martes, 19 de noviembre de 2019

Arborescencias: frutos simbólicos y raíces secretas de los árboles

Escribir es mi manera de ordenar el pensamiento. Publicar es a penas un capricho ajeno a todo lo que atañe escribir. Incluso, siendo extremista, no distingo entre escritura y pensamiento. Por ello, sostengo, que, quien me lee, lee mi pensamiento. Esta es la razón por la que escribo una nueva entrada, algo sobre los árboles y el interés —científico, poético y abstracto— que me despiertan. Lo siguiente son mis apuntes, mis datos, observaciones y demás, despojados de la intensión ensayística, simplemente ordenados para mostrarme un fenómeno.

1. Del mar y el detrimento del árbol

Sin duda uno de los libros que más me ha sorprendido este año (2019) es Iconografía romántica del mar de W. H. Auden. Sus brillantes observaciones sobre el cambio espiritual en el arte romántico con respecto al mar son invaluables; ahora mismo leo El Mar, una monografía a caballo entre ensayo, apuntes históricos y culturales y reflexiones personales de Jules Michelet sobre el mismo tema. Si mi memoria no me es infiel, Auden no menciona ni de lejos a Michelet a pesar de estar en gran sintonía con sus observaciones. Pero, lo que importa, más que si Auden y Michelet coinciden, son estas líneas del segundo: «Por los eriales, se extiende, antes del mar, un mar previo de hierbas ásperas y bajas, helechos y brezos. Todavía a una legua, a dos leguas, se notan ya los árboles, enclenques, dolientes y ariscos, que anuncian a su modo por sus actitudes, iba a decir por sus ademanes extraños, la proximidad del gran tirano y la opresión de su resuello. Si no estuvieran presos por sus raíces, obviamente huirían; con la mirada al suelo y dando la espalda al enemigo, parecen estar justo a punto de salir, derrotados y desgreñados. Se doblan, se inclinan hasta el suelo, y al no poder hacer nada mejor, ahí clavados, se retuercen con el viento de las tempestades. En otras partes también, el tronco se achica y extiende sus ramas indefinidamente en el sentido horizontal. En las playas, las conchas disueltas levantan un fino polvo que va invadiendo, sepultando el árbol. Al cerrarse sus poros, faltándole el aire, se ahoga; pero conserva su forma y ahí se queda como árbol de piedra, espectro de árbol, sombra lúgubre que no puede desaparecer, cautiva en la muerte misma».
El cuadro descrito no es de los pocos donde se nos pinta una naturaleza pútrida y (aunque Michelet no use colores) gris. Recuerdo especialmente lo descrito por Robert Louis Stevenson sobre el atalón de Farakawa en la geografía de las islas Pomontú que básicamente es un paraíso pútrido y las circunstancias para que un árbol pueda crecer son adversas: «El cocotero crece con exhuberancia en este solum austero; hunde sus raíces, hasta las aguas estancadas y turbias y levanta contra el viento su verde cabeza, pletórico de placer y salud. Sin embargo en su infancia tiene necesidad de una alimentación especial, y en muchas islas del bajo archipiélago se entierra al lado del árbol un trozo de galleta ¡y hasta un clavo oxidado!». El clavo funciona para proporcionar hierro a la planta y ayudarla en su crecimiento, hoy día ya hay mejores métodos.
Pero, ¿qué relación hay entre las palmeras de las islas de los mares del Sur y los árboles de la costa bretona de Pornic? Es fácil advertir que los climas, las situaciones geográficas y la vegetación son dos mundos a parte. El común denominador es el Mar.
Las marismas bretonas y las islas podridas de Pomontú comparten su odio natural por la vida. Claro que el hombre puede interceder en favor del árbol. Y lo hace. Lucha contra el mar, pero aún con su voluntad e inteligencia no es mayoría rival que el árbol mismo.
Michelet habla del curioso fenómeno de petrificación dédrica que el agua y la arena provocan. El mar es una medusa despiadada. Sus cualidades para transformar la madera son muchas, los trozos de tronco arrojados a las orillas de las playas; largamente tallados por las lenguas del agua. El mar tormentoso cosecha al árbol y nada valen las manos-raíces sujetando la tierra, después de, queda botado; vulgarmente, en algún rincón impropio, ha muerto. El, mientras tanto, vuelve sobre sí y se olvida de todo.
Pocas fuerzas en la naturaleza son verdaderos peligros para el árbol; pero plagas y fuego no se comparan con el mar.
Entonces, ¿es acaso el mar el enemigo por excelencia del árbol; una suerte de Dios despiadado e inconsciente?
Ofrezco mi punto de vista: sepulta un bosque con tierra y los árboles podrían derrotar ese sepulcros, renacer de sí mismos. Sepulta un bosque con agua salobre —ya ni de mar totalmente— y el ahogo será fatal.

jueves, 17 de octubre de 2019

Antología de cuentos sobre antropofagia: 2. El cerdo largo. Un lugar de sacrificios de los caníbales

Se podría pensar, que, después de haber hecho tantas observaciones  —tal vez un tanto gratuitas— sobre la antropofagia, estoy calificado para hablar del fenómeno real y no sólo de su aparición en la literatura; pero no nos engañemos, son solamente los antropólogos, sociólogos o psiquiatras quienes pueden emitir juicios reales. De cualquier manera eso no significa que no pueda darme la licencia de hacer algunos comentarios y conjeturas sobre el tema en sí más allá de la ficción.
Lo anterior es la razón por la cual no han encontrado testimonios reales de antropofagia en esta antología y aunque la fantasía se alimenta de la realidad, explicar ésta última es una tarea tan insoluble que incluso pensar en emprenderla es descabellado.
Entrando en materia, el libro En los mares del Sur de Robert Louis Stevenson es un inigualable testimonio sobre las islas meridionales. Nuestro autor no abandona su vena literaria, pero la pone al servicio de la verdad para ofrecernos el rico cuadro de un momento y lugar que se han perdido en el tiempo. Entre 1888 y 1889 emprendió tres viajes por las islas Marquesas, Gilbert y Pomontú. De estas impresiones extraigo el capítulo 11 del libro primero, referente a las Marquesas. Este texto no es el único que habla sobre el legendario canibalismo de estos bárbaros, pero sí el más extenso y el que más detalles recoge sobre el tema.
El libro permite observar un panorama general y bien documentado de la diversidad social y cultural de las islas; Stevenson llega a estas tierras cuando la corrupción de la colonización ya ha abolido la mayoría de sus costumbres y creencias, remplazádolas por las europeas o hibridádolas con las autóctonas. A pesar de ello no pierde el entusiasmo: «[...] Ahora me encontraba muy lejos de la sombra que proyecta todavía el Imperio Romano, cuyos edificio ruidosos dominaron nuestras cunas, cuya leyes y letras nos rodean por todas partes y no han cesado de dirigirnos y dominarnos. Ahora iba a ver lo que podían ser unos hombres que no habían leído nunca Virgilio y que no habían sido conquista dos nunca por César, ni gobernados por la sabiduría de Cayo o Papiniano. Y, al mismo tiempo, había franqueado los límites de aquella zona confortable de las lenguas hermanas, donde es fácil poner remedio para confusión de Babel.» Así concibe todavía el mundo de ese entonces, no occidental en sí, sino heredero (o esclavo) de la cultura helénica.
Resta agregar que al final están mis comentarios a las observaciones sobre el canibalismo de este texto de Stevenson.

     Nada excita más nuestro repugnancia que el canibalismo; nada destruye con tanta seguridad una sociedad; podríamos argüir, endurece y degrada tanto el espíritu de quienes lo practican. Sin embargo, nosotros mismos causamos parecida impresión en los budistas y los vegetarianos. Consumimos los cuerpos de criaturas que sienten iguales apetitos, iguales pasiones y poseen los mismos órganos que nosotros; comemos bebés que, sencillamente, no son los nuestros, y el matadero se llena cada día de gritos de sufrimiento y terror. Hacemos distingos, es cierto, pero la repugnancia que muchos pueblos experimentan cuando se trata de comer carne de perro, el animal con que mantenemos una relación más estrecha, demuestra sobre qué bases tan precarias descansa nuestro distingo (A). El cerdo es el elemento principal de la alimentación animal en las islas, y muchas veces, con la mente estimulada por el ambiente caníbal, he observado su carácter y el modo en que muere. Muchos isleños viven con sus puercos como nosotros con nuestros perros; unos y otros se acercan al hogar con la misma libertad; el cerdo de las islas es un ser activo, emprendedor y lleno de buen sentido. Él mismo quita la cáscara a los cocos y, según me han contado, los lanza a rodar bajo el sol para que se abran; es el terror de los pastores. La señora Stevenson atisbó cómo uno se escondía en el bosque con un cordero entre los dientes; yo ví a otro que, al creer erróneamente que nuestra goleta se hundía, atravesó un charco a nado para dirigirse a la barandilla y escapar. Nos habían enseñado de niños que los cerdos no sabía nadar; vi a uno saltar por la borda, nadar 500 metros hasta alcanzar la orilla y volver a la casa de su antiguo dueño. Una vez, en Tautira, fui propietario de una piara. Al principio, en la porqueriza reinaba una paz completa: una cerdita que padecía de cólico había venido a nosotros en busca de socorro, lanzando lamentos infantiles; también teníamos un hermoso jabalí negro, al que bautizamos con el nombre de Catholicus, por ser un regalo especial que nos hicieron los católicos del pueblo, y que pronto dio pruebas de valor y afabilidad; no toleraba que ninguna otra bestia, perro o cerdo, se acerca a él a la hora de comer, pero demostraba hacia los hombres una gran parte de aquella ternura servil tan común en los animales inferiores, y que quizá le hacía acreedor al nombre que le habíamos dado. Un día, al visitar la posilga, quedé estupefacto cuando Catholicus retrocedió con gritos de terror al ver que yo me aproximaba, y si mucho me sorprendió el cambio, no me sorprendió menos la causa, cuando de ella me enteré. Por la mañana habían matado a un gorrino; Catholicus había presenciado el sacrificio; había comprendido que vivía en un matadero, y a partir de aquel momento su confianza y su alegría de vivir desaparecieron para siempre. Lo conservamos mucho tiempo, pero ya no soportaba la presencia de ninguna criatura de dos piernas, y nosotros mismos, en tales circunstancias, ya no podíamos sostener su mirada sin sentirnos perplejos. Más tarde asistí, por lo menos con el oído, a ese acto de matanza; creo que, en realidad, hubiera logrado aguantar los gritos de sufrimiento de la víctima, pero la ejecución se realizó mal, y su expresión de terror era contagiosa; aquel humilde corazón latía al mismo ritmo que el nuestro. Sobre estos «lamentables cimientos» descansa la vida de los europeos, y, sin embargo, la raza europea es una de las menos crueles. Lo que rodea a esta clase de crímenes, las brutalidades preparatorias de su ejecución permanecen disimuladas; una extrema sensibilidad reina y la superficie, y las damas se sentirían indispuestas si oyesen los chiquillos de la décima parte de cuanto exigen diariamente de su carnicero. Sin duda, algunas me maldecirán por la falta de cortesía de este párrafo. Lo mismo ocurre con los caníbales de las islas. No son crueles; excepto por esa costumbre, constituyen una raza de una dulzura extrema; resulta menos cruel cortar la carne de un hombre después de muerto que oprimirle mientras vive; además, trataban a las futuras víctimas de su apetito con bondad y las ejecutaban rápidamente y sin infringirles sufrimientos (B). En los medios refinados de las islas, sin duda se consideraba de mal gusto hablar de lo que era feo en la práctica.
    Se encuentran huellas de canibalismo de un extremo al otro del Pacífico, desde las Marquesas hasta Nueva Guinea, desde Nueva Zelanda hasta Hawai, en algunos lugares, en todo su desarrollo y ejercicio, en otros con supervivencias más débiles pero significativas. Su existencia en Hawai es más dudosa. Sólo encontramos crónicas del canibalismo allí durante la historia de una guerra, en la que al parecer fue excepcional, como en el caso de los proscritos montañeses y de los que cayeron bajo los golpes de Teseo (1). De Tahití sólo perdura un detalle, pero que parece concluyente. En los tiempos históricos, cuando un sacrificio humano se realizaba en el marae, los ojos de la víctima se ofrecían ceremoniosamente al jefe, un manjar exquisito para el principal invitado. Toda la Melanesia parece contaminada. En la Micronesia, en las islas Marshall, de donde no poseo más conocimientos que cualquier turista, no descubrí ningún indicio, y hasta en la zona de las Gilbert he observado y preguntado mucho tiempo en vano. Naturalmente, me hablaron de hombres que habían sido devorados en épocas de hambruna, pero esto no respondía al objeto de mis indagaciones, puesto que ello se produce, bajo la misma presión, en toda clase y en todas las generaciones de los hombres (C). Por fin, en notas manuscritas del doctor Turner¹ que obtuve autorización para consultar en Malua, di con un testimonio odioso: en la isla de Onoatoa, mataban y se comían a los ladrones. ¿Cómo explicarnos la generalización de esta costumbre en una extensión tan vasta, entre pueblos de civilizaciones tan variadas y a pesar de todos los cruces posibles de sangres diferentes? ¿Qué circunstancia les es común, sino la de haber vivido en islas desprovistas, o casi, de animales comestibles? (D) Mi apetito no me ha demostrado jamás que el hombre haya sido creado para vivir solamente de vegetales. Cuando nuestras provisiones disminuían entre dos islas, me sentía hastiado al pensar en el día en que la economía nos permitiría abrir una miserable lata de carnero en conserva. Por lo menos en uno de los dialectos insulares hay una palabra particular para decir que un hombre está «hambriento de pescado», cuando ha alcanzado aquel grado de deseo en que las legumbres ya no le satisfacen y su alma, como la de los hebreos en el desierto, comienza a suspirar por las carnes de Egipto. Si añadimos a ello las pruebas de superpoblación y el hambre aguda ya mencionadas, supongo que encontraremos algunos motivos de indulgencia para el caníbal de las islas (E).
     Es justo considerar los pros y contras de toda cuestión, pero estoy lejos de querer hacer la apología de este vicio más que bestial. Las razas polinesias superiores, como los tahitianos, los hawaianos y los samoanos, habían superado esta costumbre, y algunas de ellas hasta la habían olvidado en parte, antes de que los navíos de Cook o de Bougainville hubiesen aparecido en sus aguas. Sólo persistía en algunas islas bajas, donde la subsistencia era difícil, o entre salvajes inveterados, como los de Nueva Zelanda o los de las Marquesas. Estos últimos habían entretejido el canibalismo en la urdimbre de su vida; el cerdo largo (2) era para ellos moneda corriente, y hasta un sacramento, era el salario del artista, adornaba los acontecimientos públicos y era la ocasión y la atracción de ciertas fiestas. Hoy pagan el castigo de este compromiso sangriento. El poder Civil, en su cruzada contra la antropofagia, ha debido examinar, sucesivamente, todos los placeres y todas las artes marquesianos, los ha encontrado, todos ellos, infectados de canibalismo, y los ha inscrito, sucesivamente, en la lista de proscripciones. Su arte del tatuaje era algo único, de ejecución exquisita, cuyo fruto eran bellos y sutiles dibujos; nada adorna con mayor magnificencia a un hombre apuesto; es posible que al principio cause cierto dolor, pero dudo de que a la larga resulte tan penoso (y en todo caso, resulta más apropiado) como la innoble costumbre que tienen las mujeres europeas de ceñirse el talle con un corsé. Y ahora este arte se ha prohibidos. Sus cantos y sus danzas eran innumerables (y la ley los ha abolido a docenas). Contemplan ahora, con las manos vacías, el tedio de sus días monótonos; ¿y quién tendrá piedad de ellos? Los menos severos dirán que han obtenido lo que merecían. (3)
     La muerte sola no satisfacía la venganza del marquesiano; era preciso comer la carne. El jefe que había capturado al señor Whalon (4) quería comérselo, y creía haber justificado su deseo al explicar que se trataba de una venganza (F). Hace dos o tres años, los habitantes de un valle atraparon y asesinaron a un pobre diablo que los había ofendido. La afrenta debió de ser terrible; no podían tolerar que su venganza quedara incompleta, y no se atrevieron a celebrar un festín público bajo la mirada de los franceses. Por consiguiente, descuartizaron el cuerpo y cada hombre se retiró a su casa para consumar el rito en secreto, llevándose su parte del horrible alimento ¡en una cajita de cerillas suecas! La esencia bárbara del drama y los objetos europeos empleados ofrecen a la imaginación un contraste sorprendente. Con todo, otro incidente ocurrió el año en que me encontraba allí (1888) resulta mucho más sorprendente todavía. Durante la primavera, un hombre y una mujer se ocultaron en los alrededores de la escuela hasta que vieron a un niño que iba solo. Lo abordaron con palabras melifluas y modales lisonjeros. «¡Eres tal, hijo de tal?», le preguntaron; le acariciaron y se lo llevaron al bosque. un vago presentimiento surgió del corazón de la criatura, o quizás alguna mirada traicionó los horribles planes de los impostores. Intentó escapar, chilló, y ellos quitándose la máscara, lo lo cogieron con más fuerza y echaron a correr. Sus gritos fueron oídos; sus compañeros de colegio, que jugaban cerca, corrieron hacia él, pero la siniestra pareja huyó y desapareció en el bosque. Jamás se logró identificarla; no se realizó ninguna pesquisa, pero la opinión general fue que el padre del niño los había agraviado de algún modo y decidieron, en venganza, comerse al pequeño (5). En todas las islas, como antaño en nuestro país, entre nuestros antepasados, se observó que el vengador no cuidaba de herir a un individuo determinado. Una familia, una clase, un pueblo, un valle, una isla o los miembros de una raza son igualmente responsables del crimen de uno de sus miembros. Asimismo, en la historia antigua, el hijo debía pagar las faltas de su padre; así, el señor Whalon, compañero de un ballenero americano, debía verter su sangre y ser comido para expiar las maldades de un negrero peruano. Recuerdo un incidente que tuvo como escenario Jaluit, en las Marshall; me lo contó un testigo ocular, y lo cito aquí por lo extraño de la escena: dos hombres habían soliviantado la animosidad de los jefes de Jaluit, y se decidió castigar a sus mujeres; un solo nativo sirvió de ejecutor. Por la mañana, muy temprano, ante un gran concurso de espectadores, entró en el mar tras atravesar el arrecife entre sus víctimas. Estas no se quejaban ni se resistían, acompañaron pacientemente a su verdugo, se inclinaron cuando hubieron avanzado lo suficiente, y él puso una mano en el hombro de cada una y las mantuvo bajo el agua hasta que se asfixiaron; sin duda, aunque mi narrador no lo mencionó, las familias de las desdichadas debían de esperar en la playa, listas para prorrumpir en lamentos.
     Desde Hatiheu hice mi primera visita a un lugar donde se practicaba el canibalismo. Hacía un calor agobiante y el cielo estaba cubierto de nubes. Las lluvias torrenciales de los trópicos alternaban con apariciones de un sol abrasador. El sendero verde ascendía de forma abrupta. Mientras andábamos, a algunos pasos del pequeño escolar que nos servía de guía, el padre Siméon llevaba su cartera en la mano y me nombraba los árboles al tiempo que leía en voz alta sus notas, donde se enumeraban sus virtudes. De pronto el camino, al elevarse, nos mostró el valle de Hatiheu, y el sacerdote, tras interrogar a nuestro guía, me señaló las fronteras y me citó los nombres de las tribus más importantes que, en la antiguedad, vivían en guerra perpetua; una al noroeste, otra a lo largo de la playay otra detrás, en la montaña. El padre Siméon había hablado con un superviviente de esta última tribu; hasta la pacificación, nunca había llegado hasta el borde del mar, y tampoco, si la memoria no me es infiel, había comido pescado. Las tribus vivían acantonadas, cada una en su propio poblado. Dar un paso fuera de las fronteras equivalía a afrontar la muerte. En épocas de hambruna, los varones debían ir al bosque para buscar castañas y frutas. Todavía hoy, si los padres se retrasan en el pago de sus contribuciones semanales la escuela se cierra y se envía a los colegiales a recolectar. Sin embargo, antiguamente, cuando había algún problema en alguna tribu reinaba gran actividad en todas las demás; se producían muchas emboscadas en los bosques y quien se atrevía a salır solo en busca de vegetales, corría el riesgo de convertirse, por el camino, en el plato del día de sus enemigos hereditarios. No era necesario ningún pretexto. Una docena de fenómenos naturales o circunstancias sociales precipitaban a ese pueblo hacía la senda de la guerra, esto es, hacia la caza del hombre.
     Si algún jefe había acabado de tatuarse; si la mujer de uno de ellos estaba a punto de dar a luz; si uno de los dos torrentes que desembocaban en la bahía de Anaho se había desviado un poco; si se había oído el canto de cierto pájaro; si se había observado la formación de nubes de mal agüero sobre el mar del norte, al instante los cazadores de hombres se untaban los brazos con aceite y se dispersaban por el bosque para tender emboscadas fratricidas (G). También parece que, en ciertas ocasiones, quizás en casos de hambre, el sacerdote debía encerrarse en su casa durante un determinado período, como un muerto. Cuando volvía a salir, era para correr durante tres días por todo el territorio de la tribu, desnudo y famélico, y dormir solo en el lugar de sacrificio. Entonces los demas debian permanecer en sus hogares, pues encontrarse con el sacerdote durante sus rondas equivalía a la muerte. La víspera del cuarto día el sacerdote terminaba su recorrido, regresaba a su casa; los laicos salían de nuevo a la luz, y por la mañana se anunciaba el número de víctimas. Debo esta narración a una fuente fidedigna, un sacerdote, pero la transcribo con desconfianza. Los detalles son tan extraños que, si fuesen ciertos, supongo que los habría oído citar más a menudo. Hay un punto que parece fuera de duda, y es que en ocasiones la misma tribu proporcionaba los elementos de la fiesta. En tiempos de escasez, cuantos no se hallaban protegidos por sus alianzas de familia —es decir, según la expresion de Escocia, todos los miembros del clan— tenían buenas razones para echarse a temblar. Toda resistencia era vana, y la huida, inútil. Se encontran ban rodeados de caníbales, y el horno estaba a punto de humear para ellos, tanto en el extranjero, en el país de sus enemigos, como en su casa, en el valle de sus padres (H).
     En un recodo del camino el escolar, nuestro guía, se desvió a la izquierda y se adentró en el bosque umbrío. Nos encontrábamos ahora en un antiguo sendero cubierto de una espesa bóveda de árboles y trepábamos, al parecer al azar, por las rocas y los árboles muertos pero el niño saltaba y brincaba entre aquéllas y éstos, pues esas sendas son tan familiares a los nativos como para nosotros los caminos reales, hasta el punto de que, en los días de cacería humana, su labor consistía mucho más en bloquearlos y borrar sus huellas que en mejorarlos. En el centro del bosque, el aire era húmedo, cálido y frío a la vez; sobre nuestras cabezas, la lluvia tropical producía un ruido continuo sobre el follaje, pero sólo de cuando en cuando caía una gota solitaria que dejaba una mancha en mi impermeable. En este momento divisamos el tronco enorme de un banyan que se elevaba sobre algo que parecían las antiguas ruinas de un fuerte; nuestro guía se detuvo y tendió el brazo para anunciarnos que acababamos de alcanzar el paepae tapu (6).
     Paepae significa el suelo o plataforma sobre la cual se levanta la morada de los naturales, y dicho paepae —un paepae-hae— puede ser tapu, en un sentido atenuado, una vez que ha quedado deshabitado y convertido en punto de cita de los espíritus. El lugar de sacrificios que en aquellos momentos recorría era muy vasto. Hasta donde mis ojos conseguían escrutar en la oscuridad de la frondosa vegetacion, el suelo estaba totalmente empedrado. Tres pisos de terrazas se extendía en la vertiente de la colina, y delante, un parapeto semiderruido limitaba la platatorma principal, cuyo pavimento estaba agujereado y cortado por diversos arroyuelos y pequeños cercados. No quedaba ningún resto de la construcción, y resultaba difícil deducir la disposición del anfiteatro. Visité otro en Hiva-oa, no tan grande, pero más perfecto, en el que era fácil descubrir hileras de gradas y distinguir sitiales de honor, aislados, para los personajes eminentes; en él, sobre la platatorma superior, una viga única del templo o de la necrópolis permanecía con sus montantes ricamente esculpidos. En los viejos tiempos el lugar distinguido estaba celosamente vigılado. No se permitía que ningun árbol, excepto el banyan sagrado, brotase entre los peldaños, ningúna hoja podía pudrirse en su pavimento. Sus piedras estaban bien colocadas, y, según me han dicho, las pulimentaban con aceite con el fin de mantenerlas brillantes. Por todos lados había guardianes en cabañas auxiliares, para vigilar y limpiar el lugar. Ningún otro ser humano tenia derecho a acercarse allí; sólo el sacerdote, el día de su carrera, iba allí para dormir, o quizá para soñar con su misión; sin embargo en el momento de la fiesta, la tribu se reunía en el altozano, y cada cual tenía alli su sitio determinado: los jefes, los tamborileros, los danzantes, las mujeres y los sacerdotes. Los tambores —unos veinte, algunos de casi cuatro metros de alto— doblaban rítmicamente. Mientras tanto, los cantores ofrecían sus cantos, especie de aullido lúgubre y monótono; también los bailarines se entregaban a sus danzas, vestidos con extraordinarios atavíos, dando saltos, balanceándose, gesticulando y moviendo en el aire los dedos emplumados semejantes a mariposas. Todas esas razas oceánicas tienen un sentido del ritmo perfecto, y en este festival no había ni un sonido, ni un movimiento, que no fuese rítmico. Cuanto más aumentaba la agitación de los asistentes más salvaje habría parecido la escena a los ojos de un europeo llamado a contemplarlos allíi, bajo el sol poderoso y a la sombra no menos poderosa del banyan, untados con azafrán para dar aún más relieve a los vigorosos dibujos del tatuaje; las mujeres estaban pálidas después de muchos días de reclusión, hasta el punto de que ofrecían un aspecto casi europeo; los caudillos iban coronados de plumas de plata y lucían taparrabos tejidos con cabellos de mujeres muertas. Toda clase de alimentos insulares se distribuía entre las mujeres y el vulgo, y aquellos que gozaban del privilegio de comerlos llevaban a la casa de los muertos cestos de cerdo largo. Dicen que los festejos se prolongaban mucho tiempo; el pueblo acababa agotado, embrutecido por la depravación, y los jefes quedaban atontados por semejante alimento bestial. Existen ciertos sentimientos que nosotros denominamos «humanos», y denegamos el honor de tal epíteto a quienes no los poseen. En tales celebraciones —en particular en aquellas en que se ha matado a la víctima en su casa y los hombres se han dado un banquete con el cadaver de un pobre camarada que había sido su compañero de infancia, o de una mujer de cuyos favores habían disfrutado—, el conjunto de estos sentimientos queda ultrajado. Si lo juzgamos con mayor detenimiento, nos sentimos inclinados a comprender, si no a excusar, los rigores de los viejos capitanes de barco, quienes, firmes en su derecho, preparaban los cañones y abrían fuego al pasar ante una isla poblada de caníbales.
     Sin embargo, era extraño. Allí, en el ara, mientras estaba debajo de la bóveda elevada y chorreante de agua del bosque, entre el jóven sacerdotey el escolar marquesiano, que tenía los ojos brillantes, todo ello me parecía lejano, sumido en la fría perspectiva y en la luz anodina de la historia. ¿Era probable que me afectase la actitud del sacerdote? Sonreía y bromeaba con la criatura, heredero a la vez de los asistentes a esos festines y de la carne que en ellos se servía; daba palmas y me cantaba una estrofa de algún cántico de mal presagio. Era como si hubieran transcurrido siglos desde que aquel teatro fangoso se utilizó por última vez; contemplé su emplazamiento con tan poca emoción como la que habría sentido si hubiese visitado Stonehenge.
     En Hiva-oa, cuando me di cuenta de que el canibalismo aún vivía y latía bajo mis pasos, y de que oír los gritos de una víctima atrapada era algo que caía dentro de los límites de lo posible, mi actitud ante los hechos históricos se desvaneció por completo y sentí hacia los indígenas cierta repugnancia. Sin embargo, tampoco allí habían perdido su jovialidad, y hablaban del canibalismo como de una excentricidad más absurda que horrible, procurando avergonzar a quienes lo practicaban, más bien ridiculizándolos con suavidad, como hacemos con un niño que ha robado azúcar. Es fácil reconocer aquí el espíritu sagaz del padre Dordillon.

1. Stevenson hace referencia a George Turner, misionero protestante autor de Nineteen Years in Polynesia. [N. del T.]

Notas

1. La referencia a Teseo es oscura. Al menos en lo que respecta al héroe ateniense, no hay mayor referencia a los "que cayeron bajo los golpes de [él]". Es posible que haya una confusión aquí y Stevenson se refiera al Minotauro del laberinto cretense, que en efecto devoraban hombres, y qué fue asesinado a golpes por Teseo, pero de cualquier manera eso no explicaría la expresión en plural.

2. Cerdo largo es el eufemismo con el que los habitantes meridionales conocían a la carne humana.

3. Otro efecto palpable de estas políticas de prohibición por parte de las autoridades europeas, es que —comenta Stevenson— los marquesianos, los más caníbales de todos, en aquella época, fueron un pueblo taciturno y dispuesto a dejarse a morir fácilmente. En otras páginas, el autor nos describe el desgano general de los marquesianos.

4. En el capítulo 10, libro I, Stevenson da cuenta de la notable anecdota de Kekela, un misionero protestante que en la isla caníbal de Hiva-oa le salvó la vida a un marino norteamericano de apellido Whalon. Resulta que un traficante de exclavos llegó a sus costas para secuestrar niños, al poco tiempo del siniestro, el ballenero de los americanos llegó al sitio, y sin deber ni temer, fueron atacados por la naturales tomando por rehén a dicho marino. El jefe de la tribu anuncio a Kekela de comerse al americano, este último intercedío por él convenció al caníbal de renunciar a su vendetta. El asunto tuvo tal resonancia que el presidente Lincoln le escribió a Kekela, además de enviarle un reloj de oro y una suma de dinero. La carta de respuesta que el misionero envío al presidente después, está recogida en Golosina caníbal.

5. Testimonios así abundan en el libro, resultaría en parte vano y en parte complicado recogerlos todos. Vano, pues la mayoría precisa de todo el contexto descrito por Stevenson a lo largo del libro; y complicado porque, además de la inevitable mutilación, significaría transcribir el libro en sí, tarea demasiado laborioso para un hombre. Lo que sí, es que podemos enumerar de pasada otros episodios: las referencias Vaekehu, reina de una de las islas Marquesas, que antes del sometimiento francés fue participe de las inveteradas festividades caníbales, Stevenson se asombra de la calidez de esta noble dama por cuya causa se provocaban guerras; la referencia a varios bombardeos a islas caníbales de Pomontú, conocidas como islas de las sirenas por los peligros que ofrecían, sobre todo el terrible episodio de la goleta Sarah Ann del año 1856, cuya tripulación (niños incluidos) fue devorada en una especie de canibalismo ritual; los vehinehae o espíritus caníbales (véase golosina caníbal) que secuestraban y asesinaban gente de forma cotidiana; etc...

6. El Tapu es uno de los conceptos más interesantes de estas regiones. En pocas palabras es una superstición que les sirve para regirse. Consiste en que un elemento (abstracto o físico) adquiere la categoría de sagrado y cualquier afrenta contra estos elementos es una autocondenación. Pueden ser tapus los alimentos, los lugares, las personas, las palabras, etc... Constituye una forma de justicia curioso, pues esta provendría de la naturaleza y no del hombre, casi haciendo inútiles a los organismos de justicia como los conocemos en occidente.

Comentarios

A. Stevenson le da al clavo de sobre lo frágil que es el sistema moral que apologa o condena nuestras ideas y costumbres. A pesar de que no defiende el canibalismo, se planta como un observar imparcial. Justo sale a colación el pensamiento de Pascal sobre que lo Bueno y lo Malo son una cuestión de Latitud; un meridiano de más o de menos puede condenar o celebrar un hecho.

B. La imaginación, proclive a hiperbolizar, puede decirnos si rodeos que un caníbal debe ser un hombre terrible a priori. Stevenson lo desmiente. En la condición social de estos hombres, que han sistematizado el consumo de carne humana, no hay una motivación de odio o crueldad. En cierto sentido las iniquidades son un mal accidental derivado de los usos y costumbres. Ya lo dice nuestro autor: «[incluso] resulta menos cruel cortar la carne de un hombre después de muerto que oprimirle mientras vive». En esto son —a pesar de las dudas— muy humanos.

C. El comentario fugaz sobre la presión que orilla a los hombres a la antropofagia es significativo porque pone de manifiesto la odiosa y sutil presencia de esta voluntad terrible en la naturaleza del hombre. La necesidad se descubre como el gran motor de lo terrible.

D. Aquí encontramos el primer misterio de toda la variedad caníbal de las islas del Sur. Hasta ahora se nos ha dicho que en Tahití había un espacio propicio para el sacrificio y el consumo de la carne humana, que incluso los ojos eran devorados sólo por los invitados especiales a estas ceremonias, naturalmente que al pensar en tal protocolo, no era posible que consumieran el cuerpo de cualquier persona, eso hubiese restado solemnidad e importancia a la ceremonia, así que es plausible pensar en un ganado humano especial para tal propósito; pero, tal sólo un par de meridianos más allá de las Marquesas, en la isla pomotuana de Onoatoa, se nos dice que devoraban a los ladrones, casi que podríamos afirmar que a uno de los peores miembros de la sociedad. Stevenson se pregunta cómo es posible tan general costumbres entre pueblos de una región tan basta y qué circunstancia les es común para haber llegado al mismo resultado, sin embargo, hay una pregunta más apremiante que conocer el efecto, y es conocer la causa: ¿Cómo es posible que haya una distinción tan grande en el resultado de comer carne humana como "comerse lo peor" o "lo mejor" de la comunidad?

E. Entre conjeturas y apologías Stevenson nos ofrece sus conclusiones de las preguntas anteriores que se hace sobre ¿Cómo se generalizó la práctica? y ¿Cuáles son son los comunes denominadores? No es imposible que su inteligencia haya dado con la respuesta. La escasa variedad de carne, la superpoblación y el hambre serían las explicaciones.

F. A la lista de razones para comer carne humana (platillo estelar en festejos y ceremonias; castigo contra los delincuentes) se agrega ahora la venganza, que está en tónica de la justicia —o, más bien ajusticiamiento. El problema de las razones ha crecido.

G. Todo el compromiso sangriento su esto implica me hace preguntarme por una cuestión que por desgracia Stevenson no ahonda, y que quizá no llegó a considerar. Pues bien, bajo la premisa de lo común que era comer hombres, es fácil pensar que debió existir una especialización en su casería y su preparación. Es decir, los métodos se sofistican y el hombre debe ser una presa un tanto complicada de coger.

H. Independientemente de si el título recogido por Stevenson es verdadero o no, sorprende el hecho de a qué grado podían llegar los caníbales. Hay en esto una voluntad de consumo muy interesante, comer lo mejor, lo peor, lo propio, lo ajeno; en las fiestas, en las hambrunas, las guerras. No parecen tener excepciones. Casi que se puede hablar de una glotinería o gula espectaculares.

miércoles, 4 de septiembre de 2019

Antología de cuentos sobre antropofagia: BIII. 3. Tombuctú

El 2 de agosto de 1883 Guy de Maupassant público en «Le Gaulois» este cuento llamado Tombouctou —en el original.
Hasta ahora, ha sido la primera referencia sobre el consumo de carne humana que leo en Maupassant —referencia en realidad un tanto vaga.
He meditado largamente en si darle o no cabida a este cuento en nuestra antología; por un lado es indudable que hace un uso efectivo de dos de los grandes propiciadores del canibalismo: El Sitio y Lo Exótico. Es común ver estas convenciones de manera individual en la narrativa que aborda el tema; más raro es verlas de la mano y en la inversión que construye Maupassant.
A pesar de su singular conjunción de elementos, el cuento es más bien una viñeta ridícula y picaresca de los africanos en la guerra franco prusiana que pleno tema del canibalismo; sin embargo presiento que, aún lo poco que pueda ofrecer al exámen del fenómeno caníbal, parece suficiente para defender su legítima aparición aquí.
Ahora bien, la condición de Tombuctú es curiosa: su consumo de carne humana no es justificada por el Sitio de Bezières, sino por su naturaleza de extranjero. Normalmente se ve en los textos de canibalismo que es el civilizado quien termina en tierra extraña siendo testigo de la atrocidad; pero aquí se aplica a la inversa, lo exótico es lo que termina rodeado de civilización, y la guerra le permite actuar con libertad e impunidad, volviéndose esta un emulo lejana de su salvajismo cotidiano.
El príncipe y su tropa de hombres despreocupados hacen que este cuento entre en la categoría de Banquetes y en lo Cocido, a tal grado llegan que el narrador de la historia termina participando en la comilona, obviamente en la ignorancia del origen de la carne que devora.

     El bulevar, ese río de vida, bullía en el polvo de oro del sol poniente. Todo el cielo estaba rojo, cegador; y, por detrás de la Madeleine, una inmensa nube arrebolada sobre toda la larga avenida un oblicuo diluvio de fuego, vibrante como el vapor de una fogata.
      La muchedumbre, alegre, palpitante, caminaba bajo aquella bruma encendida y parecía en una apoteosis. Los rostros estaban dorados; los sombreros negros y los trajes tenían reflejos de púrpura; el charol de los zapatos lanzaba llamas sobre el asfalto de las aceras.
      Ante los cafés, multitud de hombres tomaban bebidas brillantes y coloreadas que parecían piedras preciosas fundidas en el cristal.
     Entre los parroquianos vestidos con trajes ligeros y oscuros, dos oficiales con uniforme de gala hacían bajar todos los ojos con el deslumbramiento de sus entorchados. Charlaban, alegres sin motivo, entre aquella gloria de vida, entre la radiante irradiación de la tarde; miraban a la muchedumbre, los hombres lentos y las mujeres apresuradas que dejaban tras sí un perfume intenso y turbador.
     De repente un enorme negro, vestido de negro, ventrudo, con un chaleco de dril recargado de dijes, con la cara tan reluciente como si le hubieran sacado brillo, pasó ante ellos con aire triunfal. Sonreía a los transeúntes, sonreía a los vendedores de periódicos, sonreía hacia
el cielo resplandeciente, sonreía a París entero. Era tan alto que sobrepasaba todas las cabezas; y, a su paso, todos los papanatas se volvían para Contemplarlo de espaldas.
     Pero de pronto divisó a los oficiales y, atropellando a los bebedores, se lanzó hacia ellos. En cuanto estuvo ante su mesa, clavó en ellos sus ojos brillantes y encantados, y las comisuras de la boca le subieron hasta las orejas, descubriendo unos dientes blancos, claros como una luna creciente en un cielo negro. Los dos hombres, estupefactos, contemplaban a aquel gigante de ébano, sin entender su alegría.
     Exclamó, con una voz que hizo reír a todas las mesas:
     «Bueena tarde, mi teeniente.»
     Uno de los oficiales era jefe de batallón, el otro coronel. El primero dijo:
     «No lo conozco a usted, caballero; ignoro lo que pretende de mí.»
     El negro prosiguio:
     «Yo querer mucho a ti, teeniente Vedié, sitio Bézi, muucha uvaa, buscaba yo.»
     El oficial, completamente desconcertado, miró fijamente al hombre, buscando en el fondo de sus recuerdos, y bruscamente exclamó:
     «¿Tombuctú?»
     El negro, radiante, se golpeó el muslo lanzando una risa de una violencia inverosímil y berreando:
     «Sí, sí, ya, mi teeniente, reconoce Tombuctú, ya, bueena tarde.»
      El comandante le tendió la mano riéndose tambien con toda su alma. Entonces Tombuctú se puso serio. Cogio la mano del oficial y, con tanta rapidez que el otro no pudo impedirlo, se la besó, según la costumbre negra y árabe. Confuso, el militar le dijo con voz severa:
      «Vamos, Tombuctú, no estamos en Africa. Siéntate ahí y dime cómo es que te encuentro aquí.»
     Tombuctú hinchó la barriga y, tartamudeando, de lo deprisa que hablaba:
     «Ganado mucho dinero, muucho, gran estaurante, comido bien, prusianos, yo, muucho robado, muucho, cocina francesa, Tombuctú, coociner del Emperadó, doscientos mil francos a mí. ¡Ja, ja, ja, ja!»
     Y reía, retorciéndose, chillando con una alegría loca en la mirada.
     Cuando el oficial, que entendía su extraño lenguaje, lo hubo interrogado cierto tiempo, le dijo:
     «Bien, hasta la vista, Tombuctú, hasta pronto.»
     El negro se levantó al punto, estrechó, esta vez, la mano que le tendían, y, sin dejar de reír, gritó:
     «Bueena tarde, bueena tarde, mi teeniente.»
     Y se marchó, tan contento que gesticulaba al andar y lo tomaban por un loco.
     El coronel preguntó:
     «¿Quién es ese animal?»
     El comandante respondió:
«Un buen chico y un valiente soldado. Voy a contarle lo que sé de él; es bastante divertido,»

    Ya sabe que al comienzo de la guerra de 1870 estuve encerrado en Bezières, que ese negro llama Bézi. No estábamos sitiados, sino bloqueados. Las líneas prusianas rodeaban por todas partes, fuera del alcance de nuestros cañones, y ya no disparaban sobre nosotros, sino que pretendían rendirnos por hambre.
      Yo era entonces teniente. Nuestra guarnición estaba compuesta por tropas de todo tipo, restos de regimientos destrozados, fugitivos, merodeadores separados de los cuerpos del ejército. Teníamos de todo, incluso doce turcos* llegados una noche no sé cómo, no sé por dónde.
     Se habían presentado en las puertas de la ciudad, agotados, andrajosos, hambriento y borrachos. Me los encomendaron.
     Pronto comprendí que eran rebeldes a toda disciplina, siempre estado un fuera y siempre achispados. Probé con la prevención, e incluso con el calabozo, no conseguí nada. Mis hombres desaparecida durante días enteros, como si se los hubiera tragado la tierra, y después reaparecían borrachos como cubas. No tenían dinero. ¿Dónde bebían? ¿Y cómo, y con qué?
     La cosa empezaba a intrigarme vivamente, tanto más cuanto que aquellos salvajes me interesaban con su risa perpetua y su carácter de niños traviesos.
     Me di cuenta entonces de que obedecían ciegamente al más alto de todos, ése que usted acaba de ver. Los gobernaba a su antojo, preparaba sus misteriosas empresas como jefe todopoderoso e indiscutido. Mandé que viniera a verme y lo interrogué. Nuestra conversación duró tres horas, pues me costaba mucho trabajo entender su sorprendente algarabía. El pobre diablo, por su parte, hacía esfuerzos inauditos para que lo entendiera, inventaba palabras, gesticulaba, sudada con el esfuerzo, se enjugaba la frente, resoplaba, se detenía y volvía a empezar bruscamente cuando creía haber encontrado un nuevo método para explicarse.
     Adiviné al final que era hijo de un gran jefe, de una especie de rey negro de la cercanías de Tombuctú. Le pregunté su nombre. Respondió algo así como Chavajaribujalijranafotapolara. Me pareció más sencillo ponerle  el nombre de su tierra: «Tombuctú.» Y, ocho días después, nadie en la guarnición lo llamaba de otra manera.
     Pero sentíamos una curiosidad loca por saber dónde el ex-príncipe africano encontraba bebida. Lo descubrí de un modo singular.
     Estaba yo una mañana en las murallas, estudiando el horizonte, cuando divise en un viñedo algo que se movía. Se aproximaba la época de la vendimia, las uvas estaban maduras, pero no pense en nada de eso. Creí que un espía se acercaba a la ciudad, y organicé una expedición en regla para atrapar al merodeador. Tomé yo mismo el mando, tras haber obtenido la autorización del general.
     Había mandado salir, por tres puertas diferentes, tres pequeñas tropas que debían reunirse cerca del viñedo sospechoso y rodearlo. Para cortarle la retirada al espía, uno de esos destacamentos tenía que marchar durante una hora, por lo menos. Un hombre que había quedado de observación en la muralla me indicó por señas que el ser divisado no había salido del campo. Avanzábamos con mucho sigilo, arrastrándonos, casi tumbados entre los surcos. Por fin, llegamos al punto designado; despliego bruscamente a mis soldados, que se lanzan al viñedo, y encuentran... a Tombuctú, andando a cuatro patas entre las cepas y comiendo uvas, o mejor dicho dando dentelladas a las uvas como un perro que come sus sopas, con toda la boca, pegado a la planta, arrancando el racimo con los diferentes.
     Quise que se levantara; ni pensarlo, y comprendí entonces por qué se arrastraba así sobre manos y rodillas.
Cuando lo enderezaron sobre sus piernas, osciló unos segundos, extendió los brazos y cayó de bruces. Tenía la mayor borrachera que yo había visto nunca.
     Nos lo llevamos sobre dos rodrigones. No cesó de reír durante todo el camino gesticulando con brazos y piernas.
     Ese era todo el misterio. Mis mozos bebían de la misma uva. Después, cuando estaban borrachos a más no poder, se dormían allí mismo.
     En cuanto a Tombuctú, su amor al viñedo sobrepasaba toda medida, era increíble. Vivía allí dentro como los tordos, a quienes por lo demás odiaba con un odio de rival celoso. Repetía sin cesar:
     «Lo toordo comido tooda la uva, sin vegüeenza!»
     Una tarde fueron a buscarme. Se distinguía en la llanura algo que venía hacia nosotros. Yo no había cogido mi anteojo y veía mal. Hubiérase dicho una gran serpiente que se desenrollaba, concombre, ¡yo qué sé!
     Envíe unos hombres al encuentro de aquella extraña caravana que pronto hizo una entrada triunfal. Tombuctú y nueve de sus compañeros traían sobre una especie de altar, hecho con sillas de campaña, ocho cabezas cortadas, sangrientas y expresivas. El décimo Turco tiraba de un caballo a la cola del cual habían atado otro, y otros seis animales más lo seguían, sujetos de la misma manera.
     He aquí lo que me contaron. Al salir a los viñedos, mis africanos habían visto de repente un destacamento prusiano que se acercaba a un pueblo. En lugar de huir, se habían escondido; después, cuando los oficiales echaron pie a tierra ante una posada para tomar algo fresco, los once mozos se lanzaron, pusieron en fuga a los ulanos que se creyeron atacados, mataron a dos centinelas, y además al coronel y los cinco oficiales de su escolta.
     Ese día abracé a Tombuctú. Pero me di cuenta de que le costaba andar. Lo creí herido; se echó a reír y me dijo: «Yo, poovisione pal país.»
     Y es que Tombuctú no hacía la guerra por la gloria, sino por la ganancia. Todo lo que encontraba, todo lo que le parecía de valor, todo lo que brillaba, sobre todo, se lo metía en el bolsillo. ¡Y qué bolsillo! Un pozo sin fondo que empezaba en las caderas y terminaba en los tobillos. Habiendo retenido un término de La tropa, lo llamaba «mis alforjas», ¡y eran unas auténticas alforjas, en efecto!
     De modo que había arrancado los galones de los uniformes prusianos, el cobre de los cascos, los botones, etc., arrojándolo todo en sus «alforjas», que estaban llenos hasta rebosar.
     Todos los días precipitaba en su interior cualquier objeto brillante que cayera en sus manos, pedazos de estaño piezas de plata, lo cual le daba a veces un aspecto infinitamente gracioso.
     Contaba con llevarse todo el país de los avestruces, de los cuales parecía hermano aquel hijo de rey torturado por la necesidad de tragar los cuerpos brillantes. Si no hubiera tenido sus alforjas, ¿qué habría hecho? Sin duda los hubiera engullido.
     Todas las mañanas su bolsillo estaba vacío. Tenía, pues, un almacén general donde se amontonaban sus riquezas. Pero, ¿dónde? No pude descubrirlo.
     El general, advertido de la gran hazaña de Tombuctú, mandó en seguida enterrar los cuerpos que habían quedado en el pueblo vecino, para que nadie descubriera que habían sido decapitados. Las prusianos regresaron al día siguiente. El alcalde y siete vecinos notables fueron fusilados en el acto, en represalia, como denunciantes de la presencia de los alemanes.

     Llegó el invierno. Estábamos agotados y desesperados. Ahora nos batíamos a diario. Los hombres, hambrientos, no podían andar. Sólo los ocho turcos (habían matado a tres) seguían gordos y relucientes, vigorosos y siempre dispuestos a luchar. Tombuctú incluso engordaba. Me dijo un día:
     «Tú muucha hambre, yo buena carne.»
     Y en efecto, me trajo un excelente filete. Pero ¿de qué? Ya no nos quedaban bueyes, ni carneros, ni cabras, ni asnos, ni cerdos. Era imposible procurarse un caballo. Reflexioné sobre todo esto tras haber devorado mi carne. Entonces me asaltó un horrible pensamiento. ¡Aquellos negros habían nacido en una tierra donde se come a los hombres! ¡Y caían diariamente tantos soldados en torno a la ciudad! Interrogué a Tombuctú. No quiso responder. No insistí, pero a partir de entonces rechacé sus presentes.
     Me adoraba. Una noche, la nieve nos sorprendió en las avanzadas. Estábamos sentados en el suelo. Yo miraba compasivo a los pobres negros tiritando bajo aquel polvo blanco y helado. Como tenía mucho frío, empecé a toser. Al punto sentí que algo caía sobre mí, como una grande y calida manta. Era el capote de Tombuctú, que él me echaba sobre los hombros.
     Me levanté y, devolviéndole su prenda:
     «Quédatelo, hijo mío; lo necesitas más que yo.»
     El respondió:
     «No, mi teeniente, pa ti, yo no necesitar, yo calieente, calieente.»
     Y me contemplaba con ojos suplicantes.
     Proseguí:
     «Vamos, obedece, quédate con el capote, te lo mando.»
     El negro entonces se levantó, desenvainó el sable, que sabía conservar afilado como una hoz, y, sosteniendo con la otra mano su ancho capote que yo rechazaba:
     «Si tu no queeda abrigo, yo coorto; nadie abrigo.»
     Lo hubiera hecho. Yo cedí.
     Ocho días después, habíamos capitulado. Algunos de los nuestros habían podido escapar. Los demás iban a salir de la ciudad y entregarse a los vencedores.
     Me dirigía a la plaza de Armas, donde debíamos congregarnos, cuando me quedé asombrado ante un negro gigantesco vestido de dril blanco y tocado con un sombrero de paja. Era Tombuctú. Parecía radiante y se paseaba, con las manos en los bolsillos, ante una tiendecilla donde se exhibían dos platos y dos vasos.
     Le dije:
     «¿Qué estás haciendo?»
     Respondió:
     «Yo no sufrí, yo buen coociner, yo hecho comer coronel, Argeel; yo comido pusianos, mucho roobado, muucho.»
     Helaba a diez grados. Yo tiritaba ante aquel negro vestido de dril. Entonces me cogió del brazo y me hizo entrar. Vi una muestra inmensa que iba a colgar ante la puerta cuando nos hubiéramos marchado, pues tenía cierto pudor.
      Y leí, trazado por la mano de algún cómplice, este reclamo:
COCINA MILITAR DEL SEÑOR TOMBUCTU EX-COCINERO DE S.M. EL EMPERADOR Artista de París -Precios módicos
     A pesar de la desesperación que me roía el alma, no pude dejar de reírme, y dejé a mi negro entregado a su nuevo negocio.
     ¿No valía más eso que hacer que se lo llevaran prisionero?
     Acaba usted de ver que ha tenido éxito, el mozo.
     Bezières, hoy, pertenece a Alemania. El restaurante Tombuctú es un comienzo de desquite.

Antología de cuentos musicales: 15. De cómo dinamité el colegio para señoritas

Salvador Elizondo es un autor complejo y hermético; no es fácil leerlo, uno debe estar atento a su prosa —un poco grandilocuente— para no perderse en ella. Basta leer El Retrato de Zoe, Teoría del Disfraz, tal vez Grünewalda o una fábula del infinito para confirmar que no es sencillo.
Este cuento no es la excepción. A pesar de que el título reza «De cómo...», pienso que debió llamarse «De por qué...», pues el relato pormenoriza mucho más este detalle que el que promete.
En rigor se me podría objetar que este no es un cuento musical, ¿pero qué texto puede ser enmarcado en una categoría o con un tema absoluto sin que resulte equívoco? Es decir, la música ha sido un elemento fundamental de las narraciones de nuestra antología; ya sea porque los personajes son músicos o espectadores de la música, ya sea porque son veladas reflexiones estéticas y artísticas; pero no necesariamente ha sido el móvil total de las historias. Pienso que el mejor criterio para compilar una antología es la voluntad de engarzar piedras diferentes con la intención de crear un conjunto que a pesar de su variedad busque un sentido de continuidad; dice Miguel de Unamuno en Del sentimiento trágico de la vida que hay dos cosas se rigen la existencia humana: un principio de unidad y otro de continuidad. El primero determina lo que define el conjunto y el segundo es su capacidad de modificarse sin perder su identidad. Así, tal vez, es este contubernio.
Sobre el cuento: es de los pocos, hasta ahora, que abordan la música desde una actitud de desprecio. En realidad es raro hallar a alguien que no guste de escuchar alguna manifestación de este arte; lo cierto es que sí hay cosas que cada cual no tolera; pero por lo regular son cuestiones de género y estilo musical que de producción o —en este caso— timbre. Por lo demás, disfruten.

     Ese fue el tiempo en que yo me solazaba con abominaciones sutilísimas y concebí la destrucción del Colegio de Señoritas. Entre otras cosas, por ejemplo, aspiraba yo a conocer el secreto de la jugada absoluta en el ludus latrunculorum, un juego romano, descubierto al azar en la subsección Parlour Games de la sección Competitive Games del capítulo Social Games de la definición que de la palabra da la traducción inglesa del Lexikon der Klassischen Alterthumskunde hecha por Messrs. Nettleship y Sandys, ambos miembros de las Dos Universidades que, dicho sea de paso, representa un prodigioso esfuerzo de concisión de la monumental obra del profesor Seyffert, vertida al inglés en 1891. Pero dejemos estas cuestiones que atañen más a los señores de Friburgo y de Zurich () que a nosotros y volvamos a la relación de aquel osado proyecto que concebí, de dinamitar el Colegio de Señoritas. Yo sé bien que una empresa de esta índole resultaría, de buenas a primeras, inexplicable, no por infame, sino por desmedida; no por criminal, sino por ambiciosa. Dejando a un lado estas consideraciones que no está en mi papel hacer, y menos en estos momentos, sólo puedo decir que decidí hacer saltar el Colegio de Señoritas porque no bastándoles a las señoritas pupilas del Colegio de Señoritas la infamia de sus uniformes grises con los reveses sedientos de carne como almíbar de mujer, sus basquiñas descosidas y lustrosas, sus medias de popotillo, no bastándoles el lamentable espectáculo que ofrecían cuando realizaban sus ejercicios gimnásticos enfundadas en anafrodisiacos batones color de esperma, cuando se agachaban tratando de tocar las puntas de sus zapatos tennis descoloridos con las puntas de sus dedos carcomidos en el terror de enigmáticas hemorragias dejando ver las corvas ansiosas de ser recorridas por dedos trémulos. Eso pasaba una vez a la semana. Y así, con todo y el deseo que irradiaban las tensas comisuras de esas corvas, la visión general era la de una menagerie de monstruos humanos que me fascinaban horrorizándome y enalteciéndome en su horrible bajeza. No les basta a estas señoritas, como decía, la execración que su existencia visible impone a la realidad. Aspiran entonces a penetrar en un orden del conocimiento quizás un poco más emotivo: el de los sonidos. Con este fin deben haberse reunido en un conciliábulo inquietante para adoptar los medios más aptos de cobrar una existencia sensiblemente sonora: ¡Ha!, ¡la armónica!...(1) Sí, señor; la ar-mó-ni-ca. Estos monstruos, estas bestias, estas tenebrosas terribles tracaleras cucufatas recónditas, con sus caireles y sus escapularios sudorosos como colgajos de tripas de perro machucado y sus dientes de sarro verde y su acné católico y su mirada triste, lejana, interrumpida siempre de persignaciones epilépticas de adiós, de gimnasias quirúrgicas una vez a la semana, y sus bloomers abocardados de jersey color salmón, asistidos en la perdida capacidad de tenerse, por ceñimiento del elástico de fábrica, de caucho natural, en torno al muslo a una distancia constante del centro de la rótula y allí tenidos precariamente con la ayuda de una ancha banda de hule rojo. Estas señoritas, en fin, decidieron entonces formar una orquesta de armónicas de ochenta ejecutantes (2). La noticia de la formación de esta orquesta, constituida por el patrocinio de varias instituciones públicas y privadas, fue publicada con lujo de detalles en la primera plana de nuestro periódico: "FORMACIÓN DE UNA ORQUESTA DE ARMÓNICAS.—Una notable iniciativa del Colegio de Señoritas..." El redactor encomiaba efusivamente este proyecto tenebroso señalándolo como un ejemplo que debiera ser seguido por otras escuelas de señoritas y varones.
     Pasan luego los meses, desesperados de notas vacilantes y discordes que llegan a través de la tarde, después de la lluvia, acentuando con su tono plañidero y felino la angustia de un mundo viciado y gris en el que las pensionarias del Colegio de Señoritas subsisten al horror de su propia existencia soplando en los alveolos de su instrumento resbaladizo y recurrente como un huso, que huele a latón oxidado y a saliva seca y que produce un sonido estúpido, triste y sobrearmónico.
     Desde el primer día jamás cejé en mi propósito de exterminar con la mayor celeridad posible toda presencia de un conglomerado humano que se deleitaba en la inmundicia de ese rechupamiento baboso, y en esa soledad surcada de lejanos aullidos maldecía yo a la puta madre que había parido al Sr. Hohner (3). Imaginaba holocaustos wagnerianos y veía con los ojos de mi imaginación las interminables colas de señoritas, previamente puestas en cueros, desfilar lentamente hacia las cámaras de gas, a los compases de la obertura (4) Tanhäuser (5) interpretada a la armónica. Luego imaginaba yo el interior de ese Bayreuth (6) sombrío y resonante de maullidos desfallecientes. Un enorme hacinamiento de cuerpos flatulantes, de sibilantes emanaciones de gas que producían una sinfonía tenebrosa, al azar, en las armónicas crispadas entre los labios amoratados, produciendo escalas agónicas. Poco a poco fui estableciendo el proyecto sin omitir detalle alguno. Ya sólo faltaba fijar la fecha. La clave me la dio la radio. El noticiero de la Cultura que pasa todos los dias a las 17:49 transmitió la noticia: "El próximo sábado tendrá lugar, dentro de la serie de Sábados Sociales organizada por el Colegio de Señoritas, un concierto que estará a cargo de la orquesta de armónicas de dicha institución, que está integrada por ochenta señoritas..." La emulación preconizada por nuestro diario se había realizado, pues el locutor agregó: "...Este notable conjunto se verá asistido por la Sociedad de Armónicas Barítono (7) del Instituto Sobriedad y Patria para Varones." Así dijo. Y dijo también que la Sociedad de Armónicas del Instituto Sobriedad pasaba en lista de presente el nombre de cien integrantes y que el programa consistiría de una selección de las más bellas composiciones de nuestra música nacional. Dicen que a la oportunidad la pintan calva. En este caso la ocasión se perfilaba chupeteando los apestosos deslizamientos de los organillos en labios de ciento ochenta adolescentes astrosos. No voy a abrumar a nadie con todos los tecnicismos relacionados con esta notable empresa aunque la colocación de los petardos de dinamita en las aulas y dormitorios y el envenenamiento con extracto de almendras dulces de todas las jarras de agua dispuestas sobre las mesas del refectorio, de las que las ejecutantes reaprovisionarían las excrecencias dilapidadas en sus sopleteos, en el caso de que los explosivos colocados bajo el estrado improvisado al aire libre, en el patio del colegio, no detonaran, bastaría para elaborar un relato digno de la más pura tradición de la literatura aventuresca. Mi voluntad de hacer saltar por los aires a los virtuosos del Colegio de Señoritas y del Instituto Sobriedad y Patria no flaqueó jamás. Sólo tuve un instante de turbación. Eso fue cuando me despedí de mi suegra. Yo estaba en la ventana y desde la calle ella se volvió sonriente agitando la mano. "¡Gracias por las entradas, rico!, me gritó, ¡Eres un amor!" Huelga decir que había yo querido darle un carácter más amplio y más utilitario a la pasión que había concebido por exterminar el universo musical del Colegio de Señoritas; así que, para matar dos pájaros de un tiro, decidí aprovechar la ocasión para pagar tributo a la generosidad de la naturaleza devolviendo a su mullido seno la humanidad tediosa de mi suegra, de su Criada Eudosia y de la hija idiota de ésta. A mi suegra decidí aplicarle este rigor extremo por principio, a Eudosia porque comenzaba a intuir el principio, y a la hija de Eudosia para librarla de la deplorable condición en la que medra, fruto malsano del pecado y de la infamia de su madre.
    Antes de regodearme con la desolación libertaria que habré producido en las ceñidas filas de los amantes de la música masiva de armónica, invoco esa visión de mi pobre suegra, alejándose por la calle en compañía de Eudosia y de la hija de Eudosia. Invoco lo que dentro de algunos minutos, durante los primeros compases de la tercera selección de nuestra más bella música nacional —ahora comienza la ejecución del primer número del programa—, ya habrá sido su memoria, surcando los espacios infinitos en compañía de las almas sopladoras de las pupilas del Colegio de Señoritas y de los colegiales del Sobriedad y Patria; espíritus dispersos en un efluvio salivoso de notas gangosas; compases deslavados de una agrupación sideral
de adolescentes tributarios de Herr Hohner, maulladores que se alejan hacia la más cursi y hacia la más triste de todas las estrellas.

Notas

. El lector curioso (o paranoico) —que a menudo se forma con la lectura de autores como Jorge Luis Borges— podría sospechar de la legitimidad de estas primeras referencias que Elizondo nos ofrece. Pero, permítanme decir que el juego mencionado, los eruditos, ediciones y demás detalles son reales; basta una búsqueda rápida en internet para disipar dudas.

Notas musicales

1. En verdad que la armónica es uno de los instrumentos más innobles jamás concebidos. Su timbre es especialmente feo. Mi comentario está demás, lo admito. Yendo a lo importante: El Diccionario de Música de Manuel Vals Gorina nos dice de la Armónica que es un Instrumento formado por una serie de lengüetas metálicas y desiguales fijas alternativamente en las dos caras de una placa de metal, montada sobre una estructura de madera. Las lengüetas vibran por acción del soplo o la aspiración del ejecutante. Autores como Darius Milhaud han escrito obras para Armónica y entre sus interpretes destacados está Larry Adler.

2. Una Orquesta de Armónicas... aunque temerario y excéntrico, no es un proyecto imposible, las dificultades técnicas que se pueden derivar de esto son más bien las mismas que cualquier conjunto de instrumentos e instrumentistas presentaría; otra cosa es si resultaría idóneo juntar tantas veces el timbre (tan desagradable) de semejante número de Armónicas. Hubo un tiempo, en el que fue una práctica común. Las armónicas son instrumentos de gran versatilidad y, además, baratos en comparación con otros. Fueron especialmente populares a finales del siglo XIX y principios del XX.

3. El nombre de Matthias Hohner está ligado a la armónica como ningún otro. Hohner fue un relojero Alemán de Trossingen que inspirado por un amigo suyo cuya familia tenía una sólida tradición en la fabricación de armónicas decidió aprender —o de hecho robar...— los secretos de la fabricación de este instrumento y emprender su propia firma. Si bien no fue el mejor fabricante, sí fue el más inteligente, supo posicionarse siempre en el mercado, sacando ventaja de tácticas sucias y eficaces campañas publicitarias para absorber a la competencia y monopolizar el mercado de armónicas. Su firma logro establecerse sólidamente en norteamérica y a través de Federico Veerkamp llegó a México a principios del siglo XX. Logró popularidad nombrando sus modelos con el imaginario popular mexicano: El Tecolote, el Toro, etc... Para más detalles recomiendo visitar este enlace.

4. Una obertura, nos dice Manuel Vals: es un fragmento instrumental que sirve de introducción a una obra de grandes dimensiones, como la ópera y el oratorio. En el siglo XVIII designaba la parte inicial de una suite. La obertura es una forma musical libre y como el preludio, tenía la finalidad de ambientar al oyente en la tonalidad principal que la obra iba a adoptar.

5. Tanhäuser es una de las óperas más conocidas de Wagner. El argumento se basa en tres leyendas medievales, siendo la más representativa la que ds nombre a la obra. Narra la perdición de un caballero que logra encontrar la guarida de la, para ese momento, deidad pagana Venus. En su estancia allí se corrompe y al salir al mundo, se dirige al vaticano a pedir por su redención; el santo pontífice se la niega diciendo: "antes le saldrán flores a mi báculo". Por supuesto, el prodigio sucede, y se envía en busca de Tanhäuser, pero jamás se le vuelen a encontrar. La composición del libreto y la música le llevaron al menos tres años, y existen varias versiones, como la del estreno en Dresde, en 1845, o la revisión de París, que data de 1861.

6. El célebre Festival de Beyreuth es un evento dedicado a la representación e interpretación de las obras de Wagner. Fue concebido por el compositor para lograr su independencia económica de los mecenas. Para dicho festival se construyó un teatro ex profeso diseñado por el propio Wagner. A las obras interpretadas en este festival se les llama del Canon de Beyreuth.

7. El adjetivo de Barítono se refiere a una voz masculina que tiene una tesitura entre el tenor y el bajo. Por extensión se refiere a instrumentos que comparten este mismo alcance.

jueves, 22 de agosto de 2019

Antología de cuentos sobre antropofagia: AII. 2. Lo horrible

Dos años después de Tombuctú, Guy de Maupassant publicó «L'Horrible»; una doble narración donde nuestro autor plasma su definición de aquello que entiende por horrible. A diferencia de Tombuctú, este cuento es abordado de manera tétrica y el hombre es confrontado con su deseo de vivir en una marcha por el desierto. El hielo de la retirada de la primera narración y el calor infernal de la retirada de la segunda son climas paralelos que propician las acciones más desesperadas de los hombres. Hielo y arena son territorios de lo Horrible. Ahora bien, el grupo que come carne humana es nombrado certeramente por Maupassant: una retirada de antropófagos; estos hombres civilizados, aislados de todo y asolados por el hambre toman la única alternativa para sobrevivir: comerse entre ellos. Es por esto que el cuento pertenece a la categoría de lo crudo, en la cantidad de platillos; el aliento que los conduce a su resolución es la hambruna del aislamiento.

     La tibia noche descendía lentamente.
     Las mujeres se habían quedado en el salón de la quinta. Los hombres, sentados o a horcajadas en las sillas del jardín, fumaban, ante la puerta, en círculo en torno a una mesa redonda llena de tazas y de copas.
     Sus cigarros brillaban como ojos en la sombra cada vez más espesa. Acababan de contar un espantoso accidente ocurrido la víspera: dos hombres y tres mujeres ahogados ante los ojos de los invitados, frente a la casa, en el río.
     El general de G... pronunció:
     —Sí, esas cosas son conmovedoras, pero no son horribles.
     Lo horrible, esa vieja palabra, significa algo más que terrible. Un espantoso accidente como ése conmueve, trastorna, asusta: pero no enloquece. Para experimentar horror se necesita algo más que la emoción del alma y algo más que el espectáculo de una muerte espantosa, se necesita, bien un estremecimiento de misterio, bien una sensación de espanto anormal, fuera de lo natural. Un hombre que muere, aunque sea en las condiciones más dramáticas, no inspira horror; un campo de batalla no es horrible; la sangre no es horrible; los crímenes más viles son raramente horribles.
     Miren, aquí tienen dos ejemplos personales que me han hecho comprender lo que se puede entender por Horror.
     Era durante la guerra de 1870. Nos retirábamos hacia Pont-Audemer, tras haber cruzado Ruán. El ejército, unos veinte mil hombres, veinte mil hombres en desorden, desbandados, desmoralizados, agotados, iban a reconstruirse en El Havre.
     La tierra estaba cubierta de nieve. Caía la noche. No habíamos comido nada desde la víspera. Huíamos a toda prisa, pues los prusianos no estaban lejos.
     Todo el campo normando, lívido, manchado por las sombras de los árboles que rodeaban las granjas, se extendía bajo un cielo negro, pesado y siniestro.
     No se oía otra cosa en el resplandor apagado del crepúsculo que un ruido confuso, tenue y sin embargo desmesurado, de rebaño en marcha, un pisoteo infinito, mezclado con un vago golpeteo de escudillas o de sables. Los hombres, inclinados, encorvados, sucios, a menudo incluso andrajosos, se arrastraban, se apresuraban en la nieve, a largos pasos derrengados.
     La piel de las manos se pegaba al acero de las culatas, pues helaba espantosamente esa noche. A menudo yo veía a un joven voluntario quitarse los zapatos para marchar descalzo, de tanto como le dolía ir calzado; y dejaba en cada huella un rastro de sangre. Después, al cabo de cierto tiempo, se sentaba en un campo para descansar unos minutos, y no volvía a levantarse. Cada hombre sentado era un hombre muerto.
     ¡Cuántos de esos pobres soldados agotados, que contaban con proseguir en seguida, en cuanto hubieran dado un poco de descanso a sus piernas rígidas, dejamos a nuestras espaldas! Ahora bien, apenas cesaban de moverse, de hacer circular, por su carne helada, una sangre casi inerte, un invencible embotamiento los petrificaba, los clavaba al suelo, cerraba sus ojos, paralizaba en un segundo aquel agotado mecanismo humano. Y se doblaban un poco, con la frente apoyada en las rodillas, aunque sin caer del todo, pues sus riñones y sus mienbros se tornaban inmóviles, duros como la piedra, imposibles de doblegar ni de enderezar.
      Y nosotros, los más robustos, seguíamos avanzando, helados hasta la médula, marchando gracias a una fuerza mecánica, en aquella noche, en aquella nieve, en aquella campiña fría y mortal, aplastados por la pena, por la derrota, por la desesperación, y sobre todo oprimidos por la abominable sensación del abandono, del final, de la muerte, de la nada.
     Divisé a dos gendarmes que sujetaban por los brazos a un hombrecillo singular, viejo, sin barba, de aspecto verdaderamente sorprendente.
     Buscaban un oficial, creyendo haber cogido a un espía.
     La palabra «espía» corrió en seguida entre los rezagados y se formó un círculo en torno al prisionero. Una voz gritó: «¡Hay que fusilarlo!» Y todos aquellos soldados que se caían de agotamiento, y que sólo se tenían en pie porque se apoyaban en sus fusiles sintieron de pronto ese temblor de cólera furiosa y brutal que empuja a las multitudes a la matanza.
     Quise hablar; yo era entonces el jefe del batallón; pero ya nadie reconocía a los jefes, me habrían fusilado también a mí.
     Uno de los gendarmes me dijo:
     «Hace tres días que nos sigue. Pide a todo el mundo informes sobre la artillería.»
     Traté de interrogar a aquel ser:
     «¿Qué hace usted? ¿Qué quiere? ¿Por qué acompaña al ejército?»
     Farfulló unas palabras en un dialecto ininteligible.
     Era realmente un extraño personaje, de hombros estrechos, de mirada solapada, y estaba tan turbado en mi presencia que verdaderamente no dudé de que fuese un espía. Parecía de mucha edad y muy débil. Me miraba de soslayo, con un aire humilde, estúpido y malicioso.
     Los hombres que nos rodeaban gritaban:
     «¡Al paredón! ¡Al paredón!»
     Le dije a los gendarmes:
     «¿Me responden ustedes del prisionero?...»
     Aún no había acabado de hablar cuando un empujón terrible me derribó, y vi, en un segundo, como los soldados furiosos cogían al hombre, lo tiraban al suelo, le pegaban, lo arrastraban al borde del camino y lo arrojaban contra un árbol.  Cayó ya casi muerto, sobre la nieve.
     Lo fusilaron al punto. Los soldados disparaban sobre él, cargaban sus armas, volvían a disparar con una saña brutal. Se peleaban por coger el turno, desfilaban ante el cadáver y seguían disparando sobre él, como quien desfila ante un ataúd para rociarlo con agua bendita.
     Pero de repente corrió un grito:
     «¡Los prusianos! ¡Los prusianos!»
     Y oí, en todo el horizonte, el rumor inmenso del ejército que corría enloquecido.
     El pánico, nacido de aquellos tiros sobre el vagabundo, había asustado a los propios ejecutores que, sin comprender que el espanto provenía de ellos mismos, escaparon y desaparecieron en las sombras.
     Me quedé solo ante el cuerpo con los dos gendarmes, a quienes su deber retenía a mi lado.
     Alzaron aquella carne magullada, molida, sangrante.
    «Hay que registrarlo», les dije.
    Y les tendí una caja de cerillas que llevaba en el bolsillo. Uno de los soldados alumbraba al otro. Yo estaba de pie entre los dos.
     El gendarme que manejaba el cuerpo declaró:
     «Vestido con una blusa azul, una camisa blanca, un pantalón y un par de zapatos.»
     La primera cerilla se apagó; encendieron la segunda. El hombre prosiguió, volviendo los bolsillos.
     «Un cuchillo de asta, un pañuelo de cuadros, una petaca, un trozo de bramante, un pedazo de pan.»
     La segunda cerilla se apagó. Encendieron la tercera. El gendarme, tras haber palpado un buen rato el cadáver, declaró:
     «Nada más.»
     Yo dije:
     «Desnúdenlo. Quizá encontremos algo junto a la piel.»
     Y, para que los dos soldados pudieran actuar al mismo tiempo, me puse yo mismo a alumbrarles. Los veía al resplandor rápido y pronto extinguido de la cerilla quitar las ropas una a una, dejar al descubierto aquel sangriento paquete de carne aún caliente y muerta.
     De pronto uno de ellos balbució:
     «¡Caray! Mi comandante, ¡es una mujer!»
     No podría decirles qué extraña y punzante sensación de angustia me invadió el corazón. No podía creerlo, y me arrodillé en nieve, ante aquella papilla informe, para ver: ¡era una mujer!
     Los dos gendarmes, confundidos y desmoralizados, esperaban que yo emitiese una opinión.
     Pero yo no sabía qué pensar, qué suponer.
     Entonces el sargento pronunció lentamente:
     «A lo mejor venía buscando a su hijo que era soldado de artillería y del cual no tenía noticias.»
     Y el otro respondió:
     «A lo mejor, sí, puede ser.»
     Y yo, que había visto cosas muy terribles, me eché a llorar. Y sentí, ante aquella muerte, en aquella noche helada, en medio de aquella llanura negra, ante aquel misterio, delante de aquella desconocida asesinada, lo que significa la palabra «Horror».
     Ahora bien, he tenido la misma sensación, el pasado año, al interrogar a uno de los supervivientes de la misión Flatters, un tirador argelino.
     Conocen ustedes los detalles de ese drama atroz. Hay uno, empero, que quizás ignoren.
     El coronel iba al Sudán por el desierto y cruzaba el immenso territorio de los tuareg, que son, en ese océano de arena que va del Atlántico a Egipto y del Sudán a Argelia, una raza de piratas comparable a los que antaño asolaban los mares.
     Los guías que conducían la columna pertenecían a la tribu de los chambaa, de Uargla.
     Ahora bien, un día montaron el campamento en pleno desierto, y los árabes declararon que, como el manantial estaba aún un poco más lejos, irían a buscar agua con todos los camellos.
     Un solo hombre previno al coronel de que lo traicionaban; Flatters no lo creyó y acompañó al convoy con los ingenieros, los médicos, y casi todos sus oficiales.
     Fueron asesinados junto al manantial, y todos los camellos, capturados.
     El capitán del puesto árabe de Uargla, que se había quedado en el campamento, tomó el mando de los supervivientes, espahís y tiradores, e iniciaron la retirada,
abandonando bagajes y víveres, por falta de camellos para llevarlos.
     Iniciaron, pues, la marcha por aquella soledad sin sombras y sin fin, bajo un sol devorador que los abrasaba de la mañana a la noche.
     Una tribu acudió a someterse y trajo dátiles. Estaban envenenados. Casi todos los franceses murieron y, entre ellos, el último oficial.
     Sólo quedaban unos cuantos espahís, como el sargento Pobéguin, a más de los tiradores indígenas de la tribu chambaa. Tenían aún dos camellos, pero desaparecieron una noche con dos árabes.
     Entonces los supervivientes comprendieron que iban a tener que devorarse entre sí y, en cuanto descubrieron la huida de los dos hombres con los dos animales, los que quedaban se separaron y echaron a andar uno a uno por la blanda arena, bajo la cruel llama del sol, a mayor distancia que la de un tiro de fusil.
     Caminaban así todo el día, levantando en cada lugar, en la extensión quemada y llana, esas columnitas de polvo que señalan desde lejos a quienes marchan por el desierto.
     Pero una mañana uno de los viajeros se desvió bruscamente, acercándose a su vecino. Y todos se detuvieron a mirar. El hombre hacia el cual marchaba el soldado hambriento no huyo, sino que se tumbó en el suelo, y apuntó hacia el que llegaba. Cuando lo creyó a buena distancia, disparó. No le dio al otro, que siguió avanzando y después, encarando a su vez, mató a su camarada.
     Entonces los demas acudieron de todo el horizonte a buscar su parte. Y el que había matado, descuartizando al muerto, lo distribuyó.
     Se espaciaron de nuevo aquellos aliados irreconciliables, hasta que el próximo asesinato los aproximara.
     Durante dos días vivieron de la carne humana repartida. Después reapareció de nuevo el hambre, y el primero que había matado mató otra vez. Y otra vez, como un carnicero, cortó el cadáver y lo ofreció a sus compañeros, quedándose sólo con su ración.
     Y así continuó esta retirada de antropófagos.
     El último francés, Pobéguin, murió asesinado a orillas de un pozo, la víspera del día que llegaron los auxilios.
     ¿Comprenden ustedes ahora qué es lo que yo entiendo por Horrible?
     Esto es lo que nos contó, la otra noche, el general de G...

sábado, 10 de agosto de 2019

Antología de cuentos musicales: 14. Un servicio de amor

Hace poco leí un micro ensayo de Julio Torri. En él, con una economía de palabras envidiable, nos decía que: «La facultad creadora florece rara y maravillosamente. Cuando el artista flaquea, entrega sus armas a sus hermanos, en la más heroica de las acciones humanas.» Es decir, el artista debe volverse maestro cuando su capacidad de trabajo creativo se va apagando. Hasta ese momento ha recorrido —las más de las veces— un largo camino de aprendizaje y descubrimiento y es entonces cuando puede justamente enseñar eso. El siguiente cuento no trata tal cual sobre la enseñanza artística, pero sí toca una dimensión de ella. Me gusta pensar que la heroína del texto, Delia, no encuentra estudiantes justo porque no ha tocado el cénit de su trabajo artístico. Derivado de ello, de su amor por Joe y de la premisa que el cuento nos ofrece desde su primera línea, O. Henry no da una bella (y tal vez para el gusto actual, cursi) historia de sacrificio y amor. El motivo del sacrificio por amor fue visitado abundantemente en la obra de Henry —está, por ejemplo en El regalo de los reyes magos, quizá su obra más reconocida.
La vida de nuestro escritor bien podría ser uno de sus cuentos, se le acusó de malversación en el banco donde trabajan, huyó del país y se refugió en Latinoamérica, fruto de su exilio hay un racimo de narraciones ambientadas en un imaginario país latino.
A pesar de ser un legítimo clásico de la literatura norteamericana, es a vez un buen ejemplo de modernidad; prueba de ello es este cuento que comienza siendo autoreflexivo; nos ofrece desde el primer párrafo la cifra de su estructura y propósito. Bien visto, su introducción es quizá innecesaria, pero también es indudable que es una formidable muestra de la concepción que se debe tener de la literatura: la noción de su impostura y la voluntad del autor de dotar de fuerza expresiva un mentira real.

     Cuando uno ama su Arte, ningún servicio parece demasiado penoso.
     Tal es nuestra premisa. Este cuento sacará de ella una conclusión y mostrará al mismo tiempo que la premisa es incorrecta. Eso será una novedad en el campo de la lógica, y una hazaña más vieja que la Gran Muralla China en el arte de contar historias.
     Joe Larrabee salió de las llanuras del Medio Oeste desbordando genio para el arte pictórico. A la edad de seis años hizo un dibujo de la bomba de agua de la ciudad, incluyendo a un prominente ciudadano que pasaba descuidadamente por allí. Esta hazaña artística fue enmarcada y expuesta en la vitrina de la farmacia junto a una mazorca de maíz con un número non de hileras de granos. A los veinte, Joe partió para Nueva York, su corbata agitada por el viento y un humilde capital bien ceñido al cuerpo.
     Delia Caruthers hacia cosas en seis octavas (1) tan promisoriamente, en un pueblecito de pinos en el Sur, que sus parientes contribuyeron con lo suficiente para que pudiera ir "al Norte" y "terminar." No pudieron ver cómo... pero ésa es nuestra historia.
     Joe y Delia se conocieron en un atelier donde se habían reunido estudiantes de arte y de música para discutir sobre el claroscuro, Wagner, las obras de Rembrandt, pintura, Waldteufel, el empapelado de las paredes, Chopin, Oolong.
     Joe y Delia se enamoraron el uno del otro, o cada uno del otro, como el lector lo prefiera, y se casaron al poco tiempo... porque (véase más arriba) cuando uno ama su Arte ningún servicio parece demasiado penoso.
     El señor y la señora Larrabee instalaron su hogar en un departamento. Era un departamento solitario... algo así como el la sostenido en el extremo izquierdo del teclado. Y se sentían felices porque tenían su Arte y se tenían el uno al otro. Y mi demanda al joven rico es: vende todo lo que tengas y dáselo al pobre... conserje, por el privilegio de vivir en un departamento con tu Arte y tu Delia.
     Los que viven en departamentos estarán de acuerdo conmigo en que la suya es la única felicidad auténtica. Si un hogar es feliz, no importa su pequeñez; tanto da que el tocador se derrumbe y se transforme en una mesa de billar, que la repisa de la chimenea se convierta en un aparato de gimnasia, el escritorio en una alcoba para huéspedes y el lavabo en un piano vertical. Tanto da que las cuatro paredes se junten si les place, con tal de que usted y su Delia esten entre ellas. Pero si el hogar es del tipo opuesto, no importa que sea ancho y largo: el lector puede entrar por la Puerta de Oro de San Francisco, colgar su sombrero en el Cabo Hatteras, su capa en el Cabo de Hornos y salir por el Labrador.
     Joe pintaba en la clase del Gran Maestro... cuya fama habrá llegado ya al conocimiento del lector. Sus honorarios son elevados y sus lecciones fáciles; su fácil elevación* lo ha hecho célebre. Delia estudiaba con Rosenstock: el lector ya tambien conocerá su bien ganada reputación como perturbador del teclado.
     Joe y Delia fueron felices mientras les duró dinero. Lo mismo sucede con todos... pero no deseo ser cínico. Sus objetivos eran claros y definidos. Muy pronto Joe seria capaz de pintar cuadros que viejos caballeros de finas patillas y gruesas carteras se disputarían a guantadas en su estudio. Delia debía familiarizarse con la música y luego mostrarse desdeñosa con ella; a tal extremo que, cuando las plateas de la orquesta y los palcos estuvieran sin vender, pudiera negarse a salir al escenario, por tener dolor de garganta y langosta en un reservado de restaurante. 
     Pero lo mejor, en mi opinión, era la vida hogareña en el pequeño departamento: las vehementes y animadas conversaciones después de la jornada de estudio, las acogedoras cenas y los refrescantes y ligeros desayunos, el intercambio de ambiciones —ambiciones entretejidas con las del otro, ya que de lo contrario serían inconcebibles—, la ayuda e inspiración mutuas y —perdóneseme la procacidad—, las aceitunas rellenas y los emparedados de queso a las once de la noche.
     Pero conforme pasó el tiempo el Arte arrió banderas. Eso ocurre a veces, aunque no haya una guardia encargada de hacerlo. Todo salía y nada entraba, como dice el vulgo. Faltaba el dinero para pagarle al Señor Maestro y a Herr Rosenstock. Cuando uno ama su Arte, ningún servicio parece ser démasiado duro. Por lo tanto, Delia anunció que daría lecciones de musica para surtir la olla.
     Durante dos o tres dias salió a buscar alumnos. Una noche volvió a casa, exaltada y triunfante.
     —Joe, querido —dijo alegremente—, tengo una alumna. ¡Y qué alumna tan encantadora! Es la hija del general... del general A. B. Pinkney... de la Calle 71. ¡Qué casa más espléndida, Joe! ¡Si vieras la puerta de la entrada!— Yo diría que es de estilo bizantino. ¡Y el interior! ¡Oh, Joe, nunca he visto algo semejante! Mi alumna es hija del general, Clementina. Ya siento aprecio por ella. Es un ser delicado. Y viste siempre de blanco. ¡Y qué modales tan encantadores y sencillos! Apenas tiene dieciocho años. Le voy a dar tres lecciones semanales ¡Imaginate, Joe! ¡Cinco dólares la lección! Pero eso no me importa; porque cuando haya conseguido dos o tres alumnos más, podré reanudar mis lecciones con Herr Rosenstock. Vamos, no quiero ver
más esa arruga entre tus cejas, querido; cenemos algo sabroso.
     —Eso está muy bien en lo que a ti se refiere, Delia —dijo Joe, abriendo una lata de arvejas con un cuchillo de trinchar y una pequeña hacha— Pero... ¿y yo? ¿Crees que permitiré que te esfuerces ganando dinero mientras yo coqueteo con las regiones del arte superior? ¡No, te lo juro por los huesos de Benvenuto Cellini! () Quizá podría vender periódicos o empedrar las calles y traer un par de dólares.
     Delia se acercó y se le colgó del cuello.
     —Querido Joe, eres un bobo. Debes continuar con tus estudios. Lo que te dije no significa que haya abandonado mi música o que me dedique a otra cosa. Mientras enseño, aprendo. Siempre estoy con mi música. Y podemos vivir tan felices como millonarios con quince dólares semanales. No debes pensar siquiera en abandonar al Señor Maestro
     —Está bien —dijo Joe, tendiendo la mano hacia el platito azul de las verduras. Es que me duele que des lecciones. Eso no es Arte. Pero eres adorable al aceptar hacerlo.
     —Cuando uno ama su Arte, ningún servicio le parece demasiado penoso —dijo Delia.
     —El Maestro elogió el cielo de ese boceto que hice en el parque —contó Joe—. Y Tinkle me autorizó a colgar dos cuadros en su escaparate. Quizá venda uno si los ve el tipo adecuado de imbécil con dinero.
     —Estoy segura que lo venderás —dijo Delia, dulcemente. Y ahora, demos gracias a Dios por el general Pinkney y por este asado de ternera.
     Durante toda la semana siguiente los Larrabee se desayunaron temprano. Joe estaba entusiasmado por unos bocetos con efectos matinales que pintaba en Central Park, y Delia lo mandaba para allá desayunado, mimado, elogiado y besado a las siete de la mañana. EI Arte es un absorbente seductor. Por lo regular, Joe volvía a casa a las siete de la tarde.
     Al terminar la semana, Delia, con reservado y lánguido orgullo, arrojó victoriosamente tres billetes de cinco dólares sobre la mesa de dos por tres decímetros que ocupaba el centro de la sala de dos por tres metros del departamento.
     —En ocasiones, Clementina me desespera —dijo, mostrando cierta flojera—. Temo que no practica lo suficiente y tengo que repetirle las mismas cosas con frecuencia... Además, siempre viste totalmente de blanco y eso resulta monótono. ¡Pero el general Pinkney es un viejo encantador! Ojalá pudieras conocerlo, Joe. A veces entra cuando estoy con Clementina en el piano. Es viudo, ¿sabes? Y se queda parado allí, acariciándose la piocha blanca. ¿Y cómo van las corcheas y las semicorcheas (2)?, pregunta siempre. ¡Si vieras el revestimiento de madera de la sala, Joe! ¡Y los cortineros! ¡Y Clementina tiene una tosecilla tan cómica! Espero que sea mas sana de lo que parece. ¡Oh, me estoy encariñando con ella! ¡Es tan gentil y tan educada! El hermano del general Pinkney fue embajador en Bolivia.
     Entonces Joe, con los aires de un Montecristo, sacó un billete de diez dólares, otro de cinco, otros de dos y otro de uno —todos de valor legal y corriente— y los depositó junto a las ganancias de Delia.
     —He vendido la acuarela del obelisco a un individuo de Peoria* —dijo, con tono avasallador.
     —Déjate de bromas —dijo Delia—. ¿De Peoria, nada menos?
     —Como lo oyes. Ojalá lo hubieras visto, Delia. Un hombre gordo de bufanda de lana y que usaba una pluma de pájaro como palillo de dientes. Vió el boceto expuesto en el escaparate de Tinkle y por un momento creyó que era un molino de viento. Pero se portó bien y lo compró de todos modos. Y me encargó otro: un óleo de la estación de carga de Lackawanna. Quiere llevárselo. ¡Lecciones de música! Oh, creo que aun en eso está el Arte.
      —¡Cuánto me alegro de que hayas seguido trabajando en tus cuadros! —dijo Delia, de todo corazón—. Estás destinado a vencer, querido. ¡Treinta y tres dólares! Nunca tuvimos tanto dinero para gastar. Esta noche cenaremos ostras.
     —Y filete miñón con champiñones —dijo Joe— ¿Dónde está el tenedor para las aceitunas?
     El sábado siguiente por la noche, Joe fue el primero en llegar al departamento. Extendió sus dieciocho dólares sobre la mesa de la sala y lavó lo que parecía ser una notoria cantidad de pintura oscura de sus manos. Media hora después llegó Delia, con la mano derecha envuelta en una masa informe de tiras y vendajes.
     —¿Qué te ha sucedido? —preguntó Joe, después de los saludos usuales.
    Delia se echó a reír, pero sin mucha alegría.
    —Clementina insistió en comer una tostada con queso y cerveza después de la lección —explico—. Es una niña tan extraña. ¡Tostadas con queso y cerveza a las cinco de la tarde! ¡Imagínate! El general estaba allí. ¡Lo hubieras visto correr en busca del tostador, Joe, como si no hubiera una sola criada en toda la casa! Sé que la salud de Clementina es delicada. ¡Es tan nerviosa! Al tomar la tostada dejó caer buena parte de ella, hirviendo aun, sobre mi mano y mi muñeca. Me dolió horriblemente, Joe. ¡La pobrecita se apenó tanto! Pero el general
Pinkney... ¡Joe, el viejo enloqueció! Se precipitó al piso de abajo y mandó a alguien —al hombre que atendía la caldera o no sé a quien del sótano— auna farmacia, para que trajera un poco de ungüento y vendajes. Ahora ya no me duele tanto.
     —¿Qué es esto? —preguntó Joe, tomándole con ternura la mano a Delia y tirando de unas hebras blancas que estaban debajo de los vendajes.
     —Es algo blando que tenía ungüento encima —dijo Delia— Oh, Joe... ¿Vendiste otro boceto?
     Había visto el dinero encima de la mesa.
     —¿Qué si lo vendi? —replicó Joe—. Pregúntaselo al hombre de Peoria... Hoy tuvo su estacio de carga y aunque no está seguro aún, es probable que me pida otro paisaje y una vista del Hudson. A qué hora de la tarde te quemaste la mano, Delia?
     —Creo que eran las cinco —respondió quejumbrosamente—. La plancha... quiero decir, la tostada, fue retirada del fuego a esa hora. Valía la pena ver al general Pinkney Joe, cuando...
     —¿Qué has estado haciendo durante estas últimas dos semanas, Delia? —quiso saber él.
     Delia afrontó valerosamente la situación durante unos instantes, con ojos llenos de amor y obstinación y murmuró un par de frases vagas sobre el general Pinkney; pero, al fin, bajó la cabeza y brotaron las lágrimas y la verdad.
     —No conseguía alumnos —confesó—. Y no podía soportar la idea de que abandonaras tus lecciones. Por eso conseguí trabajo como planchadora de camisas en esa lavandería de la Calle 24. Y creo que inventé muy bien al general Pinkney y a Clementina, ¿verdad, Joe? Y cuando una muchacha de la lavandería, esta tarde, apoyó una plancha caliente sobre mi mano, dediqué todo el trayecto hasta aquí en inventar esa historia de la tostada. No estás enojado, ¿verdad, Joe? Si yo no hubiera conseguido ese trabajo, tú no habrías podido venderle tus bocetos al hombre de Peoria.
     —No era de Peoria —dijo Joe, lentamente.
     —Bueno, igual da. ¡Qué inteligente eres, Joe! Pero... bésame, Joe... Y... ¿qué te hizo sospechar que yo no daba lecciones de música a ninguna Clementina?
     —No sospeché nada hasta esta noche —respondió él—. Y no habría sospechado nunca. Pero esta tarde mandé desde el cuarto de máquinas esa estopa y ese ungüento para una muchacha que se había quemado la mano con una plancha en el piso de arriba. He estado alimentando la caldera de esa lavandería durante las últimas dos semanas.
     —De manera que tú no...
     —Tanto mi comprador de Peoria como el general Pinkney son creaciones del mismo arte —dijo Joe—. Pero es un arte que no llamaría música ni pintura.
     Y entonces ambos se echaron a reír y Joe comenzó:
     —Cuando uno ama su Arte, ningún servicio parece...
     Pero Delia lo interrumpió, poniéndole la mano sobre los labios.
     —No —dijo—. Di solamente: "Cuando uno ama".

* Juego de palabras intraducible: High: elevado; Light: fácil, ligero; Highlights: Hechos notables, acontecimientos sobresalientes [Nota del Traductor].

* Ciudad de Illinois, considerada en el folklore popular americano como la quintaesencia de los Estados Unidos, y por ende, sus habitantes, el americano típico [N. del T].

Notas
. Benvenuto Cellini fue un escultor, orfebre y escritor del renacimiento italiano. Quizá la referencia que se hace de él se vincula a su trabajo como acuñador de monedas.

Notas musicales

1. 6/8, o compás de seis octavos (as). Es un compás usual en la música sureña de USA. Sobre todo en música festiva y danzas. Consiste, como su nombre lo dice, en una subdivisión del compás en dos grupos de tres octavas, con un acento fuerte seguido de dos débiles, suele ser rápido para dar la sensación de un paso largo con uno corto, pues el motivo rítmico más común es de negra y corchea.

2. Las corcheas (1/8 o llamada octava) semicorcheas (1/16 o llamada diez y seisavo) son dos unidades de medida temporal de notas o sonidos.

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