de empresas que naufragan; canciones, chistes, adivinanzas, dichos, albures; historias extraoficiales de vergüenza; cuerdos y locos que ignoran su locura; Pitirre en el jardín; fórmulas mágicas; mitologías precolombinas; un patrono más grande que Dios; Isaías, Ezequiel, los Apocalipsis, el evangelio de Eva y el de Santo Tomas; Apiterapia; perros llamados Otto Weininger que son aplastados por muros; y finalmente una feria, el evento capital, el lugar a donde todas las calles conducen.

Un posible hápax arroliano

Hay presencias constantes en la novela de Arreola; Hojarascas, Concha de Fierro, la ausencia del abogado usurero, Don Abigail, Don Isaías, el zapatero agricultor... etc. Entre ellas, está la de un niño —un personaje muy autobiográfico, si me lo preguntan—. Este muchacho aparece invariablemente acompañado del cura de Zapotlán, confesándose en los fragmentos 18, 56, 62, 84, 92, 105, 181, 199 y 200. Precisamente en el 181 leemos: «—Padre, también quería preguntarle, ¿menosorquia es mala palabra? / —¿Menosorquia? No, no la conozco, ¿dónde la oíste? ¿Por qué has venido a confesarte? /  —Porque desde el día del temblor no he hecho pecados... Esa palabra se la oí al diablo. El diablo la iba diciendo en un sueño que tuve. Yo estaba en la azotea mirando por la calle y había como un convite del circo. Mero delante iba un diablo grande como una mojiganga, todo pintado y con cuernos, y las gentes se asomaban a mirarlo y él se bamboleaba al caminar dice y dice: "Cuánta menosorquia os da, Cuánta menosorquia os da..." Y al pasar me miró a mí y era tan alto que su cabeza llegaba junto a la mía siendo que yo estaba en la azotea. Me dio mucho miedo y cuando desperté vi todavía la cara del diablo, y era como la de un compañero que me enseñaba cosas malas en la escuela... / —¿Y qué crees tú que sea la menosorquia? / —Es como las ganas de hacer el pecado. Siempre que lo hago me da después mucho arrepentimiento, me acuerdo del diablo y cuando salgo de la imprenta, después que dan los clamores, entro de rodillas a la iglesia y le juró a Dios que no lo vuelvo a hacer.» La primera vez que leí el libro, hace ya varios años, di por sentada la palabra menosorquia. Pero, al retomarlo y por mera curiosidad, me di a la tarea de averiguar la definición exacta del término. Como es fácil imaginar, mi primera pesquisa la hice en los diccionarios, que invariablemente siempre resultaron en que la palabra menosorquia no estaba recogida en su léxico; luego emprendí la busqueda en la web y una y otra vez, la menosorquia estaba vinculada únicamente a la novela de Arreola. Intente desintegrar la palabra desde sus raíces etimológicas, pero finalmente terminaba con teorías forzadas. Entonces, ¿qué ocurre con este vocablo que parece ser exclusivo de La feria? Ofrezco mis conjeturas:
1) Un amigo a quien estimo y admiro mucho en materia literaria proponía que la palabra podría ser un vocablo deformado por el habla popular de Jalisco, lo cual es probable; el problema con esta suposición es que tendríamos que detectar qué palabra con significado y sonido similar a monosorquia pudo haber derivado en ésta. Ahora bien, en el fragmento de Arreola el vocablo se ofrece ajeno al habla cotidiana de los personajes, en cierta forma, esta información podría poner en tela de juicio la idea de que es un regionalismo.
2) La fonética de menosorquia está proxima a la de telarquia y menarquia; en biología se refieren a la aparición de los pechos y la primera menstruación, respectivamente. Esto me hace pensar que la palabra existe pero en un ámbito ilustrado. En el fragmento 92, el niño confiesa haber leído dos libros de carácter sicalíptico: Conocimientos útiles para la vida privada e Historia de la prostitución. Suponiendo que el personaje es autobiográfico y que lejanamente guarda una semejanza con Arreola, podríamos sospechar que la palabra procede de alguna obra a la que el autor tuvo acceso en algún momento, en cuyo caso nos encontramos ante una suerte de rescate lingüístico de la voz menosorquia.
3) Por otro lado, si el término no es un regionalismo o un rescate lingüístico; nos queda solamente la opción de que es un neologismo. Pienso que esta opción tampoco es tan viable, puesto que en el canon de la obra arreoliana no existen más ejemplos de acuñamientos hechos por el autor. Reza el dicho que una golondrina no hace primavera
Quizá algún día tengamos a la mano una edición crítica, comentada y anotada de La feria, sólo entonces podremos saber si estamos ante un auténtico y unico hápax arroliano.


Juan José Arreola nació en 1918 en Zapotlán el Grande, Jalisco. A temprana edad trabajó en oficios relacionados con la manufactura de libros. Estudio teatro y actuación en la ciudad de México y en 1945, por la intervención de Louis Jouvet, viajó a Francia donde continuó brevemente con su formación teatral. A su vuelta se integra a las filas del Fondo de Cultura Económica como corrector y en 1949 pública su primer libro Varia Invención en la colección Tezontle del FCE; le siguió Confabulario también con el FCE, en 1952 y luego, después de diez años, publica La feria en la que habría de ser su casa editorial por mucho tiempo, Joaquín Mortiz.

Parte de la contraportada 
donde figuran los textos de 
próxima aparición en la serie


1. El dato procede de este video.

Reunión: 3. Sredni Vashtar

Este cuento de Saki ( H. H. Munro ) tiene dos elementos que son muy impresionantes para mí. El primero de ellos es la siniestra contiguidad ...