viernes, 10 de mayo de 2019

Monterroso o las moscas

Tito abre su Movimiento perpetuo con la idea de que en la literatura sólo hay tres temas el amor, la muerte y las moscas. Este libro suyo es muchas cosas, memorias, ensayos, cuentos, chistes; pero sobre todo una antología de moscas en la literatura. En afán de tributar a Monterroso y las moscas (y como si mi galería de las distintas formas de decir lo mismo no fuera suficiente) les presento mi continuación del contubernio de moscas, porque donde uno pone el ojo encuentra la mosca...

   Hasta las moscas vuelan dormidas, bajo este sol doble...
            La invención de Morel / Adolfo Bioy Casares


    Prisionero de un vuelo de mosca...
            Plagios / Ulalume González de León

     
—Disecamos moscas, dijo el filósofo, medimos líneas, juntamos números; estamos de acuerdo en dos o tres puntos que entendemos, y discutimos sobre dos o tres mil que no entendemos
            Micromegas / Voltaire


     ...les contaba, a la luz de un candil, mientras moscas de color zumbaban en torno
            Vidas Imaginarias / Marcel Schwob

miércoles, 8 de mayo de 2019

De cómo Voltaire pone el tedio en boca de Pococurante y otras apreciaciones sobre el arte

En el capítulo XXV de Cándido, éste visita la casa de un viejo hombre veneciano de quien se dice que "nunca ha tenido penas". La perspectiva de encontrar un Homo Beatus imposible estimula la viva curiosidad de Cándido que viene de conocer, ver y sobre todo experimentar una serie de miserias encadenadas.
Dicha reunión es propicia para que Pococurante (el que se preocupa poco) exprese sus juicios sobre arte —juicios que, dicho sea de paso, son amargos, concepciones de un hombre hastiado y asqueado, pero no por ello menos ciertas y válidas.


De la pintura
     Cándido, tras el desayuno, al pasearse por una larga galería, se sorprendió de la belleza de los cuadros. Preguntó de qué maestro eran los dos primeros. «Son de Rafael, dijo el senador; los compré muy caros por vanidad, hace algunos años; dicen que es lo más bello que hay en Italia, pero no me gustan nada: el color está muy ensombrecido, las figuras no son suficientemente redondas, y no sobresalen bastante; los chapeados en nada se parecen a una tela: en una palabra, por mucho que digan, no encuentro en ello imitación verdadera de la naturaleza. Sólo me gustará un cuadro cuando vea en él la naturaleza misma: no los hay de esa especie. Tengo muchos cuadros, pero ya no los miro.»

De la música
     Pococurante, mientras esperaban la comida, mandó dar un concierto. Cándido encontró la música deliciosa. «Este ruido, dijo Pococurante, puede divertir media hora; pero si dura más tiempo, cansa a todos aunque nadie ose confesarlo. Ya la música hoy es sólo el arte de ejecutar cosas difíciles, y lo que sólo es difícil a la larga no gusta. Quizás prefiriera la ópera, si no hubieran dado con el secreto de hacer de ella un monstruo que me subleva. Que vaya quien quiera a ver malas tragedias con música en las cuales las escenas sólo están para traer de mala manera dos o tres canciones ridículas que realzan la garganta de una actriz; que se pasme de placer quien quiera o quien pueda al ver a un castrado canturrear el papel de César o de Catón, y pasearse torpemente por las tablas; en cuanto a mí hace tiempo que renuncié a esas pobrezas, que son hoy gloria de Italia, y que algunos soberanos pagan tan caro.» Cándido discutió un poco, pero con discreción. Martín fue totalmente del parecer del senador.

De la literatura
     Se sentaron a la mesa; y, tras una excelente comida, entraron en la biblioteca. Cándido, al ver un Homero magníficamente encuadernado, alabó al ilustrísimo por su gusto. «Este es un libro, dijo, que hacía las delicias de Pangloss, el mejor de los filósofos de Alemania. —No hace las mías, dijo fríamente Pococurante; me hicieron creer hace tiempo que sentía placer al leerlo; pero esta continua repetición de combates que se parecen todos, esos dioses que actúan siempre para no hacer nada decisivo, esa Helena que es el motivo de la guerra, y que apenas es una actriz en la obra; esa Troya asediada, y que no se toma: todo ello me causa el aburrimiento más mortal. He preguntado a veces a sabios si se aburrían tanto como yo con esta lectura: todas las personas sinceras me han confesado que se les caía el libro de las manos, pero que había que tenerlo siempre en la biblioteca, como un monumento de la Antigüedad, y como esas medallas roñosas que ya no sirven para comerciar. 
     —¿Su excelencia no piensa lo mismo de Virgilio?, dijo Cándido. —Reconozco, dijo Pococurante, que el segundo, el cuarto y el sexto libro de su Eneida, son excelentes; pero en cuanto a su piadoso Eneas, y al fuerte Cloanto, y al amigo Acato, y al pequeño Ascanio, y al imbécil rey latino, y a la burguesa Amata, y a la insípida Lavinia, no creo que haya nada más frio y desagradable. Prefiero el Tasso y los inverosímiles cuentos del Ariosto. 
     —Me atrevería a preguntaros, señor, dijo Cándido, si no sentís gran placer leyendo a Horacio. Hay en él máximas, dijo Pococurante, de las que puede sacar provecho un hombre de mundo, y que, al estar encerradas en versos enérgicos, se graban con mayor facilidad en la memoria; pero muy poco me importan su viaje a Brindes, y su descripción de una mala cena, y su disputa de mozos de cuerda entre no sé qué Pupilo cuyas palabras, dice, estaban llenas de pus, y otro cuyas palabras eran vinagre. Sólo he leído con extremado asco esos versos groseros contra viejas y brujas; y no veo qué mérito pueda tener el decirle a su  amigo Mecenas que, si le pone entre los poetas liricos, tocará con sublime frente los astros. Los necios todo lo admiran en un autor afamado. Yo sólo leo para mí; sólo me gusta lo que me sirve.»
     Cándido, al que se había educado para que no juzgara nada por sí mismo, se extrañaba mucho de lo que oía; y Martín encontraba la forma de pensar de Pococurante bastante razonable.
    «¡Oh!, un Cicerón, dijo Cándido; pienso que a este gran hombre no os cansaréis de leerlo. —No lo leo nunca, contestó el veneciano. ¿A mí qué me importa que haya abogado por Rabinius o por Cluentius? Bastante tengo con los pleitos que yo juzgo; más me hubieran complacido sus obras filosóficas; pero cuando vi que de todo dudaba, concluí que ya sabía yo tanto como él, y que para ser ignorante a nadie necesitaba.
     —Ah, aquí hay ochenta volúmenes de obras de una academia de ciencias, exclamó Martín; puede que haya algo bueno. —Habría, dijo Pococurante, con que uno sólo de los autores de este fárrago hubiera inventado el arte de hacer   alfileres; pero en todos estos libros no hay más que sistemas vanos, y ni una cosa útil.
     — ¡Cuántas obras de teatro veo ahí, dijo Cándido, en italiano, español, francés! —Sí, dijo el senador, hay tres mil, y ni tres docenas buenas. En cuanto a estos compendios de sermones, que entre todos no valen una página de Séneca, y todos esos gruesos volúmenes de teología, ya supondréis que jamás los abro, ni yo, ni nadie.»

sábado, 4 de mayo de 2019

Antología de cuentos musicales: 13. La desconocida

Villers de L'Isle-Adam es uno de los escritores con mayor fuerza expresiva que he leído jamás. Sus narraciones, fuertemente influidas por Poe —a quien leyó en traducciones de Baudelaire— tienen tintes decadentes de gran belleza. Fue marginal entre los ya marginales simbolistas franceses de su época. Es otro de esos escritores que tuvieron formación musical, en el caso de él en el piano, por lo que cuanto dice de la música no suele ser gratuito.
El siguiente cuento pertenece a la selección original de los primeros Cuentos Crueles que publicó, y aunque no es propiamente musical, sí trata expresamente un tema fundamental para la música: El Silencio. Eventualmente quiero hacer una reflexión sobre el silencio, quizá fundar un fenomenología del mismo a partir de la música y creo que este es un buen inicio para bosquejar el proyecto.

A la señora condesa de Laclos ()

El cisne se calla toda su vida para cantar bien por una sola vez.
Antiguo proverbio (ʙ)

Era el niño sagrado al que un bello verso hace palidecer.
ADRIEN JUVIGNY ()

     Aquella noche, todo París resplandecía en los Italianos (). Se representaba la Norma (1). Era la velada de despedida de María Felicia Malibrán (2).
     La sala entera, con los últimos acordes (3) de la plegaria de Bellini, Casta Diva (4), se había alzado y reclamaba a la cantante en un tumulto glorioso. Le echaban flores, brazaletes, coronas. ¡Un sentimiento de inmortalidad envolvía a la augusta artista, casi moribunda, que se alejaba, creyendo cantar! En el centro de las butacas de platea, un hombre muy joven, cuya fisonomía revelaba un alma resuelta y orgullosa, manifestaba, destrozando sus guantes a fuerza de aplaudir, la apasionada admiración que experimentaba.
     Nadie en el mundo parisino conocía a este espectador. No tenía aire provinciano, sino extranjero. Con su vestimenta algo nueva, pero de un lustre apagado y de un corte irreprochable, sentado en su butaca de platea, hubiera parecido casi singular, si no fuera por la instintiva y misteriosa elegancia que desprendía toda su persona. Al examinarlo, se hubiera buscado a su alrededor espacio, cielo y soledad. Era extraordinario. ¿Pero París, no es la ciudad de lo extraordinario?
     ¿Quién era y de dónde venía?
     Era un adolescente huraño, un huérfano señorial —uno de los últimos de este siglo—, un melancólico hidalgo del norte, escapado, desde hacía tres días, de la noche de una casona solariega de Cornualles.
     Se llamaba Conde Félicien de la Vierge; poseía el castillo de Blanchelande, en la Baja Bretaña. ¡Una sed de existencia ardiente, una curiosidad hacia nuestro maravilloso infierno, se había apoderado y había enfebrecido repentinamente a este cazador, allá abajo...! Se había puesto en camino y, simplemente, allí estaba. Su presencia en París se reducía a aquella mañana, de manera que sus grandes ojos aún estaban espléndidos.
     ¡Era su primera noche de juventud! Tenía veinte años. Era su entrada en un mundo de pasión, de olvido, de banalidades, de oro y placeres Y, por casualidad, había llegado a tiempo de escuchar el adiós de aquella que partía.
     Pocos instantes le bastaron para acostumbrarse al resplandor de la sala. Pero a las primeras notas de la Malibran su alma se había estremecido; la sala había desaparecido. El hábito del silencio del bosque, del viento ronco de los escollos, del rumor del agua sobre las piedras de los torrentes y las llegadas graves del crepúsculo habían educado como poeta a este orgulloso joven, y en el timbre de la voz que escuchaba le parecía que el alma de aquellas cosas le enviaba la plegaria lejana de que volviera.
     En el momento en el que, transportado de entusiasmo, aplaudía a la inspirada artista, sus manos quedaron en suspenso; se quedó inmóvil.
     En el balcón de un palco acababa de aparecer una joven de una gran belleza. Miraba el escenario. Las líneas finas y nobles de su perfil perdido se ensombrecían con las rojas tinieblas del palco, tal que un camafeo de Florencia en su medallón. Pálida, con una gardenia en sus cabellos oscuros y totalmente sola, apoyaba en el borde del balcón su mano, cuya forma revelaba una ascendencia ilustre. En el escote del corpiño de su vestido de muaré negro, velado con encajes, una piedra enferma, un admirable ópalo, a imágen de su alma, sin duda, lucía en un engaste de oro. Con un aire solitario, indiferente a toda la sala, parecía olvidarse de sí misma bajo el invencible encanto de aquella música.
     El azar quiso, no obstante, que ella volviera vagamente los ojos hacia la multitud; en ese instante los ojos del joven y los suyos se encontraron, el tiempo de brillar y apagarse, un segundo.
     ¿Se habían conocido antes?... No. No en la tierra. Pero aquellos que pueden decir dónde comienza el Pasado decidan cuándo estos dos seres, verdaderamente, se habían poseído, en una vida que con esa sola mirada, desde esa vez y para siempre, supieron que no había empezado en sus respectivas cunas. El relámpago ilumina una sola vez las olas y las espumas del mar nocturno y, en el horizonte, las lejanas líneas de plata de las olas: así la impresión en el corazón de este joven, tras esa rápida mirada, no fue gradual; ¡fue el íntimo y mágico deslumbramiento de un mundo que se descubre! Cerró los párpados como para retener los dos luceros azules que se habían perdido; luego quiso resistirse a ese vértigo opresor. Levantó los ojos hacia la desconocida.
     Pensativa, ella todavía posaba su mirada en la de él, como si hubiera comprendido el pensamiento de ese amante salvaje y, como si fuera una cosa natural, Félicien sintió que palidecía; en aquella rápida ojeada tuvo la impresión de que dos brazos se unían lánguidamente alrededor de su cuello. ¡Ya estaba! ¡El rostro de la mujer acababa de reflejarse en su espíritu como en un espejo familiar, acababa de encarnarse de reconocerse en él! ¡De fijarse para siempre jamás bajo una magia de pensamientos casi divinos! Amaba en su primer e inolvidable amor:
     Mientras tanto, la joven, abriendo su abanico, cuyos encajes negros rozaban sus labios, parecía haber vuelto a su distracción. Ahora se diría que escuchaba exclusivamente las melodías de la Norma.
     En el momento de elevar sus binóculos hacia el palco, Félicien pensó que sería una inconveniencia.
     —¡Puesto que la amo!— se dijo.
     Impaciente ante el final del acto, se recogía en sí mismo.¿Cómo hablar con ella? ¿Cómo saber su nombre? No conocía a nadie. ¿Consultar al día siguiente el registro de los Italianos? ¡Y si era un palco cualquiera, comprado sólo para esa función! La hora apremiaba, la visión iba a desaparecer. ¡Bien! su coche seguiría el suyo, eso era todo.. Le parecía que no tenía otros medios. Después ¡ya se las ingeniaría! Luego, con su ingenuidad... sublime, se dijo:
     —Si ella me ama, se dará cuenta y me dejará algún indicio.
     Cayó el telón. Félicien abandonó rápidamente la sala. Una vez en el peristilo, se limitó a pasearse por delante de las estatuas.
     Cuando se acercó su criado, le susurró algunas instrucciones; el criado se retiró a una esquina y permaneció muy atento.
      El enorme rumor de la ovación dedicada a la cantante cesó poco a poco, como todos los rumores de triunfo de este mundo. Bajaban la gran escalera. Félicien, con la mirada fija en lo más alto, entre los dos jarrones de mármol de donde fluía el río deslumbrante del gentío, espero.
     Ni los rostros radiantes, ni los tocados, ni las flores en la frente de las jóvenes, ni las esclavinas de armiño, ni la brillante oleada que discurría delante de él bajo las luces, él no vio nada.
     Y toda esa muchedumbre desapareció en seguida, poco a poco, sin que la joven apareciera.
     ¡La había dejado escapar sin reconocerla!... ¡No! Era imposible. Un viejo sirviente, empolvado y cubierto de pieles, permanecía aún en el vestíbulo. En los botones de su librea negra brillaban las hojas de apio de una corona ducal.
     De pronto, en lo alto de la solitaria escalera ¡apareció ella! ¡Sola! Esbelta, bajo un abrigo de terciopelo y con los cabellos ocultos por una mantilla de encaje, apoyaba su mano enguantada sobre la barandilla de mármol. Reparó en Félicien, de pie junto a una estatua, pero no pareció preocuparse mucho por su presencia.
     Descendió apaciblemente. Cuando se aproximó al sirviente, le dirigió unas palabras en voz baja. El lacayo se inclinó y se retiró sin esperar más. Un instante después se oyó el ruido de un coche que se alejaba. Entonces ella salió. Descendió, siempre sola, las gradas exteriores del teatro. Félicien apenas tuvo tiempo de deslizar estas palabras a su criado:
     —Volved solo al hotel.
     En un momento se encontró en la plaza de los Italianos, a unos pasos de la dama; la multitud había desaparecido ya por las calles adyacentes y el eco lejano de los coches se debilitaba.
     Era una noche de octubre, seca, estrellada. ()
     La desconocida caminaba muy lentamente y como poco habituada. ¿Seguirla? Era preciso y se decidió a hacerlo. El viento de otoño le traía el débil perfume de ámbar que emanaba de ella, el monótono y sonoro roce del muaré contra el asfalto.
     Ante la calle Monsigny ella se orientó durante un segundo y luego caminó, como indiferente, hasta la calle de Grammont, desierta y apenas iluminada.
     De pronto el joven se detuvo; una idea atravesó su mente. ¡Quizá era una extranjera! ¡Un coche podía pasar y llevársela para siempre! ¡A la mañana siguiente, toparse con las piedras de una ciudad y jamás volver a encontrarla!
     ¡Estar separado de ella, sin cesar, por el azar de una calle, de un instante que puede durar toda la eternidad! ¡Qué futuro! ¡Este pensamiento lo turbó hasta hacerle olvidar toda consideración de decoro!
     Adelantó a la joven en un ángulo de la oscura calle; entonces se volvió, se puso horriblemente pálido y apoyándose en el pilar de hierro de un farol, la saludó; luego, mientras una especie de magnetismo encantador manaba de todo su ser, muy sencillamente le dijo:
     —Señora, lo sabéis; os he visto esta noche por vez primera. Como temo no volver a veros, necesito deciros —desfallecía— ¡que os amo! —acabó en voz baja— y que si vos me rechazáis, moriré sin repetir estas palabras a nadie.
     Ella se detuvo, levantó su velo y contempló a Félicien con una atenta fijeza. Tras un breve silencio habló:
     —Señor —respondió, con una voz cuya pureza dejaba transparentar las más lejanas intenciones del espíritu— señor, el sentimiento que os produce esa palidez y esa actitud debe de ser, en efecto, bien profundo para que encontréis en él la justificación de lo que estáis haciendo. No me siento, pues, ofendida en modo alguno. Reponeos y tenedme por una amiga.
     Félicien no se extrañó de esta respuesta: le pareció natural que el ideal respondiera idealmente.
     La circunstancia era de aquellas, en efecto, en las que los dos debían recordar, si eran dignos de ello, que pertenecían a la raza de los que crean las conveniencias y no de quienes las sufren. Lo que la generalidad de los humanos llama, pase lo que pase, conveniencias no es más que una imitación mecánica, servil y casi simiesca de aquello que ha sido practicado por seres de elevada naturaleza en circunstancias generales.
     En un impulso de ingenua ternura, besó la mano que se le ofrecía.
     —¿Queréis darme la flor que habéis llevado en vuestros cabellos toda la velada?
     La desconocida se quitó silenciosamente la pálida flor bajo los encajes y al ofrecérsela a Félicien dijo:
     —Ahora, adiós y para siempre.
     —¡Adiós!... —balbuceó él—. Así, pues, ¿no me amáis? ¡Ah! ¡Estáis casada! —exclamó, de repente.
     —No.
     —¡Libre! ¡Oh, cielos!
     —¡Sin embargo, olvidadme! Es preciso, señor.
     —¡Pero os habéis convertido en un instante en el latido de mi corazón! ¿Acaso puedo vivir sin vos? ¡El único aire que quiero respirar es el vuestro! No comprendo lo que decís, olvidaros... ¿cómo?
     —Me ha sucedido una terrible desgracia. Confesároslo sería entristeceros hasta la muerte, es inútil.
     —¡Qué desgracia puede separar a quienes se aman!
     —Ésta.
     Al pronunciar esa palabra, ella cerró los ojos.
     La calle se prolongaba, absolutamente desierta. Un portal que daba a un pequeño cercado, una especie de triste jardín, se abría de par en par junto a ellos. Parecía ofrecerles su sombra.
     Félicien, como un niño irresistible que idolatra, la llevó bajo esa bóveda de tinieblas y rodeó con su brazo el talle, que se abandonaba.
     La embriagadora sensación de la seda tensa y tibia que se moldeaba alrededor de ella le transmitió un deseo febril de estrecharla, de llevársela, de perderse en su beso. Resistió. Pero el vértigo le quitaba la facultad de habla: No encontró más que estas palabras balbucientes e imprecisas.
     —¡Dios mío, cuánto os amo!
     Entonces, la mujer inclinó la cabeza sobre el pecho del que la amaba y con una voz amarga y desesperada dijo:
     —¡No os oigo! ¡Me muero de vergüenza! ¡No oigo! ¡No oiré vuestro nombre! ¡No oiré vuestro último suspiro! ¡No oigo los latidos de vuestro corazón, que golpean mi frente y mis párpados! ¡No veis el espantoso sufrimiento que me mata! ¡Yo soy... ah! ¡Yo soy SORDA! (5)
     —¡Sorda! —exclamó Félicien, fulminado por un frío estupor y estremecido de la cabeza a los pies.
     —¡Sí! ¡Desde hace años! ¡Oh! Toda la ciencia humana sería impotente para resucitarme de este horrible silencio. ¡Soy sorda como el cielo y como una tumba, señor! Es para maldecir este día, pero es la verdad. ¡Así que dejadme!
     —Sorda —repetía Félicien, quien bajo esta inimaginable revelación se había quedado sin pensamiento, trastornado e incapaz de reflexionar siquiera lo que decía. ¿Sorda?
     Luego, de repente habló:
     —Pero esta noche, en los Italianos —exclamo—,vos, sin embargo, ¡aplaudíais la música!
     Se paró, pensando que ella no debía de oírle. El asunto resultaba de repente tan espantoso que provocaba la sonrisa.
     —¿En los Italianos?... —respondió ella, sonriendo a su vez—. Olvidáis que he tenido tiempo de estudiar el semblante de muchas emociones. ¿Acaso soy la única? Nosotros pertenecemos al rango que el destino nos otorga y es nuestro deber mantenerlo. ¿Esa noble mujer que cantaba no merecía algunas muestras supremas de simpatía? ¿Pensáis, por otra parte, que mis aplausos diferían mucho de los de los más entusiastas dilettanti? (6) ¡Yo misma me dediqué a la música, en otro tiempo...! (7)
     Ante estas palabras, Félicien la miró, un poco turbado, y todavía esforzándose en sonreír:
     —¡Oh! —dijo—. ¿Os burláis de un corazón que os ama hasta la desesperación? ¡Os acusáis de no oír, pero me respondéis...!
     —¡Ay! —exclamó ella— ¡Es que.. eso que decís lo creéis personal, amigo mío! Sois sincero. Pero vuestras palabras son nuevas solamente para vos. Para mí, vos recitáis un diálogo del que yo he aprendido, de antemano, todas las respuestas. Desde hace años, para mí es siempre lo mismo. Es un papel cuyas frases son dictadas y requeridas con una precisión verdaderamente horrorosa. Lo domino hasta tal punto que si aceptase, lo que sería un crimen, unir mi desgracia aunque sólo fuera por unos días a vuestro destino, olvidaríais en cada instante la funesta confidencia que os he hecho. ¡Os daría la ilusión, completa, exacta, ni más ni menos que cualquier otra mujer, os lo aseguro! Yo sería, incluso, incomparablemente más real que la realidad misma. ¡Pensad que las circunstancias dictan siempre las mismas palabras y que el rostro se armoniza siempre un poco con ellas! (8) Vos no podríais creer que no os oigo, hasta tal punto adivinaría con exactitud. No pensemos más en ello, ¿queréis?
     Esta vez él se sintió asustado.
     —¡Ah! —dijo—, ¡qué amargas palabras tenéis derecho a pronunciar!... Pero, yo, si eso es así, quiero compartir con vos aunque sea el silencio eterno, si es preciso. ¿Por qué queréis excluirme de vuestro infortunio? ¡Yo hubiera compartido vuestra felicidad! Y nuestra alma puede suplir todo lo que no existe.
     La joven se estremeció y lo miró con ojos luminosos.
     —¿Queréis caminar un poco, dándome el brazo, por esta sombría calle? —propuso— ¡Nos imaginaremos que es un paseo lleno de árboles, de primavera y de sol! Yo también tengo algo que deciros, que no repetiré jamás.
     Los dos amantes, con el corazón atenazado de una tristeza fatal, caminaron tomados de la mano, como dos exiliados.
     —Escuchadme —dijo ella—, vos que podéis oír el sonido de mi voz. ¿Por qué he sentido que no me ofendíais? Y ¿por qué os he respondido? ¿Lo sabéis?... Ciertamente, es muy sencillo que yo haya adquirido la ciencia de leer sobre un rostro y en las actitudes los sentimientos que determinan los actos de un hombre, pero lo que es totalmente diferente es que yo presiento, con una exactitud tan profunda y, por así decirlo, casi infinita, el valor y la cualidad de esos sentimientos así como su íntima armonía con aquel que me habla. Cuando habéis decidido cometer conmigo esa espantosa inconveniencia de hace un momento, yo era la única mujer, quizá, que podía entender en ese preciso instante su verdadero significado.
     »Os he respondido porque me ha parecido ver brillar sobre vuestra frente ese signo desconocido que anuncia a aquéllos cuyo pensamiento, lejos de estar oscurecido, dominado y amordazado por sus pasiones, engrandece y diviniza todas las
emociones de la vida, y libera el ideal contenido en todas las sensaciones que experimentan. Amigo, dejadme enseñaros mi secreto. ¡La fatalidad, en un principio tan dolorosa, que ha golpeado mi ser material, se ha convertido para mí en la liberación de muchas servidumbres! Me ha liberado de esa sordera intelectual de la que son víctimas la mayoría de las otras mujeres.
      »Ella ha entregado mi alma sensible a las vibraciones de las cosas eternas, de las que los seres de mi sexo no conocen, según lo acostumbrado, más que una parodia. ¡Sus orejas están tapiadas a tan maravillosos ecos, a esas prolongaciones sublimes! De manera que ellas deben únicamente a la agudeza de su oído la facultad de percibir lo que hay de instintivo y externo en las voluptuosidades más puras y delicadas ¡Son las Hespérides (), guardianas de esos frutos encantados cuyo mágico valor ignoran para siempre! ¡Ayl, yo soy sorda... ¡Pero ellas! ¡Qué oyen ellas!... O más bien, aqué escuchan ellas en las palabras que les dirigen, sino un confuso rumor en armonía con los rasgos de la fisonomía de quien les habla? De manera que, desatentas no al sentido aparente sino a la calidad, reveladora y profunda, al verdadero sentido, finalmente de cada palabra se contentan con distinguir una intención de halago que les basta ampliamente. Es lo que ellas llaman «lo positivo de la vida» con una de sus sonrisas... ¡Oh! ¡Ya veréis, si vivís! ¡Veréis qué misteriosos océanos de candor, de suficiencia y de baja frivolidad esconde únicamente esa deliciosa sonrisa! El abismo de amor encantador, divino, oscuro, verdaderamente estrellado, como la Noche, que sienten los seres de vuestra naturaleza, ¡intentad traducírselo a una de ellas!... Si vuestras expresiones se filtran hasta su cerebro, allí se deformarán como una fuente pura que atraviesa una ciénaga. De manera que esa mujer no las habrá oido. «¡La vida es impotente para colmar tales sueños —dicen ellas— y vos le pedís demasiado!» ¡Ah! ¡Como si la vida no estuviera hecha para los vivos!
     —¡Dios mío! —murmuró Félicien.
     —Sí —prosiguió la desconocida—, una mujer no escapa a esta condición de la naturaleza, la sordera mental, a menos, tal vez, que pague su rescate a un precio inestimable, como yo. Atribuís a las mujeres un secreto porque ellas sólo se expresan por sus actos. Altivas, orgullosas de ese secreto que ellas mismas ignoran, les gusta hacer creer que se las puede adivinar. Y cualquier hombre, halagado por creerse el adivino esperado, malgasta su vida para casarse con una esfinge de piedra. Y nadie de entre ellos puede remontarse de antemano hasta esta reflexión: un secreto, por más terrible que sea, si no es expresado nunca, es igual a nada.
     La desconocida se detuvo.
     —Soy amarga, esta noche —continuó—, he aquí el porqué: no envidio lo que ellas poseen al haber constatado el uso que hacen de ello. ¡Y que yo misma hubiera hecho, sin duda! ¡Pero aquí estáis vos, aquí, vos a quien en otro tiempo yo hubiera amado tanto!... ¡Os veo!... ¡Os adivino!... Reconozco vuestra alma en vuestros ojos... vos me la ofrecéis ¡y yo no puedo aceptarla!...
     La joven escondió la frente entre las manos.
     —¡Oh! —respondió en voz baja Félicien, con;los ojos llenos de lágrimas— ¡Al menos puedo besar vuestra voz en el aliento de vuestros labios! ¡Comprended! ¡Dejadme vivir! ¡Sois tan bella!... El silencio de nuestro amor lo hará más inefable y más sublime. Mi pasión aumentará con todo vuestro dolor, con toda nuestra melancolía!... ¡Querida esposa mía para siempre, vivamos juntos!
     Ella lo contemplaba con los ojos inundados en lágrimas también y, poniendo la mano sobre el brazo que la enlazaba, dijo:
     —¡Vos mismo declararéis que es imposible! ¡Escuchad aún! Quiero acabar en este momento de revelaros todo mi pensamiento... pues no me oiréis ya más... y no quiero ser olvidada.
     Hablaba lentamente y caminaba con la cabeza inclinada sobre el hombro del joven.
     —¡Vivir juntos!..., decís... Olvidáis que tras las primeras exaltaciones la vida toma un carácter de intimidad en el que la necesidad de expresarse con exactitud se hace inevitable. ¡Es un instante sagrado! Y ése es el instante cruel en el que aquellos que se han casado desatentos a sus palabras reciben el castigo por el poco valor que han acordado a la calidad del sentido real, ÚNICO, en fin, que tales palabras recibían de aquellos que las pronunciaban. «¡No más ilusiones¡», se dicen, creyendo así enmascarar bajo una sonrisa trivial el doloroso menosprecio que sienten en realidad por esa clase de amor, y la desesperación que sienten al confesárselo a sí mismos.
     »¡Pues no quieren darse cuenta de que no han poseído sino lo que deseaban! Les es imposible creer que (excepto el Pensamiento, que transfigura todas las cosas) todo no es más que ILUSIÓN, aquí abajo. Y que toda pasión aceptada y concebida en la pura sensualidad se convierte en seguida en más amarga que la muerte para quienes se han abandonado a ella. Mirad en el rostro de los transeúntes y veréis si exagero. ¡Pero nosotros, mañana! ¡Cuando ese instante hubiera llegado!... ¡Tendría vuestra mirada, pero no tendría vuestra voz! ¡Tendría vuestra sonrisa... pero no vuestras palabras! ¡Y presiento que no debéis de hablar como los demás!...
     »Vuestra alma primitiva y sencilla debe de expresarse con una vivacidad casi definitiva, ¿no es asi? ¡Todos los matices de vuestro sentimiento sólo pueden revelarse en la música misma de vuestras palabras! Sentiría que estáis completamente lleno de mi imagen, pero la forma que dais a mi ser en vuestros pensamientos, la manera en que soy concebida por vos, y que sólo podemos manifestar con unas palabras halladas cada día, esa forma sin líneas precisas y que, con la ayuda de esas mismas palabras divinas, queda indecisa y tiende a proyectarse en la Luz para fundirse y pasar en ese infinito que llevamos en nuestro corazón, esa sola realidad, en fin, ¡no la conocería nunca! ¡No!... Esa inefable, oculta en la voz de un amante, ese murmullo de inflexiones inauditas, que envuelve y hace palidecer, ¡estaría condenada a no oírlo!... ¡Ah! ¡Aquel que escribió en la primera página de una sinfonía sublime: «¡Así es como Dios llama a la puerta¡» (9) había conocido la voz de los instrumentos antes de sufrir la misma afección que yo!
     »¡Él se acordaba mientras componía! Pero yo, cómo acordarme de la voz con la que acabáis de decirme por primera vez: "¡Yo os amo!..."
     Mientras escuchaba estas palabras, el joven se había puesto sombrío: lo que experimentaba era terror.
     —¡Oh! —exclamó— ¡Pero vos entreabrís en mi corazón abismos de desgracia y de cólera! ¡Tengo el pie en el umbral del paraíso y debo cerrarme yo mismo la puerta a todos los goces! ¡Sois la tentadora suprema, en fin!.. Me parece que veo brillar en vuestros ojos no sé qué orgullo por haberme desesperado.
     —¡Vamos! ¡Soy yo quien no te olvidará nunca! —respondió ella— ¿Cómo olvidar las palabras presentidas que no han sido oídas?
     —¡Ay de mí, señora! Matáis con placer toda la joven esperanza que yo deposito en vos!... Sin embargo, si vos estáis presente donde yo viva, ¡venceremos el futuro juntos! iAmémonos con más valor! ¡Dejaos llevar!
     En un movimiento inesperado y femenino, ella unió sus labios a los de él en la oscuridad, dulcemente, durante algunos segundos. Luego, dijo con una especie de abandono:
     —Amigo, os digo que es imposible. Hay horas de melancolía en que, irritado por mi enfermedad, ¡buscaríais ocasiones de constatarla más vivamente todavía! ¡No podríais olvidar que no os oigo... ni perdonármelo, os lo aseguro!
¡Seríais fatalmente arrastrado, por ejemplo, a no hablarme más, a no articular silaba alguna ante mí! Sólo vuestros labios me dirían: «Os amo», sin que la vibración de vuestra voz turbase el silencio. Acabaríais escribiéndome, en fin, lo cual sería penoso. ¡No, es imposible! No profanaré mi vida por la mitad del Amor. Aunque virgen, soy viuda de un sueño y quiero quedar no satisfecha. Os lo digo, no puedo tomar vuestra alma a cambio de la mía. ¡Vos erais, sin embargo, el destinado a retener mi ser!... Y es por esto mismo por lo que mi deber es arrebataros mi cuerpo. ¡Me lo llevo! ¡Es mi prisión! ¡Ojalá pueda librarme pronto de él! No quiero saber vuestro nombre... ¡No quiero leerlo!... ¡Adiós ¡Adiós!
     Un coche relumbraba a unos pasos en el recodo de la calle Grammont. Félicien reconoció vagamente al lacayo del peristilo de los Italianos, cuando a una señal de la joven, un sirviente bajó el estribo del carruaje.
     Ella abandonó el brazo de Félicien, se desasió como un pájaro y entró en el coche. Un instante después, todo había desaparecido.
     El señor conde de la Vierge volvió al día siguiente a su castillo de Blanchelande y no se ha vuelto a oír hablar de él.
     Ciertamente, podía vanagloriarse de haber encontrado, al primer intento, una mujer sincera, que había sabido mantener el valor de sus opiniones.

Notas

. No logré determinar la identidad de esta Condesa. Dudo que sea la esposa de P. Choderlos de Laclos, el célebre autor de Las Amistades Peligrosas, pues él no ostentaba títulos nobiliarios.

ʙ. El proverbio existe como metáfora desde los tiempos de la antigua Grecia. El cisne es el ave consagrada a Apolo, por lo cual se le atribuyen especiales características musicales. Distintos escritores hacen alusión al canto del cisne que es más bello o sólo cerca de su muerte, por ejemplo: Esopo, Sócrates, Aristóteles, Esquilo, Marcial, Ovidio, Marcial, Tennyson, Chaucer, etc... [El tema del cisne es también tocado al inicio de su novela Tribulant Bohomet]

. Juvigny (1849-73), fue un poeta francés cuya muerte prematura dejó una obra dispersa. Suelen colocarlo junto a los malditos de Verlaine.

. Este célebre inmueble ha sido capital de la música en París por décadas. Para los románticos parece tener especial magnetismo; aquí fue donde Baudelaire escuchó por primera vez las obras de Wagner.

. Como leemos, la narración sucede en el mes de Octubre. Esto podría generar una incongruencia pues, si nuestra suposición sobre el año en que ocurre la acción es correcta, entonces la interpretación de La Malibran ha sido póstuma, pues ella falleció el 23 Septiembre, por lo tanto no pudo cantar el mes siguiente en París.

. Ninfas de voz melodiosa que, según, las distintas tradiciones, resultan ser hijas de la Nyx, de Zeus y Temis, de Forcis y Ceto, o bien de Atlante. Según la leyenda, estas ninfas, custodiaban un maravilloso jardín llamado El jardín de las Hespérides lleno de fuentes de ambrosía.

Notas Musicales

1. Norma es una tragedia lírica compuesta por Bellini hacia 1831 y estrenada ese mismo año en Milán. Entre otros temas, el oscuro argumento toca el tema del infanticidio. A pesar de ello es una pieza insigne de la ópera.

2. La fugaz y ornamental aparición de La Malibran en la narración puede arrojarnos alguna idea del tiempo en el que sucede la historia, pero antes: María Felicia Malibran (1808-36) fue una de las sopranos más conocidas y talentosas de la historia de la música, era francesa de origen español. Como decía, su presencia es llamativa, porque la primera interpretación de María en el papel de Norma fue en Nápoles, en 1833; y entre giras y una epidemia de cólera en Italia [región geográfica que parece especialmente propicia a esto; recomiendo leer La muerte en Venecia de Mann] La Malibran regresa brevemente a Francia hacia 1836 para concretar un divorcio y un nuevo matrimonio. No hay registros de que haya cantado en Los Italianos durante este regreso a Francia. Partiría casi de inmediato a Inglaterra donde producto de una caída de su caballo durante una cacería, moriría poco después. Imagino que la admiración de Villers de L'Isle-Adam por esta cantante era tal que se dió la pequeña licencia de usarla para ambientar el cuento: lo cierto es que nos da una idea bastante aproximada de que la acción sucede en 1836.

3. Como ya he comentado en otras entregas de la antología, un Acorde es una Superposición de 3 o más sonidos de diferente altura (frecuencia). Al hablar de los últimos acordes de la Plegaria Villers de L'Isle-Adam se refiere a lo que en música conocemos como Cadencia: esto es una progresión especial de acordes que dan la sensación de conclusión o de reposo en una obra.  La hay de muchos tipos y pueden cumplir alguna otra función además de la antes mencionada. Por decir un par, existen la Cadencia Plagal, de Engaño, la Perfecta, etc...

4. Casta Diva es, quizá, el Aria más representativa de Norma y una de las melodías más celebradas dentro de la tradición Belcantística.

5. En la condición de completo silencio de nuestra desconocida se cifra un tema que Villers de L'Isle-Adam tocará en otro cuento donde un virtuoso músico, de un instrumento olvidado por el tiempo, se ve condenado a otra clase de silencio: un Tacet que anticiparía a John Cage y su célebre 4:33. La razón por la que elegí este cuento para la antología es precisamente el silencio musical que impera en la atmósfera de la narración: propiamente no hay ningún hecho musical, sólo alusiones ambientales; conviene, entonces, recordar que el silencio: 1) No existe, estamos siempre rodeados de sonido y aquello que reconocemos como silencio no es más que nuestro oído buscando afanosamente el sonido y 2) Es parte significativa de la música, sin él es imposible articular un discurso sonoro, su presencia determina a la música.

6. La pregunta es recriminante, la desconocida se compara con los diletantes en la sinceridad de sus aplausos: veladamente Villers de L'Isle-Adam critíca la situación de aquellos que prestan oídos para escuchar algo que no comprenden y que probablemente tampoco tienen el interés en comprender, dice que son tanto o más sordos que nuestra dama, que sus respetos no valen gran cosa.

7. El pensamiento estandariza: comienza a dar por sentado que sólo cumpliendo ciertos requisitos se puede realizar ciertas actividades; entonces descarta de inmediato que un manco pueda tocar el piano, o que un sordo se dedique a la música, afortunadamente la historia nos ha demostrado que las limitaciones son mentales, allí está Paul Wittgenstein tocando el piano con una mano, Beethoven componiendo sin oír nada, Django Reinhardt tocando la guitarra como si sus cinco dedos izquierdos funcionaran a la perfección. Lo que trato de decir es que en algunos aspectos la música puede ser tan abstracta y hasta carente de sonido absoluto que no es imposible pensar en músicos que no oyendo nada comprendan y ejecuten las cuestiones puramente mecánicas de este arte, quedándose con un goce secreto, un placer totalmente mental.

8. La metáfora es bonita y refuerza la idea de que nuestra desconocida en efecto estudió música.

9. Esto y lo posterior son obvias referencias a Beethoven y su Quinta Sinfonía en Cm, también llamada Sinfonía del Destino. El secretario de legendario compositor cuenta la anécdota de que las primeras cuatro notas simbolizan cómo el destino llama a la puerta. Podemos notar que en el cuento dicen Dios en lugar de Destino, es difícil decir si ha sido una confusión de Villers de L'Isle-Adam o un error en la traducción.

Antología de cuentos sobre antropofagia: BIII. 2. Modesta propuesta

Modesta propuesta para prevenir que los niños de la gente pobre en Irlanda sean una carga para sus padres o su país, y hacerlos benéficos para el pueblo, elaborada por el doctor Jonathan Swift 1729. 
Tal es el título del siguiente ensayo, que en realidad, poco o nada, tendría que hacer en una antología de cuentos sobre antropofagia; sin embargo, la obra es un referente absoluto de la literatura sobre este tema. Un discurso casi cínico que propone una alternativa dentro de lo permitido por la corona inglesa para aliviar la terrible situación social de Irlanda. El texto es malévolo y no tanto por lo que propone en sí, sino por el retrato crudo de la relación entre ingleses e irlandés y aún más la situación de  crueldad y marginación que operaba de los cismáticos a los católicos en Irlanda.
He clasificado este texto dentro del ámbito de lo cocido, su argumento de industralizar el consumo de carne humana a un grado nacional lleva al texto a ser un banquete. La motivación que lleva a una sociedad civilizada al canibalismo da mucho en que pensar. 
Al momento de escribir esto, desconozco la recepción que tuvo el texto en su época; no dudo que la credulidad y la desesperación pudieran haber llevado a alguno a tomar demasiado literal las palabras de Swift y poner en práctica esta modesta propuesta.
    

     Causa de melancolía es para quienes caminan por esta gran ciudad, o para quienes viajan por el país, el ver las calles, las casuchas y los caminos llenos de pordioseras seguidas por tres, cuatro o seis niños, todos en harapos e inportunando a cada transeúnte por una limosna. Estas madres, en lugar de ser capaces de trabajar por una vida honesta, compelidas están a emplear todo su tiempo en vagabundear pidiendo algún sustento para sus desamparados hijos, quienes, a medida que crecen, se vuelven ladrones por la escasez de empleo o dejan su querido país natal para pelear por el aspirante al trono (1), o se venden a las Barbados. 
     Yo creo que todos estarán de acuerdo en que este prodigioso número de niños, en brazos o en espaldas, o a la vera de sus madres y con frecuencia de sus padres, es un pesar adicional para el deplorable estado actual del reino; y por lo tanto, quien pueda encontrar un método fácil, barato y justo para hacer de estos niños miembros sensatos y útiles para la comunidad, tanto merecería de los ciudadanos como para que se erigiera su estatua como preservador de la nación. 
     Pero mi intención va más allá que sólo confinarse a solventar a los niños de los pordioseros declarados; de extensión mucho mayor, deberá incluir al número total de infantes de cierta edad, quienes han nacido de padres poco capaces de ayudarlos, aquellos que exigen nuestra caridad en las calles. 
     Por mi parte, toda vez concentrados mis pensamientos por tantos años en este importante tema, he medido maduramente los diversos proyectos de nuestros planificadores, siempre los he encontrado ampliamente equivocados en su cálculo. Es cierto, un crío apenas nacido puede alimentarse con la leche de su madre por un año solar, sin ningún otro alimento; y el costo de ello acaso será mayor que el valor de dos chelines, los cuales podría obtener la madre; o ese mismo valor en sobras, que conseguiría por su legítima ocupación de mendigar. Y es exactamente cuando cumplen un año, que yo propongo proveerlos de tal manera que, en lugar de ser una carga para sus padres, o para el condado, o por necesitar alimento y vestimentas para el resto de sus vidas; ellos contribuyan a la alimentación, y en parte a la vestimenta de tantos miles. 
     De la misma manera, existe otra ventaja en mi propuesta: prevenir los abortos voluntarios, y la horrenda práctica de las mujeres que asesinan a sus hijos bastardos; ¡ay!, práctica demasiado frecuente entre nosotros que sacrifica a los pobres e inocentes bebés; yo creo que es más por evadir el gasto que la vergüenza, la cual movería al llanto y la lástima del pecho más inhumano y salvaje.
     El número de almas en este reino generalmente se estima en millón y medio; de estos calculo que habrá cerca de doscientas mil parejas cuyas esposas amamantan a sus hijos; de este número sustraigo treinta mil parejas que pueden mantener a sus propios hijos (aunque comprendo que no puede haber tantas bajo las actuales aflicciones del reino), pero pensando en esto, restarán ciento setenta mil criadores. De nuevo sustraigo cincuenta mil, por aquellas mujeres que abortan, o cuyos niños mueren por accidente o enfermedad durante el primer año. Sólo quedan ciento veinte mil niños de padres pobres que nacen anualmente. La pregunta por lo tanto es ¿cómo debe criarse este número y con qué habrá de proveerse? Lo cual, como ya he dicho, bajo la presente situación, es totalmente imposible por todos los métodos hasta ahora propuestos. Dado que no podemos emplearlos en manualidades, ni tampoco para construir casas, ni cultivar la tierra (me refiero al campo). Estos niños raramente logran un buen modo de vida robando hasta cumplir los seis años de edad; excepto cuando poseen una habilidad excepcional. Aunque confieso que aprenden tales capacidades antes; no obstante, durante dicho tiempo se pueden vigilar debidamente sólo como prueba; como me ha informado un importante caballero del condado de Cavan, quien protestó ante mí alegando que él nunca había conocido más de uno o dos casos de niños menores de seis años, incluso en ese lugar del reino tan reconocido por la habilidad en ese arte.
     Me aseguran nuestros mercaderes que un niño o una niña mayor de doce años no es un bien vendible, incluso cuando llegan a esta edad, el trueque no reditúa arriba de tres libras esterlinas, o tres libras y media corona a lo mucho; lo cual no puede convenir ni a los padres ni al reino, pues el costo del sustento y harapos por lo menos es de cuatro veces ese valor.
     Por lo tanto, propondré humildemente mis pensamientos, que espero no sean sujetos a la menor objeción. 
     Un norteamericano muy informado (2), a quien conocí en Londres, me aseguró que un nino pequeño bien alimentado es un platillo exquisito y un alimento completo, ya sea en estofado, rostizado, horneado o hervido; y no dudo que de la misma manera se pueda servir en fricasé o al estilo ragú.
     En consecuencia, ofrezco humildemente a la consideración pública, que de los ciento veinte mil niños ya computados, veinte mil puedan reservarse para crianza, de los cuales sólo una cuarta parte serán varones; que es más de lo que tenemos en ovejas, ganado vacuno o cerdos, y mi razón es que estos niños rara vez son fruto del matrimonio, una circunstancia no muy considerada por nuestros salvajes; por ende, un niño basta para servir a cuatro mujeres. Que los restantes cien mil pueden, al año de edad, ofrecerse en venta a las personas de calidad y fortuna en el reino, siempre aconsejando a las madres que los alimenten generosamente el último mes para hacerlos rechonchos y gordos para una buena mesa. Un niño bastará para dos platos en una velada de amigos, y cuando la familia cene sola, las partes anteriores o posteriores serán un plato suficiente, y sasonado con un poco de pimienta y sal, será un buen cocido incluso el cuarto día, especialmente en invierno.
     He estimado que un niño recién nacido pesará doce libras en promedio, y en un año solar, si es amamantado suficientemente, increnmentará a veintiocho libras.
     Aseguro que esta comida será apreciada de alguna forma, y por lo tanto será muy apropiada para los terratenientes, quienes, habiendo devorado a casi todos los padres, parecen tener derecho sobre los niños.
     La carne de los infantes estará de temporada todo el año, pero será más abundante un poco antes, durante y después de marzo; debido a que, según afirma un eminente doctor francés (3), que al ser el pescado una dieta prolífica, en países católicos romanos hay más niños nacidos nueve meses después de la Cuaresma, y los mercados estarán más repletos, ya que el número de infantes papistas es de por lo menos tres a uno en el reino, y por ende, habrá otra ventaja colateral al reducir el número de papistas (4) entre nosotros.
     Ya he contabilizado el cargo por alimentar al hijo de un pordiosero (en cuya lista considero todos los campesinos, trabajadores, y cuatro quintas partes de los granjeros), la suma se acerca a los dos chelines por año, incluidos los harapos; y creo que ningún caballero se quejaría por pagar diez chelines por el cuerpo de un niño gordo; como ya he dicho, alcanzará para cuatro platillos de excelente carne nutritiva, cuando sólo haya algún invitado especial o para la cena de la propia familia. Así el caballero aprenderá a ser un buen terrateniente y y será más popular entre sus arrendatarios; además, la madre obtendrá ocho chelines de ganancia neta, y estará lista para trabajar hasta que produzca otro niño.
     Aquellos que son más ahorrativos (como debo confesar que los tiempos lo requieren), pueden usar el cuerpo cuya piel, artificialmente decorada, hará admirables guantes para damas, y botas de verano para los elegantes caballeros.
     En cuanto a nuestra ciudad de Dublín, se puede solicitar un desolladero en el sitio adecuado para este propósito. Asimismo podremos asegurarnos que los carniceros no falten; aunque más bien recomiendo comprar a los niños vivos, y preparalos recién desollados, como lo hacemos con los puercos rostizados.
     Una persona muy valiosa, un verdadero amante de este país, y cuyas virtudes estimo en alto grado, últimamente se sentía complacido —hablando de este asunto— al ofrecer un refinamiento a mi esquema. Dijo que muchos caballeros de este reino, una vez que hubieran comido su venado, y al pensar en la demanda por la carne de venado, bien podrían suplirla con los cuerpos de jóvenes y señoritas, que no excedieran los catorce años de edad, ni que sean menores de los doce; ya que en cada país es tan grande el número de ellos listos para morir de inanición antes de encontrar trabajo; y estos pueden ponerse en disposición por sus padres, si están vivos, o de otro modo, por sus parientes más cercanos. Pero con la debida consideración para tan excelente amigo, y un patriota tan merecedor, no puedo estar de acuerdo con sus sentimientos, ya que en cuanto a los jóvenes, mi conocido norteamericano me aseguró, por una experiencia reciente, que su carne era generalmente dura y magra —como la de nuestros niños escolares— por el continuo ejercicio, y su sabor era desagradable, y engordarlos no correspondería con el costo. En cuanto a las jovencitas, sería, creo, con una humilde aclaración, una pérdida pública, ya que pronto ellas mismas se convertirían en criadoras; y además, no es improbable que alguna persona escrupulosa pudiera censurar dicha práctica (aunque ciertamente muy injusta), calificándola de cruel confinamiento, lo cual, confieso, siempre ha sido en cuanto a mí se refiere la mayor objeción contra cualquier proyecto, por más bien intencionado que sea.
     Pero con el fin de justificar a mi amigo —él mismo confesó— este recurso se le ocurrió gracias al famoso Salmanaazor (5), un nativo de la isla Formosa, quien viajó a Londres hace más de veinte años. En una conversación le contó a mi amigo que en esa isla, cuando cualquier persona joven moria, el ejecutor vendía el cadáver a personas de dinero como un exquisito platillo; y que, en su tiempo, el cuerpo de una niña regordeta de quince años, quien fue crucificada por tratar de envenenar al emperador, fue vendido por cuatrocientas coronas al primer ministro de estado de su majestad imperial y a otros grandes mandarines de la corte que se encontraban en la picota, Por supuesto no puedo negar que este reino no sería el peor si el mismo uso se hiciera con varias jóvenes regordetas de la ciudad, quienes no cuentan con un solo quinto, ni pueden moverse de su alrededor sin tener al lado una silla, o se niegan a aparecer en teatros y asambleas si no portan atavíos extranjeros los cuales nunca podrán pagar.
     Algunas personas de espíritu desalentado se sienten muy consternadas por el vasto número de gente pobre, entre los que hay ancianos, enfermos o lisiados; y he deseado emplear mis pensamientos para saber qué curso se debe tomar para aliviar a la nación de un estorbo tan penoso. Pero no encuentro menor dolor por ese asunto, ya que es sabido que tal gente muere todos los días a causa del frio, la hambruna y la suciedad; y se vuelven una peste, más rápido de lo que razonablemente se pudiera esperar. En cuanto a los jóvenes en edad de trabajar ahora están en una condición casi desesperanzadora, no pueden conseguir empleo, y consecuentemente desfallecen sin conseguir alimento, a tal grado, que si en cualquier momento se les contrata para realizar cualquier trabajo, no poseen la fuerza para ejecutarlo; el pais y ellos mismos quedarían felizmente liberados de los males que les aquejan.
     He divagado mucho, y por lo tanto regresaré a mi tema. Creo que las ventajas por las propuestas que he hecho son obvias y diversas, así como de gran importancia.
     Primero, como ya lo he señalado, bajaría considerablemente el número de papistas, los cuales nos invaden anualmente al ser los principales reproductores de la nación, así como nuestros enemigos más peligrosos, y quienes se quedan en casa a propósito, con el fin de entregar el reino al aspirante al trono, esperando tomar ventaja por la ausencia de tantos buenos protestantes, quienes más bien han elegido, en contra de sus conciencias, dejar su país que permanecer en casa para pagar los diezmos a un curato episcopal.
     Segundo, los inquilinos más pobres tendrán algo valioso que les pertenezca, lo cual por ley se puede usar en un apuro, y ayudará a pagar la renta al terrateniente, su maíz y el ganado, una vez que fue confiscado, y el dinero será un asunto desconocido. 
     Tercero, dado que el mantenimiento de cien mil niños, de dos años de edad en adelante, no puede computarse en menos de diez chelines por cabeza cada año, la reserva de la nación por ende se incrementará cincuenta mil libras por año, aparte de ganar un nuevo platillo, introducido a las mesas de los caballeros de fortuna en el reino, quienes tienen cualquier exquisitez en cuanto al gusto. Y el dinero circulará entre nosotros, siendo los bienes completamente de nuestro cultivo y manufactura.
     Cuarto, los criadores regulares, además de ganar ocho chelines esterlinos al año por la venta de sus niños, se desharán del cargo de mantenerlos después del primer año.
     Quinto, esta comida sería también una buena costumbre en los mesones, donde los cocineros serían muy prudentes de procurarlas mejores recetas para guisarlos a la perfección; y consecuentemente, sus casas serían frecuentadas por todos los finos caballeros, que justamente se valoran a si mismos en sus conocimientos sobre el buen comer; y un buen cocinero, que entiende cómo complacer a sus invitados, se las ingeniará para ofrecerlo tan caro como le plazca.
     Sexto, esto sería un gran estimulo para el matrimonio, promovido por todas las naciones sabias ya sea a través de premios, o reforzado por las leyes y penalidades. Esto incrementaría el cuidado y la ternura de las madres a sus niños, quienes estarán seguras de tener establecida una vida para sus pobres bebés, provista de alguna manera por el pueblo, y en lugar de gastos anuales, tendrían ganancias. Pronto veríamos una emulación honesta entre las mujeres casadas, las cuales buscarían tener el niño más gordo del mercado. Los hombres se volverían tan afectuosos con sus esposas durante el embarazo, como lo son ahora con sus yeguas cuando tienen potrillos, o con sus vacas y beceros, o cuando las puercas están listas para parir; y no gustarían de golpearlas o patearlas (práctica tan frecuente) por miedo a un aborto.
     Se pueden enumerar muchas otras ventajas. Por ejemplo, la suma de algunos miles de cuerpos en nuestra exportación de carne entonelada: la propagación de la carne de cerdo y el esmero en el arte de hacer el mejor tocino, tan requerido entre nosotros por la enorme falta de cerdos, que vemos con demasiada frecuencia en nuestras mesas; lo cual no es comparable en gusto o magnificencia a un niño ya crecido y engordado, quien rostizado en su totalidad hará un platillo considerable en el festin del alcalde de Londres, o en cualquier otro entretenimiento público. Pero aquí omito otros puntos al ser partidario de la brevedad.
     Suponiendo que mil familias en esta ciudad fueran consumidoras asiduas de carne de infantes además de otras que pudieran comerla en encuentros amistosos —particularmente en bodas y bautizos—, calculo que Dublín consumiría cerca de veinte mil cuerpos; y el resto del reino (donde probablemente se venderían algo más baratos) los restantes ochenta mil.
     No puedo pensar en ninguna objeción que pudiera surgir en contra de esta propuesta, a menos que se alegara que el número de habitantes en el reino se reduciría. Reconozco esto sin temor, y eso era ciertamente la idea principal para ofrecer esta propuesta al mundo. Deseo que el lector note que este remedio sólo lo considero para el reino de Irlanda, y no para otro que haya existido, exista, o pueda existir en la Tierra. Por lo tanto, que ningún hombre me hable de otras ventajas: como la de tasar a nuestros propietarios ausentes a cinco chelines por libra; o de no usar ni vestimentas ni muebles caseros, excepto los que sean de nuestra propia producción y manufactura; de rechazar abiertamente los materiales e instrumentos que promueven el lujo extranjero; de remediar el alto costo del orgullo, la vanidad, la ociosidad y el juego en nuestras mujeres; de introducir una vena de parsimonia, prudencia y templanza; de aprender a amar a nuestro país, donde diferimos incluso de los lapones y los habitantes de Topinamboo (6); de renunciar a nuestras aversiones y partidismos, ni de actuar más como los judíos quienes se asesinaban unos a otros en el momento mismo que su ciudad fue tomada; o de ser un poco precavidos para no vender a nuestro pais y nuestras conciencias a ningún precio; de enseñar a los terratenientes a mostrar por lo menos un grado de compasión hacia sus inquilinos. Por último, de promover un espíritu de honestidad, diligencia y habilidad en nuestros tenderos quienes, si se pudiera tomar la resolución de comprar sólo nuestros bienes nacionales, se unirian inmediatamente para abusar y forzar los precios, la medida, y la calidad; y no se pondrían de acuerdo para un trato justo de negociación, aunque a menudo y seriamente hayan sido invitados a ello.
     Por lo tanto pido que ningún hombre me hable de esto ni de dichos recursos hasta que tenga al menos un destello de esperanza en que hará algún día un intento sincero y de corazón para ponerlos en práctica.
     Pero, en cuanto a mi, después de haberme desgastado durante tantos años por las promesas de la vanidad, el ocio y los pensamientos visionarios, y en gran medida por estar totalmente desesperado por el éxito, me tropecé, afortunadamente, con esta propuesta, la cual, como es totalmente nueva, tiene por ende algo sólido y real, pues no implica gastos ni muchos problemas, y está totalmente en nuestra posibilidad; y debido a esto no podemos incurrir en ningún peligro al desobedecer a Inglaterra. Ya que este tipo de bien no tolerará la exportación, siendo la carne de consistencia muy tierna para admitir una larga conserva en sal, aunque tal vez podría nombrar a un país que estaría encantado de comerse a toda nuestra nación sin condimento. (7)
     Después de todo, no estoy tan neciamente arraigado a mi propia opinión como para rechazar cualquier otra oferta —hecha por hombres sabios— que pueda ser igual de inocente, económica, fácil y eficaz. Pero antes de que algo de ese tipo pueda considerarse en contraposición a mi esquema, y que ofrezca uno mejor, deseo que el autor o los autores consideren de forma madura dos puntos. El primero —y como se perfilan las cosas ahora— en torno a la manera de proveer de comida e indumentaria a cien mil bocas y cuerpos inútiles. Y el segundo, al haber un millón de criaturas en cifras humanas en todo el reino, cuya subsistencia total en inventario común les dejaría una deuda de dos millones de libras esterlinas, aunando a los vagabundos de profesión, más la suma de granjeros, campesinos y trabajadores, con sus esposas e hijos, quienes de hecho son limosneros. Yo deseo que esos políticos a quienes les desagrada mi obra, y que tal vez sean tan audaces como para intentar una respuesta, primero pregunten a los padres de estos mortales, si no piensan que sería una gran felicidad que los vendieran como comida al año de edad, de la manera como lo he prescrito, y asi evadir un panorama perpetuo de infortunios, como ha venido ocurriendo por la opresión de terratenientes, la imposibilidad de pagar la renta en efectivo o mediante el comercio, la necesidad del sustento diario, la falta de vivienda o vestimentas para cubrirse de las inclemencias del clima, y la expectativa más inevitable vinculada a lo mismo, o a miserias peores, en relación con su herencia de calamidades.
     Reconozco, siendo sincero de corazón, que no tengo el menor interés personal en empeñarme a promover este necesario proyecto, al no poseer otro motivo que el bien público de mi país, mediante el avance de nuestro comercio, provisto de infantes, aliviando así a los pobres y dando algunos placeres a los ricos. No tengo niños con los cuales pueda proponer la ganacia de un sólo centavo; el más pequeño tiene nueve
años de edad, y mi esposa ya pasó la edad de criar niños. 
    

1. James Francis Edward Stuart, tal es el nombre del Viejo Pretendiente, quien fuera aspirante al trono de Inglaterra. Este príncipe católico se crió en Francia y disputó la corona a Guillermo III, a pesar de sus esfuerzos y el respaldo del monarca francés su deseo sólo quedó en pretensiones, posteriormente su hijo Charles Edward Stuart también sostuvo la pretensión de su padre, siendo llamado el Joven PretendienteSwift menciona un par de veces a este viejo pretendiente, del que, por supuesto, no era partidario; el cisma protestante inglés de la época no les hizo la vida fácil a los católico-romanos, sobre todo en Irlanda, donde entrado el siglo posterior, se vivió la gran hambruna de la patata.
2. A pesar del tono satírico del ensayo, Swift se cuida de no hacer referencias falsas; una lectura cuidadosa permite reconocer a varios personajes reales, como es el caso del Pretendiente. Sin embargo este norteamericano muy informado no es el caso, al menos yo no he logrado dar con su identidad. Algunas fuentes sostienen que es una alusión a un supuesto canibalismo practicado por los nativos de América; pero dudo que sea así, para la fecha de publicación del ensayo (1729) ya se tenía pleno conocimiento de la sociedad y cultura de los naturales de norteamérica. Hay que recordar que incluso un siglo antes (1616) la princesa Matoaka pisó suelo inglés.
3. Este eminentemente doctor francés no es otro que François Rabelais, quien en su famosa obra Gargantua y Pantagruel afirma que la dieta de Cuaresma había sido ideada para asegurar la propagación de la especie humana.
4. Hay que recordar que el Dr. Swift se ordenó como sacerdote de la Iglesia Anglicana; por lo cual era perfectamente razonable para él deshacerse de niños cuyos padres pertenecían a la Iglesia Católica Romana.
5. Swift alude a George Psalmanzar, un supuesto habitante de la Isla de Formosa (Taiwán) que en 1904 publicó una de las obras más singulares de la literatura del embuste, se trata de An Historical and Geographical Description of Formosa, an island subject to the Emperor of Japan. En dicho libro Psalmanzar describía la cultura de Formosa, sus tradiciones, mitos y costumbres; tal fue su éxito que logró engañar a la sociedad inglesa de la época. Precisamente George sostiene que los Formoseños eran un pueblo de costumbres caníbales. Tal descripción pudo haber influido notablemente en la producción literaria de Swift, y aunque lo menciona con sorna, no sería descabellado pensar que Los Viajes de Gulliver (1726) están en la misma vena que la fabulación de Psalmanzar.
6. Supuesto tribu natural de Brasil, hoy extinta.
7. Swift alude a las duras legislaciones a las que los irlandeses estaban sometidos por la corona, ya de por si el hecho de ser irlandés representaba una seria desventaja social, esta se agravaba siendo católica y no protestante. El país gustoso se comerse a Irlanda no es otro que la propia Inglaterra.

Antología de cuentos sobre antropofagia: AII.1. Capitulo XII de Cándido

Cándido de Voltaire es una de las narraciones más descaradamente crueles que haya tenido oportunidad de leer. Las iniquidades están a la vuelta de la esquina y cada paso es un tropiezo potencialmente peor que el anterior para sus personajes. 
Este capítulo —que ofrezco completo— es una suerte de relato enmarcado, al estilo de Las mil y una noches, por lo cual puede funcionar extraído de la novela. Repasa las tribulaciones de la sirvienta de Cuneguna, la querida de Cándido. No ofrezco antecedente, pues hacía el final se relata la razón que llevó a la vieja a contar su vida.
En cuanto al acto de antropofagia; se perfila uno de los motivos que orilla a las personas a comer carne humana: el aislamiento. No es complicado pensar en la situación extrema de un grupo de personas aisladas —naufragos, acediados, prisioneros, etc...— que al quedarse sin alimentos se ven forzados a comerse a un miembro del grupo. Éste tipo de antropofagia sigue siendo tabú, pero de alguna manera es permisible y aceptable en virtud de la situación que no ofrece más salida. Todos estos detalles me llevan a clasificar este relato dentro de lo crudo en la categoría de platillos
A medida que la antología recoja más textos no será raro seguir encontrando el motivo del aislamiento propiciatorio.

CAPÍTULO XII
Continuación de las desgracias de la vieja

     Extrañada y encantada de oír la lengua de mi patria, y no menos sorprendida por las palabras que aquel hombre profería, le contesté que mayores desgracias había que aquella de la que se quejaba. Le informé en dos palabras de los horrores que había soportado, y volví a desvanecerme. Me llevó a una casa próxima, mandó que me acostaran, que me dieran de comer, me sirvió y me consoló, me halagó, me dijo que no había visto nada tan bello como yo, y que nunca había echado tanto de menos lo que nadie podía devolverle. «Nací en Nápoles, me dijo, allí se capan a dos o tres mil niños todos los años; unos mueren, otros adquieren una voz más bella que la de las mujeres, otros se van a gobernar estados. Me operaron con éxito, y he sido músico de la capilla de la señora princesa de Palestrina. 
—¡De mi madre!, exclamé. 
—¡De vuestra madre! —exclamó él llorando— ¡cómo! ¡acaso sois aquella joven princesa a la que eduqué hasta los seis años, y que prometía ser tan bella como sois!
—La misma; mi madre a cuatrocientos pasos de aquí, descuartizada bajo un montón de muertos...»
     Le conté todo lo que me había ocurrido; me contó también sus aventuras, y me informó de que había sido enviado cerca del rey de Marruecos por una potencia cristiana, para firmar con este monarca un tratado por el cual le proporcionarían pólvora, cañones y barcos, para ayudarle a exterminar el comercio de los demás cristianos. «Mi misión está cumplida —dijo este honrado eunuco— voy a Ceuta a embarcar, y os llevaré de nuevo a Italia. Ma che sciagura d'essere senza c...! (Qué tragedia no tener testículos)
     Le di las gracias con lágrimas enternecidas; y en lugar de llevarme a Italia, me condujo a Argel, y me vendió al dey de aquella provincia. Apenas vendida, aquella peste que dió la vuelta a África, a Asia y a Europa, se declaró con furia en Argel. Habéis visto terremotos; pero, señorita, ¿habéis visto alguna vez la peste?
—Nunca —contestó la baronesa.
—Si la hubieseis tenido —prosiguió la vieja— confesaríais que está muy por encima de un terremoto. Es muy común en África —me dijo— Figuraos qué situación para la hija de un papa, con quince años, que en tres meses ha soportado la pobreza, la esclavitud, que ha sido violada casi todos los días, ha visto a su madre descuartizada, ha sufrido hambre y guerra, y moría apestada en Argel. Pero no me mató, sin embargo, mi eunuco y el dey, y casi todo el serrallo de Argel perecieron.
     »Cuando los primeros estragos de aquella espantosa peste pasaron, vendieron a los esclavos del dey. Un mercader me compró, y me llevó a Túnez; me vendió a otro mercader que volvió a venderme a Trípoli, de Tripoli fui vendida a Alejandría, de Alejandría a Esmirna, de Esmirna a Constantinopla. AI fin he pertenecido a un agá de janisarios, al que pronto se le ordenó que fuera a defender Azof contra los rusos, que lo asediaban.
    »El agá, que era hombre galante, se llevó a todo el serrallo, y nos alojó en un pequeño fuerte sobre los Palus-Meótides, guardado por dos eunucos negros y veinte soldados. Mataron a un número prodigioso de rusos, pero bien nos lo devolvieron. Azof fue puesto a sangre y fuego y no perdonaron ni sexo ni edad; sólo quedó nuestro pequeño fuerte; los enemigos quisieron hacerse con nosotros por hambre. Los veinte janisarios habían jurado no rendirse. Los extremos de hambre a que se vieron llevados les obligaron a comerse a nuestros dos eunucos, por temor a incumplir su juramento. Al cabo de unos días resolvieron comerse a las mujeres. 
     »Teníamos un imán muy piadoso y compasivo, que les hizo un bello sermón con el cual les convenció de que no nos mataran del todo. "Cortad, dijo, solamente una nalga a cada una de estas señoras, comeréis muy bien; si hay que repetir, tendréis otras tantas dentro de unos días; el cielo os agradecerá tan caritativa acción, y os socorrerá."
     »Tenía mucha elocuencia; les persuadió. Nos hicieron aquella horrible operación. El imán nos aplicó el mismo bálsamo que se pone a los niños a los que se acaba de circuncidar. Estuvimos todas a la muerte. 
     »Apenas hubieron tomado los janisarios la comida que les habíamos proporcionado, cuando llegaron los rusos en barcazas: no salió con vida ni un janisario. Los rusos no se fijaron para nada en el estado en que estábamos. Por todas partes hay cirujanos franceses; uno de ellos, que era muy hábil, se ocupó de nosotras; nos sanó, y toda la vida me
acordaré de que, cuando mis llagas estuvieron totalmente cerradas, me hizo proposiciones. En cuanto a lo demás, nos dijo a todas que nos consoláramos; nos aseguró que en varios asedios semejante cosa había ocurrido, y que era ley de guerra.
     »En cuanto mis compañeras pudieron caminar, las mandaron ir a Moscú. Le toqué en el reparto a un boyardo que me hizo jardinera suya y me dio veinte latigazos diarios; pero este señor habiendo sido condenado a la rueda al cabo de dos años con otra treintena de boyardos por alguna intriga cortesana, aproveché esa aventura: hui, crucé toda Rusia; fui mucho tiempo criada de cabaret en Riga, luego en Rostock, en Vismar, en Leipsick, en Cassel, en Utrech, en Leyde, en La Haya, en Rotterdam; me he hecho vieja en la miseria y el oprobio, no teniendo mas que medio trasero, acordándome siempre que era hija de un papa; cien veces quise matarme, pero todavía amaba la vida. Esta debilidad ridícula es quizá una de nuestras más funestas inclinaciones: pues ¿hay algo más necio que el querer llevar continuamente un fardo al que continuamente se quiere tirar al suelo? ¿tener a su ser en horror, y tener apego a su ser? ¿acariciar al fin a la serpiente que nos devora hasta que nos haya comido el corazón?. 
     »He visto en los países que el destino me ha hecho recorrer, y en las tabernas en las que he servido, a un número prodigioso de personas que aborrecían su existencia; pero no he visto más que a doce que pusieran voluntariamente fin a su miseria: a tres negros, cuatro ingleses, cuatro genoveses, y a un profesor alemán llamado Robeck. Terminé por ser criada en casa de don Isachar; me puso a vuestro lado, mi bella señiorita: me he unido a vuestro destino, y me he ocupado más de vuestras aventuras que de las mías. No os hubiera incluso hablado nunca de mis desgracias si no me hubierais provocado un poco, y si no fuera costumbre, en un barco, contar historias para no aburirse. En fin, señorita, tengo experiencia, conozco el mundo, concedeos un placer, invitad a cada pasajero a contaros su historia, y si no hay uno solo que no haya a menudo maldecido de su vida, y que no se haya dicho a sí mismo que era el más desgraciado de los hombres, tiradme al mar de cabeza.

jueves, 2 de mayo de 2019

Antología de cuentos musicales: 12. Josefina la cantora o el pueblo de los ratones

Éste cuento de Kafka es una genialidad extraña. Más allá de un cuento que va sobre música o sobre el arte del canto, es toda una crítica filosófica sobre el fenómeno del arte y su valor e impacto social. Es complicado señalar todas sus cualidades e interpretaciones; éste es uno de esos pocos textos que poseé —como si fuera un poliedro— múltiples caras, casi cada párrafo ofrece parte de una fenomenología sutil sobre los entendidos del arte y las relaciones que hay entre sus factores, circunstancias y funciones. Eventualmente publicaré una entrada con todo lo que soy capaz de identificar en sus palabras. Sin más: Show!

     Nuestra cantora se llama Josefina. Quien no la ha oído no conoce la potencia de su canto. No hay nadie a quien no arrebate su canto: esto debe valorarse porque nuestra raza, en general, no ama la música. La quietud es nuestra música más querida. Nuestra vida es difícil, y no podemos —ni siquiera cuando tratamos de desprendernos de todos los cuidados diarios— elevarnos hasta cosas tan lejanas como la musica.
     Sin embargo, no nos quejamos: no llegamos a tanto, consideramos que nuestra mayor virtud es una astucia práctica, que por cierto necesitamos con extrema urgencia, y con la sonrisa de esa astucia solemos consolarnos de todo, hasta de añorar la dicha que tal vez produce la música (pero esto no sucede). Mas Josefina es la excepción: ama la música y también sabe comunicarla: es única, y cuando nos deje desaparecerá la música de nuestra vida, quién sabe hasta cuándo.
     Suelo preguntarme qué sucede realmente con esa música. Puesto que somos nulos para ese arte, ¿cómo comprendemos el canto de Josefina (pero Josefina niega nuestra comprensión, tal vez sólo creemos comprenderla). La respuesta más, simple sería que es tan grande la belleza de este canto, que hasta los sentidos más torpes no pueden resistirla, pero esa respuesta no satisface. Si así fuera debería tenerse, de inmediato y siempre ante ese canto, la sensación de que en esa garganta resuena algo que nunca se oyó antes y que podemos oír porque Josefina, y sólo ela, nos capacita para oírlo. Pero justamente, según mi opinión, no sucede así, no siento eso y no he notado que otro sintiera algo parecido. En círculos íntimos, confesamos abiertamente que el canto de Josefina no es nada extraordinario como canto.
     ¿Es siquiera un canto? A pesar de que no sentimos la música tenemos tradiciones de canto. En los antiguos tiempos de nuestro pueblo hubo canto, las leyendas lo cuentan y hasta se han conservado canciones que, por cierto, ya nadie puede cantar. Tenemos, pues, cierta noción de canto: a esta noción no corresponde el arte de Josefina. ¿Y es arte, en verdad, o siquiera canto? No es, tal vez, chillido? Por cierto, todos sabemos chillar; es nuestra peculiar expresión vital y no una habilidad artística. Muchos de nosotros chillamos sin darnos cuenta, sin saber siquiera que chillar es una de nuestras características. Si la verdad fuera que Josefina no canta sino chilla, o apenas sobrepasa nuestro común chillido (quizá no alcance su fuerza a la de cualquier trabajador que silba todo el día además de su trabajo), si todo esto, repito, fuera cierto, se refutaría así lo que Josefina presenta como su arte; pero entonces habría que resolver el enigma de su gran efecto.
     Porque no sólo es un chillido lo que ella emite. Si uno se aleja un poco cuando Josefina canta en medio de otras voces, y uno trata de reconocer la de ella, no se oye sino un chillido vulgar que apenas se distingue por su delicadeza o debilidad. Pero si uno está ante Josefina, no sólo es eso: para sentir su arte es necesario verla además de oírla, y aunque su canto se redujera a nuestro cotidiano chillido, he aquí lo extraño: que uno se prepare solemnemente para hacer un acto vulgar. Cascar una nuez, no es, por cierto, un arte difícil, y por eso nadie osaría convocar un público y para divertirlo se pondría a cascar nueces. Pero si alguien lo hace y tiene éxito, algo habrá en su ejecución por encima de ese arte, dado que todos lo poseemos, y hasta podría convenir al efecto del nuevo cascador mostrarse menos hábil en cascar nueces que la mayoría de nosotros.
     Tal vez acontece lo mismo con el canto de Josefina: admiramos en ella lo que no admiramos en nosotros; Por lo demás ella está fundamentalmente de acuerdo con nosotros. Yo estaba presente una vez en que alguien, como suele suceder, se refirió tímidamente al chillido popular, y eso bastó para irritar a Josefina. Nunca he visto una sonrisa tan desdeñosa y arrogante como la suya; ella, que en su exterior es la delicadeza personificada (notable por eso hasta en nuestro pueblo, tan rico en tales tipos femeninos); ella, con su gran sensibilidad, advirtió que esa sonrisa era vulgar y se dominó, pero negó toda relación entre su arte y el chillido común. Por los de opinión contraria no tiene sino desprecio y, probablemente, odio inconfesado. Esto no es vanidad, pues tales opositores, entre los que de algún modo me cuento, no la admiramos menos que la multitud, pero a Josefina no le basta la admiración: requiere una admiración especial. Cuando uno está frente a ella, la comprende (sólo desde lejos la atacan: ante ella se sabe que lo que chilla no es chillido).
     Ya que chillar es uno de nuestros hábitos inconscientes podría suponerse que también chilla el auditorio de Josefina. Nos sentimos satisfechos por su arte, y chillamos cuando estamos satisfechos; pero su auditorio no chilla, está mudo, calla como si participara de la ansiada paz de la que nuestro chillar nos aparta. ¿Nos extasía su canto o el solemne silencio que rodea su débil voz? Ocurrió, una vez, que una ratita cualquiera se puso inocentemente a chillar mientras Josefina cantaba. Ahora bien: ese chillido era idéntico al que nos hacía oír Josefina. En el escenario, los chillidos aún débiles,  pese a la maestría de la cantora; en el público los chillidos involuntarios; era imposible distinguir. Y, sin embargo, silbamos y siseamos en seguida para silenciar a la intrusa, aun cuando no era menester, pues ella misma, al darse cuenta, se hubiera arrastrado fuera, de miedo y vergüenza, mientras Josefina entonaba su chillido triunfal y se enardecía, con los brazos extendidos y el cuello estirado.
     Por lo demás, ella siempre es así. Cualquier pequeñez, cualquier contingencia, cualquier contrariedad, un crujido del piso, un rechinar de dientes, un defecto de la iluminación, le parecen apropiados para dar realce a su canto. Según ella, todos los oídos son sordos, y aunque no le faltan aprobación y entusiasmo, hace ya mucho que ha renunciado a ser realmente comprendida. Por eso le convienen las interrupciones y molestias: Todo lo que desde afuera se opone a la pureza de su canto y que, en lucha fácil o hasta sin lucha, se vence con sólo afrontarlo, puede contribuir a despertar a la multitud y a enseñarle, si no comprensión, un respeto religioso.
     Si le sirven así las cosas chicas, ¡cuánto más las grandes! Nuestra vida es muy inquieta: cada día nos trae sorpresas, temores, esperanzas, sustos: sería imposible soportarla sin el apoyo de los camaradas; pero aún así es muy difícil. A veces, miles de espaldas tambalean bajo una carga destinada a uno solo. Entonces Josefina cree que llegó su hora. Pronto se halla listo el débil ser, con el pecho vibrando de un modo alarmante, como si reuniera toda su poca fuerza en el canto, como si se desnudara y se entregara por entero a la protección de los espíritus buenos, como si al estar arrobada dentro del canto le quedara tan poca vida fuera de la música, que un leve hálito frío pudiera matarla. Y viendo esto los presentes solemos decir: "Ni siquiera puede chillar bien; es espantoso cómo se violenta, no para cantar —no hablemos ya de cantar— sino para alcanzar más o menos el chillido usual." Así nos parece y, sin embargo, esta impresión inevitable es fugaz y muy pronto nos sumergimos en la sensación de la multitud que, conteniendo el aliento, escucha tímidamente, en cálida proximidad.
     Y para reunir en torno a ella esta multitud de nuestro pueblo, tan errabundo, a Josefina casi siempre le basta echar la cabeza hacia atrás, poner los ojos en alto y entreabrir la boca: signos que anuncian su intención de cantar. Puede hacer esto donde se le ocurra, aunque sea en un rincón elegido al azar. En seguida cunde la noticia y empieza a acudir la procesión de sus devotos. Pero a veces surgen impedimentos, pues Josefina canta de preferencia en tiempos de excitación, cuando los cuidados y las necesidades nos dispersan por múltiples caminos y entonces, pese a la mejor voluntad del mundo, no podemos reunirnos tan pronto como Josefina lo desea. Y ella permanece algún tiempo en su gran actitud, sin suficiente número de oyentes, y entonces se pone verdaderamente rabiosa, patea el suelo, blasfema de modo poco virginal y hasta muerde. Pero tal conducta ni siquiera daña su fama; en vez de tratar de refrenar sus exageradas pretensiones, todos tratan de satisfacerla secretamente, envían mensajeros por todos los caminos para traer oyentes y se los ve apresurando con sus gestos a los que llegan. Esta faena prosigue hasta reunir un número pasable.
     ¿Qué impulsa al pueblo a tomarse tanta molestia por Josefina? Es un problema no más fácil de resolver que el mismo canto de Josefina. Se dirá que el pueblo es incondicionalmente adicto de Josefina a causa de su canto. Pero no es este el caso: nuestro pueblo es incapaz de una adhesión incondicional. Es un pueblo que, sobre todo, ama la astucia inocua, la charla infantil e inocente que apenas mueve los labios. Eso lo sabe la misma Josefina, y lo combate con toda la fuerza de su débil garganta. 
     Claro está que no debemos ir tan lejos con tales reflexiones. El pueblo está sometido a Josefina, pero hasta cierto punto. Por ejemplo: es incapaz de reírse de ella. Llega a admitir que en Josefina hay mucho de ridículo; pese a todas las miserias de nuestra vida, reímos fácilmente; una leve risa nos es peculiar. Pero de Josefina no nos reímos. Muchas veces me parece que el pueblo concibe su relación con Josefina como si este ser frágil, necesitado de indulgencia, notable de algún modo, según ella misma por el canto, estuviera confiado a él. El motivo no es claro para nadie, pero el hecho es indiscutible. No hay que reírse de lo que nos ha sido confiado. Sería faltar a un deber. La mayor malignidad de que son capaces los más malignos consiste en decir: "La risa se nos acaba cuando vemos a Josefina."
     Así cuida el pueblo a Josefina, como un padre cuida al hijito que le tiende la mano, no se sabe si para pedir o para exigir. Podría pensarse que nuestro pueblo es incapaz de esos deberes paternales; pero los llena ejemplarmente, a lo menos en este caso; ningún individuo sería capaz de lo que hace el pueblo en conjunto.
     Por cierto, la diferencia de fuerzas entre todo el pueblo y un individuo es inmensa. Basta que el pueblo hospede a su protegido en el calor de su proximidad para que éste se halle seguro. Claro está que nadie se atreve a tratar estas cosas con Josefina. "La protección de ustedes me tiene sin cuidado", dice ella. "Tienes razón; más bien somos nosotros quienes deberíamos cuidarnos de ti", pensamos para nuestros adentros. Y además, no hay contradicción si ella se nos rebela; son únicamente modos y gratitud infantiles, y modo del padre es no tenerlos en cuenta.
     Hay otra cosa más dificil de explicar, en las relaciones del pueblo con Josefina. Josefina piensa al contrario que es ella quien protege al pueblo. Y parecería, en efecto, que su canto nos salva de malas situaciones políticas o económicas cuando no ahuyenta la desgracia, nos da siquiera la fuerza para soportarla. Josefina no lo afirma exactamente, pues habla poco, y es silenciosa si se la compara con nosotros. Pero esta afirmación brilla en sus ojos y se puede leer en su boca cerrada (entre nosotros muy pocos pueden tener la boca cerrada; ella la tiene).
     A cada mala noticia —y hay períodos en que las malas noticias abundan diariamente, y entre ellas también las falsas y las semiverdaderas— se alza Josefina de inmediato (ella que, en general, se arrastra cansadamente por el suelo), Se yergue, estira el cuello y trata de dominar con la mirada su rebaño, como un pastor ante la tormenta. Es verdad que hay niños con pretensiones análogas, pero esas pretensiones no dejan de tener en Josefina más fundamento que en los niños... No nos salva ni nos da ninguna fuerza, por supuesto, y es fácil darse por salvador a posteriori de este pueblo tan acostumbrado a la desgracia, nada indulgente consigo mismo, rápido en tomar decisiones, buen conocedor de la muerte, tan sólo temeroso en apariencia, dentro de la atmósfera de temeridad en que siempre vive y, además, tan fecundo como arriesgado; es fácil —digo— hacer el salvador a posteriori de este pueblo que siempre supo salvarse a sí mismo de uno u otro modo, aunque sea mediante sacrificios que hacen temblar de espanto al investigador histórico (en general, descuidamos por completo la investigación histórica). Y sin embargo, es verdad que en situaciones angustiosas escuchamos mejor que otras veces la voz de Josefina. 
     Las amenazas suspendidas sobre nosotros nos vuelven más quietos, más modestos, más dóciles al mandato de Josefina; con gusto nos reunimos, con gusto nos amontonamos, sobre todo porque el motivo es ahora muy distinto de la tortura dominante. Es como si bebiéramos rápidamente en común —sí, hay que apurarse: esto lo olvida Josefina demasiadas veces— todavía una copa de paz antes del combate. Resulta menos un concierto de canto que un mitin popular y un mitin, por cierto, en el cual todos permanecemos mudos, salvo Josefina. La hora es demasiado seria para perderla en charlas. 
     Naturalmente, estas circunstancias no satisfacen a Josefina. A pesar de toda su inquietud y nerviosidad, hay cosas que muchas veces ella no ve (a ciega su engreimiento) y también, sin gran esfuerzo, se le pueden hacer preterir muchas más, pues de esto se encarga un enjambre de aduladores. Pero, cantar inadvertida, en segundo orden, o en un rincón de una asamblea popular, eso nunca. 
     Lo cual no sucede, pues su arte no pasa inadvertido. Aunque en el fondo estamos ocupados en otra cosa, y no sólo a causa del canto guardamos silencio, y muchos ni siquiera la miran, hundiendo el hocico en el pellejo del vecino, y Josefina allá arriba parece agitarse en vano, es indudable que algo de su chillido nos alcanza. Este chillido que se eleva sobre el obligado silencio general, es casi un mensaje del pueblo al individuo. El tenue chillar de Josefina, en medio de las graves decisiones, es casi como la miserable existencia de nuestro pueblo en medio del tumulto enemigo. Josefina se afirma y se abre camino hasta nosotros. Reconforta pensar que se afirma esa ninguna voz, esa ninguna destreza.
     Si pudiera existir entre nosotros un verdadero artista del canto, no lo soportaríamos en tales momentos. De una manera unanime, rechazaríamos su concierto como una insensatez. Esperemos que Josefina no descubra que el solo hecho de oírla nosotros es una prueba en contra de su canto. Ella, sin duda, lo vislumbra. Por eso niega con tanto ardor que la escuchamos; sin embargo, vuelve siempre a cantar, a diluirse en su chillido, más allá de esta sospecha. 
     Pero siempre tendrá un consuelo: la escuchamos quizá del mismo modo con que se escucha a un artista del canto. Y Josefina consigue efectos que un gran artista trataría en vano de alcanzar y que corresponden, precisamente, a sus precarios medios vocales. Esto se debe, sobre todo, a nuestro modo de vivir.
     En nuestro pueblo se ignora la juventud. Apenas se conoce una mínima niñez. Es cierto que garantizamos a los niños una libertad especial, que debemos reconocer su derecho a cierta negligencia y a cierta travesura y ayudarlos un poco; nada más plausible que tales exigencias: todos las reconocen; pero nada menos admisible en la realidad a nuestra vida, y los esfuerzos que hacemos en tal sentido son efímeros.
     Entre nosotros, en cuanto un niño puede corretear un poco y enterarse de lo que lo rodea, ya tiene que ganarse la vida como un adulto. Los distritos en que vivimos dispersos, por razones económicas, son demasiado grandes. Nuestros enemigos son tan numerosos y los peligros que nos acechan tan incalculables, que no podemos mantener a los niños alejados de esta lucha por la vida. Si no lucharan, ellos también morirían. A estas causas tristes se añade otra, muy relevante: la fecundidad de nuestra raza. Una generación empuja a la otra; los niños no tienen tiempo de ser niños. En los demás pueblos, los niños son criados con especial esmero y  aunque se erijan escuelas y de ellas salgan torrentes, siempre, durante algún tiempo, son los mismos niños quienes se  forman allí. Nosotros no tenemos escuelas, y de nuestro pueblo, a cortísimos intervalos, manan bandadas incontables de niños, siseando o pipiando hasta que pueden chillar; revolcándose o rodando bajo la presión del montón, hasta que pueden andar solos; arrollando torpemente con su masa todo lo que encuentran, hasta que pueden ver. Y no como los niños de las escuelas, que siempre son los mismos. No, siempre nuevos, sin fin, sin interrupción. Apenas aparece un niño ya no es niño, y lo empujan los nuevos hocicos, indistinguibles su multitud y premura. Por bello que esto sea y por mucho que otros nos envidien, no nos es permitido dar a nuestros niños una verdadera niñez. Eso trae consecuencias: una perpetua y arraigada puerilidad penetra nuestro pueblo. En contraste directo con nuestra mejor condición, que es el entendimiento práctico, obramos muchas veces del modo más tonto, justamente como los niños, derrochadores irreflexivos y generosos. Y aunque nuestra alegría ya no puede conservar la fuerza de la alegría infantil, algo nos queda, sin duda. Hace tiempo que Josefina aprovecha esta puerilidad.
     Pero nuestro pueblo no sólo es infantil; también es prematuramente viejo. No tenemos juventud, somos adultos en seguida, y permanecemos adultos durante tanto tiempo que cierta desesperación y cierto cansancio dejan su huella en el carácter aplicado y optimista de nuestro pueblo. Esa es tal vez la causa de nuestra falta de musicalidad. Somos demasiado viejos para la música: su agitación, su vuelo no convienen a nuestra pesadez. Cansados, la rechazamos con el gesto: nos hemos reducido a chillar. Nos bastan unos pocos chillidos, de tiempo en tiempo. Es posible que no haya talentos musicales entre nosotros, pero, de haberlos, el carácter de nuestras gentes los suprimiría antes de la madurez. Josefina, en cambio, puede chillar o cantar o como ella quiera llamarlo. Eso no nos molesta. Lo soportamos bien. Si hay alguna música en los sonidos que emite, esa música es mínima. Una cierta tradición musical se conserva de este modo, sin que nos pese. 
     En sus conciertos, tan sólo los muy jóvenes se interesan por la cantante, la miran con asombro cuando ella mueve los labios y expulsa el aire entre los menudos incisivos, embelesada con sus propios tonos. Languidece y utiliza este caimiento para destacar nuevas habilidades cada vez menos comprensibles, hasta para ella misma. Pero la multitud se mantiene recogida y en suspenso. Soñamos en las escasas treguas de la lucha; es como si a uno se le aflojaran las piernas, es como si pudiéramos, una vez, echarnos y relajarnos en la cálida cama del pueblo. Y en medio del sueño, de vez cuando, se oye el chillar de Josefina. Ella dice que es chispeante. A nosotros nos parece fastidioso. En esta música hay algo de nuestra pobre y corta niñez, algo de la dicha perdida que ya no encontraremos. Pero también hay algo de nuestra activa vida presente, de su vivacidad pequeña, incomprensible y, sin embargo, tan pertinaz. Todo esto no se expresa con una gran voz, sino muy despacio. Bisbiseando en confianza, muchas veces con ronquera, a fuerza de chillidos, por mortecinos que sean, puesto que así es la lengua de nuestro pueblo, sólo que muchos chillan toda la vida y ni siquiera lo advierten. Aquí, al contrario, el chillido está liberado de las ataduras de la vida cotidiana y nos libera también, aunque sea por un momento. 
     En verdad, nos apenaría dejar de oír estos conciertos. Pero de esto a la afirmación de Josefina de que su música infunde nuevas fuerzas, hay una gran distancia. Hablo, bien entendido, del común de las gentes y no de algunos partidarios incondicionales. "¿Cómo podría ser de otro modo?" dicen con arrogancia estos últimos. ”¿Cómo podría explicarse la gran concurrencia, sobre todo en momentos de grave e inmediato peligro y que ha estorbado, más de una vez, nuestra oportuna defensa contra ese mismo peligro?" Por desgracia, esto último es verdad, y no es precisamente un título de gloria para Josefina, sobre todo si consideramos que muchas veces el enemigo dispersó nuestras reuniones, matando a muchos de los nuestros, y que Josefina, la culpable de todo —tal vez atrajo al enemigo con su chillar—, se reservo siempre el lugar más seguro y desapareció la primera, con la
complicidad de sus partidarios. Todos lo sabemos, y sin embargo, nos apresuramos a rodearla cada vez que vuelve a cantar. De aquí podría deducirse que Josefina está por encima de la ley, que se le permite hacer lo que quiere, aunque perjudique a la comunidad, y que todo se le perdona. Si así fuera, se explicarían las pretensiones de Josefina. Hasta podría verse en esta libertad que le da su pueblo, en este regalo extraordinario y, por cierto, contrario a las leyes, nunca otorgado a otro, el reconocimiento de que su pueblo —como ella afirma— no la entiende, se asombra y pasma ante su arte y, sintiéndose indigno de ella, trata de compensar con un favor supremo que llega a la muerte, las penas que le causa con su incomprensión. Así como el arte de Josefina está fuera del alcance general, el pueblo coloca también fuera del poder de sus órdenes a la persona de Josefina y a sus caprichos: en lo pequeño, tal vez así suceda, tal vez el pueblo capitule demasiado pronto ante Josefina. Pero no es su adicto incondicional.
     Desde hace mucho, quizá desde el principio de su carrera, Josefina lucha para que no la obliguen a trabajar; deberían eximirla, por lo tanto, de toda preocupación económica. Un entusiasta fácil —entre nosotros hubo algunos— podría pensar que el solo hecho de formular pretensión semejante, la justifica. Pero así no lo entiende nuestro pueblo y rechaza con calma la pretensión de la cantora. Tampoco se esfuerza mucho en refutar los fundamentos de la demanda. Josefina, por ejemplo, hace notar que los esfuerzos del trabajo dañan la voz; que el trabajo la priva de toda posibilidad de descansar después del canto y de fortalecerse para la próxima función; que en esa forma se agota por completo y no puede alcanzar su capacidad máxima.
     El pueblo la escucha y pasa a otro asunto. Este pueblo, tan facil de conmover, sabe también mostrarse insensible. El rechazo es a veces tan terminante que la misma Josefina se sorprende y parece entrar en razón. Entonces trabaja como es debido, canta lo mejor que puede. Pero luego vuelve a la carga. 
     En el fondo se ve claro que Josefina no desea de verdad lo que pretende. Es razonable, no le teme al trabajo —temor desconocido entre nosotros— y además, si le otorgaran lo que exige, seguiría viviendo como de costumbre: el trabajo no le impediría cantar; el canto no sería más bello. Lo que Josefina desea es el reconocimiento público, unánime, imperecedero, de su arte. Esto, aunque todo lo demás parezca accesible, fracasa tenazmente. Quizá le hubiera convenido encarar la cuestión por otro lado; quizá ella misma reconoce el error. Pero no puede echarse atrás. Le parecería una deslealtad consigo misma; está obligada a seguir hasta la victoria o la muerte.
     Si fuera verdad que tiene enemigos, podrían divertirse con esta lucha; pero no tiene enemigos, y aun cuando la critican esta lucha no divierte a nadie. El pueblo se muestra en fría actitud de juez. En el rechazo del pueblo, como en la pretensión de Josefina, lo significativo no es el asunto sino el hecho de que seamos implacables con una persona a quien, por otra parte, protegemos paternalmente.
     Si en vez del pueblo se tratara de un individuo, podría creerse que éste había ido cediendo ante los ardientes pedidos de Josefina, hasta cansarse al fin y poner coto a las concesiones; se podría creer también que han accedido a todas sus exigencias para provocar una última exigencia desaforada y poder rechazarla. Pero el pueblo no necesita de tales astucias y su veneración por Josefina es sincera y probada; además, la vanidad de Josefina es tan fuerte que hasta un niño hubiera previsto el resultado; sin embargo, puede ser que, dada la idea que Josefina se ha hecho del asunto, tales suposiciones estén también en juego y añadan amargura a su dolor. Pero aunque ella suponga esas cosas, no se deja espantar, y en los últimos tiempos aguzó la lucha; si antes luchaba de palabra, ahora empieza a usar otros medios, según ella, más eficaces, pero según nosotros más peligrosos para ella misma.
     Muchos creen que Josefina se pone tan apremiante porque se está sintiendo vieja, la voz muestra fallas, y le parece urgente librar el último combate para ser definitivamente reconocida. No lo creo. Josefina no sería ella si esto fuera verdad. Para ella no hay ni vejez ni debilitamiento de la voz. Cuando pretende algo no es por motivos superficiales sino por lógica íntima. Extiende la mano hacia la corona más alta; si dependiera de ella, la colgaría más alto aun.
     Este desprecio por las dificultades externas no le impide emplear los medios más indignos. Su derecho le parece indiscutible. Juzga, además, que los medios dignos fracasarían en este mundo. Quizá por eso mismo ha desplazado la lucha hacia otro terreno, menos importante para ella. Su séquito ha hecho circular dichos suyos, según los cuales es capaz de cantar de tal modo que diera placer a todo el pueblo. Pero, añade Josefina, no hay que adular al vulgo: Las cosas han de quedar como están.
     Así, por ejemplo, se difundió el rumor de que Josefina tiene intención, si no la complacen, de abreviar los trinos. Yo no entiendo nada de trinos y nunca los he notado en su canto. Pero Josefina quiere abreviar los trinos, no suprimirlos, sólo abreviarlos. Ha publicado su amenaza; yo, por mi parte, no he notado ninguna diferencia entre sus recitales de ahora y los de antes. El pueblo escucha como siempre, sin manifestarse en cuanto a los trinos, y no ha cambiado su conducta hacia las pretensiones de Josefina. El modo de pensar de Josefina, como su figura, tiene algo de gracioso. Así por ejemplo, como si su decisión respecto a los trinos fuera demasiado implacable, declaró después que en lo sucesivo volvería a cantar sus trinos completos. Pero en el otro concierto lo repensó y resolvió que los grandes trinos se habían acabado y no volverían sino por una decisión favorable a ella. El pueblo sigue benévolo, pero inaccesible, como un adulto preocupado que no escucha las palabras de un niño.
     Pero Josefina no cede. Hace poco afirmó que en el trabajo se había hecho una lastimadura que le impedía estar de pie durante el canto; como sólo puede cantar de pie, ahora debe abreviar sus cantos. Aunque renquea y se deja sostener por su séquito, nadie cree en su lastimadura; aun teniendo en cuenta la especial sensibilidad de su cuerpo, no hay que olvidar que Josefina pertenece a un pueblo de trabajadores; si por cada raspadura en la piel nos pusiéramos a renquear, todo el pueblo andaría con muletas. Pero que la lleven como inválida, que se exhiba en ese estado lamentable, no importa; el pueblo oye agradecido su canto y no hace mucho caso de la abreviación de los trinos. Como no puede cojear perpetuamente, inventa otras cosas: cansancio, debilidad, mal humor. Estamos condenados a ver al séquito de Josefina suplicándole cantos. La consuelan, la halagan, la llevan casi en andas al lugar elegido. Al fin consiente, con lágrimas inexplicables; pero cuando va a empezar, con los brazos no abiertos como otras veces, sino colgantes —lo que hace que parezcan más cortos—, cuando quiere entonar, un estremecimiento involuntario la interrumpe y se desploma ante nuestra vista. Luego se domina con energía y canta, creo que más o menos como siempre; quizá el que note los más finos matices, distinga una ligera excitación que la favorece. Al final parece menos cansada que antes: camina segura, si es lícito hablar así de su huidizo pataleo, y se aleja rechazando toda ayuda de sus cortesanos y desafiando con mirada fría la multitud respetuosa que le abre paso.
     Sin embargo, la última vez que se esperaba su canto, Josefina desapareció. Ahora no sólo la busca su séquito; muchos se enrolan en la busca; Josefina ha desaparecido, no quiere cantar ni quiere que se lo pidan; ahora nos ha abandonado por completo.
     Es extraño lo mal que calcula esa astuta, tan mal que uno creeria que no calcula, sino que está llevada por la corriente de su destino, que en nuestro mundo sólo puede ser triste. Ella misma se aparta del canto, ella misma destruye el poder que había conseguido. ¿Cómo logró ese poder, ya que tan mal conoce a su pueblo? Se oculta y no canta; pero el pueblo, tranquilo, sin desilusión visible, señoril, una masa descansando en sí misma, que formalmente, aunque la apariencia sea contraria, sólo puede dar regalos, nunca recibirlos, ni aun de Josefina, este pueblo —repito—sigue su camino. Pero Josefina debe de estar en decadencia. Pronto vendrá el momento en que sonará su último chillido y quede muda para siempre. Josefina es un episodio en la historia eterna de nuestro pueblo, y este pueblo superará la pérdida. No nos será fácil; ¿cómo serán posibles las asambleas en completo silencio? Pero, ¿no eran silenciosas también con Josefina? ¿Era su chillar efectivo, notablemente más fuerte y vivaz de lo que será en el recuerdo? ?Acaso, en vida, era más que un mero recuerdo? ¿O habremos enaltecido el canto de Josefinaporque era imperdible? 
     Quizá nosotros no perdamos mucho; pero Josefina, redimida de los afanes terrestres, a los que, según ella, están predestinados los elegidos, se perderá jubilosa entre la innumerable multitud de los seres de nuestro pueblo, y pronto, ya que no nos interesa la historia, entrará, como todos sus hermanos, en la exaltada liberación del olvido.

Arborescencias: frutos simbólicos y raíces secretas de los árboles

Escribir es mi manera de ordenar el pensamiento. Publicar es a penas un capricho ajeno a todo lo que atañe escribir. Incluso, siendo extremi...