lunes, 29 de junio de 2020

Musa simétrica: los papeles de Aspen

Una musa elemental (creo); cuento descontado (¿malcontado?). Otra fantasía vertical: páginabajo, sobre lo mismo diferente y lo diferente igual: complementos y complementariedad (también, creo). ¿Será, querido lector, que logras ver la constancia en mi inconstancia? Sí, sí; hablo de lo de siempre. No sé (y no me importa), leamos, para pasar el rato (roto). Un ostinato Cordial de Cordelias: 9/8, es largo, lleva el ritmo con calma.


Las mujeres toman siempre la forma del sueño que las contiene..
Juan José Arreola / Cláusulas


Querido Ambrose, he cruzado la frontera con México, tal y cómo me has dicho; en efecto, no he tenido grandes complicaciones y tus credenciales periodísticas me han ayudado mucho con las autoridades de este país. Hice mal en aplazar tanto este viaje y no escuchar tus palabras de entonces: “La pestilencia del despotismo es mejor a la pestilencia de la anarquía; Porfirio Díaz lo sabe, por eso trata de valerte de un sólo poder para que te ayude en tu labor, no esperes a que ese país se consuma a sí mismo y la anarquía —que no es otra cosa que una democracia de tiranos— te lleve a tratarlos a todos como si fueran soberanos.” Cuánta razón no tenías, y heme aquí, en medio de una guerra, buscando aquello que viejas leyendas nos hicieron soñar.
Según los guías, tenemos que recorrer medio país para llegar a San José Xolaltlacatl, el misterioso pueblo del altiplano donde jamás se ha visto mujer alguna. Me han dicho que iremos por mar desde un embarcadero clandestino en Cabo Pulmón; yendo por el océano Pacífico, circunnavegando las costas orientales de México, para evitar la ruta más corta, que es por tierra; los conflictos armados, los saltadores de caminos y la hostilidad general que se vive son suficiente motivo para retractarse de hacer cualquier incursión, pero si esta guerra continúa y se extiende hacia el centro del país, puede que nunca llegue a ver con mis ojos los llanos de San José.
Adiós, adiós mi buen amigo; si la fortuna nos favorece, nos volveremos a encontrar en la frontera.
A. G. U. Aspen
Agosto 24 de 1911

25 de agosto. Vamos rumbo a un puerto en Baja California. El camino es tortuoso; nos ocultan altas polvaderas y se respira una aire escocedor. Trato de no pensar en lo que pasa al rededor. Me han contado que las cuadrillas de revolucionarios vienen a esconderse por estos lares y que aquellos que pelean por la libertad no tienen empacho en volverse ladrones si la ocasión lo amerita. Me alegro, al menos, de poder poner en práctica el precario español que domino. Seguiremos cuatro días más hacia el Sur, viajando de noche y descansando de día. Pienso mucho en San José Xolaltlacatl. Contemplo los recortes y notas que he hecho del pueblo desde que me enteré de su existencia. Siento que colecciono testimonios de un espejismo: “El asentamiento de San José Xolaltlacatl fue fundado en 1689 por un hacendado criollo. / Los cronistas relatan que los moradores de los pueblos aledaños secuestraron a las mujeres de San José. / Todo comenzó por el agua, es escasa en la región, menos en Xolaltlacatl. / “No hay mujeres en San José, se las llevaron a todas, menos a una; Sabina que estaba escondida en el lago.” / En 1712 pasó lo impensable, un diluvio puso bajo el agua al pueblo y creó un lago, se refundó San José a orillas de este lago. / “Entonces Sabina, que veía como se las llevaban a todas se fue a meter al lago.” / El paisaje es triple: el nuevo pueblo reflejado en el lago y bajo el agua el viejo pueblo.”

Estoy muy inquieto, Ambrose, hemos pasado una noche de terror; la bola (como llaman a esa turba de indios enloquecidos) nos persiguió buena parte del camino. Hemos salvado el pellejo por poco. Amigo mío, quizá ya no estoy para estas aventuras; no soy más que un ratón de biblioteca que por no encontrar la respuesta de una pregunta en los libros, ha tenido que salir de la comodidad de su hogar para buscarla. Zarparemos en unas horas, confío en que la mar nos sea más propicia, debemos llegar a Acapulco en cinco días, desde allí emprenderemos el camino de nuevo... jamás llegué a soñar que el agua fuera más estable que mis pies sobre la tierra.
A. G. U. Aspen
Agosto 29 de 1911

30 de agosto. Me arrepiento de haberle dicho a Ambrose que la mar era estable. Las olas están embravecidas y arremeten contra el navío como queriendo escupirlo fuera del agua. No tengo estómago para seguir escribiendo.

La travesía por mar se me hizo eterna, Ambrose; la segunda noche vimos en la —no tan lejana— costa, un infierno. Me han dicho que era un pueblo nayarita que tuvo la mala fortuna de ser escenario de un enfrentamiento. La línea de fuego se prolongaba por buena parte de la playa... sentí que esa pared ígnea nos seguiría como una marea en tierra, inundando planicies, bosques y pueblos y que no nos dejaría desembarcar. Aún al amanecer y ya bastante lejos, pude ver una torre eterea y oscura de humo. Es el sueño de la muerte. Cada metro que me acerco a San José siento que es un día menos de vida que sacrifico en pos de un capricho, pero ya estoy aquí, volver sería tan vergonzoso.
Te escribiré de nuevo cuando haya llegado al Xolaltlacatl. Calculo que mis cartas te llegarán en octubre y espero poder reunirme contigo en noviembre, amigo. 
A. G. U. Aspen
Septiembre 5 de 1911

5 de septiembre. Me siento como un centauro. ¡Qué vivificante sensación es cabalgar por los llanos mexicanos! Iremos despacio, pero ¡qué ganas de volar! 
6 de septiembre. Una enorme aguila ha volado sobre mi cabeza y rozado sus plumas con mi frente, salvándome de un peligro inopinado; destrozó una serpiente que estaba en mi camino. Mis compañeros de viaje, hombres tan fuertes como superticiosos, ven en este episodio un buen augurio.
7 de septiembre. Hemos llegado a las afueras de Cuernavaca, en el centro del país se vive un clima general de tristeza.
8 de septiembre. La comida es fuerte y mi digestión débil. Andar se volvió un suplicio, por ello acampamos. El plan es rodear la capital, del otro lado, colindando con Tlaxcala me espera San José Xolaltlacatl.

Te encantaría la estampa que ofrece San José, Ambrose. A la distancia se adivinan las casa altas y oscuras, diseminadas sin estar lejos las unas de las otras y el reflejo luminoso del lago es pacificador. Mis acompañantes me abandonaron antes de poner un pie en el camino principal que conduce a la plaza; en San José no se admite nadie. Ya en la entrada, todo luce deshabitado, hay una atmósfera fantasmal. Dicen que a los mexicanos no les asusta la muerte, que al contrario, prefieren abrazarla cuando se les acerca; esta tierra debe volverle loco a uno, porque si la muerte pasara junto a mí, le abrazaría sin rodeos. Te escribo estas líneas con premura; veo que se acerca un hombre, el primer xolaltlacatltepeño que veo. Adiós, amigo, prometo escribir pronto.
A. G. U. Aspen
Septiembre 9 de 1911

9 de septiembre. Me ha recibido el cura del pueblo. Su nombre es Jaime Alba, por sus maneras y modales se nota que es hombre prudente y receloso. He debido mentirle para que me permitiera pasar la noche en la parroquia. Le dije que era corresponsal de guerra de un periódico norteamericano, quizá no fui muy convincente, pues estoy muy lejos del conflicto, que ve sus más encarnizadas batallas en el norte. Mantengo la atención en todo lo que veo y en efecto no me he topado con mujer alguna.
Más tarde. El cura Alba me ofreció una cena frugal, es de conversación ágil y me ha sorprendido su gran cultura. Dice que se ordenó aquí mismo, a los xolaltlacatlpeños se les prohíbe salir del pueblo, así que él tendrá la obligación de formar a su sucesor. Mañana me llevará con el jefe del pueblo.
10 de septiembre. Dormí poco por la inquietud; desperté en la madrugada y observé la calle desde la ventana de la habitación que me dispuso el padre Alba. Me intrigó una procesión lúgubre que recorría el camino: cuatro hombres con teas parecían inspeccionar los soportales de las casas. Me volví a acostar pero sin poder dormir bien.
Al amanecer. El padre Alba me llevó con el jefe del pueblo: mientras nos dirigíamos a su casa, iba escrutando todo a mi al rededor: vi ancianos, adultos, jóvenes y niños, todos hombres, ni una sola mujer, ni siquiera rastros. Me presentaron con Demetrio ××××××, es un hombre entrado en años, de semblante adusto en apariencia; el rasgo común que comparten todos los hombres de San José parece ser la mirada de suspicacia, misma que es mucho más marcada en Demetrio. Ha debido notar que me di cuenta de ello, porque después de los protocolos, me dijo estas o parecidas palabras: «No es nada personal, señor Aspen, como cabeza de mi comunidad debo permanecer alerta ante cualquier forastero. Debe saber que no son buenos tiempos para las gentes tranquilas. Todo lo malo nos viene de fuera, lo sabe, ¿verdad?, como las enfermedades que llegan a un cuerpo sano. Ha sido así desde siempre, desde que se fundó San José Xolaltlacatl». Hablamos de baladíes y no después de muchas reservas me permitió extender mi estadía en el pueblo por un par de días más.
Por la tarde. Salí a recorrer las calles. El lugar, aunque es pequeño, da la sensación de ser un laberinto, todas las casas son tan similares, y los hombres actúan de forma tan maquinal que ver una escena es haber visto ya todo el pueblo. Trabé conversación con algunos xolaltlacatlpeños, la mayoría le hacen honor a la palabra parquedad, cuando he visto su poca disposición para satisfacer mis curiosidades, he preferido no presionarlos. Sólo los niños parecen más dispuestos a dejarse interrogar, pero tienen poco que decir en realidad. Es sorprendente: algunos, los más chicos, ignoran el concepto de madre o nunca han visto una mujer; otros, mayores, dicen tener madre y visitarla a veces. Las informaciones son contradictorias y confusas.

Ambrose, han pasado tres días y dos noches; en ese tiempo visité todo el pueblo y hablé con varios de los habitantes; en efecto, como dicen los libros y los testimonios, San José no tiene mujer alguna, a no ser que estén ocultas en algún sitio, algo que dadas las condiciones y actitudes de los pobladores, parece poco probable. Mi estadía no se podrá prolongar sin un buen motivo y eso me preocupa, no sé de qué pretexto podría valerme para convencer al jefe del pueblo de alojarme por más tiempo. Necesito ganarme su confianza. Esta misiva se queda hasta aquí, querido amigo, debo aprovechar cada momento.
A. G. U. Aspen
Septiembre 12 de 1911

12 de septiembre, después de medianoche. El padre Alba me ha traído un recado de parte de Demetrio. Me pregunta que si mis necesidades están ya satisfechas, para poder seguir con mi camino. Parece más bien un ultimátum. Miro por la ventana, la extraña guardia nocturna hace su recorrido... ¿debería seguirlos? se me agotan las opciones.
13 de septiembre, por la mañana. Seguí a la guardía por todo el pueblo, ocultándome de su vista... no debí, lo sé, mas la curiosidad pudo conmigo.  Valió la pena porque... fui testigo de un prodigio. Los hombres se reunieron a las orillas del lago de San José, iluminaban la superficie próxima del agua con varias antorchas. A la distancia, casi al centro, distinguí la aguja de la iglesia sumergida. Los cuatro hombres partieron hacia ella en una embarcación amplia; de repente aparecieron más barcos desde otras partes del lago, todos remando al mismo sitio. Al reunirse en el centro, divisé más formas humanas; no estuve seguro de inmediato, pero la noche no pudo ocultar lo que ya sospechaba; las naves se llenaron de mujeres. Las mujeres de San José Xolaltlacatl salían del campanario como otrora debieron salir los sonidos anunciantes. Los barcos estuvieron paseando por las aguas largo tiempo; después, se reunieron en el campanario una vez más y no pude menos que pensar que eso era la punta del iceberg y que el secreto de la ausencia femenina de San José yacía bajo el agua. Las barcas se fueron vaciando, las mujeres volvían a su escondite submarino. Decidí no perturbar más el misterio y volver al pueblo, vacío, en ese momento, de hombres y de mujeres.
Por la tarde. Un destacamento del ejército nacional entró al pueblo, seis hombres de a caballo. Venían con una orden de leva; era mi oportunidad para ganar más tiempo de estancia en San José. Tuve el acierto de intervenir antes de que apareciera Demetrio. Hablé con el capitán del destacamento, haciéndome pasar por diplomático de mi nación, por suerte siempre cargo mis credenciales de la academia de ciencias de I...; abusando de su ignorancia de mi idioma, lo persuadí de que me encontraba allí en una importante misión extraterritorial y que era de vital importancia no hacer salir a nadie de San José. Ignoro cómo es que pude lograr ser tan convincente, pero sucedió; de modo que al aparecer Demetrio con el padre Alba, los soldados comenzaban a partir. Al principio el jefe se desconcertó por mis acciones, claramente un periodista de guerra que se aleja del conflicto no actúa de forma coherente; hube de recurrir a una nueva treta. Miré con seriedad al padre Alba y a Demetrio y les dije estas o similares palabras: «Hay mentiras tan grandes que no se pueden sostener por mucho tiempo. A estas alturas es obvio que nadie se va a creer mi cuento de que soy corresponsal de un diario. No vine a cubrir conflicto alguno; estoy en San José esperando por algunas personas que deben salir del país... Comprenderán que la situación es delicada y debo viajar con discreción. Mi intención no es perturbar su vida cotidiana; Demetrio, debo pedirle paciencia hasta que mi gente llegué, no tardarán más que un par de días y mientras tanto yo puedo serles de utilidad para deshacerme de los reclutadores que insistan en llevarse a los hombres de San José». En un principio, el semblante del jefe se tornó escéptico, pero se fue suavizando. Consintió en alojarme un poco más, siempre y cuando despachara a los soldados y procurara no entrometerme en la vida de los xolaltlacatlpeños.
14 de septiembre, por la mañana. Ayer en la noche me recluí en mi habitación, había dormido poco la víspera y me proponía descansar. Fui concibiendo la idea de visitar el lago de San José para descubrir el secreto sumergido en la iglesia. Al rededor de media noche vigilé por la ventana, esperando el paso de la guardía nocturna que seguramente haría su rondín. La oscuridad se fue acompañando de una niebla que, tal como el mutismo general le pueblo, ocultaba las formas, dejando sólo rastros de difusas apariencias. Después de un rato, pude divisar las opocas luces de una lenta procesión proveniente del lado opuesto de la calle, me apresuré a salir con total discreción. Anduve persiguiéndolos por varias calles, escondido entre sombras sobre sombras y rumores nocturnos; después de un tiempo, los centinelas comenzaron a separarse uno por uno en tal o cual calle y desaparecían tras las puertas de sus viviendas; me fui quedando solo. Hasta entonces y con toda precaución puse mis pies en marcha del lago. En el sitio donde había visto la primera barca zarpar la noche anterior, hallé una canoa; no me decidí inmediatamente a subir y remar, pues la niebla sobre la oscuridad era mayor en la superficie del agua. Sentí como si la naturaleza se empeñara en aumentar el abrigo de misterio que ya de por sí era el centro lacustre de San José. Calculé la posibilidad de que pudiera navegar con una antorcha para guiarme sin que eso llamara la atención, pero a la par sentí un inquietante delirio de persecución; deseché la idea al cabo. Era preciso ir a ciegas. El remedio para el miedo es actuar; subí a la canoa y comencé a remar. Sólo entonces, en la superficie del lago, noté el frío que amenazaba con aterir mis brazos; tenía que dar con el centro, no iba a soportar mucho tiempo aquella gelidez. Remé sin saber bien en dónde estaba, internamente me reprochaba mi falta de previsión; tal vez si hubiese diseñado un plan... mientras pensaba en esto, un resplandor pálido y arrebolado comenzó a brillar bajo el agua. No sé qué miedo disfrazado de valor me hizo permanecer inmóvil un segundo, pero presto para salir corriendo sobre el lago si era necesario. La luz se intensificó y la transparencia líquida del aire submarino del pueblo sumergido me permitió distinguir las casas y las calles, todas perifericas a la iglesia que hacía las veces de faro. La respuesta estaba a mis pies, seguí las luces acuáticas. No pasó mucho antes de que alcanzara el campanario. Los arcos espaciosos estaban sellados, pero se percibía que estas entradas accidentales eran usadas con frecuencia; estaba temblando, mezcla del frío y la emoción. Forcé la entrada y en un segundo ya estaba en el interior de la punta oscura de la iglesia, recorriendo la estrechez del lugar; mi pie tropezó con una campana de buen tamaño; su contacto con el suelo ahogó un poco el ruido que el golpe despertó, aunque no lo suficiente como para que otras campanas no simpatizaran con la vibración; el momento musical me puso alerta. Encendí una vela. Los mexicanos dicen que las mujeres no deben subir a los campanarios, pues las campanas se ponen celosas y se niegan a cantar, hasta pueden llegar a romperse por las presencias femeninas. Aquellas damas aceradas estaban quebradas, no puede evitar imaginarme un tropel de mujeres secretas desfilando frente a las orgullosas campanas. Divisé el pasamanos de una escalera de caracol; el secreto de San José estaba siguiendo la espiral. Al pie de la escalera me encontré con una puerta por cuyos resquicios salía la luz que me había guiado hasta aquí. Abrí y salí a una especie de balcón interior que me permitía ver panorámicamente la nave principal de la iglesia; abajo estaban desperdigadas una multitud de mujeres de todas las edades. No reparé inmediatamente en ello, pero a medida que ponían más atención me di cuenta de que las mujeres eran extrañamente similares; luego la similitud no fue la palabra adecuada porque eran idénticas. Y tampoco está palabra satisface lo que veía. Me frotaba los ojos; ¿qué era esto? ¿una fantasía? ¿una galería de espejos? ¿una alteración de la luz?: niñas con el mismo rostro que las mujeres; mujeres con los mismos rasgos que las ancianas; el sueño de la originalidad vino a morir aquí... deseaba hacer una fotografía... hermanas no, gotas de agua no: eran el agua toda, una misma semejanza idéntica a sí misma, reflejos ellas de todas ellas y ellas una. Bajar hubiese sido imprudente, me conformé con mirarlas largo rato, se dedicaban a faenas cotidianas. La naturaleza de su existencia justificaba el haberlas dejado aquí, ocultas de todo y de todos; pues, lo profundamente cristianos que son los mexicanos les habría llevado a destruirlas. En realidad cualquier ser embriagado de piedad estaría dispuesto a destruir el mínimo rastro de continuidad anómala. Acepté la realidad a pesar de toda su imposibilidad, sólo así se puede comenzar a buscar una explicación: dos o hasta tres mujeres idénticas eran algo probable, pero tendrían que ser de una misma edad. Era contra natura que en cada generación no hubiese un mínimo de variedad entre los rasgos de los individuos, sobre todo pensando que los hombres de San José sí eran diferentes... al menos en cuanto a lo físico, porque en sus maneras y gestos parecían actuar como si fueran la misma persona. Pensaba en esto cuando una mujer grito «¡Un hombre!, ¡Hay un hombre allá arriba!», a su voz le siguieron otras y con ello reconocí el unico atributo de identidad y diferencia que tal vez tenían: la voz. Sus timbres eran distintivos; en su griterío no reconocí esa uniformidad que había en sus rostros, las voces clamando chocaban entre sí. Deshice el camino...
Por la noche. No pude seguir escribiendo. Los Xolaltlacatlpeños descubrieron que visité la iglesia sumergida. Demetrio habló conmigo y descorrió el velo trás el velo...  el secreto mayor de San José no sólo son sus mujeres acuáticas. Salí del pueblo antes del anochecer, sé que me sigue... no quiero ni pensar en qué podría sucederme si me encuentra...

Ambrose, amigo mío cuánto estoy lamentando escribirte esta carta... ¿la última? —Es posible. Me temo que soy objeto de una persecución, que si llega a concretarse y soy atrapado, sólo puede depararme un aciago destino... ¿¡Fatalismo que debo cumplir!? Ya te imagino diciendo que hablo de destino porque me he equivocado. Las ventanas de la esperanza se cierran para mí, pero antes de que eso pase, me avengo a legarte mi descubrimiento; mi vida: Cerca del que antiguamente fue el territorio tlaxcalteca, en una región semiboscosa del altiplano que ha venido siendo tierra de lagos desecados, se levanta un pueblo reflejo de sí mismo, San José Xolaltlacatl. A principios del siglo XVIII, un diluvio azotó al asentamiento original, dejándolo bajo el agua; sus pobladores, pensando en sus muertos ahogados, levantaron de nuevo sus viviendas a las orillas de este lago. Lo que primero fue una tragedia, luego fue motivo de prosperidad, pues el pueblo tenía una fuente segura de agua aún en las estaciones secas. Se dice que la vanidad de los xolaltlacatlpeños por su lago y el hambre de los pueblos vecinos los llevó a conflictos que culminaron en el rapto de las mujeres de San José, desde entonces, en el pueblo no se habían visto mujeres. Pero, cada tanto, los viajeros que iban de paso testimoniaban que, misteriosamente, en el pueblo siempre había niños, además de hombres de diversas edades. Mujeres tenía que haber, pero ¿dónde? Como sabrás por mi diario —que te envío con esta carta—, descubrí la razón y naturaleza por la que las mujeres no están a la vista. Escribo para ti lo que vendría a completar el relato que dejé inconcluso en el diario:
Demetrio y su gente me esperaban a la orilla del lago. Por su actitud me di cuenta de que estaban al tanto de mis pasos. El jefe me soltó sin rodeos estas o similares palabras: «¿Ya las vio? Son nuestras Sabinas, señor Aspen. Todas son la única mujer que nos quedó después de que se llevaran a las otras. Fue hace tanto, yo era muy joven». El padre Alba continuó hablando, como siguiendo el hilo del mismo discurso: «El lago de San José es casi una circunferencia perfecta, desde las orillas no se distingue esta disposición geométrica, precisa la distancia y el ojo inmóvil para notarlo». En ese momento, otro hombre habló de entre la oscura multitud: «Cuando se llevaron a las otras, vine a esconder en una barca a mi Sabina, nos estabamos prometidos». Un joven que estaba acercándose continuó: «¿Puede creer que el amor que uno tiene por alguien sea suficiente para conservarlo en este mundo más allá de la vida y la muerte?». Mi inquietud creció al oír la precisión con la que se intercalaban mis interlocutores en su único discurso: «No quise otra mujer más que a la misma. San José me dió la fuerza para proteger la imágen y la semejanza de Sabina, pero con el tiempo término por desvancerse de tantas veces que se repetía en el ciclo insesante de dar vida». El prodigio continuo en boca de un anciano: «Tal vez se repartió o tal vez simplemente su naturaleza era la de perderse paulatinamente. Y como ella, yo me perdí también, o al menos parte de mí; porque yo, Demetrio permanecí el mismo en voluntad y pensamiento, el mismo cada vez que nacía y volvía a ver el rostro igual y permanente de Sabina». La voz tenue de un niño de trás de mí, siguió: «Soñamos estar aquí. Permancer. Soy Hijo de mis Hijos, Padre de mi Madre, atrapado y solo. Mi Sabina no es la que ame, me queda la cáscara. Pero me aferro a ella igual que como lo hice en aquella noche de invasión, en la que los enemigos se llevaron a mis hermanas. ¿Se da cuenta, Señor Aspen, que el lago es un disco, entonces, gira el disco y da la ilusión de ser una esfera?» Estaba procesando lo que proponían las palabras, creyendo y dudando a un tiempo que, correspondiente a todas las mujeres que eran la misma en apariencia, había un sólo hombre que era distinto en todos los habitantes de San José. Caminaban hacía a mí, ahora hablando este: «La niebla es el volúmen», ahora hablando aquel: «Las tres dimensiones que conforman este espacio: afuera donde yace el movimiento; la superficie que es frontera; el interior, donde reposa la inmovilidad». No esperé más y salí corriendo, perseguido por un hombre múltiple, miraba de hito en hito: el lago del que me alejaba, con la iglesia en resplandor bajo el agua y el camino oscuro del llano que me ofrecía poca esperanza de escapar. Luego la luz del agua se atenuó y Demetrio y todos sus yos se dieron cuenta, deteniéndo su persecución. Seguí corriendo, sin embargo, sentí que algo malo había pasado con las Sabinas. Ahora mismo es cosa que tal vez nunca llegue a saber.
Ambrose, tú que has visto muerte y opulencia, y escrito sobre improbabilidades ¿creerías en lo que he vivido? Le doy vueltas buscando una explicación. Demetrio amaba a una mujer imposible, y si tal y como dijo, su existencia se fue repitiendo, su mente estaba en un bucle yendo sobre sí mismo con la sola y terrible idea de volver a estar con Sabina, misma que en realidad se fue atenuando con cada vuelta, ¿y si Demetrio en su afán por preservarla, terminó siendo la fuerza que erosiona aquello con lo que se empeña en unirse? Es un misterio insoluble, amigo, uno que inflama la imaginación y me hace querer terminar esta carta con alguna cita sobre cosas que escapan de nuestra comprensión... pero prefiero dejarte la literatura a ti. 
Adiós, amigo, adiós. Si la fortuna... si la suerte, no sé... adiós, querido Ambrose.
A. G. U. Aspen
Septiembre 15 de 1911

domingo, 28 de junio de 2020

Bitácora de lecturas & anotaciones bagatélicas

Notas de 2016

* Fui a Donceles hace unos días, compré muchos libros. He acumulado cerca de 200 volúmenes y simplemente no he podido concluir ninguna lectura de un tiempo acá.
* Abandoné, a las 50 páginas, El libro vacío; tengo pendiente los de Introducción a la música y El manual del pianista. De repente leo poesía: Pellicer y Pound; también cuentos de  Valadés y Benedetti. Lo único con cierta continuidad es la novela de Crimen sin faltas de ortografía, de Malú. Se me hacen particulares en sus notas a pie de página, si me lo preguntan: inútiles, pero muy cómicas.
* Leí los primeros años de el tomo uno de los Diarios de Max Aub. Necesito aprender francés. La anotación del 11 de febrero de 1941 es una bella reflexión. El 2 de febrero dice: “El talento es cierta capacidad de encadenamiento de la memoria y el genio cierta capacidad de la imaginación.” Estoy muy de acuerdo.
* Anoto como refuerzo de la memoria. Debo recordar esto del Manual de Riemann: “Ayudados por la costumbre y por el peculiar estilo sintético de nuestra audición, la mayoría de los que oyen tocar el piano no llegan a darse cuenta claramente de que el canto del piano no da un trazo unido sino más bien una línea punteada.” ¡La inconstancia discreta del piano!

Francesca

Entraste de la noche [¡La noche como un lugar y no un fenómeno del tiempo!]
Y había flores en tus manos
Ahora vendrás de un gentío confuso
Y un tumulto de palabras

Yo que te he visto entre cosas primarias
Me enojé cuando pronunciaron tu nombre
En lugares comunes

Desearía que olas frías anegaran mi mente
Y que el mundo volara como una hoja seca
O como un cardo despojado de semillas
Para encontrarte de nuevo
Sola.
Ezra Pound
Luego leí el canto II... Qué abrumador despliegue de cultura, intertextualidad y referencias.

Al dejar un alma

Agua crepuscular, agua sedienta.
Se te van como sílabas los pájaros tardíos
Meciéndose en los álamos el viento te descuenta
La dicha de tus ojos bebiéndose los míos

Alié mi pensamiento a tus goces sombríos
Y gusté la dulzura de tus palabras lentas
Tú alargaste crepúsculos en mis manos sedientas;
Yo devoré el pan de tus trágicos estíos

Mis manos quedarán húmedas de tu seno
De mis obstinaciones te quedará el veneno
—Flotante flor de angustia que bautizó el destino

De nuestros dos dolencias ha de brotar un día
El agua luminosa que dé un azul divino
Al fondo de cipreses de tu alma y de la mía
Carlos Pellicer

* Luego Pellicer dedica una “elegía a nadie.” Me encanta la dedicatoria. Dedicar a nadie es dedicar a nada. Se puede prescindir de la dedicatoria, pero le quita el encanto. A nadie. Y mientras uno lee, piensa: La dedicatoria jamás llegó a cumplir su cometido. Al leer, leo para mí, al dejar de leer o al terminar de leer el poema vuelve a quién le pertenece: A nadie.

* Algo sobre el atleta del piano. Riemann repasa algunas de las características que debe poseer un ser humano para destacar en el piano. Desarrollar un conjunto de habilidades que lleven al virtuosismo. Concluye en que la justa medida de talento y disciplina en un pianista lo convierten en un atleta del piano. Estrictamente hablando, la palabra atleta remite a otra idea, una que dista de lo que se puede comprender por artista, y se aproxima más al hombre deportista. Me parece peculiar el oxímoron, pero es, pensándolo detenidamente, correcto concebir un atleta pianístico.

* Por el poema “la primavera” de Pellicer, me interesé por saber quién fue Salomón de la Selva. Leo que era un poeta nicaragüense. Me gustó este poema y hallé otro breve de su amigo Azarías H. Pallais:

La bala

La bala que me hiera 
Será bala con alma 
El alma de esa bala
Será como sería
La canción de una rosa
Si las flores cantarán
O el olor de un topacio
Si las piedras olieran
O la piel de una música
Si nos fuese posible
Tocar las canciones
Desnudas con las manos
Si me hiere el cerebro
Me dirá: yo buscaba
Sondear tu pensamiento
Y si me hiere el pecho
Me dirá: ¡Yo quería decirte
Que te quiero!

Salomón de la Selva

Tan fugaces van las horas
Desde la cuna al sepulcro,
Me río cuando dicen,
Que vivimos!

Azarías H. Pallais

* El Crimen en sin faltas de ortografía, Malú referencía La cobarde de Irme Sarkadi, para mi sorpresa, el autor existe. Habrá que buscar el libro.

* Acabé el primer libro del año. Seguiré con Narraciones inverosímiles de Pedro Antonio de Alarcón. Ya comencé el primer cuento, menciona a José de Espronceda, dice: “la idea de la muerte ofrecióse entonces a su imaginación, no entre las sombras del miedo y las convulsiones de la agonía, sino afable, bella y luminosa, como la describe Espronceda.” También buscaré algo de José.
* Nos pertenecemos negativamente, aunque nada nos une, estamos unidos puesto que nada nos separa” en El amigo de la muerte Pedro Antonio de Alarcón.
* Justo ahora, en esta solitaria noche leo en la prosa de Alarcón que: “Estar entre el amor y la muerte, es estar entre la vida y la muerte.” ¿Será que entonces ya me puedo considerar muerto?
* Narra Pedro Antonio de Alarcón: “Elena, avanzando por entre los árboles, pálida, gentil y resplandeciente como una personificación de la luna.” Hay que buscar en qué mitos se personifica la luna. Es curioso el uso de por entre...
* La luna huía en el ocaso como una paloma asustada.” El amigo de la muerte Pedro Antonio de Alarcón.
* La gloria es una palabra hueca añadida por la casualidad al nombre de este o aquel cadáver.” El amigo de la muerte / Pedro Antonio de Alarcón
* Lo grande, lo noble, lo revelador de la vida es la lágrima de tristeza que corre por la faz del recién nacido y del moribundo, la queja melancólica del corazón humano que siente hambre de ser y pena de existir, la dulcísima aspiración a otra vida o la patética memoria de otro mundo.” El amigo de la muerte / Pedro Antonio de Alarcón
* La muerte: mi aprendiz el sueño.” El amigo de la muerte / Pedro Antonio de Alarcón
* La geografía es doble, al lado de cada ciudad siempre hay una ciudad muerta, como la sombra está al lado del cuerpo.” récord de la ciudad de Eusapia, cuyos habitantes han construido una ciudad idéntica a su ciudad, para llevar allí a sus muertos. Una geografía doble. Una necrópolis donde se pierde el punto de origen de la imitación, pues supuestamente sería los muertos los que construyeron primero la ciudad de los vivos, una copia de la suya. Ciudades invisibles / Calvino. El amigo de la muerte / Pedro Antonio de Alarcón.

* Empezada de la lectura de Los siete velos, me encuentro con el diagnóstico de una enfermedad espiritual y su cura: 3 mujeres, una coqueta, un ángel que se muera esperando al paciente y una mujer que se haga amar. Es indispensable la presencia consecutiva de las 3. Si se prescinde de una, sobreviene la desgracia. Yo particularmente ya pasé por las primeras dos... disparato, de nuevo.
* Los siete velos: Alarcón reflexiona o advierte sobre la voz literaria, es decir: que quien dice una cosa no es otro más que el propio autor y no el personaje.
* No sé en qué consiste que los hombres de un cierto tiempo nos enamoramos de la última desconocida que vemos al paso.” Tal vez sea por atormentarnos a nosotros mismos como el personaje de Terencio... ¿Cuál personaje?
* Amo la blancura [...] En el cantar de Salomón cuando nos describe las recónditas bellezas de la mujer amada.” una rosa de color de rosa es del color del cantar de Salomón.
* Mito de Prometeo
* Otro autor más por buscar: Paul de kock, Alarcón lo nombra antonomasia del color verde.
* Irminsul (Yggdrassil) es un Pilar que conectaba el cielo y la tierra, es representado por un roble. Alarcón dice que Eva pudo usar su hoja como primer vestido.
* Alarcón me ha hecho revisar la fábula de Esopo “La zorra y las uvas verdes.”
* ¡Dame esa vida que veo
Al través de aquesta vida...!
¡Esa vida que deseo
Como una gloria perdida!
* De Pedro Antonio de Alarcón: “Nuevas eternidades han rondado mi cabeza” no sé si será el sueño o la contradicción, pero dado que la eternidad es eterna (aunque se lea tonto), nunca ha sido más que constantemente inveterada, o ¿acaso es permanentemente nueva, en su tal vez renovación? No sé, no sé... Da mucho en que pensar. | En Soy, tengo y quiero: Una musa de dos artistas, una musa que se autoplagia, ergo no existen los plagios, sólo las musas infieles. | “¿Creen los moros que todos los cristianos van al infierno?” Pensar que todos los demás van al infierno, hay cierto egoísmo malvado en sentirse merecedor del paraíso por pensar que se cree en la verdad. | “La música es el arte por excelencia, por lo mismo que no expresa nada terminante.” Preclaro.

* Comencé A tiro limpio de Boris Vian, el primer libro que leo él. Es una novela extraña, quizá lo único bueno ha sido el constante juego anagramático de Vian con su nombre para bautizar a sus personajes.

* Tres tristes tigres. Qué tedio me dan la mayoría de los escritores del boom. Todos referenciándo siempre las mismas literaturas, al menos en su mayoría. Muy bien la locura del lenguaje. La novela no ha tratado de nada en realidad. Podría ser hasta costumbrista. ¿En verdad vale la pena una historia sin historia, por más que sea un baile y desenfreno en la forma? Nota: urge leer a Quency.

* Misal de ateo. Bernal adivinanza de lo humano y humanizado lo divino, destruyendo la frontera entre ambas cosas. Si Dios nos hizo a su imagen como a su semejanza, es capaz de padecer. El olvido es un mal divino, así como la memoria una virtud humana, o ¿viceversa? Exelentes cuentos: La tregua, La culpa, Niña extraña, El crimen, El Dios viejo, Parábola del camello famélico y La memoria de Dios.

* Bataille, erotismo, muerte y un ensayo que efectivamente se quedó en ensayo. Fue del origen del erotismo y el trabajo a la divinización de ambos, luego la perversión y supresión, por último el arte. Hay tanto que apenas si lo sobrevuela. Uno se queda con la sensación de que está ante un resumen...

* Anotaciones sobre las notas de Baudelaire. “Lo que está creado por el espíritu es más vivo que la materia”, “El amor quiere salir de sí, confundirse con su víctima, como el vencedor con el vencido y sin embargo quiere conservar privilegios de vencedor”, “La inspiración viene siempre cuando el hombre lo quiere, pero no se va cuando él quiere”, “Crear un lugar común (poncif), es el verdadero genio.”

2020

* He comenzado a leer Las amistades peligrosas gracias a una breve referencia en Isabel de Gide; por lo tanto, he vuelto a posponer la lectura de ésta última. El prólogo de Malraux tiene buenos momentos, pero en general es tedioso. Rescato de estos fragmentos: “Intrigar tiende siempre a «hacer creer» algo a alguien; toda intriga es una arquitectura de mentiras; creer en la intriga es, en principio, creer que es posible influir en los hombres a través de sus pasiones, “que son sus debilidades.” Luego cita al filósofo ilustrado Pierre Beyle: “Conocer a los hombres para influir en ellos.” investigado sobre la trayectoria de Beyle, me llamó mucho la atención uno de sus libros sobre el cometa Halley, una serie de reflexiones contra las supersticiones de las personas de aquella época. Me interesa demasiado del asunto de las supersticiones, inevitablemente siempre vuelvo a pensar en los diarios de Robert Louis Stevenson y el asunto de los tapu en las islas del Sur. Es verdad que las supersticiones protegen al mundo de la mezquindad del progreso científico, pero también es cierto que cientos de actos atroces se cometen en nombre de éstas convicciones.
* Creo que desde Werther que no leo una novela epistolar. No va mal, pero el lenguaje afectado e inveterada me va a costar trabajo. Encuentro estas dos frases: “Se pueden citar malos versos cuando son de un gran poeta”; con estas palabras se justifica Valmont de traer a colación una frase hecha de Lafontaine. “La soledad aumenta el ardor de los deseos”, no pude evitar pensar en todos los que estamos encerrados y solos. Creo que la jaula lo hace sentir a uno ansioso... divago. Hace un rato oí una fábula de Samaniego, me interesa leer fábulas; los fabulistas encontrar la manera de quejarse de las doctrinas desde la doctrina y moralizar, reprender y censurar de forma sutil. ¿En qué grado de puerilidad hemos estado para que las fábulas nos digan impactando con su sabiduría?
* La VII carta del libro de Laclos me llevó a investigar sobre la Orden de Malta, es asombrosa la permanecía, poder e influencia de una institución tan inveterada. Me hace pensar que una reunión tan influyente de personas no puede tener un propósito bueno entre manos.
* El vizconde de Valmont le dice a la condesa Merteuil que sus fugaces amores son apenas como los sucesores de Alejandro Magno que fueron incapaces de conservar todos el imperio que uno solo gobernó. Leí algo al respecto y es en verdad una historia entramadas de iniquidades e intrigas; muy ad oc con la cultura militar que Laclos debío haber dominado. Recuerdo que de Alejandro sólo sé muy poco; sobre todo la anécdota de su encuentro con Diógenes el perro.
* Progreso lento con mi lectura, pero lo poco que avanzo es estimulante y da pie a muchas reflexiones. Laclos es hábil haciendo escribir a sus personajes; en la carta XXXII hay una reflexión sobre las personas de mala reputación, la defensa que la señora de Tourvel hace de Valmont es motivo de una amarga respuesta por parte de la señora Volanges, todo el episodio se puede resumir en un dicho caro al doctor: una golondrina no hace primavera. La carta bien puede ser vista como un análisis del problema de la redención. Valmont lleva a cabo un acto de caridad, sus intenciones están lejos de estar a la altura de sus acciones, pero la señora de Tourvel no lo sabe; los hombres no pueden juzgar los pensamientos sino por las acciones, escribe la señora Volanges; y es justo lo que hace de Tourvel, juzgar la nobleza de Valmont, ver el rayo de claridad en un hombre que pertence a las sombras. Volanges describe el problema de ética que supone esto, y prefiere mantenerse en una posición de prudente excepticismo, llegando a una curiosa paradoja, escribe: ¡Esta vmd., pues, empeñada en que yo crea que Valmont es virtuoso! Confieso que no lo podré jamás, y que tendré tanta dificultad en creerle honrado por el hecho solo que me refiere vmd., cuanta tendré en creer vicioso un hombre de bien reconocido de quien se me cuenta una falta. La humanidad no es perfecta en ningún género, ni en lo malo, ni en lo bueno. El malvado suele tener sus virtudes, como el hombre de bien sus debilidades. Me parece tanto más preciso que creamos esta verdad, cuanto de ella depende la necesidad de ser indulgente con los malos como con los buenos, y hace que éstos no se engrían, y que los otros no se desanimen. Vmd. hallará sin duda que yo olvido en este momento la indulgencia misma que predico; pero la miro como una debilidad peligrosa, cuando nos lleva a tratar de igual modo al vicioso y al hombre honrado.
* He venido encontrando semejantes joyas del pensamiento en Laclos, no puedo menos que coleccionarlas más allá de estos apuntes superficiales; en lo sucesivo los detalles específicos estarán en esta entrada.
* La lectura continúa, en la carta XLIV Valmont cita un verso de un dramaturgo francés que hasta ahora me era desconocido: Alexis Piron; haré lo posible por conseguir algo de su obra, sobre todo La metromanía sobre un hombre que no puedo evitar hablar en verso y la curiosa Arlequín Deucalión, monólogo que repasaría las vicisitudes del último hombre sobre la tierra. Leo al respecto que en 1718 las autoridades francesas habrían exigido no extreñar obras con un sólo actor y 2 años después Piron estrenaría esta obra, al parecer a manera de burla.
* Laclos me ha planteado una idea que se me antoja peligrosa; Merteuil y la señora Volanges, ya sea por suspicacia o recato hablan de una especie de imposibilidad de la redención... siempre lo he sabido (y sentido) inconscientemente; que una vez roto, subvertido, corrupto, hechadoaperder, algo, una cosa, una persona, no tienen reparación-redención. La mitología cristiana se funda en esa bonita idea; estabamos corrompidos como humanidad hasta la crucifixión, que vendría a romper la maldición —es que es casi que un cuento de hadas—. Claro que así funciona, pero no es tan sencillo. Para dios es fácil confiar; la omnipotencia no precisa de fe; pero para el hombre no es así, confiar es un vínculo delicado que una vez quebrado no tiene reparación y desde ese día uno no hace más que mirar suspicazmente a aquellos que nos han traicionado y que han recibido nuestro perdón. Vuelven a confiar los desmemoriados y los cándidos... pero queda allí, tengo una frase, no recuerdo de dónde salió: Si queremos desconfiar nunca faltaran oportunidades, sólo basta que nos den un motivo para poner en tela de jucio, una excusa para dudar. Pienso: cuidar mis vínculos, cuidar, proteger, y ser inútilmente franco: cuidar. Rehuir del mito de la redención, del perdón sin convicción. Me estoy portando romántico. Mejor abandonar aquí esta idea, antes de que me envenene más.



jueves, 25 de junio de 2020

Voyerismo epístolar y las joyas conceptuales de Laclos

Esto que estas a punto de leer es algo que escribo en paralelo a mi lectura de Las amistades peligrosas de Pierre Choderlos de Laclos. La novela —epígona de los tratamientos narrativos y las ideas filosóficas de Jean-Jacques Rousseau está colmada de pequeños conceptos que deseo coleccionar porque suponen una fuente importante de sabiduría social, moral e intelectual; en cierta forma, podríamos decir, que esta entrada pretende hacer las veces de un ideario según los personajes de Laclos.

* Carta X o Del aprecio y el agrado. En esta misiva la marquesa de Merteuil relata al vizconde de Valmont su encuentro con un caballero que ha seducido; hacia el final hace una distinción sobre el «aprecio» y el «agrado» que siente alternativamente por Valmont y por su caballero: “Me percibo que son las tres de la mañana y que he escrito a vuestra Merced un volumen, cuando tenía intención de escribir sólo una palabra. Este placer produce la confianza de la amistad; ella hace que vuestra Merced sea lo que yo más aprecio, pero el caballero es lo que más me agrada.” El aprecio le permite a la marquesa actuar con comodidad y hacer de Valmont su confidente; circunstancia cotidiana: aquello que nos es cómodo, entonces es de nuestro aprecio. Sin embargo, la comodidad es apenas un accidente de nuestras necesidades. El agrado por otro lado es producto del placer; el amante de la marquesa le satisface, pero a diferencia de Valmont, no promueve la confianza de la confidencia: así, hay cosas que nos pueden ser placenteras a la par que incómodas, como demuestra la marquesa con las precauciones que toma para encontrarse con su amante; el placer tiende a comprometer la confianza; la comodidad no, sin embargo, rara vez conduce a la satisfacción.

* Carta XXIII o Del placer de las conquistas penosas
“¿Cuánta es, pues, nuestra debilidad? ¿Cuánto el imperio de las circunstancias?; ¿si yo mismo, olvidando mi proyecto, he arriesgado el perder, por una victoria prematura, el encanto producido por un largo combate, y los pormenores deliciosos de una penosa conquista; si seducido por el deseo de un joven sin experiencia, he estado para exponer al vencedor de la señora de Tourvel no recoger, por fruto de su trabajo, sino la insípida ventaja de haber logrado una mujer más? ¡Ah!, ríndase en hora buena, pero después de combatir; sin tener fuerza para vencer téngala para resistir; saboree a placer la sensación de su debilidad, y véase obligada a convenir en que ha sido rendida. Dejemos al cazador furtivo y obscuro que mate al acecho al siervo que ha sorprendido; el verdadero cazador debe forzarle y rendirle. Este proyecto es sublime, ¿no es verdad?” le dice el vizconde de Valmont a la condesa de Merteuil en esta carta; no hay síntesis para algo tan claro: la satisfacción de conquistar o lograr algo es mayor —sino es que, sólo posible— después de pensos esfuerzos. ¿Será que me atrevo a hablar por todos? pero... ¿a quién le gustan las victorias fáciles? Los retos y su conclusión reflejan las ambiciones personales, pero también la tenacidad.

* Carta XXXII o De cómo una golondrina no hace verano
“¡Esta vmd., pues, empeñada en que yo crea que Valmont es virtuoso! Confieso que no lo podré jamás, y que tendré tanta dificultad en creerle honrado por el hecho solo que me refiere vmd., cuanta tendré en creer vicioso un hombre de bien reconocido de quien se me cuenta una falta. La humanidad no es perfecta en ningún género, ni en lo malo, ni en lo bueno. El malvado suele tener sus virtudes, como el hombre de bien sus debilidades. Me parece tanto más preciso que creamos esta verdad, cuanto de ella depende la necesidad de ser indulgente con los malos como con los buenos, y hace que éstos no se engrían, y que los otros no se desanimen. Vmd. hallará sin duda que yo olvido en este momento la indulgencia misma que predico; pero la miro como una debilidad peligrosa, cuando nos lleva a tratar de igual modo al vicioso y al hombre honrado.” la señora Volanges reconviene en esta misiva a la señora de Tourvel sobre la apología que hace de naturaleza y las acciones del vizconde de Valmont; hasta ahora los análisis filosóficos sobre las pasiones de los hombres parecen más agudos cuando son hechos por las mujeres. Podríamos bien resumir este pasaje en los conocidos dichos de haz fama y échate a dormir y una golondrina no hace verano; pero hay más, las duras palabras de la señora Volanges tocan veladamente tres ideas importantes: 1. Minimizar (puede) conducir a la inmoralidad; por ello la señora Volanges habla de olvidarse de la indulgencia que predica, pues tolerar las faltas de los hombres corruptos no hace más que alentarlas. 2. La confianza es sumamente frágil, y a pesar de todo lo motivador que suelen ser las historias de redención, en el fondo son más bien las menos. Hay que aceptar que algo roto y reparado ya no vuelve a tener jamás su pureza original, es por ello que alguien que pierde la confianza es más probable que no la recupere, aún si antes ha pasado por penosas pruebas. 3. Suscrito a lo anterior, la corrupción no se repara, a lo sumo, se le pone un alto.

* Carta XXXIII o Del enfriamiento de las pasiones
“[...] lo verdaderamente inexcusable, es haberse dejado llevar a escribir. Yo desafío ahora vmd. de poder adivinar hasta dónde puede esto conducirle. ¿Espera vmd., por ventura, probar a esa mujer que debe entregarse? Me parece que eso debe ser efecto de sensibilidad y de demostración; y que, para ser así, se trata de enternecer y no de razonar; pero ¿de qué servirá el enternecer con cartas, pues no se halla vmd. allí para aprovecharse? Aun cuando las bellas frases de vmd. produjesen el delirio del amor, ¿se lisonjea vmd. de que duraría bastante tiempo para evitar que la reflexión impidiese la declaración? Piense vmd. en el que se necesita para escribir una carta, en el que pasa antes de que sea entregada; y vea vmd. si una mujer de principios tan severos como su devota, puede querer tanto tiempo lo que procura no querer jamás. Este modo de conducirse puede salir bien con los niños, que, cuando escriben «amo a vmd.», no saben que dicen «me rindo». Pero la virtud replicona de la señora de Tourvel me parece que conoce muy bien el valor de las palabras. Por eso, a pesar del ascendiente que ya tenía vmd. sobre ella, en su carta le bate. Y además, ¿sabe vmd. lo que sucede? Que sólo porque se disputa, no se quiere ceder. A fuerza de buscar buenas razones, se acaba por hallarlas; se dicen, y luego se sostienen, no porque son buenas, sino por no desmentirse.” la marquesa de Merteuil señala al vizconde de Valmont que de nada vale todo lo que pueda hacer sentir a la señora de Tourvel a través de las cartas que le envía, pues no puede usar el efecto que producen a su favor: las pasiones se van enfriando y en ese comunicación retardada siempre se pude encontrar la palabra justa para fingir —ardor o frialdad—. Creo que las cosas no han cambiado desde que Laclos escribió su trama de intrigas, aún hoy esta idea sigue teniendo vigencia y nos vemos cortados por las ideas que propician en nosotros; si es a veces nos engañan en nuestra cara, con mayor razón cuando ni siquiera la voz de quien nos habla podemos escuchar, y nos llegan sólo palabra, partes de un mensaje incompleto.

* Carta XVIL o De saborear la victoria
"El momento más seductor de una mujer, el solo que puede producir aquel encanto de que se habla siempre y que tan rara vez experimenta, es aquel en que, estando ya seguros de su amor, no lo estamos aún de sus favores." me gusta está idea; postula y especula sobre los distintos momentos por los que los amantes pasan mientras sucede el juego de las conquistas. No sin razón se compara a la guerra con el amor y viceversa, es pues este estado que describe Valmont a la condesa de Merteuil, uno antes de la victoria, el de la certeza de que se juega ya con la debilidad del adversario a nuestro favor.

* Carta LI o De una estrategia del amor que consiste en hacer no haciendo
"He notado uno de aquellos recursos que nunca deja de emplear el amor, y de que veo que esta muchacha es víctima de un modo bastante curioso. Atormentada del deseo de ocuparse de su querido, y del temor de condenarse, ha imaginado el pedir a Dios que se lo haga olvidar, y como renuevas esta oración a cada instante del día, halla el medio de pensar en él sin cesar." Fuera de lo anacrónico que resultaría pedir a dios cualquier cosa en nuestra época, la condesa de Merteuil habla de un efecto inesperado del pensar en no pensar; Cecilia Volanges renueva y retiene el pensamiento invocador; es una suerte de presencia que se trata de ahuyentar sujetándola.

* Carta LI o De cierto autoengaño
"Se fatigan en probar con razonamientos, que un sentimiento involuntario no puede ser un crimen, como si no cesase de ser involuntario desde el momento en el que se le deja de combatir." Este pasaje me parece una crítica muy justa sobre las apologías que hacemos de nuestras acciones involuntarias; el medio, las circunstancias y los demás nos llevan a actuar de forma involuntaria, sí, ciertamente; y las más de las veces esas cosas que escapan de nuestras manos nos mancillan, pero —y he aquí la genialidad de Laclos— al rendirse uno y permitir que estas circunstancias sucedan sin resistencia, entonces se pierde el adjetivo de involuntario, ¿qué nos dice —o qué queremos entender en esto—? que ¿acaso rendirse a un sentimiento que rechazamos no es básicamente abrazarlo? ¿que las resistencias contra lo involuntario no valen de nada cuando se rinde uno?

* Carta LVII o De causas y efectos
"En efecto, si los primeros amores parecen, en general, más honestos, y como se dice, más puros; si a lo menos son más lentos en su marcha, no es, como se piensa, por efecto de delicadeza o de timidez; es que nuestro corazón, admirado de in sentimiento desconocido, se detiene, por decirlo así, a cada paso, para gozar de la delicia que experimenta, y es tan grande su influjo en un corazón nuevo, que lo ocupa hasta el punto de hacerle olvidar cualquier otro placer." Valmont discurre como pocas veces, no con sus habituales adulaciones, sino en un tono reflexivo; detecta un efecto por todos conocido pero desde su verdadera causa; los amores que comienzan, en su novedad, son un elogio a la lentitud. Se ama distendiendo los momentos y abriendo los sentidos, abrebando hasta la última gota de luz y ternura.

viernes, 1 de mayo de 2020

Antología de Inventos Inventados: B. III. Memoria y Olvido

Adela Fernández fue una escritora umbría, en todo el sentido de la palabra; creo que logra producir efectos desconcertantes en el lector porque su narrativa es en verdad muy personal, su mundo es único: un verdadero universo a parte. Respecto al cuento que presento, se trata de una narración vertiginosa; una de las cualidades de Adela es la brevedad, logra plasmar escenas insólitas en pocos párrafos. La historia que nos narra es sobre un nuevo método para deshacerse de la melancolía; la motivación —como en las dos narraciones de Villiers de L'Isle-Adam que preceden a este cuento— es la de la resolución. Una vez que la vida de nuestro personaje ha sido infaustada sin un motivo concreto, y al no localizar el germen de la enfermedad, es preciso matarlo todo, y esa muerte es a través de algo que adquiere un doble valor contradictorio: la memoria que es la vida y que al mismo tiempo es una cosa, algo desechable y nimio por lo cual se puede llegar a la deseada aniquilación, no sólo del ser, sino de la tristeza. Asistimos a una primicia; y propio de ellas, algo puede salir mal, un detalle que escapa a las consideraciones iniciales; la ciencia se hace del ensayo y el error: el proyecto fallido alcanza a recorrer un tramo que pronto alguien puede llegar a concretar. Tengo una inconformidad con este cuento, pero es apenas una tontería personal. En fin, otro invento inventado:


     Zarceo vive de acuerdo a su nombre. Su abuelo, creyente en la influencia que el nominal tiene sobre el destino de cada ser humano, decidió llamarlo así para marcarlo con las tres acepciones del verbo zarcear: limpiar los conductos y cañerias introduciendo zarzas largas y moviéndolas para que despeguen la toba y otras inmundicias; entrar el perro en los zarzales en busca de caza; andar de una parte a otra, cruzando con diligencia un sitio.
     Zarceo, cada vez que lo cree prudente desobstruye sus conductos interiores, despega el cochambre atestado por la inactividad y la confusión. Siempre que lo hace consigue fluidez de pensamiento, tamiza sus ideas, guarda para sí las que son brillantes y excreta aquellas sin valor, adecuadas para dialogar con los amigos y ejercitar esa faena llamada "comunicación", el mejor de todos los artificios para simularse y ocultarse.
     El perro que trae en la entraña, de buen olfato, de estético agazapamiento y atinado salto, lo suele soltar con acierto en las espirituosas cacerías, propias de hombres refinados que asaltan al mundo para obtener todo lo que les es necesario o conveniente. Así se ha hecho de una esposa, de un trabajo que lo surte de dinero, de un crédito publicitario que aumenta su prestigio, de un sillón y de un cepillo de dientes.
     Sabe estar presente de lleno en cualquier espacio. Sube y baja, va y viene con pasos largos o cortitos según sea la emoción adjunta al propósito; se sienta, se levanta, camina alrededor de sus interlocutores, se cuelga de la lámpara o se pega a la pared como un fascinante cuadro. ¡Pequeños esfuerzos para nunca ser inadvertido! 
     Ha sido muy cuidadoso en la selección de sus amistades. En su descriminación prefiere a aquellos de inteligencia fugaz, intelectuales-cometas que por doquier pasan su cauda de relucientes aforismos y metáforas sin lograr modificar siquiera el parpadeo de los ignorantes que encuentran a su paso. 
     Físicamente deben ser peculiares: muy largos en la verticalidad de sus ensoñaciones o muy anchos en su conchudez; de piel negro mate o magenta; de ojos saltones más espantables que espantados, o muy hundidos tras de ojerosos telones que aunque abiertos nunca libran la caja mágica del escenario íntimo y su drama. Le gustan híbridos y monstruosos, por ejemplo, los que tienen tres o siete cabezas, y que por lo tanto son de izquierda, del centro y de derecha simultáneamente sin fallar a ninguna de sus posiciones políticas. También gusta de los seres amorfos o incompletos, monópodos y cíclopes, los de epidermis leonada o cubierta de escamas, y sobre todo aquellos que tienen por lengua una elegante cobra. Algunos son más grotescos que otros, y los hay tan complejos y misteriosos que es de gran gesta el describirlos. 
     Hoy ha reunido a los favoritos de su estima para mostrarles su más reciente invento científico: un estractor de memoria. Zarceo siempre se esmeró por recordarlo todo. Imágenes, sonidos, olores, sensaciones, actos, sentimientos y todo tipo de experiencias los tiene perfectamente registrados en su memoria. Se ha valido de distintos sistemas de clasificación, ya temáticos o cronológicos, especificando la intensidad de los recuerdos, sus significados, poder de influencia, fuerza frustrante y jerarquía según su importancia y trascendencia. 
     Pero resulta que Zarceo padece una extraña e injustificable tristeza —al parecer pescada en un camión urbano al igual que la gripe— que ha venido a quitarle el apetito de vivir. Ha decidido dar fin a su existencia, pero desde luego se ha preocupado por inventar un nuevo tipo de suicidio. Como para él la memoria es la vida, decidió que no hay muerte mejor que la mente en blanco. Sin recuerdos no hay corazón que funcione y eso le garantiza un paro cardíaco. Fantástica forma de morir, rápida, sin posibilidades de exponerse a una larga agonía. 
     Así lo ha comunicado a sus amigos quienes apuran las copas de cognac y derraman lágrimas antelando el luto doloroso por la muerte muy proxima de su entrañable Zarceo. Ahí están boquiabiertos ante el nuevo invento científico, el estractor de memoria. Un gran recipiente de cristal en forma de oso hormiguero cuya trompa está conectada a la boca de Zarceo, succiona con ritmo doloroso; el suicida sopla y arroja bocanadas de recuerdos:
     Ahí va el instante de su nacimiento; la teta magra de leche venenosa que le dió sustento; ahí va su madre, especie de Clitemnestra, repulsiva de su brótalo; ahí va papá suavecíto con sombrero-canasto repartiendo pan por la tarde. En el recipiente cristalino gira todo lo aprendido en la escuela, números y letras revelando los misterios; llantos, rezos y carcajadas; caricias y angustias, los largos malabarismos que impone el manejo de situaciones; la resistencia a las peripecias; los dinámicos saltos de hombre-tigre por encima de obstáculos mediocrizantes; ahí va Zarceo usando sus máscaras, escamoteando las fuerzas enemigas, ya repta o vuela, actúa tragedias y melodramas, se mueve con tino y desatinos; se le ve resonante o callado, opaco o luminoso, ya engulle o vomita; todo lo vivido en tantos años se desprende y cae tumultuoso en el estractor. 
     Según Zarceo, no hay nada más que expulsar Piensa que se avecina el gran blanco de la mente, la acorazadora nada. Sólo que... un brutal dolor que viaja de la cabeza al corazón y viceversa, le indica que algo le ha quedado adentro, algún olvido. Se trata de Beatriz, aquella mujer a la que amo sin lograr conquistar jamás. Sufrió tanto por ese amor frustrado que para poder seguir viviendo tuvo que olvidarla. No obstante que borró los recuerdos, la imagen de Beatriz viajo a su subconsciente y ahí encontró acomodo, vallada con atemperante olvido, Zarceo no logra concientizar que ese residuo que late en su interior no es más que la olvidada Beatriz. 
     Ante sus gritos atroces, los amigos policéfalos e híbridos discuten si habrán de dejarlo en tal agonía o si será conveniente devolverle los recuerdos en una cucharadita cada media hora, a manera de jarabe, y poder así reintegrarlo de nuevo. De nada le sirve el vacío si no es total. La discusion es larga, no hay acuerdo, y mientras tanto, en lo profundo de Zarceo, Beatriz se mece en su silla blanca y adquiere la espectral fuerza de lo olvidado; así prolonga la agonía. El suicidio se frustra. Contrariamente al plan de Zarceo, es el olvido y no los recuerdos lo que lo mantiene vivo.

viernes, 24 de abril de 2020

Reunión: 1. Las muertes concéntricas (The Minions of Midas)

Nuestro primero cuento de esta nueva antología es un paradigma personal de miedo. No soy asustadizo: no temo a fantasmas, demonios, seres extradimensionales, magia, oscuridad... etc. Sin embargo, si hay algo que me puede, es la capacidad del hombre para engendrar métodos que proveen iniquidades a sus semejantes. La historia que presenta Jack London me incómoda por lo posible que resulta; plantea una idea sutil y extraordinaria, de gran viabilidad: secuestrar a la humanidad. El concepto y la idea de la prisión son posibles gracias a hacer concientes a los presos de que son vigilados, que no pueden salir de un espacio determinado; y este cuento de London lleva a su máxima expresión esa idea. Otro motivo genial del cuento es la aparición de una sociedad secreta y, desde cierta óptica, maligna. Las historias de logias, sectas, grupos y cofradías me son muy atractivas, sobre todo si son inconvencionales y funcionan para fines que pueden juzgarse como desquiciados e irreverentes. Como anotación marginal, resta decir que tomo el texto de la antología que lleva el mismo nombre que este cuento. La traducción es de Jorge Luis Borges, tengo mis reservas con respecto al título que le dió en español; estoy de acuerdo en que el mecanismos descrito por London con el que se manejan the minions of Midas es una paulatina concentración de acciones que buscan un punto, como ondas en el agua que tratan de regresar al foco y en el fondo el efecto del nombre las muertes concéntricas hace mucho más potente el contenido del relato; la traducción tiene sus bemoles, en fin. Leamos: 


     Wade Atsheler ha muerto… ha muerto por mano propia. Decir que esto era inesperado para el reducido grupo de sus amigos, no sería la verdad; sin embargo, ni una vez siquiera, nosotros, sus íntimos, llegamos a concebir esa idea. Antes de la perpetración del hecho, su posibilidad estaba muy lejos de nuestros pensamientos; pero cuando supimos su muerte, nos pareció que la entendíamos y que hacía tiempo la esperábamos. Esto, por análisis retrospectivo, era explicable por su gran inquietud. Escribo “gran inquietud” deliberadamente.
     Joven, buen mozo, con la posición asegurada por ser la mano derecha de Eben Hale, el magnate de los tranvías, no podía quejarse de los favores de la suerte. Sin embargo, habíamos observado que su lisa frente iba cavándose en arrugas más y más hondas, como por una devoradora y creciente angustia. Habíamos visto en poco tiempo que su espeso cabello negro raleaba y se plateaba como la yerba bajo el sol de la sequía. ¿Quién de nosotros olvidaría las melancolías en que solía caer, en medio de las fiestas que, hacia el final de su vida, buscaba con más y más avidez? En tales momentos, cuando la diversión se expandía hasta desbordar, súbitamente, sin causa aparente, sus ojos perdían el brillo y se hundían, su frente y sus manos contraídas y su cara tornadiza, con espasmos de pena mental, denotaban una lucha a muerte con algún peligro desconocido.
     Nunca habló del motivo de su obsesión, ni fuimos tan indiscretos como para interrogarlo. Aunque lo hubiéramos sabido, nuestra fuerza y ayuda no hubieran servido de nada. Cuando murió Eben Hale, de quien era secretario confidencial —más aún, casi hijo adoptivo y socio—, dejó del todo nuestra compañía, y no, ahora lo sé, por serle desagradable, sino porque su preocupación se hizo tal que ya no pudo responder a nuestra alegría ni encontrar ningún alivio en ella. No podíamos entender entonces la razón de todo esto. Cuando se abrió el testamento de Eben Hale, el mundo supo que Wade Atsheler era el único heredero de los muchos millones de su jefe, y que se estipulaba expresamente que esta enorme herencia se le entregara sin distingos, tropiezos ni incomodidades.
     Ni una acción de compañía, ni un penique al contado, fueron legados a los parientes del muerto. Y en cuanto a su familia más cercana, una asombrosa cláusula establecía expresamente que Wade Atsheler entregaría a la esposa e hijos de Hale cualquier cantidad de dinero que a su juicio le pareciera conveniente, en el momento que quisiera. Si se hubieran producido escándalos en la familia Hale, o sus hijos fueran díscolos o irrespetuosos, habría habido alguna excusa para esta inusitada acción póstuma; pero la felicidad doméstica del difunto había sido proverbial, y era difícil encontrar progenie más sana, más pura y más sólida que sus hijos e hijas, mientras que a su esposa, quienes mejor la conocían la apodaban “Madre de los Gracos” (1), con cariño y admiración. Inútil es decirlo, este inexplicable testamento fue el tema general por nueve días, y hubo una gran sorpresa cuando no se produjo demanda alguna.
     Ayer apenas, Eben Hale entró en reposo eterno en su mausoleo. Ahora, Wade Atsheler ha muerto. La noticia apareció en los diarios de esta mañana. Acabo de recibir una carta suya, echada al correo, evidentemente, sólo una hora antes del suicidio. Esta carta que tengo a la vista es una narración, de su puño y letra, en la que intercala numerosos recortes de diarios y copias de cartas. La correspondencia original, me dice, está en manos de la policía. También me suplica divulgar la incontenible serie de tragedias con las que estuvo inocentemente relacionado, para advertir a la sociedad contra el diabólico peligro que amenaza su existencia. Incluyo aquí el texto por entero.
     
     Fue en agosto, 1899, después de regresar del veraneo, que recibimos la primera carta. No comprendimos entonces; no habíamos acostumbrado nuestra mente a tan tremendas posibilidades. El señor Hale abrió la carta, la leyó y la echó sobre mi escritorio, con una carcajada. Cuando la hube recorrido, también reí, diciendo: “Es broma lúgubre, señor Hale, y de pésimo gusto.” He aquí, querido John, un duplicado exacto de esa carta.

     Oficina de los Sicarios de Midas, 17 de agosto, 1899. 
     Señor Eben Hale, plutócrata. 
     Muy señor nuestro: Queremos obtener al contado, en la forma que usted decida, veinte millones de dólares. Le requerimos que nos pague esta suma, a nosotros o a nuestros agentes; usted notará que no especificamos tiempo, pues no deseamos apresurarlo en este detalle. Hasta puede pagarnos, si le es más fácil, en diez, quince o veinte cuotas; pero no aceptamos cuotas inferiores a un millón. 
     Créanos, querido señor Hale, cuando decimos que emprendemos esta acción desprovistos de toda animosidad. Somos miembros del proletariado intelectual, cuyo número en creciente aumento marca con letras rojas los últimos días del siglo XIX; hemos decidido entrar en este negocio después de un completo estudio de la economía social. Nuestro plan no nos permite lanzarnos a vastas y lucrativas operaciones sin disponer de capital inicial. Hasta ahora hemos tenido bastante éxito, y esperamos que nuestras gestiones con usted resulten gratas y satisfactorias.
     Le rogamos que nos siga con atención mientras le explicamos nuestros puntos de vista. En la base del presente sistema social se halla el derecho de propiedad. Este derecho del individuo a detentar propiedad se funda única y enteramente, en última instancia, en la fuerza. Los caballeros de Guillermo el Conquistador dividieron y se repartieron Inglaterra con la espada desnuda (2). Esto es verdad para todas las potencias feudales. 
     Con la invención del vapor y la revolución industrial vino al mundo la clase capitalista, en el sentido moderno de la palabra. Estos capitalistas o capitanes de la industria virtualmente despojaron a los descendientes de los capitanes de la guerra. La mente, y no el músculo, prima hoy en la lucha por la vida: pero esta situación también está basada en la fuerza. El cambio ha sido cualitativo. Los magnates feudales saqueaban el mundo a sangre y fuego. Los magnates financieros explotan al mundo, aplicando las fuerzas económicas. La mente y no el músculo es lo que perdura, y los intelectual y comercialmente poderosos son los más aptos para sobrevivir.
     Nosotros, los Sicarios de Midas, no nos resignamos a ser esclavos a sueldo. Los grandes trusts y combinaciones de negocios (entre los que sobresale el que usted dirige) nos impiden levantarnos al lugar que nuestra inteligencia reclama. 
     ¿Por qué? Porque no tenemos capital. Pertenecemos al bajo pueblo, pero con esta diferencia: nuestras mentes están entre las mejores. Y no nos traban escrúpulos éticos o sociales. Como esclavos a sueldo, trabajando de sol a sol, con vida sobria y avara no podríamos ahorrar en sesenta años —ni en veinte veces sesenta años— una suma de dinero capaz de competir con las grandes masas de capital existentes ahora. Sin embargo, entramos en la lucha. Arrojamos el guante al capital del mundo. Si éste acepta el desafío o no, igual tendrá que luchar. 
     Señor Hale, nuestros intereses nos dictan exigir de usted veinte millones de dólares. 
     Ya que nosotros somos considerados y le otorgamos un plazo razonable para que lleve a cabo su parte de la transacción, le rogamos que no se demore demasiado.
     Cuando usted se haya conformado con nuestras condiciones, inserte un anuncio conveniente en el Morning Blazer. Entonces le comunicaremos nuestro plan para transferir el capital. 
     Es mejor que usted lo haga antes del 1° de octubre. Si no es así, para demostrarle que hablamos en serio, mataremos a un hombre en esa fecha, en la calle Treinta y Nueve Este. Se tratará de un obrero, a quien ni usted ni nosotros conoceremos. Usted representa una fuerza en la sociedad moderna y nosotros otra —una nueva fuerza—. Sin odio entramos en combate. Usted es la muela superior en el molino, nosotros la inferior. La vida de ese hombre será molida por las dos, pero podrá salvarse si usted acepta nuestras condiciones a tiempo. 
     Hubo una vez un rey maldito por el oro: su nombre está en nuestro sello oficial (3). Algún día, para protegernos de competidores, lo haremos registrar. 
     Quedamos Ss. Ss. Ss. 
     Los Sicarios de Midas.

     Tú te preguntarás, querido John, por qué no reírnos de una comunicación tan descabellada. No podíamos dejar de admitir que la idea estaba bien concebida, pero era demasiado grotesca para que la tomáramos en serio. El señor Hale dijo que conservaría como curiosidad literaria la carta, y la metió en una casilla de su archivo. Pronto olvidamos su existencia. Y puntualmente, el 1° de octubre, el correo matutino nos trajo lo siguiente:

     Oficina de los Sicarios de Midas, 1° de octubre, 1899. 
     Señor Eben Hale, plutócrata. 
     Muy señor nuestro: Su víctima encontró su fatalidad. Hace una hora, en Treinta y Nueve Este, un obrero fue apuñalado en el corazón. Cuando usted lea esto su cuerpo yacerá en la Morgue. Vaya y contemple la obra de sus manos. El 14 de octubre, en prueba de nuestra seriedad en este asunto, y en caso de que usted no ceda, mataremos un policía en (o cerca de) la esquina de Polk y Avenida Clermont. 
     Muy cordialmente. 
     Los Sicarios de Midas.

     Otra vez, el señor Hale rió. Su mente estaba muy ocupada con el trato en perspectiva, con un sindicato de Chicago, sobre la venta de todos sus tranvías en aquella ciudad, así que siguió dictando a la taquígrafa, sin volver a pensar en la carta. Pero de algún modo, no sé por qué, una honda depresión me atacó. ¿Si no fuera broma? Involuntariamente busqué un diario. Allí había, como convenía a una oscura persona de las clases pobres, una mezquina docena de líneas, junto al aviso de un boticario, en un rincón: 
     Poco después de las cinco, esta mañana, en la calle Treinta y Nueve Este, un obrero llamado Pete Lascalle, yendo a su trabajo, recibió una puñalada en el corazón, de un agresor desconocido, que huyó. La policía no ha descubierto ningún motivo para asesinarlo.
     ¡Imposible!, fue la respuesta del señor Hale cuando le leí la noticia; pero el incidente pesó evidentemente en él, pues más tarde, el mismo día, con muchos epítetos contra su propia tontería, me pidió que comunicara el asunto a la policía. Tuve el placer de que el comisario se riera de mí, aunque me prometió que la vecindad de aquella esquina sería vigilada especialmente la noche antedicha. Así quedó la cosa, hasta que pasaron las dos semanas, y la siguiente nota nos llegó por correo:

     Oficina de los Sicarios de Midas, 15 de octubre, 1899. 
     Señor Eben Hale, plutócrata. 
     Muy señor nuestro: Su segunda víctima cayó a su hora, según se planeó. 
     No tenemos prisa, pero para aumentar la presión, desde ahora mataremos semanalmente. 
     Para protegernos de las interferencias policiales, ahora le informaremos de las ejecuciones poco antes o simultáneamente al hecho. 
     Esperando que ésta lo encuentre a usted en buena salud, somos Ss. Ss. Ss. 
     Los Sicarios de Midas. 

     Esta vez fue el señor Hale el que tomó el diario, y después de breve búsqueda, me leyó esta noticia:

     Un cobarde crimen

     Josep Donahue, destinado a una guardia especial en la Sección Once, fue muerto a medianoche, de un tiro en la cabeza. 
     La tragedia ocurrió en la esquina de Polk y Avenida Clermont, a plena luz. En verdad que nuestra sociedad es poco estable cuando los guardianes de su paz pueden ser asesinados tan abierta y alevosamente. La policía no consiguió hasta ahora el menor indicio de una pista. 

     Apenas acababa de leer, cuando llegó la policía —el comisario con dos de sus hombres, en visible alarma y seriamente perturbados—. Aunque los hechos eran tan pocos y tan sencillos hablamos mucho, repitiéndonos una y otra vez. El comisario aseguró que pronto se arreglaría todo y que los criminales serían aplastados.
     Mientras tanto juzgó conveniente poner una guardia para nuestra protección personal, y una patrulla para vigilancia continua de la casa y jardines. Una semana después, a la una de la tarde, recibimos este telegrama:

     Oficina de los Sicarios de Midas, 21 de octubre, 1899. 
     Señor Eben Hale, plutócrata. 
     Muy señor nuestro: Sinceramente lamentamos que usted nos haya interpretado tan mal. 
     Ha encontrado conveniente rodearse de guardias armados, como si fuéramos criminales comunes, capaces de asaltarlo y arrancarle por la fuerza sus veinte millones. 
     Créanos: esto dista muchísimo de nuestra intención. Usted comprenderá, después de reflexionar un poco que su vida nos es preciosa. No tema. Por nada en el mundo le haremos daño. Es nuestra política protegerlo de todo peligro y cuidarlo a usted con toda ternura. Su muerte no significa nada para nosotros. Si así no fuera, tenga seguridad de que no vacilaríamos en destruirlo. Piénselo bien, señor Hale. Cuando haya abonado nuestro precio tendrá que reducir los gastos. Desde ahora despida a sus guardias. Dentro de los diez minutos del momento en que reciba esto, una joven enfermera habrá sido estrangulada en el Parque Brentwood. El cuerpo se encontrará entre los arbustos, al borde de la senda que va hacia la izquierda del quiosco de música. 
     Cordialmente. 
     Los Sicarios de Midas.

     En seguida el señor de Hale avisó por teléfono al comisario. Quince minutos después, éste nos comunicó que el cadáver, todavía caliente, había sido hallado en el lugar indicado. Esa noche los diarios abundaban en chillones títulos sobre Jack el estrangulador, denunciaban lo brutal del hecho y se quejaban de la laxitud policial. Nos volvimos a encerrar con el comisario, que nos rogó mantener al asunto en secreto.
     El éxito, dijo, dependía del silencio. 
     Como tú sabes, John, el señor Hale era hombre de hierro. Rehusaba rendirse. Pero, oh John, esa fuerza ciega en la oscuridad era terrible. No podíamos luchar, ni hacer planes, ni nada, sólo contener las manos y esperar. Semana tras semana, cierta como la salida del sol, venía la notificación y la muerte de alguna persona, hombre o mujer, inocente de todo mal, pero tan muerta por nosotros como si la matáramos con nuestras propias manos. Una palabra del señor Hale, y la matanza habría cesado. Pero él endureció su corazón y esperó; sus arrugas se ahondaron, sus ojos y la boca se afirmaron en severidad, y la cara envejeció. No hay ni qué hablar de mi sufrimiento en ese tremendo período.
     Encontrarás aquí las cartas y los telegramas de los Sicarios de Midas y los artículos de los diarios. También encontrarás las cartas advirtiendo al señor Hale de ciertas maquinaciones de enemigos comerciales y manipulaciones secretas con acciones. Los Sicarios de Midas parecían tener acceso a la intimidad de los negocios y de las finanzas. Nos comunicaban informaciones que ni siquiera nuestros agentes conseguían.
     Una nota de ellos, en el momento crítico de un trato, ahorró al señor Hale cinco millones. En otra ocasión nos mandaron un telegrama que impidió que un anarquista exaltado quitara la vida a mi jefe. Capturamos al hombre en cuanto llegó y lo entregamos a la policía, que le encontró encima un poderoso y nuevo explosivo como para hundir un barco de guerra.
     Persistimos. El señor Hale estaba resuelto a todo. Desembolsaba a razón de cien mil dólares semanales en servicio secreto. La ayuda de Pinkerton, de Holmes (4) y de un sinnúmero de agencias particulares fue requerida; miles de hombres figuraban en nuestras listas de pago. Nuestros pesquisas pululaban por doquier, con todos los disfraces, investigando todas las clases sociales. Seguían millares de claves y pistas; centenares de sospechosos eran detenidos; y miles de otros sospechosos eran vigilados; nada tangible salió a luz. Para sus comunicaciones, los Sicarios de Midas cambiaban continuamente el método de envío.
     Cada mensajero que mandaban era arrestado de inmediato. Pero siempre éstos demostraban ser inocentes, mientras que sus descripciones de las personas que los enviaban nunca coincidían. El 31 de diciembre nos notificaron: 

     Oficina de los Sicarios de Midas, 31 de diciembre, 1899. 
     Señor Eben Hale, plutócrata. 
     Muy señor nuestro: Siguiendo nuestra política —nos halaga que usted ya esté versado en ella— nos permitimos comunicarle que daremos un pasaporte, desde este Valle de Lágrimas (5), al comisario Bying, con quien, a causa de nuestras atenciones, usted llegó a relaciones tan estrechas. Acostumbra estar en su oficina a esta hora. Mientras usted lee esta carta, respira él su último aliento. 
     Cordialmente. 
     Los Sicarios de Midas.

     Corrí al teléfono. Grande fue mi alivio cuando oí la simpática voz del comisario. Pero, mientras hablaba aún, su voz en el receptor terminó con un estertor, y oí, apenas, la caída de su cuerpo. Luego una voz extraña me dio los saludos de los Sicarios de Midas, y cortó.
     Pedí con la oficina pública, para que socorrieran al comisario. Pocos minutos después supe que lo habían encontrado bañado en su propia sangre, y muriendo. No había testigos; no se encontraron huellas del asesino.
     En consecuencia, el señor Hale aumentó de inmediato su servicio secreto hasta que un cuarto de millón fluía por sus arcas por semana. Estaba resuelto a ganar. Las recompensas ofrecidas llegaban a sumar más de diez millones de dólares. Tienes aquí una idea clara de sus recursos y de cómo los usaba sin tasa. Decía que luchaba por un principio.
     Hay que admitir que sus actos probaban la nobleza de sus motivos. Los departamentos de policía de todas las grandes ciudades cooperaban con él, y aun el gobierno de los Estados Unidos entró en la lucha, y el asunto se convirtió en una de las principales cuestiones de Estado. Algunos fondos nacionales se dedicaron a descubrir a los Sicarios de Midas y todo agente del gobierno estuvo atento. Pero fue en vano. Los Sicarios de Midas golpeaban sin errar en su obra inevitable. Sin embargo, aunque el señor Hale luchaba hasta la muerte, no podía lavar sus manos de la sangre que las teñía. Aunque no era, técnicamente, un asesino, aunque ningún jurado de sus iguales pudiera acusarlo, no era por eso menos causante de la muerte de cada individuo. Como dije antes, una palabra suya habría detenido la matanza. Pero rehusaba decir esa palabra. Insistía en que la sociedad estaba amenazada, que él no era tan cobarde para desertar su puesto, y que era justo que unos cuantos fueran mártires por la prosperidad de los más. Pero la sangre caía sobre su cabeza, y él se hundía cada vez más en el abatimiento y la pena. Yo también estaba abrumado con la culpa de ser cómplice. Niños eran asesinados sin piedad, y mujeres y ancianos; y no sólo eran locales estos crímenes, sino que se distribuían por todo el país. A mitad de febrero, una noche, mientras estábamos en la biblioteca, golpearon a la puerta con violencia. Respondí yo, encontrando sobre la alfombra del comedor esta misiva:

     Oficina de los Sicarios de Midas, 15 de febrero, 1900. 
     Señor Eben Hale, plutócrata. 
     Muy señor nuestro: ¿No llora su alma por la roja cosecha que recoge? Quizás hemos sido demasiado abstractos en el manejo de nuestro negocio. Seamos ahora concretos. Miss Adelaide Laidlaw es una joven de talento, tan bondadosa, entendemos, como bella. Es la hija de su viejo amigo, el juez Laidlaw, y sabemos que usted la llevó en sus brazos cuando niña. Es la amiga más íntima de su hija y ahora está visitándola. 
     Cuando usted lea esto, la visita habrá terminado. 
     Muy cordialmente. 
     Los Sicarios de Midas.

     Al instante comprendimos lo que significaba. Corrimos por la gran casa, sin hallar a la muchacha. La puerta de su departamento estaba cerrada con llave, pero la hundimos a empujones desesperados, y allí, vestida para la Opera, asfixiada con almohadones, todavía tibia y flexible, yacía casi viva. Deja que pase sobre este horror. Seguramente recordarás los relatos de los diarios.
     Tarde, aquella misma noche, Eben Hale me citó, y ante Dios me juramentó solemnemente a quedarme con él y a no transigir, aunque la familia entera fuese destruida.
      A la mañana siguiente me sorprendió su alegría. Yo había previsto que la tragedia última le produciría un hondo shock; pero ignoraba aún hasta que punto lo había afectado. Al otro día lo encontramos muerto en su cama, con una pacífica sonrisa en su rostro devastado por la congoja. Murió asfixiado. Con la connivencia de las autoridades se comunicó al mundo que se trataba de un ataque al corazón. Creímos juicioso ocultar la verdad. 
     Apenas dejé esa cámara de muerte, cuando —pero demasiado tarde— recibí la carta siguiente:

     Oficina de los Sicarios de Midas, 17 de febrero, 1900.
     Señor Eben Hale, plutócrata. 
     Muy señor nuestro: Usted perdonará nuestra intrusión, tan poco después del triste evento de anteayer; pero lo que deseamos decirle puede ser de grandísima importancia para usted. Se nos ocurre que usted pueda intentar escapársenos. No hay sino un camino, en apariencia, como usted sin duda lo habrá descubierto. Pero queremos informarle que aun este único camino le está cerrado. Usted puede morir, pero reconociendo su fracaso. Tome nota de esto: Somos parte y porción de sus posesiones. Con sus millones pasamos a ser sus herederos y cesionarios para siempre. 
     Somos lo inevitable. Somos la culminación de la injusticia industrial y social. Nos volvemos contra la sociedad que nos creó. Somos los fracasos triunfantes, los azotes de una civilización degradada. Somos las criaturas de una perversa selección social; combatimos a la fuerza con la fuerza. Sólo los fuertes perdurarán. Creemos en la supervivencia de los más aptos. Habéis hundido en la miseria a vuestros esclavos a sueldo y habéis sobrevivido. Los capitanes de guerra, a vuestras órdenes, fusilaron como a perros a vuestros obreros en tantas huelgas sangrientas. Por tales medios habéis durado.
     No nos quejamos del resultado, porque reconocemos y tenemos nuestro ser en la misma ley natural. Ahora surge la cuestión: Bajo el presente medio social, ¿quién de nosotros sobrevivirá? Creemos ser los más aptos. Vosotros creéis ser los más aptos. 
     Dejamos la eventualidad al tiempo y a Dios. 
     Cordialmente. 
     Los Sicarios de Midas.

     John, ¿te sorprendes ahora de que yo haya huido de placeres y amigos? Pero, ¿para qué explicar? Este relato aclarará todo. Hace tres semanas murió Adelaide Laidlaw. Desde entonces aguardé con esperanza y miedo. Ayer se abrió el testamento y se hizo público.
      Hoy fui notificado que una mujer de clase media sería muerta en el Parque Puerta de Oro, en el lejano San Francisco. Los diarios de esta noche dan los detalles del crimen, que corresponden a los que yo conocía.
     Es inútil. No puedo luchar contra lo inevitable. He sido leal al señor Hale y trabajé duro. Por qué mi lealtad se premia así, no entiendo. Sin embargo, no puedo faltar a la confianza puesta en mí, ni a la palabra dada. Ahora legué los muchos millones que recibí a sus poseedores legítimos. Que los robustos hijos de Eben Hale obren su propia salvación. Antes que leas esto, habré muerto. Los Sicarios de Midas son todopoderosos. La policía es impotente. Supe por ella que otros millonarios han sido multados y perseguidos del mismo modo. ¿Cuántos?, no se sabe, pues si uno cede a los Sicarios de Midas, su boca queda sellada. Los que no cedieron aún, están recogiendo su cosecha escarlata. El torvo juego sigue hasta el fin. El Gobierno Federal no puede hacer nada. También entiendo que organizaciones similares han hecho su aparición en Europa.
     La sociedad está sacudida hasta sus cimientos. En vez de las masas contra las clases, es una clase contra las clases. Nosotros, los guardianes del progreso humano, somos elegidos y golpeados. La ley y el orden han fracasado. Las autoridades me suplicaron que guardara este secreto. Lo hice, pero ya no puedo callarlo. Se ha transformado en cuestión de importancia pública, llena de tremendos peligros y consecuencias, y mi deber es informar al mundo, antes de abandonarlo.
     Tú, John, por mi último pedido, publica esto. No temas. El destino de la humanidad está ahora en tus manos. Que la prensa tire millones de ejemplares, que la electricidad lo difunda por el mundo, que donde los hombres se encuentren y hablen, hablen de ello temblando de terror. Y entonces, cuando estén bien despiertos, que la sociedad se alce con toda su potencia y arroje de sí esta abominación. 
     Tuyo, en largo adiós. 
     Wade Atsheler.


1. Cornelia, hija de Escipión el africano, fue una insigne dama romana, conocida por, después de una serie de infortunadas perdidas, haberse consagrado a la educación y cuidado de sus hijos. Fue la primera mujer a la que se le dedicó un monumento público en el imperio Romano.
2. Guillermo I de Inglaterra fue el primer rey normando de esta nación. La referencia es poco clara, ya que a lo largo de su vida, Guillermo se vio envuelto en una serie de sucesivos combates para unificar y conquistar territorios a su reinado, aunque cada región fue gobernada de manera independiente con respecto al resto, a pesar de pertenecer a la misma corona. Quizá hace alusión a su primogénito Roberto con que el tuvo bastantes conflictos, al grado de que éste traiciono la corona; o quizá la conocida rebelión de los duques, un levantamiento por parte de varias familias nobles para destronar al rey.
3. De todos es conocido el mito del rey Midas y si funesto don, no así los detalles, entonces los comentamos brevemente: era rey de Frigia; concierto ocasión en que Midas encontró borracho a Sileno, lo trato con grandes honores y le ayudó a incorporarse al séquito de Dioniso. Éste, en agradecimiento, concedió a Midas su más ferviente deseo: que todo lo que tocase se convitiese en oro. Cuando Midas quiso comer, comprendió cuán terrible era  tal facultad. Suplicó a Dioniso (otras tradiciones dicen que a la Sibila de Cumas) que lo librara de tal don. Le ordenaron bañarse en el río Pactolo y entonces el río comenzó a arrastrar arenas de oro, por lo que es llamado aureo, y así quedó libre.
4. El guiño al celebre detective creado por Arthur Conan Doyle es muy obvio, pero no así la referencia a la National Detective Agency de Allan Pinkerton. Fue una organización privada de investigación que intervinó en muchas de las grandes conspiraciones de la historia de Norteamérica y en general del mundo; como el asesinato de Abraham Lincoln, por ejemplo. La agencia de Pinkerton sentó las bases para las modernas organizaciones gubernamentales de servicios secretos. Su alcance y poder fue tal que en algún momento se les consideró como una milicia independiente. El dictador mexicano Porfirio Díaz Mori llegó a contratar sus servicios para  encontrar, infiltrar y desarticular los grupos revolucionarios del partido liberal mexicano que estaban en el extranjero. Su lema fue “We never sleep.” Actualmente son una filial de una compañía de seguridad sueca Securitas AB.
5. Alusión inveterotestamentaria al Salmo 84: 5-6.

Musa simétrica: los papeles de Aspen

Una musa elemental (creo); cuento descontado (¿malcontado?). Otra fantasía vertical: páginabajo, sobre lo mismo diferente y lo diferente ig...