domingo, 30 de diciembre de 2018

Será a ti, Cerati y otros calambures

Cuenta la leyenda que valiéndose de su ingenio el sublime Francisco de Quevedo apostó la cena con sus colegas a que llamaba a la reina Isabel de Borbón coja en sus narices. La esposa del rey Felipe IV por supuesto que era coja, y por tal osadía es fácil pensar que cualquiera sería castigado más que severamente, pero no Quevedo: se dice que compró dos ramos de flores y abordando a su majestad en la plaza pública recitó: Entre el clavel blanco y la rosa roja, su majestad escoja. Entre el clavel blanco y la rosa roja, su majestad es coja.
No es algo comprobado, pero tampoco es imposible pensar que Quevedo no fuese capaz de semejante despliegue de humor negro y ensañamiento.
Entrando en materia, la artimaña de la que se valió el Señor de La torre de Juan Abad, se llama Calambur. Nuestro socorrido diccionario de la Real Academia de la Lengua Española dice que un calambur es una Agrupación de varias sílabas de modo que alteren el significado de las palabras a las que pertenecen. Hallamos formidables ejemplos en adivinanzas como: "oro no es, plata no es" o "lana sube, lana baja..." Pero esto de los calambures está no sólo en albures y adivinanzas, sino que se hallan hechos perlas en canciones. A continuación una muestra de las que conozco:
El una vez frontman de Soda Stereo tenía debilidad por los juegos de palabras, y no perdió oportunidad de dar muestras de su ingenio en las letras de sus canciones. Gustavo Cerati y sus calambures:

Al fin sucede / al fin su cd planes sin vos / planes sin voz
Amor amarillo / Amor, amar y yo
Estoy azulado / Estoy a su lado
Siempre es hoy / Siempre soy

Antología de cuentos musicales: 16. El miserere

Esta es la segunda ocasión que un texto de Gustavo Adolfo Bécquer aparece en la antología. En un principio, me proponía no repetir autores, pero no podía decidir cuál de sus leyendas excluir; pues el tema de ambas es fascinante. Así que la alternativa fue dejarlas a 9 lugares de distancia, es por esto que no fue antologada antes. Ambas las tomé de sus célebres Rimas, Narraciones y Leyendas; hay que precisar que no son leyendas reales (perdóneseme el absurdo), el autor no las recogió de la tradición oral ni del folklore, sino que son puramente ficción personal construida, eso sí, con elementos verdaderos (geográficos, arquitectónicos, religiosos, etc...) para dar mayor verosimilitud a su condición de legítima leyenda española.
Por supuesto, en la historia no podía faltar el elemento fantástico, y personalmente prefiero esta leyenda por sobre la de Maese Pérez, organista. Su escritura nació de una visita de Bécquer a Navarra en 1856 y en cierta forma es hermana de El monte de las ánimas y La cueva de la Mora que también aluden a esta localidad.


(Leyenda Religiosa)

     Hace algunos meses que, visitaba la célebre abadía de Fitero (A) y ocupándome en revolver algunos volúmenes de su abandonada biblioteca, descubrí en uno de sus rincones dos o tres cuadernos de música bastante antiguos, cubiertos de polvo y hasta comenzados a roer por los ratones.
     Era un Miserere (1).
     Yo no sé música; pero le tengo tanta afición, que, aun sin entenderla, suelo coger a veces la partitura de una ópera y me paso las horas muertas hojeando sus páginas, mirando los grupos de notas más o menos apiñadas, las rayas, los semicírculos, los triángulos y las especies de etcéteras que llaman llaves (2), y todo esto sin comprender una jota ni sacar maldito el provecho.
     Consecuente con mi manía, repasé los cuadernos, y lo primero que me llamó la atención fue que, aunque en la última página había esta palabra latina, tan vulgar en todas las obras, finis (3), la verdad era que el Miserere no estaba terminado, porque la música no alcanzaba sino hasta el décimo versículo (4).
     Esto fue, sin duda, lo que me llamó la atención primeramente; pero luego que me fijé un poco en las hojas de música, me chocó más aún el observar que en vez de esas palabras italianas que ponen en todas, como amestoso, allegro, ritardando, più vivo, a piacere (5), había unos renglones escritos con letra muy menuda y en alemán, de los cuales algunos servían para advertir cosas tan difíciles de hacer como esto: «Crujen ..., crujen los huesos, y de sus médulas ha de parecer que salen alaridos»; o esta otra; «La cuerda aúlla sin discordar, el metal truena sin ensordecer; por eso suena todo y no se confunde nada, y todo es la Humanidad que solloza y gime»; o la más original de todas, sin duda, recomendaba al pie del último versículo: «Las notas son huesos cubiertos de carne; lumbre inextinguible, los cielos y su armonía... iFuerza!... fuerza y dulzura» (6).
     —¿Sabéis qué es esto? —pregunté a un viejecito que me acompañaba, al acabar de medio traducir estos renglones, que parecían frases escritas por un loco.
     El anciano me contó entonces la leyenda que voy a referiros.


I

     Hace ya muchos años, en una noche lluviosa y oscura, llegó a la puerta claustral de esta abadía un romero y pidió un poco de lumbre para secar sus ropas, un pedazo de pan con que satisfacer su hambre y un albergue cualquiera donde esperar la mañana y proseguir con la luz del sol su camino.
     Su modesta colación, su pobre lecho y su encendido hogar puso el hermano a quien se hizo esta demanda a disposición del caminante, al cual, después de que se hubo repuesto de su cansancio, interrogó acerca del objeto de su romería y del punto adonde se encaminaba.
     —Yo soy músico respondió el interpelado—. He nacido muy lejos de aquí, y en mi patria gocé un día de gran renombre. En mi juventud hice de mi arte un arma poderosa de seducción y encendí con él pasiones que me arrastraron a un crímen. En mi vejez quiero convertir al bien las facultades que he empleado para el mal, redimiéndome por donde mismo pude condenarme.
     Como las enigmáticas palabras del desconocido no pareciesen del todo claras al hermano lego, en quien ya comenzaba la curiosidad a despertarse, e instigado porque ésta continuara en sus preguntas, su interlocutor prosiguió de este modo:
     —Lloraba yo en el fondo de mi alma la culpa que había cometido; mas al intentar pedirle a Dios misericordia no encontraba palabras para expresar dignamente mi arrepentimiento, cuando un día se fijaron mis ojos por casualidad sobre un libro santo. Abrí aquel libro, y en una de sus páginas encontré un gigante grito de contricción verdadera, un salmo de David, el que comienza: Miserere mei, Deus! (B) Desde el instante en que hube leído sus estrofas, mi único pensamiento fue hallar una forma musical tan magnífica, tan sublime, que bastase a contener el grandioso himno de dolor del Rey Profeta. Aún no la he encontrado: pero si logro expresar lo que siento en mi corazón, lo que oigo confusamente en mi cabeza, estoy seguro de hacer un Miserere tal y tan maravilloso, que no hayan oído otro semejante los nacidos; tal y tan desgarrados, que al escuchar el primer acorde (7) de los arcángeles dirán conmigo, cubiertos los ojos de lágrimas y dirigiéndose al Señor: «¡Misericordia!», y el Señor la tendrá de su pobre criatura.
     El romero al llegar a este punto de su narración calló por un instante, y después, exhalando un suspiro, tornó a coger el hilo de su discurso. El hermano lego, algunos dependientes de la abadía y dos o tres pastores de la granja de los frailes que formaban un circulo alrededor del hogar, escuchaban en un profundo silencio.
     —Después —continuó— de recorrer toda Alemania, toda Italia y la mayor parte de este país clásico para la música religiosa, aún no he oído un Miserere en que pueda inspirarme, ni uno, y he oído
tantos, que puedo decir que los he oído todos.
     —¿Todos? —dijo entonces, interrumpiéndole, uno de los rabadanes—. ¿A que no habéis oído aún el Miserere de la Montaña?
     —¡El Miserere de la Montaña! —exclamó el músico con aire de extrañeza—. ¿Qué Miserere es ése?
     —¿No dije? —murmuró el campesino, y luego prosiguió, con una entonación misteriosa—. Ese Miserere, que sólo oyen por casualidad (8) los que, como yo andan día y noche tras el ganado por entre breñas y peñascales, es toda una historia, una historia muy antigua, pero tan verdadera, como, al parecer, increíble. Es el caso que en lo más fragoso de esas cordilleras de montañas que limitan el horizonte del valle, en el fondo del cual se halla la abadia, hubo hace ya muchos años, ¡qué digo muchos años!, muchos siglos, un monasterio famoso, monasterio que, a lo que parece, edificó a sus expensas un señor con los bienes que había de legar a su hijo, al cual desheredó al morir, en pena de sus maldades. Hasta aquí todo fue bueno; pero es el caso que este hijo que por lo que se verá más adelante, debió de ser de la piel del diablo, si no era el mismo diablo en persona, sabedor de que sus bienes estaban en poder de los religiosos y de que su castillo se había transformado en iglesia, reunió a unos cuantos bandoleros, camaradas suyos en la vida de perdición que emprendiera al abandonar la casa de sus padres, y una noche de Jueves Santo (C), en que los monjes se hallaban en el coro, y en el punto y hora en que iban a comenzar o habían comenzado el Miserere, pusieron fuego al monasterio, entraron a saco en la iglesia, y a éste quiero, a aquél no, se dice que no dejaron fraile con vida. Después de esta atrocidad se marcharon los bandidos, y su instigador con ellos, adonde no se sabe, a los profundos tal vez. Las llamas redujeron el monasterio a escombros; de la iglesia aún quedan en pie las ruinas sobre el cóncavo peñón de donde nace la cascada que, después de estrellarse de peña en peña, forma el riachuelo que viene a bañar los muros de esta abadía.
     —Pero —interrumpió impaciente el músico— ¿y el Miserere?
     —Aguardaos —continuó con gran sorna el rabadán—, que todo irá por partes.
     Dicho lo cual, siguió así su historia.
     —Las gentes de los contornos se escandalizaron del crimen: de padres a hijos y de hijos a nietos se refirió con horror en las largas noches de velada; pero lo que mantiene mas viva su memoria es que todos los años, tal noche como la en que se consumó, se ven brillar luces a traves de las rotas ventanas de la iglesia; se oye como una especie de música extraña y unos cantos lúgubres y aterradores que se perciben a intervalos en las ráfagas del aire. Son los monjes, los cuales, muertos tal vez sin hallarse preparados para presentarse en el Tribunal de Dios limpios de toda culpa, vienen aun del Purgatorio a impetrar su misericordia cantando el Miserere.
     Los circunstantes se miraron unos a otros con muestras de incredulidad; sólo el romero, que parecía vivamente preocupado con la narración de la historia, preguntó con ansiedad al que la había referido:
     —¿Y decís que ese portento se repite aún?
     —Dentro de tres horas comenzará sin falta alguna, porque precisamente esta noche es la del Jueves Santo y acaban de dar las ocho en el reloj de la abadía.
     —¿A qué distancia se encuentra el monasterio?
     —A una legua y media escasa... Pero ¿qué hacéis? ¿Adónde vais con una noche como ésta? ¡Estáis dejado de la mano de Dios! —exclamaron todos, al ver que el romero, levantándose de su escaño y tomando el bordón, abandonaba el hogar para dirigirse a la puerta.
     —¿Adónde voy? A oír esa maravillosa música, a oír el grande, el verdadero Miserere, el Miserere de los que vuelven al mundo después de muertos y saben lo que es morir en el pecado.
     Y esto diciendo, desapareció de la vista del espantado lego y de los no menos atónitos pastores.
     El viento zumbaba y hacía crujir las puertas, como si una mano poderosa pugnase por arrancarlas de sus quicios; la lluvia caía en turbiones, azotando los vidrios de las ventanas, y de cuando en cuando la luz de un relámpago iluminaba por un instante todo el horizonte que desde ellas se descubría.
     Pasado el primer momento de estupor:
     —¡Está loco! —exclamó el lego.
     —¡Está loco! —repitieron los pastores, y atizaron de nuevo la lumbre y se agruparon alrededor del hogar.


II

    Después de una o dos horas de camino, el misterioso personaje que calificaron de loco en la abadía, remontando la corriente del riachuelo que le indicó el rabadán de la historia, llegó al punto en que se levantaban, negras e imponentes, las ruinas del monasterio.
     La lluvia había cesado; las nubes flotaban en oscuras bandas, por entre cuyos jirones se deslizaba a veces un furtivo rayo de luz pálida y dudosa; y el aire, al azotar los fuertes machones y extenderse por los desiertos claustros, diríase que exhalaba gemidos. Sin embargo, nada sobrenatural, nada extraño venía a herir la imaginación. Al que había dormido más de una noche sin otro amparo que las ruinas de una torre abandonada o un castillo solitario; al que había arrostrado en su larga peregrinación cien y cien tormentas, todos aquellos ruidos le eran familiares.
     Las gotas de agua que se filtraban entre las grietas de los rotos arcos y caían sobre las losas con un rumor acompasado, como el de la péndola de un reloj; los gritos del búho, que graznaba refugiado bajo el nimbo de piedra de una imagen en pie aun en el hueco de un muro; el ruido de los reptiles, que, despiertos de su letargo por la tempestad, sacaban sus deformes cabezas de los agujeros donde duermen o se arrastraban por entre los jaramagos y los zarzales que crecían al pie del altar, entre las junturas de las lápidas sépulcrales que formaban el pavimento de la iglesia, todos esos extraños y misteriosos murmullos del campo, de la soledad y de la noche llegaban perceptibles al oído del romero, que, sentado sobre la mutilada estatua de una tumba, aguardaba ansioso la hora en que debiera realizarse el prodigio.
     Transcurrió tiempo y tiempo, y nada se percibió: aquellos mil confusos rumores seguían sonando y combinándose de mil maneras distintas, pero siempre los mismos.
     «¡Si me habrá engañado!» pensó el músico; pero en aquel instante se oyó un ruido nuevo, un ruido inexplicable en aquel lugar, como el que produce un reloj algunos segundos antes de sonar la hora; ruidos de ruedas que giran, de cuerdas que se dilatan, de maquinaria que se agita sordamente y se dispone a usar su misteriosa vitalidad mecánica, y sonó una campanada..., dos..., tres..., hasta once. (D)
     En el derruido templo no había campana, ni reloj, ni torre ya siquiera.
     Aún no había expirado, debilitándose de eco en eco, la última campanada; todavía se escuchaba su vibración temblando en el aire, cuando los doseles de granito que cobijaban las esculturas, las gradas de mármol de los altares, los sillares de las ojivas, los calados antepechos del coro, los festones de tréboles de las cornisas, los negros manchones de los muros, el pavimento, las bóvedas, la iglesia entera comenzó a iluminarse espontáneamente, sin que se viese una antorcha, un cirio o una lámpara que derramase aquella insólita claridad.
     Parecía como un esqueleto de cuyos huesos amarillos se desprende ese gas fosfórico que brilla y humea en la oscuridad con la luz azulada, inquieta y medrosa.
     Todo pareció animarse, pero con ese movimiento galvánico que imprime a la muerte contracciones que parodian la vida, movimiento instantáneo, más horrible aún que la inercia del cadáver que agita con su desconocida fuerza. Las piedras se reunieron a las piedras; el ara, cuyos rotos fragmentos se veían antes esparcidos sin orden, se levantó intacta, como si acabase de dar en ella su último toque de cincel el artífice, y al par del ara se levantaron las derribadas capillas, los rotos capiteles y las destrozadas e inmensas series de arcos que, cruzándose y enlazándose caprichosamente entre si, formaron con sus columnas un laberinto de pórfido (9).
     Una vez reedificado el templo, comenzó a oírse un acorde (7a) lejano que pudiera confundirse con el zumbido del aire, pero que era un conjunto de voces lejanas y graves que parecía salir del seno de la tierra e irse elevando poco a poco, haciéndose cada vez más perceptible.
     El osado peregrino comenzaba a tener miedo: pero con su miedo luchaba aún su fanatismo por todo lo desusado y maravilloso, y alentado por él dejó la tumba sobre que reposaba, se inclinó al borde del abismo por entre cuyas rocas saltaba el torrente, despeñándose con un trueno incesante y espantoso, y sus cabellos se erizaron de horror.
     Mal envueltos en los jirones de sus hábitos, caladas las capuchas, bajo los pliegues de las cuales contrastaban con sus descarnadas mandibulas y los blancos dientes, las oscuras cavidades de los ojos de sus calaveras, vió los esqueletos de los monjes, que fueron arrojados desde el pretil de la iglesia a aquel precipicio, salir del fondo de las aguas y agarrándose con los largos dedos de sus manos de hueso a las grietas de las peñas, trepar por ellas hasta el borde, diciendo con voz baja y sepulcral, pero con una desgarradora expresión de dolor, el primer versículo del salmo de David:
     Miserere mei, Deus, secundum magnam misericordiam tuam!
     Cuando los monjes llegaron al peristilo del templo, se ordenaron en dos hileras y, penetrando en él, fueron a arrodillarse en el coro, donde, con voz más levantada y solemne, prosiguieron entonando los versículos del salmo. La música sonaba al compás de sus voces; aquella música era el rumor distante del trueno, que, desvanecida la tempestad, se alejaba murmurando; era el zumbido del aire que gemía en la concavidad del monte; era el monótono ruido de la cascada que caía sobre las rocas, y la gota de agua que se filtraba, y el grito del búho escondido, y el roce de los reptiles inquietos. Todo esto era la música y algo más que no puede explicarse ni apenas concebirse; algo más que parecía como el eco de un órgano que acompañaba los versículos del gigante himno de contricción del rey salmista con notas y acordes tan gigantes como sus palabras terribles.
     Siguió la ceremonia; el músico, que la presenciaba absorto y aterrado, creía estar fuera del mundo real, vivir en esa región fantástica del sueño, en que todas las cosas se revisten de formas extrañas y fenomenales.
     Un sacudimiento terrible vino a sacarlo de aquel estupor que embargaba todas las facultades de su espíritu. Sus nervios saltaron al impulso de una conmoción fuertísima, sus dientes chocaron, agitándose con un temblor imposible de reprimir, y el frío penetró hasta la médula de los huesos.
     Los monjes pronunciaban en aquel instante estas espantosas palabras del Miserere:
    —In iniquietatibus conceptus sum: et in peccatis concepit me mater mea.
     Al resonar este versículo y dilatarse sus ecos retumbando de bóveda en bóveda, se levantó un alarido tremendo, que parecía un grito de dolor arrancado a la Humanidad entera por la conciencia de sus maldades; un grito horroroso, formado de todos los lamentos del infortunio, de todos los aullidos de la desesperación, de todas las blasfemias de la impiedad; concierto monstruoso, digno intérprete de los que viven en el pecado y fueron concebidos en la iniquidad.
     Prosiguió el canto, ora tristísimo y profundo, ora semejante a un rayo de sol que rompe la nube oscura de una tempestad, haciendo suceder a un relámpago de júbilo, hasta que, merced a una transformación súbita, la iglesia resplandeció bañada en luz celeste; las osamentas de los monjes se vistieron de sus carnes; una aureola luminosa brilló en derredor de sus frentes; se rompió la cúpula, y a través de ella se vio el cielo como un océano de lumbre abierto a la mirada de los justos.
     Los serafines, los arcángeles y los ángeles y las jerarquías acompañaban con un himno de gloria este versículo, que subía entonces al trono del Señor como una tromba armónica, como una gigantesca espiral de sonoro incienso:
     —Auditui meo dabis gaudium et laetiam: et exutabunt ossa humiliata.
     En este punto, la claridad deslumbradora cegó los ojos del romero, sus sienes latieron con violencia, zumbaron sus oídos y cayó sin conocimiento por tierra, y no oyó más...
  
III


     Al día siguiente, los pacíficos monjes de la abadía de Fitero, a quienes el hermano lego había dado cuenta de la extraña visita de la noche anterior, vieron entrar por las puertas, pálido y como fuera de sí, al desconocido romero.
     —¿Oísteis, al cabo, el Miserere? —le preguntó con cierta mezcla de ironía el lego, lanzando a hurtadillas una mirada de inteligencia a sus superiores.
     —Sí —respondió el músico.
     —¿Y qué tal os ha parecido?
     —Lo voy a escribir. Dadme un asilo en vuestra casa prosiguió, dirigiéndose al abad—, un asilo y pan por algunos meses, y voy a dejaros una obra inmortal de arte, un Miserere que borre mis culpas a los ojos de Dios, eternice mi memoria y eternice con ella la de esta abadía.
     Los monjes, por curiosidad, aconsejaron al abad que accediese a su demanda. El abad, por compasión, aún creyéndolo un loco, accedió, al fin, a ello y el músico, instalado ya en el monasterio, comenzó su obra.
     Noche y día trabajaba con un afán incesante. En mitad de su tarea se paraba y parecía como escuchar algo que sonaba en su imaginación, y se dilataban sus pupilas, saltaba en el asiento y exclamaba:
     —¡Eso es; así, así, no hay duda... así! —y proseguía escribiendo notas con una rapidez febril, que dió en más de una ocasión que admirar a los que lo observaban sin ser vistos.
     Escribió los primeros versículos y los siguientes hasta la mitad del salmo; pero al legar al último que había oído en la montaña le fue imposible proseguir.
     Escribió uno, dos, cien, doscientos borradores: todo inútil. Su música no se parecía a aquella música ya anotada, y el sueño huyó de sus párpados y perdió el apetito, y la fiebre se apoderó de su cabeza, y se volvió loco, y se murió, en fin, sin poder terminar el Miserere, que, como una cosa extraña, guardaron los frailes a su muerte y aún se conserva hoy en el archivo de la abadía.


***

     Cuando el viejecito concluyó de contarme esta historia, no pude menos de volver otra vez los ojos al empolvado y antiguo manuscrito del Miserere, que aún estaba abierto sobre una de las mesas.
     In peccatis concepit me mater mea...
     Estas eran las palabras de la página que tenía ante mi vista, y que parecía mofarse de mí con sus notas, sus llaves y sus garabatos ininteligibles, para los legos en la música.
     Por haberlas podido leer hubiera dado un mundo.
     ¿Quién sabe si no será una locura?



Notas
A. La abadía de Fitero existe, por supuesto, así como las ruinas del monte de Yerga, donde nuestro músico asiste a la audición del Miserere de la montaña.
B. Salmo 51 de David
C. Tradicionalmente el Miserere se entonaba en Miercoles y Viernes de Semana Santa; la posible razón por la que nuestro autor sitúa la acción en un jueves santo, podría ser por darle mayor significado a la atmósfera de redención que persigue el músico alemán. Hay que recordar que en este día sucede la última cena, la eucaristía, la traición de Judas y el intento de Satanás de tentar a Jesús.
D. El fin de la revolución industrial se data circa 1840, sin embargo, sus efectos se sintieron mejor al rededor de esta fecha. Bécquer fue testigo de esos efectos, por ello no sorprende que use la imágen de una maquinaria para referir ruidos inexplicables, pues ¿qué era más fantástico y mágico que los engranajes de un reloj moviéndose por su cuenta en aquellos años?

Notas musicales
1. El Miserere (también llamado Miserere mei) es una pieza de música sacra. Su textura es polifónica y es heredera de las mejores tradiciones de música polifónica renacentista. Fue compuesto circa 1638 por Gregorio Allegri para musicalizar el Salmo 51 de David que comienza justamente con la palabra Miserere (misericordia, en latín). La pieza era interpretada exclusivamente en la capilla Sixtina por dos coros (de cuatro y cinco voces) durante el miércoles y viernes de Semana Santa. Tal era su trascendencia que, estaba penado bajo orden de excomunión ser cantada fuera de la capilla y hacer copias de la obra. En 1770 un efebo Wolfgang Amadeus Mozart escucha una sola vez la obra y la transcribe de memoria, incluso se da el lujo de escribir y corregir los Abbellimenti, es decir las improvisaciones del coro secundario. Desde el Miserere de Allegri se ham escrito muchas obras sobre el texto del Salmo 51.
2. El autor se refiere al parecido que puede llegar a tener el símbolo de Ampersand estilizado con las claves de Sol y de Do; recordemos que el Miserere es una pieza eminentemente vocal y al ser de una época antigua, el uso de la clave de Do es muy común. Cuando dice «especies de etcéteras» alude al otro uso —ya menos frecuente— del Ampersand, que además de conjunción (&) también es de etc.
3. Quise averiguar la referencia del uso de la palabra Finis en la terminología musical, pero mi bibliografía no arrojó grandes resultados. ¿Por qué llama la atención? En primer lugar la declarada ignorancia del autor en la música dice mucho de su verdadero conocimiento —no tan somero, analizando el contenido del texto—; es obvio que Bécquer tomó la palabra de algún sitio, ¿pero de dónde?, el uso del latín en la música sacra es común, sobre todo en la música vocal; la terminología de música no sacra y no vocal, en la época romántica (a la cual pertenece nuestro autor) era corrientemente del francés, italiano y alemán, salvo contadas excepciones, el latín no era ya frecuente, entonces su fuente no procede propiamente de su momento histórico, eso y que para hablar del fin de una obra, los términos usuales son: fin (fr.), fine (it.), finite (terminado, it.),   finale (al., ing., it.); la mejor referencia del Latín nos dice que hay un término llamando Finalis, que en el canto gregoriano alude a la última nota de una obra. Es la primera vez que leo el término Finis, ¿de dónde puede proceder?
4. Crea en mí, oh Dios mío, un corazón limpio; Y renueva un espíritu recto dentro de mí. Tal es el versículo 10 del Salmo 51. La estructura musical del Miserere es sencilla a nivel macro: consta de la entonación del versículo con una melodía simple, a continuación hay una respuesta y comentarios, que no son más que el mismo versículo pero altamente ornamentado en su nueva melodía.
5. En música, estas expresiones sirven para guiar al interprete hacia el efecto deseado por el compositor para la pieza. Nuestro autor no distingue entre los términos que refieren al tiempo, al volúmen o las demás cualidades del sonido. Para ir en orden, el sonido tiene una serie de cualidades que los músicos explotan para poder crear sus discursos sonoros, estas cualidades son: Altura, Intensidad, Duración y —a veces incluida, a veces no— Timbre. En la práctica se acuñó todo un sistema (en algunas ocasiones muy vago) para indicar cómo manipular el sonido en cualquiera de estas cuatro cualidades; así el término italiano Crescendo expresa un aumento gradual de la intensidad con que se emiten una o varias notas, mientras que Accelerando es un disminución de la duración de las notas para ofrecer el efecto de aceleración en la música. Por ofrecer un par de ejemplos. Aunque hay sistemas para medir y tener una referencia precisa de cómo deben sonar estos efectos, en la praxis se suele dejar al criterio de quien ejecuta la música; claro que para que este criterio no sea sustancialmente distinto entre musicos, a lo largo de su formación se les adiestra sobre las conversaciones que siguen estas indicaciones. Sin embargo, la vaguedad de algunos términos, el hecho de que muchos son prestamos lingüísticos (a veces innecesarios o conservados por anacrónica tradición), la falta de criterio o comprensión por parte de quienes usan las expresiones y la variedad de música y de estilos, pueden llevar a serios equívocos, como el del término Rubato, cuya ejecución y significados no suelen tener claridad, siendo radicalmente distintos entre un músico y otro.
6. Las indicaciones de temperamento anteriores son meramente filosóficas. Aunque en la música reciente hay expresiones que en verdad deben ser llevadas a cabo, por más extrañas o absurdas que puedan parecer; las que el autor menciona son imposibles de hacer. Su efecto poético puede ser un antecedente de las expresiones usadas por Erik Satie en sus obras. Es poco probable que el compositor francés conociera la obra de Bécquer, a pesar de ello, hay una asombrosa sincronía espiritual entre sus propuestas. Aquí algunas de las indicaciones de Satie tomadas de sus partituras, como comentan los editores de Cuadernos de un mamífero: Aminore mentalmente, Bastante frío, Como un ruiseñor con dolor de muelas, De manera que obtenga un hueco, Los huesos secos y lejanos, No demasiado sangriento.
7. Hablar del Primer acorde de una obra de su efecto es algo puramente filosófico. Algo que depende las más de las veces de cuestiones puramente circunstanciales. No por ello la pretención estética de nuestro desconocido compositor alemán es vanidad, y creo que hay excelentes formas de propiciar que la entrada se una obra musical sea así de magnífica, así de terrible.
7a. Un acorde es una construcción musical que se obtiene de la superposición de más de dos sonidos difentes: es piedra angular de la música desde el periodo Clásico, antes de esto la música se consideraba en un sentido Horizontal, donde las obras estaban constituidas por una serie de melodías que sonaban en consonancias, aunque en esencia conservaban su identidad e individualidad: es decir, una textura Polifónica. Con la llegada de la nueva concepción de la música, esta pasó a verse de manera Vertical, ahora una sola melodía reposaba sobre una base armónica que era capaz de resignificarla: o sea, una textura Homofónica. Todo esto por supuesto no es en absoluto algo estricto, ambas texturas coexisten hoy día.
8. La música de entidades sobrenaturales es un elemento que he visto bien poco en la literatura. No debe confundirse este tipo de música con la música mágica, como la del conocido flautista de Hamelin. Estamos ante un tema profundamente original. Bien puede tener eco en la historia de la Sonata en Gm para violín de Tartini, esa que modestamente se conoce como El trino del Diablo. En su testimonio Giuseppe Tartini dice que el diablo interpretó en sus sueños una sublime sonata que lo hizo despertar de inmediato y desesperadamente tratar de escribirla, cosa que no fructificó como él deseaba. Lo cierto es que hay elementos afines con esta historia y la de Bécquer. Es muy posible que este último fuese conciente de la obra de Tartini que data de 1765, mientras que el texto es de 1860.
9. Aquí puede haber un eco del mito griego de Anfión, que gracias a una lira que le obsequió Hermes y a su manera de tocarla, construyó una muralla al rededor de la ciudad de Tebas. Se cuenta que mientras su hermano gemelo transportaba las rocas, él se limitaba a tocar y las piedras se apilaban obedeciendo el encanto de su música. Una referencia menos directa sería la de Orfeo y su lira, que tenía la capacidad de hacer que las rocas se movieran y los árboles se inclinaran cuando tocaba, a tal punto, que se cuenta, que en Tracia había dejado a unos árboles danzando.

sábado, 29 de diciembre de 2018

Antología de cuentos sobre antropofagia: BT1. Sesión Secreta

Este cuento pertenece a la rama de lo cocido. Encontramos un canibalismo sistemático; diseñado y estandarizado incluso justificado por una tradición cultural. Entonces entra en la categoría de banquetes.
En el ámbito literario, pretende ser la traducción del texto de una sesión llevada a cabo en algún país africano; pertenece al libro Historias de Mala Muerte.



INFORME DEL EXCELENTÍSIMO SEÑOR HAMAMI NUMARUH ACERCA DE LA AYUDA A LOS PUEBLOS SUBDESARROLLADOS, PRONUNCIADO ANTE EL PARLAMENTO DE SU PAÍS EL 28 DE SEPTIEMBRE DE 1962
Traducido del francés por Max Aub
(Nos ha parecido mejor dar el texto taquigráfico —corregido— de la sesión celebrada en Turandú, el 28 de septiembre de 1962, que no las resoluciones públicas que, al fin y al cabo, no reflejaron exactamente el sentir de la mayoría, de acuerdo con la tesis de Hamami Numaruh; se impuso la experiencia del presidente M'kru Doval.)

   A las 18.45 p.m. O. C. T., frente al gobierno en pleno, presidido por M'Kru Doval, las comisiones de Presupuesto, Finanzas, Ejército y Relaciones Exteriores, representadas por Mokhtar Diori Sedar, Jonathan David Trimor, Segor Maga y Huberto Murgonot O'Sheara Dako, empezó a hablar François Hamamí Numaruh.¹
   Honorable Gobierno, Honorables Representantes:
   La misión que me fue encargada ha sido cumplida en la medida de mis débiles fuerzas. Hice lo que pude, pido perdón si no llegué a más. Seguramente otro lo hubiera hecho mejor. Ahora bien, puedo aseguraros que dediqué todas mis horas a la resolución de nuestros problemas fundamentales. Ojalá que lo que vengo a proponer demuestre que no he perdido el tiempo. Por otra parte, sabéis que la oratoria no es mi fuerte.
   La primera dificultad con la que tropecé, al llegar a París, con ocasión de la reunión del Consejo Ejecutivo de la UNESCO, fue que el honorable representante de un país suramericano que no hay para qué nombrar quiso convencerme de que no hay problemas sin solución. No me parece extemporáneo empezar por empezar su teoría que, menos clara y resumida, es la de muchos políticos del mundo blanco, Occidental u Oriental, aun no siendo —como es de suponer— la oficial de sus gobiernos. Es normal que su concepto, digamos helénico, de la vida, les lleve a estos extremos.
   En las escuelas —me vino a decir, con cierto aire protector, el diplomático suramericano— nos enseñan que cualquier problema (matemático, físico, químico, histórico o de gramática) tiene solución. Para esto los plantean.  El estudiante tiene que dar con ella —con la solución—. Según su aproximación a la verdad impresa en el "Libro del maestro" obtiene un diez, un siete, un ocho, un nueve y medio, o es suspendido, o reprobado como dicen los americanos. Esta manera de enfocar la educación, y, por ende, la vida, hace que los hombres ilustrados —cualquiera o vaya a la escuela primaria que sea— suponga que todos los problemas pueden resolverse de manera adecuada; que cualquier incógnita tiene y debe hallar su solución correcta. Y no es así. Hay problemas que no la tienen, que no la pueden tener más que con el tiempo, si es que lo ofrece, o, más sencillamente, caen en el olvido, que no tiene vuelta de hoja.
   Honorables Representantes: esta teoría me impresionó desfavorablemente pensando que, tal vez, no fuera sino el esbozo de la opinión mayoritaria, a la que tuviera que recurrir, ahora, frente a sus señorías. No hay tal y me felicito de ello. Lo cual no quiere decir que la afirmación del honorable suramericano de base desde su equivocado ángulo de visión. Pero su concepto de los países subdesarrollados es muy distinto del nuestro, por muchas razones, de tipo geográfico, demográfico, histórico, económico y social que —con vuestro permiso— pasaré a examinar.
   No quiero dejar pasar la ocasión de hacer constar mi agradecimiento al reverendo padre Tomás Gilliard, bien conocido por algunos de vosotros, por la ayuda que me prestó. No se le oculta que los buenos tiempos de su iglesia, a las orillas de nuestros lagos, pasaron para siempre, pero, de todos modos, conserva nuestros paisajes en su corazón. No se hace ilusiones, lo que facilita —y facilitó— las cosas. Quiero repetirle, desde aquí, las gracias que, adelantándome a vuestro sano espíritu de comprensión, le hice patentes lo mismo en París que en Nueva York.
   De algún tiempo a esta parte, la vida de los pueblos subdesarrollados es uno de los temas preferidos en las reuniones internacionales; uno de los pretextos de las reflexiones de los actuales conductores de los pueblos más importantes del mundo. Nuestra existencia les da ocasión de hacer resaltar sus buenas intenciones, despiertan enternecimientos, principalmente de las solteronas y de las sociedades protectoras de animales.
El presidente M'kru Doval: (interrumpe al orador). No necesita el honorable Hamamí Numaruh hacer gala de su ingenio. Lo conocemos y apreciamos.
Hamamí Numaruh: Agradezco al señor Presidente del Consejo su llamada al orden. Procuraré ceñirme a los hechos sin perderme —que no me perdía— en divagaciones. No hay duda —ni pudo haberla— para quien viaja al mundo blanco de la enorme equivocación de su punto de vista para con nosotros —y supongo que para los asiáticos—. Para ellos, aun sin colonialismo, somos un mercado —lo mismo para el Oriente que para el Occidente—, lo que es normal tratándose de una civilización que tiene por objeto de desarrollar sus industrias. Ahora bien, este hecho debe ser examinado y hacer que la ayuda que buscamos no sea una ayuda —aun en el sentido más peyorativo de la palabra— (Rumores)..., sino el convertirnos nosotros también en país industrial y no solamente industrializado.
   Honorables Representantes: siempre hubo, hay y habrá pueblos subdesarrollados, como hay y habrá hombres más altos y más bajos, más inteligentes y más tontos. Siempre se es el subdesarrollado de alguien (Rumores). Veamos las razones que han llevado a las potencias solventes a ocuparse con tanta insistencia de nuestro bienestar. No voy a hablar del hecho de que no haya ni se vislumbre guerras altamente destructoras. Es un problema que el señor Ministro de la Guerra podría explicar mejor que nadie: la fisión del átomo, el terror engendrado por una cierta paz, etc. Gracias le sean dadas a los hombres de ciencia que tal lograron.
   Pero antes de seguir o mejor dicho de volver al tema quiero dejar patente otro agradecimiento —aunque corte el hilo de mi discurso—: me refiero al señor profesor Rougier, de las Universidades del Cairo y de Caen, sin cuyas ideas básicas no hubiera podido construir con tanta claridad el informe que tengo el honor de presentaros. El hecho de que sea un sabio francés refuerza nuestro agradecimiento. Señores...
El Presidente de la Cámara: Honorables Representantes...
Hamamí Numaruh: Honorables Representantes: La primera razón que aducen los países superdesarrollaros referente a su interés hacia nosotros es de orden demográfico. Aseguran —tienen datos además de razones— que durante milenios la tasa de crecimiento de las sociedades humanas ha sido apenas un cero, coma, uno por ciento (0,1%) por año; que ha pasado, casi de repente hoy a uno, coma, siete por ciento (1,7%) para el conjunto de la humanidad, lo que supone, si se mantiene el crecimiento actual, un aumento de cuatrocientos sesenta y tres millones (463,000,000) en los diez (10) próximos años por alcanzar, al comienzo del siglo XXI, la cifra de cinco, coma, seis miles de millones (5, 6000,000,000).
   Según las autoridades de los que más pueden, esta súbita explosión demográfica se debe a la difusión de la medicina entre nuestras poblaciones; "demasiado atrasadas —aseguran— para limitar voluntariamente el número de nacimientos, de tal modo que, en ellas, la mortalidad ha adoptado el porte occidental en tanto que la natalidad ha conservado el tipo primitivo de la fecundidad natural".²
   Honorables Representantes, quiero que comprendan mi natural (Risas) indignación ante aseveraciones tan primitivas. Les voy a leer una frase del informe de una de las eminencias nada grises de un país, cuyos nombres, por agradecimiento y respeto, callaré: "En estos países (los nuestros, el nuestro), el crecimiento de las subsistencias no ha podido seguir el ritmo de la población, porque el costo de los servicios médicos suficientes para contener las grandes epidemias, que hasta entonces mantenían la proporción entre la población y los recursos alimenticios, es insignificante comparado con el costo de las inversiones necesarias para mantener el nivel de la vida de una población rápidamente ascendente. De ahí resulta una distorsión trágica entre la tasa de crecimiento demográfico y la tasa de desarrollo económico en los pueblos subdesarrollados." Es decir que, al fin y al cabo, somos los responsables de nuestro subdesarrollo por el hecho mismo de nuestro desarrollo. (Aplausos.)
   La segunda razón que esgrimen los expertos blancos es de orden geográfico, sin tener en cuenta que la tierra es, más o menos, la misma desde que los hombres tienen uso de razón, o, por lo menos, memoria. Aducen que debido a las restricciones inmigratorias, la gente no puede emigrar como antes. Achacan a la geografía el mal de la historia, como a nosotros los males producidos precisamente por ellos. (Aplausos.) Evidentemente, sí los países ricos no protegieran tan celosamente sus fronteras, los salarios elevados, el estilo de vida del que tanto presumen estarían al alcance de nuestra mano de obra. Pero se defienden con sus famosas "visas" o "cuotas" contra lo que llaman sin buscar paliativos, el "rush de los miserables".
   La tercera razón con la que procuran explicar —y nunca remediar— el problema de los pueblos subdesarrollados, es de orden psicológico. Han descubierto, con cierto asombro —inexplicable, para mí por lo menos— que los pueblos comienzan a sentirse impacientes de su miseria y que los responsables de este hecho son los medios de información y las becas. Notan que nos vamos dando cuenta de la distancia que media entre nuestra indigencia y su opulencia. Y de que si no hallan un remedio la distancia que nos separa crecerá sin cesar. La disparidad de ingreso medio per cápita entre un habitante de la India y un norteamericano ha pasado de la relación de uno a cinco, en 1938, a la relación de uno a treinta y cinco, en 1959. Se extrañan de que nuestros pueblos se sientan frustrados de los actuales métodos que emplean para resolver este problema. A veces me pregunto si, por un azar inexplicable, los subdesarrollados no son ellos. (Aplausos.)
   Todos sabemos que la economía de nuestros países descansa sobre las exportaciones de materias primas que nos permiten comprar, a cambio de ellas, bienes de producción hechos con los productos básicos que proporcionamos. Ahora bien, desde 1956, las materias primas bajaron de precio en más de un veinte por ciento (20%) lo cual, naturalmente, ha hecho que la balanza de pagos de los países no industrializados —como el nuestro— se haya saldado con un déficit creciente que ha absorbido totalmente nuestras reservas. Por si fuera poco, Honorables Representantes, se añade el desarrollo de los productos sintéticos inventados por el ingenio de algunos blancos, que mejor harían en dedicarse a otra cosa, y que compiten en el mercado de tal manera que nuestros países —que se hartan de llamar subdesarrollados— suministran hoy apenas el 56% de los productos básicos utilizados por los grandes países industrializados.
   Esta improrrogable situación ha impulsado a éstos a querernos ayudar, por tres razones:
   En primer término, para tener la conciencia tranquila; es decir, por lo que a ellos llaman una razón de orden moral. No les parece justo —pero se aguantan— que una quinta parte de la población mundial absorba dos tercios del ingreso de toda la tierra. Les parece moralmente —he dicho moralmente— intolerable que, por ejemplo, los Estados Unidos consuma casi la mitad de las materias primas del mundo, cuando nosotros estamos como estamos.
   Existe, en segundo lugar, una razón de orden político. Consideran que nuestra pobreza nos convierte en una presa fácil para lo que, unos y otros, llaman propagandas subversivas. Tienen miedo de que la guerra fría favorezca una puja constante y tienen interés en ponerle fin sin darse cuenta de que nosotros vemos el problema de manera muy distinta.
   Existe, por último, una razón de orden económico, fuera de nuestros alcances: el crecimiento de la producción en los países superdesarrollaros conduce a la saturación de sus mercados, a la existencia de excedentes que necesitan vender. Por esto la ayuda a nuestra pobreza se ha convertido en una idea fija de los grandes próceres que rigen hoy la humanidad sea al Este, sea al Oeste, sea al Oeste, sea al Este, según dónde y cómo nos coloquemos.
   Mientras los peligros de una guerra general y no atómica han persistido, la ayuda a "los países subdesarrollados" ha tenido una importancia mediocre. Formosa, Corea del Sur, Vietnam del Sur han recibido enormes cantidades de toda clase de implementos al mismo tiempo que China, Corea del Norte y Vietnam del Norte recibían tanto o más. Pero, desde el momento en que una guerra general se hace más problemática, es evidente que la ayuda a los países subdesarrollados amenaza con ampliar y acrecentarse.
   La idea de la ayuda a los países "subdesarrollados" se basa en la idea, llamémosla europea, del trabajo. Idea retardataria, idea oscurantista, idea que nada tiene que ver con el hecho mismo de ser hombre. Tomemos por ejemplo la Oficina de Nigeria, establecida en 1932 para incrementar cultivos de arroz, algodón, etc., en millares de hectáreas. Estas gentes, diremos de mentes obtusas para que nadie se moleste ni llame a engaño, creían que podrían "utilizar" millón y medio de indígenas. Tuvieron que contentarse con ocho mil en 1937 y, a pesar de todos sus doctores Schweitzer, diez años más tarde, es decir en 1947, no llegaban a treinta mil. Igual sucedió en Tangañica, bajo el dulce yugo de los ingleses. De hecho, Honorables Representantes, las ayudas no han hecho sino agravar la situación.
El Ministro de Hacienda: me parece que el Honorable Hamamí Numaruh exagera...
Hama Numaruh: Tomemos como ejemplo la famosa UNICEF, es decir, el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia. Bien está proteger a los niños, ¿pero no sería mejor asegurar la subsistencia de los adolescentes o aún mejor la de los adultos? De ello se confiesa totalmente incapaz la propia organización. Tomemos otro ejemplo: la no menos famosa OMS, la Organización Mundial de la Salud, que consiguió, con muy reducidos gastos, suprimir la malaria en Ceilán. ¿Qué ha sucedido según ellos? Que la isla, hasta hace poco exportadora de arroz, desde la supresión del paludismo no produce el suficiente para nutrir a la población. A esto llaman los superdesarrollaros, los industrializados, una catástrofe.
   Honorable Asamblea: Seguramente hablamos un idioma distinto, porque por muchas vueltas que le dé, el hecho de que una isla como Ceilán haya pasado en doce años de seis a nueve millones de habitantes podrá serlo todo, todo, todo, menos una catástrofe.
   De acuerdo con los cálculos del profesor Tabah se necesitaría de cincuenta a sesenta mil millones de dólares —a partir del primer año— para duplicar en treinta y cinco el nivel de vida de 1,600 millones de seres humanos que disponen de menos de 100 dólares por año. Este gasto se elevaría después progresivamente hasta 200 y 300 mil millones. Ahora bien, tened en cuenta que, hoy por hoy, la totalidad de ayuda a los países subdesarrollados no llega a tres mil quinientos millones de dólares anuales, o sea alrededor de la sexta parte de las necesidades mínimas calculadas.
   Honorables Representantes: Si se consiguiera el desarme, si el dinero que se gasta en armamentos se diese, se nos diese, las sumas que he citado como necesarias, según los cálculos del profesor Tabah, no serían imposibles de obtener. Si los gobiernos escogieran la mantequilla en vez de los cañones —para seguir un símil si no muy afortunado, muy popular— tal vez llegarámos con el tiempo a resultados apreciables, aunque, por mi parte, lo dudo.
   Honorables Representantes: Los no menos honorables representantes de los países usufructuarios de la riqueza han empezado a preguntarse si nuestras reivindicaciones están justificadas, lo cual equivale a dudar de que el estado de estancamiento de nuestros pueblos se deba exclusivamente a su explotación. El profesor Rougier, de quien, como les he dicho, sigo los grandes lineamientos, encuentra justificada esta idea aunque admite que hubo "pueblos rapaces que han exterminado sistemáticamente las poblaciones subyugadas, como las hordas de Gengis Khan o los Conquistadores españoles."³ Ahora bien, reconoce, por lo menos, nuestra antigüedad. Mas no halla salida viable. Honorables Representantes: El problema aparece mal planteado y por eso no le hallan solución: no son los países adelantados los que deben ayudar a los subdesarrollados sino al revés.
   Los sociólogos norteamericanos han buscado en la influencia de la raza y el medio una explicación de nuestras diferentes maneras de ser. No se dan cuenta de que lo que caracteriza al occidental, a los hijos de Grecia y de Roma, ya que ninguno de ellos deja de serlo, es una voluntad constante de contestar a los desafíos de la existencia, a no aceptar ninguna fatalidad que se presume natural, ninguna injusticia que se repute estatuida, lo que les ha hecho pensar —infelices— que la condición humana es perfectible por el conocimiento de las leyes de la naturaleza y la utilización de sus fuerzas. Si esto fuera verdad podemos ver el hermoso resultado a que han llegado. (Risas)
   Llaman a nuestra manera de considerar el mundo, a nuestra seguridad, fatalismo. Desprecian nuestra idea de la intemporalidad. "Toda innovación —llegan a decir refiriéndose a nuestras costumbres— se condena en nombre de la costumbre de los antepasados." Como si no fuese lo único que nos lega la historia. Sálense de sí si un jefe marroquí admite que la cultura introducida por Francia es, quizá, útil pero que no sirve para nada a los musulmanes puesto que les basta el Corán. Naturalmente, estos hijos de Prometeo, estos trabajadores infatigables, estos seres que se matan por producir no se dan cuenta de su equivocación. Se empeñan en hacernos creer que están en lo cierto. No creo que nos convenga, en ningún momento, sacarles de su error. Si la razón es blanca —vamos a concedérselo— el sentimiento es negro. (Larga y prolongada ovación.) Creen que el sentido del trabajo es lo único que vale la pena, sin darse cuenta que nuestra vida, la vida africana, la vida negra, está exclusivamente dedicada al goce de la vida. Es cierto que, como lo señala el profesor Jacobo Bergue, la palabra, la noción "empresa", no tiene el menor sentido ni para nosotros ni para los orientales, islamizados o no. En contraste, la civilización blanca es el resultado de una acumulación inaudita de iniciativas individuales, de investigaciones metódicas, de rigor, de trabajo obstinado, de disciplina terrible de las cuales no somos capaces, gracias le sean dadas al cielo. (Varias voces: ¡Al grano!) No tenemos ninguna razón de avergonzarnos de nuestra superioridad. Pero tampoco veo el motivo por el cual no saquemos el provecho posible de la misma. Tristes los que piensan que el rocío no es un don de Alá.
   Tampoco podemos suponer y mucho menos exigir un cambio radical de mentalidad de los blancos. Implicaría una mutación psicológica que no tiene precedente. Entonces, Honorables Representantes, voy a exponer las proporciones que considero pertinentes. (Una voz: ¡Ya era hora!)
   El problema se plantea de la siguiente manera: aunar nuestro gusto por la vida con la industrialización. Esto, Honorables Representantes, lo tenemos en las manos. Lo único que teníamos que hacer para dar con la solución era, como lo mandan nuestros cánones, volver la vista atrás, bucear en nuestro pasado, dar con la lección secular de nuestro pueblo.
   Según las cifras que he puesto en vuestro conocimiento, demográficamente aumentamos a una velocidad increíble. Cada día nacen un enorme número de elementos innecesarios y que producen, a la larga, disturbios y depauperación. (Fuertes rumores.) Honorables Representantes, estén o no de acuerdo con mi teoría les pido que me dejen exponer mis soluciones.
   Los blancos y su enorme y natural influencia han hecho que gran parte de la humanidad se nutra hoy de productos enlatados. Honorables Representantes: enlatemos nuestros sobrantes. Vendámoslos, cambiémoslos por lo que necesitamos. (Enorme revuelo. El presidente de la Cámara golpea repentinamente su mesa. La calma se restablece lentamente.) El establecimiento de la industria en sí no presenta ningún problema: la Machinery Corporation of America tiene todo lo necesario, desde el punto de vista técnico, y está dispuesto a proporcionarlo, de acuerdo con el Banco Mundial Internacional. Lo único que habrá que resolver sobre la marcha será que las fábricas de hojalata del Dahomey estén dispuestas a surtir las laminas necesarias para la latería. Las etiquetas pueden hacerse en Francia, por el procedimiento de huecograbado, que dará al género una presentación adecuada y atractiva.
   Desde el punto de vista de las asociaciones protectoras de todas las clases, que no dejarán de poner el grito en el cielo, si mi proposición es aceptada, podemos presentar diversas proposiciones tendientes a tranquilizar sus "buenas" conciencias.
Una voz: ¡Hable más claro!
Hamamí Numaruh: Lo está más que el agua. Es cuestión de vista. Por primera vez en la historia los propios elementos —y alimentos— servirán para resolver los problemas que plantea su carencia o su abundancia.
   Aquí es donde quiero especificar las gracias que le debemos al padre Tomás Gilliard por haberme insinuado el enlatar los sobrantes antes de ser bautizados y no tener así problemas con los otros mundos.
   No creo que este hecho tenga influencia en la calidad del género, ya que hace tiempo no hay paladares acostumbrados a tal manjar. Al principio, por lo menos, podríamos limitarnos a los menores de seis meses. Además de ser justo, y justa correspondencia a las atenciones médicas, los actuales medios suprimen todo dolor y como, por la edad, el elemento primario no puede darse cuenta de su fin, no hay pecado posible.
   No olvidemos, Honorables Representantes, que estamos intentando resolver un problema que los blancos tienen por insoluble —uno más de los que, según mi colega suramericano, les ofrecemos—. Es una salida natural, con poco daño y excelentes beneficios, en la que, quiérase o no, como en cualquier empresa humana, existirán fallas, trances amargos, decisiones duras; pero dado el estado de la cuestión que he tenido el honor de exponer, la solución que propongo me parece —y perdonen— no sólo excelente sino única. Sucede, como en todo, que había que haber pensado en ello.
Una voz aguda: Podría aderezarse para todos los gustos: con dulce, con pimiento o pimientos, con azúcar, piloncillo o azafrán... (Rumores).
Hamamí Numaruh: Son problemas secundarios. Por otra parte, no me atribuiré, ni mucho menos, la gloria del hallazgo. Bastaría para volverme despiadadamente a la modestia, la grandeza de nuestro pasado. A nuestros héroes epónimos, a una tradición tan gloriosa como la que más es a la que debemos rendir homenaje. La antropofagia, Honorables Representantes, fue un signo de cultura tan glorioso como el que más. (Grandes aplausos.)
   Antes de terminar quiero presentar dos aspectos particulares del problema. Discutí largamente con mi colega katangués acerca de la posibilidad de usar voluntarios para la producción; sostenía el profesor Fulbert Lumbé que la autosugestión, la seguridad de saber estar cumpliendo un deber en bien de la colectividad, serían suficientes para que toda clase de personas, vistos los evidentes beneficios otorgados durante su engorda, harían que se abastecieran sin dificultad algunas empacadoras. Siento diferir de tan ilustre e ilustradora opinión.
   No rebato la posibilidad de la existencia de unas comunidades decididas a ofrecerse gustosamente al bien público,  pero lo considero inadecuado por el momento y —desde el ángulo político— no exento de peligros. En cambio, el enlatado de recién nacidos no ofrece peligro ni dificultades sin contar que el costo —aun comparado al peso—  será infinitamente más bajo, redundando en beneficio del Ministerio de Hacienda y Crédito Público.
Una voz joven: ¡Moción de orden!
El Presidente de la Cámara: No hay desorden.
Una voz joven: Es de prioridad. No estoy de acuerdo —en parte— con las proposiciones del honorable Hamamí Numaruh, por la cuestión de orden... en el tiempo. Propongo una modificación escencial a su proyecto: que se enlate a los viejos (Escándalo). Lo demás es ir en contra del progreso de la nación. (Continúa el escándalo).
Voces: ¡No! ¡No! ¡No!
Una voz joven: El objeto de la inteligente operación propuesta es preservar el porvenir del país. Esto sólo lo conseguiremos con elementos nuevos y jóvenes (Protestas). ¡Claro, a ustedes no les conviene! (Escándalo).
El Presidente de la Cámara: ¡Orden! ¡Orden! Ruego al fogoso representante de Oubanga-Oldia que guarde sus fuerzas y sus argumentos para cuando se discuta el articulado del proyecto, si éste se aprueba en lo general.
Una voz joven: No tengo inconveniente en esperar. Yo puedo hacerlo (Rumores).
El Presidente de la Cámara: sigue nuestro honorable representante ante la ONU en el uso de la palabra.
Hamamí Numaruh: Ya serán muy pocas. Queda un punto por tratar y no el menos importante: la carne enlatada —en condiciones tan higiénicas que nada dejen de desear al más exigente—, presentada elegantemente según las maquetas parisinas de las que hablé, ¿será consumida en los estados unidos? Demos por sentado —a mí no me cabe la menor duda— que la ONU apruebe nuestra proposición como la única apta para detener el catastrófico aumento demográfico llamado a promover, si no se ataja, las más sangrientas revoluciones; a pesar de ello, ¿no tendrán los norteamericanos —tan afectos a lo enlatado— reparo en comer carne que, en su origen y en su tiempo, fue de epidermis negra? Éste es el peligro que representan de nuevo los blancos para nosotros. Dejo a la superior opinión del gobierno el resolverlo. He dicho. (Aplausos.)
El Presidente del Consejo: El Gobierno y Parlamento dan las gracias a su excelencia Hamamí Numaruh por su informe. El Gobierno que me honro en presidir toma buena nota de la sugestión de nuestro honorable representante ante la ONU. La proposición me parece de tal interés que el menor soplo que acerca de ello pudiera tener cualquier país de raíz helénica sería funesto. ¡Y no digamos sí llegarán a enterarse algunos de nuestros países vecinos! El Gobierno que me honro en presidir, exige a los presentes la mayor discreción, el total silencio. Si no fuera así, el o los culpables y sus familias podrían servir para surtir los primeros pedidos (Sensación). Referente a los escrúpulos de nuestro compañero en lo que se refiere a ciertas prevenciones —que soy el primero en lamentar— de algunos pueblos blancos, no creo que sean ni mucho menos insalvables, en cuestión de propaganda sin contar que, no tratándose de derechos y sí de buenos alimentos, nuestros actuales favorecedores nunca han puesto inconveniente alguno a aprovecharse de nuestro trabajo. Desde ahora puedo asegurar que la propuesta de nuestro ilustre compañero abre horizontes absolutamente insospechados para toda la humanidad. Gracias le sean dadas. (Grandes aplausos. Bravos.)
El Presidente de la Cámara: Se levanta la sesión.

NOTA POSTERIOR
El 23 de octubre de 1964, estalló la rebelión —vencida mes y medio después— de las tribus Mau-Kona. Hamamí Numaruh fue el primer elemento utilizado en la Fábrica número 1, inaugurada oficialmente por él quince días antes, pero que no pudo ponerse en marcha por la falta de una pieza mecánica. Esta falla, debido a otra de un avión Convair, le costó posiblemente la vida.


¹ Nacido en 1919, se dedicó primero al comercio y no inició su carrera política hasta 1947. Fue uno de los fundadores del Partido Democrático Progresista (P. D. P.)
   Es elegido miembro de la Asamblea Territorial, en 1953, fue reelegido en 1958. Diputado de la primera Asamblea Legislativa de la nueva República, el año siguiente fue nombrado representante ante la ONU, puesto que acaba de dejar para hacerse cargo del Ministerio de Educación Pública (enero, 1963). Soltero. 
   ² Hemos podido comprobar la perfecta exactitud de lo asegurado por el orador, ya que existe una traducción española de un texto del profesor Rougier que trata estos problemas. Temas contemporáneos, México, 1963 (N. del T.)

   ³ Es curioso cómo la leyenda negra española puede llegar hasta los pueblos más oscuros. Efectivamente en el ensayo citado por el autor, el eminente pensador francés, que fue profesor de Filosofía en la Facultad de Letras de Bensaçon, y autor de libros muy apreciados compara, con la mayor naturalidad, a las "hordas de Gengis Khan con los Conquistadores españoles". Es verdaderamente inaudito cómo se escribe la historia y se reproduce en Venezuela sin protesta. (N. del T.)

Antología de cuentos sobre antropofagia: CC1. Sandwichs

Ahora un bocadillo, un tentempié antes del banquete humano; este extraño cuento de Salvador Humberto, obra conciente de su naturaleza ficticia, obra de cocina sencilla, fast food. Acompáñese con café...

[La relectura, los años y la distancia me hacen asociar este cuento con Fleurs de ténèbres de Villiers de L'Isle-Adam: fascinante cuento sobre un negocio que saquea cementerios, específicamente las flores recién llevadas a los difuntos para que un ejército de muchachas las venda por París. Humberto no nos dice qué motiva al sepulturero y los cómplices a hacer lo que hacen, pero dada la naturaleza de su trabajo, me permito interpretar que hay un fin monetario; el aprovechamiento de una triste materia prima. Por lo cual, este cuento quedará en consecuencialismo.]


   Recuerdo que le conocí en mi infancia.
   Me sorprendío su figura extraña. Era un qhombre alto, que podía tener más o menos veinte y ocho años.
   Intensamente pálido. Vestía de negro, sin duda porque no tenía otro vestido que aquel que siempre llevaba. Traje verdoso, sucio, raído.
   Su mirada comprimía profundo dolor. Tenía una sonrisa superficial que desgarraba los labios tristemente.
   Usaba un enorme sombrero que debía tener su misma edad.
   Pero lo que más me llamó la atención fue  su melena. Le caía hasta los  hombros. El pelo castaño y ligeramente ondulado, partido en la mitad, le daba apariencia de colegiala.
   Ingenuamente, le quedé mirando largo rato. Él me sonrió, quiso insinuarse, se acercó a mí, pero yo me alejé de él apresuradamente.
   Para que mi cuento resulte completo, me asaltaba la idea de su nombre.
   ¿Cómo pudo llamarse? Sí, yo sé su nombre. Lo conozco quizá demasiado. Pero su nombre no debe ser dicho.
   ¿Qué importancia tiene su nombre en la vida?
   Existen hombres anónimos; anónimos aunque en realidad son grandes. Este fue un hombre anónimo, aunque no aseguro, precisamente, que haya sido grande.
   Volví a verlo con frecuencia.
   Siempre cruelmente solo.
   Meditando siempre.
   Para mí llegó a tener un aspecto aterrante este hombre solo con su melena hasta los hombros.
   A veces, pensativo en un banco del parque central de la noble ciudad de Quito, lo divisaba a mediodía. Mientras todos se dirigían a sus casas, el continuaba inmóvil. Me asaltaba la idea de que este vagabundo no tenía casa.
   ... Y en ocasiones, al volver después del almuerzo al parque, lo encontraba taciturno en el sitio donde lo había dejado. Suponía entonces que acaso no tenía qué comer.
   Siento no haber dicho hasta ahora nada interesante. ¿Qué importa que un hombre no tenga qué comer?
   Cuántos hay que no lo tienen. Si posible fuera reunir a los hambrientos de todo el mundo y luego salir al balcón para verlos desfilar, nos aburriríamos extraordinariamente. Serían innumerables, grises, eternas horas de ver pasar hombres, hombres...
   Hombres leprosos y sifilíticos; cojos y ciegos; epilépticos y esquizoides; deformes o geniales; atacados de reuma o tuberculosis... Hombres, hombres...
   ¡Qué monótono sería el desfile, qué macabro!
   Así pues, el que un hombre se muera de hambre, es cosa que choca por vulgar.
   Mis hipótesis me habían llevado a la conclusión de que el vagabundo de melena, era un hombre pobremente insignificante. Pero luego tuve la evidencia de otra cosa que era en extremo ridícula.
   ¡Él era poeta!
   Sí, poeta. Con todo, puede terminarse el cuento, a pesar de la sonrisa irónica que brota en los labios cuando aparece el personaje atacado con versomanía.
   ... Y como no quiero decir su nombre, simplemente le llamaré "poeta."

   Perfectamente.
   Localizado ya en abstracto, lo sugeriré a través de mis encuentros ocasionales con él o de las frases que oí sobre su persona.
   Sus poemas fueron escritos en una antigua métrica. Aparecía en ellos la novia blanca. La luna. La pena. Se esbozaba una lágrima.
   Luego, esas canciones aparecían alguna vez en una revistade tercer orden o en un periódico de barrio. Se publicaban huérfanas, pobres y desnudas.
   No faltó un músico callejero que pusiera música a sus estrofas.
   ... Y los poemas se transformaron en "pasillos."
   Las diez de la noche.
   Vuelve usted a su casa
   Piensa en lo que se puede pensar a las diez. En la muchacha con quien ha estado. En el cine del cual acaba de salir o en lo que hará al día siguiente.
   Pero bruscamente es usted arrancado del ánfora de su meditación.
   Llegan a los oídos fragmentos de voz humana.
   Un grupo de gente. Al centro, un hombre harapiento, rasga la guitarra acompañando su canción.
   ... Ahí está estilizada la melancolía de esa noble ciudad abandonada entre los Andes. Ahí palpita el dolor del indio, aplastado por la civilización de occidente.
   A través de la voz inarmónica elaborada con andrajos de entrañas, aparece trémula la mujer a la que se ama dolorosamente.
   Después, con monedas pequeñas, se paga la canción de que ambula por la ciudad como un pájaro perdido.
   Del pecho de los hombres se escapa un suspiro que puede ser ridículo y por las mejillas de las mujeres rueda una lágrima que puede ser falsa.
   Más tarde, también sale por el agujero de la taberna la misma canción, tanto más ahorcada por los sollozos cuanto más borracho está el que canta.
   ... Y las canciones huyen, acarician, se ocultan cruzan la ciudad retorciéndose por el asfalto.

   Para estos cantores callejeros escribía sus poemas.
   Pero los suspiros de los hombres o las lágrimas de las mujeres, no dan para vivir.
   Por eso, él conoció profundamente a la miseria.
   No se trata de una hipótesis, porque aquello que fue sugerencia, se confirmó después.
   Padecía hambre. Hambre tremenda, de esa que paraliza los huesos.
   Ahora sí, puede ser más o menos está realidad:
   Atrasado, fue romántico.
   El romanticismo le volvió ridículo.
   Nunca fue amado por una mujer.
   Qué le parece a usted más trágico: ¿ser ridículo?; ¿morirse de hambre?; ¿no haber tenido una mujer?

   Su cuerpo sugería un saco de mendigo. Debía haber devorado los piojos de su cuerpo, como devoraron los versos su cerebro.
   Brotaba en él un instinto primitivo. Versomanía rutinaria, dulzona, mueca de payaso de feria.
   Este payaso puso el alma en las estrofas. Palpitaban en la vulgaridad de sus concepciones, las entrañas de un vagabundo que las escribió.
   (Una acotación indiscreta: ¿cómo satisfacería este pobre diablo sus instintos sexuales?).
   Su vida fue un claroscuro, manchado por la mano leprosa de la realidad...
   Miseria, miseria...
   Canciones...
   Mujeres...
   Pan...
   ¡Alto! Vagabundo mordiendo el pan que le disputaron los perros.
   (¿A quienes podía él disputar la hembra?)
   Pero recordará usted que estuvimos de acuerdo en que era muy vulgar la tontería aquella de morirse de hambre.
  
   Toda su alma en los versos.
   También hay gente que le pone en un pergamino viejo o en investigar la ilusoria nobleza de sus antepasados. Así es como existe aún en los espíritus mezquinos, esa manía despreciable llamada aristocracia.
   Vagabundo debía ser muy amigo de las arañas. Tal vez éstas le enseñaron a tejer versos.
   Acaso cuando los gatos rasguñaban los vidrios de las ventanas, él sentía cómo el aniquilamiento rasguñaba sus huesos.
   La vida es alegría. El sol maravilloso. La mañana tempestad de luz. El placer estremecimiento supradinámico. Las mujeres...
   Pero, ¿sí no hay dinero?
   (Silencio)
   Muy fácil.
   Se lo remplaza con el arte.
   Por eso él dedicó su vida a un esbozo de arte primitivo.
   Callejero. En la calle había roto su alma y en la calle debía diluirse sabiamente.  Despedazarse, dejando un trozo de su cuerpo aquí y otro allá, como había dejado retazos de su alma inyectados en sus pobres canciones.
 
   Suponga usted que han pasado algunos años como en las novelas de folletín.
   Pasaron en verdad.
   Poeta desapareció de la ciudad, extraña, misteriosamente, sin que nadie supiera a dónde había ido.
   (No puedo en este momento inventar algo acerca de a dónde habría podido ir el vagabundo, porque he mirado a una mujer)
   Únicamente sus canciones continuaron rodando por la ciudad.
   Alguna vez en la noche perdida, la gente lo recordaba al oír que una voz decía sus versos en la taberna, al son de la guitarra. Seguía en la imaginación su figura haraposa y grotesca, con larga melena, enorme sombrero, ojeras profundas...
   ¡Quién pudiera transfigurarse en el viento para encontrar al vagabundo!

   —¡Sandwichs! ¡Sandwich! ¡A cinco y diez centavos!
   Era la novedad de la gente humilde. No sé había visto nada más barato. Un pan tostado y fresco; un trozo de carne; un fragmento de lechuga; a veces, algo de cebolla, ¡todo por cinco centavos!
   Los que constaban diez, eran magníficos. Podían reemplazar al desayuno.
   Los sandwiches se vendían fabulosamente.
   En las galerías de cines y teatros;
   en el tendido de sol de la plaza de toros;
   en el hipódromo;
   en los desafíos de fútbol y pelota de guante;
   en las fiestas populares; y,
   en todas las calles de la ciudad.
   Los llevaban en canastos una colección de muchachos equívocos. Al venderlos, brillaban sus ojos.
   Los sandwichs fueron introduciéndose en las casas, ¡y qué sabrosos los encontró la gente!
   ¡Macabro, macabro!
   Fue un escándalo endemoniado, que puso los cabellos de punta.

   Al principio se habló con de aquello, alucinada, silenciosamente...
   —La policía ha descubierto...
   Se evitaba decir una palabra del asunto, delante de señoritas y personas nerviosas.
   Después, se aclaró apenas la cuestión. Los diarios dieron noticias vagas, sugerentes.
   Cuando se supo todo, la gente se estremeció.

   Anduve curioso por saber de qué se trataba.
   Fragmentariamente, reconstruí los hechos.
   Me dijo una vieja:
   —¡El día del juicio está cerca! Figúrese usted que un sepulturero y un encargado de conducir muertos desconocidos, han estado desde hace tiempo, escondiendo cadáveres...!
   —...Y robándolos—, interrumpío su hija, chica picaresca y voluptuosa.
   La vieja añadió:
   —Luego... después... ¡anda afuera, hijita, las niñas no pueden oír estas cosas!

   Pero la muchacha no se fue.
   Me devoraba la curiosidad.
   —Luego... después...

   Por fin un estudiante de medicina aclaró para mí el misterio.
   —¿Qué hay de los cadáveres?
   El otro rió ruidosamente.
   —Nada, —me dijo—. Una cosa sencilla y ridícula. Ya sabrá usted que el viejo panteonero y sus cómplices robaban los cadáveres.
   —¿Después...?

   Volvío a reírse:
   —¡Después los preparaban y hacían sandwichs con ellos!
   ¿Recuerda usted los sandwichs que se vendían a cinco y diez centavos? ¡Eran sandwich de muerto! En uno de ellos se encontró un pedazo de oreja y por este dato se ha descubierto todo. ¿Los comió usted?
   —No sé... no sé...

   —Lo más curioso es —añadió—, que entre los cadáveres que se vendieron con lechugas y pan, se encontraba el de... ¡Adivine usted el de quién!
   —¿Que adivine yo?— (Asombro).
   —Hombre, ¡el del poeta vagabundo! ¡Ya ve usted para lo que sirven los poetas!
   Yo me dicía a mí mismo alucinado:
   —¡El poeta vagabundo! ¿Quién se habrá comido su corazón? ¡Un perro! ¿Quién sus mejillas? ¡Un borracho! ¿Quién sus orejas profundas? Una bella muchacha tal vez...
   ¡Sandwichs a cinco y a diez centavos!
   ¡Muy baratos y sabrosos!
   ¡Cómprelos usted!

Antología de cuentos sobre antropofagia: D1. El antropófago

   Ahora que he llegado a diez textos en mi Antología de Cuentos Musicales, me puse a ver la labor en retrospectiva. Es momento de dejar la colección en pausa, por dos razones: la primera, ya no tengo libros que contengan historias musicales, entonces voy a seguir leyendo, buscando cuentos para una nueva selección; la segunda es que he decidido hacer otra antología con cuentos, pero ahora, sobre el tema de la antropofagia. Este es otro de esos temas que me producen singular interés por toda su significación, y todas sus dimensiones psicológicas y culturales. Quizá después, con el contubernio de festines humanos, pueda hacer una fenomonología del canibalismo...
   El primero que he seleccionado es El antropófago de Pablo Palacio, una de las figuras clave de la narrativa vanguardista latinoamericana: una platillo servido crudo, con prisa...



   Allí está, en la Penitenciaría, asomado por entre las rejas su cabeza grande y oscilante, el antropófago.
   Todos lo conocen. Las gentes caen allí como llovidas por ver al antropófago. Dicen que en estos tiempos es un fenómeno. Le tienen recelo. Van de tres en tres, por lo menos, armados de cuchillas, y cuando divisan su cabeza grande se quedan temblando, estremeciéndose al sentir el imaginario mordisco que les hace poner carne de gallina. Después le van teniendo confianza; los más valientes han llegado hasta provocarle, introduciendo por un instante un dedo tembloroso por entre los hierros. Así repetidas veces como se hace con las aves enjauladas que dan picotazos.
   Pero el antropófago se está quieto, mirando con sus ojos vacíos.
   Algunos creen que se ha vuelto un perfecto idiota; que aquello fue sólo un momento de locura.
   Pero no les oiga; tenga mucho cuidado frente al antropófago: estará esperando un momento oportuno para saltar contra un curioso y arrebatarle la nariz de una sola dentellada. 
   Medite Ud. en la figura que haría si el antropófago se almorzara su nariz.
   ¡Ya lo veo con su aspecto de calavera!
   ¡Ya lo veo con su miserable cara de Lázaro, de sifilítico o de canceroso! ¡Con el ungüis asomado por entre la mucosa amoratada! ¡Con pliegues de la boca hondos, cerrados como un ángulo!
   Va Ud. a dar un magnífico espectáculo.
   Vea que hasta los mismos carceleros, hombres siniestros, le tienen miedo.
   La comida se la arrojan desde lejos.
   El antropófago se inclina, husmea, escoge la carne —que se le dan cruda—, y la masca sabrosamente, lleno de placer, mientras la sanguaza le chorrea por los labios.
   Al principio le prescribieron dieta: legumbres y nada más que legumbres; pero había sido de ver la gresca armada. Los vigilantes creyeron que iba a romper los hierros y comérselos a toditos. ¡Y se lo merecían los muy crueles! ¡Ponérseles en la cabeza el martirizar de tal manera a un hombre habituado a servirse de viandas sabrosas! No, esto no le cabe a nadie. Carne habían de darle, sin remedio, y cruda.
   ¿No ha comido usted alguna vez carne cruda? ¿Por qué no ensayar?
   Pero no, que pudiera habituarse, y esto no estaría bien. No estaría bien porque los periódicos, cuando usted menos lo piense, le van a llamar fiera, y no teniendo nada de fiera, molesta.
   No comprenderían los pobres que el suyo sería un placer como cualquier otro; como comer la fruta en el mismo árbol, alargando los labios y mordiendo hasta que la miel corra por la barba.
   Pero ¡qué cosas! No creáis en la sinceridad de mis disquisiciones. No quiero que nadie se forme de mí un mal concepto; de mí, una persona tan inofensiva. 
   Lo del antropófago sí es cierto, inevitablemente cierto.
   El lunes último estuvimos a verlo los estudiantes de Criminología.
   Lo tienen encerrado en una jaula como de guardar fieras.
   ¡Y qué cara de tipo! Bien me lo he dicho siempre: no hay como los pícaros para disfrazar lo que son.
   Los estudiantes reíamos de buena gana y nos acercamos mucho para mirarlo. Creo que ni yo ni ellos lo olvidaremos. Estábamos admirados, y ¡cómo gozábamos al mismo tiempo su aspecto casi infantil y del fracaso completo de las doctrinas de nuestro profesor!
   —Véanlo, véanlo como parece un niño —dijo uno.
   —Sí, un niño visto con una lente
   —Ha de tener las piernas llenas de roscas.
   —Y deberían ponerle talco en las axilas para evitar las escaldaduras.
   —Y lo bañarían con jabón de Reuter.
   —Ha de vomitar blanco.
   —Y ha de oler a senos.
   Así se burlaron los infantes de aquel pobre hombre que miraba vagamente y cuya gran cabeza oscilaba como una aguja imantada.
   Yo le tenía compasión. A la verdad, la culpa no era de él. ¡Qué culpa va a tener un antropófago! Menos si es hijo de un carnicero y una comadrona, como quien dice del escultor Sofronisco y la partera Fanareta. Eso de ser antropófago es como ser fumador, o pederasta, o sabio.
   Pero los jueces le van a condenar irremediablemente, sin hacerse estas consideraciones. Van a castigar una inclinación naturalísima: esto me rebela. Yo no quiero que se proceda de ninguna manera en mengua de la justicia. Por esto quiero dejar aquí constancia, en unas pocas líneas, de mi adhesión al antropófago. Y creo que sostengo una causa justa. Me refiero a la irresponsabilidad que existe de parte de un ciudadano cualquiera, al dar satisfacción a un deseo que desequilibra atormentadoramente su organismo.
   Hay que olvidar por completo toda palabra hiriente que yo haya escrito contra ese pobre irresponsable. Yo, arrepentido, le pido perdón.
   Sí, sí, creo sinceramente que el antropófago está en lo justo; que no hay razón para que los jueces, representantes de la vindicta pública...
   Pero qué trance tan duro... Bueno... lo que voy a hacer es referir con sencillez lo ocurrido... No quiero que ningún malintencionado diga después que soy yo pariente de mi defendido, como ya me lo dijo un Comisario a propósito de aquel asunto de Octavio Ramírez.
   Así sucedió la cosa, con antecedentes y todo:
   En un pequeño pueblo del Sur, hace más o menos treinta años, contrajeron matrimonio dos conocidos habitantes de la localidad:
   Nicanor Tiberio, dado al oficio de matarife, y Dolores Orellana, comadrona y abacera.
   A los once meses justos de casados les nació un muchacho, Nico, el pequeño Nico, que después se hizo grande y ha dado tanto que hacer.
   La señora de Tiberio tenía razones indiscutibles para creer que el niño era oncemesino, cosa rara y de peligros. De peligros porque quien se nutre por tanto tiempo de sustancias humanas es lógico que sienta más tarde la necesidad de ellas.
   Yo desearía que los lectores fijen bien su atención en este detalle, que es a mi ver justificativo para Nico Tiberio y para mí, que he tomado cartas en el asunto.
   Bien. La primera lucha que suscitó el chico en el seno del matrimonio fue a los cinco años, cuando ya vagabundeaba y comenzó a tomársele en serio. Era a propósito de la profesión. Una divergencia tan vulgar y usual entre los padres, que casi, al parecer, no vale la pena darle ningún valor. Sin embargo, para mí lo tiene.
   Nicanor quería que el muchacho fuera carnicero, como él. Dolores opinaba que debía seguir una carrera honrosa, la Medicina. Decía que Nico era inteligente y que no había que desperdiciarlo. Alegaba con lo de las aspiraciones —las mujeres son especialistas en lo de las aspiraciones.
   Discutieron el asunto tan acremente y tan largo que a los diez años no lo resolvían todavía. El uno: que carnicero ha de ser; la otra: que ha de llegar a médico. A los diez años Nico tenía el mismo aspecto de un niño; aspecto que creo olvide de describir. Tenía el pobre muchacho una carne tan suave que le daba ternura a su madre; carne de pan mojado en leche, como había pasado tanto tiempo curtiéndose en las entrañas de Dolores.
   Pero pasa que el infeliz había tomádole serias aficiones a la carne. Tan serias que ya no hubo qué discutir: era un excelente carnicero. Vendía y despostaba que era de admirarlo.
   Dolores, despechada, murió el 15 de mayo del 906 (¿Será también éste un dato esencial?) Tiberio, Nicanor Tiberio, creyó conveniente emborracharse seis días seguidos y el séptimo, que en rigor era de descanso, descansó eternamente. (Uf, esta va resultando tragedia de cepa)
   Tenemos, pues, al pequeño Nico en absoluta libertad para vivir a su manera, sólo a la edad de diez años.
   Aquí hay un lago en la vida de nuestro hombre.
   Por más que he hecho, no he podido recoger los datos suficientes para reconstruirla. Parece, sin embargo, que no sucedió en ella circunstancia alguna capaz de llamar la atención de sus compatriotas.
   Una que otra aventurilla y nada más.
   Lo que se sabe a punto fijo es que se casó, a los veinticinco, con una muchacha de regulares proporciones y medio simpática. Vivieron más o menos bien. A los dos años les nació un hijo, Nico, de nuevo Nico.
   De este niño se dice que creció tanto en saber y en virtudes, que a los tres años, por está época, leía y escribía, y era un tipo correcto: uno de esos niños seriotes y pálidos en cuyas caras aparece congelado el espanto.
   La señora de Nico Tiberio (del padre, no vaya a creerse que del niño) le había echado el ojo a la abogacía, carrera magnífica para el chiquitín. Y algunas veces había intentado decírselo a su marido. Pero éste no daba oídos, refunfuñando. ¡Esas mujeres que andan siempre metidas en lo que no les importa!
   Bueno, esto no le interesa a Ud.; sigamos con la historia:
   La noche del 23 de marzo, Nico Tiberio, que vino a establecerse en la capital tres años atrás con la mujer y el pequeño —dato que he olvidado de referir a su tiempo—, se quedó hasta bien tarde en un figón de San Roque, bebiendo y charlando.
   Estaba Daniel Cruz y Juan Albán, personas bastante conocidas que prestaron, con oportunidad, sus declaraciones ante el juez competente. Según ellos, el tantas veces nombrado Nico Tiberio no dio manifestaciones extraordinarias que pudieran hacer luz en su decisión. Se habló de mujeres y de platos sabrosos. Se jugó un poco a los dados. Cerca de la una de la mañana, cada cual la tomó por su lado.
   (Hasta aquí las declaraciones de los amigos  del criminal. Después viene su confesión, hecha impúdicamente para el público)
   Al encontrarse solo, sin saber cómo ni por qué, un penetrante olor a carne fresca empezó a obsesionárlo. El alcohol le calentaba el cuerpo y el recuerdo de la conversación le producía abundante saliveo. A pesar de lo primero, estaba en sus cabales.
   Según él, no llegó a precisar sus sensaciones. Sin embargo, aparece bien claro lo siguiente:
   Al principio le atacó un irresistible deseo de mujer. Después le dieron ganas de comer algo bien sazonado; pero duro, cosa de dar trabajo a las mandíbulas. Luego le agitaron temblores sádicos: pensaba en una rabiosa cópula, entre lamentos, sangre y heridas abiertas a cuchilladas.
   Se me figura que andaría tambaleando, congestionado.
   A un tipo que encontró en el camino casi le asalta a puñetazos, sin haber motivo.
   A su casa llegó furioso. Abrió la puerta de una patada. Su pobre mujercita despertó con sobresalto y se sentó en la cama. Después de encender la luz se quedó mirándolo temblorosa, como presintiendo algo en sus ojos colorados y saltones.
   Extrañada, le preguntó:
   —¿Pero qué te pasa, hombre?
   Y él, mucho más borracho de lo que debía estar, gritó:
   —Nada, animal; ¿a ti qué te importa? ¡A echarse!
   Mas, en vez de hacerlo, se levantó del lecho y fue a pararse en medio de la pieza. ¿Quién sabía qué le irían a mentir a ese bruto?
   La señora de Nico Tiberio, Natalia, es morena y delgada.
   Salido del amplio escote de la camisa de dormir, le colgaba un seno duro y grande. Tiberio, abrazándola furiosamente, se lo mordió con fuerza. Natalia lanzó un grito.
   Nico Tiberio, pasándose la lengua por los labios, advirtió que nunca había probado manjar tan sabroso.
   ¡Pero no haber reparado nunca en eso! ¡Qué estúpido!
   ¡Tenía que dejar a sus amigotes con la boca abierta!
   Estaba loco, sin saber lo que le pasaba y con un justificable deseo de seguir mordiendo.
   Por fortuna suya oyó los lamentos del chiquitín, de su hijo, que se frotaba los ojos con las dos manos.
   Se abalanzó gozoso sobre él; lo levantó en sus brazos, y, abriendo mucho la boca, empezó a morderle la cara, arrancándole regulares trozos a cada dentellada, riendo, bufando, entusiasmándose cada vez más.
   El niño se esquivaba y él se lo comía por el lado más cercano, sin dignarse a escoger.
   Los cartílagos sonaban dulcemente entre los molares del padre. Se chupaba los dientes y lamía los labios.
   ¡El placer que debió sentir Nico Tiberio!
   Y como no hay en la vida cosa cabal, vinieron los vecinos a arrancarle de su abstraído entretenimiento. Le atendieron a garrotazos, con una crueldad sin límites; le ataron, cuando le vieron tendido y sin conocimiento; le entregaron a la Policía...
   ¡Ahora se vengarán de él!
   Pero Tiberio (hijo), se quedó sin nariz, sin orejas, sin una ceja, sin una mejilla.
   Así con un sangriento y descabado aspecto, parecía llevar en la cara todas las ulceraciones de un Hospital.
   Si yo creyera a los imbéciles tendría que decir: Tiberio (padre) es como Quien se come lo que crea.

Musa simétrica: los papeles de Aspen

Una musa elemental (creo); cuento descontado (¿malcontado?). Otra fantasía vertical: páginabajo, sobre lo mismo diferente y lo diferente ig...