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domingo, 6 de septiembre de 2020

Antología de inventos inventados: C. I. La máquina de Gloria S. G. D. G.

Este cuento de Villers de L'Isle-Adam es la culminación de su imaginación anticipadora. Aunque de marcado tono irónico, termina más bien siendo un vaticinio terrible de la tendencia a la que aspira el hombre con su inventiva mecánica. 
La narración plantea un problema osado: producir con un sistema mecánico y concreto la abstracta gloria (y acaso también la no menos abstracta pena). Pero además, detrás del pormenorizado relato del germen y las últimas consecuencias de este invento (o más bien: la relación de las cualidades y componentes de la máquina), Villiers reflexiona sobre la economía, la inmortalidad y el público.
En su cuento Los cuatro hermanos de la luna. Un documento, Gustav Meyrink nos dice: “Si, en la edad de oro, cuando los hombres eran todavía poco evolucionados, creían sólo en lo que podían pensar, y gradualmente se llegó a la época en que creían sólo en lo que podían comer, ahora, finalmente, han alcanzado el ápice de la perfección: consideran real y auténtico sólo lo que… pueden vender.” "y comprar." agregaría yo —para completar con la otra cara de la moneda—. El problema de la modernidad humana tiende a caer una y otra vez en asuntos de pura economía: avant la lettre Villiers ya había confirmado esto; su máquina de gloria no ha sido diseñada por Bottom para el provecho de la humanidad sin más, sino que su pretensión es prestar un servicio, pero naturalmente, sólo a quienes lo necesiten y puedan pagar. La máquina de gloria es un producto para los mediocres, pero no cualquier mediocre. En el camino, la máquina debe ser eficiente; en otro pasaje del mismo cuento Meyrink agrega: “Ya en el último cuarto del recién terminado siglo XIX el principio mecánico ha predominado rápida y seguramente, pero, podemos afirmar con toda tranquilidad, que si las cosas continúan como nosotros esperamos, en este siglo XX la humanidad no tendrá casi tiempo para ver la luz del día, tan ocupada estará en pulir, aceitar, mantener eficientemente y reparar la masa de máquinas en continuo aumento. Hoy podemos asegurar, con razón, que la máquina ha llegado a ser un digno gemelo del antiguo becerro de oro.” En todo esto, también hay un complejo retrato de la subyugación humana. Las máquinas son hijas del hombre; hechas por éste para que le brinden algo para emanciparlo. Pero sin querer, conseguirá lo contrario: un dialelo, acaso; o una relación simbiótica; quizá simple reciprocidad; sea cómo sea, cantamos: “la máquina la hace el hombre y es lo que el hombre hace con ella” y lo que ella hace luego de él.
Explotados los recursos concretos del mundo, la imaginación de Villiers sueña con explotar también los abstractos; la mecánica aplicada a la metafísica. La aspiración de producir la gloria presenta el segundo trasfondo: el propósito real de esta máquina. La gloria es en realidad la materia prima para un producto más complejo y de vital importancia para el hombre: la inmortalidad, porque ¿qué es la gloria sino la promesa de inmortalidad? En cierta forma, la vaga sensación de éxito, de gloria, es una grosería. El mérito inmediato no tiene gran valor; no así un nombre cuyo eco resuena aún a través de los siglos. Diría Miguel de Unamuno que nadie se quiere morir, y dice bien; La máquina Bottom es la promesa de eternidad. Lo cual nos lleva al último pormenor del cuento y quizá el detalle más visionario: el público. Los bots que hoy día suelen dictar la opinión de las masas están planteados de manera prototípica en este texto; todo el empeño de la máquina está puesto en modernizar los antiguos métodos de manipulación del público; Villiers notó acertadamente la debilidad del hombre gregario; su flaqueza es directamente proporcional a la cantidad de personas con las que se encuentra: la genialidad del cuento culmina en esta burla; en ridiculizar al público; vale la pena traer estas palabras de Søren Kierkegaard: “El hombre que no tiene una opinión acerca de un suceso en el momento presente acepta la opinión de las mayorías, o de las minorías, en caso de ser quisquilloso. Pero debe tenerse en cuenta que tanto las mayorías como las minorías se componen de gente verdadera, de ahí que el individuo se vea apoyado al adherirse a ellas. El público, por el contrario, es una abstracción... Un público no puede ser una nación, una generación o una comunidad, ni tampoco estos hombres en particular, ya que todos ellos sólo son lo que son a través de lo concreto; ningún individuo que pertenezca el público llega a comprometerse de verdad; tal vez, durante algunas horas del día pertenezca al público, en los momentos en que él no es otra cosa, ya que, cuando en realidad él es lo que es, no forma parte de ese público. Compuesto por tales individuos, de individuos en los momentos en que no son nada, un público es como un algo gigantesco, un vacío abstracto y desierto que es todo y es nada” El público es pues, la masa más vulnerable, receptores pasivos de acontecimientos que no logran juzgar. Podríamos cerrar proponiendo una ecuación de todo esto, la fórmula de la inmortalidad sacada de la nada.

* Aparece en La renaissance littéraire et artistique, en marzo de 1874, con el mismo título, La Machine à gloire S. G. D. G.¹


Al señor Stephan Mallarmé²

Sic itur ad astra!...³

¡Qué cuchicheos por todas partes!... ¡Qué animación mezclada con cierta contrariedad en los semblantes! ¿De qué se trata?
—Se trata... ¡ah!, de una novedad sin precedentes en los recientes anales de la Humanidad.
Se trata de la prodigiosa invención del barón Bottom, del ingeniero Bathybius Bottom!⁴
La Posteridad se inclinará ante este hombre (ilustre ya al otro lado de los mares), como ante el doctor Grave y algunos otros inventores, verdaderos apóstoles de lo Útil. ¡Que se juzgue si exageramos el tributo de admiración, de estupor y de gratitud, que le es debido! ¡El producto de su máquina es la GLORIA! ¡Produce gloria como rosas un rosal! El aparato del eminente físico fabrica la Gloria.
La suministra. La hace nacer de una manera orgánica e inevitable. Os cubre con ella, y aunque no se la acepte y se intente huir de ella, os persigue.
Resumiendo, la Máquina Bottom está especialmente destinada a satisfacer a esas personas de uno u otro sexo llamadas Autores dramáticos que, privadas desde su nacimiento (¡por una inconcebible fatalidad!) de esa facultad, por demás insignificante, que los últimos literatos se obstinan todavía en mancillar con el nombre de Genio, están, no obstante, ansiosas por obsequiarse, por dinero, los mirtos de un Shakespeare, los acentos de un Scribe, las palmas de un Goethe y los laureles de un Molière. ¡Qué hombre, este Bottom! Juzguémosle por el análisis, por el frío análisis de su procedimiento, desde el doble punto de vista abstracto y concreto.
Tres preguntas se plantean a priori
  1. ° ¿Qué es la Gloria? 
  2. ° Entre una máquina (medio físico) y la Gloria (objetivo intelectual), ¿puede establecerse un punto medio que conforme su unidad? 
  3. ° ¿Cuál es ese punto medio? 
Una vez resueltas estas preguntas, pasaremos a la descripción del sublime Mecanismo que las unifica en una definitiva solución. 
Comencemos. 
1.° ¿Qué es la Gloria?
Si dirigís semejante pregunta a uno de esos bromistas que pueblan las tablas de algun periódico y que son expertos en el arte de burlarse de las más sagradas tradiciones, sin duda, os responderá algo como esto:
—¿Una Máquina de Gloria, dice?... De hecho, ¿no existe una máquina de vapor?, ¿y qué es la gloria en sí misma sino ligero vapor?, ¿una... especie de humareda?, ¿una...?
Naturalmente daréis la espalda a ese miserable tonto cuyas palabras sólo son el ruido de su lengua contra el paladar.
Dirigios a un poeta, y ésta será, más o menos, la alocución que escapará de su noble gaznate:
—La Gloria es el resplandor de un nombre en la memoria de los hombres. Para darse cuenta de la naturaleza de la gloria literaria hay que dar un ejemplo.
«Así, supongamos que se han reunido doscientos espectadores en una sala. Si pronunciáis por azar, ante ellos, el nombre de "SCRIBE"⁵ (tomemos éste), la eléctrica impresión que les provocará ese nombre puede, de antemano, traducirse en la siguiente serie de exclamaciones (porque toda la gente de hoy conoce su SCRIBE):
»—¡Complicado cerebro! ¡Genio seductor! Fecundo dramaturgo. ¡Ah! Sí, ¿el autor de L'Honneur et l'Argent?...⁶ ¡Ha hecho reír a nuestros padres!
»—¿SCRIBE? ¡Uf!... ¡¡¡Maldición!!! ¡Oh! ¡Oh!
»—¡Pero!... ¡Sabe dar vuelta a la copla! ¡Profundo bajo un aspecto alegre!... ¡Alguien que deja hablar! ¡Una pluma autorizada! ¡Un gran hombre que ha ganado su peso en oro! (*)
»—¡Y avezado en los trucos teatrales!, etc.»
«Bien.
»Si pronunciáis, después, el nombre de uno de sus colegas, de... Milton, por ejemplo, podemos esperar: 1.°, de las doscientas personas, ciento noventa y ocho, seguramente, no habrán leído ni hojeado jamás a este escritor, y 2.°, únicamente el Gran Arquitecto del Universo puede saber de qué forma los otros dos creerán haberlo leído, porque a nuestro entender, no hay, en todo el globo terráqueo, más de cien individuos por siglo (¡y aun así!) capaces de leer cualquier cosa, incluso etiquetas de botes de mostaza.⁷
»Sin embargo, ante el nombre de MILTON, en un minuto, se despertará en la mente del auditorio, la inevitable idea que su obra es mucho MENOS interesante, desde el punto de vista positivo, que la de SCRIBE. Pero esa oscura reserva será tal, que aun concediendo mayor estima práctica a SCRIBE, la idea de cualquier paralelismo entre MILTON y este último les parecerá, instintivamente y a pesar de todo, como una comparación entre un cetro y un par de zapatillas, por pobre que haya sido MILTON, por más dinero SCRIBE haya ganado, por desconocido durante que largo tiempo haya permanecido MILTON, por más universalmente conocido que ya sea SCRIBE. En una palabra, puesto que la impresión que dejan los versos, aunque sean desconocidos, está asociada, para los oyentes, al nombre del autor, será como si hubiesen leído a MILTON. En efecto, al no existir la Literatura propiamente dicha como tampoco existe el Espacio puro, lo que se recuerda de un gran poeta es la Impresión de sublimidad que nos ha dejado, por y a través de su obra, antes que por la obra misma, y esta impresión, bajo velo de los lenguajes humanos, trasciende incluso las traducciones más vulgares. Cuando, a propósito de una obra, se constata formalmente ese fenómeno, el resultado de esa constatación se llama ¡LA GLORIA!»
Esto es en resumen lo que contestará nuestro poeta; podemos afirmarlo de antemano, incluso al tercer estado ya que hemos interrogado a gente que se ha dedicado a la Poesía.
Pues bien, ¡no dudaremos en responder, y a modo de conclusión, que esa fraseología de la que se trasluce una monstruosa vanidad, es tan vacía como el género de gloria que ella preconiza! ¿La impresión? ¿Qué es eso? ¿Acaso nos engañamos?... ¡Es necesario examinar, con una sincera simplicidad y por nosotros mismos, lo que es la Gloria! Queremos hacer el leal ensayo de la Gloria. (Nadie de entre la gente honorable y seria se preocuparía de soportar ni adquirir ésa de la que nos acaban de hablar.) ¡Aunque le ofrezcan una retribución! Así lo esperamos, al menos, para la sociedad moderna.
Vivimos en un siglo de progreso en el que, por emplear la expresión de un poeta (el gran Boileau), un gato es un GATO.⁸
Por lo tanto, versados en la universal experiencia del Teatro moderno, nosotros pretendemos que la Gloria se traduzca en signos y manifestaciones sensibles para todo el mundo. Y no en discursos huecos, más o menos solemnemente pronunciados. Somos de aquéllos que no olvidan nunca que un tonel vacío resuena siempre mejor que uno lleno.
En resumen, nosotros constatamos y afirmamos que, cuanto más sacude una obra dramática el sopor público, provoca entusiasmos, levanta aplausos y más repercusión tiene, tanto más le rodean los mirtos y laureles; cuantas más lágrimas hace verter y carcajadas provoca, tanto más ejerce —por así decirlo, a la fuerza— una acción sobre la masa; cuanto más se impone, finalmente, tanto más reúne, por eso mismo, los síntomas ordinarios de la obra maestra y merece más, por consiguiente, la GLORIA. Negar esto sería negar la evidencia. Aquí no se trata de discutir, sino de basarse en hechos y cosas firmes. Apelamos a la conciencia del Público, el cual, ¡gracias a Dios!, no se contenta ni con palabras ni con frases. Y estamos seguros que es, en esto, de nuestra opinión.
Una vez establecido esto, ¿es posible un acuerdo entre los dos términos (aparentemente incompatibles) de este problema (en un principio insoluble): Una máquina propuesta como medio de alcanzar, infaliblemente, un objetivo puramente intelectual?
¡SÍ!
La Humanidad (es preciso confesarlo), con anterioridad al absoluto descubrimiento del barón, ya había encontrado algo cercano; pero era un término medio en estado rudimentario y ridículo: ¡era la infancia del arte!, ¡el balbuceo!  Tal término medio era lo que se llama aún en nuestros días, en el vocabulario teatral, la «Claque».⁹
En efecto, la Claque es una máquina hecha de seres humanos, y por lo tanto, perfectible. Toda gloria tiene su Claque, es decir, su sombra, su lado de superchería, de mecanismo y nada (pues la Nada es el origen de todas las cosas), que se podría llamar, en general, el don de gentes, la intriga, el saber hacer, el Reclamo.
La Claque teatral no es más que una subdivisión. Y cuando el ilustre jefe de servicio del teatro de la Porte-Saint-Martín,¹⁰ el día de un estreno, ha dicho a su inquieto director: «¡Mientras permanezca en la sala uno sólo de esos bribones de pago, no respondo de nada!», ha probado que comprendía la confección de la Gloria. ¡El ha pronunciado unas palabras verdaderamente inmortales! Y su frase golpea como un rayo de luz.
¡Milagro!... Es sobre la Claque, sobre ella decimos, y no sobre otra cosa, donde Bottom ha posado su mirada de águila. Pues el verdadero gran hombre no excluye nada: se sirve de todo sobrepasando el resto.
Sí, el barón la ha regenerado, si no innovado, y la hará, finalmente, aprobar, para protegernos de la expresión misma de los periódicos.
¿Quién, de entre la masa del público, ha penetrado los misterios, los infinitos recursos, los abismos de ingeniosidad de ese Proteo, de esa Hidra, de ese Briareo llamado la Claque?¹¹
Hay gente que con sonrisa de suficiencia, podrá objetarnos que: 1.° la Claque desagrada a los autores; 2.° que molesta al Público; 3.° que está en desuso. Nosotros vamos a probarles, sencillamente, en un instante, que si nos siguen dando semejantes razones, habrán perdido una ocasión para callarse que quizás no vuelvan a encontrar nunca.
1.° ¿Un autor disgustado con la Claque?... Ante todo, ¿dónde está ese hombre? Como si cada autor, el día de un estreno, no reforzase aún más la Claque con sus amigos, tanto como puede, recomendándoles «cuidar el éxito». A lo cual, los amigos, orgullosos de tal complicidad (¡Dios mío!, muy inocente), responden, invariablemente, guiñando el ojo y mostrando sus gruesas y francas manos: «Cuenta con nuestras manazas.»
2.° ¿El público molesto con la Claque?... Sí, ¡y con muchas otras cosas que, sin embargo, soporta! ¿No está destinado al perpetuo aburrimiento de todo y de sí mismo? La prueba de ello está en su asistencia al teatro. ¡Sólo va allí para intentar distraerse, el infeliz! ¡Y para intentar huir de sí mismo! De manera que decir eso es, en el fondo, no decir nada. ¿Qué le importa a la Claque que el Público esté molesto con ella? Él la soporta, la mantiene y se persuade de que es necesaria, «al menos para los actores». Sigamos.
3.° ¿Que la Claque ha caído en desuso? Sencilla pregunta. ¿Cuándo ha florecido más? ¿Es que hay que forzar la risa? En los párrafos que quieren ser profundos y que van a durar mucho, se oye, de repente, en la sala, el ligero susurro de una carcajada ahogada y contenida, como el que contrae un diafragma sobrecargado por la borrachera de una impresión cómica irresistible. Algunas veces, ese leve ruido es suficiente, para hacer reír a toda una sala. Es la gota que desborda el vaso. Y como no quieren confesar que se han reído por nada ni que se han dejado «arrastrar» por nadie, dicen entonces que la obra es graciosa y que se han divertido: eso es todo. El señor que ha hecho ese ruido apenas cuesta un napoleón (La Claque).
¿Que se trata de alzar hasta la ovación algún murmullo aprobatorio escapado, por desgracia, del público? Roma siempre está allí.¹² Está el «Ua-uau».
El «Ua-uau» es el bravo elevado al paroxismo; es una abreviatura arrancada por el entusiasmo, cuando, arrebatada, encantada, oprimida la laringe, no puede pronunciar la palabra italiana «bravo», sino el grito gutural de «Ua-uau». Esto comienza, muy despacio, por la palabra «bravo», articulada, vagamente, por dos o tres voces: después se infla, se convierte en «brao», luego alcanza a todo el público, pateando y puesto en pie, ya transformado en el definitivo grito de «Bra-ua-uau», que constituye casi un ladrido. Es la ovación. Coste: tres monedas de oro por un valor de veinticinco francos cada una... (¡De nuevo la Claque!).
¿Que se trata, en un momento desesperado, de desviar el toro y de distraer su cólera? El Señor del ramito se presenta. Consiste en esto. En medio de un fastidioso párrafo que recita la primera actriz, espantada por el mortal silencio que reina en la sala, un señor, perfectamente vestido, con monóculo, se inclina fuera del palco, lanza un ramo a escena, y después, con ambas manos extendidas, aplaude lenta y ruidosamente, sin preocuparse por el general silencio ni por el monólogo que interrumpe. Esa maniobra pretende comprometer el honor de la actriz, y hacer sonreír al Público siempre ávido de Escándalo... Efectivamente, el Público guiña un ojo. Señalan el asunto al vecino pretendiendo estar «al corriente»; observan, alternativamente, al señor y a la actriz: disfrutan con la vergüenza de ésta. Luego la gente se retira, un poco consolada, por el incidente, de la estupidez de la obra. Y acuden de nuevo, sin duda, al teatro, con la esperanza de una confirmación del acontecimiento, Conclusion: un semi-éxito para el autor. Coste: unos treinta francos, sin incluir las flores (¡Siempre la Claque!).
¿Acabaríamos algún día si quisiéramos examinar todos recursos de una Claque bien organizada? Mencionemos, al menos, para las obras llamadas «fuertes» y los dramas, los Gritos de mujeres aterrorizadas, los Sollozos ahogados, las Veraces Lágrimas comunicativas, las repentinas Risitas, contenidas inmediatamente, del espectador que comprende todo algo más tarde que los demás (un escudo de seis libras), los Crujidos de tabaqueras a cuyas generosas profundidades recurre el hombre emocionado, los Aullidos, Sofocos, Bises, Llamadas a escena, Lágrimas silenciosas, Amenazas, Llamadas a escena con Gritos, Señales de aprobación, Opiniones emitidas, Coronas, Principios, Convicciones, Tendencias morales, Ataques de epilepsia, Partos, Apuntamientos, Suicidios, Discusiones (el Arte por el Arte, la Forma y la Idea), etc. Detengámonos. El espectador acabaría por creer que él mismo forma parte de la Claque, sin saberlo (lo que es, desde luego, la absoluta e incontestable verdad); pero es bueno que quede una duda en su espíritu  a este respecto.
La última palabra del Arte es pronunciada cuando la Claque en persona grita: «¡Fuera la Claque!...», después acaba por dar la impresión de que se deja llevar y aplaude, al final de la obra, como si fuera el público real y como si los papeles se hubieran cambiado; ahora, es ella quien templa las exaltaciones demasiado fogosas y crea algunas reservas.
Estatua viviente, sentada a plena luz en medio del público, la Claque es la constatación oficial, el símbolo confeso de la incapacidad en que se encuentra la masa para discernir, por sí misma, el valor de lo que oye. En resumen, la Claque es a la Gloria dramática lo que las Plañideras al Dolor.
Ahora es el momento de gritar, como el mago de las Mil y una noches: «¿Quién quiere cambiar lámparas viejas por otras nuevas?»¹³ Se trataba de encontrar una máquina que fuese para la Claque lo que el ferrocarril para la diligencia y perseverase la Gloria dramática de las condiciones de versatilidad y azar que algunas veces padece. Se trataba, ante todo, de reemplazar los aspectos imperfectos, eventuales, azarosos, de la Claque solamente humana y perfeccionarlos con la absoluta certeza del puro mecanismo; después —¡y aquí estaba la gran ddificultad—, de descubrir (despertándolo, seguramente) en el ALMA pública, el sentimiento gracias al cual las manifestaciones de gloria bruta de la Máquina se vieran unidas, aprobadas y ratificadas como moralmente válidas para el Espíritu de la Mayoría. Solamente ahí podría estar el término medio.
Otra dificultad, esto ya parecía imposible. El barón Bottom no ha retrocedido ante tal palabra (que debería ser, de una vez por todas, borrada del diccionario) y desde entonces, aunque el actor no tenga más memoria que un pardillo, aunque el autor sea la torpeza personificada y el espectador sea sordo como una tapia, ¡será un auténtico triunfo!
Hablando propiamente, la Máquina es la sala misma. Está adaptada a ella. Forma parte de ella. Se extiende de tal manera que, cualquier obra, dramática o no, se convierte, al entrar allí, en una obra maestra. La economía de una sala tal y como se la concibe, según la de los actuales teatros, ha sido sensiblemente modificada. El gran ingeniero negocia a destajo, se encarga de todos los adelantos de transformación y descuenta, de los derechos de autor, un diez por ciento menos que la Claque ordinaria. (Está registrada y hay sociedades de responsabilidad compartida en Nueva York, Barcelona y Viena.)
El coste de la Máquina, para su adaptación a una sala mediana, no es excesivo; solamente los primeros gastos son elevados, ya que el mantenimiento de un aparato bien acondicionado no es muy oneroso. Los detalles mecánicos, los medios empleados son simples como todo lo que es verdaderamente bello. Es la simplicidad del genio. Uno cree soñar, ¡No se atreve a comprender! Se muerde la punta del índice bajando los ojos con coquetería. Así, los cupidos dorados, las rosas de los palcos, las cariátides del escenario, etcétera, se multiplican y estan esculpidos por todos lados. Precisamente, en sus bocas, orificios de fonógrafos, están instalados unos agujeros para los fuelles que, movidos eléctricamente, emiten los «Ua-uau», los Gritos, los «¡Fuera la Cábala!», las Risas, los Llantos, los Bises, las Discusiones, Principios, Ruidos de tabaqueras, etcétera, y todos los Ruidos públicos PERFECCIONADOS. Los Principios, sobre todo, dice Bottom, están garantizados.
Aquí, la Máquina se complica insensiblemente y su concepción se hace más y más profunda; los tubos de gas para la luz alternan con otros tubos, los de los gases hilarantes y dacríforos.¹⁴ Los palcos están trucados: en su interior encierran invisibles puños metálicos —para despertar si es necesario al Público—, y están provistos de ramos y coronas. Bruscamente, pueden cubrir la escena de mirtos y de laureles, con el nombre del autor escrito en letras de oro. Debajo de cada una de las butacas, sillones de orquesta y de palco, sujetos al suelo desde entonces, hay replegados, por así decirlo, posteriormente, un par de bellas manos, de madera de roble, construidas según las láminas de Desbarolles,¹⁵ esculpidas perfectamente y recubiertas por guantes de doble cuero rojizo de ternera para completar la ilusión. Sería absurdo indicar su función. Estas manos están escrupulosamente modeladas sobre el facsímil de los más célebres patrones, para que la calidad de los aplausos sea mejor. Así las manos de Napoleón, de María Luisa, de Mme. de Sevigné, de Shakespeare, de du Terrail, de Goethe, de Chapelain y de Dante, extraídas de los dibujos de las primeras obras sobre quiromancia, han sido escogidas preferentemente, como patrones y tipos generales para entregárselas al tornero.
Puntas de bastones (vergajos y rompehachas), tacones de goma hervida, herrados con fuertes clavos, están disimulados en cada asiento; accionados por muelles en espiral y destinados a golpear, alternativa y rápidamente, el suelo en las ovaciones, llamadas y pataleos. A la menor interrupción de la corriente electromagnética, la sacudida pondrá todo en movimiento conjunto tal que nunca, en la memoria de la Claque, habrá oído nada parecido; ¡La sala se hundirá en aplausos! Y la Maquina es tan potente que si es necesario podría hacer que la misma sala se derrumbase. El autor sería sepultado en su triunfo, como el joven captal¹⁶ de Buch, tras el asalto de Rávena por quien lloraron todas las mujeres.¹⁷ Es un trueno, una salva, una apoteosis de aclamaciones, de gritos, de bravi, de opiniones, de «Ua-uau», de ruidos de todo tipo, incluso inquietantes, de espasmos, de convicciones, de trepidaciones, de ideas y de gloria, que estalla por todas partes a la vez, en los pasajes más aburridos o más bellos de la obra, sin distinción. No hay incertidumbre posible.
Ocurre entonces el magnético fenómeno innegable que sanciona tal alboroto y le otorga su absoluta validez; ese fenómeno es la justificación de la Máquina de Gloria, y sin él, sería casi una mistificación. Helo aquí: es el gran punto, el rasgo excepcional, el cegador y genial rayo del invento de Bottom.
Recordemos ante todo, para captar mejor la idea de este genio, que a los particulares no les gusta criticar a la opinión pública. Lo propio de cada una de sus almas es estar convencidas, a pesar de todo, desde la cuna, de este axioma: «Ese hombre TRIUNFA: por tanto, a despecho de tontos y envidiosos, es un espíritu glorioso y capaz. Imitémosle si podemos, y estemos a su lado, por si acaso, aunque no sea más que para que no se nos tenga por imbéciles.»
Este es el oculto razonamiento, ¿no es cierto?, en la atmósfera de la sala.
Ahora bien, hoy día, si con la infantil Claque que disfrutamos es suficiente, para obtener los resultados entusiastas que hemos señalado, ¿qué pasará con la Máquina, ya que existe ese sentimiento general? Sufriéndola ahora el público, aunque sabe muy bien el engaño de esa máquina humana, la Claque los padecerá tanto más cuanto que le vendrán inspirados, esta vez, por una VERDADERA máquina: no olvidemos que el Espíritu del siglo pertenece a las máquinas.
El espectador, pues, por más frío que sea, al oír lo que ocurre en su entorno, se deja llevar fácilmente por el entusiasmo general. Es la fuerza de las cosas. Muy pronto le vemos aplaudir a rabiar y con confianza. Forma parte, como siempre, de la opinión de la Mayoría. Y haría entonces más ruido que la misma Máquina, si pudiera, por temor a hacerse notar.
¡De manera —y ésta es la solución del problema: un medio físico que alcanza un objetivo intelectual— que el éxito se convierte en una realidad!... ¡que la GLORIA está verdaderamente en la sala! ¡Y que el aspecto ilusorio de la Máquina Bottom desaparece, fusionándose, positivamente, con el resplandor de la Verdad!
Para prevenir cualquier incertidumbre, si la obra fuera un simple agota,¹⁸ o de algún patán baboso, cuya audición, hasta de una sola escena, fuera imposible, los aplausos no cesarían desde el alzado hasta la caída del telón.
¡Sin resistencia posible! Si fuera necesario, habría sillones preparados para los poetas comprobados y convencidos de su talento, para los recalcitrantes, en una palabra, y para la Cábala: la pila, al enviar su descarga a los brazos de las butacas sospechosas, haría aplaudir a la fuerza a sus ocupantes. Se diría: «¡Parece que esto es bueno porque Ellos mismos se ven OBLIGADOS a aplaudir!»
Es ocioso añadir que si éstos representasen algún día (gracias a la intempestiva intervención —hay que preverlo todo— de algunos imprudentes jefes de Estado) sus obras sin cortes, sin ilustres colaboradores, ni intromisiones de directores, la Máquina, por una retroversión debida a la inagotable y verdaderamente providencial invención de Bottom, sabría vengar a las honestas gentes. Es decir, que, en lugar de cubrirla de gloria, esta vez, ella abuchearía, berrearía, silbaría, patearía, croaría, chillaría y aullaría de tal manera que sería imposible entender una sola palabra de la «obra». Nunca, desde la famosa noche de Tannhauser en la Ópera de París,¹⁹ se habría escuchado cosa semejante. De esa forma, la buena fe de las personas de bien y sobre todo de la Burguesía, se vería sorprendida, como sucede, desgraciadamente, muy a menudo. La alerta sería dada en seguida, como antaño, en el Capitolio, cuando atacaron los Galos.²⁰ Veinte Andreidos **²¹ salidos de los talleres de Edison, con bellos rostros, con una sonrisa discreta y entendida, con la condecoración elegida en la solapa, van agregados a la Máquina: en ausencia o indisposición de sus modelos, se les distribuiría en los palcos, con actitudes de profundo desprecio que darían el tono a los espectadores. Si, extraordinariamente, estos últimos intentaran rebelarse y quisieran oír, los autómatas gritarían: «¡Fuego!», lo que provocaría un mortal barullo de ahogo y de clamores reales.
La «obra» no levantaría cabeza.
En cuanto a la Crítica, no hay por qué preocuparse. Cuando la obra dramática fuera escrita por gente recomendable, por personas serias e influyentes, por notabilidades consecuentes y de peso, la Crítica —excepto algunos insociables puros y cuyas voces, perdidas en el tumulto, no harían más que reforzar el estrépito—, estaría totalmente conquistada: rivalizaría en energía con la Máquina Bottom.
Además, los artículos críticos, confeccionados de antemano, son también competencia de la Máquina: su redacción está simplificada por una selección de todos los viejos clichés, revestidos y barnizados nuevamente, que son lanzados por empleados Bottom a semejanza del Molino de oración de los Chinos (***), nuestros precursores en todo lo referente al Progreso.
La Máquina Bottom reduce, más o menos de la misma manera, el trabajo de la Crítica: ahorra muchos sudores, muchas faltas de Gramática elemental, muchos despropósitos y frases vacías que se lleva el viento. Los folletinistas, amantes del dolce farniente, podrán negociar con el Barón a su llegada. Se asegura el más inviolable secreto, en caso de algún puéril amor propio. Hay un precio fijo, mercado en conocida cifras, en el encabezamiento de los artículos; tanto por palabra de más de tres caracteres. Cuando el artículo es glorioso para el firmante, la gloria se paga aparte.
Por su regularidad de líneas, por su vista, por su estricta lógica y por su mecánica y la hilazón de ideas, estos artículos tienen, sobre los escritos a mano, la misma e incontestable superioridad que, por ejemplo, tienen los trabajos de una máquina de coser sobre los hechos con la antigua aguja.
¡No hay comparación! ¿Qué son, hoy, las fuerzas del hombre ante las de la máquina?
¡Será, sobre todo, tras el fracaso del drama de un gran poeta, cuando los bienhechores efectos de esos artículos Bottom se podrían apreciar!
¡Ese golpe de gracia!... Como selecto surtido de las más decrépitas, tortuosas, nauseabundas, calumniosas y babosas vilezas, celebradas al salir de su cloaca natal, los artículos Bottom no dejarán al público nada que desear. ¡Están totalmente preparados! ¡Producen una ilusión completa!
Por una parte, creeríamos leer artículos humanos sobre grandes personajes vivos; y, por otra, ¡qué venenoso acabado!, ¡que quintaesencia de abyección!
Su aparición será, ciertamente, uno de los grandes éxitos del siglo. El Barón ha sometido algunos de los ejemplares a varios de nuestros más sutiles críticos: ¡Suspiraban con ellos y dejaban caer su pluma de admiración! Emana de ellos, en cada coma, esa impresión de quietud que produce, por ejemplo, aquella deliciosa frase que —mientras se abanicaba deliciosamente con su pañuelo de encaje—, el marqués de D..., director de la Gazette du Roi,²² decía a Luis XIV: «Sire, ¿y si enviásemos un caldo al gran Corneille que se está muriendo...?»
La cámara central del Gran Teclado de la Máquina está situada bajo el hueco llamado, en teatro, la Concha del apuntador. Allí se sitúa el Encargado, que debe ser un hombre seguro, de una probada honorabilidad, y tener la apariencia de un guardia, por ejemplo. Bajo su mano tiene los interruptores y los conmutadores eléctricos, los reguladores, las probetas, las llaves de los tubos de gas proto y bióxido de azote, efluvios amoniacales y otros, los botones de resorte de las palancas, de las bielas y de los aparejos. El manómetro marca tanta presión, tantos kilogramos de inmortalidad. El contable suma y el Autor dramático paga la factura que le presenta una joven belleza, vestida de Fama y rodeada por una gloria de trompetas. Entonces, ella entrega al Autor, sonriendo, en nombre de la Posteridad, y con los resplandores de un fuego de Bengala oliva, color de Esperanza, le entrega, decíamos, como ofrenda, un busto que se le asemeja, garantizado, aureolado y laureado, todo ello en hormigón armado (sistema Coignet²³). ¡Todo esto puede hacerse por anticipado! ¡¡Antes de la representación!!
Incluso si el Autor pretendiera que su gloria fuese, no solamente presente y futura, sino también pasada, el Barón ha previsto todo: la Máquina puede obtener resultados retroactivos. En efecto, unos conductos de gas hilarante, hábilmente distribuidos por los cementerios de primera categoría, deben, cada noche, hacer reír, a la fuerza, a nuestros abuelos en sus tumbas.
Por lo que se refiere al lado práctico e inmediato de la invención, los presupuestos han sido calculados escrupulosamente. El precio de la transformación del Grand-Théâtre de Nueva York, en sala seria, no excede de los quince mil dólares; el de La Haya, el Barón lo efectuaría por unas dieciséis mil coronas; Moscú y San Petersburgo se podrían acondicionar por unos cuarenta mil rublos. Los precios para los teatros de París no se han fijado todavía, ya que Bottom quiere estar presente para hacerse una idea.
En suma, podemos afirmar que el enigma de la Gloria dramática moderna —tal y como la conciben las gentes de simple y buen sentido— ya está resuelto. La Gloria está, ahora, A SU ALCANCE. Tal Esfinge ha encontrado su Edipo.****

* SCRIBE pesaba unas ciento veintisiete libras si debemos creer a un viejo asiduo del mercado de Neuilly, solemnidad durante la cual el poeta se dignó pesarse en los Campos Elíseos y sin su flauta. Al haber producido su extraña obra cerca de dieciséis millones se ve que hay una enorme plusvalía, sobre todo si descontamos el peso de la ropa y del bastón. [Nota de Villiers.]
** Autómatas electro-humanos, que dan, gracias al conjunto de los descubrimientos de la ciencia moderna, una completa impresión de Humanidad. [Nota de Villiers.]
*** Este molino se compone de una ruedecilla que el devoto hace girar y de la cual salen mil papelillos impresos que contienen largas oraciones. De modo que un solo hombre dice más plegarias en un minuto que todo el convento en un año, al ser la intención lo principal. [Nota de Villiers.]
**** Se ha hablado recientemente de una adaptación de esa curiosa Máquina para la Cámara de Diputados y para el Senado, pero es, por ahora, solamente un rumor. Con todas las reservas. Los «Ua-uau» se verian reemplazados por los «¡Muy bien!», algunos «¡Si, sí!», «¡A votar!», «¡Usted mientel», «¡No, no!», «¡Pido la palabra!», «¡Continúe!», etc. En fin, lo necesario. [Nota de Villiers.] 


¹ Sociedad Garantizada por el Gobierno. 
² Entre Villiers y Mallarmé existió siempre una entrañable amistad. Ambos mantuvieron una dilatada correspondencia. Mallarmé era un hombre que despreciaba a quienes intentaban conseguir los favores del gran público, y por ello le impresionó la dedicatoria de este cuento. Como consta en la Correspondance générale de Villiers (tomo II, pág. 41), Mallarmé le respondió: «EI señor Stéphane Mallarmé te lo agradece especialmente.» 
³ «Así sube a las estrellas». Cita de Virgilio, Eneida, canto IX, v. 641. 
 Bathybius significa literalmente que vive en las profundidades. Bottom designa en inglés las nalgas. También es el nombre que Shakespeare da al tejedor con cabeza de asno del Sueño de una noche de verano. Quizás con este nombre quiera ironizar sobre el camino que lleva la humanidad, que para Villiers es el de hundirse en la vil materia.
 Scribe murió en 1861, pero sus triunfos aún eran conocidos por mayoría del público. Villiers ceba en él su amargura y su rencor contra los autores de teatro «fácil», al igual que lo hará contra Dennery en otro cuento, el titulado Sombrio relato, narrador aun más sombrío
 L'Honneur et l'Argent es una obra de Ponsard (1814-1867), pero Villiers, que lo sabe muy bien, confunde ambos autores igualmente despreciables para él. 
Es un préstamo que Villiers toma de la dedicatoria de Epaves de Baudelaire, donde se puede leer: «... los doscientos sesenta lectores que forman, más o menos..., el público literario en Francia, después que las bestias han usurpado la palabra a los hombres.»
«Y llamo gato a un gato, y Rolet a un bribón». Boileau, Satires, I, v. 52.
La Claque tuvo un papel muy activo en el teatro del siglo XIX Varios jefes de claque «han dejado escritas sus memorias», Robert en 1827, Lam en 1863, en las que aparecen como verdaderos funcionarios del teatro, investidos de una función tradicional y lucrativa.
¹⁰ Cuando Villiers escribió La Máquina de Gloria, le acababan de rechazar su obra Morgane los directores del Théâtre de la Porte Saint-Martin. Esto explica la maliciosa alusión. Por otro lado, «el ilustre jefe» debe ser Emile Abraham, secretario del teatro en esa época. Tenía una cierta notoriedad como crítico de teatro de varios periódicos y, como autor, estrenó unas treinta obras.
¹¹ En la mitología griega el dios marino Proteo podía metamorfosearse a voluntad. El gigante Briareo tenía cincuenta cabezas y cien brazos.
¹² Desde el Germanicus de Arnauld, en 1817, los de la Claque eran llamados «los Romanos», en recuerdo de los soldados de Nerón encargados de arrancar los aplausos del público.
¹³ Esta frase pertenece a Aladino y la lampara maravillosa, y Villiers la volvió a utilizar en un epigrafe de la Eva futura, libro 2.°, cap. VII.
¹⁴ Gases lacrimógenos.
¹⁵ Los grabados que ilustran Les Mystères de la Main révelés et expliques, del quiromántico Desbarolles.
¹⁶ «captal»: nombre gascón, empleado para denominar a algunos señores de la región de Guyenne. Proviene de capitalis y significa señor del feudo principal.
¹⁷ Gastón de Foix, captal de Buch, en la región de Burdeos, muerto en 1512 en Rávena, en una batalla contra las tropas españolas y pontificias. La frase es incorrecta ya que murió en el asalto, en una carga que él dirigía.
¹⁸ Palabra desconocida en el diccionario.
¹⁹ La batalla de Tannbauser ocurrió en 1861 y en ella participó Villiers. Se hízo amigo de Wagner, a quien posteriormente visitó en Triebschen en 1869 y 1870. Le dedicó la primera versión del Anunciador, pero luego lo cambió por El Secreto de la Antigua Música, que contiene otras alusiones al escándalo levantado contra el compositor alemán. 
²⁰ Juego de palabras. Los Galos, wagnerianos, tenían en su contra a los Romanos, la Claque, y a las Ocas, los burgueses.
²¹ Esta indicación sobre los Andreidos es un añadido que aparece por primera vez en la versión de este cuento publicada en los Cuentos crueles, y esta ligada a L'Eve nouvelle, primera versión de La Eva futura, que data de 1880, ya que en esa novela Edison fabricará un Andreido.
²² El marqués de Dangean, que redactó a partir de 1648 el Journal de la Cour de Louis XIV, era un necio y un adulador, según las crónicas.
²³ François Coignet, ingeniero e industrial, antiguo falansterista, es el creador del hormigón armado, entre otros inventos. 

martes, 14 de abril de 2020

Antología de inventos inventados: B. II. El tratamiento del doctor Tristán

Siendo precisos, este cuento no versa sobre una nueva invención tecnológica. En realidad, presenta un método, que no dista de parentesco con las ideas de progreso científico que inspiran al resto de los inventos antologados aquí. Entonces, si bien, no hay un aparato, por otro lado hay una motivación (extraña) para valerse de la ciencia y resolver una antigua problemática de la humanidad: Las voces en la cabeza. Villiers de L'Isle-Adam nos entrega la descripción detallada del método propicio para acabar de una vez por todas con aquello que no debe ser oído por peligroso. Es de notarse la autoreferencialidad de nuestro autor, que menciona el resto de sus fantasías tecnológicas.

Este cuento apareció en La République des lettres, el 18 de febrero de 1877, con el título de Le traitement du Dr. Tristan Chavassus.

Al señor Jules de Brayer¹

Fili Domini, putasne vivent essa ista?
ISAÍAS²

¡HURRA! ¡Está hecho! ¡Alegría! ¡For ever!³ El Progreso nos arrastra en su torrente. Lanzados como estamos, cualquier pausa sería un verdadero suicidio. ¡Victoria!, ¡victoria! La velocidad de nuestro movimiento adquiere unas proporciones de bruma tan admirables que apenas si tenemos tiempo de distinguir algo más que la punta de nuestra propia nariz. 
Para escapar al horrible hipnotismo que podría derivarse de ello, ¿tenemos algún otro medio que el de cerrar definitivamente los ojos? No. No hay otro. Cerremos, pues, los párpados y dejémonos llevar.
¡Qué de descubrimientos! ¡Qué de invenciones! ¡Todos haran su agosto! ¡La Humanidad se convierte, entre dos diluvios, en un hecho positivamente divino! Recapitulemos:
1.° El polvo de arroz negro, para aclarar la tez de los negros marrones.
2.° Los reflectores del Dr. Grave, que van, desde mañana, a cubrir con carteles el vasto muro del cielo nocturno.⁴
3.° Las telas de araña artificiales para sombreros de sabios. 
4.° La Máquina de Gloria del ilustre Bathybius Bottom, el perfecto barón moderno.⁵
5.° La nueva Eva, máquina electro-humana (¡casi un animal!) que ofrece el cliché del primer amor, por el extraño Thomas Alva Edison, el ingeniero americano, el Padre del Fonógrafo.⁶ 
Pero, ¡silencio!, ¡esto es nuevo! ¡Todavía algo nuevo!... ¡Siempre!... Esta vez, es la Medicina la que va a asombrarnos. ¡Escuchemos! Un asombroso facultativo, el Dr T. Chavassus, acaba de encontrar un tratamiento radical para los Ruidos, Zumbidos, y todos los demás trastornos del canal auditivo. Cura incluso a las personas que oyen al revés, enfermedad que se ha tornado contagiosa en nuestros días. Chavassus, al conocer, a fondo, todas las particularidades del oído humano, se dirige, de una manera intelectual, a esas personas nerviosas que en seguida tienen, como suele decirse, la Mosca detrás de la oreja. ¡Calma los picores que, por ejemplo, la sensación de «ultrajes» aún provoca en el apéndice auricular de ciertos individuos retrasados y que son demasiado susceptibles! Pero su triunfo, su especialidad, es la curación de la gente que oyen Voces, como Juana de Arco, por ejemplo. Ese es su principal título para la estimación pública. 
El tratamiento del Dr. Chavassus es totalmente racional; su divisa es: «¡Todo para el Sentido común y por el Sentido común!» Con él ya no hay que temer más inspiraciones heroicas. Este príncipe del saber impediría, si es necesario, que un enfermo distinguiera incluso la voz de su conciencia. Y garantiza, con indemnización, que cualquier Juana de Arco, cuando saliera de sus iluminadas manos, no oiría ninguna especie de Voz (ni siquiera la suya), y que sus pabellones estarán tan velados en ella como cualquier oido serio y racional debe estarlo hoy en día.
Ya no habrá más irreflexivos arranques debidos, por ejemplo, a la excitación que los viejos cantos patrióticos despiertan, de una manera enfermiza, en el corazón de los últimos entusiastas. ¡Nada de infantilismos! ¡No temamos ya reconquistar provincias alocadamente!⁷ El Doctor está aquí. ¿Que os atormentan lejanos cantos de sirena de la Gloria?... Chavassus os quitará esos zumbidos de los oídos. ¿Que oís unos sublimes acentos, en el silencio, como si el alma de vuestro país os hablase?... ¿Que experimentáis sobresaltos de sublevado honor cuando el sentimiento del valor vencido de la indomable esperanza de los grandes mañanas enciende vuestro corazón y hace enrojecer el lóbulo de vuestras orejas?... ¡Rápido! ¡Rápido!, a casa del Doctor: ¡él os aliviará de tales picores!
Su consulta es de dos a cuatro. Y ¡qué hombre más amable!, ¡encantador!, ¡irresistible! Entráis en su despacho, una habitación decorada con esa ornamentación severa que es propia de la Ciencia. Como único objeto de lujo, veréis un manojo de cebollas colgando de un busto de Hipócrates, para indicar a las personas sentimentales que podrán procurarse, si lo necesitan, lágrimas de gratitud tras el éxito del tratamiento. 
Chavassus les indicará un sillón fijado al suelo. Apenas se hayan instalado cómodamente, unas bruscas grapas, semejantes a garras de tigre, le impedirán realizar, desde ese mismo momento, el más ligero movimiento. Entonces, el Doctor os mira durante algún tiempo, bien de frente, alzando las cejas, empujando el carrillo con su lengua y con un mondadientes en la mano, para testimoniaros así el violento interés que le inspiráis.
—¿Habéis tenido a menudo, en la vida, las orejas gachas? —os pregunta. 
—Pues... como todo el mundo, hoy en día —respondéis alegremente—. Algunas veces, para distraerme 
—En tal caso, esperad —dice el Doctor—. Son ecos, amigo mío; no son Voces lo que habéis oído.
Y de repente, precipitándose hacia vuestra oreja, acerca su boca. Después, con una entonación primero lenta y baja, pero que no tarda en inflamarse como el rugido del trueno, articula esta única palabra: «HUMANIDAD». Con la mirada en su cronómetro, llega, tras veinte minutos, a pronunciarlo diecisiete veces por segundo, sin confundir las sílabas, resultado logrado tras muchas vigilias, fruto de numerosos y peligrosos ejercicios.
Así pues, él repite esa palabra, de esa sorprendente manera, en vuestra oreja: ¡no porque ese vocablo tenga, para él, un sentido especial! ¡Al contrario! (El sólo lo utiliza, personalmente, al igual que cierto cantante utilizaba la palabra «Carcassone» todas las mañanas, para aclararse la garganta, eso es todo.) Pero le atribuye virtudes mágicas y pretende que cuando ha dormido bien, cuando ha castrado y enviscado el cerebro de un enfermo con esa palabra, la curación está conseguida en sus tres cuartas partes. 
Una vez hecho esto, él pasa a la otra oreja y susurra, con las inflexiones de una tirolesa, alrededor de noventa terminaciones de su propia cosecha. Tales terminaciones se aplican a las desinencias de ciertos términos pasados de moda y cuya significación es imposible encontrar, por ejemplo, palabras tales como: ¡Generosidad!... ¡Fe!... ¡Desinteresadamente!... ¡Alma inmortal!..., etc., y otras expresiones fantásticas. Al final le escucháis moviendo suavemente la cabeza de arriba a abajo; sonreís, en una especie de éxtasis. 
Al cabo de una media hora, tras haber llenado el jarrón de vuestro entendimiento de esa manera, es preciso taponarlo, ¿no es cierto?... por temor a que su precioso contenido se evapore. Por lo tanto, Chavassus, en el momento que juzga psicológico, os introduce dos hilos de cobre especialmente recubiertos, preparados y saturados de un fluido positivo cuyo secreto poseé. ¡Silencio! ¡No se mueva!... Acciona el interruptor de una pila cercana; la chispa entra en vuestra oreja. Treinta mil platillos resuenan en vuestro cráneo. Las grapas y el sillón soportan el duro salto cuyo empuje contenido saboreáis interiormente.
—¿Y bien? ¿Qué?... ¿qué?... ¿qué?...  —os repite sin cesar, sonriendo, el Doctor.
Segundo chispazo. ¡Crac! Es suficiente. ¡Victoria!... El tiempo no está destrozado, es decir, ese misterioso punto, ese punto enfermo, ese inquietante punto que, en el tímpano de vuestra miserable oreja, llevaba a vuestro espíritu aquel zumbido de gloria, de honor y de valor. Estáis salvado. No oirés nada más. ¡Milagro! ¡La Abstracción y la Terminación tapan todos los gritos de cólera ante el viejo Ideal asesinado! ¡El exclusivo amor por vuestra salud y por vuestras comodidades os inspira un ilustrado desprecio ante cualquier ofensa! Desde ahora estáis a cubierto de diez mil claques, ¡¡¡AL FIN!!! Respiráis. Chavassus os propina una palmada en la nariz como señal de curación; os levantáis; sois LIBRE...
Si aún tenéis algunos pueriles renacimientos de dignidad, si, en una palabra, todavía dudáis, el Doctor Tristán, mientras masca su mondadientes, os propina, en la caída de vuestros lomos, una fuerte patada, que recibís con un corazón desbordante de gratitud y mirando el manojo de cebollas. Ya estáis seguro. Os marcháis después de haberle cubierto de oro. Salís de su casa, fresco, dispuesto, decidido (com ese bonito traje nuevo, vulgo frac, alias chaqué, con el que lleváis, tan divinamente, el luto por las palabras que habéis matado), al alegre sol, con las manos en los bolsillos, con aspecto de entendido, el ojo fino, con el espíritu bien librado de todas esas vanas y confusas Voces que, todavía la víspera, os perseguían. Sentís que el Sentido común impregna, como un bálsamo, todo vuestro ser. Vuestra indiferencia... ya no conoce fronteras. Estáis consagrado por un razonamiento que os hace superior a cualquier vergüenza. Os habéis convertido en un hombre de la Humanidad.

¹ Músico, familiar de Augusta Holmes.
² «Hijo del Señor, ¿piensas tú que esos huesos pueden revivir?». Villiers cita la Vulgata de memoria, ya que este texto no pertenece a Isaías sino a Ezequiel XXXVII, versículo 3, y sus primeras palabras son «Fili hominis», es decir, hijo del hombre.
³ Para siempre.
L'Eve nouvelle era el título primitivo con que se publicó en 1880 La Eva Futura. Edison es uno de sus personajes principales.
Se refiere a Alsacian y Lorena, perdidas en 1871 como consecuencia de la guerra franco-prusiana.
Esta locución, que no aparece reseñada en ningún diccionario, es una invención de Villiers. Podría referirse a las terminaciones que se dan en el argot a algunas palabras, como la terminación -muche, en el argot francés.

lunes, 6 de abril de 2020

Antología de inventos inventados: B. I. El aparato para el análisis químico del último suspiro

Villiers de L'Isle-Adam es un autor que ni aún póstumo ha captado toda la atención que merece. Sus narraciones son prodigios de imaginación que revelan a un autor capaz de proponer fantasías de la más variada invención. Es precisamente ésta última palabra la que define al cuento que ahora presento. Una invención que especula sobre uno de los grandes problemas de la humanidad: la melancolía, pero no cualquiera, sino la que uno experimenta por la perdida de un ser amado. ¿Cuánto tiempo, fuerza, vida y demás habremos perdido e invertido en sufrir por aquello que es irrecuperable e irreparable? Villiers nos presenta la solución, ¡y qué solución! Un mitridatismo tanatológico: superar la muerte del ser querido antes de que ésta acaesca. Hay una razón práctica tras esta necesidad: ahorrarse los sentimentalismos, el disgusto, el miedo... el dolor. ¿La inspiración es mezquina o justificada? Juzguen ustedes. Resta decir que el método y el aparato —invento inventado— descritos en el cuento no son algo gratuito. Los griegos creían que la respiración estaba fuertemente ligada con el alma (no por nada las expresiones de «exhalar la vida» o «con mi último aliento»). La letra Ψ (Psi) es el dibujo estilizado de una mariposa que en griego es psije - soplo - mariposa; o como más comúnmente se le conoce: alma. Tiene sentido pensar que el alma abandona el cuerpo como una mariposa, por ello me encanta el argumento de Villiers, que pretendería recolectar algunas mínimas expresiones del alma: los suspiros, para vacunar al hombre contra el dolor de la muerte.

Este cuento fue publicado por primera vez en La Semaine parisieme, el 21 de mayo de 1874 como L' Appareil du Dr. Abeille E. E. pour l'analyse chimique du dernier soupir; es publicado por segunda vez en La Lune rousse, núm. 78, el 2 de junio de l878, con el titulo de L' Appareil du Professeur Schneitzoëffer junior, y la última publicación es la de L' Etoile française, el 7 de enero de 1881, con el título Apparel pour l'analyse chimique du dernier soupir.

Utile dulci.
FLACCUS¹

¡Está hecho! No se pueden contar nuestras victorias sobre la Naturaleza. ¡Hosanna! ¡Ni siquiera el tiempo de pensar en ello! ¡Qué triunfo!... En efecto, ¿para qué pensar? ¿Con qué derecho? Y además: ¿pensar?, en el fondo, ¿qué quiere decir? ¡Palabras!... ¡Descubramos apresuradamente! ¡Inventemos! ¡Olvidemos! ¡Encontremos! ¡Recomencemos y sigamos! ¡Cuerpo a tierra! ¡Bah! La Nada sabrá reconocer a los suyos.²
¡Oh, magia! ¡He aquí que finalmente los más sutiles instrumentos de la Ciencia se convierten en juguetes entre las manos de los niños! Testigo, el delicioso Aparato del profesor Schneitzoëffer jr., de Nuremberg (Baviera), para el análisis quimico del ultimo suspiro.
Precio: un doble thaler —(7,95 fr. con la caja)—, ¡un regalo!... Franquear. Sucursales en París, en Roma y en todas las capitales. Porte incluido. Evitar las falsificaciones.
Gracias a este Aparato, desde este momento, los niños podrán echar de menos a sus padres sin dolor.
¡EI bienestar fisico ante todo! Aunque se parezca a la descripción que el moralista nos da del interior de un convento en Justine, o la Virtud recompensada
Hay que preguntarse, en una palabra, si la Edad de oro no vuelve.
Naturalmente, semejante instrumento encuentra su lugar entre los obsequios útiles como regalo entre las familias, con un doble valor: la alegria de los niños y la tranquilidad de los padres.
También es posible deslizarlo en un huevo de Pascua, colgarlo del árbol de Navidad, etc.
El ilustre inventor hace una rebaja a aquellos periódicos que quieran ofrecerlo como regalo a sus suscriptores; igualmente es recomendable para los promotores de tómbolas; las loterías nacionales piden cada vez más.
Esta joya puede colocarse, a propósito, bajo la servilleta de un abuelo en una cena de fiesta —o en un banquete de bodas— o en la cesta, como un presente para la abuela, o tambien entregarse, simplemente, en mano, a los progenitores de los viejos amigos de provincias cuando se deseé causar eso que se llama una encantadora sorpresa.
En efecto, imaginemos la hora de la siesta en una pequeña ciudad. Las madres de familia, una vez hechas sus compras, han vuelto a sus casas. Han cenado. La familia ha pasado al salón. Es una de esas tardes sin visitas, en las que, reunidos alrededor de la chimenea, los padres están un poco adormecidos. La lámpara alumbra poco, y la pantalla reduce aún más su luz. Las inclinadas puntas de los gorros de seda negra sobrepasan las orejeras de los sillones. La lotería, a veces tan trágica, está suspendida; el juego de la Oca está guardado en el gran cajon. El periódico yace a los pies de los durmientes. El viejo invitado, discipulo (en voz baja) de Voltaire, digiere apaciblemente, hundido en alguna mullida poltrona. Sólo se oye la aguja de la joven picando su bordado junto a la mesa y acompasando así la tranquila respiración de los autores de la suya, todo medido por el tic-tac del péndulo. Resumiendo, el honesto salón burgués respira la quietud bien adquirida.
Dulce cuadro de familia, el Progreso, lejos de excluiros, os rejuvenece, como un hábil tapicero renueva unos muebles de antaño.
Pero no nos enternezcamos.
¿Cómo se divertirán entonces los niños, en lugar de hacer ruido y despertar a sus airados padres, con esos antiguos juguetes, tan ruidosos? ¡Mirad! Ved cómo vienen, de puntillas, on tip toe, reprimiendo las frescas carcajadas de sus locas risas inextinguibles. ¡Silencio!... Inocentemente, acercan a la boca de sus ascendientes el pequeño aparato del profesor Schneitzoëffer, jr. (En Francia se dice Bertrand, para abreviar.)⁴
¡Ese es el juego! ¡Pobres pequeños!... ¡Practican!... Preludian ese momento (¡ay! al cual debería ser normal acostumbrarse pronto), en el que lo harán de verdad. Desgastan así, en una especie de gimnasia moral, lo demasiado punzante de la pena que sentirían por la pérdida de sus parientes (y no esa ficticia costumbre). ¡Embotan de antemano el desconsuelo final!
Lo ingenioso del proceso consiste en recoger, en ese alambique de lujo, una buena cantidad de anteúltimos suspiros, durante el sueño de la Vida, para poder, un día, al comparar los pálpitos, reconocer en qué se diferencia el primero del sueño de la Muerte. Tal divertimento es un fortificante preventivo, que depura los tiernos temperamentos de nuestros benjamines de cualquier predisposición a la emociones demasiado dolorosas, desde ahora y para siempre. Les familiariza artificialmente con las angustias del día de luto, que, ENTONCES, ya serán conocidas, asumidas e insignificantes.
¡Y cómo, al despertar, se abrazan a todas estas cabecitas rubias! ¡Con qué dulce melancolía aprietan contra su corazón a estos alegres traviesos! 
¿Podríamos, sin faltar a nuestro deber de filósofo, resistir deber de repetirlo una vez más? ¿A disgusto? Es una joya científica, indispensable en cualquier salón de buena compañía, y los servicios que puede dar a la sociedad propiamente dicha y al Progreso prescriben, sin lugar a dudas, la obligación de preconizarlo entusiásticamente. 
Nunca estará de más inculcar a la juventud —y muy pronto, incluso a la infancia— el gusto por este higiénico recreo. 
El aparato Schneitzoëffer, jr. —el único que tonifica los nervios de los niños demasiado cariñosos—, está destinado a convertirse, por así decirlo, en el vademecum del colegial de vacaciones, del amable espabilado, que estudiará su aplicación, entre la de los verbos pronominales o deponentes. Sus maestros le exigirán esto como un trabajo, A su vuelta, podrá poner el juguete en su pupitre. 
¡Siglo feliz! En su lecho de muerte, ahora, ¡qué consuelo para los padres el pensar que esos dulces seres —¡demasiado amados!— no perderán ya el tiempo —¡que es dinero— en los inútiles flujos de las glándulas lacrimales y en ridículos gestos que provocan, casi siempre, inopinadas muertes!... ¡Cuántos inconvenientes se evitarán con el uso cotidiano de este aparato! 
Una vez asentada la costumbre, los herederos —habiendo adquirido la indiferencia iluminada, simpática, triste, en fin, conveniente—, ante el óbito de los suyos —al haber, digámoslo así, diluido la desolación desde hace mucho tiempo—, no tendrán que temer las consecuencias del trastorno y aturdimiento en el que la inmediatez de los preparativos sumía a veces a los antepasados: estarán vacunados contra tal desesperación. Una nueva era se va a inaugurar, positivamente, a este respecto.
Los funerales se haran sin problemas y, por así decirlo, sin esmero. 
En cualquier circunstancia nuestra divisa debe ser ésta (¡no lo olvidemos nunca!): ¡Calma! Calma. Calma. 
Así, los intereses, desatendidos los primeros días, el espanto y el desconcierto del momento que sólo beneficia a la proverbial rapacidad de los sepultureros (¡qué negros enredadores!), los testamentos redactados apresuradamente y, como se suele decir, de cualquier modo —incomprensibles hológrafos sobre los cuales se abate la bandada de cuervos de los abogados con gran perjuicio de los colaterales, inconsolables—, las últimas instrucciones dictadas atolondradamente por los moribundos, el abandono de la casa mortuoria, las dilapidaciones de los criados, ¡cuántos detrimentos puede conjurar el uso diario del aparato Schneitzoëffer, jr.! 
Se escamotearán⁵ los cadáveres lo más rápidamente posible, y ni siquiera se darán cuenta, en la casa, de vuestra desaparición. Continuará, en ese momento, la razonable rutina. 
Las artes se resentirán. Gracias a él, en unos diez años, el cuadro de la Hija de Tintoretto⁶ ya no será famoso sino como coloración, y las marchas fúnebres de Beethoven y de Chopin sólo se comprenderán como música de baile. 
¡Oh! ¡No ignoramos contra qué prejuicios tiene que luchar Schneitzoëffer!... Pero, ¿estamos, sí o no, en un siglo práctico, positivo e ilustrado? Sí. Pues bien, ¡seamos de nuestro siglo! Hay que pertenecer al siglo. ¿Quién quiere sufrir, hoy en día? ¿Realmente? Nadie. Por lo tanto, nada de falso pudor ni sensiblería de mal gusto. Fuera sentimentalismos estériles, dañinos, a menudo exagerados, y que no engañan ni a los transeúntes, esos del convenido gesto de quitarse el sombrero ante los coches fúnebres.
¡En nombre de la Tierra, un poco de sentido comun y de sinceridad! Por más importancia que nos diésemos, ¿éramos visibles en el microscopio solar hace unos años No. Así pues, ¡no condenemos demasiado deprisa lo que nos choque, por falta de costumbre y de reflexión suficiente! Valientes librepensadores, pongamos de moda la sonriente dignidad del dolor filial, podándolo, de antemano, de esos aspectos descerebrados que rozan, las más de las veces, lo grotesco.
Digamos más: la piadosa postración del niño que ha perdido a su anciana madre, por ejemplo, ¿no es (en nuestros días) un lujo que los indígenas, acuciados por una tarea obligatoria, no pueden permitirse? El ocuparse de este mórbido ensueño no es, pues, de primera necesidad: ¡podemos pasar sin él! ¿Qué otra cosa son los gemidos de la gente acomodada sino un gasto de tiempo social compensado por el quehacer de las clases trabajadoras, que menos favorecidas por la dama Fortuna, refuerzan los suyos? 
El rentista no llora a los suyos sino a costa de los necesitados: se hace ofrecer, implíicitamente, el coste social de tal prerrogativa, las lágrimas, por esos mismos que no tienen la posibilidad de derramarlas sino a escondidas. 
Está demostrado que, hoy en día, todos pertenecemos a la gran Familia humana. Entonces, ¿por qué echar de menos a éste en lugar de aquél?... Concluyamos: puesto que todo se olvida, ¿no vale más acostumbrarse al olvido inmediato? Los gestos más alocados, los llantos, los hipos mejor entrecortados, los gritos y lloriqueos más sentidos no resucitan, ¡lástima!, a nadie. 
¡Felizmente!... por que si no, ¿no estaríamos muy pronto tan apretados, en el planeta, como un banco de arenques? Prolíferos como somos, sería insoportable. La ineluctable profecía de los economistas se cumpliría en un corto plazo; el digno Pólipo humano moriría de plétora, y, una vez reconocidas como insuficientes las soluciones intermitentes de las guerras o epidemias, el pegarse unos con otros, con grandes golpes, a la salida del baile, se convertiría en indispensable si persistiéramos en querer respirar o circular en este globo, globo en el que la Ciencia nos prueba, por A más B, que no somos, después de todo, sino una miseria provisional. 
Dicho sea esto para esos burlones, ¿saben?, para esos oscuros escritores a quienes hay que leer varias veces si se quiere desentrañar el verdadero significado de lo que dicen.⁷
—¡Sin dolor! ¡Señores! ¡Acudan! ¡Pidan! ¡Háganse servir! ¡7,95 fr. con caja incluida! Vean... señoras y senores, ¡el objeto!.. ¡El alma está en el fondo. Debe estar al fondo! El cuadro que enseñan allí, en el escaparate, al extremo de mi vara, representa al ilustre profesor en el momento en que, al desembarcar en los muelles del Sena, es recibido por el señor Thiers, el Shah de Persia y una multitud de personajes famosos. ¡El instrumento es inofensivo! lotalmente inofensivo. Sobre todo si se quieren tomar la molestia de leer (no con una mirada perdida y distraída, como ésa con la que me honráis en este sublime momento, Sino con atención y madurez) las instrucciones que lo acompañan. Los reactivos empleados —revulsivos, tóxicos y esternutarios— son un secreto del Inventor, la Administración de patentes nos prohíbe, desgraciadamente, que los divulguemos. El aviso nos ha llegado ayer, por los oficios de la Oficina de las escarapelas.
»Sin embargo, para asegurar a los clientes de la Burguesía, clase a la que se dirige, muy especialmente, el profesor, podemos revelar que la mixtura contenida en la bola de cristal multicolor que constituye Aparato en su forma, está compuesta de nitroglicerina y todo el mundo sabe que nada hay más inofensivo y untuoSO que la glicerina. Empleada diariamente para el aseo. (Agítese antes de usar.) ¡Apresúrense! ¡Estas ortopédicas joyas del corazón son el éxito del momento! ¡Nos las quitan de las manos! ¡La fabrica de Nuremberg esta sobrecargada de trabajo!...
»El extraño profesor Schneitzoetfer, jr., está desesperado, al no poder dar abasto a los pedidos a pesar de los obstáculos que pone, en todo momento, el clero. 
»Tesoro de los nervios, calmante gradual, Oued-Allah⁸ de las familias, este Aparato se impone a los padres serios que, libres de los prejuicios de corazón, juzgan que si el sentimiento es una cosa dulce en sus momentos, no hace falta demasiado, cuando verdaderamente se es un Hombre.
En efecto, bajo la antigua luz de los astros, humanidad sólo se llama ya, hoy en día, al público, y Hombre al individuo. Tomamos por testigo de ello no ya a un firmamento vago y pasado de moda, sino al Sistema solar, señoras y señores, sí, ¡al Sistema solar! desde Mercurio al inevitable Zeta Hércules*»

* Sabido es, hoy en día, que la totalidad de nuestro sistema solar se
dirige, insensiblemente, hacia el punto celeste marcado por la sexta estrella de la constelación de Hércules (es decir, Zeta Hércules, en nuestro lenguaje)⁹ Este abismo ígneo —de dimensiones tales que las cifras que lo expresan confundirían en cierta manera el pensamiento (en el caso de que, para aquéllos que piensan, el cielo aparente pudiera tener alguna importancia)— parece, en astronomía, que debe ser el fin o la desaparición inevitable, en efecto, de nuestro conjunto de fenómenos. Es sin duda a este desenlace a lo que quiere referirse el profesor bávaro. Lo que nos tranquiliza, a nosotros, Franceses, es que lo sabemos tan bien como él y que, a pesar de todo, tenemos el tiempo de pensar en ello. [Nota de Villiers.]

¹ «Útil para lo agradable». Cita de Horacio, Ars Poetica, verso 343, acerca de la poesía. Villiers se divierte designando a Horacio por su segundo nombre.
² Parodia de la orden de Simón de Monfort en la cruzada contra los Albigenses: «¡Matad todo! Dios reconocerá a los suyos.»
³ Villiers mezcla los titulos de dos obras del marqués de Sade, calificado como «moralista»: Justine o las desventuras de la Virtud y Juliette o la prosperidad del Vicio, en las que varias escenas se desarrollan en un convento.
⁴ Villiers toma prestado el nombre del científico a un músico frances, muerto en 1852, que en sus tarjetas de visita ponía: «Schneitzoëffer, pronunciado Bertrand».
Villiers utiliza el verbo escoffier que significa «matar», dándole el significado de «escamotear o hacer desaparecer».
⁶ Famoso cuadro de León Coignet, El tintoretto peinando a su hija muerta, expuesto en el Salón 1845.
⁷ Es decir, él mismo y sus amigos como Mallarmé.
⁸ Licor parecido al chartreuse fabricado en Argelia.
 La creencia de que el sistema solar se encaminaba hacia la constelación de Hércules formaba parte de las ideas popularizadas en el siglo XIX.

lunes, 11 de noviembre de 2019

Antología de inventos inventados: A. I. La cartelera celeste

Una característica constante que suelen tener los cuentos que hablan sobre inventos maravillosos es el tono de anuncio o comercial que toman. Se nos presenta la innovación en cuestión alabando sus ventajas; señalando la marcada diferencia entre el antes y el después de su existencia. Si el autor es visionario (como Villers de L'Isle-Adam) no sólo se limitará a enumerar sus utilidades próximas, sino que podrá especular más allá de lo que el propio invento implica.
A veces el inventor es aludido, y cuando es así, hay siempre loas hacia su persona. Pero el inventor es su invento y toda su biografía —si se toca el tema— importa por los hechos que le permitieron dar a luz su revolución tecnológica.
Siempre se habla en un tono que excluye las supersticiones; el progreso no tiene espacio para esos obstáculos mentales. Así, arcaísmos religiosos, el pasado y el romanticismo son vistos como bacterias en la sociedad, con urgencia por la desinfección.
Estas innovaciones nacen de la necesidad (las más de las veces mezquina y superficial) de aprovechar un bien potencial, algo que parece no servir para nada. El molino usando la corriente del río, las turbinas eólicas, los paneles solares y todos las tecnologías que aprovechan la despropocitada fuerza de la naturaleza tienen un valor similar, pero aceptable. Pero a estas tecnologías negligentes descritas en la literatura, las inspiran fantasías ambiciosas de dinero y de prestigio.
Con todo, son capaces de mostrar el materialismo más patético del hombre, sirven de radiografía de las motivaciones que estimulan la vida de una sociedad. Háblame de tu tecnología y describiré tu alma, es lo que pienso.

Al señor Henry Ghys¹

Eritis sicut dii.
Antiguo testamento.²

Cosa extraña y capaz de despertar La sonrisa de un financiero: ¡se trata del Cielo! Pero entendámonos: del cielo considerado desde el punto de vista industrial y serio.
Ciertos acontecimientos históricos, hoy en día científicamente confirmados y explicados (o algo parecido), por ejemplo: Laborum de Constantino,³ las cruces reflejadas en las nubes por unas llanuras nevadas, los fenómenos de refracción del monte Brocken⁴ y ciertos espejismos en las regiones boreales, intrigaron notablemente y, por así decirlo, picaron la curiosidad, de un sabio ingeniero meridional, el señor Grave, que concibió, hace ya algunos años, el luminoso proyecto de utilizar las anchas extensiones de la noche, y elevar, en una palabra, el cielo a la altura de la época.
En efecto, ¿para qué esas azuladas bóvedas que no sirven sino para desbocar las imaginaciones enfermizas de los últimos visionarios? ¿No se obtendrá un legítimo derecho al reconocimiento público, y, digámoslo (¿por qué no?, a la admiración de la Posteridad, al convertir esos estériles espacios en espectáculos real y fructíferamente instructivos, al utilizar las inmensas llanuras y obtener, al fin, un buen rendimiento a esos Solognes⁴° indefinidas y transparentes?
No se trata aquí de sentimentalismos. Los negocios son los negocios. Es preciso pedir colaboración, y también, sí fuese necesario, la energía de la gente seria sobre el valor y los resultados pecuniarios del inesperado descubrimiento del que hablamos.
En un principio, el fondo mismo del asunto parece prácticamente Imposible y linda casi con la Locura. Roturar el azul, acotar el astro, explotar los dos crepúsculos, organizar la noche, disfrutar del cielo hasta ahora improductivo, ¡qué sueño!, ¡qué espinosa aplicación, erizada de dificultades! Pero, movido por el espíritu del progreso, ¿de qué problema no hallará el hombre solución?
Imbuido en esta idea y convencido de que si Franklin, Benjamin Franklin, el impresor, había arrancado el rayo del cielo, debía ser posible, a fortiori, emplear este último con fines humanitarios; el señor Grave estudios, viajó, comparó, gastó, forjó, y, a la larga, tras haber perfeccionado las enormes lentes y los gigantescos reflectores de los ingenieros americanos, sobre todo los aparatos de Filadelfia y Quebec (que cayeron, por falta de un talento tenaz, en el dominio del Cant y del Puff⁵), el señor Grave, decimos, se propone (provisto de las patentes necesarias) ofrecer, a nuestras grandes industrias de manufacturas e incluso a los pequeños comerciantes, la ayuda de una Publicidad absoluta.
Cualquier competencia sería imposible ante el sistema del gran divulgador. Podemos imaginarnos alguno de nuestros grandes centros comerciales, con sus agitadas poblaciones, como Lyon, Burdeos, etc., en el crepúsculo. Desde aquí vemos ese movimiento, esa vida, esa extraordinaria animación que sólo los intereses financieros son capaces de dar, hoy en día, a ciudades serias. De repente, unos potentes haces de magnesio o de luz eléctrica, cien mil veces aumentados, surgen de la cima de alguna florecida colina, encanto de las jóvenes parejas —de una colina semejante, por ejemplo, a nuestro querido Montmartre—; esos rayos de luz, mantenidos por inmensos reflectores multicolores, envían bruscamente al cielo, entre Sirio y Aldebarán, al Ojo del Toro o bien justo en medio de las Híadas, la graciosa imagen de ese joven adolescente que sostiene un echarpe en el que leemos todos los días, con un renovado placer, estas bellas palabras: ¡Se restituye el oro de cualquier objeto que haya dejado de gustar! ¿Puede uno imaginarse las diferentes expresiones que tendrían, entonces, todos los rostros de la multitud, esas iluminaciones, esos bravos, esa alegría? Tras el primer movimiento de sorpresa, muy perdonable, los antiguos enemigos se abrazan, los más amargos resentimientos domésticos son olvidados: se sientan bajo el emparrado para mejor degustar el espectáculo a la vez magnífico e interactivo, y el nombre del señor Grave, llevado por las alas de los vientos, vuela hacia la Inmortalidad.
Basta reflexionar un poco para comprender los resultados de tan ingeniosa invención. ¿No debería extrañarse la Osa Mayor si entre sus patas, repentinamente, surgiera, este inquietante anuncio: ¿Son necesarios los corsés?, ¿sí o no? O mejor aún: ¿no sería un espectáculo capaz de alarmar las conciencias melindrosas y de llamar la atención de los clérigos el ver aparecer, en el mismo disco de nuestro satélite, en la alegre cara de la Luna, ese maravilloso anuncio que todos nosotros hemos admirado en los bulevares y que tiene como lema: Para el Hirsuto?⁶ ¡Qué genialidad si en uno de los segmentos trazados entre la v del Taller del Escultor,⁷ se leyera: Venus, reducción Kaulla!⁸ ¡Qué emoción si, en relación con esos licores de postre cuyo uso se recomienda por más de una razón, se percibiera, hacia el sur de Regulus, la capital de León, en la punta misma de la Espiga de la Virgen,⁹ un Ángel, sosteniendo un frasco en la mano, mientras que de su boca salía era un papel en el que se leyeran estas palabras: ¡Dios, qué bueno!...
Se entiende que aquí se trata de una empresa de anuncios sin precedentes, de responsabilidad ilimitada, con material infinito: hasta el Gobierno podría garantizarla por primera vez en su vida.¹⁰
Sería ocioso insistir en los servicios verdaderamente eminentes que tal descubrimiento está llamado a rendir a la Sociedad y al Progreso. ¿Se imaginan, por ejemplo la fotografía sobre vidrio y el procedimiento Lampascope¹¹ aplicados de esta manera —es decir, aumentado cien mil veces— bien para la captura de los banqueros en fuga, bien para la de los malhechores famosos? En lo sucesivo, el culpable fácil de seguir, como dice la canción, no podría sumarse a la ventana de su vagón sin ver a las nubes su denunciadora imagen.
¡Y en la política!, ¡en materia de elecciones, por ejemplo! ¡Qué preponderancia! ¡Qué supremacía! ¡Qué increíble simplificación de los medios de propaganda, siempre tan onerosos! ¡Ya no habría más papeles azules, amarillos, tricolores, que llenan los muros y nos repiten sin cesar el mismo nombre, con la obsesión de un mareo! ¡Ninguna más de esas fotografías tan caras (y a menudo imperfectas) y que no consiguen su objetivo, es decir, que no exitan en absoluto la simpatía de los electores, ya por el aire de majestuosidad del conjunto! Porque, al fin y al cabo, el valor de un hombre es peligroso, perjudicial y más que secundario, en política; lo esencial es que tenga un aire «digno» a los ojos de sus electores.
Supongamos que en las últimas elecciones, por ejemplo, los retratos de los señores B... y A... (*)¹² hubieran aparecido todas las noches, en tamaño natural, justo bajo la estrella B de la Lira. ¡Estarán de acuerdo en que ése era su lugar! puesto que esos hombres de Estado cabalgaron antaño a lomos de Pegaso, si damos crédito a la Fama. Los dos habrían sido expuestos allí, durante la noche que precedió al escrutinio; ambos ligeramente sonrientes, la frente velada por una conveniente inquietud, y sin embargo de aspecto tranquilo. El procedimiento del Lampascope podría incluso, con la ayuda de un ruedecita, modificar al instante la expresión de las dos fisonomías. Se hubiese podido hacerles sonreír al Futuro, llorar por nuestros desengañados, abrir la boca, arrugar la frente, hinchar la cólera de las aletas de la nariz, tomar un aire digno, en fin, todo cuanto concierne a la tribuna y da tanto valor al pensamiento de un verdadero orador. Cada votante habría hecho su elección, habría podido darse cuenta de antemano, habría podido hacerse una idea de su diputado, y no se le habría dado, como vulgarmente se dice, gato por liebre. Incluso se puede añadir que, sin el descubrimiento del señor Grave, el sufragio universal es una especie de burla.
En consecuencia, esperemos que uno de estos amaneceres, o mejor, una de estas noches, el señor Grave, con el apoyo y la ayuda de un Gobierno iluminado, comience sus importantes experimentos. Hasta entonces los incrédulos podrán reírse. Como cuando Lasseps habla de unir los Océanos¹³ (lo que ha hecho, a pesar de los incrédulos). La Ciencia tendrá, ahora, la última palabra y el señor Excesivamente Grave dejará de reír. Gracias a él, el Cielo acabará sirviendo para algo y adquiriendo, al fin un valor intrínseco.

*Los señores a los que el autor parece referirse han muerto mientras el texto estaba en imprenta [Nota del editor.]

¹ Músico y compositor (1839 - 1908), asiduo del salón de Nina de Villard que también era frecuentado por Villiers, que le pidió una obertura para su obra teatral Le Nouveau Monde.
² «Seréis semejantes a los dioses.» Frase de la serpiente para tentar a Adán y Eva (Génesis, III, 5).
³ Estandarte de Constantino en el que mandó sustituir el águila tradicional por la cruz que vio en el cielo cuando se dirigía a luchar contra Magencio. En la época de Villiers había variadas interpretaciones sobre éste y otros fenómenos parecidos. Tossenel explicó la visión de Constantino por el vuelo de un flamenco rosa.
Montaña alemana en la que, según la leyenda, las brujas celebraban el Sabbat y donde ocurrían fenómenos inexplicables.
⁴° «Solognes»: gran meseta situada en la parte central de Francia ejemplo de recuperación de áreas estériles.
«Afectación» y «Engolamiento». Palabras muy usadas en Francia en la época romántica.
En el primer texto de este cuento aparecía «A l'Herissé», eslogan de un sombrerero real del bulevar Sebastopol. Según la descripción aportada por Brismontier, en su Dictionnaire des Enseignes, editado por Balzac, representaba «a un hombre con una cabellera de puercoespín que se elevaba medio metro por encima de su cabeza, y difícil de arreglar para cualquier otro que no fuese el ingenioso industrial que la enarbolaba encima de su comercio».
⁷ Villers hace un juego de palabras entre los modelos de escultor y la letra griega v (leída en francés «nu» que significa «desnudo»).
⁸ La frase alude del proceso de reducción Collas para la reproducción de estatuas, y a Lucía de Kaulla, esposa del subjefe de gabinete en el Ministerio de la Guerra, e implicada en 1880 en el asunto de espionaje. Era además, según todas las crónicas, una mujer de pequeña estatura.
Regulus es la más brillante de las estrellas de la constelación del León, y la Espiga lo es la constelación de la Virgen. Para Pierre Citron, Villiers se divierte haciendo juegos de palabras porque una estrella no puede tener punta. Para Pierre Castex, Villiers transforma toda la constelación en el ángel que sirve de reclamo a los destiladores, ya que, según algunas representaciones astronómicas, la constelación representa un querubín con una espiga en la mano.
¹⁰ En el texto original, el gobierno no garantizaba el invento.
¹¹ Especie de linterna mágica en forma circular, en la que la luz emana de un núcleo central.
¹² Quizá habría que considerar esta nota como falsa. En su primera versión Villers nombraba a los políticos Barodet y Rémusat explícitamente, mientras que en la versión definitiva sólo lo hace con sus iniciales. París se apasionó con la lucha de estos dos hombres, candidato radical el primero, y gubernamental el segundo, a la sazón, ministro de Asuntos Exteriores; la victoria del primero provocó la caída del gobierno Thiers.
De nuevo Villers práctica juegos de palabras, ya que la suma de las iniciales de ambos candidatos, tal como están en el texto definitivo, sería «B... et A...» o lo que es lo mismo Beta, y en francés bête significa tonto, con lo que Villiers nos da la opinión que ambos le merecían.
¹³ Ferdinand de Lesseps fue un renombrado empresario francés, su compañía se encargó de la constitución del canal de Suez en Egipto y en la década de 1880 se encontraba en plena edificación del canal de Panamá. La empresa fracasó y en 1889 Lasseps se declaró en bancarrota. Para cuando se publica la versión definitiva de este texto (1881) Lasseps aún no recibía el duro golpe económico y poseía aún poseía una buena reputación como el hombre que estaba conectando los océanos.

5. En torno a creación y tradición

Me gusta pensar que mi identidad es como un cielo nocturno, con una serie de estrellas componiendo constelaciones que representan todas esas...