miércoles, 4 de septiembre de 2019

Antología de cuentos sobre antropofagia: BIII. 3. Tombuctú

El 2 de agosto de 1883 Guy de Maupassant público en «Le Gaulois» este cuento llamado Tombouctou —en el original.
Hasta ahora, ha sido la primera referencia sobre el consumo de carne humana que leo en Maupassant —referencia en realidad un tanto vaga.
He meditado largamente en si darle o no cabida a este cuento en nuestra antología; por un lado es indudable que hace un uso efectivo de dos de los grandes propiciadores del canibalismo: El Sitio y Lo Exótico. Es común ver estas convenciones de manera individual en la narrativa que aborda el tema; más raro es verlas de la mano y en la inversión que construye Maupassant.
A pesar de su singular conjunción de elementos, el cuento es más bien una viñeta ridícula y picaresca de los africanos en la guerra franco prusiana que pleno tema del canibalismo; sin embargo presiento que, aún lo poco que pueda ofrecer al exámen del fenómeno caníbal, parece suficiente para defender su legítima aparición aquí.
Ahora bien, la condición de Tombuctú es curiosa: su consumo de carne humana no es justificada por el Sitio de Bezières, sino por su naturaleza de extranjero. Normalmente se ve en los textos de canibalismo que es el civilizado quien termina en tierra extraña siendo testigo de la atrocidad; pero aquí se aplica a la inversa, lo exótico es lo que termina rodeado de civilización, y la guerra le permite actuar con libertad e impunidad, volviéndose esta un emulo lejana de su salvajismo cotidiano.
El príncipe y su tropa de hombres despreocupados hacen que este cuento entre en la categoría de Banquetes y en lo Cocido, a tal grado llegan que el narrador de la historia termina participando en la comilona, obviamente en la ignorancia del origen de la carne que devora.

     El bulevar, ese río de vida, bullía en el polvo de oro del sol poniente. Todo el cielo estaba rojo, cegador; y, por detrás de la Madeleine, una inmensa nube arrebolada sobre toda la larga avenida un oblicuo diluvio de fuego, vibrante como el vapor de una fogata.
      La muchedumbre, alegre, palpitante, caminaba bajo aquella bruma encendida y parecía en una apoteosis. Los rostros estaban dorados; los sombreros negros y los trajes tenían reflejos de púrpura; el charol de los zapatos lanzaba llamas sobre el asfalto de las aceras.
      Ante los cafés, multitud de hombres tomaban bebidas brillantes y coloreadas que parecían piedras preciosas fundidas en el cristal.
     Entre los parroquianos vestidos con trajes ligeros y oscuros, dos oficiales con uniforme de gala hacían bajar todos los ojos con el deslumbramiento de sus entorchados. Charlaban, alegres sin motivo, entre aquella gloria de vida, entre la radiante irradiación de la tarde; miraban a la muchedumbre, los hombres lentos y las mujeres apresuradas que dejaban tras sí un perfume intenso y turbador.
     De repente un enorme negro, vestido de negro, ventrudo, con un chaleco de dril recargado de dijes, con la cara tan reluciente como si le hubieran sacado brillo, pasó ante ellos con aire triunfal. Sonreía a los transeúntes, sonreía a los vendedores de periódicos, sonreía hacia
el cielo resplandeciente, sonreía a París entero. Era tan alto que sobrepasaba todas las cabezas; y, a su paso, todos los papanatas se volvían para Contemplarlo de espaldas.
     Pero de pronto divisó a los oficiales y, atropellando a los bebedores, se lanzó hacia ellos. En cuanto estuvo ante su mesa, clavó en ellos sus ojos brillantes y encantados, y las comisuras de la boca le subieron hasta las orejas, descubriendo unos dientes blancos, claros como una luna creciente en un cielo negro. Los dos hombres, estupefactos, contemplaban a aquel gigante de ébano, sin entender su alegría.
     Exclamó, con una voz que hizo reír a todas las mesas:
     «Bueena tarde, mi teeniente.»
     Uno de los oficiales era jefe de batallón, el otro coronel. El primero dijo:
     «No lo conozco a usted, caballero; ignoro lo que pretende de mí.»
     El negro prosiguio:
     «Yo querer mucho a ti, teeniente Vedié, sitio Bézi, muucha uvaa, buscaba yo.»
     El oficial, completamente desconcertado, miró fijamente al hombre, buscando en el fondo de sus recuerdos, y bruscamente exclamó:
     «¿Tombuctú?»
     El negro, radiante, se golpeó el muslo lanzando una risa de una violencia inverosímil y berreando:
     «Sí, sí, ya, mi teeniente, reconoce Tombuctú, ya, bueena tarde.»
      El comandante le tendió la mano riéndose tambien con toda su alma. Entonces Tombuctú se puso serio. Cogio la mano del oficial y, con tanta rapidez que el otro no pudo impedirlo, se la besó, según la costumbre negra y árabe. Confuso, el militar le dijo con voz severa:
      «Vamos, Tombuctú, no estamos en Africa. Siéntate ahí y dime cómo es que te encuentro aquí.»
     Tombuctú hinchó la barriga y, tartamudeando, de lo deprisa que hablaba:
     «Ganado mucho dinero, muucho, gran estaurante, comido bien, prusianos, yo, muucho robado, muucho, cocina francesa, Tombuctú, coociner del Emperadó, doscientos mil francos a mí. ¡Ja, ja, ja, ja!»
     Y reía, retorciéndose, chillando con una alegría loca en la mirada.
     Cuando el oficial, que entendía su extraño lenguaje, lo hubo interrogado cierto tiempo, le dijo:
     «Bien, hasta la vista, Tombuctú, hasta pronto.»
     El negro se levantó al punto, estrechó, esta vez, la mano que le tendían, y, sin dejar de reír, gritó:
     «Bueena tarde, bueena tarde, mi teeniente.»
     Y se marchó, tan contento que gesticulaba al andar y lo tomaban por un loco.
     El coronel preguntó:
     «¿Quién es ese animal?»
     El comandante respondió:
«Un buen chico y un valiente soldado. Voy a contarle lo que sé de él; es bastante divertido,»

    Ya sabe que al comienzo de la guerra de 1870 estuve encerrado en Bezières, que ese negro llama Bézi. No estábamos sitiados, sino bloqueados. Las líneas prusianas rodeaban por todas partes, fuera del alcance de nuestros cañones, y ya no disparaban sobre nosotros, sino que pretendían rendirnos por hambre.
      Yo era entonces teniente. Nuestra guarnición estaba compuesta por tropas de todo tipo, restos de regimientos destrozados, fugitivos, merodeadores separados de los cuerpos del ejército. Teníamos de todo, incluso doce turcos* llegados una noche no sé cómo, no sé por dónde.
     Se habían presentado en las puertas de la ciudad, agotados, andrajosos, hambriento y borrachos. Me los encomendaron.
     Pronto comprendí que eran rebeldes a toda disciplina, siempre estado un fuera y siempre achispados. Probé con la prevención, e incluso con el calabozo, no conseguí nada. Mis hombres desaparecida durante días enteros, como si se los hubiera tragado la tierra, y después reaparecían borrachos como cubas. No tenían dinero. ¿Dónde bebían? ¿Y cómo, y con qué?
     La cosa empezaba a intrigarme vivamente, tanto más cuanto que aquellos salvajes me interesaban con su risa perpetua y su carácter de niños traviesos.
     Me di cuenta entonces de que obedecían ciegamente al más alto de todos, ése que usted acaba de ver. Los gobernaba a su antojo, preparaba sus misteriosas empresas como jefe todopoderoso e indiscutido. Mandé que viniera a verme y lo interrogué. Nuestra conversación duró tres horas, pues me costaba mucho trabajo entender su sorprendente algarabía. El pobre diablo, por su parte, hacía esfuerzos inauditos para que lo entendiera, inventaba palabras, gesticulaba, sudada con el esfuerzo, se enjugaba la frente, resoplaba, se detenía y volvía a empezar bruscamente cuando creía haber encontrado un nuevo método para explicarse.
     Adiviné al final que era hijo de un gran jefe, de una especie de rey negro de la cercanías de Tombuctú. Le pregunté su nombre. Respondió algo así como Chavajaribujalijranafotapolara. Me pareció más sencillo ponerle  el nombre de su tierra: «Tombuctú.» Y, ocho días después, nadie en la guarnición lo llamaba de otra manera.
     Pero sentíamos una curiosidad loca por saber dónde el ex-príncipe africano encontraba bebida. Lo descubrí de un modo singular.
     Estaba yo una mañana en las murallas, estudiando el horizonte, cuando divise en un viñedo algo que se movía. Se aproximaba la época de la vendimia, las uvas estaban maduras, pero no pense en nada de eso. Creí que un espía se acercaba a la ciudad, y organicé una expedición en regla para atrapar al merodeador. Tomé yo mismo el mando, tras haber obtenido la autorización del general.
     Había mandado salir, por tres puertas diferentes, tres pequeñas tropas que debían reunirse cerca del viñedo sospechoso y rodearlo. Para cortarle la retirada al espía, uno de esos destacamentos tenía que marchar durante una hora, por lo menos. Un hombre que había quedado de observación en la muralla me indicó por señas que el ser divisado no había salido del campo. Avanzábamos con mucho sigilo, arrastrándonos, casi tumbados entre los surcos. Por fin, llegamos al punto designado; despliego bruscamente a mis soldados, que se lanzan al viñedo, y encuentran... a Tombuctú, andando a cuatro patas entre las cepas y comiendo uvas, o mejor dicho dando dentelladas a las uvas como un perro que come sus sopas, con toda la boca, pegado a la planta, arrancando el racimo con los diferentes.
     Quise que se levantara; ni pensarlo, y comprendí entonces por qué se arrastraba así sobre manos y rodillas.
Cuando lo enderezaron sobre sus piernas, osciló unos segundos, extendió los brazos y cayó de bruces. Tenía la mayor borrachera que yo había visto nunca.
     Nos lo llevamos sobre dos rodrigones. No cesó de reír durante todo el camino gesticulando con brazos y piernas.
     Ese era todo el misterio. Mis mozos bebían de la misma uva. Después, cuando estaban borrachos a más no poder, se dormían allí mismo.
     En cuanto a Tombuctú, su amor al viñedo sobrepasaba toda medida, era increíble. Vivía allí dentro como los tordos, a quienes por lo demás odiaba con un odio de rival celoso. Repetía sin cesar:
     «Lo toordo comido tooda la uva, sin vegüeenza!»
     Una tarde fueron a buscarme. Se distinguía en la llanura algo que venía hacia nosotros. Yo no había cogido mi anteojo y veía mal. Hubiérase dicho una gran serpiente que se desenrollaba, concombre, ¡yo qué sé!
     Envíe unos hombres al encuentro de aquella extraña caravana que pronto hizo una entrada triunfal. Tombuctú y nueve de sus compañeros traían sobre una especie de altar, hecho con sillas de campaña, ocho cabezas cortadas, sangrientas y expresivas. El décimo Turco tiraba de un caballo a la cola del cual habían atado otro, y otros seis animales más lo seguían, sujetos de la misma manera.
     He aquí lo que me contaron. Al salir a los viñedos, mis africanos habían visto de repente un destacamento prusiano que se acercaba a un pueblo. En lugar de huir, se habían escondido; después, cuando los oficiales echaron pie a tierra ante una posada para tomar algo fresco, los once mozos se lanzaron, pusieron en fuga a los ulanos que se creyeron atacados, mataron a dos centinelas, y además al coronel y los cinco oficiales de su escolta.
     Ese día abracé a Tombuctú. Pero me di cuenta de que le costaba andar. Lo creí herido; se echó a reír y me dijo: «Yo, poovisione pal país.»
     Y es que Tombuctú no hacía la guerra por la gloria, sino por la ganancia. Todo lo que encontraba, todo lo que le parecía de valor, todo lo que brillaba, sobre todo, se lo metía en el bolsillo. ¡Y qué bolsillo! Un pozo sin fondo que empezaba en las caderas y terminaba en los tobillos. Habiendo retenido un término de La tropa, lo llamaba «mis alforjas», ¡y eran unas auténticas alforjas, en efecto!
     De modo que había arrancado los galones de los uniformes prusianos, el cobre de los cascos, los botones, etc., arrojándolo todo en sus «alforjas», que estaban llenos hasta rebosar.
     Todos los días precipitaba en su interior cualquier objeto brillante que cayera en sus manos, pedazos de estaño piezas de plata, lo cual le daba a veces un aspecto infinitamente gracioso.
     Contaba con llevarse todo el país de los avestruces, de los cuales parecía hermano aquel hijo de rey torturado por la necesidad de tragar los cuerpos brillantes. Si no hubiera tenido sus alforjas, ¿qué habría hecho? Sin duda los hubiera engullido.
     Todas las mañanas su bolsillo estaba vacío. Tenía, pues, un almacén general donde se amontonaban sus riquezas. Pero, ¿dónde? No pude descubrirlo.
     El general, advertido de la gran hazaña de Tombuctú, mandó en seguida enterrar los cuerpos que habían quedado en el pueblo vecino, para que nadie descubriera que habían sido decapitados. Las prusianos regresaron al día siguiente. El alcalde y siete vecinos notables fueron fusilados en el acto, en represalia, como denunciantes de la presencia de los alemanes.

     Llegó el invierno. Estábamos agotados y desesperados. Ahora nos batíamos a diario. Los hombres, hambrientos, no podían andar. Sólo los ocho turcos (habían matado a tres) seguían gordos y relucientes, vigorosos y siempre dispuestos a luchar. Tombuctú incluso engordaba. Me dijo un día:
     «Tú muucha hambre, yo buena carne.»
     Y en efecto, me trajo un excelente filete. Pero ¿de qué? Ya no nos quedaban bueyes, ni carneros, ni cabras, ni asnos, ni cerdos. Era imposible procurarse un caballo. Reflexioné sobre todo esto tras haber devorado mi carne. Entonces me asaltó un horrible pensamiento. ¡Aquellos negros habían nacido en una tierra donde se come a los hombres! ¡Y caían diariamente tantos soldados en torno a la ciudad! Interrogué a Tombuctú. No quiso responder. No insistí, pero a partir de entonces rechacé sus presentes.
     Me adoraba. Una noche, la nieve nos sorprendió en las avanzadas. Estábamos sentados en el suelo. Yo miraba compasivo a los pobres negros tiritando bajo aquel polvo blanco y helado. Como tenía mucho frío, empecé a toser. Al punto sentí que algo caía sobre mí, como una grande y calida manta. Era el capote de Tombuctú, que él me echaba sobre los hombros.
     Me levanté y, devolviéndole su prenda:
     «Quédatelo, hijo mío; lo necesitas más que yo.»
     El respondió:
     «No, mi teeniente, pa ti, yo no necesitar, yo calieente, calieente.»
     Y me contemplaba con ojos suplicantes.
     Proseguí:
     «Vamos, obedece, quédate con el capote, te lo mando.»
     El negro entonces se levantó, desenvainó el sable, que sabía conservar afilado como una hoz, y, sosteniendo con la otra mano su ancho capote que yo rechazaba:
     «Si tu no queeda abrigo, yo coorto; nadie abrigo.»
     Lo hubiera hecho. Yo cedí.
     Ocho días después, habíamos capitulado. Algunos de los nuestros habían podido escapar. Los demás iban a salir de la ciudad y entregarse a los vencedores.
     Me dirigía a la plaza de Armas, donde debíamos congregarnos, cuando me quedé asombrado ante un negro gigantesco vestido de dril blanco y tocado con un sombrero de paja. Era Tombuctú. Parecía radiante y se paseaba, con las manos en los bolsillos, ante una tiendecilla donde se exhibían dos platos y dos vasos.
     Le dije:
     «¿Qué estás haciendo?»
     Respondió:
     «Yo no sufrí, yo buen coociner, yo hecho comer coronel, Argeel; yo comido pusianos, mucho roobado, muucho.»
     Helaba a diez grados. Yo tiritaba ante aquel negro vestido de dril. Entonces me cogió del brazo y me hizo entrar. Vi una muestra inmensa que iba a colgar ante la puerta cuando nos hubiéramos marchado, pues tenía cierto pudor.
      Y leí, trazado por la mano de algún cómplice, este reclamo:
COCINA MILITAR DEL SEÑOR TOMBUCTU EX-COCINERO DE S.M. EL EMPERADOR Artista de París -Precios módicos
     A pesar de la desesperación que me roía el alma, no pude dejar de reírme, y dejé a mi negro entregado a su nuevo negocio.
     ¿No valía más eso que hacer que se lo llevaran prisionero?
     Acaba usted de ver que ha tenido éxito, el mozo.
     Bezières, hoy, pertenece a Alemania. El restaurante Tombuctú es un comienzo de desquite.

Antología de cuentos musicales: 15. De cómo dinamité el colegio para señoritas

Salvador Elizondo es un autor complejo y hermético; no es fácil leerlo, uno debe estar atento a su prosa —un poco grandilocuente— para no perderse en ella. Basta leer El Retrato de Zoe, Teoría del Disfraz, tal vez Grünewalda o una fábula del infinito para confirmar que no es sencillo.
Este cuento no es la excepción. A pesar de que el título reza «De cómo...», pienso que debió llamarse «De por qué...», pues el relato pormenoriza mucho más este detalle que el que promete.
En rigor se me podría objetar que este no es un cuento musical, ¿pero qué texto puede ser enmarcado en una categoría o con un tema absoluto sin que resulte equívoco? Es decir, la música ha sido un elemento fundamental de las narraciones de nuestra antología; ya sea porque los personajes son músicos o espectadores de la música, ya sea porque son veladas reflexiones estéticas y artísticas; pero no necesariamente ha sido el móvil total de las historias. Pienso que el mejor criterio para compilar una antología es la voluntad de engarzar piedras diferentes con la intención de crear un conjunto que a pesar de su variedad busque un sentido de continuidad; dice Miguel de Unamuno en Del sentimiento trágico de la vida que hay dos cosas se rigen la existencia humana: un principio de unidad y otro de continuidad. El primero determina lo que define el conjunto y el segundo es su capacidad de modificarse sin perder su identidad. Así, tal vez, es este contubernio.
Sobre el cuento: es de los pocos, hasta ahora, que abordan la música desde una actitud de desprecio. En realidad es raro hallar a alguien que no guste de escuchar alguna manifestación de este arte; lo cierto es que sí hay cosas que cada cual no tolera; pero por lo regular son cuestiones de género y estilo musical que de producción o —en este caso— timbre. Por lo demás, disfruten.

     Ese fue el tiempo en que yo me solazaba con abominaciones sutilísimas y concebí la destrucción del Colegio de Señoritas. Entre otras cosas, por ejemplo, aspiraba yo a conocer el secreto de la jugada absoluta en el ludus latrunculorum, un juego romano, descubierto al azar en la subsección Parlour Games de la sección Competitive Games del capítulo Social Games de la definición que de la palabra da la traducción inglesa del Lexikon der Klassischen Alterthumskunde hecha por Messrs. Nettleship y Sandys, ambos miembros de las Dos Universidades que, dicho sea de paso, representa un prodigioso esfuerzo de concisión de la monumental obra del profesor Seyffert, vertida al inglés en 1891. Pero dejemos estas cuestiones que atañen más a los señores de Friburgo y de Zurich () que a nosotros y volvamos a la relación de aquel osado proyecto que concebí, de dinamitar el Colegio de Señoritas. Yo sé bien que una empresa de esta índole resultaría, de buenas a primeras, inexplicable, no por infame, sino por desmedida; no por criminal, sino por ambiciosa. Dejando a un lado estas consideraciones que no está en mi papel hacer, y menos en estos momentos, sólo puedo decir que decidí hacer saltar el Colegio de Señoritas porque no bastándoles a las señoritas pupilas del Colegio de Señoritas la infamia de sus uniformes grises con los reveses sedientos de carne como almíbar de mujer, sus basquiñas descosidas y lustrosas, sus medias de popotillo, no bastándoles el lamentable espectáculo que ofrecían cuando realizaban sus ejercicios gimnásticos enfundadas en anafrodisiacos batones color de esperma, cuando se agachaban tratando de tocar las puntas de sus zapatos tennis descoloridos con las puntas de sus dedos carcomidos en el terror de enigmáticas hemorragias dejando ver las corvas ansiosas de ser recorridas por dedos trémulos. Eso pasaba una vez a la semana. Y así, con todo y el deseo que irradiaban las tensas comisuras de esas corvas, la visión general era la de una menagerie de monstruos humanos que me fascinaban horrorizándome y enalteciéndome en su horrible bajeza. No les basta a estas señoritas, como decía, la execración que su existencia visible impone a la realidad. Aspiran entonces a penetrar en un orden del conocimiento quizás un poco más emotivo: el de los sonidos. Con este fin deben haberse reunido en un conciliábulo inquietante para adoptar los medios más aptos de cobrar una existencia sensiblemente sonora: ¡Ha!, ¡la armónica!...(1) Sí, señor; la ar-mó-ni-ca. Estos monstruos, estas bestias, estas tenebrosas terribles tracaleras cucufatas recónditas, con sus caireles y sus escapularios sudorosos como colgajos de tripas de perro machucado y sus dientes de sarro verde y su acné católico y su mirada triste, lejana, interrumpida siempre de persignaciones epilépticas de adiós, de gimnasias quirúrgicas una vez a la semana, y sus bloomers abocardados de jersey color salmón, asistidos en la perdida capacidad de tenerse, por ceñimiento del elástico de fábrica, de caucho natural, en torno al muslo a una distancia constante del centro de la rótula y allí tenidos precariamente con la ayuda de una ancha banda de hule rojo. Estas señoritas, en fin, decidieron entonces formar una orquesta de armónicas de ochenta ejecutantes (2). La noticia de la formación de esta orquesta, constituida por el patrocinio de varias instituciones públicas y privadas, fue publicada con lujo de detalles en la primera plana de nuestro periódico: "FORMACIÓN DE UNA ORQUESTA DE ARMÓNICAS.—Una notable iniciativa del Colegio de Señoritas..." El redactor encomiaba efusivamente este proyecto tenebroso señalándolo como un ejemplo que debiera ser seguido por otras escuelas de señoritas y varones.
     Pasan luego los meses, desesperados de notas vacilantes y discordes que llegan a través de la tarde, después de la lluvia, acentuando con su tono plañidero y felino la angustia de un mundo viciado y gris en el que las pensionarias del Colegio de Señoritas subsisten al horror de su propia existencia soplando en los alveolos de su instrumento resbaladizo y recurrente como un huso, que huele a latón oxidado y a saliva seca y que produce un sonido estúpido, triste y sobrearmónico.
     Desde el primer día jamás cejé en mi propósito de exterminar con la mayor celeridad posible toda presencia de un conglomerado humano que se deleitaba en la inmundicia de ese rechupamiento baboso, y en esa soledad surcada de lejanos aullidos maldecía yo a la puta madre que había parido al Sr. Hohner (3). Imaginaba holocaustos wagnerianos y veía con los ojos de mi imaginación las interminables colas de señoritas, previamente puestas en cueros, desfilar lentamente hacia las cámaras de gas, a los compases de la obertura (4) Tanhäuser (5) interpretada a la armónica. Luego imaginaba yo el interior de ese Bayreuth (6) sombrío y resonante de maullidos desfallecientes. Un enorme hacinamiento de cuerpos flatulantes, de sibilantes emanaciones de gas que producían una sinfonía tenebrosa, al azar, en las armónicas crispadas entre los labios amoratados, produciendo escalas agónicas. Poco a poco fui estableciendo el proyecto sin omitir detalle alguno. Ya sólo faltaba fijar la fecha. La clave me la dio la radio. El noticiero de la Cultura que pasa todos los dias a las 17:49 transmitió la noticia: "El próximo sábado tendrá lugar, dentro de la serie de Sábados Sociales organizada por el Colegio de Señoritas, un concierto que estará a cargo de la orquesta de armónicas de dicha institución, que está integrada por ochenta señoritas..." La emulación preconizada por nuestro diario se había realizado, pues el locutor agregó: "...Este notable conjunto se verá asistido por la Sociedad de Armónicas Barítono (7) del Instituto Sobriedad y Patria para Varones." Así dijo. Y dijo también que la Sociedad de Armónicas del Instituto Sobriedad pasaba en lista de presente el nombre de cien integrantes y que el programa consistiría de una selección de las más bellas composiciones de nuestra música nacional. Dicen que a la oportunidad la pintan calva. En este caso la ocasión se perfilaba chupeteando los apestosos deslizamientos de los organillos en labios de ciento ochenta adolescentes astrosos. No voy a abrumar a nadie con todos los tecnicismos relacionados con esta notable empresa aunque la colocación de los petardos de dinamita en las aulas y dormitorios y el envenenamiento con extracto de almendras dulces de todas las jarras de agua dispuestas sobre las mesas del refectorio, de las que las ejecutantes reaprovisionarían las excrecencias dilapidadas en sus sopleteos, en el caso de que los explosivos colocados bajo el estrado improvisado al aire libre, en el patio del colegio, no detonaran, bastaría para elaborar un relato digno de la más pura tradición de la literatura aventuresca. Mi voluntad de hacer saltar por los aires a los virtuosos del Colegio de Señoritas y del Instituto Sobriedad y Patria no flaqueó jamás. Sólo tuve un instante de turbación. Eso fue cuando me despedí de mi suegra. Yo estaba en la ventana y desde la calle ella se volvió sonriente agitando la mano. "¡Gracias por las entradas, rico!, me gritó, ¡Eres un amor!" Huelga decir que había yo querido darle un carácter más amplio y más utilitario a la pasión que había concebido por exterminar el universo musical del Colegio de Señoritas; así que, para matar dos pájaros de un tiro, decidí aprovechar la ocasión para pagar tributo a la generosidad de la naturaleza devolviendo a su mullido seno la humanidad tediosa de mi suegra, de su Criada Eudosia y de la hija idiota de ésta. A mi suegra decidí aplicarle este rigor extremo por principio, a Eudosia porque comenzaba a intuir el principio, y a la hija de Eudosia para librarla de la deplorable condición en la que medra, fruto malsano del pecado y de la infamia de su madre.
    Antes de regodearme con la desolación libertaria que habré producido en las ceñidas filas de los amantes de la música masiva de armónica, invoco esa visión de mi pobre suegra, alejándose por la calle en compañía de Eudosia y de la hija de Eudosia. Invoco lo que dentro de algunos minutos, durante los primeros compases de la tercera selección de nuestra más bella música nacional —ahora comienza la ejecución del primer número del programa—, ya habrá sido su memoria, surcando los espacios infinitos en compañía de las almas sopladoras de las pupilas del Colegio de Señoritas y de los colegiales del Sobriedad y Patria; espíritus dispersos en un efluvio salivoso de notas gangosas; compases deslavados de una agrupación sideral
de adolescentes tributarios de Herr Hohner, maulladores que se alejan hacia la más cursi y hacia la más triste de todas las estrellas.

Notas

. El lector curioso (o paranoico) —que a menudo se forma con la lectura de autores como Jorge Luis Borges— podría sospechar de la legitimidad de estas primeras referencias que Elizondo nos ofrece. Pero, permítanme decir que el juego mencionado, los eruditos, ediciones y demás detalles son reales; basta una búsqueda rápida en internet para disipar dudas.

Notas musicales

1. En verdad que la armónica es uno de los instrumentos más innobles jamás concebidos. Su timbre es especialmente feo. Mi comentario está demás, lo admito. Yendo a lo importante: El Diccionario de Música de Manuel Vals Gorina nos dice de la Armónica que es un Instrumento formado por una serie de lengüetas metálicas y desiguales fijas alternativamente en las dos caras de una placa de metal, montada sobre una estructura de madera. Las lengüetas vibran por acción del soplo o la aspiración del ejecutante. Autores como Darius Milhaud han escrito obras para Armónica y entre sus interpretes destacados está Larry Adler.

2. Una Orquesta de Armónicas... aunque temerario y excéntrico, no es un proyecto imposible, las dificultades técnicas que se pueden derivar de esto son más bien las mismas que cualquier conjunto de instrumentos e instrumentistas presentaría; otra cosa es si resultaría idóneo juntar tantas veces el timbre (tan desagradable) de semejante número de Armónicas. Hubo un tiempo, en el que fue una práctica común. Las armónicas son instrumentos de gran versatilidad y, además, baratos en comparación con otros. Fueron especialmente populares a finales del siglo XIX y principios del XX.

3. El nombre de Matthias Hohner está ligado a la armónica como ningún otro. Hohner fue un relojero Alemán de Trossingen que inspirado por un amigo suyo cuya familia tenía una sólida tradición en la fabricación de armónicas decidió aprender —o de hecho robar...— los secretos de la fabricación de este instrumento y emprender su propia firma. Si bien no fue el mejor fabricante, sí fue el más inteligente, supo posicionarse siempre en el mercado, sacando ventaja de tácticas sucias y eficaces campañas publicitarias para absorber a la competencia y monopolizar el mercado de armónicas. Su firma logro establecerse sólidamente en norteamérica y a través de Federico Veerkamp llegó a México a principios del siglo XX. Logró popularidad nombrando sus modelos con el imaginario popular mexicano: El Tecolote, el Toro, etc... Para más detalles recomiendo visitar este enlace.

4. Una obertura, nos dice Manuel Vals: es un fragmento instrumental que sirve de introducción a una obra de grandes dimensiones, como la ópera y el oratorio. En el siglo XVIII designaba la parte inicial de una suite. La obertura es una forma musical libre y como el preludio, tenía la finalidad de ambientar al oyente en la tonalidad principal que la obra iba a adoptar.

5. Tanhäuser es una de las óperas más conocidas de Wagner. El argumento se basa en tres leyendas medievales, siendo la más representativa la que ds nombre a la obra. Narra la perdición de un caballero que logra encontrar la guarida de la, para ese momento, deidad pagana Venus. En su estancia allí se corrompe y al salir al mundo, se dirige al vaticano a pedir por su redención; el santo pontífice se la niega diciendo: "antes le saldrán flores a mi báculo". Por supuesto, el prodigio sucede, y se envía en busca de Tanhäuser, pero jamás se le vuelen a encontrar. La composición del libreto y la música le llevaron al menos tres años, y existen varias versiones, como la del estreno en Dresde, en 1845, o la revisión de París, que data de 1861.

6. El célebre Festival de Beyreuth es un evento dedicado a la representación e interpretación de las obras de Wagner. Fue concebido por el compositor para lograr su independencia económica de los mecenas. Para dicho festival se construyó un teatro ex profeso diseñado por el propio Wagner. A las obras interpretadas en este festival se les llama del Canon de Beyreuth.

7. El adjetivo de Barítono se refiere a una voz masculina que tiene una tesitura entre el tenor y el bajo. Por extensión se refiere a instrumentos que comparten este mismo alcance.

jueves, 22 de agosto de 2019

Antología de cuentos sobre antropofagia: AII. 2. Lo horrible

Dos años después de Tombuctú, Guy de Maupassant publicó «L'Horrible»; una doble narración donde nuestro autor plasma su definición de aquello que entiende por horrible. A diferencia de Tombuctú, este cuento es abordado de manera tétrica y el hombre es confrontado con su deseo de vivir en una marcha por el desierto. El hielo de la retirada de la primera narración y el calor infernal de la retirada de la segunda son climas paralelos que propician las acciones más desesperadas de los hombres. Hielo y arena son territorios de lo Horrible. Ahora bien, el grupo que come carne humana es nombrado certeramente por Maupassant: una retirada de antropófagos; estos hombres civilizados, aislados de todo y asolados por el hambre toman la única alternativa para sobrevivir: comerse entre ellos. Es por esto que el cuento pertenece a la categoría de lo crudo, en la cantidad de platillos; el aliento que los conduce a su resolución es la hambruna del aislamiento.

     La tibia noche descendía lentamente.
     Las mujeres se habían quedado en el salón de la quinta. Los hombres, sentados o a horcajadas en las sillas del jardín, fumaban, ante la puerta, en círculo en torno a una mesa redonda llena de tazas y de copas.
     Sus cigarros brillaban como ojos en la sombra cada vez más espesa. Acababan de contar un espantoso accidente ocurrido la víspera: dos hombres y tres mujeres ahogados ante los ojos de los invitados, frente a la casa, en el río.
     El general de G... pronunció:
     —Sí, esas cosas son conmovedoras, pero no son horribles.
     Lo horrible, esa vieja palabra, significa algo más que terrible. Un espantoso accidente como ése conmueve, trastorna, asusta: pero no enloquece. Para experimentar horror se necesita algo más que la emoción del alma y algo más que el espectáculo de una muerte espantosa, se necesita, bien un estremecimiento de misterio, bien una sensación de espanto anormal, fuera de lo natural. Un hombre que muere, aunque sea en las condiciones más dramáticas, no inspira horror; un campo de batalla no es horrible; la sangre no es horrible; los crímenes más viles son raramente horribles.
     Miren, aquí tienen dos ejemplos personales que me han hecho comprender lo que se puede entender por Horror.
     Era durante la guerra de 1870. Nos retirábamos hacia Pont-Audemer, tras haber cruzado Ruán. El ejército, unos veinte mil hombres, veinte mil hombres en desorden, desbandados, desmoralizados, agotados, iban a reconstruirse en El Havre.
     La tierra estaba cubierta de nieve. Caía la noche. No habíamos comido nada desde la víspera. Huíamos a toda prisa, pues los prusianos no estaban lejos.
     Todo el campo normando, lívido, manchado por las sombras de los árboles que rodeaban las granjas, se extendía bajo un cielo negro, pesado y siniestro.
     No se oía otra cosa en el resplandor apagado del crepúsculo que un ruido confuso, tenue y sin embargo desmesurado, de rebaño en marcha, un pisoteo infinito, mezclado con un vago golpeteo de escudillas o de sables. Los hombres, inclinados, encorvados, sucios, a menudo incluso andrajosos, se arrastraban, se apresuraban en la nieve, a largos pasos derrengados.
     La piel de las manos se pegaba al acero de las culatas, pues helaba espantosamente esa noche. A menudo yo veía a un joven voluntario quitarse los zapatos para marchar descalzo, de tanto como le dolía ir calzado; y dejaba en cada huella un rastro de sangre. Después, al cabo de cierto tiempo, se sentaba en un campo para descansar unos minutos, y no volvía a levantarse. Cada hombre sentado era un hombre muerto.
     ¡Cuántos de esos pobres soldados agotados, que contaban con proseguir en seguida, en cuanto hubieran dado un poco de descanso a sus piernas rígidas, dejamos a nuestras espaldas! Ahora bien, apenas cesaban de moverse, de hacer circular, por su carne helada, una sangre casi inerte, un invencible embotamiento los petrificaba, los clavaba al suelo, cerraba sus ojos, paralizaba en un segundo aquel agotado mecanismo humano. Y se doblaban un poco, con la frente apoyada en las rodillas, aunque sin caer del todo, pues sus riñones y sus mienbros se tornaban inmóviles, duros como la piedra, imposibles de doblegar ni de enderezar.
      Y nosotros, los más robustos, seguíamos avanzando, helados hasta la médula, marchando gracias a una fuerza mecánica, en aquella noche, en aquella nieve, en aquella campiña fría y mortal, aplastados por la pena, por la derrota, por la desesperación, y sobre todo oprimidos por la abominable sensación del abandono, del final, de la muerte, de la nada.
     Divisé a dos gendarmes que sujetaban por los brazos a un hombrecillo singular, viejo, sin barba, de aspecto verdaderamente sorprendente.
     Buscaban un oficial, creyendo haber cogido a un espía.
     La palabra «espía» corrió en seguida entre los rezagados y se formó un círculo en torno al prisionero. Una voz gritó: «¡Hay que fusilarlo!» Y todos aquellos soldados que se caían de agotamiento, y que sólo se tenían en pie porque se apoyaban en sus fusiles sintieron de pronto ese temblor de cólera furiosa y brutal que empuja a las multitudes a la matanza.
     Quise hablar; yo era entonces el jefe del batallón; pero ya nadie reconocía a los jefes, me habrían fusilado también a mí.
     Uno de los gendarmes me dijo:
     «Hace tres días que nos sigue. Pide a todo el mundo informes sobre la artillería.»
     Traté de interrogar a aquel ser:
     «¿Qué hace usted? ¿Qué quiere? ¿Por qué acompaña al ejército?»
     Farfulló unas palabras en un dialecto ininteligible.
     Era realmente un extraño personaje, de hombros estrechos, de mirada solapada, y estaba tan turbado en mi presencia que verdaderamente no dudé de que fuese un espía. Parecía de mucha edad y muy débil. Me miraba de soslayo, con un aire humilde, estúpido y malicioso.
     Los hombres que nos rodeaban gritaban:
     «¡Al paredón! ¡Al paredón!»
     Le dije a los gendarmes:
     «¿Me responden ustedes del prisionero?...»
     Aún no había acabado de hablar cuando un empujón terrible me derribó, y vi, en un segundo, como los soldados furiosos cogían al hombre, lo tiraban al suelo, le pegaban, lo arrastraban al borde del camino y lo arrojaban contra un árbol.  Cayó ya casi muerto, sobre la nieve.
     Lo fusilaron al punto. Los soldados disparaban sobre él, cargaban sus armas, volvían a disparar con una saña brutal. Se peleaban por coger el turno, desfilaban ante el cadáver y seguían disparando sobre él, como quien desfila ante un ataúd para rociarlo con agua bendita.
     Pero de repente corrió un grito:
     «¡Los prusianos! ¡Los prusianos!»
     Y oí, en todo el horizonte, el rumor inmenso del ejército que corría enloquecido.
     El pánico, nacido de aquellos tiros sobre el vagabundo, había asustado a los propios ejecutores que, sin comprender que el espanto provenía de ellos mismos, escaparon y desaparecieron en las sombras.
     Me quedé solo ante el cuerpo con los dos gendarmes, a quienes su deber retenía a mi lado.
     Alzaron aquella carne magullada, molida, sangrante.
    «Hay que registrarlo», les dije.
    Y les tendí una caja de cerillas que llevaba en el bolsillo. Uno de los soldados alumbraba al otro. Yo estaba de pie entre los dos.
     El gendarme que manejaba el cuerpo declaró:
     «Vestido con una blusa azul, una camisa blanca, un pantalón y un par de zapatos.»
     La primera cerilla se apagó; encendieron la segunda. El hombre prosiguió, volviendo los bolsillos.
     «Un cuchillo de asta, un pañuelo de cuadros, una petaca, un trozo de bramante, un pedazo de pan.»
     La segunda cerilla se apagó. Encendieron la tercera. El gendarme, tras haber palpado un buen rato el cadáver, declaró:
     «Nada más.»
     Yo dije:
     «Desnúdenlo. Quizá encontremos algo junto a la piel.»
     Y, para que los dos soldados pudieran actuar al mismo tiempo, me puse yo mismo a alumbrarles. Los veía al resplandor rápido y pronto extinguido de la cerilla quitar las ropas una a una, dejar al descubierto aquel sangriento paquete de carne aún caliente y muerta.
     De pronto uno de ellos balbució:
     «¡Caray! Mi comandante, ¡es una mujer!»
     No podría decirles qué extraña y punzante sensación de angustia me invadió el corazón. No podía creerlo, y me arrodillé en nieve, ante aquella papilla informe, para ver: ¡era una mujer!
     Los dos gendarmes, confundidos y desmoralizados, esperaban que yo emitiese una opinión.
     Pero yo no sabía qué pensar, qué suponer.
     Entonces el sargento pronunció lentamente:
     «A lo mejor venía buscando a su hijo que era soldado de artillería y del cual no tenía noticias.»
     Y el otro respondió:
     «A lo mejor, sí, puede ser.»
     Y yo, que había visto cosas muy terribles, me eché a llorar. Y sentí, ante aquella muerte, en aquella noche helada, en medio de aquella llanura negra, ante aquel misterio, delante de aquella desconocida asesinada, lo que significa la palabra «Horror».
     Ahora bien, he tenido la misma sensación, el pasado año, al interrogar a uno de los supervivientes de la misión Flatters, un tirador argelino.
     Conocen ustedes los detalles de ese drama atroz. Hay uno, empero, que quizás ignoren.
     El coronel iba al Sudán por el desierto y cruzaba el immenso territorio de los tuareg, que son, en ese océano de arena que va del Atlántico a Egipto y del Sudán a Argelia, una raza de piratas comparable a los que antaño asolaban los mares.
     Los guías que conducían la columna pertenecían a la tribu de los chambaa, de Uargla.
     Ahora bien, un día montaron el campamento en pleno desierto, y los árabes declararon que, como el manantial estaba aún un poco más lejos, irían a buscar agua con todos los camellos.
     Un solo hombre previno al coronel de que lo traicionaban; Flatters no lo creyó y acompañó al convoy con los ingenieros, los médicos, y casi todos sus oficiales.
     Fueron asesinados junto al manantial, y todos los camellos, capturados.
     El capitán del puesto árabe de Uargla, que se había quedado en el campamento, tomó el mando de los supervivientes, espahís y tiradores, e iniciaron la retirada,
abandonando bagajes y víveres, por falta de camellos para llevarlos.
     Iniciaron, pues, la marcha por aquella soledad sin sombras y sin fin, bajo un sol devorador que los abrasaba de la mañana a la noche.
     Una tribu acudió a someterse y trajo dátiles. Estaban envenenados. Casi todos los franceses murieron y, entre ellos, el último oficial.
     Sólo quedaban unos cuantos espahís, como el sargento Pobéguin, a más de los tiradores indígenas de la tribu chambaa. Tenían aún dos camellos, pero desaparecieron una noche con dos árabes.
     Entonces los supervivientes comprendieron que iban a tener que devorarse entre sí y, en cuanto descubrieron la huida de los dos hombres con los dos animales, los que quedaban se separaron y echaron a andar uno a uno por la blanda arena, bajo la cruel llama del sol, a mayor distancia que la de un tiro de fusil.
     Caminaban así todo el día, levantando en cada lugar, en la extensión quemada y llana, esas columnitas de polvo que señalan desde lejos a quienes marchan por el desierto.
     Pero una mañana uno de los viajeros se desvió bruscamente, acercándose a su vecino. Y todos se detuvieron a mirar. El hombre hacia el cual marchaba el soldado hambriento no huyo, sino que se tumbó en el suelo, y apuntó hacia el que llegaba. Cuando lo creyó a buena distancia, disparó. No le dio al otro, que siguió avanzando y después, encarando a su vez, mató a su camarada.
     Entonces los demas acudieron de todo el horizonte a buscar su parte. Y el que había matado, descuartizando al muerto, lo distribuyó.
     Se espaciaron de nuevo aquellos aliados irreconciliables, hasta que el próximo asesinato los aproximara.
     Durante dos días vivieron de la carne humana repartida. Después reapareció de nuevo el hambre, y el primero que había matado mató otra vez. Y otra vez, como un carnicero, cortó el cadáver y lo ofreció a sus compañeros, quedándose sólo con su ración.
     Y así continuó esta retirada de antropófagos.
     El último francés, Pobéguin, murió asesinado a orillas de un pozo, la víspera del día que llegaron los auxılios.
     ¿Comprenden ustedes ahora qué es lo que yo entiendo por Horrible?
     Esto es lo que nos contó, la otra noche, el general de G...

sábado, 10 de agosto de 2019

Antología de cuentos musicales: 14. Un servicio de amor

Hace poco leí un micro ensayo de Julio Torri. En él, con una economía de palabras envidiable, nos decía que: «La facultad creadora florece rara y maravillosamente. Cuando el artista flaquea, entrega sus armas a sus hermanos, en la más heroica de las acciones humanas.» Es decir, el artista debe volverse maestro cuando su capacidad de trabajo creativo se va apagando. Hasta ese momento ha recorrido —las más de las veces— un largo camino de aprendizaje y descubrimiento y es entonces cuando puede justamente enseñar eso. El siguiente cuento no trata tal cual sobre la enseñanza artística, pero sí toca una dimensión de ella. Me gusta pensar que la heroína del texto, Delia, no encuentra estudiantes justo porque no ha tocado el cénit de su trabajo artístico. Derivado de ello, de su amor por Joe y de la premisa que el cuento nos ofrece desde su primera línea, O. Henry no da una bella (y tal vez para el gusto actual, cursi) historia de sacrificio y amor. El motivo del sacrificio por amor fue visitado abundantemente en la obra de Henry —está, por ejemplo en El regalo de los reyes magos, quizá su obra más reconocida.
La vida de nuestro escritor bien podría ser uno de sus cuentos, se le acusó de malversación en el banco donde trabajan, huyó del país y se refugió en Latinoamérica, fruto de su exilio hay un racimo de narraciones ambientadas en un imaginario país latino.
A pesar de ser un legítimo clásico de la literatura norteamericana, es a vez un buen ejemplo de modernidad; prueba de ello es este cuento que comienza siendo autoreflexivo; nos ofrece desde el primer párrafo la cifra de su estructura y propósito. Bien visto, su introducción es quizá innecesaria, pero también es indudable que es una formidable muestra de la concepción que se debe tener de la literatura: la noción de su impostura y la voluntad del autor de dotar de fuerza expresiva un mentira real.

     Cuando uno ama su Arte, ningún servicio parece demasiado penoso.
     Tal es nuestra premisa. Este cuento sacará de ella una conclusión y mostrará al mismo tiempo que la premisa es incorrecta. Eso será una novedad en el campo de la lógica, y una hazaña más vieja que la Gran Muralla China en el arte de contar historias.
     Joe Larrabee salió de las llanuras del Medio Oeste desbordando genio para el arte pictórico. A la edad de seis años hizo un dibujo de la bomba de agua de la ciudad, incluyendo a un prominente ciudadano que pasaba descuidadamente por allí. Esta hazaña artística fue enmarcada y expuesta en la vitrina de la farmacia junto a una mazorca de maíz con un número non de hileras de granos. A los veinte, Joe partió para Nueva York, su corbata agitada por el viento y un humilde capital bien ceñido al cuerpo.
     Delia Caruthers hacia cosas en seis octavas (1) tan promisoriamente, en un pueblecito de pinos en el Sur, que sus parientes contribuyeron con lo suficiente para que pudiera ir "al Norte" y "terminar." No pudieron ver cómo... pero ésa es nuestra historia.
     Joe y Delia se conocieron en un atelier donde se habían reunido estudiantes de arte y de música para discutir sobre el claroscuro, Wagner, las obras de Rembrandt, pintura, Waldteufel, el empapelado de las paredes, Chopin, Oolong.
     Joe y Delia se enamoraron el uno del otro, o cada uno del otro, como el lector lo prefiera, y se casaron al poco tiempo... porque (véase más arriba) cuando uno ama su Arte ningún servicio parece demasiado penoso.
     El señor y la señora Larrabee instalaron su hogar en un departamento. Era un departamento solitario... algo así como el la sostenido en el extremo izquierdo del teclado. Y se sentían felices porque tenían su Arte y se tenían el uno al otro. Y mi demanda al joven rico es: vende todo lo que tengas y dáselo al pobre... conserje, por el privilegio de vivir en un departamento con tu Arte y tu Delia.
     Los que viven en departamentos estarán de acuerdo conmigo en que la suya es la única felicidad auténtica. Si un hogar es feliz, no importa su pequeñez; tanto da que el tocador se derrumbe y se transforme en una mesa de billar, que la repisa de la chimenea se convierta en un aparato de gimnasia, el escritorio en una alcoba para huéspedes y el lavabo en un piano vertical. Tanto da que las cuatro paredes se junten si les place, con tal de que usted y su Delia esten entre ellas. Pero si el hogar es del tipo opuesto, no importa que sea ancho y largo: el lector puede entrar por la Puerta de Oro de San Francisco, colgar su sombrero en el Cabo Hatteras, su capa en el Cabo de Hornos y salir por el Labrador.
     Joe pintaba en la clase del Gran Maestro... cuya fama habrá llegado ya al conocimiento del lector. Sus honorarios son elevados y sus lecciones fáciles; su fácil elevación* lo ha hecho célebre. Delia estudiaba con Rosenstock: el lector ya tambien conocerá su bien ganada reputación como perturbador del teclado.
     Joe y Delia fueron felices mientras les duró dinero. Lo mismo sucede con todos... pero no deseo ser cínico. Sus objetivos eran claros y definidos. Muy pronto Joe seria capaz de pintar cuadros que viejos caballeros de finas patillas y gruesas carteras se disputarían a guantadas en su estudio. Delia debía familiarizarse con la música y luego mostrarse desdeñosa con ella; a tal extremo que, cuando las plateas de la orquesta y los palcos estuvieran sin vender, pudiera negarse a salir al escenario, por tener dolor de garganta y langosta en un reservado de restaurante. 
     Pero lo mejor, en mi opinión, era la vida hogareña en el pequeño departamento: las vehementes y animadas conversaciones después de la jornada de estudio, las acogedoras cenas y los refrescantes y ligeros desayunos, el intercambio de ambiciones —ambiciones entretejidas con las del otro, ya que de lo contrario serían inconcebibles—, la ayuda e inspiración mutuas y —perdóneseme la procacidad—, las aceitunas rellenas y los emparedados de queso a las once de la noche.
     Pero conforme pasó el tiempo el Arte arrió banderas. Eso ocurre a veces, aunque no haya una guardia encargada de hacerlo. Todo salía y nada entraba, como dice el vulgo. Faltaba el dinero para pagarle al Señor Maestro y a Herr Rosenstock. Cuando uno ama su Arte, ningún servicio parece ser démasiado duro. Por lo tanto, Delia anunció que daría lecciones de musica para surtir la olla.
     Durante dos o tres dias salió a buscar alumnos. Una noche volvió a casa, exaltada y triunfante.
     —Joe, querido —dijo alegremente—, tengo una alumna. ¡Y qué alumna tan encantadora! Es la hija del general... del general A. B. Pinkney... de la Calle 71. ¡Qué casa más espléndida, Joe! ¡Si vieras la puerta de la entrada!— Yo diría que es de estilo bizantino. ¡Y el interior! ¡Oh, Joe, nunca he visto algo semejante! Mi alumna es hija del general, Clementina. Ya siento aprecio por ella. Es un ser delicado. Y viste siempre de blanco. ¡Y qué modales tan encantadores y sencillos! Apenas tiene dieciocho años. Le voy a dar tres lecciones semanales ¡Imaginate, Joe! ¡Cinco dólares la lección! Pero eso no me importa; porque cuando haya conseguido dos o tres alumnos más, podré reanudar mis lecciones con Herr Rosenstock. Vamos, no quiero ver
más esa arruga entre tus cejas, querido; cenemos algo sabroso.
     —Eso está muy bien en lo que a ti se refiere, Delia —dijo Joe, abriendo una lata de arvejas con un cuchillo de trinchar y una pequeña hacha— Pero... ¿y yo? ¿Crees que permitiré que te esfuerces ganando dinero mientras yo coqueteo con las regiones del arte superior? ¡No, te lo juro por los huesos de Benvenuto Cellini! () Quizá podría vender periódicos o empedrar las calles y traer un par de dólares.
     Delia se acercó y se le colgó del cuello.
     —Querido Joe, eres un bobo. Debes continuar con tus estudios. Lo que te dije no significa que haya abandonado mi música o que me dedique a otra cosa. Mientras enseño, aprendo. Siempre estoy con mi música. Y podemos vivir tan felices como millonarios con quince dólares semanales. No debes pensar siquiera en abandonar al Señor Maestro
     —Está bien —dijo Joe, tendiendo la mano hacia el platito azul de las verduras. Es que me duele que des lecciones. Eso no es Arte. Pero eres adorable al aceptar hacerlo.
     —Cuando uno ama su Arte, ningún servicio le parece demasiado penoso —dijo Delia.
     —El Maestro elogió el cielo de ese boceto que hice en el parque —contó Joe—. Y Tinkle me autorizó a colgar dos cuadros en su escaparate. Quizá venda uno si los ve el tipo adecuado de imbécil con dinero.
     —Estoy segura que lo venderás —dijo Delia, dulcemente. Y ahora, demos gracias a Dios por el general Pinkney y por este asado de ternera.
     Durante toda la semana siguiente los Larrabee se desayunaron temprano. Joe estaba entusiasmado por unos bocetos con efectos matinales que pintaba en Central Park, y Delia lo mandaba para allá desayunado, mimado, elogiado y besado a las siete de la mañana. EI Arte es un absorbente seductor. Por lo regular, Joe volvía a casa a las siete de la tarde.
     Al terminar la semana, Delia, con reservado y lánguido orgullo, arrojó victoriosamente tres billetes de cinco dólares sobre la mesa de dos por tres decímetros que ocupaba el centro de la sala de dos por tres metros del departamento.
     —En ocasiones, Clementina me desespera —dijo, mostrando cierta flojera—. Temo que no practica lo suficiente y tengo que repetirle las mismas cosas con frecuencia... Además, siempre viste totalmente de blanco y eso resulta monótono. ¡Pero el general Pinkney es un viejo encantador! Ojalá pudieras conocerlo, Joe. A veces entra cuando estoy con Clementina en el piano. Es viudo, ¿sabes? Y se queda parado allí, acariciándose la piocha blanca. ¿Y cómo van las corcheas y las semicorcheas (2)?, pregunta siempre. ¡Si vieras el revestimiento de madera de la sala, Joe! ¡Y los cortineros! ¡Y Clementina tiene una tosecilla tan cómica! Espero que sea mas sana de lo que parece. ¡Oh, me estoy encariñando con ella! ¡Es tan gentil y tan educada! El hermano del general Pinkney fue embajador en Bolivia.
     Entonces Joe, con los aires de un Montecristo, sacó un billete de diez dólares, otro de cinco, otros de dos y otro de uno —todos de valor legal y corriente— y los depositó junto a las ganancias de Delia.
     —He vendido la acuarela del obelisco a un individuo de Peoria* —dijo, con tono avasallador.
     —Déjate de bromas —dijo Delia—. ¿De Peoria, nada menos?
     —Como lo oyes. Ojalá lo hubieras visto, Delia. Un hombre gordo de bufanda de lana y que usaba una pluma de pájaro como palillo de dientes. Vió el boceto expuesto en el escaparate de Tinkle y por un momento creyó que era un molino de viento. Pero se portó bien y lo compró de todos modos. Y me encargó otro: un óleo de la estación de carga de Lackawanna. Quiere llevárselo. ¡Lecciones de música! Oh, creo que aun en eso está el Arte.
      —¡Cuánto me alegro de que hayas seguido trabajando en tus cuadros! —dijo Delia, de todo corazón—. Estás destinado a vencer, querido. ¡Treinta y tres dólares! Nunca tuvimos tanto dinero para gastar. Esta noche cenaremos ostras.
     —Y filete miñón con champiñones —dijo Joe— ¿Dónde está el tenedor para las aceitunas?
     El sábado siguiente por la noche, Joe fue el primero en llegar al departamento. Extendió sus dieciocho dólares sobre la mesa de la sala y lavó lo que parecía ser una notoria cantidad de pintura oscura de sus manos. Media hora después llegó Delia, con la mano derecha envuelta en una masa informe de tiras y vendajes.
     —¿Qué te ha sucedido? —preguntó Joe, después de los saludos usuales.
    Delia se echó a reír, pero sin mucha alegría.
    —Clementina insistió en comer una tostada con queso y cerveza después de la lección —explico—. Es una niña tan extraña. ¡Tostadas con queso y cerveza a las cinco de la tarde! ¡Imagínate! El general estaba allí. ¡Lo hubieras visto correr en busca del tostador, Joe, como si no hubiera una sola criada en toda la casa! Sé que la salud de Clementina es delicada. ¡Es tan nerviosa! Al tomar la tostada dejó caer buena parte de ella, hirviendo aun, sobre mi mano y mi muñeca. Me dolió horriblemente, Joe. ¡La pobrecita se apenó tanto! Pero el general
Pinkney... ¡Joe, el viejo enloqueció! Se precipitó al piso de abajo y mandó a alguien —al hombre que atendía la caldera o no sé a quien del sótano— auna farmacia, para que trajera un poco de ungüento y vendajes. Ahora ya no me duele tanto.
     —¿Qué es esto? —preguntó Joe, tomándole con ternura la mano a Delia y tirando de unas hebras blancas que estaban debajo de los vendajes.
     —Es algo blando que tenía ungüento encima —dijo Delia— Oh, Joe... ¿Vendiste otro boceto?
     Había visto el dinero encima de la mesa.
     —¿Qué si lo vendi? —replicó Joe—. Pregúntaselo al hombre de Peoria... Hoy tuvo su estacio de carga y aunque no está seguro aún, es probable que me pida otro paisaje y una vista del Hudson. A qué hora de la tarde te quemaste la mano, Delia?
     —Creo que eran las cinco —respondió quejumbrosamente—. La plancha... quiero decir, la tostada, fue retirada del fuego a esa hora. Valía la pena ver al general Pinkney Joe, cuando...
     —¿Qué has estado haciendo durante estas últimas dos semanas, Delia? —quiso saber él.
     Delia afrontó valerosamente la situación durante unos instantes, con ojos llenos de amor y obstinación y murmuró un par de frases vagas sobre el general Pinkney; pero, al fin, bajó la cabeza y brotaron las lágrimas y la verdad.
     —No conseguía alumnos —confesó—. Y no podía soportar la idea de que abandonaras tus lecciones. Por eso conseguí trabajo como planchadora de camisas en esa lavandería de la Calle 24. Y creo que inventé muy bien al general Pinkney y a Clementina, ¿verdad, Joe? Y cuando una muchacha de la lavandería, esta tarde, apoyó una plancha caliente sobre mi mano, dediqué todo el trayecto hasta aquí en inventar esa historia de la tostada. No estás enojado, ¿verdad, Joe? Si yo no hubiera conseguido ese trabajo, tú no habrías podido venderle tus bocetos al hombre de Peoria.
     —No era de Peoria —dijo Joe, lentamente.
     —Bueno, igual da. ¡Qué inteligente eres, Joe! Pero... bésame, Joe... Y... ¿qué te hizo sospechar que yo no daba lecciones de música a ninguna Clementina?
     —No sospeché nada hasta esta noche —respondió él—. Y no habría sospechado nunca. Pero esta tarde mandé desde el cuarto de máquinas esa estopa y ese ungüento para una muchacha que se había quemado la mano con una plancha en el piso de arriba. He estado alimentando la caldera de esa lavandería durante las últimas dos semanas.
     —De manera que tú no...
     —Tanto mi comprador de Peoria como el general Pinkney son creaciones del mismo arte —dijo Joe—. Pero es un arte que no llamaría música ni pintura.
     Y entonces ambos se echaron a reír y Joe comenzó:
     —Cuando uno ama su Arte, ningún servicio parece...
     Pero Delia lo interrumpió, poniéndole la mano sobre los labios.
     —No —dijo—. Di solamente: "Cuando uno ama".

* Juego de palabras intraducible: High: elevado; Light: fácil, ligero; Highlights: Hechos notables, acontecimientos sobresalientes [Nota del Traductor].

* Ciudad de Illinois, considerada en el folklore popular americano como la quintaesencia de los Estados Unidos, y por ende, sus habitantes, el americano típico [N. del T].

Notas
. Benvenuto Cellini fue un escultor, orfebre y escritor del renacimiento italiano. Quizá la referencia que se hace de él se vincula a su trabajo como acuñador de monedas.

Notas musicales

1. 6/8, o compás de seis octavos (as). Es un compás usual en la música sureña de USA. Sobre todo en música festiva y danzas. Consiste, como su nombre lo dice, en una subdivisión del compás en dos grupos de tres octavas, con un acento fuerte seguido de dos débiles, suele ser rápido para dar la sensación de un paso largo con uno corto, pues el motivo rítmico más común es de negra y corchea.

2. Las corcheas (1/8 o llamada octava) semicorcheas (1/16 o llamada diez y seisavo) son dos unidades de medida temporal de notas o sonidos.

lunes, 22 de julio de 2019

Repertorio para jóvenes pianistas

Escribí este cuento, que es más bien una confusa meditación sobre los derroteros que puede seguir la creación. No veo mayor valor en su trama más que la de juego, escarceo literario.

Léase ensoñadamente, como buscando desaparecer...

I. Obertura

Ha sido inolvidable. Una dulce tonada oída entre sueños, que al despertar, como si de una ninfa se tratara, se ha ido en veloz fuga, con sus voces corriendo tras de ella, hasta acabar el episodio. Y ahora, se sienta ante el mudo piano, repasa el silencio de aquello que no terminó de sonar en el soñar. Creo que se siente como quien encuentra una gran obra inacabada y se ve en la impotencia de no saber qué es lo que le falta, asustado ante la mar de infinitas posibilidades que sugiere la incompletitud.
Tal vez dormir haga regresar a la musa a terminar su canción... Y se duerme. Entonces, ha sido otra vez inolvidable; ahora un ritmo de gusto intrincado y algunas armonías intrépidas persiguiendo una melodía agitada, y en la agitación despierta, con otra tonada en los oídos. ¿Qué se hace con dos obras incompletas? Sólo ponerse de mal humor.

II.Tema

Lleva toda la semana oyendo las mismas tonadas en el piano. Le llegan desde el departamento de arriba, como si fueran una gotera que erosiona su audición. Al principio le gustó oír los audaces acordes y la forma en la que una tonada corría atropellando el silencio, mientras que su hermana iba recogiendo las flores pisotéadas por la prisa de las semicorcheas. Pero después de un tiempo se volvió algo irritante la alevosía con la que la música se dejaba caer repetitiva, repentina, redundante, inacabada; siempre llegando al mismo punto de precipicio, donde un violento golpe a la teclas del piano ensordecia con su inundación. Sin horario regular o algún signo que alertara el un, dos, tres... Bombardeo.

Interludio. Breve tratado contra las obras potenciales. A. Hablemos en términos terrenales; el poema 20 reza: "puedo escribir los versos más tristes", ¿Quién lo  pondría en tela de juicio? A continuación hay un ejemplo de "versos tristes", ignoro si en verdad lo sean o si acaso es sólo cierta disposición mental que uno acoge con tal de colaborar con el embuste artístico; lo cierto es que hay toda una literatura del alarde, del suponer, del visualizar, de la superficie; allí está Vila-Matas con sus casiautores Bartlebitianos que, bajo ese signo, casiescriben o noescriben obras de las que sólo tenemos una aproximada figuración por lo que se nos dice; hay cierto "Cielo abierto" con una filosofía inconocible; una historia de "50 Años de Desgobierno"; un mundo donde recirculan los poemarios imposibles de David Jerusalém y cierta antología con cosas inolvidables... A estas alturas ya no se me antoja ni hablar del cuento más hermoso del mundo o las incontables páginas de literatura musical de Sanger. B. Es fácil hablar de un libro que pudo ser, de un autor que fue sin ser; y tanto o más fácil es creer en ello, ya sea por ingenuidad o por colaboración. Lo difícil es volver verdad una mentira diseñada con tal sutilidad que pasa por real. Lo difícil es llegar al compromiso Pessoaniano de sobreponer la vida del otro yo a la propia, al grado de quitarle el otro al otro yo. C. El dominio del arte es la libertad, pero el péndulo oscila hasta el libertinaje.

III. Aria

Poner una nota significa rechazar el infinito; es fácil hablar de lo que pudo ser, es un poco menos fácil imaginar lo que pudo sonar: con el mar de fondo escribió muchas formas de acabar una obra musical inacabada. Se buscó otra musa, y en encontrar otra musa encontró también la idea de limitarse para no buscar hasta más allá de las estrellas aquello que no será nunca suficiente. Pensó en el nombre de su musa. Lo deletreó, y se propuso escribir una forma diferente de acabar sus obras mellizas basado en las sugerencias de las letras, de las vocales. Encontró que no se agotaban las posibilidades. Se sintió un poco tonto.

IV. Tacet

Está escuchando otro forma de acabar: piensa que esto es el colmo de la insatisfacción o el ejemplo más ilustre de la creatividad. En este punto ambas cosas se confunden. Cada nueva forma de acabar ofrece algún detalle interesante; ayer por ejemplo el ritmo débil de la primera melodía se tornó bélico, amargo. Fue interesante oír algo frágil endurecerse. Hoy suena la segunda alocada melodía, se dirige a un punto clímax que no había alcanzado hasta ahora. La música se agita, es espuma efervescente que entra por los oídos y anega las ideas. Las mismas obras de todos días y sin embargo jamás suenan dos veces igual.

Preludio escrito posterior a la obra. Uno se dispone a escuchar. Abre todos los sentidos, porque la música no es cosa sólo del oído. Las manos recorren las teclas y todo es tan rápido que da la sensación de que no se puede aprehender la totalidad lo que se escucha, sin embargo, ello no resta valor y satisfacción en la música. Se va uniendo lo que suena con lo que sonó; casi se adivina lo que sonará. La música es símil perfecto del hombre: como éste, sólo adquiere sentido por lo que fue, lo que es y lo que podría ser. Las manos reposan en un denso acorde menor. Se acabó el comienzo, entonces todo comienza.

V. Cadencia

No hay cosa que suba que no tenga que bajar. Siempre y cuando haya un aquí y un allá. Siempre y cuando; nunca y donde. Y cada que la mano escribe en el margen superior de la partitura lo último que la cabeza ha dictado, los ojos bajan buscando las teclas. Cierra el cuaderno y lo deja aquí, sobre el piano. Medita un segundo: escribe en la portada: Repertorio para jóvenes pianistas.
Apaga la luz y se acuesta a dormir; entonces... Ha sido inolvidable, una dulce tonada oída entresueños...

martes, 2 de julio de 2019

La palabra Creación: bagatelas gratuitas a partir de una lectura de Arreola

El hombre perdido en las tinieblas nocturnas supo que en la mañana resplandecería de nuevo el sol por medio de los datos del recuerdo.

El pequeño libro de La palabra educación tiene una síntesis involuntaria de las razones de la creación artística según Juan JoArreola; razones fundadas en la memoria; así como de la destrucción, fundada en el olvido.

Olvido

Arreola piensa que el odio del hombre se explica por haber sido suscitado de la nada: y aquello que se toma de la nada, desea la nada, la aniquilación tal vez, pues, de la nada no puede haber memoria, la materia de la que proviene toda creación, como iremos descubriendo.

El odio se sublima en la destrucción, lo contrario de la creación y nuestro autor encuentra un vínculo poderoso entre destrucción y posesión, pues supone que en la voluntad de posesión yace la idea de conquistar un pueblo a otro, de acercarse violentamente a su tierra y quitársela. De nuevo encontramos aquí la tendencia que tiene la destrucción al olvido, pues en esta acción de conquista obraría un proceso de borrado de la memoria del otro. Como vemos, a través de la posesión y conquista se perpetran el olvido y la destrucción.

Memoria y creación

La vida no agota la fantasía del hombre, más bien provoca en ella numerosas ficciones que en cierto modo corrigen o explican la condición divina. Una vez cumplidas las necesidades naturales, el hombre siente una especie de vacío que trata de colmar. De allí el origen de todas las diversiones, desde el simple juego hasta los más egregios frutos de la cultura.

En este hombre virtual de Arreola ya se cifran las primeras características de la creación vinculada con la memoria. Cuando dice: "La vida no agota la fantasía del hombre, más bien provoca en ella numerosas ficciones que en cierto modo corrigen o explican la creación divina", dice, también, de manera implícita que la vida como vivencias, es decir: memoria; nutren la imaginación y le dan al hombre la materia prima para la creación. Luego, después de cumplidas las necesidades naturales, el hombre siente un vacío que trata de colmar; en un punto la creación debe contener el signo de la destrucción. Es indispensable, para emprender el proceso creador, que se parta de cierta nada símil de la nada original del hombre. La creación se funda en el vacío, un vacío que ahora puede ser colmado con memoria, la misma que siendo experiencia ayudó al hombre a entender el ciclo de la noche y el día.

Primer Olvido en la Memoria: variedad, novedad y originalidad

Superada la destrucción primaria y acumulada cierta memoria vivencial que nutre las primeras creaciones humanas, surge una duda, ¿qué tan original es la creación lograda?:

¿Quién se propone ser original, ni en forma ni en contenido? Lo importante es dar a lo general el hálito de la persona. Todos los hombres han vivido la historia del mundo, pero me siento obligado a hacer mi traducción del ser, mi propia versión.

La respuesta es clara, la memoria colectiva, la experiencia es de carácter general, cada espectador tiene óptica de un sólo evento, del mismo, su única virtud no es con respecto al evento en sí, sino en él mismo, en su percepción individual. Aquí se suma una cualidad hasta ahora insospechada de la creación: su variedad otorgada en parte por la traducción/interpretación del artista y por la traducción/interpretación del espectador. La creación se renueva y se diversifica en la memoria pero a la vez tiene la tendencia a olvidar que se repite.

Segundo Olvido en la Memoria: una ligera imagen y semejanza de la memoria y el problema de la identidad.

La memoria humana es falible, equívoca, como todo aquello que alcanza dimensiones desproporcionadas. Toda la experiencia humana acumulada es titánica, por ello es perdonable cierto olvido desintoxicador; pero no hay satisfacción en saber que constantemente algo se va perdiendo, que algo se va olvidando. Se vive con la incertidumbre de si aquello que se olvida era valioso o no.

¿Qué otra cosa es el hombre, sino memoria de mismo? Desde que nace, comienza a programarse con los datos de la experiencia. Tiene más personalidad aquél que menos olvida. Porque estamos hechos de recuerdos. De lo que hemos vivido y de lo que hemos aprendido de los demás, ya sea en el trato vivo o en los libros. Somos un repertorio de vivencias y superamos con mucho la capacidad de un cerebro mecánico. Y la inteligencia no es al fin de cuentas sino la capacidad, debidamente ejercitada, que todos tenemos para responder con los datos del pasado, al estímulo, a la pregunta que se nos hace en el presente.

El hombre acopla memoria nueva constantemente, una parte de ella se va quedando al margen, su necesidad de poder tener toda la memoria posible disponible lo ha llevado a extender a la misma fuera de sí: una exomemoria, la misma que, Borges piensa, son los libros; la misma que son las máquinas, emuladoras de la mente humana, poseedoras de memorias precisas pero estériles, que no son capaces de combinar, comparar, desintegrar la información como la conciencia creadora.

Surge una pregunta de entre la súbita revelación de nuestra identidad mnemónica: ¿Si lo que soy es una acumulación irregular de lo que otros han sido, qué valor tiene lo que yo soy? Arreola piensa que: Tiene más personalidad aquél que menos olvida. Pero eso parece decir más bien que tiene menos personalidad quien más recuerda, dado que la memoria es lo que hemos vivido y lo que hemos aprendido de los demás. Entre más aprendemos de los demás, más nos apropiamos de lo que son ellos y eso más modifica lo que somos y por ende lo que vivimos. Nos encontramos ante una verdadera paradoja. No veo una solubilidad satisfactoria, hay objeciones, claro, pero qué cabe decir de algo cuya respuesta está sub specie aeternitatis.

Me conformo con los principios de Unidad y Continuidad de Unamuno, donde el conato de un ser, de un hombre, se empeña en seguir siendo: su unidad y que sólo permite la adición de algo nuevo en virtud de seguir siendo, es decir de la continuidad entre lo originario y la memoria adquirida.

Memoria Estrática: infinito y la respuesta de la memoria.

Las experiencias vivenciales se van almacenando y constituyen la personalidad, opaca y transparente como en superposición de placas de cristal. Se mira un metro: es una profundidad infinita. De ahí la sensación abisal de la conciencia, donde está el caos grande como toda la historia. El hombre creador es quien coordina y da una respuesta que para ser válida necesita provenir de una memoria vivencial.

La memoria, para Arreola, sería estrática, y esa combinación diferente en cada persona podría cifrar el infinito. La creación es la respuesta de esa particular y única manera en que la memoria de cada cual se superpone.

Desde las vísperas del nacimiento el ser humano empieza a acumular una sobre otra las placas traslúcidas y opacas de la experiencia vivencial y las va superponiendo para formar el fondo abisal de la persona (Asistimos a la reiteración de cómo se forma la memoria y su resultado en la expresión de una conciencia única). El artista es explicable por esa acumulación de impresiones, de sensaciones y pensamientos, sentimientos e informes que van alojándose uno encima de otro [...].

En esta memoria yace el fondo de lo universal. La conexión entre el uno y el mundo. El arte no resulta ser necesario por reinventar los viejos temas, sino por ofrecer la individual interpretación de un fenómeno, sea legítima o no. La sustancia del artista es la memoria y su respuesta es la creación, quién sabe qué tanto de ésta es expresión del infinito que es la experiencia y qué tanto es expresión de la identidad que es uno mismo.

viernes, 10 de mayo de 2019

Monterroso o las moscas

Tito abre su Movimiento perpetuo con la idea de que en la literatura sólo hay tres temas el amor, la muerte y las moscas. Este libro suyo es muchas cosas, memorias, ensayos, cuentos, chistes; pero sobre todo una antología de moscas en la literatura. En afán de tributar a Monterroso y las moscas (y como si mi galería de las distintas formas de decir lo mismo no fuera suficiente) les presento mi continuación del contubernio de moscas, porque donde uno pone el ojo encuentra la mosca...

   Hasta las moscas vuelan dormidas, bajo este sol doble...
            La invención de Morel / Adolfo Bioy Casares


    Prisionero de un vuelo de mosca...
            Plagios / Ulalume González de León

     
—Disecamos moscas, dijo el filósofo, medimos líneas, juntamos números; estamos de acuerdo en dos o tres puntos que entendemos, y discutimos sobre dos o tres mil que no entendemos
            Micromegas / Voltaire


     ...les contaba, a la luz de un candil, mientras moscas de color zumbaban en torno
            Vidas Imaginarias / Marcel Schwob

Antología de cuentos sobre antropofagia: BIII. 3. Tombuctú

El 2 de agosto de 1883 Guy de Maupassant público en « Le Gaulois » este cuento llamado Tombouctou —en el original. Hasta ahora, ha sid...