sábado, 4 de mayo de 2019

Antología de cuentos sobre antropofagia: AII.1. Capitulo XII de Cándido

Cándido de Voltaire es una de las narraciones más descaradamente crueles que haya tenido oportunidad de leer. Las iniquidades están a la vuelta de la esquina y cada paso es un tropiezo potencialmente peor que el anterior para sus personajes. 
Este capítulo —que ofrezco completo— es una suerte de relato enmarcado, al estilo de Las mil y una noches, por lo cual puede funcionar extraído de la novela. Repasa las tribulaciones de la sirvienta de Cuneguna, la querida de Cándido. No ofrezco antecedente, pues hacía el final se relata la razón que llevó a la vieja a contar su vida.
En cuanto al acto de antropofagia; se perfila uno de los motivos que orilla a las personas a comer carne humana: el aislamiento. No es complicado pensar en la situación extrema de un grupo de personas aisladas —naufragos, acediados, prisioneros, etc...— que al quedarse sin alimentos se ven forzados a comerse a un miembro del grupo. Éste tipo de antropofagia sigue siendo tabú, pero de alguna manera es permisible y aceptable en virtud de la situación que no ofrece más salida. Todos estos detalles me llevan a clasificar este relato dentro de lo crudo en la categoría de platillos
A medida que la antología recoja más textos no será raro seguir encontrando el motivo del aislamiento propiciatorio.

CAPÍTULO XII
Continuación de las desgracias de la vieja

     Extrañada y encantada de oír la lengua de mi patria, y no menos sorprendida por las palabras que aquel hombre profería, le contesté que mayores desgracias había que aquella de la que se quejaba. Le informé en dos palabras de los horrores que había soportado, y volví a desvanecerme. Me llevó a una casa próxima, mandó que me acostaran, que me dieran de comer, me sirvió y me consoló, me halagó, me dijo que no había visto nada tan bello como yo, y que nunca había echado tanto de menos lo que nadie podía devolverle. «Nací en Nápoles, me dijo, allí se capan a dos o tres mil niños todos los años; unos mueren, otros adquieren una voz más bella que la de las mujeres, otros se van a gobernar estados. Me operaron con éxito, y he sido músico de la capilla de la señora princesa de Palestrina. 
—¡De mi madre!, exclamé. 
—¡De vuestra madre! —exclamó él llorando— ¡cómo! ¡acaso sois aquella joven princesa a la que eduqué hasta los seis años, y que prometía ser tan bella como sois!
—La misma; mi madre a cuatrocientos pasos de aquí, descuartizada bajo un montón de muertos...»
     Le conté todo lo que me había ocurrido; me contó también sus aventuras, y me informó de que había sido enviado cerca del rey de Marruecos por una potencia cristiana, para firmar con este monarca un tratado por el cual le proporcionarían pólvora, cañones y barcos, para ayudarle a exterminar el comercio de los demás cristianos. «Mi misión está cumplida —dijo este honrado eunuco— voy a Ceuta a embarcar, y os llevaré de nuevo a Italia. Ma che sciagura d'essere senza c...! (Qué tragedia no tener testículos)
     Le di las gracias con lágrimas enternecidas; y en lugar de llevarme a Italia, me condujo a Argel, y me vendió al dey de aquella provincia. Apenas vendida, aquella peste que dió la vuelta a África, a Asia y a Europa, se declaró con furia en Argel. Habéis visto terremotos; pero, señorita, ¿habéis visto alguna vez la peste?
—Nunca —contestó la baronesa.
—Si la hubieseis tenido —prosiguió la vieja— confesaríais que está muy por encima de un terremoto. Es muy común en África —me dijo— Figuraos qué situación para la hija de un papa, con quince años, que en tres meses ha soportado la pobreza, la esclavitud, que ha sido violada casi todos los días, ha visto a su madre descuartizada, ha sufrido hambre y guerra, y moría apestada en Argel. Pero no me mató, sin embargo, mi eunuco y el dey, y casi todo el serrallo de Argel perecieron.
     »Cuando los primeros estragos de aquella espantosa peste pasaron, vendieron a los esclavos del dey. Un mercader me compró, y me llevó a Túnez; me vendió a otro mercader que volvió a venderme a Trípoli, de Tripoli fui vendida a Alejandría, de Alejandría a Esmirna, de Esmirna a Constantinopla. AI fin he pertenecido a un agá de janisarios, al que pronto se le ordenó que fuera a defender Azof contra los rusos, que lo asediaban.
    »El agá, que era hombre galante, se llevó a todo el serrallo, y nos alojó en un pequeño fuerte sobre los Palus-Meótides, guardado por dos eunucos negros y veinte soldados. Mataron a un número prodigioso de rusos, pero bien nos lo devolvieron. Azof fue puesto a sangre y fuego y no perdonaron ni sexo ni edad; sólo quedó nuestro pequeño fuerte; los enemigos quisieron hacerse con nosotros por hambre. Los veinte janisarios habían jurado no rendirse. Los extremos de hambre a que se vieron llevados les obligaron a comerse a nuestros dos eunucos, por temor a incumplir su juramento. Al cabo de unos días resolvieron comerse a las mujeres. 
     »Teníamos un imán muy piadoso y compasivo, que les hizo un bello sermón con el cual les convenció de que no nos mataran del todo. "Cortad, dijo, solamente una nalga a cada una de estas señoras, comeréis muy bien; si hay que repetir, tendréis otras tantas dentro de unos días; el cielo os agradecerá tan caritativa acción, y os socorrerá."
     »Tenía mucha elocuencia; les persuadió. Nos hicieron aquella horrible operación. El imán nos aplicó el mismo bálsamo que se pone a los niños a los que se acaba de circuncidar. Estuvimos todas a la muerte. 
     »Apenas hubieron tomado los janisarios la comida que les habíamos proporcionado, cuando llegaron los rusos en barcazas: no salió con vida ni un janisario. Los rusos no se fijaron para nada en el estado en que estábamos. Por todas partes hay cirujanos franceses; uno de ellos, que era muy hábil, se ocupó de nosotras; nos sanó, y toda la vida me
acordaré de que, cuando mis llagas estuvieron totalmente cerradas, me hizo proposiciones. En cuanto a lo demás, nos dijo a todas que nos consoláramos; nos aseguró que en varios asedios semejante cosa había ocurrido, y que era ley de guerra.
     »En cuanto mis compañeras pudieron caminar, las mandaron ir a Moscú. Le toqué en el reparto a un boyardo que me hizo jardinera suya y me dio veinte latigazos diarios; pero este señor habiendo sido condenado a la rueda al cabo de dos años con otra treintena de boyardos por alguna intriga cortesana, aproveché esa aventura: hui, crucé toda Rusia; fui mucho tiempo criada de cabaret en Riga, luego en Rostock, en Vismar, en Leipsick, en Cassel, en Utrech, en Leyde, en La Haya, en Rotterdam; me he hecho vieja en la miseria y el oprobio, no teniendo mas que medio trasero, acordándome siempre que era hija de un papa; cien veces quise matarme, pero todavía amaba la vida. Esta debilidad ridícula es quizá una de nuestras más funestas inclinaciones: pues ¿hay algo más necio que el querer llevar continuamente un fardo al que continuamente se quiere tirar al suelo? ¿tener a su ser en horror, y tener apego a su ser? ¿acariciar al fin a la serpiente que nos devora hasta que nos haya comido el corazón?. 
     »He visto en los países que el destino me ha hecho recorrer, y en las tabernas en las que he servido, a un número prodigioso de personas que aborrecían su existencia; pero no he visto más que a doce que pusieran voluntariamente fin a su miseria: a tres negros, cuatro ingleses, cuatro genoveses, y a un profesor alemán llamado Robeck. Terminé por ser criada en casa de don Isachar; me puso a vuestro lado, mi bella señiorita: me he unido a vuestro destino, y me he ocupado más de vuestras aventuras que de las mías. No os hubiera incluso hablado nunca de mis desgracias si no me hubierais provocado un poco, y si no fuera costumbre, en un barco, contar historias para no aburirse. En fin, señorita, tengo experiencia, conozco el mundo, concedeos un placer, invitad a cada pasajero a contaros su historia, y si no hay uno solo que no haya a menudo maldecido de su vida, y que no se haya dicho a sí mismo que era el más desgraciado de los hombres, tiradme al mar de cabeza.

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