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lunes, 22 de mayo de 2023

Lecturas imposibles: Dissertation simply upon the word Tristram [Disertación acerca de la palabra Tristram]

Melancholy dissyllable of sound!
The life and opinions of Tristram Shandy, gentleman. I, XIX.

Estoy tumbado en mi sofá divagando sobre mi nombre. La extraña palabra donde se supone que debo caber con todo y mi identidad. No es un pensamiento gratuito, sucede que tengo a la vista la Disertación... de Walter Shandy, un pequeño volumen con poco más de tres siglos de antigüedad que versa sobre todo lo nefasto que tiene y sugiere el nombre Tristram
Es en verdad admirable lo que produce el escozor en los temperamentos retóricos: el señor Shandy expone a través de un centenar de páginas el origen, el significado y la difusión del nombre Tristram. No se guarda nada y aprovecha cualquier información para vilipendiar el par de sílabas. Me da gracia que tanto celo y esmero estén al servicio de una tarea que en principio parece tan detestable para el autor. 
Me imagino a Walter sentado frente a su escritorio, regocijándose con malicia por cada nueva línea que abona en contra del nombre. Él mismo dice en el breve prólogo a su obra que ni los nombres de Judas, Calígula o Gilles le parecen tan despreciables y criminales como el de Tristram. ¿Cómo habrá tolerado el señor Shandy que su nombre figurara junto al otro que tanta náusea le provocaba, ahí, paralelo en la pasta de su libro?
A los ojos del autor, yo tengo un nombre común e inofensivo. Eso me apena un poco. Viendo que hay hombres que le temen tanto a los nombres y que comienzan a intuir el temperamento de los otros por esa palabra que se adelanta a nosotros mismos y nos distingue de los demás, me gustaría tener un nombre como Tristram; que las personas al escucharlo sintieran una leve perturbación, algo así como inquietud, incluso desprecio injustificado... bueno, justificado sólo por el prejuicio, el brillante y argumentado prejuicio que guía a Walter.
Según Shandy, desde las letras que componen el nombre, ya se adivinan sombras poco gratas: la T tiene el hedor de las cruces donde cuelgan los criminales ajusticiados por los romanos, la R el desesperante sonido de los miembros poniéndose rígidos y ¡oh! la horrísona M que cierra el nombre es un insulto, un escupitajo. El autor nos explica que el nombre tiene origen en onomatopeyas de vidrio rompiéndose: 'tris' y 'tras.' Esto ya implica fragilidad y destrucción, conceptos agoreros e indeseables. Juntas remiten a la voz anglosajona 'thereostru' (oscuridad, melancolía) que —en una conveniente paretimología para el autor— contiene el nombre de Tereo, el mítico rey tracio que violó a su cuñada y la silenció cortándole la lengua.  Su esposa, en venganza por ese salvaje crímen, mató a sus hijos en común para cocinarlos y servírselos como alimento. Luego, el nombre colinda finalmente con la voz 'triste', de la que a Shandy no le falta qué decir: es por ventura de Dios que tenemos el lenguaje para decir lo que pensamos y nombrar lo que existe, pero es por desventura de Adán que tenemos tantas palabras que son una pústula en nuestros labios. Lo triste de la palabra Triste es que exista y luego que venga a formar parte del tan vomitivo vocablo: Tristram, ni el nombre del andrógino Tiresias es tan repudiable. Sólo de la voz de Tiniebla, del eco del Báratro pudo salir el nombre de Tristram. Pero acepto la tristeza porque fue hecha para los hombres, lo que no acepto es lo osado, la ausencia de humildad en Tristram que significa “el que no siente tristeza”, Tristram no es nombre humano, es nombre para bestia, para perro sarnoso.
No le faltan epítetos negativos para seguir acompañando sus explicaciones y descubrimientos. Saca a la luz todo lo rastrero que contiene el nombre. Y yo vuelvo a pensar en el mío, tan gastado de no significar nada que merezca ni dedicarle una cuartilla. Al contrario, a Walter parece faltarle espacio para justificar por qué de entre el océano de nombres que existen, el más soez de todos es Tristram. Puede nombrar al menos a un hombre que haya portado cualquiera de los nombres prohibidos y que con su reputación haya lavado un poco la desgraciada mácula en su nombre. Verbigracia: frente al traidor Judas está el otro, Judas Tadeo. Pero no hay ni un sólo Tristram en la historia que sea honorable:
De entre los primeros e ignominiosos Tristrames que podemos encontrar en la memoria de Clío está Trystan el terrorífico, un asesino despiadado que asoló el norte de Irlanda durante la primera mitad del siglo X, fue conocido por devorar los pulgares de sus víctimas. También el Conde Tristano della Spada, celebre por promover insensatos impuestos que arruinaron su condado y provocaron una carestía mortal, solía pasearse por las calles en un suntuoso carruaje, abarrotado de alimentos, y le sacaba los ojos a quienes trataban de robarle algo. No hay que olvidar a uno de los peores de todos, Tristram Trouble, el pícaro que según informes secretos del Vaticano asesinó al papa Gregorio V. En esta galería de malhechores no puede faltar Tristranius de Théâtre, el filósofo natural que pretendió abolir la muerte con una poción que había destilado de la sangre de 100 inocentes...
Las sílabas de la vergüenza —como las llama el autor— parecen semillas de mala hierba, germinando cada tanto con un nuevo ejemplar que nombrado con ellas cifra su aciago destino. Hasta el más inofensivo de la lista, un tal Tristrán Cervantes (depravado poeta, autor de obras pornográficas, muy posiblemente basadas en vivencias auténticas) es abominable.
Tomo el libro, abro la primera página y en el margen inferior derecho estampo mi propio nombre, una costumbre ridícula que tengo. Me consuela saber que mi nombre, el del autor y el de los infaustos Tristrames se acompañarán por muchos años.

***


lunes, 27 de septiembre de 2021

Del miedo (ensayo a la manera de Bacon)

I. Del miedo

Es indudable que en la jerarquía de las pasiones que ordenan nuestra visión del mundo, el miedo es uno de los soberanos. El miedo es hijo de la vista y del oído; deforma y transforma, metu interprete semper in deteriora inclinato;¹ encuentra adversarios inopinados entre las sombras, yergue murallas infranqueables, ama el refugio y es enemigo del porvenir. En el sentido estricto, existen tres tipos de miedo y todos se enfilan desde el futuro hacia el presente; en verdad que son como la bandada de saetas que oscurecen el cielo. Dos de esos miedos son estadísticos y el otro es obra del exceso de imaginación: los hombres podemos temer a lo probable, lo posible y lo imposible
Son probables los accidentes de la vida cotidiana, la conjunción de elementos que ponen en peligro la integridad del cuerpo, porque al miedo lo motivan las expectativas del dolor y del sufrimiento. No hay quien no experimente inquietud cuando se encuentra ante una altura precipitante, un descuido se antoja probable; en el campo de la estadística, la caída aumenta, y así, en situaciones análogas, el hombre teme cuando está en riesgo, al filo del peligro. Este miedo a las cosas probables es necesario, es el instinto animal, la parte del alma que es una fiera arrinconada entre la pared y el fuego; es el resorte que a veces se suelta y nos hace escapar o que a veces se queda atascado y nos paraliza. Temer a lo probable no daña esencialmente el desempeño de la vida, antes lo propicia y lo permite; la conciencia de la fragilidad del cuerpo y la dureza del miedo nos hacen precavidos. El miedo a lo probable busca evitar el dolor, que es de índole físico. Pero hay hombres de temperamentos endebles que se ponen en guardia ante cualquier estímulo, dotan de autoridad a sus temores y comienzan a sentir recelo de lo posible
El miedo a lo posible suele disfrazarse de precaución. Son posibles toda suerte de sucesos funestos toda vez que la vida está poblada de adversidades; sólo que estos miedos tienden hacia lo improbable, escapan de la cotidianidad y de lo próximo. No es plenamente descabellado temer a un accidente marítimo, a las tormentas o las bestias salvajes; salvo si uno no está en una travesía por mar abierto, en un clima complicado o en medio de la jungla; todos son miedos a situaciones peligrosas y posibles, pero no representan un riesgo inmediato. Se teme a lo contingente en el porvenir, como ya se dijo; y cada miedo está más lejos en el futuro que el anterior: en cuanto a lo posible, es un miedo que dimensiona qué tan mortales somos, cuántos peligros sorteamos y qué enemigos nos acechan. Cuando uno pierde el control de esos temores, espera golpes a diestra y siniestra y sospecha de todo. Aunque el miedo a lo posible ayuda a vivir, puede ser más dañino que benigno. Mientras se está vivo, todo puede atentar contra uno; y ya no se teme tanto al dolor, sino al sufrimiento: el hombre que teme a lo posible se preocupa por su corazón y sus pensamientos y no tanto por la integridad de su cuerpo, pone en duda su futuro. Si el miedo a lo probable estimula a la huída, el miedo por lo posible paraliza (mas, huelga decir que no son efectos propios de ambos miedos, solamente son una mayoría en cada caso). Los antiguos personifican estos dos miedos estadísticos en los gemelos Fobos y Deimos, hijos del amor y de la guerra. Acompañaban a su padre, Ares, en los enfrentamientos y manipulaban la reacción de los guerreros: Fobos los hacía huir ante el peligro inminente y Deimos los paralizaba cuando el combate estaba en marcha. 
El miedo probable es el de los individuos y el posible el de las sociedades. Es curioso que las sociedades destruyen lo contingente, erradican los peligros naturales a la vez que propician los artificiales; cuando el hombre no teme a su medio, se teme a sí mismo. El miedo a lo posible deja intranquila la mente y entonces pericla timidus etiam quae non sunt videt
No es que el miedo a lo imposible sea exclusivo de individuos o de grupos, se manifiesta en ambos por igual, sobre todo cuando la superstición impera. Este miedo es irracional de forma auténtica, a diferencia de los otros dos; ofrece perspectivas espantosas pero definitivamente irreales. ¿Cómo fundamentar el miedo a lo desconocido, el miedo a las torturas sobrenaturales del infierno o a criaturas de leyenda que pasean por las noches? Sólo la imaginación puede crear fantasías así. El miedo a lo imposible se debe a la ignorancia, la credulidad y el fanatismo; arraiga con la firmeza de las convicciones en la proyección del hombre hacia el futuro; entonces, en su panorama se dibujan monstruos y martirios que destrozarían su cuerpo en segundos. De esta forma, no se teme al dolor, sino al sufrimiento, a la disolución de la identidad, del yo. Este miedo no propicia la fuga o la inmovilidad; ¿quién puede escapar de fuerzas sobrenaturales? 
Para todo miedo hay paliativos y consuelos, los primeros dos miedos pueden enfrentarse de una u otra forma; para el tercero existe la fe en seres benignos y protectores, porque aunque haya de pasar por un valle tenebroso, no temo mal alguno, porque tú estás conmigo.³ La compañía —humana o divina— ayuda a enfrentar al miedo, no por nada es proverbial el dicho de que de la unión nace la fuerza. Los hombres pierden el miedo cuando se agrupan, cuando confían su ser al otro; es claro que la comunidad propicia la supervivencia y enfrenta los miedos. Entonces, los hombres pueden volverse cobardes, valientes o temerarios merced a su medio. Uno pensaría que el miedo cría cobardes, pero también puede abonar a los valientes y perder a los temerarios. Estas posiciones son sencillamente los extremos del vicio y el centro de la virtud, ideas de una ética hoy diluida y subestimada.
Cada hombre tiene miedos en función de su ser, pero también en función de sus afectos y posesiones; la mayoría de estos miedos son por lo posible: los padres teme por el bienestar y el futuro de sus hijos (the joys of parents are secret; and so are their griefs and fears)⁴, como el que es dueño de algo, teme por los peligros que atentan la preservación de aquel bien. Así, podríamos ordenar en una escala qué tan susceptibles son los hombres al miedo y como dijo Bacon de los reyes y monarcas: it is a miserable state of mind to have few things to desire, and many things to fear,⁵ porque los hombres que más poseen son más mortales y por tanto están expuestos a más peligros, finalmente, todo puede propiciar al miedo. 
Me gustaría agregar lo que un sabio francés escribió sobre la ceguera y el valor, que no osadía involuntaria: El ciego que no percibe el peligro se vuelve tanto más intrépido, y no dudo que caminaría a paso firme sobre tablas angostas y flexibles que formaran un puente sobre un precipicio. Hay pocas personas cuyos ojos no se nublan ante la visión de grandes abismos.⁶ El don de ver el mundo venía con la maldición de temerle. Y por último, hablar del miedo a lo inevitable; tanto o más absurdo que el miedo a lo imposible. En rigor, es una variante del miedo a lo probable porque se funda en las certezas universales: que nuestros cuerpos se van a corromper y eventualmente moriremos; pero temer a la verdad es temer a la vida y recelar de las cosas que escapan a nuestro control es una pérdida de tiempo. Resultaría vana retórica hablar de la aceptación de estas verdades, lo cierto es que el mayor enemigo del miedo es el valor; la cualidad de resistir y ser consciente. Valentía no implica no tener miedo, sino vencer el impulso de escapar ante el peligro o el quedarse petrificado.

¹ “El miedo es un intérprete que tiende siempre al peor sentido.” Tito Livio, Ab urbe condita, 27, 44, 10
² “El  asustadizo ve incluso los peligros que no existen.” Publilio Siro, Sententiæ.
³ Salmos XXIII:4
⁴ “Las alegrías de los padres son secretas y así lo son sus penas y temoresFrancis Bacon, Ensayos: VII. De los padres y los hijos
⁵ “Es una desdichada situación mental tener pocas cosas que desear y muchas que temer.” Francis Bacon, Ensayos: XIX. Del imperio.
Denis Diderot, Apéndice de Carta sobre los ciegos para uso de los que ven.

II. Del miedo, la audición y la vista

–El miedo que tienes te hace, Sancho, que ni veas ni oigas a derechas, porque uno de los efectos del miedo es turbar los sentidos y hacer que las cosas no parezcan lo que son. Y si es que tanto temes, retírate a una parte y déjame solo, que solo me basto para dar la victoria a la parte a quien yo dé mi ayuda. Cap. XVIII

–¿Cómo puedes tú, Sancho, ver dónde hace esa línea, ni dónde está esa boca o ese colodrillo que dices, si hace una noche tan oscura que no aparece en todo el cielo estrella alguna?
–Así es, pero tiene el miedo muchos ojos y ve las cosas debajo de tierra, cuanto más encima en el cielo, aunque por buenas razones bien se puede entender que falta poco de aquí al día. Cap. XX

viernes, 27 de agosto de 2021

Árbol

Las transformaciones son un poderoso estimulante de la imaginación: dejar de ser y ser otra cosa, pero conservar un elemento de nexo entre lo que se fue y lo que se es... Una transformación nunca tendrá sentido porque su naturaleza es la de romper toda unidad y continuidad para establecer una nueva forma que en el fondo no pertenece claramente a ningún género; el caso es que ser árbol promete sus ventajas, al menos eso creo.

Mis dedos se comienzan a aterir... no... más bien estoy echando raíces y siento la tierra abrazarme los pies. No muero. Dicen los sabios que nada lo hace. Entonces, ¿qué significa dejar un legado? la eternidad de las almas plantea peligrosos problemas y contradicciones para nuestras vidas. La simiente de mis antepasados no significa nada, yo soy eso que por fin se propone crecer y tocar el cielo. Lo que me pasa tiene sus ventajas:
1. Dejaré por fin la odiosa deglución. Comer, ¡qué cosa más espantosa! Desde niño la idea de alimentarme me desalentaba: «¡Siéntate y cómete todo, carajo. Siempre con tus caras... Qué tortura es tener que acompañarte en las comidas, con tus caprichitos! ¡¿Acaso no sabes que los alimentos son sagrados?!». Ambrosía, me hubiera atrevido a escupir semejante manjar de sólo pensar en que tenía que masticárlo, tragarlo, digerirlo y defecarlo. Es bueno saber que eso quedará atrás, que hay formas menos vulgares de nutrirse, sin convertir en mierda la vida de los otros seres. Sé que todo proceso biológico implica generar algún desecho, pero me consuela pensar en que no participaré del más desagradable. Un quimismo sucio por uno noble. Estuve resignado hasta ahora. Toleré el comer porque no había más opción. Por fin me libero: voy a vivir de luz, sin boca. Es muy reconfortante pensar en que incluso hablar será algo innecesario.
Desde este claro veo a la distancia la antigua casa de mis padres, de mi familia. Cuando desaparecieron y yo estaba lejos en el frente, no pude venir de inmediato. Siempre me pregunté dónde habían parado, ahora lo sé. Eso es otro alivio, aunque inútil, viendo hacia dónde me dirijo. Ahora que lo pienso, también hay una ventaja en ello. Cortaré todos los lazos filiales:

2. Un árbol es su propia familia. No tiene futuro ni pasado. Es sólo una presencia que sucede fuera del tiempo, siempre en su verde sueño vertical. Abre las manos y deja que las aves le traigan canciones del mundo. En realidad, ni siquiera las escucha, su preocupación es recargar sus brazos en el aire e impulsarse un poco más alto. Los árboles no extrañan ni odian; no entrañan pasiones, están libres de servidumbres y compromisos; no cumplen espectativas, no defraudan y aún si fracasan en su única potencia que es adornarse de nubes, no hay dolor en ello, ni pena, no significa nada.
La familia no fue más que una adversidad de adversidades, cúmulo de rencores y frustraciones... mi padre, mi madre, mi tradición, cada cual eslabón de un grillete. No más obligaciones de la sangre, sólo savia, espesa y anochecida, recirculando por mí sin implicaciones.

Mientras soy humano siguen pasando por mi mente pensamientos estúpidos como el impulso de elegir mis últimas palabras... se me ocurren tonterías como: «¿y si digo su nombre? Sería decirlo todo, porque ella en su nombre resume una vida. No es mala idea, tener las glorias junto a los fracasos». Muchos temores... el hombre vive del miedo, de uno en especial: el miedo a la muerte... y ella no es diferente, su miedo es el mismo de todos. Lo que me hace pensar que:
3. Se resuelve el problema de la vida después de la muerte. Seguiré aquí, sin memoria, o podría ser madera; así de sencillo es determinar mi destino. Según el árbol que termine siendo, será fácil saber si seré leña y al final fuego; barco y al final balsa de náufrago; piano y al final música; libros y al final memoria... Es fácil, la vida después de la muerte es la vida. Si me hubiese quedado siendo hombre, sería fatal vivir este momento, con el pecho abierto y la sangre descendiéndome a cascadas por la boca y las heridas. Pensando en el mañana, en Dios, en el infierno. Sólo deseo no ser cruz, no ser cofre, no ser flecha, no ser árbol frutal y terminar «pan-carne, vino-sangre».
Apropiadamente me hirieron de pie y seguiré así. Cuando regresé de la capital y tomé posesión de mi casa y mis bienes, lo hice agachando la mirada; me avergonzó estar de vuelta y encontrar miradas extrañas; ojos que me decían que no merecía esta fortuna. ¿Por qué fui tan desigual entonces? Hice las lecciones y aprendí el oficio de la guerra. Honré todos los nombres menos el mío. Mi rostro no se parece al de mis sentimientos, mis pensamientos no tienen nada en común con mis acciones. Fruto bello mas su sabor es desagradable. Lo primero que hice fue recluirme en el jardín de mi madre y apreciar las flores, adormecerme entre los perfumes...

4. Las partes se parecen al todo: las raíces a las ramas, los nervios de las hojas al árbol todo. No me asombraría que el árbol no fuese más que un fractal, una multiplicación de sí mismo en sí mismo. Un cabello no es un hombre, pero una semilla es un árbol, no hay forma de negarlo. Es fácil dejar de ser hombre: se muere, se es rechazado por los demás, y presto: ¿qué es eso que no es un hombre? así de frágil es esta condición. Siendo lo que seré no dejaré ya de serlo nunca, puesto que no seré capaz de morir, puesto que nadie puede decir de mí que no soy sino exactamente lo que soy, pase lo que pase, le pese a quien le pese.
En mi vida hice a medias muchas cosas, diferí mil y abandoné mil más. Siendo árbol cambiaré todo eso. Me olvidaré de mi apatía y de las veces que negué mi amor o mi odio. Ya no más remordimientos. La condición del hombre es tan frágil; para todos fui dejando de serlo desde antes de que me encontrara en este momento. Para mí padre no fui un hombre desde que no me enorgullecí de mi carrera militar y apostaté de la guerra, aquella bestia que él amaba porque —supuestamente— proporciona el honor y la gloria; para mí madre dejé de serlo cuando no pude imponer mi voluntad y consentí en la mediocridad de ser militar sin tener espíritu bélico; para mis criados tal vez nunca lo fui, veían en mi a una criatura endeble y esquiva que abandonó a su familia en un momento de necesidad; para ella no fui un hombre cuando no hice nada para impedir su matrimonio.

5. Gracias a la exhuberancia del follaje, uno goza de la sombra, saborea el fruto maduro. El árbol no escatima en nada. Crece escalando el aire, arrojándose al sol. Su copa desborda de pasión y ni el invierno que expolia su frondosidad puede ser rival de su ansia de vida. Pienso en los añejos y agrios maestros, imponiendo su orden a las pasiones, ¿quién entiende la sutileza de la semilla que se rompe a sí misma para ofrecerlo todo? Educación, educación, educación y guerra, luego buenas maneras: modales, sociedad; tu nombre, tu linaje. Así estoy mejor, en la naturaleza. Mi corazón es la semilla, mi cuerpo abono. Misteriosa transformación. De mí solo hice lo que no debí ser. «Hombre de bien. Recuérdalo». Sólo ahora me planto ante el porvenir y acepto lo que mi naturaleza desea. Si he de ser Pino, si he de ser Ginko biloba, ya estaba dentro de mí. Voy de andarme por las ramas, a ser las ramas. El bosque es la célula. Seré árbol, de esos que no deja ver el bosque y tengo por destino la eternidad de la madera, voy dejando la eternidad de la frágil memoria humana.

Dime, memoria, ¿dónde están los pasillos de la academia militar por dónde transité? ¿dónde está el camino que tomé en la víspera para venir a ver este sotobosque? ¿dónde está el momento en que mi vida se bifurcó y la marcha me obligó a elegir? Bivio, patraña. Esa Y de la condición humana es muy bonita, pero falsa. La verdad es que las sendas que uno va encontrando por el camino, son como las ramas de un árbol: múltiples e impredecibles:
6. El árbol es la lección de que todo viene de un origen común y entramado a la vez, luego hay un lapso de gracia, seguridad e indefinición: la infancia sin obligaciones, ese tronco firme; y después, las ramas, el abanico de elecciones que están al alcance de uno, cada cual conduciendo al hombre por tantas y tantas veredas; no hay bien ni mal, no de forma definitiva como la humanidad necesita. Si todo fuese tan sencillo como elegir el arduo trance de la virtud o el cómodo circuito del vicio, la vida no sería tan extraña e indefinible.
Cuando llegué a la academia militar, me adapté. No fue un sacrificio. Simplemente cumplí. ¿quién podría explicarme si cumplir fue arduo o no? A los ojos de unos, avanzaba por el camino correcto, y a los ojos de otros, iba por un vía crusis. Y eso me llevó eventualmente a ella, de alguna forma se compensaba el suplicio, pero luego ella se desposó con otro, y haber intercedido para evitarlo me habría dado nuevos deleites y nuevas penas. Lo cierto es que en el balance, todas las ramas del árbol tienden a ese espacio sin ubicación que es el aire, cualquier cosa que hubiese elegido, aún por capricho o sensatez, me habría llevado allí, a aquí, donde un montón de enfurecidos campesinos desató su venganza contra mi padre en mí.

«El fruto cayó lejos», mi destino me perseguía desde entonces, «las aves lo picotearon». Creo que fue un lunes en la mañana cuando llegó la carta sellada con el escudo de la familia. Tenía trece meses en el frente. La cosa de todos los días, la tierra sembrada de cuerpos y de pronto una carta del sirviente más fiel de mi padre, escueta como eran los dos: «Los señores desaparecieron hace ya varios días. Toda búsqueda fue en vano. Las autoridades campestres los dan por muertos. Urge su presencia para arreglar asuntos administrativos y hacer la lectura del testamento de su Señor Padre».
7. No se tienen posesiones, ni uno mismo se posee, no existe ese concepto, no existe ningún concepto. No hay revancha ni consecuencias.
En el pueblo dijeron que poco después de la epidemia y la sequía (por lo visto las calamidades se encadenan), mis padres asistieron generosamente a la comunidad. Cedieron alimentos y consiguieron a un doctor que para desgracia de todos, falleció en un accidente cuando cayó la primera lluvia de la estación. Una cura se llevó a la otra. Esa lluvia lavó las almas y los ojos, descubrió una verdad horrible. Los hacendados de la région tuvieron un papel activo en la propagación de la enfermedad que se había incubado en las trincheras; acapararon ventajosamente vacunas e insumos médicos, dejaron morir de hambre y enfermedad a la gente porque querían asegurar su supervivencia por si la guerra seguía tan mal como hasta ahora. Y mis padres, aún con sus gestos de altruismo, eran también partícipes de aquel crímen. En el pueblo dijeron que una junta de gentes descontentas con la traición se llevaron a los ricos una noche. Muy pocos se salvaron y las autoridades se desentendieron, porque en el fondo, el egoísmo de esos pocos, había condenado a la mayoría. «Actos de justicia», decían las gentes en voz baja al doblar la esquina.

De camino a casa, pasé brevemente por la capital. Fue la última vez que la ví. Ella estaba en la terraza del café a donde solíamos ir. Me sentí un estúpido mirándola como si fuese un cuadro en un museo. No fue algo planeado, sólo estaba allí y coincidimos.
8. Se está inmóvil, en silencio. Se acaba el sentido de individualidad; el árbol expresa su relación con su medio, y aunque sus raíces están ocultas, él no las niega. Afirma su necesidad de algo mayor que él. Permanece.
Después del largo camino, llegué al pueblo y pedí que me dejaran solo por dos días para recuperarme del ajetreo. El descontento de los sirvientes se dejó traslucir; de haber sido mi padre, no hubiese perdido ni un minuto. Él no conocía el desperdicio de tiempo, siempre estaba ocupándose en algo; fue un ser activo. Visité mis viejos escondites, la biblioteca y sobre todo el jardín, tan infinito como siempre. La sequía no afectó la opulencia de la casa, ésta era inmarcesible. Todo estaba limpio y brillante. 
Pasado mi plazo de reposo, me puse a trabajar en los pendientes y asistí a la lectura del testamento. Heredé todo, muy a mi pesar, al de mis padres y los sirvientes; no había nadie más que pudiera hacerse cargo. Y por un tiempo, eso pareció ser algo positivo.
Morir no es tan terrible como pensé. A medida que la carne se corrompe, se pierde el dolor. Uno experimenta algo semejante a la paz. Ya no hay tiempo para nada, y se pierden todas las convicciones; supongo que a esto se refieren cuando dicen que la muerte iguala a todos.
A los pocos días de la lectura testamentaria, alguien dejó un paquete para mí. Se trataba de un manuscrito de mi padre. En un inició no me interesé por él, pero algún bicho de curiosidad me hizo revisar una página al azar y resultó que no eran tediosas memorias o cartas donde trataba de disculparse, justificarse o redimirse. No. Eran cien folios exactos, comenzaban con una breve crónica de los años de juventud y formación de mi padre con un manuscrito igual a este, pero escrito por su propio padre a la vez. Para mí sorpresa e incredulidad, mi padre, como el suyo, y el padre de su padre y aún varios antes de él, habían ejercido secretos trabajos de transfiguración de la materia. En algún momento, uno de esos antepasados había instituido la tradición de legar todo el saber entre padres e hijos a través de manuscritos entregados de forma póstuma. Mi padre esperaba que yo aprendiera de esas páginas secretos inveterados y que después las quemara para escribir de nuevo todo más cinco páginas nuevas: mi crónica y un obligatorio avance en la ciencia mágica. Así se había hecho y así se tenía que hacer.
En su relación biográfica, mi padre daba cuenta del origen de la riqueza familiar. Si alguna vez llegué a sentir un incipiente desprecio por ese hombre que fue mi padre, al leer su historia, y la historia de mis antepasados con sus respectivos descubrimientos, terminé por asentar mi rechazo por él. Desde nuestro origen, mis antepasados habían establecido una supremacía social y económica gracias a que eran capaces de realizar toda suerte de transformaciones. Todos esos hallazgos que pudieron haber dado luz a la humanidad habían sido usados de forma egoísta con el único fin de encumbrar un nombre. Los Arbedri eran una estriper de hacedores de cosas terribles: venenos sutilísimos; transfiguraciones de polvo en diamantes; potenciadores sexuales; pociones para manipular los recuerdos, los sueños y los pensamientos; lentes que permitían ver alejados rincones del universo; píldoras que despertaban sentidos ocultos... tantas cosas que estaban en poder de una persona a la vez y que aumentaban cada generación; más y más medios para perpetuar un nombre.

9. No se precisa de nombre. Es de las cosas más bellas de ser un árbol. Mientras mi piel se hace corteza y mis huesos anillos de la duramadre, pienso, son mis últimos pensamientos como hombre; luego habrá un definitivo silencio. Todo lo que es bueno, bello y útil no le sirve a los árboles. No hay vista, no hay oídos, no hay ningún tamiz que deforme el mundo. Mis uñas se hacen hojas y mudan los tonos rojizos por esmeraldados verdes. En cualquier momento mis ojos serán apenas un accidente en la madera.
Medité mucho en qué haría con tantas fórmulas y milagros. Sólo conseguí decepcionarme del género humano; había una guerra, allá lejos, contra personas que en el fondo estaban tan asustadas como nosotros. Aquí, una hambruna y una peste. El haberle dado tantos dones a los hombres hubiese salido tan malo como cuando Prometeo nos dió el fuego; no hicimos más que prendernos en llamas entre nosotros. 
Decidí al menos hacer una cosa de las que me pidió mi padre; escribir esas páginas y contribuir con un progreso.
Mi respuesta fue una cura para las enfermedades de mis antecesores. Desarrollé un método para convertir la materia animal en vegetal. En parte hubiese sido imposible sin los trabajos de mi familia, al menos algo bueno hicimos al final.
Apenas concreté mi trabajo, destruí las páginas de mis antepasados y dejé en mi oficina, antes de mi padre, la fórmula para abandonar a la humanidad. Nadie debería querer ser un hombre, son tan frágiles.
Vine a este sotobosque privado a plantarme a mi mismo. Me alegro que en este instante final, todo se termine conmigo.
Me desangro pero estoy satisfecho, pronto mi transformación estará completa. Mientras me ocupaba de las cuestiones técnicas; varios aldeanos aparecieron para expropiar los bienes de mi familia, comenzando por el bosque privado. No traté de defenderme ni de explicar nada. Mi procesos ya había iniciado. Desquitaron sus penas en mí, pero, ¿habría de importarme? No. Nada importa ya...

domingo, 22 de agosto de 2021

Musa, en el azogue me ahogué

Para mi musa, por la gracia de su abandono.
I
Paradoja y ausencia

El amor es un sentimiento que trasciende los problemas del tiempo y del espacio y se planta en la indefinición; jamás llega a ser tan imposible como para que los amantes no se puedan encontrar, pero tampoco tan posible como para que, una vez encontrados, no tengan que separarse al fin, después de que un óbice se imponga entre los dos, ya sea por voluntad de uno, de ambos, o de algo completamente ajeno.
Si un escritor quiere hablar de amor, no debe ser tan ingenuo como para terminar la historia en el architrillado final feliz, porque en el fondo habrá pecado de mediocre. Si se va a hablar de amor, debe retratarse desde su nacimiento, pasar por su fulgor y llegar hasta su muerte; pero no todos los escritores gozan de la buena voluntad de las musas y, en muchos casos, éstas majestades se complacen solamente en iniciar el fuego de la creación sin alimentarlo después, esperando que el alma del autor tenga suficiente materia para arder hasta que la historia alcance su cabo.
Ahora bien, el problema de las musas se agrava si consideramos que son infieles y llegan a compartir la pluma con más de un autor, lo que provoca el largo problema de las repeticiones entre los temas y tratamientos en materia creativa; o la situación, por demás enojosa, cuando la musa del poeta dicta una novela o viceversa, pues los resultados siempre son extraños y sacan de quicio a los críticos, enemigos naturales de las musas.
Volviendo al asunto del amor: yo estaba sentado en una banca del parque —cosa irrelevante, pero necesaria para ejercitar el arte de narrar— pensando en las últimas páginas que mi musa me había dictado; gozabamos de una relación más o menos fructífera, pero últimamente ella se había comportado más perezosa y dispersa de lo normal. En la víspera comenzamos un cuento, pero no bien estaban listos los primeros párrafos, la ingrata me abandonó y me quedé desamparado en el descubrimiento de mi total dependencia de su guía. Acostumbrado al ritmo de trabajo que ella me impuso, encontrarme allí, sin saber qué escribir, me estaba fastidiando la existencia.
Entonces vislumbré la posibilidad de ponerme a escribir sin más, llevar mi cuento a buen puerto o al menos hacerlo naufragar. Según yo, ésto no era gran ciencia, y el influjo de la musa en su contenido, bien podía ser remplazado con imaginación. Por lo demás, la semilla estaba plantada, sólo dependía de mí cuidar su germinación y velar por su feliz crecimiento.
Reanimado, me puse en marcha de regreso a casa, pensando en cómo podría continuar y terminar mi narración.

II
El espejo y la identidad
La presencia del hombre ante un espejo obstaculiza fastidiosamente la continuidad de un mundo misterioso que vive en la superficie del espejo cuando no estamos mirando en él.
Salvador Elizondo

El cuento es de (des)amor, por supuesto. Y hasta donde la musa tuvo injerencia, escribimos a nuestro héroe, cuyo nombre no llegué a saber, pero a quien llamaré Cero Cero. La musa lo había puesto en términos de que íbamos a ir conociendo los detalles de su persona por las cosas de las que se rodeaba y las personas que frecuentaba, en honor al poncif de dime con quién andas y te diré quién eres. Entonces, él fue ideado como un contorno abrazando el vacío que paulatinamente se cargaría de identidad. Pero en los pocos párrafos que la musa me dejó, no hay muchos indicios que nos permitan contestar exactamente quién es el protagonista de este cuento, y más bien, por la ambigüedad de la que gozan las palabras, podríamos pensar toda suerte de ideas irreconciliables sobre su ser.
Lo cierto es que Cero Cero —gracias a acontecimientos tampoco esclarecidos por la musa— poseía un espejo que en lugar de devolver el reflejo de quien se miraba en él, permitía ver el rostro del alma gemela; la pareja predestinada. Otro buen modo de no conocer directamente al protagonista porque al mirarse en el azogue, encontraba a una mujer hermosa y muda que desconocía... cuestión que en suma no contribuía a descubrirnos nada sobre Cero Cero.
00 espiaba con pudor en el espejo porque la imágen de ella obedecía a una mímica exacta de los gestos de él y descubrirse pequeño en las pupilas de ella, cuando las miradas tendían líneas rectas entre los ojos, le provocaba cierta emoción imposible de soportar por mucho tiempo. Otras veces desesperaba en ver cómo su tristeza se reflejaba exacta en aquel rostro que le parecía haber sido hecho sólo para sonreír. Y llegaba al grado de la frustración cuando su espíritu le impelaba dirigirle la palabra que se quedaba presa en el vacío sin recibir respuesta.

III
Cero ídem

Los espejos son despiadados repitiendo la verdad; reproducen un eco de la imagen sin cambiar nada de ella, pero en este caso, el espejo de C. C. repetía una respuesta a una pregunta no formulada. No conforme con esto, hay una complicación agregada: la disincronía entre el reflejo y su observador, porque más allá de la velocidad de la luz, sucede un momento en el que el espejo está vacío antes de que reproduzca la imagen frente a él, y cuando esa imagen aparece por fin, de nuevo, más allá de la velocidad de la luz, los ojos que miran la superficie reflectante están vacíos antes de captar el resultado de ese encuentro simétrico: mirar al espejo es encontrar el pasado inmediato, el instante que fue.
C. Cero cubría el espejo con un terciopelo azul obscuro para no profanar con su mirada deshonesta aquella figura que se reproducía cuando él se asomaba a ver. Por su mente vacía cruzaban fugaces anhelos y estrategias para ir más allá de aquel reflejo, para encontrar la carne, la materia deseada. A veces, por las noches, un arranque de malicia lo precipitaba frente al espejo donde se desnudaba con divina obscenidad, dando a su vista el máximo de piel. Luego, en otro arrebato, se cubría avergonzado de su avidez, de espiar aquella figura inocente. Su amor no era amor todo el tiempo, rozaba con el desdén que sienten los que están impedidos para poseer.

IV
Si el espejo se quiebra...

Escribí páginas y páginas de cómo 0 Cero miraba y cubría el espejo; meticulosas descripciones de un obseso que se redimía con el amanecer y recaía al anochecer. Juzgué que toda variante de sus desafallecimientos podía bien sintetizarse en unas cuantas líneas, para hacer gala de brevedad: «Ese hombre desconocido se presentaba ante una desconocida; a veces, con violencia, recargaba las manos en la fría superficie de vidrio y trataba de tocar ese cuerpo tan cercano, pero su tacto no encontraba nada. Retrocedía y se disculpaba, y aquel reflejo lo miraba con miedo y confusión, le preguntaba lo mismo que él se preguntaba, entonces ese remedo volvía a fastidiarlo porque las maneras y actitudes de hombre lucían burlescas y caricaturizadas en el cuerpo de una mujer; a continuación, el reflejo adoptaba un gesto amenazante que sin palabras gritaba toda suerte de insultos sobreentendidos. El hombre por fin cubría el espejo y se tiraba en la cama, presa de pensamientos cada vez más oscuros y sutiles: “¿Y si el espejo se quiebra se acabaría mi suplicio? Bien podría tomar cualquier cosa pesada de esta habitación y arrojarla contra el azogue maldito... se haría trizas y mi amor quedaría regado por el piso como cualquier otro vulgar vestigio. No me atrevería a mirar los pedazos...”».
»“Nada tiene piedad de mí, lo que siento me castiga cuando el reflejo, ella, adopta mi semblante y me acompaña en mi dolor o en mi perversión. La culpa me corroe porque no puedo explicarle lo que pasa; me aterra pensar que ella pueda ser consciente de lo que hago... debo tener en cuenta esa posibilidad, que ella me ve cuando yo la veo, que ella sabe lo que hago, lo que miro, lo que invado...”».
»Cero 0 cierra los ojos y se queda dormido entre cavilaciones. En algún momento nocturno, su sueño se torna ligero y él se levanta en estado de duermevela, descubre el espejo y se queda quieto frente al reflejo de la mujer que es él. Traza la silueta en el aire con el índice enhiesto y, del otro lado del espejo, ella se sincroniza con él, pero los resultados no se ajustan con exactitud; el cuerpo de ella es más pequeño y sinuoso, mientras que el de él es enjunto y algo más recto en los ángulos. La oposición y la diferencia son la norma.
»C.0 toma un pisapapeles y lo estrella contra el espejo, el impacto se traduce en una telaraña de grietas que comienzan a sangrar. En la frente de aquella mujer, que hace un momento era despejada y destacaba en la oscuridad de la noche, ahora hay una herida que poco a poco enturbia un hemisferio del rostro, pero no es el espejo lo que 0. Cero acaba de golpear, sino su propia cabeza. No pasa más que un instante y el desmayo sobreviene.

V
Duplicado, multiplicado

La vista es el más pérfido de los sentidos. Pone todo en una perspectiva falaz donde parece que basta con estirar la mano para tomar al sol cual si fuera una manzana o como si con una bofetada al aire, uno pudiera dispersar las altas nubes. La vista es la que le dice a 0.0. que ella está al alcance de sus manos y los deseos entran en conflicto con la potestad. Todo se anhela y nada se puede. Cero C. no se atreve a descubrir el espejo desde el día del atentado, éste permanece en un rincón de la habitación.
Voy llegando lejos, aunque no sin cansancio. El delicado equilibrio del cuento debe alcanzar su clímax aquí, para que su desenlace llegue rodando por la pendiente de forma grácil y convincente. De momento tenemos el amor de Cero0 en su fulgor, pero le faltan el nacimiento y la muerte; por economía literaria creo que debería matar dos pájaros de un tiro, y ofrecerlos unificados: así me ahorro la dificultad de hacer esa peligrosa acrobacia que llaman digresión y al mismo tiempo aligero el impacto de la violencia que significa abandonar la narración.
CcEeRrOo trae, de otra habitación, un espejo de semejantes dimensiones al suyo. Lo coloca junto al otro espejo y estudia su verdadero reflejo que hace ya mucho no miraba. Trata de reconocer al desconocido, le parece increíble que él pueda proyectar otra figura que no sea ella, el reflejo de la que ama. A la sazón, piensa en su sombra que a esa hora del día debe estar detrás de él, se voltea para comprobar que, aunque, deformada por los obstáculos donde se proyecta y por el ángulo de la luz, su sombra refiere de forma inequívoca a su cuerpo. Es la prueba que necesita para determinar que él es él y nadie más que él, aunque su historia antes de estas líneas no sea posible de precisar.
Con las precarias herramientas de su escritorio: bolígrafos, un abrecartas, el pesado pisapapeles con rastros de sangre seca; se pone a arrancar el marco de madera del espejo recién traído; éste cede fácilmente. Repite la operación con el otro espejo, pero todo debajo del terciopelo azul que no se atreve a levantar ni por accidente.
El golpe en su cabeza fue el relámpago que por un instante iluminó su mente y le proporcionó la solución al problema del espejo mágico.
Coloca  ambos espejos uno junto al otro, cubriendo un poco el espejo convencional con el terciopelo azul, de modo que los perímetros de ambos se corresponden, haciendo que sean como uno sólo. Cierra los ojos y deja caer el velo. Retrocede lentamente, calculando la distancia aproximada donde habrá de quedar frente al espejo común pero también podrá mirarse en el otro espejo. Abre los ojos y se encuentra tal y como debe ser, mira a un lado y la ve, en ese ángulo sólo la percibe incompleta, así que la herida en su frente no se refleja en la de ella. Avanza metódicamente, entornando la mirada o moviendo un poco la cabeza, de modo que ese arreglo donde se ve y la ve a ella no se pierda por nada. Al estar al alcance de ambos azogues, los toma y, como si fueran un libro abierto, los cierra uno frente al otro. 
Mira sobre su hombro y detrás de él no está su sombra; sabe que desde ahora su cuerpo será incapaz de proyectar su imágen. Consciente de que no podría tener lo que deseaba en sus términos, aspiró a conseguirlo en otros términos: siendo ella un reflejo, sólo podría estar a su lado si él, a su vez, era también reflejo y nada más. Los espejos se besan hasta el infinito.

viernes, 20 de agosto de 2021

Tonterías & transformaciones

• Estoy acostado leyendo: los peligros de la sociedad; intrigas entrepalabras. Me voy desvistiendo de los viejo prejucios, me pongo unos nuevos, tan nuevos como este día y que van a expirar con la noche, como este día. Sigo leyendo y mis lagrimales lloran tinta. Me voy acostumbrando a la oscuridad de mi llanto. Estoy intermitentemente desnudo y mis prejucios se ensucian. Me vuelvo suciedad, acostado, mientras leo y lloro. Soy una enorme carie: el crater, el hedor y la oscuridad. Desaparezco como el fuego que se consume en sí mismo. Entonces, me levanté absenté, tinte monte, apunté lo que pensaba. Y salí a caminar, siendo más una costra que una roca descompuesta... Esto apuntaba yo después de regresar de caminar y ponerme a leer.

• Los días que estoy más inmóvil soy un mueble. Me veo como una vitrina polvosa al final de la habitación. No contengo nada especial ni importante; guardo si acaso trastos y baratijas por las que nadie daría un centavo. Con todo, cumplo una función necesaria: tener todo aquello que jamás servirá para nada pero que la gente cree que debe guardar. Cuando mi inmovilidad es verdaderamente quieta soy una mesa. A cuestas tengo toda suerte de enseres: cucharas, platos, vasos, tenedores y cuchillos. Detesto que mi superficie esté tan poblada de amontonamientos y debajo de mí sólo está el gato que espera a que la comida acabe para rapiñar entre los restos. En el último grado de inmovilidad soy un perchero.

• Desearía ser un personaje de Bioy Casares. Claro que me gustaría tener un papel protagónico como el del amante desafortunado de Bajo el agua. Pero me conformaría con una modesta participación. Aceptaría ser un personaje decorativo. No es que me muera por ello, pero creo que sería una experiencia significativa para mi vida. Podría decir en una conversación de sobremesa: “Había una vez en que fui un personaje de cuento. Me escribió un argentino y púsome al principio de un viaje. En ese viaje se introducía un elemento que desafiaba la realidad y nadie cuestionaba lo inverosímil.” Tal vez alguien se reiría de mí, no lo sé. 

• Tuve una novia que decía que yo era un egocéntrico y por ello me dejó. Estuve mucho tiempo dándole vueltas al asunto. Me cuestionaba si en verdad me ocupaba demasiado de mi persona. Me gusta creer que no. Al menos, si es así, no lo hago adrede. No es que las personas egocéntricas sean demasiado concientes de esto, ¿o sí?... quiero decir, ¿en qué medida determina uno que piensa demasiado sobre su persona? De no ser por aquella ex, yo nunca habría pensado —tal vez— en si era egocéntrico. Hoy día lo niego, aunque la razonable duda esté presente. Tengo la teoría de que no existen los egocéntricos, para mí un egocéntrico sería alguien pendiente de su ombligo y no conozco a nadie así. 

• En algún lugar de mí que no puede ser señalado porque es puramente especular, está todo lo que haré hasta el día de mi muerte. De allí saqué la memoria aún porvenidera de que seré una nota musical por un momento cortísimo en mi vida. No puedo decir qué timbre o cuál altura tendré. Será tan rápido que lo olvidaré de inmediato. En cierta forma esa noción alivia todo lo malo que me sucede y sucederá hasta ese instante, porque todo lo vale por ser durante un segundo una nota musical.

Musa de Humo

Esta musa procede de un tiempo muy lejano. Su argumento data de al menos hace 5 años y tuvo otros cuerpos más imperfectos del que ahora presento. Es la primera de toda la serie, al menos en espíritu y aún se me sigue escapando como cuando la encontré por primera vez entre mis ideas. Los detalles generales no cambiaron: un hombre que se enamora del reflejo de su interior. Es el tema obsesivo y hasta redundante. Cuando la gente dice sin Ton ni Son: “el leitmotiv” no saben que las más de las veces están ante un vulgar ostinatto; y yo no sé mirar con benevolencia, o mejor dicho: escuchar. El humo es un símbolo, el de la fantasía fatal; es un espejo de muerte que te pierde o te sofoca y las musas tienen esa conexión por su linaje, quiero decir, mis musas. Cada una es polvadera, humo, remolinillo a su manera, cada una enturbia o contamina, pero no por voluntad, sino porque los ojos, las manos, los oidos que las buscan, anhelan su imposibilidad. En fin, esta musa peculiar y especular se disipa justo en el instante crítico y léase, por favor, loin des sources de chaleur, porque es profundamente inflammable.

Jueves
Anda como fugitivo por las calles, tiene expresión de condenado y la mirada saturnina.
La terapia no sirve, hay cosas que sencillamente están rotas y esa es su naturaleza. Repararlas es destruirlas.
Ahora baja las escaleras de dos en dos, la prisa le pisa los talones.
Hoy la lluvia también lo persigue y el alma se le queda atorada en un alambre oxidado que, mientras baja, hace que se le vaya deshilando, quedando trás de sí.
Se une a la masa humana. Por fuera luce impasible, por dentro se derrumba entre el miedo y la ansiedad.
Las puertas del vagón del metro se abren y una estampida lo lleva como balsa de náufrago en medio de la tempestad.
Ya adentro, se muerde el labio inferior y observa sin mirar. Se encierra en pensamientos sin sentido.
Pasos y pisos y puertas y paredes. Las gentes entran y salen y entre ellos llega una chica de cabello color negro como el abismo que le cubre la mitad del rostro igual que una cortina misteriosa.
El vagón está abarrotado y ella se queda en un extremo donde él la puede ver sin dificultades.
Un hombre se acerca y la abraza. Le besa el cuello y le habla al oído. Las caricias están un poco subidas de tono para estar en un lugar público.
Con pudor desvía la mirada y se encuentra con el reflejo de su rostro vacío y obscuro en un sucio cristal.
Para cuando vuelve a buscar a la chica, ella ya no está.

Lunes
La luz va tras de él y él persigue su sombra. En el subterráneo siempre es de noche.
Las personas se empujan al pasar. Él mismo empuja a una chica distraída que va de la mano de un hombre feo de rasgos desagradables: ojos mezquinos, nariz aguileña, mentón pronunciado, sonrisa estúpida.
Todo sucede en un segundo. Busca el rostro de ella, pero sólo aprehende la forma de su espalda y la tez blanca de las piernas entre el coqueto bamboleo de una juguetona falda.
Los encontrará un rato después, casi a media noche, en un asiento al fondo del vagón. Va a asistir a una escena de depravación.
Y mientras esa cita se acerca, irá y vendrá y una parte de él no va a volver ilesa de la vida cotidiana.
La modernidad es diestra aniquilando a los individuos, pero, por desgracia, no es eficiente: idealmente debería desintegrar en vez de romper, sin arte ni ciencia, sus almas.
Se sienta muy callado y recoge los detalles del suelo: suciedad; todo está sucio. Lo que lo rodea es un reflejo de su interior. Mira sin tristeza —recurso de los desahuciados espirituales— y sus ojos le muestran a la mujer de hace unas horas sobre el vomitivo y tosco hombre que la acompañaba.
Las manos del tipo se pierden bajo la falda; la urgencia y el vértigo vuelven insensibles a los amantes. La mujer se agita pasmosamente mientras el hombre la manosea con avidez. 
Mira pero se niega a sentir nada al respecto: ni pena, ni miedo, ni placer, ni culpa, ni siquiera interés. 
No deja de mirar. Luego cierra los ojos y se piensa lejos de todo.

Sábado
Lo acecha la luna, así que se oculta de ella en un vagón del metro. Terapia, terapia y terapia.
Piensa que la ignorancia es una virtud protectora, incluso un mecanismo de defensa contra la conciencia de la miseria.
Siempre piensa cosas miserables como ésta mientras que el tren devora kilómetros y su alma se retuerce de dolor.
Mira sin mirar. Todos miran sin mirar.
Le gusta sentirse ajeno, es un consuelo al hecho de que aunque pertenece al mundo, la porquería sólo tiene contacto con su piel.
Su interior está triste pero limpio.
Un charlatán predica bienaventuranzas a voz en cuello y pide limosna.
Sucios niños se arrastran por el piso haciendo el simulacro de lustrar zapatos rotos.
Las personas sudan y se ignoran. Ignoran todo: los olores acres y el agotamiento.
En la siguiente estación tiene que trasbordar; a veces piensa que vive una pesadilla recurrente. El vagón de ayer es el mismo de hoy.
Baja del tren y camina por los estrechos pasillos iluminados con ofensivas luces blancas.
Los rebaños humanos no le temen al lobo. Más bien lo adoran y lo honran. Las ovejas aspiran a ser como el lobo: independientes, fuertes, osadas.
Aunque los pies pesan, las personas circulan ligeras como un fluido un tanto espeso. Alguien vomita en medio del desfile y sólo los afectados se inmutan, el resto continúa su camino y olvida.
Mañana nadie va a recordar al hombrecito triste con los zapatos manchados de regurgitación a quien los niños abandonados que fingen limpiar zapatos evitan.

Miércoles
Las puertas del vagón se abren y la marea de hombres y mujeres se agolpa violentamente contra la estrecha entrada.
Un sujeto gordo e iracundo le suelta un codazo a una mujer que grita desaforada por el estrujamiento. Dos dientes percudidos y ensangrentados vuelan de su boca y van a dar donde nadie volverá a saber de ellos.
Él lo atestigua todo desde la escalera que baja al andén. Se siente impotente y defraudado. Luego un sentimiento de egoísmo lo recorre y agradece haber bajado a tiempo del tren. Unos segundos más y se hubiese topado de frente con el agresor mastodóntico.
Anda por un pasillo que remata en una sala grande dividida como laberinto para ratas con grandes rejas de acero. En el principio de la civilización uno de los objetivos de la humanidad era acortar caminos, hoy la directriz es la contraria: hacer de cualquier camino el más largo y tortuoso recorrido posible.
Maldice la invención de los zig-zags y llega a otro andén y sube a otro tren. El terapeuta le recomendó tratar de socializar con algún desconocido.
Piensa que es una idea estúpida. Las personas están en guardia, esperan ataques unilaterales. No existen las acciones desinteresadas.
Una vez vió a una muchacha preciosa leyendo a Dylan Thomas. Andamos solos entre una multitud de amores. Andamos solos, sin más.
Sintió muchas ganas de hablarle. ¿Pero qué le habría dicho? Casi cualquier acción adquiere el cariz de la afrenta debido a la atmósfera de desolación que contamina todo en el subterráneo.
Pasó seis estaciones mirándola sin atreverse a nada. Sin si quiera pensar en hacer nada. Y luego esa preciosa muchacha que leía a Dylan Thomas bajó del metro para perderse por siempre y hasta siempre jamás.
Hablar con desconocidos. Es una estúpida idea.

Sábado, otra vez
Ver cientos de personas una sola vez en la vida no es un prodigio. Lo extraño es verlas seguido, incluso a menudo. Lo inesperado es verlas muchas veces de forma no sólo frecuente sino cotidiana.
Entonces él, sentado casi sin respirar porque el vagón está abarrotado, mira sin mirar.
Los ojos van de un retazo de persona a otro. Formas indefinidas que carecen de significado. 
Allí, donde él no esperaría ver nada, entre pedazos de personas, hay una abismal cabellera negra. Inquietantemente familiar.
Pone atención: un brazo de piel quemada y aparente textura áspera abraza por el cuello a esa chica que él ya ha visto en otras ocasiones. La reconoce vagamente por la complexión delgada y atlética y, sobretodo, por el cabello que es de un negro antinatural.
Busca en los resquicios que forman los amontonados cuerpos de los pasajeros con la esperanza de ver mejor a la chica. Descubre el par del ofensivo brazo acariciando la pierna tersa y blanca de la mujer.
El metro frena con brusquedad, los cuerpos se impactan unos contra otros y una ensordecedora batahola de quejas e insultos se eleva. Los altavoces anuncian que algún desdichado tuvo las agallas para arrojarse a las vías y que el tren estará detenido. Dicen que afortunadamente el tren se detuvo antes de causar una tragedia.
Él piensa que la definición de fortuna es muy desafortunada. Busca a la chica, pero no puede encontrarla otra vez.

Martes
Mira y re mira y vuelve a mirar, y ve y ve y se fuga por sus ojos de su cuerpo y se mira mirarse y no mirar nada. A puesto a que parece un loco con los ojos bailando lento de un lado al otro.
Debe detenerse, aunque sabe que a nadie le importa. Solamente se detiene.
Su mirada queda suspensa en la fila de asientos frente a él. Ve a una pareja besándose apasionadamente. Por supuesto no logra distinguir los rostros. Las manos de los amantes tocan sus cuerpos con ansiedad.
Con tanto movimiento no se nota donde empieza uno y termina el otro. 
Echa una mirada a las personas de alrededor, parecen no interesarse por el pequeño espectáculo de los amantes que, subidos de tono, comienzan a meterse las manos bajo la ropa.
Al tiempo un impulso le dice que deje de mirar. Pero un instinto se impone y le hace continuar mirando.
No sabe si le satisface o excita de algún modo participar de la escena como testigo. Sabe que no está ofendido. Sabe que no está emocionado.
El sonido monótono y regular de la marcha del tren lo arrulla. Los amantes se deshacen con denuedo como una fuerza imparable chocando contra un objeto inamovible.
Sus caricias son más bien tortuosas, violentas. Carecen de ternura. Como si en lugar de procurar placer, buscaran proveer dolor.
El mismo deseo feroz que lo hacía mirar muda en desesperación. Tiembla ante el suplicio. Se levanta de su asiento y queda de pie ante los amantes. 
Los mira con fervor como si sus ojos fueran un nuevo sentido del tacto. Acerca las manos al cuerpo de la chica. Sus músculos tensos ansían la textura de su ropa. Algo le dice que tocarla tendrá un efecto narcótico sobre su dolor.
La clave que resolverá su vida se le ofrece de súbito. Simplemente debe tocarla y todo el tiempo de sufrimiento quedará justificado. No es que las tristezas desaparecerán, pero se verán menguadas y el placer medrado.
Placer, todo este tiempo la respuesta fue encontrar una fuente de placer.
Su mano por fin se postra sobre el hombro de la chica, pero antes de que pueda llevar la otra mano a buen puerto, un puñetazo le da de lleno en el rostro y todo el progreso existencial que había alcanzado se quiebra.
Nuevos golpes se suceden sin tregua, cada cual más obvio e inesperado que el anterior. Una trifulca desconcertante se arma al rededor de él. Está en el suelo hecho un ovillo. Solo, profundamente solo como recién nacido. Arrojado del paraíso y sin sentido.
Sangra hasta del alma, llora y no escucha su propio llanto. La confusión creciente lo aturde. 
Y confuso queda postrado hasta que alguien lo ayuda a incorporarse, pero sólo físicamente porque su yo sigue derrotado en el suelo. 
La soledad lo embarga todo, el tren retoma su marcha y antes de que sepa nada, se encuentra en el andén. Una caterva de miradas lo ve con insistencia y él no termina de entender lo que acaba de pasar. Una voz pregunta si se encuentra bien, pero él no responde. Hay más voces, todas suenan como si estuvieran debajo del agua.
Comienza a andar, sigue confundido. Seguirá confundido hasta que logre concretar el tacto que le brinde la libertad.

Viernes
Como cada viernes, se encuentra con la cajera del banco de las 3 de la tarde. Ella es uno de los pocos elementos que prevalecen invariables en la realidad. Desde que va a terapia siempre se cruza en el camino de aquella mujer. Todo puede cambiar menos esa constante.
Conoce su nombre. No se atreve a pronunciarlo. Está escrito en negros carácteres sobre una brillante placa metálica que se sostiene con pulcro y burocrático triunfo en el blazer almidonado. Todo está en su lugar si ese nombre sigue escrito allí.
Vera no falta a la cita. Está puntual en el mismo vagón. El hábito no es una virtud. El hábito es una prisión resignada. Vera no falta jamás.
Piensa en el accidente del martes. Ver, no tocar. Eso debió haber pensado antes: Ver, no tocar.
Todos los placeres están al alcance de las manos, pero no deben ser tomados. Debe bastarnos con mirar.
Para cuando termina de pensar en esto, Vera ya no está. Un terror obscuro asciende por su columna. Se perdió por un par de horas. Actuó como en piloto automático, idiota piloto automático.
Últimamente es un barco en travesía nocturna. Las estrellas son guías indiferentes. Sabe que puede llegar a su destino sin proponérselo. Cualquier resultado es aceptable: hundirse como sobrevivir y arribar.
Mira nada de nuevo y algo llama su atención. Entre los movimientos del tren que marcha en una dirección y el otro que va en su contra, las ventanas de ambas máquinas se corresponden por un momento, como si fueran la cinta de una película; en ese prodigioso instante un milagro acontece. 
Una de esas pequeñas glorias que le dan vida a la vida. Ve a la chica del cabello nocturno. Está de perfil y esa porción de rostro que le ofrece es delicadamente bella. 
Un hombre tosco y desagradable se acerca por detrás de ella. La abraza y se la lleva fuera de su campo de visión. Los trenes terminan de pasar y del otro lado ya no hay nadie.
Corre por los pasillos con la esperanza de encontrarla por algún sitio.
Pide a la providencia el favor de hallarla. Se deshace en fe ciega por su anhelo ciego. Sube por escaleras de aspecto interminable, luego baja por ellas, corre de un lado a otro. Choca con las personas, salpica su pasión de griteríos.
Hasta que da con un rincón oscuro donde sombras deformadas se agitan. Mira. La vida se le va por los ojos. Reconoce algo. Quiere reconocer. Entorna la mirada. La luz se va atenuando al rededor. Del rincón sale un hombre torvo arreglándose la ropa. 
Un lamento sin convicción se arrastra hasta sus oidos. Se acerca al lugar y descubre a la chica del cabello sombrío llorando. No sabe si es pertinente hablar. La piedad y un resabio de la manía del martes lo hacen acercarse a ella. Al momento en que su mano palpa aquel hombro soñado, la piedad naufraga.
La otra mano aterriza en el sedoso cabello que desprende un aroma enervante. Los sollozos se detienen. Las manos amistosas de ella tocan su cuerpo y le dan la bienvenida al suyo. El calor que emana la chica es poco confortable pero adictivo. Siente la necesidad de tocarla más y más, no sólo por encima de la ropa.
Ella participa en el desequilibrio. Quita la paz pero a cambio otorga la felicidad. Es una alegría rastrera que mordisquea el alma. No hace más que dañar de modo inofensivo.
Se agradece que esté aquí y así. En presente continuo y continuado. Correspondiendo. 
Los labios se encuentran y electrifican, las manos toman posesión de la piel del otro bajo las ropas. Luego ella rompe el encanto, se desafana. Se va sin decir nada. Sin que él pueda verla claramente. Desaparece.

Sábado, una vez más
Vivió otro día en automática inconsciencia.

Jueves, al parecer
Buscó a la chica, infructuosamente.

Lunes infinito
Su cuerpo está aturdido desde que se tocó con la chica. Precisa de una nueva dosis de agitación.
Camina despacio con ojos de centinela. Le dijo al terapeuta detalles vagos sobre la chica. Solamente que la ha visto esporádicamente, siempre tocándose con sórdidos desconocidos, hombres de aspecto medio bestial.
Le contó que le parecía algo triste. Ella era bonita, un contraste total con los semihombres que la poseían. El terapeuta opinó que podría tratarse de una prostituta cumpliendo encargos de clientes degenerados y exhibicionistas.
Él no opinó. Tener opiniones es deletéreo. Pensar en general es peligroso. Sabía que si comenzaba a hacer suposiciones, mundos hipotéticos embargarían su cabeza como parásitos.
No opinó nada. La sesión terminó y él está de vuelta bajo tierra, buscando.
Aborda un tren sin fijarse en el rumbo. Ni el camino ni el destino importan. Son, nada más, la posibilidad de verla: de cerca o de lejos. Antes tampoco importaban, pero al menos ahora tenían una utilidad. Andar para verla, aunque sea por accidente, aunque sea de pasada.
Otra cosa que no hacía desde hace mucho era tener esperanza. La esperanza es un veneno dulce. Duele consumirla. La esperanza atañe al futuro, y entre más lejos en el tiempo, más duele su resaca.
Está de pie en medio del vagón. Su vida quieta, anquilosada, se volca en el único propósito de ver. Es todo ojos. Espía, otea, vislumbra; de frente, de reojo.
Ella no aparece.

Lunes, como siempre
Los días progresan. No esperan por nadie. Él sigue buscando infantilmente. Sufre al no saber nada de ella, pero sufriría más si al menos no hace el esfuerzo por encontrarla.
Entra y sale de pensamientos pasajeros. Su cabeza se vacía y anega. Procura no acariciar anhelos.
La intranquilidad se apodera de él. La desesperante sensación de que el vagón de repente pesa menos y de repente pesa lo mismo que hace un momento.
Un aire familiar circula por el espacio enclaustrado. Alguien le susurra un discurso ininteligible al oído.
La temperatura bajó un par de grados. Y cuando el tren se detiene, por una de las puertas ingresa la desconocida del cabello color de nubes de tormenta. 
El ángulo no le permite ver el perfil de su faz que desconoce. Hasta ahora ella es un astro que sólo deja ver de sí lo que le place y no más. 
Por primera vez decide tomar la iniciativa, se mueve entre las gentes ausentes del evento que sucede ante sus presencias. Y al llegar donde ella está, no media palabra, por alguna razón la conversación se antoja como algo inútil y estorboso.
La oscuridad intermitente del exterior que se cuela por las ventanas mientras el tren marcha, el ruido blanco del sordo andar de las ruedas y ella que agacha la cabeza eludiendo el cruce de miradas no le permiten ver su rostro. Permanece en un anonimato parcial.
Los cuerpos se encuentran ajenos de todo cuanto pasa más allá de ellos. El éxtasis es la única manera de lidiar con la fatiga. Él se siente auténtico en sus arrebatos eróticos, auténtico por primera vez desde hace mucho.
Destierra todos los pensamientos y se procura sólo las sensaciones inmediatas, pone su mente en la yema de los dedos. Cada ser es una presa que se desborda. Siente y saborea las lágrimas de ella mientras la besa. Se impregna del sudor y un rastro de saliva que le resbala por la barbilla. Precipitación y humedad. La chica es una lluvia cálida y reconstituyente.
Él también llora. Es un acto de comunión. Un intercambio de dolor.
Milagros líquidos.

Otro día
Los encuentros son impredecibles: una semana frecuentes y otra semana esporádicos. No hay acuerdos ni recuerdos, cada uno es el primero. 
De alguna forma quedó implícito que las palabras estaban vedadas. Y su rostro también fue parte del misterio. 
Los encuentros son una bocanada de aire fresco. Son esos intervalos en los que un hombre al agua sale a la superficie para aferrarse con desesperación al aire.
Él no agradece ni desdeña. No siente ni terror ni piedad. Aunque en el fondo de su ser una duda germina sin que pueda advertirla.
La necesidad de saber quién es ella y por qué hace lo que hace. Reniega de su curiosidad. La curiosidad destruye paraísos.
Los encuentros dejan de bastar. Sin admitirlo desea más; desea saber. Sabe que el saber mata. Se acuerda de Burke & Hare y los anatomistas; para conocer la forma en la que el cuerpo humano funcionaba llegaron al extremo de secuestrar y matar. Conocer los secretos de la biología fue a costa de la vida.
Sabe que para entender lo que pasa entre él y la chica necesitaría diseccionar la relación, sabe que el riesgo es la destrucción.
Resiste, pero ni la piedra con toda su obstinación y tenacidad es rival para el agua. Comienza por seguirla disimuladamente cuando ella lo deja. Siempre la pierde entre las multitudes o al doblar una esquina. Ella se desvanece como humo, tenue.

Día tras día, tras día...
Seguirla resulta ser una tarea sisífica. Ella lo elude sin esfuerzo. Él sospecha que ella sabe que no pudo contener su curiosidad.
Ha estado valorando la posibilidad de hablarle.  A estas alturas cualquier cosa sería conveniente. La idea es romper el hielo.
No hay garantía de que intentar cambiar algo en la fantasía por una vana ilusión no comprometa el oasis que tiene con ella. Teme tornar en espejismo su paliativo. 
El terror y la piedad están tirantes dentro de él; halan en direcciones opuestas y lo mantienen en tensión. Al dolor de ser un individuo se le superpone el placer equívoco de un amor anómalo y a este, a su vez, se le superpone este nuevo dolor de que hay un estúpido idealismo emocional que pide, que ansía más de lo que puede merecer.
Las cuerdas son metáforas apropiadas para hablar de la vida: la cuerda como péndulo que provoca la hipnosis y el sopor de sus días; el dogal al cuello que proviene de esa tenue lasitud y que también es el apersogamiento de su alma suspensa, sin escape; su relación con ella que atraviesa por la cuerda floja (camino horizontal y peligroso), sin línea de vida (el seguro vertical de supervivencia); la sensación de maniatamiento al pensar en formas de normalizar su situación de enredo; la tensión de las cuerdas de los instrumentos de tortura, ninguno musical; el hilo negro, su cabellera; un viscoso hilo de saliva que se tiende entre los labios libidinosos. Tantas y tantas fibras tensas, rotas, inconexas, estrujantes...
Continúa buscándola
  en el Dédalo subterráneo
    unido a ella por un lazo de humo 
       que se desvanece cuando sube
         las escaleras y regresa a la ciudad
           a su vida superficial y llana
             cargado de arrepentimientos
               atento a los rumores

Nuevo día, mismas circunstancias
Se derrite y se hiela al mismo tiempo. Sigue sin conocer el rostro de la chica. Su posición es de posesión e ignorancia. Siente ser dueño de algo, pero no sabe exactamente de qué. 
Recorre un cuerpo que su tacto conoce. Pero jamás ha visto el territorio que sus manos habitan en esos instantes de pasión.
Contradicción de sujetar algo que está en constante escape, como si abrazara humo o mordiera el polvo.
Hay días en los que su persecución se trastoca, él termina por ser el acechado. Con el extremo de la mirada descubre a la chica espiándolo, oculta por una conveniente sombra o a la vuelta de una esquina. Se siente castigado por ella.
Hay otros días en que la ve a la distancia, deformada por el movimiento que acontece a su al rededor. Su respiración se agitan y desea correr hacia ella. Pero no se mueve, no se atreve ni a pensar. Sus instintos se ven revocados y queda entre la multitud tan desamparado como siempre.
Los mejores días son aquellos en los que evita los pensamientos de salvación. Si la esperanza desaparece, entonces también los temores; y ¿quién cuestiona al porvenir cuando el presente se ofrece así, tan amplio y placentero?

El día antes de la caída
La duda contamina discretamente al espíritu. Cuando es inofensiva nadie hace nada para erradicarla; y eventualmente germina, crece, se fortalece, entonces es demasiado tarde para combatirla. Sus raíces ya se afirmaron en los estratos más profundos del ser. La duda se hace parte de uno. Su presencia se impone ante cualquier idea. La duda precede las tentativas y las acciones. 
Tal es así que en él ya no había tregua. Sus aspiraciones se oponían a su conformidad.
Ese día le habló. Las palabras no tenían importancia, lo valioso fue el gesto. En un inicio no recibió respuesta. Su impulso posterior fue levantar el rostro de la chica para mirarla por primera vez a los ojos. Quiso conocer a su amante. 
Ella no se resistió, fue cediendo a la inercia de las palabras.
Encontró algo que lo llenó de pesar. El misterioso hemisferio de su cara estaba destrozado. Donde esperaba hallar la última pieza del rompecabezas de su alegría, encontró una piel macerada y transitada por cicatrices bermellones; el párpado era apenas una membrana de aspecto quebradizo cubriendo a intervalos un ojo blanco y nervado por sanguinolentas venas. Todo estaba deformado y árido.
El otro lado del rostro era un dechado de belleza. No hubo tanto asombro, más bien un sentimiento de tristeza lo invadió.
La chica comenzó a hablar. Le contó que en otra vida fue bella y soberbia. La vanidad dominaba todo lo que hacía. 
La belleza es una aberración contra la naturaleza porque parte del órden y la simetría. Debe ser destruida o desvanecida. Y así es; cuando la vejez y la muerte no se encargan de ella, lo hacen la envidia y la violencia. Lo bello destaca —y aunque suele ser agradable encontrarlo— su existencia incomoda eventualmente. El no poder explicarla, tenerla o conservarla llena de cólera al corazón. No pasa mucho antes de que la belleza sea desestimada o vista inexplicablemente como una amenaza. 
Tal es así que, a la chica, su belleza le jugó en contra. Un día aciago e inolvidable alguien llamó a su puerta. Sin esperar nada, una violenta llamarada le mordió el rostro. El súbito fuego le derritió la mitad de la cara. Recibió un daño irreversible e irremediable. 
Anejo al dolor físico, una incertidumbre se impuso en el alma de la chica. No había perdido toda su belleza pero la parte destrozada se imponía a ella. Nadie volvería a mirarla sin que las cicatrices fuesen todo el centro de atención. 
De ese modo su vida fue en detrimento. Se creyó aniquilada y que la única forma de conseguir la atención de los demás sería a través de la devaluación de su cuerpo y su dignidad. 
Al menos esa fue su conclusión; al vivir de la atención no podía permitirse perderla, pese a todo. Hizo para sí un simulacro de la belleza, algo no tan egregio, por supuesto, pero que le brindaba cierto consuelo.

Un día
No hay más que un remedio para el dolor. Decir cuál es sería caer en observaciones estúpidas y verdades inútiles. No hay nada peor que una verdad inútil. Y a la larga todas las verdades son inútiles. El saber no ayuda, sólo compromete y causa problemas.
Saber que la chica del cabello ébano era presa de un mal insoluble no hacía más que perjudicar su relación con ella.
Comenzó a pensar contra su voluntad. En el fondo él también tenía su vanidad. Se creyó capaz de salvarla. No se dió cuenta de que como dijo Stefan Zweig: los desesperados arrastran consigo a quienes tratan de socorrerlos. Los hombres y mujeres que tienen un peso enorme hundiéndolos no son susceptibles de recibir ayuda porque ese peso son ellos mismos; hacer cualquier cosa es atentar contra su ser.
Ese día no la buscó, era el mejor método para encontrarla, resultaba ser casi una especie de invocación. Caminó por los andenes y abordó los trenes con una convicción estoica sin otro fundamento que la esperanza. 
Hablaría con ella, se sacrificaría por devolverle el ímpetu de la vida. Quería irse lejos de todas las miradas y llevársela allá, lejos, donde ni dios pudiera inmiscuirse.
La encontró al borde del andén en posición de dar un paso al frente. Se apresuró a jalar su mano y retirarla del peligro de sí misma.
Habló. No se daba cuenta de su vana retórica y que uno no puede explicarse en términos razonables respecto a los sentimientos.
Ella pretendió alejarse pero él la detuvo. Suplicó, rogó y porfió. Deshízose en palabras. Ninguna surtió efecto porque ella siempre fue inmune.
Él desesperó. Las palabras se fueron acompañando de tirones y lágrimas suicidas. Las personas que estaban allí miraban y él quería ocultar a la chica de las miradas; su terror se acrecentaba al estar provocando lo contrario de lo que deseaba.
Ella trató de huir pero él se obstinó en detenerla. Tantos ojos mirando con insistencia lo hicieron encaminarse poco a poco hacia el borde del andén. Un lejano tren arrojó la luz de sus dos faros desde la oscuridad del túnel. 
En el trance, ella se soltó de los brazos de él y ningún intento por sostenerla tuvo un resultado diferente al que tiene intentar apresar el humo. La chica corrió sin que nadie osara detenerla. El arrebato hizo que él perdiera el equilibrio y se precipitara al vacío.
El tren pasó encima de su cuerpo casi como si fuera la suma del rencor de las miradas circundantes.

Epílogo o en los ojos ajenos
De la vista nace el amor. El problema es que los ojos engañan. La mirada no es imparcial; ve lo que quiere ver. Ojos que ven, corazón que siente. Hay que ver con ojos que no ven: es decir, ver sin los prejuicios del enamorado.
¿Qué ven las personas al rededor del hombre que lucha para salvar a la única persona que cree que lo necesita? Ellas lo miran confusas. Él mueve los brazos tratando de asir algo, pero está solo. Ellas observan sus labios hablando enmudecidos, oyen que gritan silencios para nadie. Está solo.
Los ojos ven cómo sus erráticas acciones lo van encaminando lentamente a la tragedia. Y luego ven, un segundo antes de que caiga, una nubecilla de humo profundamente negro que sale de su mano izquierda. 

martes, 10 de agosto de 2021

Fabulosa Musa o La Paja en el Agujar

No soy afecto a la autocomplacencia; esta musa tiene sus defectos y en general es más una prosa para distraerse y de distracción sobre una verdad: no supe desarrollar y explotar el potencial de la idea de La Única Mujer Buena de la Creación. Pese a todo, la conservo porque su malograda forma y cómo terminó no son culpa suya, sino sólo mía. En fin que, léase à midi, pas avant ou se réveiller.

Opinión fue de no sé qué sabio que no había en todo el mundo sino una sola mujer buena, y daba por consejo que cada uno pensase y creyese que aquella sola buena era la suya, y así viviría contento.
El ingenioso caballero Don Quijote de la Mancha / Miguel de Cervantes Saavedra

Había una vez un hombre que en el interminable desfile de la humanidad era justo el de en medio. Equidistaba lo mismo del Génesis que del Apocalipsis. Esto podría parecer algo interesante o al menos curioso, pero tal vez no lo era tanto. Y dado que el tiempo es un hilo enredado de forma inextricable —cuyas únicas partes reconocibles son los extremos—, él estaba en el centro del caos. Anulaba a la mitad de la humanidad que le antecedía y era anulado por la mitad precedente; era al mismo tiempo uno más y uno menos.
No poseía ninguna cualidad preeminente; en realidad era bastante promedio (como se hubiese esperado de su condición), mas pese a esto, y quién sabe cómo ni por qué, comenzó a desarrollar un desmedido e injustificado sentido de autoaprecio. Se vio a sí mismo como el ecuador de la raza humana.
Pensó que si al cuerpo de la humanidad se lo cortaba sagital, transversal o coronalmente, él siempre incidiría en el mismo lugar, ni más ni menos. Fue tal su manía que quiso acompañarse de todo lo que, como él, fuese único y especial.
Inconcientemente buscaba compensar la insostenible importancia que le daba a su condición. Anexaba mérito a su persona con un método mediocre pero efectivo: tener.
Tener la primera palabra de todas; tener un color jamás visto por nadie más que él; tener la esencia de la oscuridad; tener la textura de lo intangible; tener un sueño despierto; tener una conversación con el agua; tener un olvido memorable; tener la hoja de un árbol nunca germinado; tener una palabra nunca antes pronunciada...
Una envidiable colección de cosas imposibles respaldaba el valor de ser el Hombre a la Mitad de la Humanidad. De este modo juntaba más y más trastos, objetos y artefactos: el primer dolor de muelas de Adán, el último gesto de Napoleón, una pesadilla de Wilde, un poema imaginado y nunca escrito de Eliot, algo que Valery olvidó en un libro de biblioteca y cierta moneda que Borges no podía olvidar.
Habría seguido así de no ser porque una revelación llegó a su mente, que su colección perdía sentido a medida que esas cosas inopinadas y magníficas eran reunidas y seriadas. Se dió cuenta de que el ponerlas unas junto a otras las abarataba y les restaba una porción de su rareza por haberlas sacado de sus contextos. Comprendió que si quería algo a la altura de su propia rareza sólo lo conseguiría merced a algo que fuese siempre lo mismo bajo cualquier situación.
Fue entonces cuando leyendo el Quijote de Cervantes se encontró con la idea de que no existe más que una mujer buena entre toda la creación.
Una única mujer que no podía tener parangón, poseedora de una cualidad extraña e irrepetible y que sin importar el contexto y el momento, permanecería tan especial como siempre.
Y pensó, pensó largamente en aquella fabulosa criatura, en su posibilidad. Una mujer así estaría entre dragones y pegasos. Su existencia planteaba problemas serios para la humanidad. Si en efecto existía una mujer buena, significaba que el bien existía y que la ambigüedad no era más que una amigable mentira que los hombres se contaban para disculpar sus faltas. Si no era una mujer conjetural, entonces los absolutos eran posibles y había forma de cuantificarlos y medirlos; si tal mujer estuviese en algún lugar, podría ser el loto en el pantano, la paja en el agujar y hallarla no sólo sería una tarea ardua, sino dolorosa.
No se amedrentó, al menos no de inmediato. El dolor era un precio razonable por tener la oportunidad de cortejar a La Única Mujer Buena de la Creación.
Deshízose de sus posesiones, pues no eran más que vanidades evidentes que lo alejarían de su deseo. No atinó a deshacerse del germen de su vanidad, pues en principio, éste era el que estimulaba su búsqueda y desecharlo era equivalente a desechar su ambición; en cualquier caso, se dijo a sí mismo que desear a La Única Mujer Buena de la Creación no era propiamente un proyecto reprochable.
Primero buscó en las soledades; si tal mujer hipotética existía, estaría lejos de la corrupción de los hombres. Brillaría en la ausencia. Pero en las soledades no encontró más que exiliados y misántropos. Luego la buscó entre las multitudes, porque quizá una mujer así podría muy bien estar humildemente entre todos los demás mortales. Pero en las multitudes no halló más que los mismos rostros ecos unos de otros, gotas de agua diferentes hasta parecerse demasiado. Después la buscó en el fondo del mar y en la espalda del sol. Ningún lugar fue tierra fértil de bondad. No desistió; buscó en el reino de la nueva Melusina y en Lustrogg. Buscó en el espacio vacío de una copa y entre los anillos de los árboles; en el viento y el remolino.
Le preguntó a los demás hombres y estos se burlaron de su manía. Le preguntó a las otras mujeres y estas se ofendieron por su ociosidad. Y se cuestionó a sí mismo: ¿dónde podría hallar el bien? y en cualquier caso ¿qué era el bien?
Cayó en la cuenta de que no iba a encontrarla si no identificaba qué era lo que buscaba. Pero ¿cómo sabría quién era esa persona que nunca había visto antes, cómo reconocería sin conocer?
Al indagar sobre la naturaleza del bien, supo que había quienes creían que era un tanto variable, como la marea, que no dependía de sí mismo, sino de las latitudes: aquí lo que era bueno, allá era malo. Otros sostenían que el bien era inmutable y constante, como él también lo creyó; sólo que esta cualidad del bien lo podía hacer intransigente y llevar a que en su nombre se cometieran actos terribles. El bien por tanto no podía ser definido ni indefinido; tenía que estar en una categoría sin categoría, de otro modo no sería bien y a lo mucho sería, remedo, señuelo y simulacro de él.
El hombre de en Medio de la Humanidad fue dándose cuenta de que las formas y definiciones coartaban al bien; lo colocaban en posiciones idealistas imposibles y en ejecuciones fallidas que lo deformaban. Si el bien estaba en algún sitio sería lejos de las presunciones y las convenciones. Lejos de las ideas y de las palabras; y lastimosamente para él, lejos del orden y las series. Si quería reconocer sin conocer a La Única Mujer Buena de la Creación sería apostatando de su amada cualidad.
Contra todo su sentido de orden, tendría que dejar de buscar para encontrar. Al bien sólo se podía acceder si no buscaba el bien. El bien no era un fin, sino un constante medio inasible.
Y se deslindó musicalmente de su necedad. De la mañana a la noche y de la noche a la mañana. Fue en la hora indefinida que alguien lo llamó por su nombre secreto y él no respondió porque la respuesta ya estaba dicha antes de que él tuviese que pronunciarla. Reconoció a La Nunca Antes Vista...

5. En torno a creación y tradición

Me gusta pensar que mi identidad es como un cielo nocturno, con una serie de estrellas componiendo constelaciones que representan todas esas...