martes, 16 de marzo de 2021

Contra la sensibilidad y otros mitos, un homenaje a Denis Diderot

I. Contra la sensibilidad

¿Cómo se conocieron? Por casualidad, como todo el mundo. ¿Cómo se llamaban? ¡Qué os importa! ¿De dónde venían? De un lugar muy cercano. ¿Adónde iban? ¿Acaso tenemos idea de adónde vamos? ¿Qué decían? Sinónimo no decía nada, y Antónimo decía que Diderot decía que la sensibilidad no es una cualidad de los buenos artistas.
Sinónimo: Eres músico, ¿acaso le crees?
Antónimo: Por supuesto, dice bien, aunque parezca un dislate.
Sinónimo: ¿Dónde se atrevió a sostener semejante afirmación?
Antónimo: Compuso un libro completo al respecto, La paradoja del comediante.
Sinónimo: Pues... vaya que sí, resulta paradójico, ¿cómo es posible que los artistas sean insensibles?... no parece tener mucho sentido, hará falta que te expliques.
Antónimo: Preferiría no hacerlo. Mejor lee a Diderot, él dice mejor sus palabras.
Sinónimo: Si las vas repitiendo es porque las hiciste tuyas.
Antónimo: Es posible. Aunque, mejor dicho, las he contrastado con mi realidad. Las digo no por repetir, sino porque son experiencia y para decirme mejor.
Sinónimo: Entonces, cuéntame esa experiencia, tal vez a través de ella podré entender lo que te niegas a dejar en claro.
Antónimo: Está bien, pero te advierto que vamos a pasear por un par de lugares comunes, es importante hacer una topografía del problema: un mapa.
Sinónimo: Si no hay remedio, vamos que la tarde pinta excelente.
Antónimo: Una cosa más, quiero que recuerdes que el mapa no es el territorio.
Sinónimo: Siendo así, el mapa que pretendes componer suena como un instrumento para extraviarse.
Antónimo: Tal vez lo sea en el fondo. Pero vamos, hagamos paisajismo; si encontramos las figuras, el fondo tendrá sentido. En el valle hay un pueblo que quiero que conozcas. Tiene fama de ser cuna de músicos, algunos han llegado a ser conocidos y respetados más allá de las fronteras. Por estas fechas es la fiesta patronal y mientras dura, todos los días salen bandas de alientos a hacer procesiones por las calles; tienen dos iglesias —una grande y otra pequeña— así que las rutas empiezan en una y terminan en la otra; si nos damos prisa, podríamos unirnos a una comitiva.
Sinónimo: Escucho el rumor de la música, en algún lugar toca una banda... toca las canciones más extrañas, sobre semillas de girasol y...
Antónimo: Tendrás tiempo para recordar a Bradbury después. Ya veo como se acercan, y nosotros nos acercamos al sonido. Escucha cómo la música se hace más aguda mientras vamos y viene a nuestro encuentro. Estar en el punto donde se origina toda esa armonía es arduo.
Sinónimo: Ya lo creo, se supone que una orquesta produce algo así como 100 decibelios, que están peligrosamente cerca del umbral del dolor.
Antónimo: Bueno, concretamente, sí. Pero el oído no funciona de esa forma tan sistemática. Cuando se trata de la percepción del sonido, se utilizan otros sistemas métricos: el sonio y el fonio, miden la audición relativa de sonido a partir de las características de los tímpanos. Al oír un ruido de 80 decibelios; la cercanía con el emisor, y tu posición con respecto a él, relativizan la experiencia. Podrías percibirlo como si su intensidad fuese más alta o más baja.
Sinónimo: Palabras, palabras. Mejor dime, ¿no te parece un fabuloso despliegue de musicalidad? Mira lo colorido que resulta todo el conjunto: ¡La banda, el santo, los feligreses...!
Antónimo: Es bonito, sin embargo, no todo eso atañe a la música. 
Sinónimo: Pero, cuánto no hace por ella.
Antónimo: La experiencia será total o no será, en eso tienes razón.
Sinónimo: Nos acercamos a la iglesia, y escucho venir otra banda.
Antónimo: Sí, es la banda huésped.
Sinónimo: Ah, con que ya conoces a los músicos. 
Antónimo: No, no. Sucede que la palabra huésped es una curiosa enantiosemia; significa una cosa y lo contrario: en este caso, huésped también es sinónimo de anfitrión; tú sabes mucho de eso, buscarle paralelos a las cosas, porque no terminas de diferenciarlas. Sólo que me valí de esta pequeña astucia para no equivocarme; aquella banda puede ser la invitada o la local y la palabra huésped no erraría en ningún caso. Tal vez algún día hablemos a detalle de las enantiosemias y de la autocontradicción que es el ser humano.
Sinónimo: ¿Con que me gustan los paralelos, ¡eh!? Pues tomaré esto como un cumplido. Mejor veamos qué pasa con esa otra banda que vino por el otro camino.
Antónimo: Querrás decir: escuchemos. Las dos bandas se encuentran aquí el último día de la fiesta, van a competir por ver quién es la mejor banda y quiénes son los mejores solistas; esto durará toda la jornada, cada hora se van a intercalar.
Sinónimo: Un certamen de música, y ¿cómo van a decidir quién es mejor en algo tan subjetivo? La música está más allá de esos tristes espectáculos deportivos que pretenden medir a los hombres. Ya lo dijo Bela Bartok: las competencias son para los caballos.
Antónimo: Es verdad, la música en sí no puede ser juzgada como mejor o peor, pero en el caso de los músicos, sí que se puede evaluar su desempeño. Las competencias musicales son tan antiguas como la historia de la humanidad; acuérdate del encuentro entre un Egipán y Apolo, donde Midas terminó con orejas de acémila; o de las 49 danaides, que después de ejecutar la matanza ordenada por su padre, fueron prometidas en matrimonio a los ganadores de un concurso de canto que se ofició para tal ocasión.
Sinónimo: Me parece que hay algo de mezquino en las almas que se atreven a juzgar así a la música. Ésta es algo más puro, más trascendental.
Antónimo: Idealizaste tu experiencia de la música. No es algo malo, pero a la larga esas ideas no te permiten percibir el verdadero fenómeno. Eres mi amigo, por eso vas a minimizar mis palabras, pero correré el riesgo.
Sinónimo: Mira, en la banda de la izquierda ha comenzado a tocar un niño, ¡qué magnífico lo hace!; dime, ¿qué instrumento es ese?
Antónimo: Es una tuba sinfónica, no es tan diferente de la tuba corriente. Sólo es una variante en tamaño.
Sinónimo: Un instrumento sinónimo, ¿no es así?
Antónimo: Sí, podríamos decirlo así.
Sinónimo: Parece que es un niño muy dotado para la música, toca con mucha sensibilidad y soltura.
Antónimo: Te engañas y degradas al joven artista.
Sinónimo: ¿Degradarlo?, pero si acabo de encomiar su arte...
Antónimo: Es un juicio liviano. Ese don no es tal cosa, como esa sensibilidad es una treta bien tramada. Su hábil ejecución se la debe solamente a largas horas de estudio y el sentimiento que parece imprimir hasta en los gestos de su rostro fue atemperado cuidadosamente; es muy seguro que su maestro le dijo hasta cómo pararse en cada momento crucial, y si el joven artista es listo, puede que haya logrado poner algo de su cosecha en esas maneras.
Sinónimo: ¿Acaso se puede fingir la nobleza y la sinceridad que transmite la música?
Antónimo: Claro, sería muy ingenuo de tu parte pensar que —parafraseando a Diderot— el actor que llora la muerte de su amada en las tablas está sufriendo verdaderamente. Tanto como una pormenorizada descripción de una tarde de lluvia no es lluvia, aunque te transmita el efecto de que llueve y está por anochecer. Entonces, ¿por qué habría de ser diferente con nuestro joven artista? Lo que hace es producto de un concienzudo estudio —en el mejor de los casos— o  una buena capacidad mnemotécnica —en el peor de ellos—.
Sinónimo: Pero... el sentimiento lírico... lo hace tan natural, tan fácil.
Antónimo: Para eso estudian todos los músicos, para alcanzar esa soltura, la apariencia de ligereza; pero seguramente si sopesas de qué está hecho, tampoco podrás creer que hay tanto esfuerzo y tiempo invertidos en ello. Y sin embargo, así es. Por eso, degradas el esfuerzo del artista cuando le atribuyes su talento a la naturaleza y no a su trabajo. Pero no es tu culpa, sino de la mitificación romántica del arte y el sentimiento. Atrofió la sindéresis en materia de apreciación estética.
Sinónimo: No puede ser totalmente así; para ser músico uno debería tener cierta disposición natural para ella; algo infuso, no sé si por la providencia o por el medio.
Antónimo: ¿Qué podría requerirse para ser competente en la música? Te engañas si crees que hay que ser especial para tocar; como mínimo se necesita tener el cuerpo apto para ejercicios de coordinación, algo de memoria y un oído más o menos despierto. La destreza de las manos se desarrolla, la comprensión sobre el discurso melódico y la estructura armónica también se va adquiriendo y el oído se afina. Dime, ¿quién no es potencialmente un músico?
Sinónimo: Es posible, pero... el medio hace mucho, ese niño que toca tan bien tiene buena escuela y una larga tradición respaldándolo.
Antónimo: Nadie niega que el medio contribuye y debes saber que también puede entorpecer, pero a menos que en verdad sea muy adverso, casi cualquier medio es tierra fértil para la formación de un músico; yo mismo no provengo de una familia con tradición musical, y sin embargo, de esto hago mi vida. Si fuese cuestión de contexto, la música sería un ámbito muy cerrado, algo casi heredado; en realidad no es más que de voluntad.
Sinónimo: Percibo que tratas de decir que cualquiera puede hacerlo. Tal vez el que degrada el arte del muchacho eres tú. Reconoce que sí hay cierta inteligencia especial que lo destaca por sobre otros músicos de su edad.
Antónimo: Adoleces de la necesidad de ensalzar lo que tú no puedes hacer. Piensa, genios y talentos musicales en verdad que existen, pero, ¿qué son realmente?, ¿en qué consiste tener genio o talento para la música? Nuestro joven artista está tocando una pieza complicada en cuanto a técnica, pero aún más en cuanto a teoría. La verdadera disposición para la música no es la que te permite digitar con soltura una sucesión compleja de notas, eso no es más que pura habilidad manual; hace falta comprender qué es lo que se está tocando, y pese a que el muchacho interpreta muy bien, dudo que sepa realmente lo que hace. Imagina que te doy el Arte poética de Horacio en su lengua original, por supuesto que podrías leerla sin mucho problema, ¿no es así?, pero pregúntate si serías capaz de comprenderla, capaz de desentrañar su significado; si bien reconoces el alfabeto latino, otra cosa diferente es saber latín. Así sucede con aquel músico —que sería mejor decir que está en ciernes—, al enseñarle a tocar eso tan complejo, lo más seguro es que lo memorizó arduamente; aprendió párrafo por párrafo de la virtual obra de Horacio, y está aquí, repitiéndola palabra por palabra, en el momento exacto en que debe decirlas, con el temperamento que le indicaron que es el adecuado. El talento ni el genio musical no son, como se piensa, una equívoca mímica o la reproducción exacta de un discurso, si a esas vamos y así fuesen las cosas, cualquiera sería músico....
Sinónimo: No te comprendo. Dices que cualquiera puede ser músico y luego desdeñas esa potencialidad.
Antónimo: Me atrapaste; debo corregirme. Cualquiera puede tocar, mejor dicho. Pero para ser músico, hace falta saber y no sólo hacer. Mira, es verdad que no me impresiona que nuestro joven tubista toque con fluidez una pieza complicada; sé lo que subyace en su interpretación, y lastimosamente para tu alma romántica —y el de cualquiera—, no hay más que un muchacho repitiendo la lección largamente aprendida. Entre eso y un reproductor de música o una computadora no hay diferencia, eso no es tan artístico en realidad; y aún, en materia de ejecución, los aparatos tecnológicos podrían ser más pulcros y exactos en su ejecución que un ser humano.
Sinónimo: Sin embargo, la imperfección del muchacho le da vida a la música. Compararlo con una máquina no es más que frivolidad.
Antónimo: Una vez más pierdes perspectiva. Puedes hacer que el aparato falle adrede para darle la sensación de humanidad vitalidad a la música; de eso se trata el arte, de la conciencia que ordena y manipula la naturaleza para lograr un efecto específico. He ahí también la diferencia determinante entre un humano y una máquina: que aquello que en el primero es un error, en la segunda es una intención. Si nuestro tubista se equivoca o se adelanta en el tiempo, si omite una nota, si baja la intensidad, todo eso será producto del descuido, nunca tendrá un propósito artístico de por medio.
Sinónimo: Duele pensar que el arte puede ser reducido a ese nivel de control tan metódico.
Antónimo: No habría por qué lamentarse, la belleza del arte es apreciable gracias a la capacidad empática e intelectual que tenemos. Sucede que el grueso del público se limita solamente a apreciar desde la empatía, pero esto no lo es todo; pierden mucha sustancia por limitarse en la recepción de la superficie. La música no es bella sólo por los sonidos y sus efectivas combinaciones, sino por la sensual y compleja arquitectura acústica que sugiere; pero para percibir esta parte sutil se necesita escuchar, además de con los oídos, con la mente.
Sinónimo: Concedo que más comprensión sobre el fenómeno de la música aumentaría el placer estético que uno obtiene de ella. Ahora dime, ¿cómo se reconoce la real disposición para la música, en qué consiste si tocar parece que no es más que una cuestión motriz?
Antónimo: Ah, ser músico y no tañedor; la diferencia... bien, pues tiene que ver con el control que uno tiene sobre lo que hace; en el caso del tubista, pasa que la música lo controla a él. Se ciñe con rigor a la partitura, eso por supuesto está bien por sobre todas las cosas; pero hay algo que no se puede cifrar en el papel, se trata del carácter de la obra: la partitura no es la música, sino una sugerencia de ella. Se requiere de mucho estudio mental para aprender a interpretar estos símbolos velados, y en el fondo es más bien un fenómeno de colaboración entre el intérprete y el compositor: el buen músico se aproxima a una ejecución ideal de la obra; mientras que el tañedor se conforma con una pálida traducción de signos musicales a movimientos musculares que producen un encadenamiento de sonidos con más o menos coherencia.
Sinónimo: ¡Y así reconoces que hay una dimensión de sensibilidad para ejercer la música!
Antónimo: Por supuesto que no. Al hablar de colaboración y la búsqueda del ideal, no quiero dar a entender que esto se hace con el corazón, ni alguna otra cursilería así. Pregúntate: ¿por qué subieron a ese niño a tocar y no a cualquier otro? Y antes de que digas lo primero que se te ocurra, no tiene nada que ver con su  s e n s i b i l i d a d. Todo lo contrario, lo eligieron porque de entre todos era la apuesta segura, un joven que no se iba a dejar intimidar por el público o la emoción del momento. Lo que hace es más con su cabeza que con sus manos. No lo digo yo, sino Diderot; pero lo respaldo: el hombre sensible se destempla de inmediato cuando se deja domeñar por sus emociones, ¿cómo podría ofrecer un buen espectáculo si de buenas a primeras se queda sin aire por la excitación del momento o si el pánico le paraliza los dedos?
Sinónimo: Es así que su diálogo con la obra precisa de comprensión... 
Antónimo: Y lo que le falta... La música es muy abstracta, muy extraña: como las matemáticas es pura imaginación pero además con intensiones emotivas; es una grandiosa paradoja: una ciencia de la felicidad y la tristeza. Tiene un fundamento de lógica demoledora y todo con vistas a conmover la parte más ilógica del hombre: su alma.

II. Contra las ramas y los tocones y el tiempo rítmico o en favor del Aire
En música, todo es melodía
Richard Wagner

Sinónimo y Antónimo discutían en los términos anteriores sobre el problema de la apreciación musical, y yo, su autor los escuchaba con atención. Me molestaba la ingenuidad de Sinónimo, que suele pensar que todo se parece y no abunda en matices y al mismo tiempo me fastidiaba la altanería de Antónimo, que siempre está presto a llevar la contra y buscar el diablo en los detalles. 
Me dije que había sido una idea poco afortunada acompañar a un loco discreto de un cuerdo simple; luego me causó gracia el hecho de haber caído en la dupla más trillada y arquetípica de la cultura.
Así estaba yo, ensimismado y haciendo una lista mental de duos desafortunados, cuando Sinónimo me interpeló con éstas o semejantes palabras:
—Vuestra merced, le ruego que me escuche. ¿Podría explicar a este pianista recalcitrante que el origen de la música debió ser de una intensión percutiva?
A lo que Antónimo repuso entre dientes:
—Vaya tonto, seguro que si él hubiese inventado la música, seguiríamos golpeando sinuosas ramas contra cualquier superficie como salvajes.
Me quedé de una pieza, al igual que el sencillo Sinónimo, yo consideraba que la música debió haber tenido su origen en la vulgar acción de golpear algún objeto. Entre tanto, Antónimo insistió:
—¡Nada más lejos de la realidad! No haga juicios empíricos tan a la ligera; el origen de la música es posterior a esos arrebatos percutivos que pudieron haber tenido nuestros antepasados.
—Difiero, señor. Puede que usted me considere no más que un chiste o un mediocre lego, pero hasta yo puedo ver que el ritmo es la raíz primordial de la que creció el arte de la música.
Sinónimo me miró con insistencia, como esperando que yo lo secundara y así, fuésemos mayoría contra la opinión de Antónimo, pero me quedé dubitando; jamás había pensado seriamente en el origen de la música y más bien lo había dado por sentado, pero ahora que la cuestión estaba en pie de discusión, me parecía peligroso afirmar o negar nada. Así que le pedí a Sinónimo que argumentara su postura, éste pareció indignarse, pero no lucía dispuesto a ceder tan fácilmente.
—Como bien saben, la vida humana se rigió siempre por ritmos: el día y la noche, las estaciones, el fluir de los rios y la constancia de las piedras inmóviles como testigos mudos del paso del tiempo: formas exteriores del ritmo. Por otro lado, el corazón, el andar, la mecánica del cuerpo que se funda en la tensión y la distensión, sístole y diástole, formas internas del ritmo. Los vestigios de las antiguas civilizaciones revelan que los hombres sometían sus vidas al cambio rítmico que los rodeaba, prueba de ello son los adelantados progresos en materia de predicción de fenómenos astronómicos. ¿Cómo la música no iba a tener una ascendencia de este carácter, en la conciencia del hombre sobre el ritmo? Es perfectamente inferible que como al pie izquierdo le sucede el derecho en el andar, los hombres tratarían de emular el paso del tiempo de alguna forma, entonces la respuesta debió haber sido: ¡percutir! Una imitación reducida del movimiento del tiempo. Alguno golpeó de pronto con una vara contra un árbol caído y seco, hueco por lo demás, y debió haber escuchado el retumbar prodigioso que lo remitía a la vaga conciencia de su propio corazón. Cuando la Tierra era niña y estaba todo por ser descubierto, este primer músico ignoraba que estaba fundando el destino sonoro de la humanidad. Con la reiteración del golpe no hizo más que confirmar el presentimiento de que estaba haciendo algo trascendental. Me lo imagino semidesnudo y feral, con sus toscas manos sosteniendo una enhiesta vara de algún árbol que quizá ya se extinguió; entregado a la pasión salvaje, primitiva y animal de golpear un tocón agostado para escuchar el prodigioso sonido —hermano menor del rugido del relámpago—, a veces constante, ahora suave, y luego en otro punto donde compara la sutil diferencia entre graves y agudos, sin dejar de maravillarse, todo su glorioso acto: alimento para las perplejidades.
El afectado discurso de Sinónimo no carecía de cierta razón y encanto; me pareció plausible pensar que en efecto, el origen de la música había sido aquel, tan precario en acciones, pero rico en significados y potencia. En ese momento, Antónimo se echó a reír, al tiempo que el rostro de Sinónimo se puso rojo de rabia. Mas, como caballero que era, volvió la cabeza en otra dirección para disimular su indignación. En ánimo de mediar la situación, me dirigí a Antónimo y le pedí que explicara el motivo de su grosera risotada.
—Es que en verdad que me estaba imaginando a una horda de aborígenes furiosos apaleando sin tregua árboles caídos, provocando una cacofonía... y al escuchar el ceremonioso discurso de mi amigo, no pude evitar hacer la ridícula yuxtaposición entre una cosa y la otra; en verdad creí que estaba contando una historia tonta para propiciar la risa. ¿Acaso no se dan cuenta del dislate en esa especulación?
Sinónimo, descorazonado, fingió frialdad y preguntó que, entonces, cuál podía ser el orígen de la música, a lo que Antónimo respondió:
—La música no es una cuestión de mecánica, o al menos no en su totalidad. El origen de la música no pudo haber sido tan puro; algunas cosas hace falta que sean destiladas antes de que alcancen su forma más acabada, y pensar que de golpeteos sin sentido se llegó eventualmente a la forma sonata —cumbre intelectual y estética de la música—, es en verdad ser muy cándido. Como deben saber, mis amigos, la música se conforma de tres elementos y si bien el primero de ellos es el Ritmo, no creo que su configuración haya sido en realidad el factor determinante y raíz del que la música derivó; el ritmo no tuvo mucha preeminencia en la música sino hasta el período Barroco, aproximadamente entre el 1500 y el 1650, en Europa. Antes de eso imperó otro de los elementos de la música, que históricamente se considera el segundo, pero que a mi ver, es el primero: la Melodía. Me explico: como ya he dicho en otras ocasiones y parafraseando a Marcel Duchamp (que parafrasea a Leonardo da Vinci) la música es cosa mentale, antes que cosa fatta: se piensa y luego se hace. En la cronología propuesta por mi amigo Sinónimo, la música se habría hecho primero y luego —quién sabe en qué momento— se habría pensado. Esos originales arrebatos percutivos habrían sido en realidad algo más simple: golpes, sin ninguna intensión estética o moral, sencillos rudimentos de gente activa pero no reflexiva. No podemos aceptar que de esas acciones inconexas y sin propósito haya derivado la música, es imposible, por más que la navaja de Ockham elija la explicación más sencilla para un fenómeno. En cualquier caso, pensar que de la percusión se pudiera propiciar la conformación de la música, sería elegir el resultado más complejo e improbable; es más fácil que los golpeteos hubiesen excitado su tendencia a la violencia —tan bien desarrollada en los salvajes— y que eso los llevara a molerse entre ellos; o, mejor aún, que dado que no había pensamiento tras la acción, eso no hubiese conducido a nada. Con ésto no quiero decir que el origen de la música fue puramente mental; si los creadores de ésta se hubiesen limitado a pensarla, sin llevar algo a la acción, entonces tampoco hubiesen llegado a nada; finalmente, estos gestos extremos se parecen por su esterilidad. Por eso la música comenzó con la Melodía, en ésta es donde se cruzan la justa medida entre pensamiento y acción —y por si se lo preguntaban, el tercer elemento de la música es la Armonía, la porción más intelectual que tiene—; de este modo, para hablar del origen de la música, hay que hablar del origen de la Melodía.
La proposición de Antónimo me pareció más atinada, era verdad que reducir a golpes el primer movimiento de todo no parecía concordar con el fenómeno musical, tan sofisticado y rico en complejidad; de reojo miré a Sinónimo que había mudado de expresión en su semblante, ahora parecía inquieto e inquisitivo, como a mí, la exegesis de Antónimo le había hecho cuestionar los juicios livianos que se había formado sobre el origen de la música. Entonces Sinónimo tomó la palabra:
—Dices que la música tiene tres elementos: Ritmo, Melodía y Armonía y que éstos se corresponden a su dimensión mecánica y su dimensión mental conforme van desde lo puramente rítmico hasta lo netamente armónico; luego descartas la teoría mecánica del orígen de la música. Pero me parece que el ritmo no queda descartado en sí, sino que en el orden e importancia de los acontecimientos, el ritmo tiene un papel de instigador, aunque sea tenuemente.
—Pretendes salirte por la tangente, esto no es cosa de vasos medio llenos o medio vacíos. Déjame contarte el origen de la Melodía para que puedas llegar a comprender el por qué es el principio. Para empezar debemos saber que la Melodía es la identidad de la música, la porción más reconocible de ésta. Cuando tarareas una canción, lo que haces es reducirla hasta su forma mínima de significado: «la tonadita», como suelen llamarla. Al quedar en medio de lo mecánico y lo mental, es pertinente pensar que su conformación fue decisiva para llevar el ritmo al orden y progresar hacia la cumbre de la armonía. Yo creo que la música no es algo que el hombre encontró en la naturaleza, no hay melodías, por ejemplo, en el canto de las aves o en el viento sobre los carrizos, en la campiña; por más que el espíritu bucólico de los poetas se empeñe en decirlo; tampoco hay intervención celestial ni música de las esferas, que desde Pitágoras hasta la edad media era el modo de ordenar el sentido de la música desde la sucesión y distancia entre los planetas del sistema solar. Son abstracciones que deforman el fenómeno musical y pretenden darle un origen natural o uno divino, encubriendo el hecho en sí de que no fue más que un poco de pensamiento y un poco de acción, origen austero pero noble de todas formas. Quizá el trino de las aves o el viento en los carrizos despertaron la curiosidad del hombre, y lo impulsaron a la tentativa de reproducir tales sonidos, el medio inmediato que encontró para dicho propósito fue su voz, la música, si broto de algún sitio, fue del hombre mismo. Tal vez con la idea de producir un efecto sonoro diferente y extendido, manipuló los carrizales con su aliento; pero todo esto lo hizo posterior a un pensamiento, a la intensión de hacerse sonar. Su capacidad de transformar la materia le debió permitir desarrollar, entre ensayos y errores, formas para mejorar el primer sonido que logró gracias al aire, al viento, al aliento y la voz; aquí está el primer cimiento para la Melodía, pero esto no es propiamente música —como mucho menos lo es una alocada percusión de vara contra tronco—, es apenas sonido. Al haber domesticado un primer sonido, puro y ajeno a la naturaleza del viento o los animales, un sonido del que tenía control, su oído se aguzó; distinguió que podía emitir sonidos diferentes unos de otros. Claro que esto no sucedió de la noche a la mañana, pasó mucho tiempo antes de que las técnicas para construir instrumentos elementales se sofisticaran, para poder imitar determinados sonidos con la voz y para que el oído más sensible se especializara. Pero sucedió, como bien sabemos. El caso es que la observación del fenómeno del tiempo y los ritmos no tuvieron injerencia más que tardía en esta historia, porque al principio, en la música sencilla que se hizo, no importaban las duraciones, importaban solamente los sonidos claros y diferenciados, que sonaran uno tras otro sin la intención de que el arreglo siguiera un ritmo, que lo tenía, por supuesto, pero de manera soslayada. De este modo, pienso que el primer instrumento de la humanidad fue un aerófono: su propia voz, luego tal vez las flautas, extensiones del aliento. Es más propicio pensar que ésta es la ascendencia de la música, puesto que se funda en los dos motores que han propiciado toda la evolución de la civilización humana: pensamiento y acción.
Hube de reconocer la contundencia del razonamiento de Antónimo, me hizo recordar un par de referencias antiguas al origen de la música. Entre los chinos se cuenta que el emperador Huang-di, le encomendó al filósofo Ling-Lun encontrar un sonido auténtico, éste al observar la interacción entre el viento y el bambú, notó que producían un silbido; cortó una fracción de bambú que talló para crear lo nunca antes visto, una flauta; repitió lo mismo con más trozos de bambú hasta conseguir 5, cuyos sonidos base constituyen la famosa escala pentatónica, tan característica de la música asiática. En esta historia están presentes los elementos que Antónimo señaló como constantes para el origen de la música: pensamiento y acción que conducen a la idea de la Melodía. Aunque ésta es más bien la versión racionalista del mito, porque en la original, Ling-Lun recibe las flautas de un ave fénix. También, en el libro del Génesis, versículo IV:21, se nos habla sobre el octavo hijo de Caín, Juval (o Jubal... o Yu-b/v-al); padre de todos los que tocan arpa y flauta. Para la tradición cristiana, Juval habría puesto la música en el ámbito humano, pues su invención real es atribuída a Dios, es importante ver que entre los instrumentos aludidos no hay uno sólo de percusión, nada más instrumentos que conjugan de nuevo las constantes de Antónimo: pensamiento y acción. Estaba pensando en aprovechar el silencio que se había hecho para irme, pero Sinónimo habló por fin:
—¡Aire!, ¡Melodía!, ¿es que la música también respira? Me queda claro que el ritmo, latido de su corazón estaba presente en su creación, pero sin percepción, sin embargo, jamás había llegado a pensar en que la música pudiese respirar.
—Es una forma de pensarlo... sí
—¿Entonces el sentido del tiempo es posterior?
—En efecto, la música no tenía sentido del tiempo en el principio, su preocupación era puramente sonora; no fue sino hasta la invención del lenguaje de escritura mensural (el cual permite medir el tiempo que duran los sonidos, y tan efectivo es, que aún hoy lo seguimos utilizando) que el tiempo comenzó a cobrar relevancia. De hecho, si escuchamos la música eclesiástica del medievo, podremos ver que sus cualidades son eminentemente vocales y sin medida de tiempo. Como dije, fue merced al lenguaje postulado por la escuela del Ars Nova, que se tuvo mayor control sobre los sonidos, lo que por supuesto derivó en que los instrumentos fuesen explotados de formas más complejas; finalmente, es otro ejemplo de como el pensamiento precede a la acción.
—¡Ah!, amigo Autor, ¿no se siente tan impresionado como yo?
—No, mi deber es juzgar imparcialmente.
—Pero, acaso es que ¿no lo convence la idea de Antónimo?
—Reconozco como se ciñe de forma justa a la realidad, pero estoy seguro que hay algo que no termina de cuadrar.
—Es verdad. Mis amigos, todo esto no es más que una teoría. El agua y la tierra han borrado la memoria y el fuego y el aire la han destruido, de todo cuanto sucedió aquí abajo, sólo nos queda lo escrito allá arriba, pero ¿quién entiende la caligrafía sinuosa y ambigua del destino? No podemos sino imaginar, imaginar que las cosas tienen un principio, un orden, una razón de ser, aunque no lo tengan, vale la pena entretenerse con bagatelas.
Al ver la nueva expresión de perplejidad de Sinónimo comprendí que su mente había alcanzado por fin la verdad, que no sabemos la verdad y que del nacimiento de la música no hay sino mitos.

III. Contra los espectadores: una disquisición sobre la comunicación o Soliloquio de Antónimo

El espectáculo musical continuó indiferente de las conversaciones que habían sostenido Sinónimo y Antónimo; el uno estaba entregándose cada vez más al sentimiento exterior de dejarse envolver por la música, mientras que el otro se fue ensimismando como si huyera de las sonoridades que lo cercaban, siempre en dirección al centro de sí mismo. Antónimo comenzó a imaginar que era un saguntino y que la música adquiría la faz de Aníbal, estaba sitiado. Le causó gracia pensar en que, habitante de sí mismo, sólo podría practicar una autofagia espiritual para sobrevivir hasta que cesara el acoso sonoro. De este modo, caminó por las calles vacías de su Sagunto mental, esperando el momento en que la música inundara la ciudad y él sucumbiera a ella; sus pensamientos se hilaron irremediablemente:
«No puedo soportar la música cuando es tan estridente, en realidad eso ya ni siquiera es música; más bien, es como una catarata: aunque el agua (sonido) que lleva cae ordenadamente, también lo hace prodiga de ruido. En verdad que de ello no se puede obtener mucho placer estético. Eppur si (sembra che) muove —Y sin embargo (parece que) se mueve—, quiero decir, parece que el público disfruta... Pero, ¿será que es así? Lo dudo. Para empezar, porque el público es el último eslabón en la comunicación del fenómeno musical. Todo comienza con el compositor, quien concibe un mensaje, éste es puesto en términos aproximados sobre el papel; luego el intérprete traduce los signos en sonidos, pero, a veces el mensaje original se ve deformado o no es captado con precisión por el intérprete,  pero esto no suele ser nada especialmente grave; reproducido el mensaje, llega al receptor final y el más importante, el público... lo idóneo, lo óptimo, es que cada individuo —que en suma forma aquel ser extraño y algo indefinible que es un público— pueda interpretar el mensaje, desentrañar el sentido que el compositor trató de colocar en su obra, esto se lograría gracias a que los tres participantes conocen una clave; un lenguaje común, que les permite descifrar y articular los significados transmitidos en la música. La realidad es que, suponiendo que entre el compositor y el intérprete haya una buena comunicación —circunstancia que se da mejor cuando estos dos son uno sólo, el mismo—, el público suele ser el menos enterado de las implicaciones que hay en la música que le es transmitida. Oye la música como un visitante oye otra lengua en un país extranjero; puede que le produzca curiosidad o hasta perplejidad, y si no fuera por los gestos de su interlocutor, con el rostro que se armoniza con los discursos, ¿qué podría saber de todo cuanto le dicen?».
«Desde que la música se democratizó, y los conciertos permitieron que públicos más grandes pudieran asistir a oír música, se fue diluyendo el acceso al lenguaje musical, quedando limitado casi exclusivamente a los músicos. Craso error».
«¿Cómo puede disfrutar el público de algo que rara vez suele entender? Bueno, es que ese es el caso, no disfruta de la música, sólo la recibe pasivamente, cree disfrutarla porque se compromete con ella en un nivel emotivo, que si bien es parte del la apreciación, no lo es todo».
«El hombre se compone de una parte primitiva e instintiva, una emotiva y una intelectual y la música tiene la capacidad de estimular cada estrato, cuando Camille Saint-Saëns dice que la música “es algo que atraviesa el oído como una puerta, la mente como un vestíbulo y continúa más lejos”, quiere expresar la amplitud del arte sonoro que se ocupa de satisfacer al oído, a la mente y al espíritu».
«En fin que la escucha debe ser Sensual, Estética y Emotiva; no aprovechar todas estas dimensiones es un desperdicio. Me explico: es indudable que los primeros dos eslabones del canal de comunicación musical pueden atender y entender —como diría Amadeo Roldán, el gran compositor cubano— los mensajes sonoros; pueden sentirse conmovidos por un acorde o una melodía, como cualquier otra persona o, pueden sentir el deseo de seguir el ritmo de un tambor; pero además, pueden notar el tratamiento que se les da a esos elementos; pueden escuchar con claridad cuando las ideas musicales se relacionan o se contraponen, cuando los temas se repiten o varían, cómo los timbres se yuxtaponen con la intensión de suscitar un efecto específico; el juego musical, de dónde viene cada sección de la obra, hacia adónde se dirige; en suma, su experiencia es más rica, más amplia, aérea y significativa. Esto no es nada desdeñable, sobre todo pensando en la situación de la música, que es un arte que sucede, de tiempo momentáneo; no podemos sino tener una percepción dosificada de ella, escuchamos algo diferente cada instante y así como suena, la música se pierde para siempre. Sólo los datos de la memoria inmediata de lo que acaba de sonar y la expectativa de lo que va a sonar, le dan sentido a algo inaprehensible; el conocimiento sobre el lenguaje y la estructura de la música aumenta nuestra percepción de estos tres momentos: aquello que sonó, aquello que suena y aquello que sonará; también de sus intensiones, ya sean emotivas, sensuales o intelectuales. Decía, compositor-intérprete pueden orientarse en el espacio sonoro —vaya oxímoron—, pero el público no suele tener estas herramientas, está varado en el mar de música, a su merced».
«Nadie diría que esto es malo, y se puede apelar a que el sentimiento es suficiente para apreciar la música. Uno goza con esa bella parte del alma que no comprende, como diría Paul Valéry, pero siendo sensatos, no basta. No puede bastar, nunca bastaría. Por muchas razones; empezando porque el lenguaje musical progresa, se sofistica y permite expresar ideas cada vez más complejas, cada vez más íntimas y ricas; los compositores entraman más y más el arte musical, y no es que traten de hacerlo inescuchable, sino que el público se queda rezagado, y la nueva música no es bien recibida, porque en el fondo, la realidad no es que muchas veces sea demasiado innovadora o demasiado extraña, sino que más bien, el público no puede atender algo que no entiende; no sólo esto, sino que aquello: otras músicas se quedan marginadas, porque no se corresponden a los modelos sencillos y reconocibles para el público, el gusto musical se lleva a territorios planos que terminan por volverse la norma, y así también la música del pasado, la música de otras culturas es excluida».
«El público se torna en tirano pues decide qué expresiones musicales prevalecen y cuáles permanecen en la sombra; la distancia entre público y compositor-intérprete se acrecienta, de modo que se da el fenómeno de música para músicos, un arte hiperespecializado que a su vez margina al público lego; sólo consecuencias nefastas, porque la música se escinde entre popular y elitista; como vemos, la música no es un lenguaje tan universal como se nos pinta...».
«Ahora bien, no podemos frenar el progreso de las artes, si el lenguaje musical se hace más complejo es sólo porque los compositores-interpretes aspiran a expresar emociones e ideas más íntimas, más personales, y no es que con esto deseen excluir al público, sino que es un efecto colateral de que el público no logre ponerse al día con los requerimientos técnicos y estéticos que las expresiones de este tipo precisan».
«La verdad es que la situación del público es más precaria de lo que parece. Sólo es capaz de atender la música, aún la más sencilla y rara vez entiende. Como dije, recibe pasivamente un mensaje que lo deja impávido; muchos confunden esta emoción que la música les produce con deguste, y es que sí, en parte, contemplar un espectáculo extraño nos estimula, pero sólo de modo superficial, a veces casi morboso. El público no está dotado con ninguna herramienta que lo oriente, suele asirse de los elementos que reconoce pero que las más de las veces son ajenos a la música; a la gente le gustan las letras de las canciones, pero éstas no son la música y más bien, de no ser porque están puestas azarosamente a los sonidos, nada tienen que ver con ellos; también gustan de los bailes y los espectáculos de luces, de atuendos extravagantes, de esforzadas actuaciones teatrales por parte de los intérpretes, de mímicas afectadas que se correspondan con la vaga noción de felicidad y tristeza que se le da a la música; pero una vez más, nada de esto es la música. Todo lo ajeno a lo puramente sonoro son elementos extramusicales, cosas que estimulan la vista, el tacto o el olfato, cosas que apelan a lo que conocemos, como las palabras que usamos en el día a día. El público rara vez sabe por qué la música que oye le gusta, ignora la razón exacta de por qué esta canción, o aquel género, o tal instrumento le disgusta, y si intenta explicarse, apela de nuevo a cosas que son ajenas al problema en sí».
«El público no ama la música, porque no llega a comprenderla, y el amor nace de la comprensión; uno no ama lo que no entiende y lo que no conoce. No es tan difícil en realidad, llegar a conocer la forma en la que la música está hecha, basta de curiosidad, la chispa que incita a la mente a participar del problema que es la música. Se puede vivir en el éxtasis de la incomprensión, amar la flor aunque ignoremos el secreto de su crecimiento, el misterio de sus colores y el enigma de su aroma; pero la flor con su belleza natural no aspira a transmitirnos nada, nos deja a la libre asociación el sentido o significado que deseemos darle, por otro lado, la música sí fue hecha con una intensión, es producto de una mente, de un ser con el deseo de comunicarse; y aunque nacemos con la capacidad de percibir, de oír, a escuchar y entender se aprende».
«En otras palabras, es comprensible que no sepamos escuchar, lo que no tiene apología es que no queramos aprender a hacerlo si nuestros órganos están aptos para ello, si nuestra mente tiene la potencia de discernir, no hay excusa para no querer comprometernos con el mensaje que alberga cada canción, cada pieza, cada obra».
«Se me ocurre que usé de forma irreflexiva la palabra Público, cuando todo este tiempo debí decir Espectador. La diferencia estriba en que el primero contempla y el segundo presencia; contemplar no es nada más recibir sin discreción la música, sino que uno entra en un diálogo personal con ella, va buscando sus sentidos, su propuesta; mientras que presenciar es limitarse a recibir sin tamizar, sin dialogar con la obra, ser un testigo caprichoso de la música».
«Los espectadores forman grandes masas que se corresponden con los artistas que escuchan; ambos carecen de personalidad. La música que reciben es de carácter general, porque está hecha en términos aplicables a todos, una especie de panacea para el gusto musical sin criterio. El retroalimento de este esquema es nocivo para la música, pues estas masas obligan al arte a anquilosarse; perpetúan fórmulas ripias y degradan a los espectadores, además de que favorecen una industria basada en elementos extramusicales: atractivo físico de los artistas, letras vacías en las canciones, primicia de todo lo visual por sobre lo sonoro».
«El público real tendrá tanta personalidad como los artistas que sigue: todos serán una suma de individualidades que crean un cuadro diverso, aunque afín. El público real se compromete con la obra y no con el creador de ésta».
«Estamos incomunicados, todo nos separa; nuestras convicciones, filias y fobias. A menudo defendemos aquella música hecha para masas porque nos permite formar parte de algo, adherir nuestra identidad a una mayor, a la de los espectadores; pertenecer, queremos pertenecer, pero la aspiración debería ser pertenecer para darle sentido al todo, no sólo estar allí, invisible para el resto, para nosotros mismos, para los artistas que encumbramos. Ya lo había vislumbrado Kierkegaard en sus Pensamientos sobre la época actual, cuando dice que “el hombre, que no tiene una opinión acerca de un suceso en el momento presente, acepta la opinión de las mayorías —o de las minorías, en caso de ser quisquilloso—. Pero debe tenerse en cuenta que tanto las mayorías como las minorías se componen de gente verdadera, de ahí que el individuo se vea apoyado al adherirse a ellas. El público (los espectadores, mejor dicho), por el contrario, es una abstracción... Un público no puede ser una nación, una generación o una comunidad, ni tampoco estos hombres en particular, ya que todos ellos sólo son lo que son a través de lo concreto; ningún individuo que pertenezca al público llega a comprometerse de verdad [...]. Compuesto por tales individuos, de individuos en los momentos en que no son nada, un público es como un algo gigantesco, un vacío abstracto y desierto que es todo y nada.”, quiere decir que los espectadores, suma de incomprensión, son un ser que multiplica geométricamente su incomprensión; que la fuerza de arrastre de un grupo, grande o pequeño, pude comprometer la capacidad de apreciación de los individuos, puede hasta condicionarla, y lo hace, pero debemos correr el riesgo, el riesgo de comprender, de descifrar el mensaje, no sólo quedarnos con la botella que el mar arrojó a la playa y adorarla como reliquia, sino que, en verdad, extraer el papel de su interior, hacer el esfuerzo por descifrar su contenido, las palabras».
«Cuando le dije a Sinónimo que también disfrutaba del espectáculo que era toda la música junto con la fiesta, me doy cuenta que puedo ocuparme solamente de la fiesta, la música es para mí otra cosa, y como tal, hasta el tiempo para oírla debe ser una elección y no sólo la imposición del momento, trato de ser público, aunque a veces eso implique no querer escuchar».
Así, Antónimo caminó y caminó sin ir a ningún lugar, hasta que una pieza conocida para él sonó con justeza y decidió enfrentarse a Aníbal, aunque sabía que perdería.

IV.

A

miércoles, 3 de marzo de 2021

M(i) Ú(ltima) S(aeta), A(cteón)

Fantasía, ficción y fantasma de tema teriantrópico (𓃦) (ꃕ); hablo de geometrías contrarias que se corresponden o tal vez las famosas asíntotas —oblicuas—. Musa imposible que, por supuesto, inspira hasta la metamorfosis y la pérdida del principio porque a los ojos del amor, la luna y el sol jamás aparecen juntos en la plenitud de su esplendor, el cielo tiene espacio para una presencia a la vez; hace pensar en lo limitados que son los sentidos. Cupido ha dejado el cuento —y lo sigue dejando—. Por otro lado; reescribo un pecado de hybris: para ser el mejor cazador hace falta no poder cazar aunque sea una sóla presa, la excepción que amplia la regla, es paradoja (hasta al mejor se le va una presa viva).  En fin, léase como un instructivo de lo que no se debe hacer, aunque sin el compromiso de ponerlo en práctica.

Para Disis, la última hora del día y la primera de la noche; porque ella es el beso que el sol le da a la luna.

El hermano Theodor terminó su triste historia sobre una bella joven condenada a la maldición del cisne, que canta una sóla vez en toda su vida; entonces, todos los presentes quedamos un tanto melancólicos y cada cual sumido en sus taciturnos pensamientos. Esto no duró mucho pues, la tertulia nocturna no tardó en reanimarse una vez más cuando alguien avivó el fuego que lucía como una joya de fantasía.
Esa noche el club Serapio estaba bastante concurrido; se había dado libre acceso a la tertulia.
Luego otro tomó la palabra y comenzó a fanfarronear sobre una impresionante aventura que vivió en su juventud; escuchamos con actitud sardónica al darnos cuenta que nuestro descocido orador era víctima de todo lo que había bebido; el pícaro, con la copa de Bohemia en mano, fue reparando en que se estaba convirtiendo en un bufón; dejó su historia a medias y nos desafió a contar una aventura mejor que la suya. Su cómica indignación de beodo se tornó pronto en altivez cuando permanecimos en silencio; nos cohibía la idea de hacer el ridículo como nuestro compañero. De pronto, desde las sombras, una voz que parecía carecer de eco, exclamó: Yo contaré de cuando fui un animal silvestre, y les aseguro que más extraña y fantástica aventura no oirán jamás de ser humano alguno. Las murmuraciones no se hicieron esperar, cruzamos miradas de curiosidad; me pareció que nadie conocía al extraño y que cada cual podía suponer que era amigo de cualquiera de nosotros. El hermano Theodor celebró la idea de escuchar una historia tan particular y nuestro peroratador vió los restos de su orgullo ser pisoteados por el entusiasmo general que se había suscitado.
El extraño avanzó hacia el centro de la estancia y la luz del fuego nos descubrió una figura alta y estilizada; las prendas que vestía parecían responder al resplandor naranja y daban la impresión de ser el pelaje de un inopinado zorro, iluminado por el atardecer. En ese momento noté que no había escuchado los pasos que dió entre el tramo que hizo desde las sombras hasta la vista de todos; y estoy seguro que ni aún el hermano Theodor, diestro músico, oyó nada. El extraño se aclaró la voz y miró un segundo en derredor, como buscando en el medio las palabras exactas para iniciar su relato. No creo exagerar al decir que su presencia elegante y su porte misterioso nos hipnotizaron desde el primer momento.
«—Deben saber, antes que nada, mis amigos —nos dijo con voz seca, como si sus palabras no fuesen a reberverar en el aire— que me llamo Actéon Renard y desde joven me ejercité en el noble arte de la caza. Mi familia poseía una cabaña en la campiña donde pasábamos del invierno a la primavera. Así que, mi padre me llevaba a cazar ciervos en diciembre, y perdices y liebres en abril. El andar por los bosques, el monte y el valle, abriéndome paso entre los arbustos y las ramas bajas, con la atención bien despierta para detectar los rastros y la presencia de los animales, templó mi espíritu y pronto me vi convertido en un diestro cazador. No había animal que pudiese escapar de mí; ni en el cielo, ni en la tierra, y aún en la pesca supe destacarme. Cumplí los 20 años con la reputación de haber cazado prácticamente todas las especies que la campiña podía ofrecer. O al menos eso creía, hasta que en una ocasión, vagando por la pradera en busca de un faisán, me detuve un momento para tomar una merienda frugal. Estaba recostado en la yerba amarilla que preludia al verano, miraba al cielo buscándole formas sugerentes a las nubes cuando me sentí observado. ¿Saben, mis amigos, que el cazador desarrolla una especie de sexto sentido; la conciencia de la naturaleza como una extensión de su propio cuerpo? Ningún buen cazador se puede jactar de serlo si el suelo bajo sus pies no es su propia piel sin solución de continuidad y el aire circundante su oído externo. Me moví muy lento, un músculo a la vez y con la respiración contenida para ergirme lo suficiente y poder divisar a mi espía. Mis ojos se cruzaron con una flama que andaba sigilosamente por los pastos altos, respetando cada filamento que cedía a su paso y volvía a su lugar después; los modos de víbora de aquel animal me produjeron una onda impresión; se acercaba sin pudor y en silencio o, mejor dicho, imitando el sonido de la yerba movida por la suave brisa. Para ser osado, es preciso ser astuto: la osadía sin astucia es estupidez, y éste animal tenía que ser muy perspicaz como para acercarse a mí sin el menor asomo de temor o duda; y es que, les digo, mis amigos, que el cazador tiene un alma pesada; es un centro de gravedad que antes de encontrar siquiera a la presa, ya la está capturando con esta fuerza de atracción; el animal, víctima del arrastre mortal, sabe que debe escapar, pero a medida que el cazador se acerca, el magnetismo se potencia y la fatalidad lo alcanza. Ésta criatura sin miedo, que serpenteaba hacia mí, parecía anunciarme que sabía sobre mi poder y que era inmune a él. Tendí mis manos en dirección al arco, porque el cazador se encomienda primero a Panoptes, cuando acecha a la presa y luego a Briareo, para actuar con celeridad y aprovechar todas las oportunidades que el animal ofrece. No bien había apuntado mi mortal saeta en su dirección, lo perdí de vista por completo. ¡Me burló, en toda la extensión de la palabra! La cólera se apoderó de mí seguida por la vergüenza; ¡en mis narices y a una distancia imposible de fallar el tiro!: un zorro me había eludido y yo no cabía en mi asombro. 
»Así fue cómo comenzó mi obsesión por ese animal. La última semana que permanecí en la campiña, antes del fin de la primavera, me obstiné en cazar al zorro. Y fracasé en cada oportunidad que tuve desde nuestro primer encuentro. Ese zorro era el ser más esquivo del que jamás se haya hablado. Nunca lo ví por completo, siempre que lo percibía y lo buscaba con la mirada, me encontraba con trazos de su cuerpo: una pata que parecía hacerse humo entre los claros del bosque; su desdibujado hocico que se confundía con las pardas y oscuras hojas de los helechos; sus tenues orejas que desaparecían y aparecían entre las rocas; y, por sobre todo, su maldita cola que era una vibrante flama, o un fuego de San Telmo terrestre... cada vez que estaba en su presencia y a punto de lanzar una tanda furiosa de flechas contra él, lo perdía de vista. Volvía a casa de mal humor y avergonzado, sin ningún trofeo, porque pasaba toda la jornada tras lo que parecía ser un espíritu y de ningún modo el inocente zorro que había supuesto la primera vez que lo vi. Mi mente embriagada por su elusividad buscaba explicarse cómo era capaz de burlarme en cada encuentro. Llegué a creer, por ejemplo, que no era un ser natural, que en vista de mi poder de peligroso cazador, el zorro se fraccionaba y andaba entre los setos hecho pedazos, engañándome con su presencia parcial en donde lo buscaba, sabiéndose omnipresente; también albergué la idea de que el zorro era un hijo del relámpago, que en el tiempo que me tomaba poner a punto mi arco —que modestia a parte es muy poco, menos que un parpadeo— él ya le había dado tres vueltas al bosque. Sólo así podía concebir que él lograra salir indemne en cada encuentro. El verano que siguió a esos últimos días de frustración fue una tregua necesaria, el zorro se alzó con algunas victorias, pero la guerra recién estaba por comenzar. Pase los cálidos meses de agosto y septiembre pensando en mil estratagemas para atraparlo; no podía pedir ayuda, hubiese sido admitir mi derrota, tenía que cazarlo sin ninguna intervención para que mi victoria final fuese limpia, lo suficiente para lavar mi honor. Por esa misma razón descarté la idea de usar cepos y cebos, una presa tan sublime como el zorro no podía caer con esos ardides tan groseros; él me burló con elegancia y como tal, yo debía matarlo en un encuentro ínclito. Poco a poco, mi corazón se hizo a la idea de que la caza del zorro sería mi consagración. Incluso soñaba que después de una persecución sin precedentes, lo arrinconaba entre un obstáculo y mi arco guiado por los rayos del sol; en mis fantasías, lo hería con la última y sacra flecha de mi aljaba y de su herida no brotaba ni una gota de sangre, que así, el zorro ascendía hasta las estrellas y era catasterizado con todo y la mortal saeta que lo había ultimado».
La concurrencia permaneció tensa cuando Acteón se detuvo un momento y entornó los ojos en dirección al fuego que el hermano Theodor había avivado; me di cuenta que la súbita flama crecida en su presencia le estaba recordando la cola del zorro, en verdad que el hombre parecía dominado por el influjo feral de aquel idílico animal. Su mirada pareció leer en las lenguas ígneas los detalles secretos de su aventura y no bien el fuego se tranquilizó, Acteón prosiguió su relato:
«—La caza del zorro constituiría el éxito o el fracaso de mi vida; fui imaginando las dos posibilidades que podrían resultar de conseguir mi cometido o de fracasar: si triunfaba, me liberaría de la enfermiza necesidad de asolar al zorro, la mácula en mi alma se borraría, y en su lugar quedaría un resplandor naranja que por siempre me acompañaría como trofeo de mi hazaña; pero si el zorro volvía a escapárseme, aceptaría mi derrota, claudicaría y nunca más una flecha tocaría mis manos; aún más, la sombra del animal se extendería para siempre sobre mi vida. Oscilaba entre el entusiasmo y la desesperación: y la idea de la victoria se fue imponiendo como un imperativo para mi existencia; pero, ¿cómo vencerlo? Analizaba nuestros encuentros: él carecían, en principio, del miedo de la presa. Cazar otros animales es fácil cuando estos sucumben al terror primario al que los orilla su instinto de preservación; corren en línea recta porque en su frenesí sienten que esta es la mejor forma de salvarse, pero no se dan cuenta que trazan un camino entre ellos y el cazador, que la flecha vuela sin óbice por esta senda invisible. Sin embargo, el zorro anda errático, goza de la libertad de no trazar caminos a su paso, y lo único que lo persigue es su propia sombra, que además lo protege. Cuántas veces mis proyectiles impactaron contra aquella sombra, quedándose estériles sobre la tierra o clavados en el tronco de un árbol. El zorro, mis amigos, es la personificación de inteligencia en la fauna y también la presencia de la tarde perpetua en la naturaleza. El zorro está siempre a punto de anochecer, su color nos dice que tiene la energía del día y el conticinio de la noche. Tenía que buscar la manera de separarlo de su poder, de atraparlo en un tiempo donde ni su energía diurna ni su astucia nocturna le valieran para sobrevivirme. Y, escuchen bien, el único procedimiento que prevalecía en mi mente era: combatir fuego contra fuego, ganarle de su juego. Ningún arquero legendario hubiera asestado su venablo contra él: ni Artemisa, ni Apolo, ni París. La precisión nada puede hacer contra el andar etéreo y fragmentario del zorro; la respuesta para estos cazadores hubiese sido quemar el bosque entero y la pradera toda por una presa, pues el zorro estaba detrás de cada helecho, en cada copa y hasta en la última madriguera. No, debía buscar el modo de cazar al zorro sin cazarlo, de hacer que mi anhelo por él se tornara en desdén, como el que él mismo me tenía. Es una empresa complicada aspirar a algo sin hacer nada concreto para conseguirlo. No hablo de esperar sentado una obra del destino, sino de tirar al blanco con los ojos vendados y la convicción de asestarle. ¿Pero cómo podría ser posible acertar, quién tendría una puntería tan inconstante en la trayectoria como el zorro en su andar, pero con la seguridad de siempre llegar a su destino? Sé lo que están pensando, mis amigos, porque yo también llegué a la misma conclusión: Cupido, un arquero lo suficientemente desinteresado en la presa pero con la prodigiosa habilidad de nunca fallar, ni aún con la intensión de hacerlo. Cegado por mi odio hacia el zorro, me uní en secreto al culto de Cupido; sabía que éste no atendía las súplicas de nadie, ni aún a los dioses les prestaba favor, pero yo no buscaba su poder sobre el corazón; quería aprender el secreto de su puntería. ¿Qué influjo ponía en cada tiro para que la flecha volara por los aires cambiando líneas rectas por curvas o por impensados ángulos, dejando veredas laberínticas trás de sí, trazos de caos que conectaban A con B sin fijarse en la economía de los tramos recorridos? El invierno se acercaba y yo seguía sin descubrir el arte de Cupido. Iba a su templo con el alma llena de devoción, volvía de él sin dejar que mi fe menguara. Y una tarde, regresando a casa, se rompió por fin uno de los hilos que sujetaban mi destino. A una orilla del camino estaba un joven arquero haciendo tiros con los ojos vendados: sus flechas salían disparadas con notables márgenes de error y sin embargo se clavaban pulcramente en el centro de la diana que estaba a buena distancia de él. No tardé en darme cuenta que cada proyectil tenía las características acústicas del relámpago, que golpea su blanco y luego suena su impacto: sus dardos hacían silencio y el sonido de su disparo quedaba tras de ellos como la sombra queda detrás cuando andamos a contra luz. Desde aquel día aciago en que vi al zorro, nada me había vuelto a impresionar tanto. Me quedé por mucho tiempo, observando su técnica; jamás repetía los tiros en sí, y uno podría decir que cada disparo tenía el aspecto de ser siempre el primero que el arquero hacía en toda su vida. Estaba tan concentrado que no me di cuenta de que la tarde se había prolongado y que la noche parecía no llegar nunca. Me acerqué por fin y le hablé en estos términos:
«—¡Vaya hazaña! Estoy aquí desde hace largo rato, vi cada tiro que hiciste y no has fallado ni uno sólo, ni cuando parecía que el viento amenazaba con desviar tus saetas...»
«El joven arquero se descubrió los ojos, eran claros y casi tenues, como los de un niño. Tenía un gesto caprichoso que parecía ser su única expresión; miro alternativamente la diana y sus manos, para decirme después, con aire burlón»:
«—No es que yo sea muy diestro con el arco, pasa que mi objetivo coopera bastante bien en no moverse.
«—Yo pienso que ni aunque la diana tuviera alas se escaparía de ti.
«El halago pareció gustarle, pero trató de disimularlo poniendo el vendaje sobre sus ojos, lanzó una veloz flecha que fue a partir en dos a la que estaba más lejos del centro, era un truco con la intensión de disminuir mi impresión general sobre su competencia con el arco, pero al mismo tiempo sucumbió a la tentación de lucirse de todas formas».
«—Uno diría que has tirado toda tu vida, pero eres casi un niño —mis palabras hicieron su efecto, pues respondió con algo de irritación:
«—El talento a veces está sobre la experiencia, en verdad que he dejado en ridículo a un par de arqueros de plata, cuyo único mérito es cazar torpes serpientes o causar muertes súbitas. Yo no mato en sí a mis presas, por lo que no se me puede llamar cazador, pero no hay ser que pueda eludir mis saetas —la última oración me confirmó que estaba en presencia del arquero supremo. Me sentí al borde del colapso, pero debía moderar mi emoción. Sabía que no podía pedirle nada, que ningúna razón le parecería valida».
«—No despreciaría la experiencia así, de buenas a primeras... —me cortó la frase.
«—La experiencia es para los que tienen la capacidad de equivocarse, nunca he fallado un sólo tiro: a mis flechas las guía el destino, cada una tiene marcado su objetivo antes de haber sido incluso puesta en mi aljaba o en mi carcaj —miré a sus pies y vi en efecto dos contenedores con bastantes flechas asomando por sus bocas. No había imaginado que Cupido cargara con una munición tan nutrida».
«Me acerqué a mirar su equipo y le pedí que realizara otro tiro como el anterior, para ver si podía repetirlo. Mientras se volvía a poner la venda sobre los ojos, me agaché con mucho cuidado y tomé una flecha de su aljaba; era muy ligera, tanto que me pareció que incluso se podría disparar sin necesidad de un arco, la puse entre mis ropas, protegiéndome bien de su punta. Cupido repitió el tiro y lo celebré debidamente, cosa que pareció devolverle el buen humor. Se sentó en el pasto, dispuesto a cesar con su entretenimiento y me despedí cortésmente de él. No me prestó gran atención y aproveché su indiferencia para alejarme sin demora. Al llegar a casa, puse la flecha sobre mi mesa de trabajo y la estudié a detalle; era una jara de hechura inmejorable, muy parecida a una aguja. A lo largo del astil había un nombre grabado, así que tomé una lija y en poco tiempo lo hice desaparecer. Tenía en mis manos el poder de un tiro perfecto. Según las palabras de Cupido, cada flecha ya estaba clavada en su objetivo a priori y el nombre grabado en ellas parecía ser lo que las ligaba de forma irrefutable a cada presa. Bastaría con nombrar al zorro y grabar su nombre en la flecha, hecho esto, el destino del zorro estaría sellado. No podía saberlo, mis amigos... la fatalidad que quería imponerle al animal, en realidad iba a imponérmela a mi mismo. Quiero decir, es obvio que uno no burla a los dioses sin una consecuencia imprevista y terrible; pero las verdades que derivan del sentido común son —irónicamente— poco comunes. Me faltó darme cuenta que las flechas de Cupido tienen dos poderes diferentes: provocar el amor o el desprecio y el olvido».
Acteón hizo una pausa para beber de la copa de la Bohemia que había llegado a sus manos. Cuando la bajó frente a él, vi en el ambarino color del ponche el reflejo imposible de nuestro hombre: el liquido no dibujaba el rostro humano del cazador; más bien devolvía la imágen de un zorro, y aún a pesar de lo turbio de la bebida, el color naranja rojizo de su pelaje brillaba como fuegos occiduos. La incredulidad se apoderó de mí. Me restregué los ojos sintiéndome víctima del sugestivo relato de Acteón o quizá del sopor por lo avanzado de la hora. La copa siguió circulando y el narrador retomó la palabra con animación, cosa que distrajo mi atención de lo que acababa de ver.
«—El invierno llegó. La mejor estación para la caza del zorro, pues su color lo delata fácilmente sobre la nieve y, además, su pelaje está en el apogeo de su belleza. Debido a que el alimento escasea, el zorro se ve obligado a incursiones más arriesgadas para procurarse sustento. Por otro lado, el frío inclemente se vuelve secuaz involuntario del cazador; primero, manteniéndolo alerta; segundo, silenciando a la fauna y la flora; y tercero, guardando por más tiempo las improntas y rastros de los animales. Todo parecía alinearse para coronar mi triunfo definitivo; la larga y tortuosa espera de dos estaciones iba a reducirse a un segundo de eternidad donde todo mi cuerpo se depositaría en el vuelo esperanzado de mi deseo convertido en proyectil. Pasé los primeros días estudiando el terreno, que aunque uno podría pensar que conocía bien, cambia radicalmente con cada día que pasa; debía esperar las primeras heladas que inmovilizan a la naturaleza y por tanto lentifican las transformaciones. Por fin, una madrugada me levanté rodeado del relente que es signo inequívoco del invierno deteniendo el paso del tiempo. Todas las fuerzas estaban a mi favor y di el primer paso en falso sin saberlo: me envanecí; ¡ay, verdaderamente, amigos! La cuerda que estaba por tensar no era la de mi arco, sino la de mi frágil existencia a la que con mis actos insensatos había llevado a un punto donde cualquier cosa podía suceder».
Las últimas palabras de Acteón me hicieron estremecer, recordé espontáneamente su reflejo animal. Y pregunté al compañero que estaba sentado junto a mi si conocía al señor Renard, mi momentáneo interlocutor negó cualquier relación con él y agregó que la red de murmuraciones tendida por los asistentes le había hecho saber que nadie lo conocía previamente. Su presencia se me antojó de mal agüero, pero sin nada más que conjeturas, no podía detener su discurso de buenas a primeras para interrogarlo, tuve que guardarme mis intrigas.
«—Al clarear el amanecer, salí de casa y me adentré entre la nieve hacia el principio del bosque. En el camino ensayé mentalmente el tiro divino que le pondría fin a la persecución más distendida de mi vida. La tarde me sorprendió, pero el albor dominaba todos los rincones de esa fracción del mundo; por mi mente pasó la ridícula idea de que la naturaleza estaba arreglada para sus nupcias y que yo iba a convertir el evento en funeral. En mi aljaba cargaba a la muerte... tonto de mí que no supe ver que del odio al amor hay un paso y que la muerte se confunde muy fácil con ese mismo sentimiento. Caminaba por el sotobosque cuando una flama refulgente pasó entre las matas sin incinerarlas. El añorado zorro danzaba para provocarme: saltaba de la copa de un árbol a otra, veía ora sus rápidas patas, ora su lomo tapiz de brazas. Me dió la impresión de que evitaba volver a pasar por el mismo sitio dos veces, así fue como me hizo seguirlo hasta la parte más tupida de nieve y naturaleza. El momento había llegado; puse una venda sobre mis ojos y saqué la flecha que tenía grabado el nombre con el que lo bauticé: Ocaso. Mi corazón se detuvo unos instantes para colaborar con el silencio mientras tensaba el arco; logré escuchar las livianas pisadas de Ocaso y apenas se detuvo, disparé la flecha de Cupido; sentí cómo la cuerda se rompió y la tensión me daba un fuerte latigazo, equivalente de todo el poder que había impreso en ese tiro, toleré el escozor, pero no sé cómo fue que no pude contener un tonto estornudo que fue seguido por el grito de una mujer. Me descubrí rápidamente los ojos, todo apareció oscurecido, y el batir de unas alas me sobresaltó; pude ver apenas cómo, lo que me pareció era, una lechuza se alejaba entre las copas de los árboles. Cuando me acostumbré a la noche y el reflejo de la luz de luna irideció sobre la nieve, descubrí a una pálida mujer tendida con mi saeta clavada en el brazo; corrí hacia ella para tratar de auxiliarla pero a medida que me acercaba sentía que mi cuerpo se inclinaba hacia delante, como si fuese a tropezar; fue entonces cuando reparé en que mi rostro estaba a pocos centímetros del piso. La mujer me dirigió una mirada cargada de furia y gritó: «¡Fuera de aquí, largo estúpido animal! ¡Aléjate!». A pesar de la herida en su brazo, se las arregló para patalear con desesperación. Cuando me eché hacia atrás para esquivarla, me di cuenta por fin de que estaba sobre mis cuatro extremidades como un animal, y bastó más que una mirada de reojo a mis flancos para comprobar que de mi forma humana no quedaba nada ya y que en su lugar, mi cuerpo era el de un exótico zorro. Traté de articular cualquier palabra, pero de mi garganta sólo salieron atropellados ruidos ininteligibles, desistí al momento de cualquier tentativa de comunicación. La mujer siguió gritando desaforadamente, no tanto producto del dolor de la herida hecha por la saeta, su naturaleza era casi inofensiva, sino más bien por mi presencia. Yo no sabía qué hacer, estaba turbado y aunque trataba de procesar con celeridad mi situación, el verme convertido en el animal que más detestaba no era precisamente el estado propicio para pensar con claridad. Seguí inmóvil y la mujer cansada de mí, decidió ocuparse del verdadero problema que la aquejaba; miró el venablo y al tentarlo debió haber notado su ligereza, además de que no se había clavado muy profundo en su carne; cerró los ojos y sacó la flecha como quien se extrae una astilla del dedo. Me arrojó la flecha, con la intensión de ahuyentarme, pero yo estaba tan pasmado que no tuvo el menor efecto. Se levantó por fin y caminó pesadamente en dirección opuesta de donde yo me encontraba. La perspectiva de permanecer solo en mi extraño estado me hizo seguirla con prudencial distancia; no tardamos en llegar a una cabaña que yo había visto en otras ocasiones, pero a la que nunca puse especial atención. La mujer entró y pronto se iluminaron las ventanas. Yo estaba como tonto entre la nieve mientras una ventisca se cernía sobre mí. Tantos acontecimientos me dejaron agotado y me guarecí a la sombra de una de las ventanas; sentado sobre el alféizar miraba con anhelo el cálido interior de la cabaña. La mujer iba y venía buscando los enseres necesarios para tratar su herida. Soltaba alguna maldición de vez en cuando. Una vez acabada su precaria atención médica, miró por la ventana; al verme allí estuvo a punto de reemprender con las maldiciones, pero no lo hizo. Me contempló con curiosidad y yo trataba de mirarla con la intensión de hacerme comprender sin palabras. Por primera vez en mi vida sentía la pena de no poder expresarme más que tácitamente. Insistió en ahuyentarme, pero esta vez lo hizo sin la misma energía. Luego fingió desinterés y se puso a preparar la cena; imagino que supuso que si me ignoraba, me iría. Pero permanecí allí; ella no sabía que yo no tenía lugar a donde ir. Un par de horas pasaron y comencé a sufrir por la intemperie y el hambre. La mujer iba y venía, ocupándose de tareas cotidianas, de vez en vez miraba de soslayo hacia la ventana donde yo temblaba de frío. La noche alta se conjugaba con una baja temperatura que atería mi cuerpo; por mi mente cruzó la certeza de la muerte que desterré con otros pensamientos: en primera instancia, ¿me había convertido en un zorro o, simplemente, mi conciencia había ocupado el cuerpo de Ocaso?, ¿La flecha de Cupido no pudo herir al zorro porque ni aún borrando el nombre de a quien estaba destinada se podía cambiar su objetivo o porque con el giro de los acontecimientos el zorro eludió una vez más mi venablo?, y en cualquier caso, ¿quién era esta mujer y qué hacia en el centro del bosque? Nada tenía sentido y divagando sobre estas posibilidades, sucumbí al sueño, que en realidad confundí con la muerte alcanzándome. La nueva luz del amanecer sobre mi rostro me devolvió la conciencia. Estaba acurrucado en un sesto frente a la generosa flama de la chimenea, miré mi cuerpo de zorro sólo para comprobar que mi realidad inmediata no había cambiado. Un estremecimiento acompañó al impacto de las cosas sobre mis sentidos animales: los aromas, los sonidos, los colores, todo tenía una intensidad aplastante. De repente, la abemolada voz de la mujer me llegó con una nitidez tal que sentí que estaba dentro de mi cabeza y no detrás de mí, a un par de pasos. No logré entender sus primeras palabras pero con el resto me recriminaba por haber recibido una flecha en mi lugar. Al darme la vuelta para mirarla, me encontré con una bella joven, en medio de una habitación que se antojaba estrecha, pero que contenía tantas cosas que mi noción del espacio se contrariaba; quise atribuir el fenómeno a mi nueva dimensión disminuída de zorro. La desconocida me dirigió una sonrisa y acercó algo de carne seca a mi sesto; el apetito despertó una inopinada rapacidad en mí y contrario a la sobriedad que me hubiera gustado mostrar, devoré todo con apremio. Sin duda presentaba una estampa cómica, porque ella se burló de mi brusquedad. La impotencia de no poder decirle nada, ni de disgusto o agradecimiento me produjo melancolía. Pasé el día entero allí, inmóvil, estudiando lo que podía depararme el porvenir; no sabía si mi estado era permanente o temporal, tampoco si yo podía hacer algo para revertirlo. Una nueva noche nos abrazó y luego al siguiente día me animé a salir del sesto, mientras mi inopinada benefactora se había ausentado. Exploré la habitación: los muebles viejos y limpios me decían que no hacía mucho tiempo que ella vivía allí y todo adoptaba un orden de madriguera en lugar de casa. Ella me encontró hurgando bajo la cama cuando volvió, traía un grueso paquete de leña que pronto ardió y cumplió el doble propósito de cocer los alimentos y brindar calor al hogar. Los días transcurrieron con la pereza impuesta por el invierno; me fui adaptando poco a poco a ella, de modo que sin habérmelo dicho explícitamente, estaba dispuesto a vivir así el resto de mis días. Me olvidé de Cupido, de Ocaso y de mi existencia humana. Hasta que una nueva afrenta de mi destino roto avivó la fatalidad que aún estaba reservándose. Una mañana salimos de casa para dar un paseo, mi compañera, que resultó llamarse Hamara, me cargaba entre sus brazos, después de un tramo salté sobre la nieve; íbamos caminando en círculos sin ganas de llegar a ningún lugar o de seguir ritmo alguno. Esa linda desorientación de hoja al viento comenzó a atraerme y me llevó hacia el centro del bosque. Hamara reconoció el lugar de inmediato y se detuvo antes de poner un pie en las sombras tupidas de los árboles, pero yo era presa de una fuerza indescriptible, seguí como envuelto por remolinos, hasta que estuve con la flecha de Cupido frente a mí. Al otearla y apenas rozar su gélida inmovilidad mi vista comenzó a distanciarse del piso; acababa de recuperar mi altura y, no sólo eso, mi cuerpo adoptó involuntariamente la postura de tirar una flecha, sentí en mis restituídas manos el arco y la tensión de su cuerda, luego la tela del vendaje sobre mis ojos, y por último la flecha maldita. Todo había vuelto a ser tal y como fue antes del disparo que me condenó. Respiré ondamente y bajé mi arma, temía herir a Hamara. Descubiertos mis ojos, la busqué, la llamé, pero ella no respondió, no la encontré. Un nuevo batir de alas provocó un aironazo y me quedé solo en medio de la tarde».
Acteón quedó mudo y nosotros no supimos si era prudente hablar. El hermano Theodor celebró la historia y con ese aliciente, seguimos su ejemplo. La tertulia se reanimó, pero esta vez cada quien tomó el cause de conversaciones privadas; me acerqué a Renard y le dije que su historia sin duda me había conmocionado, luego le pregunté que qué hacía entre nosotros, puesto que ni yo ni nadie en la habitación lo conocía realmente. Esto fue lo que me respondió:
—Voy de comarca en comarca en busca de una presa peor que el zorro. Está donde los hombres y las mujeres son jóvenes y la flor de la edad los empuja hacia el fruto... lo persigo por tres estaciones, pero debo volver en la cuarta al encuentro de Hamara. Retorno al centro oscuro de aquel bosque donde disparo la flecha que me transforma en zorro y a Hamara en humana, repetimos los días que hemos vivido infinidad de veces hasta que un nuevo magnetismo me atrae al bosque y los papeles entre Hamara y yo se invierten. De no cumplir con rigor este rito, tengo la sensación de que ambos quedaremos atrapados en las formas que no deseamos, aunque en el fondo ya no somos ni totalmente humanos, ni totalmente animales; vivo inconcluso, porque en todo este tiempo he aprendido a amar y adorar a Hamara, pero siendo animal, mis deseos humanos no llegan a ningún sitio, y siendo hombre, el estado de Hamara es incompatible con el mío. Sólo Cupido puede reparar esto, pero por más que lo busco, jamás lo encuentro a tiempo.

jueves, 11 de febrero de 2021

¡Oh, inmemorable musa!

Memorabilia que ayuda al desconocimiento general de la musa ausente (y de otros famosos desconocidos); en éste cuento trato de hacer recuento de Mnemosyne y de Letheo, seres semejantes pero separados por su causa y su cause: ofrezco respuesta a la pregunta de ¿qué pasa cuando dos ríos se juntan?: ambos se pierden como en la mente de Platón preguntando por las unidades que dan 2 en el 1+1. Léase (en la medida de lo posible) sucesivo, como el agua que no se sabe dónde comienza y dónde acaba.

 
Antes que nada, debes saber que hay una diferencia definitiva entre «no poder olvidar» y «recordarlo todo»; pues lo primero es una prisión, mientras que lo segundo es la absoluta libertad.
Polaridades: diferencias e imitaciones / Gabriela Témprano

«Si yo fuera un dios —se decía una vez más— no tendría memoria, puesto que al ser eterno, estaría existiendo incesante en todos los tiempos, viendo suceder simultáneos los eventos pretéritos, presentes y porvenires»
«Pero soy mortal, tan frágil que nací, como toda mi estirpe, bajo el signo de la corrupción»
Aletheo pensaba tanto en lo mismo, que de repente se confundía un poco entre lo que era el pensamiento primero y su posterior recuerdo; pues su memoria era prodigiosa, de una precisión tal que, a veces, no distinguía entre un hecho sucediendo y otro siendo rememorado.
Hacia días que no salía de casa, precisaba de un ámbito cerrado para evitar que las cosas que percibía fuesen evocadoras de recuerdos; una flor y toda la geometría implícita que poseía, la primera y todas las sucesivas veces que sus sentidos se encontraron con aquel género botánico, los días y las horas exactas de esos acontecimientos, luego el significado extendido: la flor y ella, la flor marchita sin ella, la flor antes de la flor, la combinación de aromas entre ella y la flor, la flor y su situación espacial, la flor general, la flor única en su expresión...
En efecto, para Aletheo, que podía conservar la detallada impresión de sus días, había un evento capital que constituía la proyección del futuro, y la determinación del pasado; de algún modo asoció todos los acaecimientos de su existencia con el tiempo en el que se amó con Syne.
Syne, aunque no era la antítesis de Aletheo, era contrastante con él; gustaba de la impresión novedosa de los sentidos, buscaba hacer todo como si fuera la primera vez, sin dejar que la experiencia contaminara el resultado de sus acciones. A Syne, por ejemplo, le gustaba recostarse sobre la hierba y mirar el cielo, sin pensar en todas las veces que así lo había hecho, sintiendo diferente cada interacción entre su cuerpo y el enorme espacio que la contenía. Aletheo, no perdía ninguna impresión, en su pensamiento se acordaba de que: «Todas las cosas que hacemos, siempre se hacen por vez primera, aunque sean gestos conocidos y reconocidos». Veía a Syne y continuaba pensando en sus recuerdos: «La asociación de elementos semejantes crea un modelo ideal de las acciones y los objetos, que eventualmente se vuelve el recuerdo unívoco que impera en la memoria de aquellos que no pueden aprehenderlo todo». En la práctica estaba de acuerdo con Syne, pero, en la teoría, lamentaba que Syne no pudiera diferenciar, más que a fuerza de voluntad, todas sus acciones.
Aletheo no era ingenuo, en su primer encuentro con Syne, pudo vislumbrar con alta precisión el momento en que se separaría de ella definitivamente.  Recordaba las cosas que aún no habían sucedido porque las que ya lo habían hecho, lo encaminaban sin contratiempo a lo determinado; esa previsión tenía un límite de no más de 4 o 5 años, por lo que con todo y todo, siempre había una eternidad de ignorancia frente a él. Esto nunca lo afectó y antes, más bien, le dió el alivio de vivir una vida con un propósito tan definido que era imposible equivocarse puesto que el error era resultado del acierto.
Al menos así había sido hasta entonces, porque el dolor calculado que había previsto lo estaba superando últimamente, cuando la memoria, dócil por naturaleza, comenzaba a salírsele de las manos y lo hacía recordar contra su voluntad la felicidad y el amor perdidos.
Desde hacía días que no podía poner un pie fuera de casa sin que lo asaltaran las visiones de lo acontecido, que lo llevaban a calcar las acciones de sus días más alegres junto a Syne, como si un yo del pasado tomara el control de su presente y lo obligara a ejecutar la pantomima de la felicidad; hacer de sus precisos recuerdos cosas que estaban sucediendo en ese instante.
Estas imitaciones que escapaban de su control le hacían perder el hilo de la realidad, porque eventualmente tenía que dormir, y al despertar comprobaba que Syne no estaba. Lo que sentía haber vivido era la falsificación de un momento único que vivió con ella. Lo irritaba bastante su pérdida de noción; le quitaba el carácter de único a esos recuerdos de su vida con Syne, pues para su memoria había seis o siete veces el mismo día, eidético, pero sólo uno era el original.
Al dolor de no estar con Syne, se le superponía el equívoco paliativo de recordar haber estado con ella la víspera. Entonces se quedaba quieto en medio de la habitación, haciendo una detallada distinción de lo que era real y lo que era falso. Y pensaba: «Si yo pudiera olvidar contra mi voluntad, como recuerdo también contra mi voluntad, podría ser mortal y alcanzar la paz de la distinción. Poder desechar las repeticiones por que no hacen más que redundar en lo inútil. Pero tengo ante mí toda mi vida para examinarla y a menudo me acuerdo de mi acordándome de otro recuerdo, y me siento atrapado en una habitación con paredes de espejos».
La única diferencia entre todos los lados de un triángulo equilátero es que cada cuál no es el otro; inclinación, longitud, y cualquier detalle es análogo entre cada recta, pero nunca llegan a la homologación y Aletheo que estaba perdido entre recuerdos, sólo podía asirse de esto para no terminar varado entre las repeticiones. En medio de la habitación dubitaba, sin llegar a darse cuenta del todo que, hacía mucho que recordaba la misma cosa: un enorme recuerdo compuesto de recuerdos igual de grandes; porque etéreos todos, cabían unos dentro de otros sin contradicción del espacio, puesto que no había espacio.
Harto de este bucle, donde su adorada Syne estaba cayendo en aquella repetición que él buscaba evitar, Aletheo tramó la solución definitiva, y consciente de que un mal recursivo no se puede combatir desde un sólo flanco, equilateró su estratagema:
A) No podía aceptar no estar con Syne, pero incapaz de recuperarla, decidió sucumbir a revivir los días que pasó con ella.
B) Pero para no traicionar la naturaleza de Syne con esta servidumbre, encontró en su memoria el momento antes de vislumbrarla en su porvenir. De este modo consiguió una forma de olvidar, superponiendo a todo recuerdo duplicado, la sensación de no conocer todavía, de no saber; pues la presencia de la ignorancia es capaz de encubrir cualquier fantasía.
C) La última determinación fue editar sus recuerdos, tomar un poco de todos para combinarlos y de alguna forma crear nuevas versiones de su vida con Syne, explotando las posibilidades infinitas de una memoria infinita, obligándose a recordar determinados gestos en determinados momentos, días felices que serían cubiertos con la esencia del desconocimiento al anochecer.
Sin embargo, éste abuso de la verdad para tornarla en mentira no podía haberse sosteniendo, sobre todo cuando presto para poner en marcha su plan, Aletheo se levantó por fin y saliendo a la calle por primera vez en mucho tiempo, se encontró con Syne, sin poder decirse si era ella o sólo la noción de ella.

domingo, 7 de febrero de 2021

El diablo es un tarado y puedo demostrarlo

Si yo fuese un poquito más ingenuo, sería a la vez un tanto maniqueo, que es lo mismo que decir obstinado. Me explico: los ingenuos no se dan cuenta de todos los engranajes que mueven las acciones de los hombres —¿y quién lo hace?, pero, los ingenuos son los que menos los perciben—, por lo tanto, suelen quedarse con la interpretación superficial y obvia de todo, detalle que los lleva finalmente a ver que las cosas son o no son: un pensamiento típicamente maniqueísta; al tener esa perspectiva total, los ingenuos se vuelven obstinados, se aferran a una idea o a una postura con un rigor que ya quisieran tener los menos ingenuos, vamos, que es regla consabida que el sabio duda y el tonto afirma. Sin miedo al perjuicio, por la tierra circulan los ingenuos, con la respuesta para todo en la punta de la lengua. Entonces, si yo tuviera un pelo de tonto más —de los que ya tengo, naturalmente—, andaría por allí viviendo sin tanta complicación; porque la moral maniquea, como diría Villiers de L'Isle-Adam, hace que un bonhomme le corté la mano a un niño, sin dudar, por robar una manzana, resolución justa, ciertamente; creo que se nota que las personas así son gente práctica, presta para resolver las cosas al momento.
Como me aprecio mucho a mí mismo, creo —forma un poco más violenta de la duda— que no soy un ingenuo, dudo mucho, tanto que de vez en cuando me permito el lujo de afirmar alguna que otra cosa, por aquello de tener la excepción que amplia la regla; pero eso es otra historia. Si me preguntan quién es el mas grande ingenuo de todos los tiempos, yo contestaría, sin dudar, que es el diablo. Sí, Satanás, enemigo de la humanidad y de toda la creación, es un grandísimo tonto, un maniqueo recalcitrante. Para empezar, porque es ateo, el primero de esa larga estirpe [como comentario periférico, si él, que vio a Dios a la cara no cree en él, no sé qué nos depara a la humanidad]; en segundo lugar, porque se casó con su postura (...y no se le ven intenciones de disolver su matrimonio), es malo y punto; en tercer lugar porque cuando el necio no puede tener la razón se la inventa para salirse con la suya, y no conforme con ello, a los necios —que en el fondo son inseguros— les gusta la confirmación de los otros, y con cuánta razón, el respaldo nunca se desprecia; por lo que el rey de las tinieblas siempre está en busca de adeptos. En resúmen, sí, apreciado lector, el diablo no es el ser más inteligente de la creación y, aunque soy enemigo de ciertos prejuicios, tengo que reconocer que aquel que pesa sobre las personas bellas, que tienen la tendencia a ser cortos de inteligencia, se confirma en el triste diablo. Sé que en algunos círculos se dice —repitiendo como periquitos memoriosos— que más sabe el diablo por viejo que... a lo que yo respondo que la gente cree que todo lo que dice un viejo es sabiduría. Que no los engañe el diablo, los que prometen paraísos inmediatos es porque le temen al compromiso y un hombre (o diablo) sin compromiso, no vale nada.
Desde que papá lo echó de casa, el diablo se dedica a vagar por las propiedades de su progenitor... qué más quisiera uno que tener semejante abolengo y la vida resuelta de ese modo, sin importar lo ingratos que seamos. Y ya sea por aburrimiento o por ganas de llevar la contra, el diablo decidió dedicarse a hacerle la competencia a su padre, y éste, comprensivo, aceptó a regañadientes la iniciativa de su oveja descarriada, finalmente, es bueno que un hijo trate de hacer lo propio, y mejor si es en el negocio familiar. Pero a pesar de tener buena escuela, el diablo anda dándose de topes contra la pared, como digna cabra que es: por ejemplo, Dios, cuando promete la gracia, la vida eterna y la iluminación, pide antes que los hombres seamos caritativos, piadosos y que nos amemos los unos a los otros como él nos ama; en cambio, el pobre diablo da las recompensas antes de los sacrificios. En Sudamérica circula la tradición de Bartolo Lara, que es una de las historias de más vergüenza para el diablo. Resulta que este haragán se vió en un aprieto de dinero, haciendo acopio de coraje, invocó al diablo y le dijo que le daría su alma a cambio de la suma necesario para solventar sus deudas, nuestro malvado Satanás aceptó, era un trato corriente, como todos,  incluso se burló de lo tonto que era Bartolo Lara, pues cambiar un alma inmortal por un montón de metal sacado del sucio barro era un arreglo estupendo. Le preguntó a Bartolo que cuándo quería que se llevara su alma, una cortesía profesional, y éste le respondió que al día siguiente: firmaron un contrato, porque al diablo no le gusta dejar cabos sueltos (precaución de ingenuos que no saben que las cosas nunca pasan como las planeamos). El documento en cuestión, rezaba sencillamente: Bartolo Lara, no te llevo hoy, pero te llevo mañana. Hecho esto, le entregó el dinero a Lara y se marchó muy satisfecho de él mismo. Al día siguiente, volvió para cosechar el fruto de su trabajo y Lara increpó al diablo: ¡¿Cómo así que vienes tan pronto, HOY, por mi alma?! Nuestro trato dice que debes venir MAÑANA. Y en vista de que quieres despacharme antes del plazo, debes darme una indemnización, ¡exijo el doble de dinero de lo que me diste originalmente! El diablo miró consternado el contrato; en efecto, no podía llevarse a Bartolo Lara ese día, tendría que volver al siguiente. No hay que ser muy avispado para ver que el diablo firmó un contrato infinito —mientras dura el inacabable tiempo— que jamás se podría cumplir y la escena donde Lara sangra al diablo se repitió un par de veces más, hasta que éste desistió de llevárselo. 
La estupidez del diablo no está manifiesta en toda su expresión con la historia de Bartolo Lara (a mi ver, quien merece más el título de diablo), sino en la ingenuidad primaria que yace en el acto de comprar lo que te pertenece, pues Dios, es un tramposo; ¿de dónde crees que lo sacó el diablo? Verás, divino lector, entre todos los dones que nos proporcionó Dios, está el del libre albedrío: la máxima libertad que nos permite guiar nuestro paso por la tierra, pero al mismo tiempo, Dios nos impuso la obligación de adorarle, y no conforme con eso, de ¡hacerlo con sinceridad!, fuimos víctimas de una infame coacción, tal como si nos regalaran un avión con la condición de nunca usarlo para volar. Estamos atrapados en este trato desleal de Dios... pobre diablo, de nada le sirve la buena escuela; entonces, como consecuencia de no acatar esta deslealtad que nos obliga a ser leales, y no conforme con todo, Dios nos tiene bajo amenaza (otro que puede ostentar sin problema el título de real diablo), de que si no hacemos su voluntad nos va a mandar al infierno, con el desobediente diablo que lo regentea. Volviendo al punto de la estulticia del diablo: Dios nos permite —para que se diga que al menos algo tenemos— autocorrompernos, el diablo no necesita tentarnos ni hacer tratos con nosotros para ganarse nuestra alma, somos autosuficientes para entregarla. El diablo no se dió cuenta que lo único que hizo con Bartolo Lara fue liberarlo de la obligación de acogerse a Dios o él mismo; sin la intervención del diablo, es seguro que Lara hubiese terminado en el infierno. Y como Lara, todos los que hacen tratos con el diablo, todos los que aceptan sus seducciones, lo hacen porque constituyen una ganancia en algo que de todos modos iban a hacer. Nos bastamos y sobramos para hacernos daño y echarnos del paraíso... cosa no tan complicada gracias a las reglas de Dios, que sin hacer contratos, nos tiene contra la pared. 
Sí, el diablo paga bien por lo que ya era suyo. Pero hay que guardar el secreto, de no ser así, puede que en un tiempo próximo, veamos a un ejército de oportunistas tratando de sacarle algo, y bueno, el diablo no tiene empacho en prodigar su fortuna, porque en realidad es de Dios. Este hábito del despilfarro es característico de los zoquetes, pues uno de los principios de la inteligencia es el esfuerzo por ganarse lo que uno tiene. La necesidad es buena maestra de administración, pero, ¿qué puede saber de esto el hijo de un soberano? El diablo vive en su burbuja de inmortalidad, aunque es renuente al aprendizaje, de otro modo ya habría perfeccionado su existencia en una tarea más productiva, y no seguiría tentando a pecadores avant la lettre
Es que, en verdad, no alcanzo a disculpar tanta tontera. Nadie cuya filosofía de vida sea el exceso puede ser inteligente: la gula, la avaricia, la soberbia, la pereza, la ira, la lujuria y la envidia son ante todo actitudes desmedidas que tratan de satisfacer a lo más primario de los seres: los sentidos. Y en general todas las cosas afines al diablo están también vinculadas a la ignorancia; la oscuridad que le es tan cara, es un antónimo del saber; la maldad, elemento diabólico, es constante en los seres que no tienen una comprensión desarrollada; el miedo también se funda en la ignorancia; la jactancia, manifestación de la soberbia cardinal, es hija de la ignorancia de ignorar; el odio, adorno en la corona del diablo, es la negación de la empatía, que no es como dicen ponerse en los zapatos del otro, sino ser sensible en los demás, o sea estudiar el sentimiento del otro, lo que es aprender. Y bueno, la genealogía continúa, y el diablo parece cercado por todos sus flancos, casi que uno querría excusarlo un poco; pero hace falta definir una cosa, para descubrir que no tiene perdón. 
La característica elemental del tonto es su capacidad potencial para no serlo. De otro modo, sin la posibilidad de aprender y volverse más inteligente y sabio, el tonto está determinado, y finalmente su tontera no es cosa suya, sino algo que lo supera, querer algo diferente es pedirle peras al olmo. El diablo no tienen ningún impedimento para cambiar, antes diría que lo tiene todo a favor (cosa que agrava su insensatez), y sin embargo, helo allí: siendo el mal de muchos, por lo tanto se consuela tontamente y no se da cuenta que hasta siendo malo, es pésimo.

miércoles, 3 de febrero de 2021

De cómo aconsejar no es aconsejable y la experiencia tras el golpe

¿Qué es un consejo?, para ponerlo en mis propias palabras, es una sugerencia que pretende ahorrarle descalabros a alguien, un preventivo, o —si se quiere una idea de orden diferente— la vacuna para prevenir una enfermedad. Etimológicamente, la palabra viene de latín consilium (deliberación, consulta). 
Casi todos sabemos lo que es un consejo y a la vez, casi todos los ignoramos. Es posible que, por esta razón se llegó al conocimiento superior de que los consejos no sirven para nada y alguien exclamó: «No des consejos, el sabio no los necesita y el necio no los escucha». Recuerdo que la primera vez que escuché esta máxima de la sabiduría proverbial, me quedé muy contrariado por la (aparente) paradoja de la declaración: ¡Un consejo para acabar con todos los consejos! A primera vista, este consejo cae en su propio juego y hace pensar a uno lo irónico que es cuando alguien grita pidiendo silencio. Pero tiene sentido que sólo con un consejo se pueda acabar con todos los consejos, es decir, fuego contra fuego, ¿no? 
Siendo justos, las personas fluctuamos entre ser sabios a lo inútil y necios tajantemente; es extraño cómo hay gente que sabiendo que marcha al matadero, no hace nada para evitarlo; nos puede resultar común la escena donde le dices a un amigo o a un familiar que está equivocado y que debe reconsiderar su postura, para luego recibir como respuesta un lacónico: lo , pero no ver ninguna acción preventiva de su parte. Saber que uno está errado y no hacer nada para corregirse es sabiduría inútil y tanto da saber como no. En el otro extremo de la balanza están los necios, que no obtusos. Aquellos que andan extraviados sin darse cuenta, y que cuando reciben un consejo lo hacen con incredulidad; aquellos que responden sarcásticamente que no es posible que anden errando errados. Estar en alguna de esas dos posibilidades no excluye que en la eventualidad no pasemos a la otra. En última instancia está el verdadero sabio, al que no se le puede aconsejar, porque no hay razón para hacerlo. Y la conclusión vuelve a recaer en que, en efecto, el consejo es estéril.
Entonces, si el consejo es desoído indistintamente por aparentes sabios e inconvenientes necios, ¿para qué sirve un consejo? Las definiciones arriba podrían contestar en parte esta pregunta; pero debo aclarar que hablo del verdadero y posterior fin del consejo y no de su aparente aplicación inmediata. 
Un consejo, en realidad, sirve para predecir el futuro (las más de las veces aciago y) evidente. Una anticipación con un margen de error muy bajo: pues, el consejo es la sugerencia de acción para evitar un resultado negativo —que es lo mismo que propiciar uno positivo—, en ese sentido, el consejo es el hermano amable de la advertencia (también ignorada, pero en menor medida) y la amenaza (que nadie ignora pero que sí tiene un índice de incredulidad más alto).  A mi ver, tal es la razón por la que seguimos dando consejos e ignorándolos; porque al ser humano le gusta la idea de saber qué es lo que va a pasar, y claro, al saber qué es lo que va a pasar, le gusta también contradecir a su destino, aunque finalmente lo cumpla.
La forma prosaica de decir qué no debemos dar consejos es: deja que la gente se parta su madre, como diría mi padre, para luego agregar: ya aprenderán. De conocimiento popular es, también, que nadie experimenta en cabeza ajena o que las verdades generales no les gustan a los individuos, pero, también, es de todos sabido que dos cabezas piensan mejor que una. De lo que podemos deducir que existen dos posturas: de los empíricos y de los estadísticos. Los primeros piensan que el consejo no conduce a nada porque la soberbia y la naturaleza del hombre impiden que éste alcance su función; mientras que los segundos creen que es bueno actuar según las constantes para no caer en los mismos errores que los otros, cosa que finalmente lleva a otra máxima de la sabiduría universal: «El hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra». Hay una tendencia condenatoria en todo esto, pareciera que por más que el hombre trata de evitar una y otra vez el tener que subir la piedra cuesta arriba, continúa cayendo en el mismo dialelo. La sabiduría de la humanidad pone en duda la evolución del hombre, porque hemos analizado y acumulado siglos de filosofía y ciencia, y sin embargo, vamos repitiendo los mismos esquemas viciosos de todos los tiempos.
Alguien ha cuestionado con mucha razón: ¿para qué sirve el aprendizaje después del golpe?, y el cándido dirá que para no golpearse de nuevo; pero la cuestión no es la de evitar una recaída, sino recalcar el hecho de que siempre vamos a tener que caer, aún antes de saber que estamos arriba. Con esto podríamos darle un punto a los empiristas del error humano y decir que en el orden del saber humano el error siempre va a estar antes de todo. 
Partimos de la equivocación, para eventualmente llegar a ella de nuevo, y el estado de acierto es, más bien, un feliz accidente. Claro que no faltan quienes pretenden atenuar el brillo del fracaso y exclaman como cierto inventor: «No fracasé, sólo descubrí 999 veces de cómo no hacerlo bien». Y ciertamente que en perspectiva, un acierto rodeado de fracasos parece destacar.
La vida es un experimento personal y no hay panacea para los males del hombre. El consejo debe cumplir su función inútil de ser un vaticinio: no evitar el tropiezo, sino decretarlo. El consejo está para recordarnos que de nada nos vale nuestra memoria histórica, que estamos condenados a repetirla, porque el fracaso de la invasión alemana a Rusia durante la segunda guerra mundial ya había sucedido poco más de un siglo antes cuando Francia intentó la misma campaña, y si vamos más atrás, podremos hallar multitud de episodios símiles donde la osadía de un líder embriagado de soberbia lleva a su ejército a enfrentarse con las adversidades del clima por subestimar a su contrincante.
Dice Francis Bacon que «Dice Salomón: Nihil Novum Sub Sole (a lo que exclama Pedro Antonio de Alarcón que entonces lo nuevo debe estar Supra Sole), así como Platón imaginaba que todo conocimiento era sólo una remembranza», a lo que hay que decir que podemos recordar el porvenir y todavía más, ponerlo en práctica. No sé, no sé... quiero decir, «Sé la verdad, pero no puedo razonar la verdad». ¿Será que estamos luchando contra el destino, contra la repetición incesante de siempre lo mismo per secula seculorum, que una voz ab aeterno nos llama, nos advierte de la fatalidad?
Los consejos tienen otra dimensión, porque si de antemano sabemos que no los seguimos y que no nos sirven, resulta paradójico pedirlos o recibirlos de buena y mala fe. Bacon dice, también, que: «La mayor confianza entre hombre y hombre es la confianza de aconsejar; pues en otras confianzas los hombres confían partes de su vida [...]; pero a quienes hacen sus consejeros les confían todo». Esto explicaría la dificultad que implica atender un consejo, pues la apuesta es demasiado alta. Es fácil recelar del consejero y el consejo, ellos no se juegan la vida. Y sin embargo, vamos por allí buscando confidentes, amigos de alta confianza que escuchen nuestras cuitas, y eso: el acto de confesión, el poder hablar de lo que nos aqueja, de nuestros dilemas, nos acerca a la respuesta o la resolución de ellos; no tanto el consejo en sí, que invariablemente no seguiremos, pero no porque se nos dió la respuesta, que en muchos casos ya conocemos, sino porque es parte del círculo de la fatalidad. Hay que decir que la tendencia es buscar la autoconfirmación y no tanto una solución.  Aconsejarse permite el desahogo, la comprobación de qué tan graves o grandes son nuestros problemas; si nos dan un consejo sabio o no, poco importa, mientras podamos obedecer al impulso un tanto egoísta de sentir que nuestros conflictos son únicos, que nadie más antes ha padecido adversidades semejantes. Cuando Jacques y su amo andaban sin rumbo, y el segundo le pedía al primero que le contara la historia de sus amores, puede que, de haber tenido pericia, hubiese sacado una interesante conclusión de esas desventuras, pero el pensamiento del amo siempre fue que él era de otra clase, que nada podían enseñarle las experiencias de Jacques. Claro que estaba errado, pero no podía saberlo. Nos contamos la bonita fantasía de que los hombres no pueden ser iguales. Si Platón tiene razón, la respuesta de todo ya está en nosotros y sólo debemos extraerla, la confesión y el consejo permiten que las cosas veladas se vayan aclarando.
Cuando Cronos devoró a sus hijos con la finalidad de no perder su soberanía, fue una profecía la que lo llevó a semejante determinación; es curioso cómo una predicción ambigua pudo activar tal resorte de acción en aquel dios primordial, lo cierto es que sólo Júpiter se salvó de compartir el mismo destino que sus hermanos, luego, cuando tuvo la edad y fuerza para hacerle frente a su padre; Júpiter recibió la ayuda de Metis, conocida como la diosa consejera, quien le dió un poderoso emético que hizo que Cronos devolviera a su prole. Entre otras cosas que sucedieron después, Metis fue la primera pareja de Júpiter y una profecía ídem a la que amenzó en su momento a Cronos, cayó sobre Júpiter, y éste, de tal palo, tal astilla, hizo casi lo mismo que su padre; devoró a Metis, quien estaba en cinta. En la fábula, la relación entre Júpiter y Metis pretende decirnos que la soberanía está casada con el consejo; en cierta forma todos somos soberanos de nuestra vida —lo cual explicaría nuestra actitud desmedida y soberbia en el proceder que a veces llegamos a tomar—, y como tal precisamos del consejo. Pero precisamos de él, a menudo, por comprobación, incluso para usurparlo y hacerlo pasar por nuestra determinación; no en vano Júpiter dió a luz a Pallas Atena, aunque la gestación real fue de Metis. Y podríamos decir, que al final, algunos atienden consejo, y se libran —posiblemente— de algún problema, pero, también hay que observar que estas salvaciones que proceden parcialmente de la deslealtad hacia nuestros consejeros, evidencian nuestra malicia... y bueno, no pretendo moralizar, la conclusión ya está aquí, sólo hace falta que, usted, querido lector, la dé a luz.
Entre los consejeros hay algunos que pasan por estar, creo yo, en el escalafón más alto de virtud. «Optimi consiliarii mortui» o sea: los mejores consejeros son los muertos, según Alonso V de Aragón. Por supuesto no hablamos en términos literales. Que se sepa, nadie puede pedir consejo a los que han dejado la tierra —salvo Lemuel Gulliver, quien tuvo una espectacular audiencia con algunas grandes mentes del pasado cuando estuvo en Glubbdubdrib—, y lo siento por aquellos que creen en la quiromancia, pero la veo como una tomadura de pelo. Esos mortui de Alonso V son en realidad los libros, la voz, en efecto, de los muertos. Se piensa que dado que un libro —que es decir lo mismo que un pensador del pasado— no tienen ningún interés para con nosotros, su imparcialidad y objetividad a la hora de emitir sus juicios y resoluciones, son las más sinceras. Quizá, los antiguos, guiados por este pensamiento, se dieron a la tarea de legarnos multitud de manuales consiliares: máximas, refraneros, emblematas, escudos, epigramas, dichos, largas disertaciones filosóficas sobre las cuatro virtudes cardinales, es decir: hay para todos los gustos y necesidades. —Si sigo por mi senda de pensamiento, se puede creer que tengo algo en contra de los consejos, aclaro que no es así; como todos, los doy, los escucho y los ignoro—. Pero, aunque aquellas obras, fruto del prolongado ensayo y error de la humanidad están muy bien, de poco nos han valido en la práctica y su más alto mérito está en el campo de la calología literaria: el arte de escribir de forma clara/bella/concisa/súbita la sabiduría humana. Por más que el preclaro Baltazar Gracián encomió la virtud de la prudencia con gran celo de la brevedad; por más que los emblemas de Alciato conjugaron la doble cualidad de escritura e imágen para democratizar el campo de la transmisión de sabiduría, hemos vuelto a eludir, con igual arte, la obligación de poner en práctica ese saber. Digo obligación, porque en efecto, hay un carácter imperativo en la sabiduría que puede resolvernos la vida; es que, tal cual, nos está allanando el camino, y no hay más alto don que el que nos evita las desgracias (evitables, claro) de la inexperiencia. Para poner en práctica la prudencia, el libro resulta ser un consejero soslayado, porque al final es más pasivo con sus llamadas de atención y sus ejemplos tienden a verse anacrónicos; por más que en Levíticos se nos hace hincapié de las bendiciones de la obediencia, es más fácil actuar por el miedo a las consecuencias y a la señal de la vasija rota, o sea, por coacción y amenaza. Aunque, a estas alturas casi nadie le teme al sitio y al anatema de que nos devoremos los unos a los otros. Es esa parte del consejo, que no alcanza nunca el punto de violencia, que sí toca la amenaza, por la que ese condicionamiento al dolor resulta ser más sugestivo que la incierta (ya demostrado arriba que no es así) consecuencia de no seguir un consejo. La promesa de sufrimiento puede poner en movimiento más fácilmente que la exhortación amable (recuérdese a Cronos), lo cual nos lleva al punto de que el hombre, a pesar de toda su herencia sapiencial, quiere experimentar en carne propia.
El último territorio del consejo está en la maduración del pensamiento individual, ir al fondo de uno mismo, para buscar la respuesta, porque si es cierto que hay tal cosa como un mundo elemental de ideas al que estamos conectados, hacer esto es escuchar en nosotros a los otros, pero con el agregado de que la respuesta obtenida parece ser solamente nuestra. Sin embargo, es difícil llegar a ese punto de autoconfianza y autoconocimiento, y sería extraño que a pesar de cargar con tal saber andemos errando tan fácilmente; por simple lógica de orden, el saber a priori la forma en la que hay que vivir, nos debería ahorrar los accidentes. Lo que pasa es que el consejo apunta siempre por el bien común y la virtud, que las más de las veces está en dirección contraría al bien personal y la autocomplacencia. Por eso, también, el autoconsejo nace bajo el signo del error, porque cada cual es muy considerado y permisivo consigo mismo. 
Un fallo más del consejo es su apariencia de contingente: la mayoría de personas no confía en las cosas hechas al calor del momento, resulta difícil de creer que la solución a nuestros problemas puede zanjarse con un par de palabras. Porque claro, olvidamos (quién sabe si convenientemente para nuestro perjuicio) que el consejo es más antiguo que nuestra existencia personal. Tenemos la necesidad de «consultar con la almohada antes de hacer nada», como dice el refrán; dejando muchas veces que «la oportunidad la pinte calva». Y es que el consejo propone la acción antes que la meditación. Tal vez nos hiere el amor propio ver que nuestros problemas, que sufrimos bonitamente y llegamos a defender, se resuelvan de forma tan sencilla, casi tan ¡mágica! Uno de los posibles significados etimológicos del nombre de la diosa Metis es truco. El consejo tiene, malamente, esa ascendencia de ardid: y el ser humano podrá ser todo lo tramposo que se quiera con los demás, pero el hacerse trampa a uno mismo es carecer de toda dignidad (aunque de que los hay, los hay).
Es aconsejable que «non deas consello a quen non cho pida» (no des consejo a quien no lo pida), pues por lo regular no se te verá con gratitud, además de que los que andan penando dificultades, suficiente tienen con el problema, que muchas veces no han terminado de comprender, como para entender la solución, todo va paso a paso. También hay que recordar que «qui bonum respuit consilium, sibi ipsi nocet» (quien rechaza un buen consejo, se daña a sí mismo) y sobre todo «post factum, nullum conciium» (después de hecho, ningún consejo). Sabias máximas que albergan estas ideas: 1) el consejo es un mal agüero, por eso no debe soltarse a mansalva, sobre todo con los supersticiosos; 2) aconsejar es señalar que alguien va camino del tropiezo, cosa que se recibe con incredulidad; 3) también, que el consejo desoído (o sea el de siempre) hiere y uno debe guardarse de tener injerencia en lo que cada cuál se hace a sí mismo; y por último, 4) por la misma consideración que tenemos hacia nosotros mismos, decir qué es lo que alguien debió o pudo haber hecho antes de su fatalidad, no hace más que herir el amor propio de los otros.
Aconsejar es un mérito muy alto, reservado a los que están libres de pecado, pero como de esos no hay ni uno sólo, los que se equivocan son los que asumen esa noble labor, y es que ¿cómo podría un santo o un virtuoso ayudar mejor a las ovejas descarriadas que ellas mismas entre sí?, aunque su ayuda no ayude, se agradece la solidaridad. Estamos aprendiendo, después de todo; sabrá dios para qué o por qué, pero echando a perder...

5. En torno a creación y tradición

Me gusta pensar que mi identidad es como un cielo nocturno, con una serie de estrellas componiendo constelaciones que representan todas esas...