domingo, 29 de marzo de 2020

2. La fea

Pedro Antonio de Alarcón es un autor español de mediados del siglo XIX. Se desempeñó muy bien como novelista y cuentista; también es conocido por las memorias que escribió de su experiencia militar en África —que espero leer algún día—, menos conocidos son sus ensayos y su obra periodística, que tuve la oportunidad de leer en una selección de una vieja edición española que compré en la feria del libro antiguo y de ocasión 2020, cerca de bellas artes. 
Recojo este curioso ensayo taxonómico a propósito de la fealdad en la mujer, que hacia el final toma más el cariz de radiografía del alma de quienes están en esta situación.



AUTOPSIA 

—¡Creo en el diablo...!
—¡Y yo en Dios...!
Ambos estaban en su papel.
(BALZAC.) 

I

     En la dilatada familia de las feas, lo mismo que en todas las especies clasificadas por los naturalistas, hay un arquetipo, un ejemplar de pura sangre, un modelo ideal, figura clásica en su género, como lo son, en otro orden de materias, la Venus de Milo o el bacalao de Escocia. 
     Este dechado es el que nos proponemos estudiar hoy; y, para encontrarlo, imitaremos a Linneo (1). 
     Primeramente: hay fea natural y fea accidental.
     Fea natural es la destinada y preparada ab initio (desde el principio) por el Creador para mártir. 
     Fea accidental es la que, por resultas de las viruelas o de una epilepsia se vuelve fea después de nacer. Esta fealdad casual no imprime carácter; es un error de la fortuna, como la riqueza de ciertos hombres. 
     Por consiguiente, la fea natural es la genuina, dado que trae en el alma todo lo que no trae en el cuerpo: es decir, dado que la Naturaleza, siempre próvida, la ha dotado de un alma de fea
     Subdivídese en graciosa y sin gracia
     La fea natural graciosa no tiene tampoco mérito alguno. La gracia es una segunda belleza, que suple por la primera, y que a veces la aventaja, neutralizando los efectos de la fealdad.
     La fea natural sin gracia se acerca ya a la perfección del tipo, pero todavía se divide en discreta y en tonta
     La fea natural sin gracia, tonta, no existe en realidad; mas, cuando se da este fenómeno, acontece que las cualidades se desvirtúan mutuamente, produciendo un resultado neutro. —Lo probaremos en pocas palabras. La tontería de la fea no es más que un velo de ilusión colocado ante sus ojos, mediante el cual se ve bonita y atribuye a respeto el desvío de los hombres, propalando que no quiere casarse: ¡cosas todas que la infeliz se cree a puño cerrado! —Esta variedad híbrida, estéril y pedantesca, en que no obra el espíritu corrosivo de la fealdad, y que pasa la vida en un anticipado Limbo, abunda poco en las naturales, siendo muy común en las accidentales
    Por el contrario, la fea natural sin gracia, discreta; la fea consciente, la fea lúcida; la fea convencida de que lo es, casi realiza ya el ideal trágico y sublime que vamos buscando.
     Pero aun puede perfeccionarse más la especie, haciendo una cuarta clasificación en rica, pobre y de la clase media
     La fea natural sin gracia, discreta, rica no existe para la fisiología moral. —Fea y rica no puede ser. —El oro es la luz y la luz disipa las tinieblas. —La fealdad, ceñida con la aureola de D. Félix Utroque (2), se convierte en hermosura: quiero decir, es adulada, festejada, mimada, acariciada por los codiciosos... —¡La fea rica se casa e ipso facto degenera, se frustra, se malogra! —Convengamos en que no hay ricas feas
     Fea natural sin gracia, discreta, pobre, es ya demasiado decir. —Pobre equivale a fea. —(Hablo de las pobres de solemnidad.) —Los harapos, la suciedad, el mal olor, la miseria en todos sus dolorosos aspectos, constituyen fealdad por sí
mismos. —Además, las bocas con hambre nunca son bellas... La lástima es enemiga del amor. Esto, en cuanto al que las ve. En lo que toca a las mismas pobres, creed que no padecen casi ninguna de las especialísimas penas inherentes a la deformidad. ¡Cuando se piensa en el estómago se olvida el resto!— Por otra parte: la fealdad evita tormentos a la pobreza, dado que libra de pretendientes y de ambiciones a las doncellas menesterosas, eximiéndolas también de los peligrosos refinamientos de gusto que proporciona la educación. —O, lo que es lo mismo: les evita la infamia, la envidia y hasta mucha parte de la conciencia de su desventura; con lo que el tipo queda desnaturalizado.
     ¡Henos, pues, ya enfrente de nuestra heroina, o sea de la fea natural sin gracia de la clase media!
     ¡De la clase media...! —¡Pesad esta última circunstancia! ¡Ni noche ni día! ¡Siempre crepúsculo! ¡Agonía eterna! (3)

II

La fealdad es necesaria, sin fealdad no hay belleza: donde todo es igual, nada es sublime: de la comparación brota el mérito: si todas las mujeres que hay sobre la tierra fuesen Helenas, Frinés o Cleopatras (4), se buscaría una fea como inapreciable joya, o mejor dicho, lo feo sería entonces lo hermoso.
     A más de esto (ya lo hemos indicado), la fea nata, que es como si dijéramos la fea innata, recibe en el vientre de su madre un alma hermosa, sensible, rica de ingenio y de abnegación...
     No desconocemos que después estas almas de fea son torcidas, escépticas, lúgubres, desconfiadas... ¡Pero es que la sociedad las vicia! ¡La fea que no sea santa tiene que ser diablo!
     Mas conseguid meteros alguna vez en el corazón de una fea; atravesad con vuestro afecto o vuestra compasion aquellas cortezas de desengaños, aquellas cicatrices de desprecio, aquellas escorias de decepciones, y encontraréis el más puro oro, las más celestiales lágrimas.

III

     Nace la fea. Todos le ponen mala cara: el padre retrocede, la madre se abochorna; después la compadece; finalmente la oculta... ¡No está orgullosa de su hija...! Acaso teme también que diga alguna comadre: —¡Vecina! ¡Cómo se parece a usted!
     A la hijastra de la Naturaleza se la cree indigna de un nombre francés o italiano; se llamará (nada de Julia, nada de Eduarda, nada de Isolina, nada de Amelia) Anselma, Bonifacia, Cuasimoda o cosa de este jaez.
     Los primeros años de la fea están descritos admirablemente por Honorato Balzac en aquellos tipos relegados, encogidos, tímidos, dolientes, víctimas de la doméstica tiranía y juguetes de la cruel hermosura, que figuran en muchas de sus obras...
     Y aquí debemos advertir que hay feas de ¡Jesús!, de ¡Jesús, María! y de ¡Jesús, María y José! 
     Esta última (que es aquella que no tiene nariz, o que la tiene de a tercia, y que es bizca, y jorobada, y coja, y cuyos dientes cuelgan fuera de los labios como los colmillos del elefante) vive libre y exenta de las mortales dudas, de los crueles engaños y de otros sinsabores propios y privativos de la fea perfecta, de la fea por antonomasia. Un monstruo no es mujer. Su desventura causa general compasión, y esto le basta al ariste aborto que hemos descrito.
     La primera (que, sin ser hermosa, ni tan siquiera pasable, llega a pasar alguna vez, o porque tropieza con un hombre de gusto enrevesado, o porque algún filósofo dispensa lo grotesco del dibujo en gracia de la buena calidad, o buenas cualidades, del género), la fea de ¡Jesús!, digo, no merece tampoco que hablemos de ella.
     La de ¡Jesús, María!, es la fatal, la predestinada, la elegida del infortunio, la víctima de los dioses...! Otra vez el ¡término mеdio!
     Desgarbada, verde, larga de piernas y brazos, con el cuello de agarrotada, las manos huesosas, la mirada repugnante, aunque impregnada de cierta melancolía, la boca inútil para la risa —meteoro fisonómico que en ella es una atroz descomposición—, sin armonía en las facciones, con la boca algo distante de la nariz, con la nariz demasiado cerca o demasiado lejos de los ojos, con los dientes dislocados, con las orejas un poco grandes... ¡Hela ahí!
     Es hábil, ingeniosa; ella sola se ha enseñado a leer, a escribir, a coser, a bordar, a hacer calceta, a picar papel y a fabricar dulces, flores de trapo y otras manufacturas primorosas.
     Sabe religión y moral; tiene todo el almanaque en la memoria y el Flos sanctorum (5) en la punta de los dedos; conoce muchos cuentos de vieja y es muy beata.
     No hay para qué deciros que todas estas habilidades son nuevas ridiculeces a los ojos de sus hermanos, de sus amigos y de todo el mundo, excepto a los de su madre.
     Su madre le tiene un rencoroso amor, una profunda lástima; comprende su situación y adivina su porvenir... La esconde, pues, la protege, y al cabo de cierto tiempo la quiere más que a todos sus hijos... ¿Sabéis por qué? ¡Porque la feroz hermosura no llega nunca a la santa abnegación de la fealdad, y la abnegación de los hijos es la felicidad de los padres! Fuera de que ya ha dicho Luis Eguilaz (6), con muchísima razón, que:

Siempre el padre quiere más
Al hijo que vale menos.

     Una fea no tiene amor propio. ¡He aquí la fuente de mil virtudes!
     Durante su niñez, la sin ventura no cambiaría sus habilidades y su talento por la estúpida belleza de sus hermanas... ¡Aun no sabe lo que le espera! ¡Aun no conoce el amor...!
     Así llega a los catorce años.
     Y aquí principia el poema del alma; aquí principia la tragedia del corazón; aquí principia el martirio de la fea.

IV 

     Es de noche. 
     Estamos en un baile de confianza de cualquier ciudad subalterna; en uno de esos bailes improvisados que empiezan los domingos por la tarde, después de tal o cual procesión religiosa. 
     Un velón de cuatro mecheros, fabricado en Lucena, alumbra la sala principal de la casa del alcalde. El barbero de éste toca la guitarra en un rincón, y diez o doce señoritas, vestidas con trajes de lana y sin guantes ni prendidos, forman la femenil constelación del sarao. Son hijas de lo mejor, de lo principalito del pueblo. Quince o veinte jóvenes las están bailando hace dos horas. El júbilo es inmenso, la media luz favorable, el vals loco, rápido, juguetón... Ya se atropellan, ya se caen... Las esteras de esparto tienen esta ventaja. 
     Las madres, sentadas al brasero en un gabinete contiguo, velan hasta cierto punto por la inocencia de sus hijas. 
     Casi todas las muchachas allí reunidas son agradables; algunas... hasta bonitas. 
     Hay una de éstas que sobresale entre las demás por su gracia y por su gallardía tanto como por su hermosura. Todos desean bailar con ella... Es una de esas beldades que dondequiera triunfan, avasallan y dominan... 
     En cambio, hay en un rincón  cierta joven que todavía no ha bailado ni una sola vez. 
     ¡Es la fea
     Desde allí acecha, mira, devora.
     ¿Por qué no la sacan a ella.…? ¿Por qué no le dicen aquellas tonterías tan deliciosas que alegran a las demás? ¿Por qué no se sientan los galanes a su lado? 
     ¡Qué bello es aquel joven! ¡Qué grato será ir en sus brazos empujada por la música! 
     ¡Ah! Se acerca a ella... La mira con lástima... 
     ¡Oh, nuevo puñal! ¡La compasión (7) solamente, o una recomendación de la señora de la casa, lo impulsa hacia aquel sitio...! 
     Ya llega..., y, en efecto, la saca a bailar.
     Pero ¡cuán levemente coge su talle! ¡Su talle, que tiembla de placer! Apenas toca su mano... ¡Qué frialdad! ¡Está haciendo una obra de misericordia! 
     Y sin embargo, ¡ella tiene quince años y encierra más amor en su alma que olas amargas el Océano! 
     Y, a pesar de esto, ella agradece aquel nuevo insulto. ¡Ella ama a cuien la ha compadecido...! 
     ¡Si se atreviera a hablarle! 
     Pero está distraído... Tal vez fastidiado... 
     Se acaba el vals. ¡Todos se han reído de ella! 
     El que fue su pareja huyó sin saludarla. 
     Ahora todas tienen a su lado un galanteador..., un enamorado... 
     Ella está sola y callada, crispada y lúgubre, como el reo en el banquillo después de la ejecución. 
     ¡Y aquí terminan los placeres de su juventud! Ya no volverá a bailar en toda su vida. Esta vez... ha sido la primera y la última. 

V

     ¡Qué amable, qué política, qué complaciente es una fea
     ¡Y qué cruel es el hombre! ¡Ni una palabra, ni una mirada, ni un consuelo para la hijastra de la Naturaleza! 
     La deja consumirse de amor, de sed, de desesperación... y no le dice:  —"¡Generoso corazón, ensánchate! ¡Toma mi alma, que vale menos que la tuya!"
     Así se pasan los días de la juventud de la fea
     ¡Cuántas quimeras habrá forjado en su imaginación! 
     ¡De cuántos hombres se habrá enamorado! 
     ¡Cuántas veces se habrá consentido! 
     ¡Cuántas otras habrá querido morir! 
     —Doquier hay amor, goces, casamientos, hijos...! —habrá exclamado, loca de dolor—. ¡Para mí, nada! 
     Y luego las novelas..., ¡las novelas! Vedla tal vez convertida en poetisa. Pero ¡qué poetisa! Vedla, sí, envenenada, mordaz, perversa, diabólica, esgrimir una pluma y una lengua comparables a dos escorpiones.
     ¡Venganza! ¡Venganza! Su corazón ha muerto!
     ¡Infeliz lunar, infeliz defecto, infeliz debilidad, infelices todas las faltas que tenga la hermosura!
     La crítica, la murmuración, la calumnia, levantan sus bezas de serpiente...
     He aquí su grito de guerra: "¡Desprecio a los iombres! ¡Guerra al amor!"
     ¡Desdichada!
     "¡Viva la libertad, la independencia, el celibato!"
     ¡Qué ironía! ¡Sarcasmos sangrientos de un orgulo despedazado!
     Pero supongamos que no se ha vuelto poetisa...
     Tiene treinta años: ¡treinta siglos de amargura!
     A su alrededor todo es luz, ella sombra; todo melodía, ella silencio; todo vida, ella muerte.
     ¿Cómo no ha de renegar del mundo?
     ¿Qué le debe, sino dolor?
     ¡Cuántos ríos de lágrimas habrá derramado la infeliz en la soledad de su lecho!
     ¡Qué fiebres habrá sofocado en su corazón!
     ¡Qué horrorosas envidias habrán mordido las túnicas de su cerebro!
     ¡Qué violencia para disimular!
     ¡Qué torrentes de amor habrán corrido ocultos en lo más recóndito de su alma!
     ¡La mujer tiene que callar! —El hombre ansía y busca : la mujer ansía y sufre...
     La hez de la sociedad es a lo menos un refugio para el feo ávido de placeres.
     Pero la fea no encuentra postor en Constantinopla (8), ni lances de amor y fortuna en ninguna parte.
     Su única esperanza está en los fríos de la vejez.

VI

     ¡Respiremos!
     Ha llegado a los cuarenta años.
     La fea ha vuelto a ser un ángel.
     Es capaz de los sacrificios más heroicos.
     Cómo no se ama, es todo abnegación.
     ¡Es la mejor amiga... hasta de las mujeres!
     El mejor consuelo de los ancianos...
     La mejor confidente de los niños...
     ¡Y la mejor protectora de los mozos! A la edad que ya tiene, cobra un maternal afecto a los galanes de las muchachas nuevas; se deja llamar fea por ellos, y les ayuda en sus empresas amorosas, con tal que sean lícitas y honestas.
     Llora en los duelos de todo el mundo.
     Vuelve a amar su talento y explota sus habilidades de niña para subsistir. —¡Sus padres han muerto! iSus hermanos se han casado!
     Se hace querer por su docilidad, por su amable trato, por sus buenas costumbres, por su bondad exquisita.
     Se vuelve filósofa, pero filósofa cristiana.
     Aspira al cielo, donde no hay feas ni bonitas.
     Ama a Dios, porque sabe que para Dios su fealdad es un mérito.
     "¡Bienaventurados los que lloran", dijo el Salvador del mundo.
     Visita mucho las iglesias.
     Va a misa mayor a la catedral, si hay catedral, y, si no, a la colegiata, y, si tampoco hay colegiata, al templo más concurrido.
     Es jugadora.
     Algunas veces maestra de miga... (de amiga dicen los que hablan en toda regla).
     Viste muy obscuro.
     Cuenta mil aventuras amorosas de su juventud.
     Es muy atendida de los clérigos y de las madres de familia.
     Va de tertulia a la oración, a casa de las vecinas, y nadie va a su casa.
     Da días y no los recibe.
     Envejece sin haber vivido, como otoño sin primavera.
     Muere y nadie. la llora.
     El Evangelio le promete el cielo.

Guadix, 1853.
 



1. Carlos Linneo un naturalista sueco al que debemos el desarrollo de la Taxonomía y el sistema de clasificación binomal en latín de los animales.
2. El autor se refiere a una moneda acuñada por la casa borbona que tenía la leyenda: «In utroq Felix auspice deo»  [En uno y otro mundo felices bajo la mirada de dios].
3. Últimamente me he estado encontrando mucho con referencias a estados liminares; es interesante ver que nuestro autor señala como el caso más interesante en materia de fealdad el que queda justo en el centro. 
4. Helenas, Frinés o Cleopatras. Ha nombrado sistemáticamente los ejemplos clásicos más insignes de belleza. Helena habría sido la doncella más bella del mundo en su tiempo, por la cual se desata la guerra de Troya. Friné: «rana» (la s bien puede ser una errata), es el apodo de una prostituta boecia llamada Mnésareté, habría sido su proverbial belleza la que hizo que el escultor Praxíteles la usara de modelo para la representación de Afrodita, tal honor hizo que ella misma se comparara o dijera que su belleza era superior a la de la diosa. Por ese motivo iba a ser condenada a muerte, pero en el juicio (que estaba perdiendo), se dice que Praxíteles la desnudó (otras fuentes recogen que ella misma lo hizo) y argumentó que «no se podía negar al mundo de semejante belleza». finalmente fue absuelta. Por Cleopatra, es posible pensar que el autor se refería a la faraona egipcia que todos conocemos por la cultura popular, aquella que tiene un trágico final con el general romano Marco Antonio; pero esta Cleopatra en realidad no era el ejemplo de belleza que se supone que fue, su fama equívoca podría ser producto de la egiptomanía inglesa de fines de siglo, que habría difundido ese juicio apresurado; además por el contexto casi exclusivamente grecolatino que el autor maneja, es más factible pensar que se refiere bien a Cleopatra Boreanida, de quien los testimonios latinos alaban su belleza o bien a la Cleopatra esposa de Melagro, héroe griego que luchó contra los Curetes; otra mujer cuya belleza es celebrada.
5. Flos sanctorum: género literario medieval —del que sobresale La Leyenda dorada, de Santiago de la Vorágine—. Se trata de hagiografías medievales, cuya práctica se modificó desde la publicación de la biografía de Ignacio de Loyola, fundador de la Orden de Jesuita, escrita por Pedro de Ribadeneira.
6. Luis (de) Eguilaz fue un dramático español de mediados del siglo XIX, contemporáneo por lo tanto de Alarcón, por desgracia no pude localizar si la cita procede de la obra del autor, o habrá sido algo recogido oralmente por nuestro autor. 
7. A propósito de este pasaje —y sólo como curiosidad— transcribo esta frase de mi libreta de citas; sólo que por descuido no anoté el nombre del autor, de cualquier forma, me parece que viene bien: «La compasión es un sentimiento que degrada a quién le inspira
8. No he logrado descifrar el sentido de esta expresión, por lo que agradecería a cualquiera que pudiera ayudarme a entenderlo.

viernes, 27 de marzo de 2020

Arborescencias: frutos simbólicos y raíces secretas de los árboles

Escribir es mi manera de ordenar el pensamiento. Publicar es a penas un capricho ajeno a todo lo que atañe escribir. Incluso, siendo extremista, no distingo entre escritura y pensamiento. Por ello, sostengo, que, quien me lee, lee mi pensamiento. Esta es la razón por la que escribo una nueva entrada, algo sobre los árboles y el interés —científico, poético y abstracto— que me despiertan. Lo siguiente son mis apuntes, mis datos, observaciones y demás, despojados de la intensión ensayística, simplemente ordenados para mostrarme un fenómeno.

I. Del mar y el detrimento del árbol

Sin duda uno de los libros que más me ha sorprendido este año (2019) es Iconografía romántica del mar de W. H. Auden. Sus observaciones sobre el parteaguas que es el arte romántico con respecto al mar me ha hecho reflexionar bastante; ahora mismo leo El Mar, una obra híbrida de Jules Michelet sobre el mismo tema. Si mi memoria no me es infiel, Auden no menciona ni de lejos a Michelet a pesar de estar en gran sintonía con sus observaciones. Pero, lo que importa más que si Auden y Michelet coinciden, son estas líneas del segundo: «Por los eriales, se extiende, antes del mar, un mar previo de hierbas ásperas y bajas, helechos y brezos. Todavía a una legua, a dos leguas, se notan ya los árboles, enclenques, dolientes y ariscos, que anuncian a su modo por sus actitudes, iba a decir por sus ademanes extraños, la proximidad del gran tirano y la opresión de su resuello. Si no estuvieran presos por sus raíces, obviamente huirían; con la mirada al suelo y dando la espalda al enemigo, parecen estar justo a punto de salir, derrotados y desgreñados. Se doblan, se inclinan hasta el suelo, y al no poder hacer nada mejor, ahí clavados, se retuercen con el viento de las tempestades. En otras partes también, el tronco se achica y extiende sus ramas indefinidamente en el sentido horizontal. En las playas, las conchas disueltas levantan un fino polvo que va invadiendo, sepultando el árbol. Al cerrarse sus poros, faltándole el aire, se ahoga; pero conserva su forma y ahí se queda como árbol de piedra, espectro de árbol, sombra lúgubre que no puede desaparecer, cautiva en la muerte misma».
El cuadro descrito no es de los pocos donde se nos pinta una naturaleza costera corrupta (1) y (aunque Michelet no use colores) gris. Recuerdo especialmente lo descrito por Robert Louis Stevenson sobre el atalón de Farakawa en la geografía de las islas Pomontú que básicamente es un paraíso pútrido y las circunstancias para que un árbol pueda crecer son adversas: «El cocotero crece con exhuberancia en este solum austero; hunde sus raíces, hasta las aguas estancadas y turbias y levanta contra el viento su verde cabeza, pletórico de placer y salud. Sin embargo en su infancia tiene necesidad de una alimentación especial, y en muchas islas del bajo archipiélago se entierra al lado del árbol un trozo de galleta ¡y hasta un clavo oxidado!». El clavo funciona para proporcionar hierro a la planta y ayudarla en su crecimiento, hoy día, ya hay mejores métodos.
Pero, ¿qué relación existe entre las palmeras de las islas de los mares del Sur y los árboles de la costa bretona de Pornic? Es fácil advertir que los climas, las situaciones geográficas y la vegetación son dos mundos a parte. El común denominador es el Mar.
Las marismas bretonas y las islas pútridas de Pomontú comparten su odio natural por la vida. Claro que el hombre puede interceder en favor del árbol. Y lo hace. Lucha contra el mar, pero aún con su voluntad e inteligencia no es mayor rival que el árbol mismo.
Michelet habla del curioso fenómeno de petrificación dédrica que el agua y la arena provocan. El mar es una medusa despiadada. Sus fuerzas para transformar la madera son muchas, los trozos de tronco arrojados a las orillas de las playas; largamente tallados por las lenguas del agua por ejemplo.
El mar tormentoso cosecha al árbol y de nada valen las manos-raíces sujetando la tierra, después de, queda botado; vulgarmente, en algún rincón impropio, ha muerto. Él, mientras tanto, vuelve sobre sí y se olvida de todo.
Pocas fuerzas en la naturaleza son verdaderos peligros para el árbol; pero plagas y fuego no se comparan con el Mar.
Entonces, ¿es acaso el Mar el enemigo por excelencia del Árbol; una suerte de Dios despiadado e inconsciente?
Ofrezco mi punto de vista: sepulta un bosque con tierra; incéndialo y los árboles podrían derrotar esos sepulcros, renacer de sí mismos. Sepulta un bosque con agua salobre —ya ni de mar totalmente— y el ahogo será fatal.

1. Otra imágen interesante está en el tercer capítulo de la segunda parte de Lolita de Vladimir Nabokov. El autor describe: Finally, on a Californian beach, facing the phantom of the Pacific, I hit upon some rather perverse privacy in a kind of cave whence you could hear the shrieks of a lot of girl scouts taking their first surf bath on a separate part of the beach, behind rotting trees; but the fog was like a wet blanket, and the sand was gritty and clammy, and Lo was all gooseflesh and grit, and for the first time in my life I had as little desire for her as for a manatee. La pasión apagada de H. H. es reflejo de esos «rotting trees».

II. Irse por las Ramas, pensar desde el Árbol

La dimensión de los sueños, mejor dicho, del ensoñamiento, está emparentada con la copa del Árbol. En las modestas alturas de las ramas se piensan ideas que desafían la gravedad; quizá no llegan a la elevación que alcanzan los disparates de las aves, pero su belleza es suficiente para marear la mente y adormecerla.
Mas, antes de hablar de esas ideas, frutos suspendidos, hay que buscar las razones para subir al Árbol.
Elena Garro escribe esto en Andarse por las ramas:
«Encima del muro surgen las ramas de un árbol y Titina, sentada en una de ellas. Mientras tanto don Fernando habla, dirigiéndose a la silla vacía.
Don Fernando: Siempre haces lo mismo. Te me vas, te escapas. No quieres oír la verdad. ¿Me estás oyendo?
Titina (desde el árbol): Lo oigo, don Fernando.
[...]
Polito: Titina te oye y también te oigo yo.
Don Fernando: Se escapa, y lo peor de todo es que a ti también te enseña a irte por las ramas.
Titina (desde el árbol): Yo no creo que sea malo irse por las ramas...
Don Fernando (a la silla vacía): Irse por las ramas es huir de la verdad.»
Titina se ausenta de una realidad que Don Fernando trata de mantener cabal, censurando el juego, la poesía y el ensueño; luego esa sensatez comete la insensatez de hablarle a la ausencia. La de Titina es la primera razón para subir al Árbol: para escapar. Andarse por las ramas es fugarse del tedio y la cuadratura.
La segunda razón para subir al Árbol nos la ofrece Wolf Earlbruch en el cuento tanático El pato y la muerte:
«—¿Qué hacemos hoy?  —preguntó de buen humor.
—Hoy no iremos al estanque —exclamó el pato—. ¿Qué te parece si hacemos algo verdaderamente emocionante?
La muerte se sintió aliviada.
—¿Subirnos a un árbol? —preguntó burlonamente.»
El pato y la muerte después de bastantes paseos, divagan y lo que inicia como una broma termina en las alturas de un árbol. Irse por las ramas es fruto del ocio. La mente aburrida se pasea sin rumbo y va subiendo a cada pensamiento.
Pero, si bien las razones no son similares entre sí, al menos lo son las ideas que resultan del disparate de trepar entre el follaje. Garro continua:
«Titina: Las ramas son verdad. Polito, dile a tu papá que las ramas son verdad.
Polito: Sí, son verdes y sirven para columpiarse, papá.
Don Fernando: ¿Para columpiarse? Aquí se trata de tener los pies honestamente en el suelo...
Titina: Las ramas tienen los pies en el suelo.
Don Fernando: No respondas con sofismas, Justina.
Titina: No son sofismas. Las ramas tiene los pies en el suelo. Pero dígame, don Fernando, ¿el suelo dónde tiene los pies?
Don Fernando: ¡Qué idea tan atropella!
Polito: ¡Es cierto! ¿En dónde están los pies del suelo?
Titina: El suelo es la cáscara que cubre el mundo... y debe tener...
Polito: Entonces el suelo tiene los pies en el mundo.
Titina: ¡Claro! ¿Y el mundo dónde tiene los pies, don Fernando?
Don Fernando: ¡El mundo no tiene pies!
Polito: Entonces, ¿cómo se sostiene?
Don Fernando: El mundo gira en el espacio.
Titina: ¡El mundo baila un vals! ¿Ves qué hermoso, Polito? El mundo está bailando un vals. (Silba el Danubio azul.)»
No es de extrañarse que Titina coseche sus disparates en las ramas, allí crecen las flores, las frutas. Sus observaciones son periféricas, sólo también en la periferia de las ramas, lejos del tronco, podrían haber formas de mirar desde arriba el mundo, encontrarle una cara lateral.
Earlbruch continúa:
«El estanque se veía muy, muy abajo.
Ahí estaba, tan silencioso... y solitario.
"Así que eso es lo que pasará cuando muera", pensó el pato.
"El estanque quedará... desierto. Sin mí."
A veces la muerte podía leer los pensamientos.
—Cuando estés muerto el estanque también desaparecerá: al menos para ti.
—¿Estás segura? —preguntó el pato desconcertado.
—Tan segura como seguros estamos de lo que sabemos —dijo la muerte.
—Me consuela, así no podré echarlo de menos cuando...
—...hayas muerto. —terminó la muerte.
Le resultaba tan fácil hablar sobre la muerte
—¿Por qué no bajamos? —le pidió el pato un poco después—. Subido a los árboles se piensan cosas muy extrañas.»
De nuevo, pensamientos nacidos del vértigo vegetal. Pequeñas reflexiones, del alejamiento, porque andarse por las ramas es tomar distancia. ¿Hay peligro? Claro, la altura es contra natura, lamentablemente. Irse de rama en rama no puede ser forma de vida, porque busca lo ideal; las ramas crecen hacía el sol, y eso deslumbra, hace perder la noción y se corre el riesgo de caer. Todo lo que sube, tiene que bajar (si estuviera en el Árbol, diría: ¿Dónde es arriba y donde abajo?). También, cortar mucha fruta y mucha flor, llenarse las manos, puede terminar mal. Es cosa de cuidado, tal vez...
Algo más. Creo —siento, sobre todo— que leer es una sofisticación del andarse por las ramas. Están todos los elementos: uno se ausenta, uno se aleja, uno medita en las alturas y corta las flores, las frutas, a veces se descalabra en la cosecha, pero todo lo vale por esas delicias. No es de extrañarse que los libros sean producto del árbol, donde uno se anda por las ramas.

III. De Defoliaciones y el viento

Trepar la estatura del árbol tiene una contraparte, una que prefiero mirar con imparcialidad, porque es justo como se debe mira el curso natural de la existencia. Hay quienes piensan que vamos en un transito circular, hay otros que dicen que vamos en uno en espiral. Soy de los últimos, no veo una repetición o un paso por los mismos sitios; veo la prolongación de una curva infinita porque en ella se cumplen las dos cualidades de la existencia: unidad y variedad. La fuerza de la vida que está condenada a la muerte sólo puede jugar una carta. La vida se conserva en sí misma y es abono y semilla al mismo tiempo. Lo que digo no es una novedad, pero es el telón para fijarse en un punto de esa espiral, el momento en el que aquella vida que ha hecho su parte para la conservación de la misma, se abandona en —o es arrancada por— lo inevitable. Villiers de L'Isle-Adam abre su cuento Las hijas de Bienfilâtre con esta imágen: «A los padres; sin embargo, en algunas tribus de América se les persuade para que suban a un árbol, y luego se sacude dicho árbol. Si caen es un deber sagrado de cualquier buen hijo, como antiguamente entre los Messenitas, el de matarlo allí mismo golpes de tomahawk para ahorrarles los sufrimientos de su decrepitud. Si tienen fuerzas para agarrarse una rama, es que entonces aún sirven para la caza o la pesca, y se aplaza su inmolación.» Nuestro autor lo comenta para ilustrar un punto sobre las diferentes presentaciones de lo que son lo bueno y lo malo, que —citando a Pascal— son tan sólo una cuestión de latitud. Pero, además, hay una metáfora: la de las hojas caducas —figura que recorre todas las culturas—. El viejo trepado en el árbol no es un jóven soñando en alcanzar las estrellas o mirando las nubes pas(e)ar, es, en realidad, la hoja marchita del otoño, o la que ha sobrevivido al invierno y que se aferra para no caer. En La ley de la vida de Jack London, el viejo Koskoosh le dice a su hijo (que está a punto de abandonarlo en la tundra): «Está bien. Soy como la hoja del año pasado, que se aferra débilmente al tallo. Al primer soplo, caeré. Mi voz se ha vuelto como la de una vieja. Mis ojos ya no me muestran el camino de mis pies, y mis pies están pesados y estoy cansado. Está bien.» Hay un estoicismo agreste en este viejo que ha llegado a comprender esa Ley: «La veía ejemplificada en toda la vida. El desarrollo de la savia, el verde estallido de la yema del sauce, la caída de la hoja amarillenta: en esto sólo estaba narrada toda la historia.» El motivo es claro y el destino también. Koskoosh sería una carga para la tribu que viaja a una tierra más propicia durante el invierno; su sacrificio es abono, permite a los suyos andar sin él como lastre [¿acaso no es dura esa terrible ley?]. La Defoliación es patente en muchos ámbitos, irónicamente hasta en los muebles, tal cual escribe Pedro Antonio de Alarcón en Las ferias de Madrid: «como caen de los árboles las hojas secas, para abonar la tierra que embellecieron y sombrearon, y cooperar al florecimiento de otra primavera futura, así los trastos viejos de las ferias de Madrid se desprenden, todos los otoños, de los sotobacos y buhardillas de la corte y se convierten en lúgubres mueblajes para casas de huéspedes, o en ajuares de media tijera para matrimonios nuevos. —Tal es la ley universal de lo creado.» Esto no puede ser todo. Me niego a que sea así, y como toda ley tiene su laguna, he de hablar de la esterilidad. Las hojas que cumplen el ciclo son las más, las suficientes, pero no son el total. Hay una, o dos hojas que son del viento (1), que viajan con él. Una hoja que termina entre las páginas de un libro, que ha renunciado a dar vida a la vida y que ahora está fuera del tiempo. Rompen la hipnosis porque se alejan y en la distancia se pierden, se hunden en el mar, se consumen en el fuego, se caen antes de tiempo, hacen todo menos cumplir la ley y es el viento el que se las lleva, ¿qué puede significar el viento? un motivo, una inspiración súbita por persguir algo que está más allá de la comprensión, el viento es la libertad, por supuesto, pero es en el fondo, otra manera, una muy personal de romper la ley y sin embargo cumplirla.

1. Hay un hombre que canta que «todas las hojas son del viento porque él las nueve hasta en la muerte», y no se equivoca, porque si bien las hojas pertenecen al viento, éste no las reclama a todas.

sábado, 14 de marzo de 2020

Antología de cuentos sobre antropofagia: E4. El goloso marqués de Sade [Recetas]

Una cena con Calígula es el título con el que ha llegado al español The decadet cookbook de Medlar Lucan & Durian Gray (sabrosas referencias a dos frutas conocidas por su olor y condición putrefacta y al poeta latino Lucano y el no menos interesante dandy Oscar Wilde). En la introducción se nos cuenta la singular empresa culinaria de Lucan & Gray: un curioso restaurant en Edimburgo cuyo nombre fue The decadet. Durante 3 años, nuestra dupla se encargó de escandalizar e impresionar a sus comensales con las más exóticas decoraciones —salidas de un par de obras literarias conocidas por su ir en contra— y con los no menos desafiantes platillos del recetario universal. Como todo lo que fue hecho para impresionar y retar, el restaurante desapareció, pero nuestros decadentes nos dejaron su guía literariohistoricoculinaria de la que recojo el capítulo 9. 
El texto comienza repasando la obra y la vida del insigne Marqués de Sade, sobre la antropofagia en sus escritos. Luego los decadentes nos ofrecen algunas recetas que si bien no tienen a la carne humana como ingrediente (a pesar de ser Anti establishment no se atrevieron a tanto), sí son parte de una voluntad antropofágica. Sus recetas parecen ser placebos para algún antropófago reformado, y en el fondo no están lejos de parecerse al HuFu, un supuesto Tofu que prometía el sabor y textura de la carne humana pero sin contenerla. 


    Resulta imposible hablar de decadencia y de comida sin mencionar al mayor de todos los decadentes: Donatien-Alphonse-François de Sade. La comida era un asunto de suma importancia para el divino marqués. En la correspondencia con su mujer no deja de pedirle comida continuamente, cosa que no es sorprendente si tenemos en cuenta que pasó casi toda su vida adulta —veintisiete de sus sesenta y cuatro años— entre rejas. En una carta que escribió desde su celda en Vincennes, en julio de 1783, pide a madame de Sade «cuatro docenas de merengues; dos docenas de bizcochos (grandes); cuatro docenas de chocolatinas —con vainilla— y no esa porquería infame que me mandaste la última vez y que hiciste pasar por golosınas». Un manjar de vez en cuando era la única ilusión que tenía la mayor parte del tiempo.
     La comida también desempeñó un papel primordial en su narrativa. De Sade describió Los 120 dias de Sodoma como l'histoire d'un magnifique repas [la historia de un espléndido banquete]. Y el festín servido por el conde de Gernande en La nueva Justine es característico. Se componía de ochenta y nueve platos:

     Se sirvieron dos sopas: una de pasta italiana al azafrán, la otra una bisque au coulis de Jambon, y, entre una y otra, un solomillo de ternera à l'anglaise. Había doce entremeses, seis cocinados y seis crudos. Después, doce primeros platos: cuatro de carne, cuatro de caza y cuatro de pasteles. Se sirvió una cabeza de jabalí en medio de doce platos de carne asada, acompañados por dos tandas de platos de guarnición, doce de verdura, seis salsas distintas, y seis de pasteles. A eso lo sucedieron veinte platos de fruta o de compota, un surtido de seis helados, ocho vinos distintos, seis licores, ron, ponche, licor de canela, chocolate y café. Gernande dedicó gran atención a todos ellos. Algunos los terminó él solo. Bebió doce botellas de vino: empezó con cuatro Volneys y después pasó a cuatro Ais con la carne asada. Dio buena cuenta de un Tokay, un Paphos, un Madeira y un Falerno con la fruta y terminó con dos botellas de liqueurs des îles, una pinta de ron, dos cuencos de ponche y diez tazas de café.

     El libertino emplea esos banquetes para avivar los fuegos de su lujuria. Su capacidad de comer grandes comidas es un indicador de sus habilidades sexuales. Un apetito está relacionado con el otro, y los placeres de su satistaccion actúan como estrechos aliados:

     Après les plaisirs de la luxure —afirma Gernande— il n'en est pas de plus divins que ceux de la table [Después de los placeres de la lujuria... no los hay más divinos que los de la mesa].

     Pero también existe una relación entre comida y crueldad. Gernande vuelve a afirmar:
     
     J'ai désiré souvent, je l'avoue, d'imiter les débauches d'Apicius, ce gourmand si célèbre de Rome, qui faisait jeter des esclaves vivants dans ses viviers pour rendre la chair de ses poissons plus délicate; cruel dans mes luxures, je le serais tout de même dans ces débauches-là, et je sacrifierais mille individus, si cela était nécessaire, pour manger un plat plus appetissant ou plus recherché.
     [Reconozco que, con frecuencia, he querido imitar la depravación de Apicio, ese gourmet tan célebre en Roma, que mandaba arrojar esclavos vivos en sus estanques para que la carne de sus peces fuera más tierna; cruel en mi lujuria, yo lo sería asimismo en esos actos depravados, y sacrificaría a mil individuos, si fuera necesario, para comer un plato más apetitoso o más rebuscado.]

     El banquete del conde es el preludio de numerosos actos de perversidad y crueldad, que terminan con otra comida. Esta aparece descrita como le plus magrifique souper [la más espléndida comida], en la que el centro de mesa es el
cadáver de la mujer de Gernande, la condesa, a la que ha matado desangrándola. Esto no parece preocupar de manera desmesurada a los invitados, ni quitarles el apetito.
     Aunque no llega a comerse a su mujer —el conde es más vampiro que caníbal—, hay, como podréis sospechar, varios episodios de canibalismo en la obra de Sade.
     En Alina y Valcour, Sainville, que busca a su amada Léonore, llega al reino de Butua, gobernado por Ben Mâacoro. En esa sociedad se comen a los miembros cautivos de la tribu de los jaga, enteros, a veces guisados, a veces crudos. La indignación moral de Sainville deja perplejo a Sarmiento, el primer ministro: L'anthropophagie n'est certainement pas un crime [La antropofagia ciertamente no es un crimen], dice, y justifica la costumbre de varias maneras. Para empezar, en Butua, los jóvenes resultan más sabrosos que la carne dura de mono viejo. Además, que a un hombre se lo entierre en las entrañas de la tierra o en las entrañas de otro hombre no supone una gran diferencia. Pero también, dado que el hombre forma parte de le système de la nature [el sistema de la naturaleza], no existe motivo para no comérselo, al igual que a cualquier otro animal. (Esto hace pensar en la historia del reverendo Thomas Baker, que participó en una expedición que se adentró en Fiji en 1867. Cuando le mostró con orgullo un peine al jefe local, éste pensó que se trataba de un regalo y se lo puso en el pelo como adorno. Baker se lo arrebató bruscamente, sin darse cuenta de que tocar la cabeza de un jefe de las Fiji era un insulto mortal. El jefe pidió venganza. Mandó un mensajero para que se adelantara a la ruta de Baker y anunció que recompensaría con un diente de ballena a aquel que le diese muerte. La tribu de la montaña en Navatusila aceptó el ofrecimiento, mató al reverendo y lo cocinó. (Desgraciadamente, la receta se ha perdido.) La mayor parte de la tribu disfrutó de la exótica comida, pero a los que les tocó una pierna se encontraron con que, incluso después de una larga cocción, seguía estando muy dura. Tuvieron que ser algunos de los isleños más sofisticados los que indicasen que la bota de caucho que tenía puesta no formaba parte de la piel europea.)
     El razonamiento sobre «lo natural» del canibalismo vuelve a aparecer en la Historia de Julieta, cuando Julieta y sus compañeras son asaltadas en un camino por Minski, un ogro ruso. Este vive rodeado de inmensas riquezas en en los Apeninos, no muy lejos de la región volcánica de Pietra-Mala. A Juliette y a las demás las invitan a comer con él en una estancia donde las mesas y las sillas están formadas por groupes de filles artistiquement arrangés [grupos de Chicas artísticamente arregladas]. Sentadas en estos muebles extraños, a las invitadas les sirven plus de vingt entrées on plats de rôti [más de veinte entradas en platos]. Minski les anuncia entonces que todos los platos servidos están hechos con carne humana. Ellas vencen la repugnancia con frases como il n'est pas plus extraordinaire de manger un homme qu'un poulet [no es más extraordinario comerse un hombre que comerse un pollo], y se los comen con apetito. Fiel al espíritu de Sade, Minski no sólo come en grandes cantidades sino que también bebe de forma copiosa: treinta botellas de Borgoña, champán con los quesos, Aleatico y Falerno con el postre. Cuando la
comida, toca a su fin, más de sesenta botellas de vino étaient entrées dans les entrailles de notre anthropophage [había entrado en las entrañas de nuestro antropófago]. La comida vuelve a servir de preludio a escenas de lo más grotescas en las que las protagonistas se hunden en los abismos de la depravación. 
     El otro caníbal en la Historia de Julieta es el papa Pío VI. Después de oficiar una mesa negra —en sí misma una forma de comida— en los escalones del altar de San Pedro,
el Papa, «ebrio de lujuria», tortura y asesina a un adolescente antes de sacarle el corazón y comérselo. 
     Pero volvamos a nuestro proagonista, entre rejas en Charenton. O, para ser más exactos, a su mujer. Como debía satisfacer la afición por los dulces del marqués, y sabía que no debía volver a enviarle «esa porquería infame que me mandaste la última vez y que hiciste pasar por golosinas», a la de Sade no se le ocurrió otra cosa que pedir ayuda a las monjas de la Santa Trinità del Cancelliere en Sicilia. Las hermanas aristócratas del convento cisterciense eran célebres por sus fedde (bizcochos dulces, literalmente «rodajas»), que hacían con unos moldes ovalados con una bisagra, como la concha de un mejillón. Se colocaba una capa de mazapán (pasta reale) y se rellenaba con mermelada de albaricoque y flan de huevo. Cuando una mitad del molde se cerraba sobre la otra, el relleno se desbordaba y el restultado presentaba un aspecto sorprendentemente similar al de las partes pudendas femeninas. 
     
     Otra versión de los fedde que hacían las monjas se llamaba Fedde del Cancelliere. El canciller al que se referían era el fundador del convento, en el siglo XII, y, en este caso, fedde no sólo significa «rodajas» sino también «nalgas». 

FEDDE DEL CANCELLIERE
O NALGAS DEL CANCILLER

INGREDIENTES PARA EL RELLENO DE CREMA DE VAINILLA: 
4 TAZAS DE LECHE
1½ TAZA DE FÉCULA DE MAIZ
¼ TAZA DE AZÚCAR
1 VAINA DE VAINILLA 

PARA LA MASA: 
4 TAZAS DE LECHE
1½ TAZAS DE GRANOS DE SEMOLINA
1¼ TAZAS AZÚCAR
4 HUEVOS
½ VAINA DE VAINILLA
2 TAZAS DE PISTACHOS ENTEROS Y PELADOS
1 TAZA DE HARINA
2 HUEVOS BATIDOS HASTA QUE QUEDEN ESPONJOSOS
ACEITE VEGETAL
½ TAZA DE AZÜCAR GLASE
1 CUCHARADITA DE CANELA MOLIDA 

RECETA DE CREMA DE VAINILLA PARA LAS NALGAS DEL CANCILLER:
FLAN
¾ DE TAZA DE HARINA DE MAÍZ
5 TAZAS DE LECHE
1 TAZA DE AZÚCAR
VAINA DE VAINILLA 

Añadir la harina de maíz a una pequeña cantidad de leche en un tazón. Cerciorarse de que la harina esté disuelta y sin grumos antes de verterla en una sartén con el resto de
la leche, el azúcar y la vaina de vainilla. Cocer a fuego lento, sin dejar que la leche hierva y sin dejar de remover, hasta que quede espesa. Retirar la vainilla y verter en una fuente grande para que se enfrie. 
     Para la masa, poner la leche, la semolina, el azúcar, los huevos y la vainilla en una sartén. Mezclar bien y calentar a fuego lento sin dejar de remover. Mantener en el fuego hasta que la mezcla haya quedado muy espesa y se despegue del interior de la sartén. Enfriar. Tostar los pistachos en el horno caliente durante 15 minutos y picar en trozos muy pequeños. 
     Retirar la vaina de vainılla de la masa e incorporar los pistachos. Remover. Darle forma de pequeñas nalgas del tamaño de la palma de una mano, aproximadamente. Enharinar y rebozar con el huevo batido. Poner medio centimetro de aceite en una sartèn y calentar. Freír las «nalgas» en el aceite, dándoles la vuelta cuando se hayan dorado ligeramente por cada lado. Secar en un paño de cocina.
     Cortar el flan en cuadrados de 5 centímetros. Abrir las nalgas como si fueran un bollo y meter un trozo de flan en cada una. Cerrar bien, impregnarlas de azúcar molido
y espolvorearlas con canela. 

Al marqués de Sade también le habría gustado el siguiente postre español, por la sonoridad de su nombre: 

BRAZO DE GITANO MANTEQUILLA

4 HUEVOS
170 GRAMOS DE AZÚCAR
50 GRAMOS DE HARINA CON LEVADURA
NATA MONTADA
MERMELADA
CREMA DE MANTEQUILLA O CREMA DE CAFÉ 

Precalentar el horno a 190° C. 
     Untar con manteca un molde para horno grande y espolvorearle harina. Batir bien los huevos con el azúcar e incorporarlos a la harina tamizada. Verter la mezcla en un molde y cocer en el hormo hasta que quede esponjoso, unos 15 minutos. Desmoldar en una hoja de papel grande espolvoreada con azúcar glasé. Tapar con otro trozo de papel y enrollarlo cuando todavía está caliente. Así, el brazo mantiene su forma. Dejar unos minutos;
desenrollar y añadir la crema de café. Volver a enrollar y poner por encima azúcar glasé, y quizá también un tatuaje: J'adore ma belle-mère [Adoro a mi suegra], con cochinilla o índigo... 

La cocina turca tiene una serie de platos sugerentes. A continuación aparecen algunos de la cesta de la compra de la señora de Sade. 

PECHOS DE VIRGEN
(BEKAR GÖGÜS) 

250 GRAMOS DE PASTA DE KADAYIF (PARECIDA A LA PASTA FILO, PERO EN TIRAS)
225 GRAMOS DE MANTEQUILLA SIN SAL
12 MITADES DE NUEZ 
80 GRAMOS DE ALMENDRAS MUY PICADAS 

PARA EL JARABE: 
300 GRAMOS DE AZÚCAR
450 MILILITROS DE AGUA
1 CUCHARADA DE ZUMO DE LIMÓN 

Precalentar el horno a 180°C. 
     Es importante que las tiras de kadayif sean lo más finas posible; se puede hacer pasando las pasta por una máquina de picar carne. Poner la pasta en un cuenco y verter por encima casi toda la mantequilla derretida. Amasar con las manos hasta que las tiras de pasta estén impregnadas de mantequilla.
     A continuación, coger una cuchara sopera (o algo de forma y tamaño equivalentes) y untar con un poco de mantequilla su recipiente. Poner la mitad de una nuez en el fondo de la cuchara (que hará las veces de pezón) y llenar la cuchara con las tiras de pasta; aplastar. Hacer un agujero con el dedo en el centro de la pasta, lo bastante grande para que quepan 2 cucharaditas de nueces picadas.
Aplastar las nueces. Añadir un poco más de pasta para que tapone las nueces y apretar fuerte para que la pasta quede firme y sólida. Sacarla con la mano y colocarla en una bandeja de horno con un poco de mantequilla. Cuando se hayan acabado todos los ingredientes, hornear las pastas durante 40 minutos. 
     Para hacer el jarabe, poner el azúcar, el agua y el zumo de limón en una sartén y llevar a ebullición. Mantener a fuego lento unos 10 minutos. 
     Cuando la pasta esté hecha, volver a hervir el jarabe y verter una cucharada sobre cada figura. Apartar y enfriar. Se pueden servir solas o con nata.

OMBLIGOS DE DAMA
(KADIN GÖBEGI) 

PARA EL JARABE: 
250 GRAMOS DE AZÚCAR
5 MILILITROS DE ZUMO DE LIMÓN
450 MILILITROS DE AGUA 

PARA LA MASA: 
60 GRAMOS DE MANTEQUILLA
½ CUCHARADITA DE SAL
225 GRAMOS DE HARINA BLANCA TAMIZADA
3 HUEVOS
ACEITE DE FREIR
1 CUCHARADITA DE ESENCIA DE ALMENDRA 

ACOMPAÑAMIENTO: 
150 MILILITROS DE NATA MONTADA

Para hacer el jarabe, poner el azúcar, el zumo de limón y el agua en una sartén y llevar a ebullición. Hervir a fuego lento durante diez minutos, apartar y enfriar. 
     Poner la mantequilla y 300 mililitros de agua en una sartén grande y hervir, sin dejar de remover hasta que la mantequilla se derrita. Quitar del fuego, añadir la sal y la
harina y remover con ahínco con una cuchara de madera hasta que la mezcla quede homogénea. Abrir un pozo en el centro de la masa y añadir los huevos, uno por uno. Seguir batiendo hasta que la mezcla no tenga grumos, esté brillante y se despegue de la sartén. 
     Ponerse un poco de aceite en las manos y separar un trozo de masa del tamaño de un albaricoque. Formar un bola con las palmas de las manos. Colocar en papel manteca aceitado. Continuar hasta acabar la masa. Cerciorarse de que las bolas no quedan juntas en el papel.
     Verter 5 centímetros de aceite en una sartén grande y calentar. 
     A continuación, aplastar levemente unas cuantas bolas después de meter el dedo en la esencia de almendra; apretar la masa creando una depresión de aproximadamente 1 centímetro. De ahí procede el nombre del plato. Colocar varias en el aceite que debe chisporrotear un poco, freír durante 8 minutos por un lado antes de darles
la vuelta y freír otros 8 minutos por el otro lado. Los buñuelos deben cobrar un tono dorado. Quitar con una espumadera y secar en un paño de cocina antes de meterlos en el jarabe. Dar la vuelta con cuidado para embadurnar el buñuelo y dejar que se empape durante unos cinco
minutos. Trasladar a una fuente con una espumadera. 
     Que el aceite no se caliente demasiado mientras se preparan más bolas de masa para freír. Antes de servir, poner una cucharadita de nata montada en el centro de cada buñuelo.
     También se puede cambiar la forma de las pastas. Después de formar bolas con la masa, se pueden aplastar y doblarlas en dos mitades, convirtiéndolas así en «los labios de la belleza». 

MUSILOS DE DAMA
(KADIN BUDU KÖFTE) 

400 GRAMOS DE CORDERO PICADO DOS VECES
1 CEBOLLA GRANDE
200 GRAMOS DE ARROZ HERVIDO
45 MILILITROS DE QUESO CURADO RALLADO
1 HUEVO
30 GRAMOS DE HARINA
1½ CUCHARADITAS DE SAL
1½ CUCHARADITAS DE PIMIENTA NEGRA
1½ CUCHARADITAS DE COMINO MOLIDO
ACEITE DE FREIR
1-2 HUEVOS BATIDOS 

Colocar todos los ingredientes en un cuenco grande y amasar durante varios minutos hasta que la mezcla quede homogénea y sin grumos. Con las manos húmedas, sacar un trozo del tamaño de una nuez y convertirlo en bola. Aplastarlo con cuidado entre las palmas de las manos. Colocar en una bandeja de horno y preparar el resto de la mezcla de carne del mismo modo. 
     Calentar aceite en una sartén grande. Meter pocas albóndigas cada vez en el huevo batido y freir, dando la vuelta de vez en cuando, hasta que estén completamente  
hecha y doradas. Sacar con una espumadera, colocar en una fuente y no dejar que se enfríe el mientras se preparan las que quedan del mismo modo.

jueves, 12 de marzo de 2020

1. Narices amputadas

Y ahora, para entretenimiento de propios y extraños, una nueva entrada en mi blog y también una nueva colección: Variainvención, textos recuperados de diversos sitios que ofrecen curiosidades, ideas, boutades y otras excentricidades.

     
     Hace algún tiempo que M. [Leon] Labat (1) ha a dado fin a una obra dedicada al virrey de Egipto, intitulada: Rinoplastia, arte de restaurar ó curar completa mente las narices.
     Muy larga sería la historia que podría escribirse acerca de las narices que han sido cortadas, porque ha sido una de las crueldades mas frecuentes entre los antiguos.
     Diódoro Sículo (2) cuenta que cortaron las narices, de órden de Actazan, a todos los habitantes de Kisapoor, sin perdonar a los niños de teta, por lo que se dió á aquel pueblo el nombre de Nasica-Topoor. Entre los Egipcios, los Griegos y los Romanos inflijia la ley este castigo a los adúlteros, y el marido ultrajado solía desempeñar la operación*.
     Sixto Quinto (3) cortaba las narices a los ladrones que dieron en su tiempo en infestar a Roma.    
    Isabel, reina de Inglaterra (que tenía grandes narices), ordenó, por medio de un decreto, que se cortase las narices y las orejas a los que hablasen mal de su gobierno, y se burlasen de ella.
     El fatuo Cárlos II (4) mandó cortar las narices al caballero Cowentry, que le habia lanzado una sátira mordaz, y el gran Federico II (5) se valió del mismo expediente para calmar la exasperación de un noble que se quejó de una injusticia.
     La rinoplastia, o remendadura de narices, fue un arte conocido por los antiguos, y traía su orígen de la India, donde se practicaba desde tiempo inmemorial. Galeno (6), que nació en Asia, recorrió el Oriente, y vivió muchos años en Alejandría, donde pudo recojer algunas neticias acerca de las operaciones que usaban los bramines; pero aquellos sacerdotes hacían un misterio del método que empleaban; y sus succesores han evitado de tal manera descubrirle a los profanos, que aun en el día, por mas influencia y dominio que tengan los Ingleses en aquellos paises, no pueden conseguir que los que lo emplean les digan de qué medios suelen valerse.
     Galeno dice que para remendar las narices es necesario echar mano de la cútis del rostro; y añade Celso (7) que practicando grandes incisiones verticales cerca de las orejas, se puedo llevar fácilmente la cútis hacia el centro de la cara. Olaus Magnus (8), en su Historia de rebus mirabilibus, se calienta el celebro hasta el punto de creer que podrían remendarse unas narices aplicándoles un pedazo de una ave viva.
     El método italiano o calibres, que se debe a Tagliacozzi (9), estriba en remendar las narices acercando a la cara uno de los brazos del desnarigado, y aplicando al sitio conveniente un pedazo del brazo, mientras sale la sangre, pedazo que deberá separarse de los restante del brazo, al cabo de quince o veinto dias, cuando se halle ya completamente adherido a la cara.
     Gaeff, cirujano mayor de la institucion clínica de Berlin, y el célebre profesor Delpech (10), emplearon y perfeccionaron el métododo Tagliacozzi.
     En Boloña, en Nápoles y en la Calabria preferían la cútis del brazo a la de la frente; pero echaban mano de esta última desde la mas remota antigüedad los bracmanes, y mas tarde los bramines y los koomas.
     M. Labat cita varios casos para establecer que las narices pueden volver a adherirse a la cara despues de haber estado separadas de ella completamente.
     Y tan persuadidos están en la India de que las narices una vez cortadas pueden volver a adherirse al rostro, que la ley previene que las arrojen al fuego; pero en Italia, en donde solían cortarse muchas en otro tiempo, se permitía al desnarigado recojerlas y cosérselas ántes que llegasen a enfriarse. En 1626, Antonio Molinetti (11), profesor de la universidad de Padua, hizo este servicio a un italiano de buena familia, que había sido condenado a perder las suyas. Molinetti estuvo cerca del cadalso, y cojió las narices antes que se enfriasen.
     Otra cuestion importante es la de saber si pueden acomodarse a un rostro las narices cortadas a otro individuo. Hay muchos en favor de la afirmativa, y este método se llama operación mogoliana. Regularmente solía ser un esclavo el que cedía sus narices o alguna tajada de carne para semejante operacion.
     En las  Indias, país de despotismo, en donde las castas privilegiadas con la mayor frescura cortaban las narices a un paria o a un prisionero de guerra, se practicaba y se practica esta operación con frecuencia.
     Cuenta Dionisio (12), en su Tratado de operaciones quirúrgicas, que un ladrón, habiéndose cortado una noche las narices, corrió a buscar un cirujano, que le pidió se las diese para pegárselas. Sus compañeros salieron al punto, cortaron las narices al primer sujeto que encontraron, y las llevaron calientes al cirujano, que las acomodó y cosió perfectamente
     Este método de servirse de la carne ajena no es desconocido en Italia; pero les repugnaba emplearle, porque creían generalmente que se resentiría de las enfermedades del que la había dado, y se pudriría cuando este llegase a morir. Contribuyó a acreditar esta opinión Van-Helmontz (13), en el siglo XVI, publicando formalmente la historia de un caballero de Brusélas, que vió de un día a otro muertas sus narices. Quiso saber el por qué, y le dijeron que el ganapan que se las había cedido acababa de morir. De esta historia burlesca hizo un remedo Voltaire (14) en la novela de Zadig o el Destino.

Jerico

* ¿A que fin las narices inocentes?

1. Viajero y médico francés. Recorrió largamente europa y los continentes asiático y africano; en Teherán curó al Shah de una enfermedad que lo aquejaba desde hacia 10 años, lo cual le valió su protección. Murió en 1847.
2. Diodoro Sículo (o de Sicilia) fue un historiador griego del siglo I a. C., conocido por su obra «Biblioteca histórica».
3. Ducentécimo vigésimo séptimo Papa. Perteneció a la orden de los franciscanos y ostentó el papado de 1585 a 1590.
4. Rey de España, también conocido como "el Hechizado." Gobernó entre 1665 y 1700.
5. Conocido como "el Grande", fue el tercer rey de prusia y paradigma de el despotismo ilustrado durante el siglo XVIII.
6. Galeno de Pérgamo o Claudio Galeno, fue un médico y filósofo romano del siglo I d. C.
7. Aulo Cornelio Celso fue un enciclopedista romano de siglo I d. C. Se le conoce principalmente por sus escritos agronómicos. Se le creía médico, pero no hay muchos datos para afirmarlo.
8. Olof Månsonn era su verdadero nombre, fue un erudito sueco conocido especialmente por su labor cartográfica.
9. Gasparo Tagliacozzi fue un cirujano italiano del siglo XVI pionero en la cirugía plástica y reconstructiva.
10. No logré hallar datos sobre Gaeff & Delpech.
11. En efecto, profesor de anatomía en Padua.
12. No hay datos concluyentes sobre qué Dionisio puede ser.
13. Hermann Van-Helmholtz fue un físico y médico del siglo XIX, son especialmente conocidas sus aportaciones al estudio de los sentidos de la vista y el oído.
14. Filósofo ilustrado. Junto con Zadig o el Destino [de las primeras obras de ficción en postular el arquetipo de detective en la literatura] su novela Cándido o el optimismo [sátira mordaz contra la doctrina del optimismo de Leibniziano] y Micromegas [otra sátira contra cierto personaje del ámbito científico francés de su época] son sus obras más conocidas.

sábado, 7 de marzo de 2020

Antología de inventos inventados: A. II. Baby H. P

A veces la narrativa que habla sobre novedades tecnológicas toma el disfraz de anuncio publicitario o de un discurso elogioso; su prosa ilustra las virtudes y ventajas de los progresos científicos e invita a ponerlos a funcionar de inmediato. Es el caso de un par de cuentos de Villiers de L'Isle-Adam y ésta confabulación de Juan José Arreola. El texto data de 1952 y es un referente de la ciencia ficción en México, pero —como en la obra Ray Bradbury—, el objetivo no es en sí una especulación sobre ciencia, sino una ironía. La imaginación de Arreola nos regala una fuente de energía alternativa, un recurso vírgen listo para ser explotado a costa de —como seguramente hubiese hecho Jonathan Swift— los niños. 

SEÑORA ama de casa: convierta usted en fuerza motriz la vitalad de sus niños. Ya tenemos a la venta el maravilloso Baby H.P., un aparato que está llamado a revolucionar la economía hogareña.
     El Baby HP. es una estructura de metal muy resistente y ligera que se adapta con perfección al delicado cuerpo infantil, mediante cómodos cinturones, pulseras, anillos y broches. Las ramificaciones de este esqueleto suplementario recogen cada uno de los movimientos del niño, haciéndolos converger en una botellita de Leyden que puede colocarse en la espalda o en el pecho, segun necesidad. Una aguja indicadora señala el momento en que la botella está llena. Entonces usted, señora, debe desprenderla y enchufarla en un depósito especial, para que se descargue automaticamente. Este depósito puede colocarse en cualquier rincón de la casa, y representa una preciosa alcancía de electricidad disponible en todo momento para fines de alumbrado y calefacción, así como para impulsar alguno de los innumerables artefactos que invaden ahora los hogares.
     De hoy en adelante usted verá con otros ojos el agobiante ajetreo de sus hijos. Y ni siquiera perderá la paciencia ante una rabieta convulsiva, pensando en que es una fuente generosa de energía. El pataleo de un niño de pecho durante las veinticuatro horas del día se transtorma, gracias al Baby H.P., en unos útiles segundos de tromba licuadora, o en quince minutos de música radiofónica.
     Las familias numerosas pueden satistacer todas sus demandas de electricidad instalando un Baby H.P. en cada uno de sus vástagos, y hasta realizar un pequeño y Iucrativo negocio, trasmitiendo a los vecinos un poco de la energia sobrante. En los grandes edificios de departamentos pueden suplirse satisfactoriamente las fallas del servicio público, enlazando todos los depósitos famiIiares.
     El Baby HP. no causa ningún trastorno físico ni psíquico en los niños, porque no cohibe ni trastorna sus movinientos. Por el contrario, algunos médicos opinan que contribuye al desarrollo armonioso de su cuerpo. Y por lo que toca a su espiritu, puede despertarse la ambición individual de las criaturas, otorgándoles pequeñas recompensas cuando sobrepasen sus récords habituales. Para este fin se recomiendan las golosinas azucaradas, que devuelven con creces su valor. Mientras más calorías se añadan a la dieta del niño, más kilovatios se economizan en el contader eléctrico.
     Los niños deben tener puesto día y noche su lucratiro H.P. Es importante que lo lleven siempre a la escuela, para que no pierdan las horas preciosas del recreo, de las que ellos vuelven con el acumulador rebosante de energia.
     Los rumores acerca de que algunos niños mueren electrocutados por la corriente que ellos mismos generan son completamente irresponsables. Lo mismo debe decirse sobre el temor supersticioso de que las criaturas provistas de un Baby H.P. atraen rayos y centellas. Ningún accidente de esta naturaleza puede ocurrir, sobre todo si se siguen al pie de la letra las indicaciones contenidas en los folletos explicativos que se obsequian en cada aparato.
     El Baby H.P. está disponible en las buenas tiendas en distintos tamaños, modelos y precios. Es un aparato moderno, durable y digno de confianza, y todas sus coyunturas son extensibles. Lleva la garantía de fabricación de la casa J. P. Manstield & Sons de Atlanta, III.

sábado, 22 de febrero de 2020

Antología de cuentos sobre antropofagia: CC2. Último capítulo conservado del Satiricón

El Satiricón es un libro clave para entender la mentalidad y variedad del pensamiento latino. Es llamado la primera novela occidental y fue escrito —básicamente— en tres lenguas: Latín culto, vulgar y griego; por ello se dice que es una pena leerlo traducido, en lo cual estoy espiritualmente de acuerdo. Narra las perpecias picarescas de Encolpio, su amante Gitón y su amigo Ascilo a través de tres pasajes más o menos bien definidos, de los cuales, el segundo es el más famoso: "La cena o banquete de Trimalción." De la obra sólo conservamos fragmentos y todos los estudiosos coinciden en que debió haber tenido una extensión considerable. Llegué a su lectura por la bella (y muy imaginaria) biografía que Marcel Schwob escribió de su autor, Petronio, en el libro Vidas imaginarias.
Enterando en materia antropófaga, he seleccionado el último capítulo conocido del libro, el 141, en él, después de huir de la persecución de Ascilo, Encolpio y Gitón, náufragos junto con el último compañero de aventuras que tienen hasta ese momento, Eumolpo, el poeta; llegan a Crotona, una ciudad de la ahora conocida geografía de Italia; allí, Eumolpo se hace pasar por un adinerado hombre de negocios para embaucar a los embaucadores, pues el negocio corriente en Crotona son los préstamos a condición de hacer entrar a los prestamistas en los testamentos. Naturalmente que Eumolpo y Cía. no tienen dinero, así que ante el peligro de ser descubiertos y castigados por sus acreedores, a Eumolpo se le ocurre la astucia de incluir en su testamento una cláusula donde sus herederos deben devorarlo, para suavizar lo desagradable del asunto, cita algunos pasajes famosos de la historia donde hombres fueron orrillados a la Antropofagia y comenta el arte de la cocina y su ingenio para engañar al paladar o exóticas leyes que obligan a devorar a familiares recién fallecidos. Este texto entra en la categoría de lo Psiquiátrico, pues sus personajes están dispuestos a llevar a cabo la voluntad de Eumolpo por una cuestión de mera gula y avaricia. En ese sentido, la subcategoría es —a falta de un concepto mejor— consecuencialismo. No conocemos el desenlace del timo de Eumolpo, pero dado el contenido y carcter del resto del libro, es difícil imaginar que el episodio no termina de otra manera que con un festín funeral. De cualquier manera, esto no detiene a Méndez Novella, que nos ofrece una posibilidad, un final suavizado (considerando la potencial antropofagia que sugire Petronio). Incluyo en esta entrada cuatro traducciones diferentes del capítulo 141.
PD. Dejo solamente notas en la versión de Julio Picasso, pues son aplicables a todas las demás versiones (salvo por la del final licencioso de Méndez Novella, claro está.)


Capítulo 141
(Encolpio a Eumolpo):
     —El barco que debia venir del Africa con tus riquezas y familia no ha llegado como lo prometiste. Los captadores de herencias, empobrecidos, ya han empezado a disminuir su generosidad. Nuestra común Fortuna (1), si no me equivoco, comienza a arrepentirse de sus dádivas. [...]
(Testamento de Eumolpo):
     —Todos los que en mi testamento, exceptuados mis libertos (2), tengan algún legado, heredarán lo estipulado sólo a condición de descuartizar mi cuerpo en pedazos y de comerlo delante de todo el pueblo. [...] En algunos países sepractica la costumbre de comer los cadáveres de los parientes, a tal punto que los enfermos se ven insultados por malograr la carne que van a dejar (3). Advierto, por consiguiente, a mis amigos que no se nieguen a ejecutar lo mandado sino más bien que devoren mi cuerpo con el mismo coraje con que maldijeron mi alma. [...]
     La gran fama de su riqueza enceguecía los ojos y el espíritu de estos desdichados. [...]
     Gorgias estaba dispuesto a obedecer. [...]
(Eumolpo):
     —No tengo razón en inquietarme de que tu estómago vomite. Al contrario él te obedecerá en todo si le prometes que, en compensación de una hora de asco, tendrá después muchos manjares. Cierra nada mas los ojos e imaginate estar comiendo no un cadáver sino diez millones de sestercios. Además nosotros nos encargaremos de buscar algunos condimentos para disimular el sabor, pues bien sabes que ninguna carne gusta por sí sóla sino que es a fuerza de artificios como se la transforma para que sea aceptada por los estómagos exigentes. Si quieres, ademas, ejemplos que corroboren lo dicho, los Saguntinos (4), cercados por Aníbal, se alimentaron de carne humana sin esperar por esto ninguna herencia. Los petelinos (5) hicieron lo mismo en una increíble carestía y, sin embargo, con este menú no captaban nada y sólo lo hicieron para sobrevivir. En la toma de Numancia por Escipión (6), se descubrieron cuerpos de mujeres que sujetaban en su regazo los cuerpos medio devorados de sus propios hijos. [...]

1. Fortuna es en Roma la diosa del destino. Hay que identificar la con la Tique griega, aunque también se asimiló con otras divinidades como Isis. Es representada siempre con el cuerno de la abundancia, ciega y con un timón de navío o una esfera, símbolo de la universalidad.
2. Esos libertos son, por supuesto, Encolpio y Gitón. Al llamarlos así se refiere a su condición de "esclavos liberados"; en la antigua Roma, los esclavos podían alcanzar su libertad por favor de sus amos o, incluso, hasta comprarla, y aunque no podían alcanzar todos los beneficios de ser un ciudadano romano, sí podían gozar de muchas otras cosas, hasta volverse inmensamente ricos.
3. No hay ninguna referencia clara sobre leyes o pueblos que devoraran a sus difuntos. Pienso que Petronio se burla de los judios, como en algunos pasajes de la cena de Trimalción; donde sugiere que el pueblo elegido por dios se comió a su mesías. 
4. En efecto, en el 219 a. C. el jóven general cartaginés Aníbal Barca, sitio la ciudad de Sagunto por 8 meses. Por supuesto se recogen testimonios sobre los métodos desperados a los que los Saguntinos recurrieron para sobrevivir, entre ellos antropofagia.
5. Petelinos: otros leen puteani , petavii o perusii.
6. Numancia fue sitiada durante 13 meses, por el general romano Escipión, conocido como el africano menor, quien estableció un cerco de 9 km al rededor de la ciudad; llenó de trampas la prefería y aún a la toma de ésta, sus habitantes resistieron hasta el final; la mayoria prefirió suicidarse antes de verse prisioneros del enemigo, motivo por el cual sea acuñó la expresión "resistencia numanita."

CAPÍTULO CXLI
     —He ideado un medio para poner en gran aprieto a nuestros presuntos explotadores.— Y al mismo tiempo, sacando las tablas en que había escrito su testamento, leyó: «Todos los favorecidos por este mi testamento, decía, con excepción de mis libertos, no podrán percibir sus legados sino con la condición expresa de cortar mi cuerpo en pedazos y comérselo en presencia del pueblo congregado al efecto.  Esta cláusula no tiene nada que debe asustarles, pues hay una ley, vigente en varios pueblos de la tierra, qué obliga a los parientes de un difunto a comer su cuerpo: y es tan cierto esto, que en algunos de los países aludidos suele reprocharse a los moribundos el que dejen consumir su carne por la duración de una larga enfermedad. Este ejemplo debe excitar a mis amigos a devorar mi cuerpo con igual celo con que maldigan mi alma». Mientras leía las fórmulas y los primeros artículos entraron en la estancia algunos de nuestros herederos y los que antes habían salido de ella, y viéndole con el testamento en la mano pidieron oír su lectura, a lo que accedió Eumolpo, leyéndolo de punta a cabo. Mal gesto pusieron todos al oír la cláusula formal que les ordenaba comer su cuerpo; pero la gran riqueza que se suponía poseer Eumolpo, cegaba de tal modo a aquellos miserables y los tenía tan esclavizados, que no osaron protestar contra esa condición inaudita hasta entonces. Uno de ellos, llamado Gorgias, hasta declaró que se sometía a esa condición siempre que los legados no se hiciesen esperar mucho. —No tengo, por qué temer
recusaciones de tu estómago, replicó Eumolpo; ya sé yo que si lo prometes lo cumplirás; tras una hora escasa de disgusto, recompensada con mucho oro, vienen las satisfacciones múltiples que, durante muchos años os proporcionará la riqueza. No hay más que cerrar los ojos para hacerse la ilusión de que no se come uno los hígados de un ser humano, sino un millón de sestercios. Añadid a esto, que ya encontraréis modo de sazonar bien mi cuerpo, pues no hay manjar que sin sazón
despierte el apetito. La manera de prepararlos puede disfrazarlos hasta el punto de quitarles toda repugnancia. Para probaros la verdad de este aserto, puedo citaros el ejemplo de los saguntinos que, sitiados por Aníbal, se alimentaron muchos días con carne humana, sin la esperanza de una herencia cuantiosa. Los perusinos, reducidos a extrema necesidad, hicieron lo mismo y se comieron a varios de sus conciudadanos sin más objeto que el de no morirse de hambre. Cuando Escipión tomó a Numancia encontró varios niños a medio devorar en el seno de sus madres. En fin, como el disgusto que inspira la carne humana, proviene sólo de la imaginación, no dudo que haréis cuantos esfuerzos son posibles para evitar esa repugnancia, a fin de recoger los inmensos legados de que dispongo en favor vuestro.
     Hablaba Eumolpo tan sin orden ni concierto, con un tono entre declamatorio y burlón, que nuestros presuntos herederos comenzaron a sospechar de la realidad de nuestras promesas. Desde entonces se dedicaron a espiar cautelosamente nuestras palabras y nuestras acciones, y el examen acrecentó sus sospechas, convenciéronse muy pronto de que éramos unos vagabundos y bribones. Entonces, los que más habían gastado para honrarnos, decidieron castigarnos según nuestros méritos.
Felizmente, Crisis, que era partícipe de todas esas maquinaciones, me advirtió de las intenciones de los crotoniatas, y al saberlas, de tal modo me asusté, que decidirnos fugarnos con Gitón y abandonar a Eumolpo a su infausta suerte. Al cabo de algunos días supe que, indignados los de Cretona de que aquel viejo astuto hubiese vivido tanto tiempo como un príncipe a sus expensas, decidieron matarlo según las costumbres de Marsella. Para que comprendáis esto, sabed que siempre que aquella ciudad se ve asolada por la peste, se sacrifica uno de sus habitantes por la salud de todos, con condición de ser, durante un año entero, mantenido y tratado a cuerpo de rey. AlI terminarse el plazo, adornada la frente de verbena y con vestidos sagrados, se le hace dar la vuelta a toda la ciudad a fin de que lo escarnezcan todos sus habitantes, atrayendo sobre él las iras celestes descargadas sobre el vecindario y se le precipita de cabeza al mar a desde lo alto de una roca.

Versión de J. Mendez Novella, 1902

141. «No llegó el barco que. según tus promesas, debía traer de África tu dinero y tu servidumbre. Los cazadores de testamentos, agotados ya sus recursos,  han recortado su generosidad. O mucho me engaño, o la Fortuna de nuestra comunidad empieza a arrepentirse del trato que nos ha dado.»
     «Todos cuantos tienen asignados legados en mi testamento, todos, excepto mis libertos, como condición para entrar en posesión de lo que les dejo, tendrán que partir a trozos mi cadáver y comérselo en presencia del pueblo.»
     «En ciertos pueblos sabemos que hay todavía en vigor una ley según la cual los allegados han de comerse a sus muertos; tanto es así que con frecuencia se echa  
en cara a los enfermos el que dejen una carne de calidad inferior. Con esto quiero advertir a mis amigos que no recusen mi voluntad, sino que consuman mi cadáver  
con el mismo valor que han puesto en maldecir mi vida.»  
     La inmensa fama de su fortuna cegaba los ojos y las mentes de aquellos desgraciados.  
     Gorgias estaba dispuesto a cumplir hasta el final.
     «En cuanto a la repugnancia de tu estómago, no tengo por qué preocuparme. Obedecerá a tu voluntad si por una hora de asco le prometes en compensación  
un sinfín de bienes. Basta con que cierres los ojos y te figures que no te tragas las entrañas de un hombre, sino un millón de sestercios. Añade a esto que ya encontraremos algún adobo para quitarles el sabor. Pues ninguna clase de carne tiene en sí buen gusto: pero cierto aderezo la altera y la concilia con la aversión del estómago. Y si quieres antecedentes en apoyo de mi determinación, los saguntinos, apurados por Aníbal, llegaron a comer carne humana, y eso que no esperaban herencia; los petelinos hicieron lo mismo en una gravisima situación alimenticia, y no pretendían más objetivo que no morir de inanición. Cuando Numancia cayó en poder de Escipión, se encontraron madres que tenían en su regazo los cadáveres de sus hijos a medio devorar.»

Versión de Lisardo Rubio Fernández

"La nave no llega de África con tu dinero y esclavos, como habías prometido. Los cazadores, ya exhaustos, han aminorado su generosidad. Y asi, o yo me engaño, o la fortuna, como de costumbre, vuelve atrás y comienza a arrepentirse"...  
     "Todos los que tienen legados en mi testamento, excepto mis libertos, recibirán lo que les he dado, con la condición de que corten mi cuerpo en partes y lo coman en presencia del pueblo"...  
     "Entre algunas naciones sabemos que hasta hoy se guarda la ley de que los difuntos sean consumidos por sus familiares, de tal suerte que muchas veces los enfermos son injuriados porque estropean su carne. Con esto advierto a mis amigos que no rehúsen lo que ordeno, sino que con el ánimo con que han maldecido mi espíritu, con el mismo también consuman mi cuerpo"...  
     La enorme fama del dinero cegaba los ojos y los ánimos de los miserables.  
     Gorgias estaba dispuesto a continuar...
     "No tengo que temer del rechazo de tu estómago. Acatará tu orden si por el fastidio de una hora le prometes una compensación de muchos bienes. Cierra ahora los ojos e imagina que comes no visceras humanas sino diez millones de sestercios. Añádese a esto que encontraremos algunos condimentos con los cuales podamos cambiar el sabor. Pues ninguna carne agrada por si misma, sino que se transforma con cierto arte y atrae la complacencia de un estómago adverso. Pues si quieres que mi consejo se pruebe también con ejemplos, los saguntinos, sitiados por Aníbal, comieron carne humana, y no esperaban herencia. Los petelinos hicieron lo mismo en el extremo del hambre, y en ese banquete no perseguian otra herencia que sólo no morir de hambre. Cuando Numancia fue tomada por Escipión, se encontraron madres que tenían sobre su seno, medio devorados los cuerpos de sus hijos''...  

Versión de Roberto Heredia Correa

jueves, 6 de febrero de 2020

Antología de cuentos sobre antropofagia: BT3. Capítulo XVI de Cándido

Leer un fragmento intermedio de una novela es una tarea frustrante. Por supuesto, uno no conoce los antecedentes que le dan sentido a la narración, ni puede aprehender los detalles que importan para el porvenir de ésta. De alguna manera es como si desapareciera el pasado y el futuro quedará aún más en la penumbra, dejándonos en un presente un poco incoherente y que ofrece pocas razones para seguir explorandolo. Por fortuna, este capítulo de Cándido está un poco libre de esos problemas: a la manera, sobre todo, de Las mil y una noches, la novela de Voltaire ofrece varias narraciones enmarcadas, es decir, historias dentro de la historia principal, por ello, no resulta tan desorientador extraer un fragmento y ofrecerlo como un todo en sí mismo.
Dicho esto, al menos, conviene contar algunos detalles sobre la trama antecedente y precedente: el ingenuo héroe del libro viaja al contiene americano para huir de sus perseguidores después de haber asesinado al Inquisidor de Portugal, llega primero a Buenos Aires, pero se entera de que quienes lo buscan, están bastante cerca. Acompañado de su fiel Cacambo, huyen hacia Paraguay, donde Cándido se entrevista con un misionero Jesuita, que resulta ser el hermano de su amada Cunegunda, que se creía muerto después de la destrucción del castillo donde habitaban en Westfalia. Cándido, al poner al tanto a su cuñado de sus relaciones con Cunegunda, es ridiculizado y rechazado por éste, razón por la cual terminan en un combate donde nuestro héroe asesina al jesuita, cosa que precipita a Cándido y a Cacambo a una nueva huída, los detalles de lo que verán por el exótico sur del continente son recogidos en los capítulos posteriores, de allí es de donde tomo este pasaje, que, dicho sea de paso contiene varias cosas interesantes; no sólo respecto a la antropofagia y el canibalismo, sino sobre la visión que el mundo civilizado tenía de los indígenas de América.
Dentro de la clasificación temática del texto, lo he dejado dentro de Tierras de Ultramar, pues, encontramos el estereotipado tema del extranjero civilizado que entra en contacto con una sociedad bárbara y caníbal. Como decía, no es todo lo que se puede extraer de la narración, pero para no hacer esta introducción más larga que el texto de interés, comentaré el resto en notas a pie de página.

Lo que aconteció a los dos viajeros con dos muchachas, dos monos y los salvajes llamados orejones.

Cándido y su criado fueron más allá de las barreras y nadie en el campamento sabía todavía la muerte del jesuita alemán. El precavido Cacambo había cuidado de llenar su maleta de pan, chocolate, jamón, fruta y algunas medidas de vino. Se metieron con sus caballos andaluces en una tierra desconocida en la que no descubrieron ninguna carretera. Al fin una bella pradera cruzada por riachuelos se presentó ante ellos. Nuestros dos viajeros hicieron pastar a sus cabalgaduras. Cacambo propone a su amo comer y le da ejemplo. «¿Cómo quieres, decía Cándido, que coma jamón, cuando he matado al hijo del señor barón, y que me veo condenado a no volver a ver en la vida a la bella Cunegunda? De qué me servirá prolongar mis miserables días, puesto que debo arrastrarlos lejos de ella en el remordimiento y la desesperación? ¿Y qué va a decir el Periódico de Trévoux?»(1).
     Al decirlo, no dejaba de comer. Se ponía el sol cuando los dos extraviados oyeron algunos grititos que parecían lanzados por mujeres. No sabían si aquellos gritos eran de dolor o de alegría; pero se levantaron precipitadamente con esa inquietud y alarma que toda tierra desconocida inspira. Aquel clamor partía de dos muchachas totalmente desnudas que corrían con ligereza en la linde de la pradera, mientras dos monos las seguían mordiéndoles las nalgas. A Cándido le movió la piedad; había aprendido a tirar con los búlgaros, y le hubiera dado a una avellana en un zarzal sin tocar las hojas. Coge su fusil español de repetición, tira, y mata a los dos monos. «¡Alabado sea Dios, mi querido Cacambo! he librado de gran peligro a esas dos pobres criaturas: si he cometido pecado al matar a un inquisidor y a un jesuita, bien lo he reparado salvándoles la vida a estas dos muchachas. Quizás sean dos señoritas de condición, y esta aventura pueda traernos grandes ventajas en el país.»
     Iba a proseguir, pero su lengua se quedo paralizada cuando vio a aquellas muchachas abrazar tiernamente a los dos monos, deshacerse en lágrimas sobre sus cuerpos, y llenar el aire con los gritos mas dolorosos. «No me esperaba tanta bondad», le dijo al fin a Cacambo; el cual le replicó: «Qué gran obra maestra habéis hecho, mi amo! ¡habéis matado a los dos amantes de estas señoritas! —¿Sus amantes? ¿será posible? os burláis de mí, Cacambo; ¿cómo creeros? —Querido amo, Contestó Cacambo, todo os extraña siempre; ¿por qué encontráis tan extraño que en algunos países haya monos que consigan los favores de las damas? Son Cuartos de hombre, como yo soy cuarto de español (2). —!Ay, prosiguió Candido, recuerdo haberle oído decir a mi maestro Pangloss que antiguamente habían ocurrido semejantes accidentes, y que estas mezclas habían producido egipanes, faunos y sátiros; que varios grandes personajes de la antigüedad los habían visto; pero yo consideraba eso fábulas. —Ya estáis convencido ahora, dice Cacambo, de que es verdad, y veis cómo se comportan las personas que no han recibido cierta educación; lo que temo es que estas damas nos hagan alguna fechoría.»
     Estas sólidas reflexiones invitaron a Cándido a dejar la pradera, y a adentrarse en un bosque. Allí cenó con Cacambo; y ambos, tras haber maldecido al inquisidor de Portugal, al gobernador de Buenos Aires, y al barón se durmieron sobre musgo. Al despertar, sintieron que no podían moverse; y la razón de ello era que durante la noche los orejones (3), habitantes del país, a quienes las dos damas los habían denunciado, los habían atado con cuerdas de corteza de árbol. Estaban rodeados por unos cincuenta orejones totalmente desnudos, armados con flechas, mazos y hachas de piedra: unos hacían hervir un gran caldero; otros preparaban asadores, y todos gritaban: «¡Es un jesuita! ¡seremos vengados y tendremos comida fina; comamos jesuita, comamos jesuita.» (4)
     «Ya os lo decía yo, querido amo, exclamó con tristeza Cacambo, que esas dos muchachas nos harían una jugarreta.» Cándido, viendo el caldero y los asadores, exclamó: «Ciertamente vamos a ser asados o hervidos. ¡Ay! ¿Qué diría mi maestro Pangloss, si viera cómo está hecha la pura naturaleza? Todo está bien; sea, pero confieso que es muy cruel haber perdido a la senorita Cunegunda y ser asado por unos orejones.» Cacambo no perdía nunca la cabeza. «No perdáis la esperanza por nada, le dijo al desconsolado Cándido; entiendo algo de la jerga de estos pueblos, voy a hablarles. —No dejéis, dijo Cándido, de hacerles ver lo horriblemente inhumano que es cocer a hombres, y lo poco cristiano que es eso.»
     «Señores, dijo Cacambo, ¿tienen intención de comer hoy a un jesuita? Muy bien hecho; nada hay más justo que tratar así a sus enemigos. En efecto el derecho natural (5) nos enseña a matar a nuestro prójimo, y así se hace en toda la tierra. Si no hacemos uso del derecho a comerlo, es que tenemos con qué comer bien por otro lado; pero no tienen ustedes los mismos recursos que nosotros: ciertamente más vale comer a los enemigos que abandonar a los cuervos y cornejas el fruto de la victoria. Pero, señores, no querrán ustedes comer a sus amigos. Creen que van a meter en el asador a un jesuita, y es a su defensor, al enemigo de sus enemigos a quien ustedes van a asar. En cuanto a mí, nací en su tierra; el señor que ven es mi amo, y lejos de ser jesuita, acaba de matar a un jesuita, sus despojos lleva; de ahí su equivocación. Para comprobar lo que les digo, cojan su sotana, llévenla a la primera barrera del reino de los padres; infórmense de si mi amo ha matado a un oficial jesuita. Necesitarán poco tiempo; siempre estarán a tiempo de comernos, si encuentran que les he mentido. Pero si les he dicho la verdad, demasiado bien conocen los principios del derecho público, los usos y las leyes, para no indultarnos.» Los orejones encontraron este discurso muy razonable; delegaron a dos notables para que fueran diligentemente a informarse de la verdad; los dos delegados cumplieron con su encargo como gente inteligente, y pronto volvieron a traer buenas noticias. Los orejones desataron a los dos prisioneros, les hicieron toda suerte de cortesías, les ofrecieron a sus hijas, les dieron refrescos, y los acompañaron a los confines de sus Estados, gritando con júbilo: «¡no es jesuita! ¡no es jesuita!».
     Cándido no se cansaba de admirar la razón de su liberación: «¡Qué pueblo!, decía, ¡qué hombres! ¡qué costumbres! Si no hubiera tenido la dicha de darle una buena estocada al hermano de la señorita Cunegunda, me comían sin remedio. Pero, después de todo, la pura naturaleza es buena (6), puesto que estas gentes, en vez de comerme, me han hecho mil amabilidades en cuanto han sabido que no era Jesuita.»


1. El periódico de Trévoux (Memorias para servir a la historia de las ciencias y las artes) era una publicación dirigida por los jesuitas.
2Bestialismo, Zoofilia o Sodomía: tales nombres ha recibido la práctica sexual con animales a lo largo de la historia de la humanidad. La escena que nos ofrece Voltaire no es gratuita, tiene la intención de acentuar el matiz de tierra bárbara que los europeos suponían de América. Parece, también, que —como refiere H. H. Ewers en este cuento— el bestialismo fue parte del arsenal humorístico de nuestro ilustrado francés. Ya el propio Cándido habla un poco sobre lo que los antiguos creían era producto del coito con animales: egipanes, sátiros, faunos; a los que podríamos agregar al minotauro, y según algunas mitologías, a los hombres lobo, sólo por dar un par de ejemplos más.
3. Este detalle de los orejones precisa explicación. Quizá para los lectores cultos y contemporáneos de Cándido no haría falta un dato más explícito sobre qué es un orejón; pero para un lector moderno el detalle pasa sin ser percibido. Voltaire juega con la convención de los Bestiarios medievales; desde la antigüedad los hombres han soñado con lo que hay más allá de sus ojos y los territorios conocidos. Cuando los romanos hablaban de bárbaros fuera del imperio, no sólo pensaban en gente primitiva, sino también en variantes físicas del hombre, incluso hasta razas semipensantes similares al hombre. Estas ideas ya estaban presentes en los griegos, y desde aquellos tiempos existía toda una serie de literaturas de viajeros que habían documentado razas de hombres con características sorprendentes: sin cabeza y con el rostro en el pecho; con ojos en la nunca; gigantes; enanos; con manos enormes. A medida que los territorios del mundo eran explorados, se situaban esas tribus y razas en lugares más lejanos de los dominios de la civilización; para cuando la narración de Cándido sucede, esos bestiarios ya se han sofisticado en los de la edad media, que con mucho son los que más imaginación superticiosa y problemas teológicos han derrochando. Imaginemos a San Agustín, pensando en la idea de que el hombre ha sido hecho a imágen y semejanza de Dios, pensando en los Panotos (o Panotti); hombres, que como su etimología lo dice, eran todo orejas, es decir, con orejas tan grandes que podían dormir cubriéndose con ellas, o ¡hasta volar! ¿Qué raza humana es la norma? Los gigantes, los enanos, los acéfalos... (No por nada el tema se ve desarrollado de lo lindo en Las crisálidas de John Wyndham). Lo cierto es que los Orejones de Voltaire tienen su inspiración en dos cosas: esos antiquísimos bestiarios y en la constante de atribuir a territorios cada vez más lejanos las más variopintas razas de hombres. ¿Sobre San Agustín? Es quizá el legitimador de estos pueblos cuasihumanos, todos somos hijos de Dios, sin importar la variedad física. Más detalles sobre esto aquí.
4. Recoge Pomeau en nota a su edición crítica (pág. 257) el testimonio de Muratori en su «Relación de las Misiones del Paraguay» sobre el padre Ruiz al que los indígenas quisieron comerse pensando que por ser los únicos que tomaban sal su carne sería más sabrosa. Le salvó un neófito que corrió a casa del misionero, cogió su habito y sombrero y corrió hacia los bárbaros. En el clima de hostilidad creciente contra la Compañía el «comamos jesuita» se había convertido en habitual, según escribe el duque de la Vallière a éste poco después de la publicacion de Cándido.
5. derecho natural: el que resulta de las fuerzas de la naturaleza, sin idea del bien ni del mal, según Spinoza.
6. Alusión irónica a las teorías del buen salvaje de Rousseau.

2. La fea

Pedro Antonio de Alarcón  es un autor español de mediados del siglo XIX. Se desempeñó muy bien como novelista y cuentista; también es conoci...