lunes, 12 de marzo de 2018

Antología de cuentos musicales: 4. Sueño de flauta

1. Leo a cuentagotas Preceptiva Literaria de Juan Rey, una edición española de los 60, libro propiedad del doctor. En la página 8 hay algo que me dejó estupefacto: 

          3. Las bellas artes se dividen en ópticas y acústicas, según el medio material de que se sirven para realizar la belleza.

   LAS ARTES ÓPTICAS se valen de un medio que impresiona el sentido de la vista. Son la arquitectura, la escultura y la pintura.

   LAS ARTES ACÚSTICAS emplean un medio que hiere el sentido del oído. Son la música y la literatura.

La música y la literatura emparentadas a un nivel que ni sospechaba. Razón por la cuál elegí el siguiente cuento, dónde la música se vuelve palabra hasta poesía y aún así sigue sonando su tonada, su sombría melodía.
1.2. [subnota posterior a la publicación inicial de esta entrega de la antología] Curiosamente leí, hace poco, la introducción del libro Teoría general de la música de Hans Moser, publicado por la editorial UTEHA; en dicho material el autor analiza las relaciones de la música con otras artes. En principio cataloga a la música como un arte Elocutiva, Temporal y Dinámica, en contraposición con las artes Plásticas, Espaciales y Estáticas.  Propone una tabla donde, por proximidad de contiguidad, la Danza (mímica) queda a la izquierda de la Música y la Poesía queda a la derecha. A manera de espejo están en correspondencia la Pintura y artes gráficas, junto a esta Construcción (arquitectura) y al final Escultura (plástica).  Además de relacionarse directamente con la Danza y la Poesía, la Música, se relaciona directamente con la Construcción (arquitectura). No podría estar más de acuerdo. Cito: "Con las artes plásticas, en particular con la arquitectura, la música tiene en común la elaboración de las formas y la ornamentación estilística temporal. Con la danza y la mímica se dan relaciones de coincidencia rítmicas y otras, debido a la facultad de la música de evocar, mediante figuras rítmicas, movimientos del cuerpo y expresiones del alma."
2. La dinámica de trabajo en la materia de Historia de la música terminó siendo un tedioso ejercicio de exposiciones por equipos; uno de ellos habló sobre los Trovadores y Juglares medievales. Me llamó la atención el equivoco que cometieron al decir que los Bardos eran músicos, siendo que en realidad la figura del Bardo está más asociada con la de poeta (aunque algo hay de colindante entre los bardos y los juglares). El error deriva de tomar de manera literal la voz Cantar, siendo que al referirse al canto del Bardo se dice que Cantar es 13. tr. Componer o recitar textos en verso para celebrar algo o elogiar a alguien.  Cantar a la tierra natal, a la amada. U. t. c. intr.
3. Todo esto me recordó la fábula Canción de amor, de K. Gibrán Khalil, que versa sobre un bardo y su canción (esta última voz en el sentido de 

1. f. Composición en verso, que se canta, o hecha a propósito para que se pueda poner en música. Y 6. f. Métr. Antigua composición poéticaque podía corresponder a distintos géneros, tonos y formas, muchas con todos los caracteres de la oda.). En la versión en línea que hallé de la narración se sustituye la palabra bardo por poeta, supongo que por cuestiones de claridad.

4. En este cuento de Hesse la distinción entre Bardo, Poeta, Cantante y Trovador se ve un tanto diluida, haciendo pensar que a momentos el protagonista es o Poeta o Músico... Quizá no haya diferencia.

   —¡Mira! —me dijo mi padre al entregarme una pequeña flauta de marfil— tómala y no olvides a tu viejo padre cuando trates de agradar a la gente en tierras lejanas cuando la arranques armonías bellas. Ya es hora de que viajes por el mundo y adquieras conocimientos. Mandé hacer esta flauta porque veo que no te gusta hacer trabajo alguno, pero te gusta cantar. Sólo que siempre debes escoger canciones alegres y festivas o de lo contrario echarías a perder ese don que Dios te ha dado...
   Mi querido papá conocía poco de música, era un hombre de letras, y suponía que todo lo que tendría que hacer era soplar un poco la flauta y nada más. No quise decepcionarlo, así que le di las gracias y guardé la flauta en el bolsillo antes de despedirme.
   Yo no conocía nuestro pequeño valle sino hasta llegar al molino de la finca; de ahí en adelante comenzaba el mundo para mí y eso me dió mucho gusto. Una abeja, cansada de zumbar por ahí se posó en la manga de mi chaqueta, la cogí con cuidado y la guardé con el fin de que desde el primer sitio de descanso la pudiera enviar como mensajera de mis más cordiales saludos.
   Atravesé bosquecillos y praderas y seguí el curso del río; me fui dando cuenta de que el mundo era diferente a mi casa. Árboles y flores, las mazorcas de maíz y los arbustos de avellanos me platicaban al pasar. Me uní al coro de sus canciones y al escuchar la abeja los sones conocidos, despertó, subió hasta mi hombro y se echó a volar con su natural zumbido, dió un par de vueltas a mi alrededor y luego se alejó directa como una flecha rumbo a mi casa.
   Un poco después, una jovencita salió por entre la urdimbre del verde follaje con una canasta bajo el brazo y con su rubia cabeza cubierta por un ancho sombrero de paja.
   —¡Grüss Gott! —le dije tratando de ser cordial—¿dónde piensas ir?
   —Llevo comida a los segadores —me contestó al caminar graciosamente a mi lado— ¿Y tú, a dónde vas hoy?
   —Voy a conocer el mundo, mi padre me ha enviado. Piensa que debo dar conciertos con la flauta, pero no sé cómo hacerlo, necesito aprender primero a tocarla.
   —Vamos, vamos. ¿Qué es lo que realmente puedes hacer? Todo el mundo sabe hacer algo...
   —Pues, nada en especial. Puedo cantar.
   —¿Qué clase de canciones?
   —Tú sabes, toda clase de canciones, sones para la mañana y para el atardecer, para todos los árboles, animales y las flores. Por ejemplo, ahora puedo cantar una canción sobre una joven doncellita que sale del bosque con una canasta de almuerzo para los segadores.
   —¿Deveras? Vamos, pues cántala ya...
   —Está bien... ¿Pero cómo te llamas?
   —Brigitte.
   Entonces canté una linda canción sobre la bella Brigitte, con su sombrero de paja y lo que llevaba en la canasta, cómo las flores la contemplaban y una azul florecilla trataba de acariciarla. Todo eso con alusiones especiales. La chica prestaba gran atención y me dijo que la tonada era bonita. Cuando le dije que tenía hambre, destapó la canasta y me alargó un pedazo de pan. Le di una mordida y seguí caminando de prisa.
   De improviso, ella dijo con alegre gracejo:
   —No debes correr mientras comes. Cada cosa a su tiempo...
   Así que nos sentamos sobre el pasto, comí el pan mientras ella se mecía con las manos alrededor de sus rodillas.
   —¿Quieres cantarme otra canción? —me dijo cuando acabé el pan.
   —Por supuesto. ¿Qué clase de versos quieres? 
   —Versos sobre una doncella cuyo novio huye y está triste...
   —No. Eso no lo puedo hacer. No sabría cómo expresarlo, además, nunca debemos estar tristes. Yo debo cantar sólo cosas alegres y animosas. Eso me dijo mi papá. Te cantaré una sobre el cuchillo o sobre la mariposa...
  —¿Entonces, no sabes nada del amor? 
  —Del amor, pues claro que sí. Es lo más hermoso de la vida.
   Sin pérdida de tiempo le canté sobre el rayo del sol enamorado de los capullos de la amapola, al jugar alegremente sobre las flores. Sobre la hembra del pinzón que aguarda a su macho, pero que al verlo se lanza al vuelo pretendiendo estar aterrorizada. Luego le canté acerca de la doncella de ojos oscuros y de su joven cantor que recibe en premio un pedazo de pan hogareño, pero que ya no quiere más pan, sino un beso de la niña, y mirarse en sus ojos oscuros, tan hermosos, y que no dejará de cantar hasta verla sonreír y sellar sus labios con los suyos...
   Brigitte se inclinó al momento y oprimió sus labios con los míos, cerró los ojos y luego al abrirlos me miré reflejado en sus pupilas, fue un momento fugaz de dorados destellos y del brillo de las flores en la tibia pradera.
   —El mundo es muy hermoso —le dije—. Mi padre tenía razón. Ahora, déjame que te ayude con la canasta y la llevaremos a tus segadores que aguardan ya con bendita impaciencia.
   Recogí la canasta y seguimos caminando, sus pasos al ritmo con los míos y con el mismo júbilo los dos; la floresta murmuraba gentil y fresca desde su ámbito en la altura. Jamás había vagado en forma tan placentera y no dejé de cantar hasta que noté que me excedía: pero es que había tantas canciones sugeridas por el propio valle y las montañas, del prado y de los árboles, del murmullo de las aguas del río, tantas historias que contar al canto...
   Entonces reflexioné que si yo podía comprender simultáneamente tantos miles de sones mundanos acerca de los prados y las flores, de la gente y de las nubes y de todas las cosas, de los animales, de las montañas y los mares distantes, de las estrellas y la luna, y si todo esto podía resonar en mi interior simultáneamente, entonces sería un dios todopoderoso y cada una de mis canciones ocuparía un lugar en cada estrella.
   —Aquí tengo que desviarme —me dijo—. Nuestra gente trabaja en el campo de ese lado. ¿Y tú, a dónde vas? ¿Quieres venir conmigo?
   —No. No puedo acompañarte. Tengo que salir al mundo. Mil gracias por el pan, Brigitte, y por el beso. Pensaré en ti.
   Tomó la canasta, y sobre ella me volvió a mirar profundamente y sus labios se prendieron de los míos y su beso fue algo tan dulce y tan agradable que apenas pude contenerme; pero luego le dije rápidamente adiós y seguí mi camino por el sendero.
   La muchacha trepó lentamente por la colina boscosa, y bajo el follaje de los avellanos a la orilla de la floresta, se detuvo y se volvió para verme; yo le hice señales con la mano y agitando el sombrero, movió ligeramente la cabeza y desapareció entre la sombra de los árboles, silenciosamente.
   Yo, por mí parte, seguí mi camino entretenido con mis pensamientos y llegué a un recodo del sendero.
   Ahí había un molino y junto a sus rulos una barca sobre el agua en la que estaba sentado un hombre solitario, que parecía esperarme, porque al tocarme el sombrero para saludar y subir a la lancha, ésta comenzó a deslizarse a favor de la corriente. Me senté hacia el centro y el hombre se colocó a la popa junto al timón. Le pregunté a dónde íbamos y el hombre se concentró a mirarme con fríos ojos grises nublados.
   —Donde tú quieras —dijo al fin—. Río abajo y hasta el océano, o a las grandes ciudades. Escoge. Todo me pertenece.
   —¿Qué todo es tuyo? Entonces, ¿eres el rey?
   —Quizá —repuso—. Y al parecer tú eres un poeta. Cántame una canción mientras viajamos.
   Pude controlarme un poco. Tenía temor por la solemnidad del hombre gris y porque la barca iba tan aprisa y silenciosa sobre el río. Canté sobre el rio que deja cruzar las barcas y refleja el sol; que se estrella contra los arrecifes costeros y se alegra cuando llega a su destino.
   El rostro del hombre seguía impasible. Cuando dejé de cantar, aprobó con un movimiento de cabeza y luego, para mí sorpresa, él comenzó a cantar, y también le cantó al río y al curso del río a través de los valles, y su canción era más hermosa y profunda que la mía, aunque todo sonaba en forma diferente.
   Mientras el hombre cantaba, el río se precipitaba por entre las colinas como un vándalo, negro y salvaje, con los dientes apretados al luchar contra las represas de los molinos y el arco de los puentes; parecía odia a todas las barcas que transportaba y entre sus olas y plantas verdes acuáticas parecía mecer todos los cuerpos que había ahogado.
   Nada de esto me agradaba, y sin embargo, el sonido del tránsito era tan bello y misterioso que quedé completamente confuso y guardé silencio. Si lo que este sutil y sagaz individuo iba cantando en su voz apagada era verdad, entonces todas mis canciones eran puras tonterías y chiquilladas. Era de ver que el mundo no era bueno y brillante como el propio corazón de Dios, sino algo oscuro y desesperado, maligno y sombrío; que cuando las selvas crujían, no era de gozo sino de dolor.
   Seguimos viajando y las sombras se hacían más largas, y cada vez que yo comenzaba a cantar, me faltaba énfasis y seguridad, mi corazón se debilitaba, mientras que cada vez que él me replicaba lo hacía con una canción proyectando al mundo como más enigmático y desgraciado. Yo me sentía más oprimido y apenado.
   Me dolía el alma y lamentaba no haberme quedado en la orilla admirando las flores y a la bella Brigitte. Para consolarme, volví a cantar en voz alta, mientras se iba oscureciendo y entonces canté la canción de Brigitte y de sus besos.
   Llegó el crepúsculo y guardé silencio, entonces el hombre al timón volvió a cantar y él también hablaba de amor y de los placeres del amor, de ojos azules y ojos castaños, de labios húmedos. Su apasionado cantar en medio del fragor de la corriente era algo hermoso e impresionante, pero en su canción, también el amor tenía tintes negros y terribles y encerraba un gran misterio que todos los hombres buscaban a tientas, locos y sangrantes en su dolor, y con el cual se torturaban y mataban entre sí. 
   Escuché con atención mientras me invadía el cansancio, como si ya hubiera viajado durante años y no hubiera encontrado nada sino tristeza y miseria. Me llegaba del extraño sujeto una rara corriente de angustia y desesperación que oprimía el corazón.
   —Entonces... la vida no es lo más alto y mejor —grité al fin con argura—, sino la muerte. Te ruego, afligido rey, que me cantes una canción a la muerte...
   El extraño personaje accedió a mi petición y cantó a la muerte, y su canto era más hermoso de todo lo que yo había oído. Pero tampoco la muerte era lo mejor y más elevado, incluso en la muerte no había satisfacción. La muerte era la vida, y la vida era la muerte, y vas estaban atadas en una eterna y loca lucha amorosa, y esto era la palabra final y el significado del mundo; de ahí surgía una sombra que enturbiaba todo gozo y belleza, envolviéndolos en su oscuridad. Pero del fondo de la oscuridad, el gozo ardía con más fervor y belleza, y el amor tenía un brillo más profundo en medio de la noche.
   Escuché y quedé totalmente inmóvil; ya no tenía voluntad propia sino la del hombre extraño y enigmático. Me miraba con calma y con cierta amabilidad triste; sus ojos grises estaban llenos de la pena y belleza del mundo. Finalmente me sonrió y cobré un poco de valor en medio de mi angustia.
   —¡Oh... atraquemos la barca ya! Siento pavor aquí en la oscuridad y quiero regresar hasta el sitio donde dejé a Brigitte, y volver a casa con mi padre...
   El hombre se incorporó y apuntó el dedo hacia la noche, la luz de la linterna hacía destacar su rostro.
   —No hay forma de regresar —dijo en tono solemne y amable—. Uno debe siempre seguir adelante si quiere captar el mundo. Tú ya has disfrutado de lo mejor y más agradable con la muchacha de ojos castaños, y mientras más lejos te mantengas de ella mejor será para ti. Pero, no importa, conduce al sitio que quieras; toma mi lugar en el timón...
   A pesar de sentirme mortalmente desesperado, me di cuenta de que tenía razón. Lleno de anhelo pensé en Brigitte, en mi casa y en todo lo que había estado cerca de mí, y que ahora había perdido. Pero ahora tenía que llevar el timón, era necesario.
   Me incorporé a mi vez y caminé por la barca hasta el banco del piloto, en el tránsito el hombre vino a mi encuentro y me miró con fijeza; luego me entregó la linterna.
   Pero cuando me senté al timón y coloqué la linterna a mi lado, me encontré solo en la barca. Estremecido me di cuenta de que el extraño individuo había desaparecido, pero esto no me sorprendió. Había tenido una premonición. Me parecía que todo ese día de aventuras con Brigitte, el recuerdo de papá y de mi aldea, todo había sido un sueño y de que ya era viejo y amargado, que había viajado eternamente por este río nocturno.
   Supe que no debía llamar al extraño y este reconocimiento me dió escalofríos.
   Para asegurarme de lo que ya sospechaba, me incliné afuera de la barca y levanté la linterna; del negro espejo de las aguas un rostro me atisbaba, un rostro de facciones severas y solemnes, de ojos grises, un rostro bien conocido... ¡Era mi rostro!
   Y cómo no había camino de regreso, seguí bogando sobre las negras aguas a lo profundo de la noche.

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