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La palabra Creación: bagatelas gratuitas a partir de una lectura de Arreola

El hombre perdido en las tinieblas nocturnas supo que en la mañana resplandecería de nuevo el sol por medio de los datos del recuerdo.

El pequeño libro de La palabra educación tiene una síntesis involuntaria de las razones de la creación artística según Juan JoArreola; razones fundadas en la memoria; así como de la destrucción, fundada en el olvido.

Olvido

Arreola piensa que el odio del hombre se explica por haber sido suscitado de la nada: y aquello que se toma de la nada, desea la nada, la aniquilación tal vez, pues, de la nada no puede haber memoria, la materia de la que proviene toda creación, como iremos descubriendo.

El odio se sublima en la destrucción, lo contrario de la creación y nuestro autor encuentra un vínculo poderoso entre destrucción y posesión, pues supone que en la voluntad de posesión yace la idea de conquistar un pueblo a otro, de acercarse violentamente a su tierra y quitársela. De nuevo encontramos aquí la tendencia que tiene la destrucción al olvido, pues en esta acción de conquista obraría un proceso de borrado de la memoria del otro. Como vemos, a través de la posesión y conquista se perpetran el olvido y la destrucción.

Memoria y creación

La vida no agota la fantasía del hombre, más bien provoca en ella numerosas ficciones que en cierto modo corrigen o explican la condición divina. Una vez cumplidas las necesidades naturales, el hombre siente una especie de vacío que trata de colmar. De allí el origen de todas las diversiones, desde el simple juego hasta los más egregios frutos de la cultura.

En este hombre virtual de Arreola ya se cifran las primeras características de la creación vinculada con la memoria. Cuando dice: "La vida no agota la fantasía del hombre, más bien provoca en ella numerosas ficciones que en cierto modo corrigen o explican la creación divina", dice, también, de manera implícita que la vida como vivencias, es decir: memoria; nutren la imaginación y le dan al hombre la materia prima para la creación. Luego, después de cumplidas las necesidades naturales, el hombre siente un vacío que trata de colmar; en un punto la creación debe contener el signo de la destrucción. Es indispensable, para emprender el proceso creador, que se parta de cierta nada símil de la nada original del hombre. La creación se funda en el vacío, un vacío que ahora puede ser colmado con memoria, la misma que siendo experiencia ayudó al hombre a entender el ciclo de la noche y el día.

Primer Olvido en la Memoria: variedad, novedad y originalidad

Superada la destrucción primaria y acumulada cierta memoria vivencial que nutre las primeras creaciones humanas, surge una duda, ¿qué tan original es la creación lograda?:

¿Quién se propone ser original, ni en forma ni en contenido? Lo importante es dar a lo general el hálito de la persona. Todos los hombres han vivido la historia del mundo, pero me siento obligado a hacer mi traducción del ser, mi propia versión.

La respuesta es clara, la memoria colectiva, la experiencia es de carácter general, cada espectador tiene óptica de un sólo evento, del mismo, su única virtud no es con respecto al evento en sí, sino en él mismo, en su percepción individual. Aquí se suma una cualidad hasta ahora insospechada de la creación: su variedad otorgada en parte por la traducción/interpretación del artista y por la traducción/interpretación del espectador. La creación se renueva y se diversifica en la memoria pero a la vez tiene la tendencia a olvidar que se repite.

Segundo Olvido en la Memoria: una ligera imagen y semejanza de la memoria y el problema de la identidad.

La memoria humana es falible, equívoca, como todo aquello que alcanza dimensiones desproporcionadas. Toda la experiencia humana acumulada es titánica, por ello es perdonable cierto olvido desintoxicador; pero no hay satisfacción en saber que constantemente algo se va perdiendo, que algo se va olvidando. Se vive con la incertidumbre de si aquello que se olvida era valioso o no.

¿Qué otra cosa es el hombre, sino memoria de mismo? Desde que nace, comienza a programarse con los datos de la experiencia. Tiene más personalidad aquél que menos olvida. Porque estamos hechos de recuerdos. De lo que hemos vivido y de lo que hemos aprendido de los demás, ya sea en el trato vivo o en los libros. Somos un repertorio de vivencias y superamos con mucho la capacidad de un cerebro mecánico. Y la inteligencia no es al fin de cuentas sino la capacidad, debidamente ejercitada, que todos tenemos para responder con los datos del pasado, al estímulo, a la pregunta que se nos hace en el presente.

El hombre acopla memoria nueva constantemente, una parte de ella se va quedando al margen, su necesidad de poder tener toda la memoria posible disponible lo ha llevado a extender a la misma fuera de sí: una exomemoria, la misma que, Borges piensa, son los libros; la misma que son las máquinas, emuladoras de la mente humana, poseedoras de memorias precisas pero estériles, que no son capaces de combinar, comparar, desintegrar la información como la conciencia creadora.

Surge una pregunta de entre la súbita revelación de nuestra identidad mnemónica: ¿Si lo que soy es una acumulación irregular de lo que otros han sido, qué valor tiene lo que yo soy? Arreola piensa que: Tiene más personalidad aquél que menos olvida. Pero eso parece decir más bien que tiene menos personalidad quien más recuerda, dado que la memoria es lo que hemos vivido y lo que hemos aprendido de los demás. Entre más aprendemos de los demás, más nos apropiamos de lo que son ellos y eso más modifica lo que somos y por ende lo que vivimos. Nos encontramos ante una verdadera paradoja. No veo una solubilidad satisfactoria, hay objeciones, claro, pero qué cabe decir de algo cuya respuesta está sub specie aeternitatis.

Me conformo con los principios de Unidad y Continuidad de Unamuno, donde el conato de un ser, de un hombre, se empeña en seguir siendo: su unidad y que sólo permite la adición de algo nuevo en virtud de seguir siendo, es decir de la continuidad entre lo originario y la memoria adquirida.

Memoria Estrática: infinito y la respuesta de la memoria.

Las experiencias vivenciales se van almacenando y constituyen la personalidad, opaca y transparente como en superposición de placas de cristal. Se mira un metro: es una profundidad infinita. De ahí la sensación abisal de la conciencia, donde está el caos grande como toda la historia. El hombre creador es quien coordina y da una respuesta que para ser válida necesita provenir de una memoria vivencial.

La memoria, para Arreola, sería estrática, y esa combinación diferente en cada persona podría cifrar el infinito. La creación es la respuesta de esa particular y única manera en que la memoria de cada cual se superpone.

Desde las vísperas del nacimiento el ser humano empieza a acumular una sobre otra las placas traslúcidas y opacas de la experiencia vivencial y las va superponiendo para formar el fondo abisal de la persona (Asistimos a la reiteración de cómo se forma la memoria y su resultado en la expresión de una conciencia única). El artista es explicable por esa acumulación de impresiones, de sensaciones y pensamientos, sentimientos e informes que van alojándose uno encima de otro [...].

En esta memoria yace el fondo de lo universal. La conexión entre el uno y el mundo. El arte no resulta ser necesario por reinventar los viejos temas, sino por ofrecer la individual interpretación de un fenómeno, sea legítima o no. La sustancia del artista es la memoria y su respuesta es la creación, quién sabe qué tanto de ésta es expresión del infinito que es la experiencia y qué tanto es expresión de la identidad que es uno mismo.

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